Correr se convirtió en mi pasión, pero entendí rápidamente que no solo se trata de correr más. Si quería mejorar mi resistencia y rendir mejor en mis entrenamientos, tenía que fortalecer otras áreas de mi cuerpo y optimizar mi capacidad aeróbica.
Fue así como en enero de 2025 decidí sumarme a clases de natación. Aprender a nadar siempre había sido un pendiente en mi vida, algo que me llamaba la atención pero nunca había tomado en serio. Ahora, con el running en el centro de mis objetivos, vi en la natación una oportunidad perfecta para complementar mi entrenamiento.
Lo que no esperaba era lo desafiante que sería. No porque tuviera miedo al agua ni a la técnica, sino porque al principio mi cuerpo no estaba acostumbrado a moverse de esa manera. Tragué agua, me cansé rápido, de hecho en algún momento llegue a pensar que prefería estar corriendo, pero seguí. Poco a poco, fui mejorando. Ahora ya puedo nadar la mitad de la piscina de 25 metros en crol sin detenerme, algo que hace unos meses me parecía imposible.
Además, noté algo que no había previsto: el alto gasto calórico. Yo siempre he comido bien, pero con la natación y el aumento de mis kilómetros corriendo, mi cuerpo empezó a gastar aún más energía. Al punto que algunas personas me notaron más delgada. Esto me hizo replantearme cómo estaba equilibrando mi alimentación con mis entrenamientos, porque mi meta no es perder peso, sino mantenerme fuerte y con la energía suficiente para rendir bien.
Lo cierto es que la natación me ha aportado muchísimo. No solo me ayuda con la resistencia, sino que me permite entrenar sin el impacto del running, lo que le da un respiro a mis articulaciones. Además, me ha demostrado que nunca es tarde para aprender algo nuevo y desafiarse a salir de la zona de confort, yo lo hice a mis 40's años.
Ahora nado dos veces por semana, además de correr y fortalecer mi core. Y cada vez que avanzo un poco más en el agua, sé que también estoy avanzando en mi camino hacia el medio maratón.