Las tardes sentada en el patio, con mi madre, escuchando la novela en la radio mientras hacíamos labores.
Cuando dormía la siesta con mi madre a base de alpargate.
Recuerdo las noches de invierno sentados junto al fuego, cuando mis padres nos contaban historias y anécdotas de su juventud.
La vigilancia, desde la ventana de la cocina de mi casa, para ver si los gorriones habían picado en los cepos que poníamos en el patio.
El improvisado cuarto de baño en un rincón de la cocina o junto a la chimenea, con un lebrillo como bañera y un saco como alfombra.
El olor a leña quemada en invierno.
Las puertas de las casas siempre estaban abiertas.
Nos metíamos en los escorredores cuando había tanda, siempre con la vigilancia de un mayor, en fechas de verano; era un pequeño baño.
En Los Ramos había manantiales, como el Marzabalejo.
Los baños en la acequia con mis primas y primos.
A mi madre yendo a lavar la ropa a una poza de la acequia.
Las salidas, con mi madre, mi hermana y alguna vecina, a la rambla del Marzabalejo, a buscar agua para algún remedio curativo.
Los días de Navidad, que el pueblo entero olía a dulces navideños que cocían en el horno del Macano.
Las navidades, de niña, en casa de los abuelos con todos los tíos y primos cantando y celebrando la fiestas.
El olor al horno y los dulces de Navidad que preparaban nuestras madres y vecinas; era toda un fiesta en la que también ayudábamos los niños.
La matanza del pavo, la víspera de Nochebuena. El animal se desplumaba atado a algún árbol, generalmente una olivera de los salares cercanos, y el barrio se llenaba de plumas.
Cuando iba a llegar la Navidad y ayudábamos a mamá a moler la almendra para hacer los cordiales.
El aroma de los dulces navideños cociéndose en el horno del Torrano.