La historia de la ópera en España durante el siglo XVIII está relacionada con el desarrollo de los teatros y las compañías de ópera, dominadas por las trouppes italianas. Quizás la compañía más famosa fuere la de "Los Trufaldines", compañía italiana que gozó del favor de Felipe V, quien ya les permitió utilizar en una fecha tan temprana como 1703 el Coliseo del Buen Retiro. Su éxito fue muy grande. En 1716 se constituyó una compañía italiana con los restos de la anterior, que también volvió a contar con el favor
real. En esta ocasión se les concedió el derecho de usar el proscenio de los Caños del Peral[1] . hecho que ocasionó duras protestas por parte de los corrales municlipales de Madrid[2]. En 1739 finalizaron las representaciones. En 1817 fue demolido, para construir el actual edificio del Teatro Real (remozado tras su cierre en 1925).
En el Palacio Real la presencia italiana estuvo personificada durante los reinados de Felipe V y Fernando VI por el celebérrimo castrato Farinelli. Ya era mundialmente famoso cuando Felipe V lo contrató en 1737. Permaneció al servicio real hasta que Carlos III llegó al trono, en 1759. Farinelli, tratado con los mayores honores.. organizó los espectáculos operísticos de la Corte, con un gran presupuesto e infraestructura. Mantuvo el castrato una gran amistad con Metastasio, con cuyos libretos organizó la mayoría de las operas. Por ello, el Madrid de Fernando VI y su esposa, Doña Bárbara de Braganza, fue una de los Cortes europeas más importantes en el panorama del espectáculo operístico. Pero Carlos III retiró el apoyo incondicional a los italianos. A pesar de ello, la ópera italiana continuó gozando de buena salud,. sólo que estuvieron representadas por compañías españolas. Fueron las compañías autóctonas las que, felizmente, representaron con gran éxito las obras del divertido y encantador Giovanni Paisiello ("Il Barbiere di Siviglia") así como "La Serva Padrona de Pergolessi”, en 1783. El compositor valenciano Vicente Martín y Soler estrenó en 1789 "Una cosa rara". En esta línea propia del reinado de Carlos IV, que buscó distanciarse de la influencia italiana, se estrenó en 1792 "Glauca y Coriolano", ópera de José Lidón, organista de la Real Capilla, cuyo libreto se basó en "La Araucana" la epopeya chilena de José Ercilla. Fue un intento de rescatar la escasa tradición operística española. Desgraciadamente, no tuvo continuadores. Siempre siguiendo esta política, y además justificada ahora también desde el capítulo, económico, pues la ópera italiana era costosa (requería de subvención real), en 1799 se promulgó una Real Orden que prohibió las representaciones italianas, recomendándose que fueren sustituidas por otras españolas y sin bailes porque eran más baratas. Igualmente, y en virtud de un Real Decreto de 1801, todas las óperas extranjeras deberán ser traducidas al castellano, y los intérpretes habrán de ser españoles[3].
El otro gran centro operístico fue Barcelona. Allí se representaban obras de Caldara, Pergolessi, y de catalanes italianizantes como Sor o José Duran. Por aquellos días la ciudad condal tan sólo disponía de un único teatro, el de la Santa Cruz, propiedad del hospital del mismo nombre. A finales del siglo se inició la tradición de ofrecer conciertos en Cuaresma, siguiendo la tradición de los conciertos espirituales franceses. De ese modo, los catalanes pudieron escuchar “La Creación” o "Las Estaciones'' de Haydn.
Se centró, sobre todo, en la composición de zarzuelas.
Los comienzos del siglo están dominados por Sebastián Durón. En esta nueva centuria dieciochesca compuso obras como "Las nuevas armas del Amor". Su sucesor en la Real Capilla, Antonio Literes también será autor de zarzuelas preferentemente, así como José de Nebra. Son obras de tema mitológico, según la tradición del siglo anterior, poniendo música a textos antiguos, como "El jardín de Falerina". Pero también se escribieron zarzuelas que eran traducciones y resúmenes de óperas conocidas.
En la segunda mitad del siglo, Don Ramón de la Cruz es el artífice de la reforma literaria de la zarzuela, abandonando los temas mitológicos, que son sustituidos por otros de raíz popular. En 1768 inició su colaboración con el compositor Antonio Rodríguez de Hita (1724 ‑ 1787), con quien escribió "Las Segadoras de Vallecas" (1768), la primera de las nuevas zarzuelas, y "Las labradoras de Murcia" entre otras. Ésta última es un buen ejemplo musical de la reforma llevada a cabo por ambos, con un libreto bien estructurado y una aportación musical de carácter popular. Ambos aspectos (literario y musical) dan cuenta de las costumbres de los labradores de Murcia.
Pero, sin duda, la aportación nacional más original en el campo de la música teatral fue la creación de la tonadilla escénica. (Recordemos que son un conjunto de números musicales al estilo de los intermezzi italianos, y que se intercalaban entre los actos de las comedias). La tonadilla es un genuino producto hispánico, que se acerca a la ópera cómica. La duración de una tonadilla llegó a alcanzar los 20 minutos. Las primeras, con un carácter moralizante, fueron escritas por Antonio Guerrero y Luis Misón. La madurez y el apogeo estuvo entre los años 1771 – 17911 en que fue el género de moda. Durante el reinado de Carlos IV fueron sus principales maestros Pablo Esteve (falleció en 1794) y Bias Laserna (1751‑1816).
Por influencia de Rousseau, la cultura y la música galas penetraron a través del melólogo. Pero en España nunca se llamó así, sino que se conoció con el nombre de (o sea, un monólogo, dicho en román paladino o, sí se prefiere, en cristiano).Era una breve pieza teatral para un solo personaje, quien declamaba enfáticamente versos endecasílabos. De vez en cuando la orquesta interrumpía la declamación, al interpretar musicalmente los sentimientos expresados en los versos. Rousseau, desde luego, fue quien ideó este recurso, y lo plasmó en su "Pigmalion"[4]. El primer melólogo español fue "Guzmán el Bueno' (1790)[5], del poeta tinerfeño Tomás de Iriarte.
Poco a poco estas obras se fueron complicando y pasaron de ser unipersonales a ser "dílogos" o "trílogos", según el número de personajes que intervenían. Su tema era tanto trágico como cómico. De estar concebidas en 1 acto, pasaron a poseer varios. La verdad es que causaron furor en el último decenio del siglo XVIII. De entre sus cultivadores destacan el literato Leandro Fernández de Moratín y los músicos Blas de Laserna, Pablo del Moral y Manuel García.
[1] Antecedente del Teatro Real
[2] La nueva compañía italiana no pagaba alquiler, perjudicando a las representaciones teatrales en los hospitales.
[3] Es una situación insólita en verdad, en las antípodas de la monarquía de Alfonso XIII, a comienzos del siglo XX; en donde el castellano era considerado una lengua de menor ralea, tan sólo apta para la zarzuela
[4] De recomendable lectura.
[5] Sobre el mítico caballero medieval español