Cuando vuelven las hojas
Cuando vuelven las hojas
Después del calor llega el cambio.
El árbol que parecía seco vuelve a llenarse de vida.
Aparecen las hojas.
Después llegan las flores.
Y finalmente, los frutos.
La naturaleza no pregunta si el invierno ha sido demasiado largo.
No se desespera porque haya perdido sus hojas.
Simplemente espera.
Y cuando llega su momento, vuelve a empezar.
Quizá ahí exista una de las enseñanzas más sencillas y más profundas que encontramos en Enoc.
La vida sabe volver.
En los capítulos anteriores hemos visto el invierno y el verano.
Hemos visto los árboles perder sus hojas.
Hemos sentido el calor del sol y hemos buscado sombra.
Ahora cambia el paisaje.
Los árboles se cubren de verde y comienzan a dar fruto. El texto de Enoc utiliza esa transformación de la naturaleza para hablar del orden y de los ciclos que se repiten año tras año.
Pero cuando yo miro ese árbol, no pienso solamente en un ciclo de la naturaleza.
Pienso en las personas.
Porque también nosotros tenemos inviernos.
Hay momentos en los que parece que todo se ha detenido.
Momentos en los que perdemos las hojas.
Perdemos fuerza.
Perdemos ilusión.
Y pensamos que quizá ya no volveremos a florecer.
Pero la naturaleza vuelve a enseñarnos algo:
estar quieto no significa estar muerto.
Un árbol no puede acelerar la primavera.
No puede obligar al sol a salir antes.
No puede exigirle a la lluvia que llegue cuando él quiera.
Tiene que esperar.
Y esperar también es parte de la vida.
Quizá sea una de las cosas que más nos cuesta aprender.
Queremos respuestas inmediatas.
Resultados inmediatos.
Cambios inmediatos.
Queremos que todo ocurra cuando nosotros decidimos.
Pero la naturaleza tiene otro ritmo.
El río no corre para demostrar nada.
La montaña no crece para competir.
El árbol no da frutos antes de tiempo.
Todo llega cuando tiene que llegar.
Eso también es humildad.
Hay una parte del capítulo que me parece especialmente poderosa:
el árbol no solamente vuelve a tener hojas; también da frutos.
Y eso me hace pensar.
¿Para qué crecemos nosotros?
¿Para tener más?
¿Para ser más importantes?
¿Para demostrar que somos superiores?
¿O para poder ofrecer algo a los demás?
Un árbol crece, se hace fuerte y finalmente ofrece sus frutos.
Da alimento.
Da sombra.
Da refugio.
Da semillas para que la vida continúe.
Quizá el verdadero crecimiento de una persona debería parecerse un poco a eso.
Aprender.
Madurar.
Caer.
Levantarse.
Y algún día poder ofrecer algo a los demás.
Una palabra.
Una experiencia.
Una enseñanza.
Una ayuda.
Una sonrisa.
Una oportunidad.
Enoc también observa el mar y los ríos, que continúan realizando sus ciclos.
El río es otro de esos maestros silenciosos.
Nunca permanece completamente igual.
El agua que vemos hoy no será exactamente la misma mañana.
Pero el río continúa.
Encuentra una piedra y la rodea.
Encuentra una pendiente y desciende.
Encuentra un obstáculo y busca otra salida.
No lucha contra todo lo que encuentra.
Se adapta.
Quizá nosotros podríamos aprender de él.
No siempre podremos cambiar aquello que tenemos delante.
Pero podemos decidir cómo atravesarlo.
A veces resistir significa mantenerse firme.
Y otras veces significa saber rodear la piedra.
Yo no quiero leer a Enoc solamente desde la religión.
Quiero leerlo también desde la tierra.
Desde los árboles.
Desde las montañas.
Desde los animales.
Desde el silencio.
Soy cristiano, pero no siento que necesite tener todas las respuestas para encontrar sentido en una historia antigua.
Prefiero hacerme preguntas.
