El todo es el uno que, en sí, conserva vinculadas cada una de sus partes. Venus es símbolo de ese vinculo que engendra una totalidad armónica, la bella sintonización conjunta y sin coerción de las partes en una totalidad. Figura de mediación y reconciliación, Venus es la unidad armónica y el equilibrio en reposo que unifica todas las partes en una totalidad viviente y orgánica.
Lo bello es esta recopilación y congregación en lo uno, capaz de revocar mil particularidades desde su dispersión. Así lo bello es congregante, reconciliador, es lo que permite que el conjunto no se desintegre ni se disipe, cosa que no tiene nada que ver con un simple amontonamiento. Amontonar o juntar de cualquier forma, no es hermoso.
Por otra parte, lo bello es una finalidad en sí mismo. Su esplendor surge de su necesidad interna. No se somete a ninguna finalidad o utilidad, existe por sí mismo y reposa en sí. Por ello ningún objeto utilitario, de consumo o mercancía son realmente bellos, pues les falta esa independencia interior que constituye lo bello.
Lo bello no hace propaganda de sí, no lo necesita. Tampoco busca seducir, poseer o vender. Más bien, invita a demorarse contemplativamente haciendo que desaparezcan intereses, anhelos, imperativos o intenciones. Así, son bellas aquellas cosas y actividades que no están dominadas por la necesidad ni por la utilidad.
Por eso Venus se cae en Virgo, y es que la visión estética no es utilitaria o analítica, es contemplativa. Por eso es también que Saturno, el astro que eleva a la contemplación de lo sublime, es celebrado por Venus en la balanza. El ideal de lo bello no es especulativo, es contemplativo.