El árbol de la vida.


Hay símbolos que sobreviven al paso del tiempo.

Uno de ellos es el Árbol de la Vida.

Aparece en diferentes culturas, relatos y tradiciones. 

Cambian los nombres, cambian las historias, pero la imagen permanece: un árbol que une la tierra con el cielo, las raíces con las ramas, lo visible con aquello que no podemos comprender.

Cuando pienso en Enoc, esta imagen es la que más me atrae.

No porque quiera demostrar que todo lo que aparece en sus escritos sea literalmente cierto.

Sino porque encuentro en ese símbolo algo que todavía podemos comprender hoy.

Un árbol no necesita presumir de ser grande.

Simplemente crece.

Sus raíces permanecen ocultas mientras sus ramas buscan la luz.

Da sombra.

Da frutos.

Sirve de refugio.

Y cuando muere, incluso entonces continúa formando parte de la tierra.

Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que podemos encontrar en la naturaleza:

no necesitamos estar por encima de todo para tener valor.


Las raíces.


El ser humano muchas veces olvida sus raíces.

Nos creemos separados de la naturaleza cuando, en realidad, somos parte de ella.

Respiramos gracias a los árboles.

Bebemos agua que ha recorrido montañas, ríos y tierras durante miles de años.

Comemos aquello que nace de la tierra.

Nuestros cuerpos regresarán algún día a ella.

Y sin embargo construimos una vida en la que muchas veces actuamos como si fuéramos dueños de todo.

Quizá necesitamos recordar algo mucho más sencillo:

somos huéspedes.

La tierra estaba aquí antes que nosotros y seguirá aquí después.

El árbol no necesita que nadie le explique cuál es su lugar.

Está enraizado.

Nosotros, en cambio, pasamos gran parte de nuestra vida intentando encontrar dónde pertenecemos.


El árbol y el hombre.


Cuando imagino el Árbol de la Vida de las antiguas historias, no lo veo solamente como un árbol mágico.

Lo veo como un símbolo del equilibrio.

Raíces profundas.

Tronco firme.

Ramas abiertas.

Una conexión permanente entre abajo y arriba.

Tierra y cielo.

Materia y espíritu.

Vida y muerte.

Quizá por eso me gusta tanto.

Porque nos recuerda que crecer no significa olvidarnos de nuestras raíces.

Al contrario.

Cuanto más alto pretende llegar un árbol, más necesita profundizar sus raíces.

Y algo parecido ocurre con nosotros.

Cuanto más aprendemos, más deberíamos reconocer todo aquello que todavía desconocemos.

Eso, para mí, es humildad.

Una mirada desde Duende Errante

Yo soy cristiano, pero no creo que la espiritualidad tenga que consistir únicamente en repetir respuestas.

También puede consistir en hacerse preguntas.

No tengo todas las respuestas.

Y tampoco necesito tenerlas.

No sé exactamente qué ocurrió con Enoc.

No sé cuánto hay de historia, cuánto de tradición y cuánto de símbolo.

Pero sí sé lo que me provoca su relato.

Me hace mirar hacia arriba.

Y también hacia abajo.

Hacia las estrellas, pero también hacia la tierra.

Hacia aquello que no comprendemos y hacia aquello que tenemos delante de nuestros propios ojos.

Un árbol.

Un río.

Una montaña.

Un animal.

Una persona.

La vida.

Quizá ahí exista una forma de espiritualidad mucho más sencilla.

No sentirse superior.

No creerse dueño de la naturaleza.

No pensar que lo sabemos todo.

Simplemente aprender a caminar por el mundo con un poco más de respeto.


La verdadera grandeza.


Tal vez hemos confundido durante demasiado tiempo la grandeza con el poder.

Pensamos que ser grande significa dominar.

Tener más.

Poseer más.

Ser más fuerte que los demás.

Pero la naturaleza enseña otra cosa.

El árbol más grande también necesita agua.

La montaña más alta también soporta el viento.

El río más poderoso comienza siendo pequeño.

Y todos los seres vivos dependen de otros.

Nada existe completamente aislado.

Por eso el Árbol de la Vida puede ser también una imagen de nuestra propia existencia.

Todos tenemos raíces.

Todos necesitamos alimento.

Todos necesitamos protección.

Todos crecemos.

Todos envejecemos.

Y todos, algún día, regresamos a la tierra.

Quizá la verdadera sabiduría no esté en intentar escapar de nuestra naturaleza.

Quizá esté en aceptarla.

Volver a las raíces

En un mundo que corre cada vez más rápido, volver a las raíces puede ser una forma de resistencia.

Caminar.

Respirar.

Escuchar el viento.

Cuidar un animal.

Plantar un árbol.

Mirar una montaña.

Compartir algo sin esperar nada a cambio.

Ayudar a alguien.

Reconocer nuestros errores.

Pedir perdón.

Aprender.

Y seguir caminando.

No hace falta comprender todos los misterios del universo para respetar la vida que tenemos delante.

Quizá Enoc nos invite también a eso.

A mirar hacia lo desconocido sin olvidar aquello que tenemos bajo nuestros pies.

Porque antes de buscar las respuestas en el cielo, quizá deberíamos aprender a cuidar la tierra.

Y antes de intentar conquistar el mundo, quizá deberíamos aprender a conocernos a nosotros mismos.


El árbol sigue creciendo.


No sé qué significa exactamente el Árbol de la Vida.

Pero cada vez que veo un árbol, encuentro una enseñanza.

Sus raíces me hablan del pasado.

Su tronco, del presente.

Sus ramas, del futuro.

Y sus frutos, de aquello que dejamos detrás.

Quizá eso sea la vida.

Crecer.

Caer.

Volver a levantarse.

Aprender.

Y, poco a poco, echar raíces.

Porque al final, quizá no se trata de llegar más alto que los demás.

Se trata de llegar a ser suficientemente profundo para no caer cuando llegue el viento.

Quizá la verdadera sabiduría no sea alcanzar el cielo, sino aprender a vivir con los pies en la tierra.