Cuando en la pedanía la vida transcurría con la monotonía de los días de trabajo, las ceremonias, ya fueran bautizos, comuniones, o bodas, constituían todo un acontecimiento.
Aunque las celebraciones eran modestas y casi siempre se compartían con el entorno familar, eran un buen motivo para estrenar vestido, arreglarse el peinado o comprarse unos zapatos.
La mujer, para su boda, solía vestir de blanco aunque, en ocasiones llevaba un traje de chaqueta oscuro; esto era debido a que debía guardar luto por el fallecimiento de algún familiar cercano.
Pasada la celebración, la novia se ataviaba con el traje de tornaboda e iniciaba con su marido el viaje de novios que, entonces, no pasaba las fronteras del país y, a veces, ni las del municipio.
Hasta que se inauguró la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, en 1968, las ceremonias se celebraban en la capilla del Carmen que había en la escuela de Los Ramos.
Desde 1980, fecha de su inauguración, las bodas se celebran también en la ermita de Nuestra Señora la Virgen de la Huerta.
Era habitual que la novia caminara hasta la iglesia acompañada de un cortejo, formado por sus familiares y amigos, para contraer matrimonio.
El estado de las calles, que no se asfaltaron hasta los años ochenta, contrasta con la blancura del vestido de la novia o de los comulgantes.
Cuando los contrayentes se lo podían permitir, organizaban un pequeño convite de pastas surtidas. Esa celebración se hacía en las casas, organizando grandes mesas fabricadas con las puertas de las habitaciones o las tablas del pan apoyadas sobre cajones de fruta.
Mención aparte merecen los entierros, que aseguraban a los varones que acompañaban al finado hasta su última morada un regreso a casa haciendo paradas en los ventorrillos y manteniendo, de esa manera, la tradición del alboroque.