"El mito no niega las cosas, su función es, por el contrario, hablar de ellas..."
El lenguaje del mito poético en la Antigüedad de la Europa mediterránea y septentrional, era un lenguaje mágico vinculado a ceremonias religiosas en honor de la diosa Luna, algunas de las cuales datan de la época paleolítica.
Éste, que sigue siendo el lenguaje de la verdadera poesía, fue corrompido al final del período minoico cuando invasores procedentes del Asia Central comenzaron a sustituir las instituciones matrilineales por las patrilineales y remodelaron los mitos para justificar cambios sociales.
"Los mitos revelan la actividad creadora y desvelan la sacralidad de sus obras. En suma, los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado en el Mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la que fundamenta realmente el Mundo y la que le hace tal como es hoy día."
M. Eliade
Ese antiguo lenguaje lunar sobrevivió con bastante pureza en los Misterios de Eleusis, Corinto o Samotracia hasta que fueron suprimidos por emperadores cristianos. Así, con el tiempo, la civilización deshonró los principales emblemas de la poesía y del mito, la Luna fue menospreciada, la mujer pasó a ser considerada como «personal auxiliar del Estado» y la palabra «mítico» llegó a indicar algo no histórico, fantástico o absurdo.
La verdad es que el mito constituye todo un desafío al pensamiento, pues éste debe desvincularse de toda historicidad concreta y de todo planteamiento materialista. La manera de recibir el conocimiento que rememoran los mitos es sugestivo, y como la poesía y la música, debe apreciarse como experiencia estética, imbuirse en la belleza de su misterio y dejar que nos cante al oído la «historia» de la que formamos parte y que nosotros hemos olvidado.
Hemos olvidado que la función de la poesía era la invocación de la Musa y que la función del mito era recordar. Sólo los mitos petrifican la eternidad y son capaces de traernos a la memoria lo que acostumbramos llamar “tiempo inmemorial”, recuerdos tan dignos de confianza como la historia, una vez que se comprende su lenguaje.
La memoria y la narrativa son hijas de la Luna, por ello la casa en la que encuentra su gozo es donde la palabra tiene un hogar. Casa de la palabra escrita, de la palabra hablada, de la palabra que da forma al pasado y da voz a la memoria. La Luna es quien hace de nuestra memoria una historia que contar, quien hace del recuerdo un alimento, un arma, un abrazo. Ella sosiega nuestra inquieta razón y nos enseña que recordar es reconocer y más aún, conocer mejor.