La filosofía deja de ser sapiencial, cuando se concibe eminentemente como una tarea intelectual. Esta última concepción es reflejo de nuestra pereza y superficialidad. Buscamos comprensiones sin estar dispuestos a pasar por el proceso transformador que las alumbra. Ponemos etiquetas que confundimos con el verdadero conocimiento de las cosas. Las palabras, sustituyen a la experiencia. Esta deformación, por la que creemos conocer sin conocer realmente, es característica de nuestra época y de cierta parte de la actividad filosófica.
Encontramos genuina filosofía en todos los tiempos y culturas. En Occidente estuvo particularmente presente en la filosofía antigua grecorromana, por más que el viraje academicista desde el medievo hasta el presente haya tendido a eclipsar su dimensión espiritual y sapiencial. Las tradiciones de pensamiento radical de Oriente nunca han dejado de serlo. Es una particularidad de estas enseñanzas su capacidad para trascender el tiempo y el lugar que las vio nacer. Por ello nos resultan extremadamente elocuentes en la actualidad.
Más allá de sus divergencias, de los ropajes temporales, de sus elementos míticos y culturalmente condicionados, existe entre ellas una resonancia en lo esencial, tanto en sus intuiciones centrales como en las claves operativas que han propuesto. Ahora solo vemos aquello en lo que se ha convertido la filosofía, pero no sospechamos lo que ya no es.
De esta filosofía afirmó Karl Jaspers:
«Hay filosofía desde hace dos mil quinientos años en Occidente, en China y en India. Una gran tradición nos dirige la palabra. La multiformidad de la filosofía, las contradicciones y las sentencias con pretensiones de verdad pero mutuamente excluyentes, no pueden impedir que en el fondo opere una Unidad que nadie posee pero en torno a la cual giran en todo tiempo todos los esfuerzos serios: la filosofía una y eterna, la philosophia perennis. A este fondo histórico de nuestro pensamiento nos encontramos remitidos, si queremos pensar esencialmente y con la conciencia más clara posible».