Los Vigilantes
Los Vigilantes
Hasta ahora he hablado de árboles, estaciones, calor, sombra y del ciclo de la vida.
Pero llega un momento en las Crónicas de Enoc en el que el relato cambia.
Aparecen los Vigilantes.
En la versión de R. H. Charles, el capítulo 6 cuenta que un grupo de seres celestiales decide descender al monte Hermón, hacer un juramento y tomar mujeres entre los seres humanos. El relato presenta ese acto como el comienzo de una ruptura del orden que tendrá consecuencias para la tierra.
Y aquí quiero detenerme.
No para hablar de ángeles como si supiéramos exactamente qué fueron.
Sino para preguntarnos qué puede significar hoy esta historia.
Hay algo que se repite en muchas historias antiguas:
el ser humano, o aquellos que poseen poder, creen que pueden ir más allá de los límites que les corresponden.
Cruzan una frontera.
Toman lo que desean.
Intentan dominar aquello que no comprenden.
Y tarde o temprano aparece la consecuencia.
Quizá los Vigilantes puedan leerse también como un símbolo de eso.
No necesariamente de criaturas aladas.
Sino de la arrogancia.
De esa parte de nosotros que piensa:
“Puedo hacerlo porque tengo poder.”
“Puedo cogerlo porque lo deseo.”
“Puedo dominarlo porque soy más fuerte.”
Y cuando vivimos así, el equilibrio empieza a romperse.
El relato sitúa a los Vigilantes en el monte Hermón. Allí hacen su juramento y sellan juntos la decisión que van a tomar.
Me gusta detenerme en la imagen de la montaña.
Porque una montaña representa precisamente lo contrario de la arrogancia.
Una montaña no necesita demostrar nada.
Lleva allí mucho antes que nosotros.
Ha visto generaciones enteras pasar.
Ha soportado nieve, lluvia, incendios, viento y sol.
Y continúa allí.
Nos recuerda que somos pequeños.
Pero ser pequeños no significa ser insignificantes.
Quizá significa simplemente que debemos aprender a ocupar nuestro lugar.
El episodio de los Vigilantes continúa con algo todavía más interesante.
El relato atribuye a estos seres la transmisión de distintos conocimientos y prácticas a los seres humanos. En capítulos posteriores aparecen, entre otros, enseñanzas relacionadas con la fabricación de armas, la magia y la observación de los astros.
Aquí encuentro una pregunta que me parece mucho más importante que saber si todo ocurrió literalmente:
¿Qué hacemos con lo que aprendemos?
El conocimiento puede servir para construir.
Pero también puede servir para destruir.
El fuego puede calentarnos.
También puede quemar un bosque.
El metal puede convertirse en una herramienta.
También puede convertirse en un arma.
La ciencia puede ayudarnos a comprender la naturaleza.
Pero también podemos utilizarla para explotarla.
El problema quizá no sea solamente cuánto sabemos.
Quizá sea cuánto sabemos sin tener la humildad necesaria para utilizarlo bien.
Después de varios capítulos observando el orden de la naturaleza, el contraste resulta fuerte.
Los árboles cambian con las estaciones.
El agua sigue sus ciclos.
El sol sale y se oculta.
La vida vuelve una y otra vez.
Todo parece tener un ritmo.
Un límite.
Un momento.
Pero nosotros, muchas veces, queremos romper todos los límites.
Queremos más.
Más velocidad.
Más producción.
Más poder.
Más consumo.
Más control.
Y cuando todo tiene que crecer constantemente, algo termina pagando el precio.
La tierra.
Los animales.
Los bosques.
Los ríos.
Y también nosotros.
Aquí es donde mi manera de entender a Enoc empieza a separarse de una lectura puramente religiosa.
Yo soy cristiano, pero no necesito interpretar cada imagen literalmente para encontrar algo que me hable.
No sé quiénes fueron realmente los Vigilantes.
No sé si debemos entenderlos como seres sobrenaturales o como una representación simbólica nacida de una tradición antigua.
Pero sí entiendo algo de la historia.
El poder sin límites puede convertirse en destrucción.
Y eso continúa siendo verdad hoy.
Lo vemos en la naturaleza.
Cuando un bosque se convierte únicamente en madera.
Cuando un río se convierte únicamente en un recurso.
Cuando un animal deja de ser un ser vivo y pasa a ser solamente una mercancía.
Cuando una montaña deja de ser paisaje y se convierte únicamente en algo que explotar.