¿Qué me enseña este árbol?
¿Qué me enseña este río?
¿Qué me enseña una montaña que lleva allí mucho antes de que nosotros llegáramos?
Y cuanto más observo la naturaleza, más pequeña me siento.
Pero no en un sentido triste.
Todo lo contrario.
Sentirme pequeño frente a una montaña me recuerda que no necesito ser el centro de todo.
Y eso puede ser una forma de libertad.
Quizá todos necesitamos un momento en nuestra vida en el que las hojas vuelvan a aparecer.
No significa borrar el invierno.
El árbol no olvida que perdió sus hojas.
Las nuevas ramas nacen de un tronco que ha soportado frío, viento, lluvia y sequía.
Nosotros también somos nuestras cicatrices.
Forman parte de nuestra historia.
No tenemos que esconderlas.
Podemos convertirlas en raíces.
Porque aquello que nos hizo caer también puede enseñarnos a levantarnos.
Y quizá eso sea renacer:
no volver a ser quien éramos, sino convertirnos en alguien nuevo con todo lo que hemos aprendido.
En la naturaleza, incluso aquello que parece desaparecer tiene una función.
Las hojas caen.
Se mezclan con la tierra.
Se descomponen.
Y algún día forman parte de aquello que alimentará nuevamente la vida.
Nada desaparece del todo.
Cambia.
Se transforma.
Regresa.
Ese pensamiento me hace mirar de otra manera nuestros propios finales.
Una etapa termina.
Una persona se marcha.
Un camino se cierra.
Un proyecto fracasa.
Una vida cambia.
Y pensamos que todo se ha perdido.
Pero quizá algunas cosas simplemente están cambiando de forma.
Como las hojas.
Como el agua.
Como nosotros mismos.
Hay algo más que quiero decir.
Hablar del Árbol de la Vida no tendría ningún sentido si después destruimos los árboles que tenemos delante.
No podemos convertir la naturaleza en un símbolo bonito mientras la tratamos como algo que está ahí para servirnos.
El árbol verdadero también merece respeto.
El río verdadero.
La montaña verdadera.
El animal verdadero.
La tierra verdadera.
Quizá la espiritualidad más sencilla sea precisamente esa:
cuidar aquello que nos permite vivir.
Plantar.
No ensuciar.
Respetar.
Ayudar.
Compartir.
Proteger.
Y aprender a caminar por la naturaleza sin sentir que somos sus dueños.
Algún día llegará el momento de preguntarnos qué hemos dejado detrás.
No cuánto dinero.
No cuántas cosas.
No cuántos seguidores.
Sino qué frutos hemos dado.
A quién ayudamos.
A quién hicimos sonreír.
Qué animal protegimos.
Qué árbol plantamos.
Qué palabra dijimos cuando alguien necesitaba escucharla.
Qué hicimos cuando nadie estaba mirando.
Porque quizá nuestra verdadera huella no esté en lo que conseguimos.
Quizá esté en lo que dejamos crecer.
Y así, después del invierno y después del calor, vuelven las hojas.
El árbol vuelve a vestirse de verde.
El río continúa.
Los pájaros regresan.
Los animales buscan alimento.
La tierra respira.
Y nosotros seguimos caminando.
Quizá eso sea lo que más me gusta de este capítulo.
No habla solamente de la naturaleza.
Habla de la esperanza.
Una esperanza sencilla.
Sin grandes discursos.
Sin promesas imposibles.
La esperanza de saber que después de una etapa difícil puede llegar otra diferente.
Que después de perder las hojas podemos volver a florecer.
Y que todavía podemos dar frutos.
No tenemos que volver a ser quienes fuimos.
Solo tenemos que seguir creciendo.
Y quizá algún día, cuando miremos atrás, descubramos que todas aquellas hojas que creíamos perdidas terminaron convirtiéndose en tierra para nuestras propias raíces.
Las hojas caen. La vida cambia. Y, cuando llega el momento, volvemos a florecer.