Mi fruta favorita es un mango. Su forma es deliciosa. Maduro y jugoso, esperando a que mis labios, mis dientes, mi lengua alivien su sufrimiento. Recuerdo muchos días de mi juventud en los que pasaba unos minutos alegres frente al fregadero, con la cara estirada en una sonrisa, y mis manos y brazos pegajosos por el jugo de mango. No importaba si afuera, por la ventana, el mundo estaba cubierto por un desolado manto blanco. Podía hacer como si estuviera en los trópicos, donde crecieron mis padres. En esos momentos fugaces, el mango me transportaba a un lugar de calor y luz solar, una escapatoria tranquila del frio, donde todo se sentía eterno y perfecto.