Quizá ahí aparecen nuestros propios Vigilantes.
No fuera de nosotros.
Sino dentro.
Durante mucho tiempo hemos hablado de dominar la naturaleza.
Pero cada vez que intentamos dominarla, olvidamos una cosa:
nosotros también somos naturaleza.
Nuestro cuerpo necesita agua.
Nuestros pulmones necesitan aire.
Nuestra vida necesita alimento.
Necesitamos otros seres humanos.
Necesitamos animales.
Necesitamos árboles.
Necesitamos tierra.
No estamos separados.
Estamos conectados.
Por eso, destruir aquello que nos rodea también significa destruir una parte de nosotros mismos.
Siempre nos han dicho que avanzar significa conquistar.
Llegar más lejos.
Construir más alto.
Tener más tecnología.
Producir más.
Pero quizá exista otra forma de progreso.
Aprender a vivir sin destruir.
Aprender a crecer sin arrasar.
Aprender a utilizar el conocimiento sin convertirlo en arrogancia.
Aprender a tener fuerza sin necesidad de imponernos.
Aprender a mirar una montaña y sentir respeto.
Aprender a mirar un árbol y entender que estaba aquí antes que nosotros.
Eso también es progreso.
Quizá por eso este capítulo llega después de los árboles y los ciclos de la naturaleza.
Primero aprendemos que la vida tiene ritmos.
Después descubrimos que incluso aquello que parece muerto puede volver a florecer.
Y ahora aparece una advertencia:
no todo lo que podemos hacer significa que debamos hacerlo.
Esa frase podría parecer sencilla.
Pero quizá contenga una de las mayores enseñanzas de nuestro tiempo.
Tenemos más conocimiento que nunca.
Más herramientas.
Más posibilidades.
Y, precisamente por eso, necesitamos más humildad que nunca.
A veces pienso que los Vigilantes no necesitan alas.
Pueden ser personas.
Instituciones.
Empresas.
Incluso sociedades enteras.
Cualquiera que tenga suficiente poder como para pensar que las reglas no se aplican a él.
Cualquiera que crea que todo puede comprarse.
Todo puede utilizarse.
Todo puede dominarse.
Pero también pueden ser algo más cercano.
Pueden ser nuestros propios impulsos.
Nuestra necesidad de controlar.
Nuestro orgullo.
Nuestra dificultad para aceptar que existen cosas que no podemos cambiar.
Quizá el Vigilante que más debemos vigilar sea el que llevamos dentro.
Cuando pienso en Roma y Negro, la reflexión cambia.
Ellos no necesitan saber nada sobre antiguas escrituras.
No necesitan entender el universo.
No necesitan demostrar quiénes son.
Simplemente están.
Caminan.
Corren.
Descansan.
Se acercan al agua.
Duermen bajo la sombra.
Disfrutan del momento.
Y muchas veces pienso que los animales tienen algo que nosotros hemos perdido:
saben estar presentes.
No necesitan dominar el mundo para sentirse parte de él.
En los capítulos anteriores apareció el Árbol de la Vida.
Sus raíces hundidas en la tierra.
Sus ramas buscando la luz.
Ahora pienso que también representa un equilibrio.
Raíces y ramas.
Tierra y cielo.
Fuerza y humildad.
Conocimiento y responsabilidad.
Libertad y límites.
Cuando una de esas partes desaparece, el árbol deja de estar en equilibrio.
Quizá nosotros también.
No sé si los Vigilantes existieron.
No tengo una respuesta definitiva.
Y tampoco creo que necesitemos tenerla.
Lo que sí puedo hacer es escuchar la historia y preguntarme qué tiene que decirme hoy.
Quizá me diga:
no confundas poder con sabiduría.
No confundas conocimiento con superioridad.
No confundas libertad con ausencia de límites.
Y, sobre todo:
no olvides que formas parte de aquello que pretendes dominar.
La montaña seguirá siendo montaña.
El río seguirá buscando su camino.
El árbol seguirá creciendo.
Roma y Negro seguirán caminando a mi lado.
Y yo seguiré siendo un hombre intentando aprender.
Quizá esa sea mi propia lectura de Enoc.
No buscar estar por encima de la naturaleza.
Sino aprender a caminar dentro de ella.
Con las raíces en la tierra.
Los ojos hacia el cielo.
Y los pies firmes en el camino.
Porque quizá la verdadera sabiduría no consiste en tener poder para cruzar todos los límites, sino en saber cuáles no debemos cruzar.