¡Mira al Crucificado!
Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado se burlaban de él y, riéndose de su sufrimiento, le hacían dos sugerencias irónicas: si eres Hijo de Dios, «sálvate a ti mismo» y «bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación de los que se burlan de él. No pronuncia palabra alguna. Su respuesta es el silencio. Un silencio que es respeto a quienes lo desprecian y, sobre todo, compasión y amor.
Jesús solo rompe su silencio para dirigirse a Dios con un grito desgarrador: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». No pide que lo salve bajándolo de la cruz. Solo que no se oculte ni lo abandone en este momento de muerte y sufrimiento extremo. Y Dios, su Padre, permanece en silencio, humillado e impotente.
Por eso, al contemplar al Crucificado, nuestra reacción no puede ser de sentimiento o lástima, de evitar la cruz y pasarnos la vida sorteando todo lo que nos puede hacer sufrir. Solo escuchando este silencio descubrimos que Él, permanece fiel a nuestro dolor, sufre con nosotros, comparte nuestra misma muerte.
Nuestra oración al fijarnos en el Crucificado solo puede ser confiada y agradecida. Él conoce nuestro dolor, lo comparte y nos entiende. Nuestra esperanza se aferra a este Dios despojado hundiéndose en lo más hondo del sufrimiento humano, para que desde allí lo transforme en vida. Solo esta esperanza no da fuerza para superar nuestros desvelos y caminar agradecidos a este Dios que vence la muerte entregando la vida.
Mn. Manuel Martínez
Rector de la parroquia