Hasta que, en los años sesenta, España comenzó a salir de una situación de precariedad, la vida y economía en las pedanías murcianas tenía una base muy importante en la huerta y sus productos, sobre todo los cítricos. Era una huerta que determinaba, además, la forma de vida, la vivienda, la alimentación, los horarios y la relación entre la vecindad.
La red de riego recorría a cielo abierto esa huerta desde la denominada acequia de Barreras, que conduce el agua hacia Los Ramos y se va distribuyendo por las acequias, de donde parten los brazales que, a su vez, alimentan las regueras que riegan los bancales.
El agua sobrante se recoge en los escorreores, que desembocan en las landronas, y estas se encargan de devolver el agua al Reguerón, aprovechándose, así, hasta la última gota.
Aunque actualmente parte de esa red está entubada, o en proceso de serlo, sigue proporcionando el riego a la huerta de Los Ramos.
El agua potable se almacenaba en tinajas para ir administrándola conforme fuera necesario. Se recogía en los portales del ventorrillo de La Sabia, en el aljibe que había en la estación y también en las aguadas, que eran las cisternas que el tren transportaba con agua del Taibilla. Los remansos que se formaban en la salida de las ventanas, que son las tomas de agua de las acequias, se utilizaban para aclarar la ropa.
En las casas, con suelo de tierra roja y paredes encaladas, se tenían los muebles indispensables. Elementos como el tinajero, el arca, el chinero, la cetra, la alcancía, la fresquera o el quinqué eran entonces de uso cotidiano.
Como combustible se utilizaba la leña, tanto para cocinar en la hornilla como para cocer el pan en el horno y también para alimentar el hogar.
Para fregar se utilizaba ceniza y piedra tosca, que se extraía de la zona del Castellar; los fregaderos, que se construían con cañas en el exterior de las casas, se colocaban sobre las regueras y, así, el agua residual caía directamente a la tierra.
En la huerta se cultivaba todo tipo de hortalizas, que proporcionaban a las familias tanto un sistema de abastecimiento como la posibilidad de obtener dinero con su venta.
La gastronomía tenía su base en las verduras, la fruta, el aceite de oliva, la carne de ave o de cerdo, los frutos secos y las legumbres.
El pescado que se consumía era el que se conservaba en salazón, fundamentalmente sardinas y bacalao.
Además de los frutos obtenidos en la huerta, en la casa se criaban animales para autoconsumo o para poder obtener algún dinero con el que comprar otros productos. Generalmente las familias tenían cerdos, gallinas, conejos y cabras.
La leche y los huevos, así como las gallinas y los conejos, se vendían en el mercado de Alquerías y, con el dinero obtenido, se compraban sardinas saladas, bacalao, jabón, alpargates y otros productos necesarios.
Por Navidad, se hacía la matanza, que proporcionaba carne para todo el año.
Era importante conservar los alimentos para poder ir consumiéndolos conforme fuera necesario; los embutidos se conservaban con su propio pringue; los huesos, en salmuera; el aceite obtenido de la producción familiar, en una orza; las naranjas, en cajas con serrín y el tomate se envasaba en conserva.
Pero si algo hay que destacar de esa vida en la huerta es la solidaridad que existía en Los Ramos.
Los vecinos se juntaban a abrir el algodón de la cosecha de alguno de ellos, a desembojar los capullos de seda o a hacer el esperfollo; esta última actividad se convertía en toda una fiesta, sobre todo cuando salía la panocha colorá y los mozos corrían a abrazar a la moza que rondaban.
Se compartía el horno para hacer el pan o los dulces navideños, que se elaboraban también en grupo, y los vecinos se ayudaban entre sí cuando la riada daba al traste con años de esfuerzo.