La entronización de la nueva dinastía borbónica tras la Guerra de Sucesión, a comienzos del siglo XVIII, supuso una regeneración de la vida española. Si tuviéramos que definir en una sola frase la aportación de los Borbones dieciochescos a nuestro país sería ésta: cambios saludables y necesarios, aunque excesivamente prudentes y moderados. Es la centuria de las reformas (que no rupturas),reformas por doquier y en todos los ámbitos. Por ello, los historiadores aluden siempre al reformismo borbónico.
Es verdad que el país quedó inicialmente maltrecho tras la Guerra de Sucesión, que implicaba la subida de un francés (Felipe de Anjou, futuro Felipe V) a la Corona española. Las posesiones hispánicas en Europa fueron liquidadas, pasando mayoritariamente a Francia y Austria. Inglaterra obtuvo Gibraltar y Menorca (recuperada la isla en 1783 gracias a Carlos III), amén del monopolio de la trata de esclavos negros en América y la autorización de un convoy comercial anual a las posesiones hispanoamericanas. Pero España se recuperó pronto. Los Borbones, además, organizarán las colonias americanas. Es la primera vez que América se tuvo en cuenta en la política española en toda su dimensión, y no sólo como fuente de obtención de oro o como tierra de evangelización.
Distinguimos dos grandes periodos. Por un lado, los brillantes reinados de Felipe V, Fernando VI y, sobre todo, el eficaz Carlos III. Por otro, el último cuarto del siglo, el reinado de Carlos IV, en donde se preludian ya los tristes avatares de los primeros decenios del siglo XIX.
La buena salud de la vida española y el reformismo borbónico ya se apreció en el crecimiento de la población. A finales de la centuria, España había conseguido llegar a los 11 millones de habitantes (9 millones tenía durante los Reyes Católicos). El racionalismo borbónico introdujo beneficiosas medidas: los primeros censos de población del Conde de Floridablanca (1767) y del Conde de Aranda. Carlos III emprendió una agresiva política de repoblación en zonas que eran pasto del bandolerismo, con colonos italianos y alemanes, gracias a su ministro Don Pablo de Olavide. Así nacieron nuevos pueblos que llevan su patromínico (derivado de Carlos o "Carolus"" en latín: La Carolina, La Carlota, San Carlos de la Rápita, San Carlos de El Ferrol), amplios territorios como Sierra Morena, o pequeñas islas como Tabarca.
En el orbe industrial, los Borbones impulsaron la industria estatal: fueron las famosas manufacturas reales (textiles, cristales y relojes, sobre todo).
En las comunicaciones, se creó una red de "caminos reales" (como la actual autovía de Albacete, antiguo Camino Real de Madrid) para diligencias, aunque fue insuficiente. El puerto de Sevilla y su Casa de Contratación del comercio americano se desplazaron a Cádiz, conjurado ya el poderío naval turco.
La agricultura fue objeto de sesudos estudios e informes (Jovellanos, "Informe para la Ley General Agraria" 1765), apoyados en la teoría económica fisiócrata. Pero el reformismo borbónico no se atrevió a eliminar las tierras inactivas de la Iglesia (manos
muertas) ni tampoco los patrimonios nobiliarios improductivos (en régimen de
mayorazgo). Con timidez, se actuó sólo sobre los bienes de propios o tierras que eran propiedad de los ayuntamientos, y las tierras comunales. El ejemplo seguido por Carlos III en Aranjuez para que la nobleza trabajara sus propias tierras tuvo un escaso eco.
La política regalista de los Borbones de un lado, y el forcejeo entre éstos y la Iglesia española por el control de la enseñanza, llevó a Carlos III a decretar la expulsión de la Compañía de Jesús.
La política exterior estuvo dominada por los "Pactos de Familia" con Francia (Felipe V y Carlos III), que trajeron más disgustos que beneficios a España. Fernando VI mantuvo una sabia neutralidad; mientras emprendía la reconstrucción de la Armada española, gracias al activo papel de Don Zenón de Somovedilla, Marqués de la Ensenada.
Una minoría de ilustrados españoles (sólo eran el 1 % de la población) gobernó España durante los tres reinados. Entre ellos, destacados masones, como el Marqués de Floridablanca y el Conde de Aranda. Otros, destacados intelectuales, como Gaspar Melchor de Jovellanos, Fray Benito Jerónimo Feijoo o Campomanes. Pero la Ilustración española fue mucho más conciliadora con la Iglesia que sus colegas galos.
En las artes, los Borbones impulsaron las relaciones con Italia, favoreciendo la arribada del Neoclasicismo (primero, el rococó palatino de los arquitectos reales Sabatini y Filippo Juvara). Carlos III y el arquitecto Juan de Villanueva erigirán el MuseodelPrado. El reinado de Carlos III es el período más feliz de Goya, quien irá adquiriendo tonos sombríos durante el reinado de Carlos IV. La debilidad de la personalidad de Carlos IV le hará volver al fenómeno de los válidos. El extremeño Manuel Godoy será el válido de Carlos IV, gobernando con nepotismo el país. Entretanto, la España conservadora, la Iglesia y la Nobleza, plantarán cara a la labor de los ilustrados, quienes serán progresivamente apartados del poder.
La literatura española neoclásica será digna, aunque no es su mejor época: el dramaturgo Leandro Fernández de Moratín (“El sí de las niñas"), los fabulistas Tomás de Iriarte (tinerfeño) y Félix María de Samaniego, el sainetero costumbrista Don Juan de la Cruz, o los novelistas prerrománticos Juan Meléndez Valdés y ]osé Cadalso, y poco más.
La llegada de las tropas napoleónicas a España y el cautiverio de Carlos IV y la familia real en la Bayona francesa pondrán fin a la centuria.
El advenimiento de los Borbones supuso el arribo de las influencias italianas. Fue Isabel de Farnesio, "Príncesa de los Ursinos," esposa de Felipe V, y su gobernador italiano en Valencia, el Marqués de Campofiorito, los encargados de favorecer la penetración italiana.
Conviven en España varios estilos: el Barroco tardío, el Rococó, el Estilo Galante y el Clasicismo. Los emporios de producción musical siguen siendo los mismos: la Iglesia, la Corte, las Casas de la Nobleza y los Teatros. Fue la Iglesia, un Estado dentro del Estado, la que desarrolló un papel más activo.