Excepto Carlos III, ‑que era un gran devoto de las artes plásticas y la arquitectura, pero mucho más tibio con la música‑, los Borbones del siglo XVIII sintieron una gran afición por la música. Ello explica la enorme producción musical áulica, vinculada directamente a la Corte.
Con el arribo de Felipe V penetró primero la influencia francesa, gracias a su séquito, cuidadosamente elegido por su abuelo, el rey de Francia Luis XIV. Pero poco a poco se dejó sentir el peso de su intrigante e influyente esposa, la italiana Isabel de Farnesio, a favor del país transalpino. De manera que hacia 1711 los italianos ya habían empezado a situarse en la Corte.
En medio de ese ambiente italianizante se produjo la venturosa llegada de Domenico Scarlatti (1685 ‑ 1757), quien estuvo al servicio de la lusitana Doña Bárbara de Braganza, a la sazón esposa de Fernando VI, una gran aficionada a la música. Scarlatti llegó a España en 1728 tras la boda de la princesa portuguesa con el hijo de Felipe V. Doña Bárbara de Braganza había pedido a su maestro Domenico Scarlatti que le acompañase. En ese cometido, ‑además de su trabajo como clavicembalista e instructor de músicos tan importantes como el Padre Soler‑, se desenvolvió la vida de Scarlatti hasta su fallecimiento. La mayor parte de la producción del napolitano son sonatas para clave: 555 en total, escritas para la amada esposa de Fernando VI. La primera colección se publicó en 1738, bajo el título Essercizi per Gravicembalo, dedicadas a Juan V de Portugal, padre de la reina, quien le había nombrado Caballero de la Orden de Santiago. Esta primera colección fue la que otorgó notoriedad a Scarlatti.[1] De las 555, cerca de 400 han sido agrupadas por parejas de sonatas de la misma tonalidad en los modos mayor o menor. Estas sonatas afines en estilo, carácter instrumental o color armónico son las denominadas complementarias. Por el contrario, las contrastantes son aquellos pares de sonatas en donde existe alternancia de tiempos rápidos y lentos (o viceversa). Existe una indudable influencia hispánica en estas sonatas: el efecto del rasgueo guitarrístico y la influencia de las danzas populares españolas (fandangos, etc...).
La afición musical de la Casa Real se prolongó durante el reinado de Carlos III, si bien en la persona de su hijo, el infante Don Gabriel, un gran aficionado 'que impulsó buena parte de la composición de su maestro, el Padre Antonio Soler.
El Padre Antonio Soler (Olot, 1729 ‑ El Escorial, 1783) es un buen ejemplo de la versatilidad de los compositores españoles del momento: obras vocales, instrumentales, religiosas,. teatrales o camerísticas. Formado en la Escolanía de Montserrat, en donde fue alumno de Valls, pasó a ser maestro de capilla del monasterio de El Escorial. Allí perfeccionó sus conocimientos con José de Nebra y Domenico Scarlatti, músicos que acompañaban a la familia real en su residencia otoñal. Era en estos contactos otoñales cuando el clérigo gerundense actuaba como maestro de los infantes. Soler escribió obras teóricas ("Llave de la modulación y antigüedades de la música", 1762). otras atribuidas de historíografía musical ("Música Eclesiástica antigua, inocente, clara y devota"); fue experto en instrumentos musicales y, asimismo, cultivó con maestría los tres estilos compositivos (religioso, camerístico y teatral). Entre sus obras profanas destacan los Seis conciertos de dos órganos obligados, Sonatas y los Seis Quíntetos (2 violines, viola, violonchelo y órgano o clave obligado). Las Sonatas presentan el principio monotemático y la estructura bipartita de los Essercizi de Scarlatti. Son obras con vocación de estilo galante. En cambio, sus Quintetos son piezas de madurez, con una clara influencia de Boccherini y del estilo clásico. Es constante la inspiración de la música popular. Incluyen los esquemas formales del Clasicismo, con uso del bajo Alberti.
Pero también el hermano de Carlos III, Don Luis Antonio de Borbón, auspició otro foco musical interesante: el Cuarto del Infante. A esta pequeña corte pertenecía una agrupacion de músicos regida por Luigi Boccherini (Luca, 1743 ‑ Madrid,1805). Boccherini había sido violonchelista en la orquesta de Sammartini, y conoció también la Viena de Gluck y Haydn antes de que fuere invitado a trasladarse a nuestro país por el embajador español en Paris, en 1768. Entre 1769 y 1770, Boccherini escribió partituras en el estilo expresivo del Sturm und Drang, al mismo nivel que Haydn o
Mozart. Destinadas a las academias de música de Madrid, demuestran la gran afición que existía en España por la música instrumental. Ya plenamente dedicado al servicio del infante, el violonchelista de Luca escribió, entre 1771 ‑ 1772, las "Sei Sinfonie" Opus 12 (parangonables las de Haydn y Mozart, pues había asimilado los avances de Mannheim); así como sus primeros Quíntetti, Opus 10, 11 y 13 (siempre para 2 violonchelos). A la muerte del infante Don Luis Antonio de Borbón, Boccherini siguió
componiendo para la Real Capilla; pero perdió el favor de Carlos IV cuando
éste era aún príncipe. En 1780, ya fallecido Carlos III, compuso los Seis
quintetos de cuerda tan famosos y deliciosos, en donde evoca la música
nocturna de Madrid. En ellos se mezclan los cantos sacros, las danzas
populares, el rasgueo de las guitarras o las melodías cantadas en la vía pública. Esta influencia de la música española ya no le abandonará.
Por último, la corte de Carlos IV mantuvo también un alto nivel musical; pero no contó con figuras tan relevantes.
Las casas nobiliarias que desempeñaron un notable mecenazgo musical fueron la Casa de Alba y la de Benavente. La Condesa y Duquesa de Benavente y Osuna mantuvo a Boccherini como director de su orquesta privada. También contrató a Haydn para que le enviara todas aquellas obras no encargadas por los Esterházy u otros nobles.
También los ilustrados españoles dedicaron su atención a la música. Tomás de Iriarte, siguiendo el principio de enseñar deleitando de la filosofía ilustrada, basado en el escritor latino Horacío, escribió el célebre poema "La Música” con el que pretende educar a un amplio sector del público sobre la teoría y la historia de la música.
Junto a la educación musical de la mujer, se puso de moda el amor por lo extranjero. Frente a esta reaccionaron el Padre Feijoo y otros intelectuales. Fue el germen primigenio del nacionalismo musical español.
La generalización de la práctica musical justificó la división entre músicas profesionales y aficionados. En la segunda mitad de la centuria proliferaron, además de las escuelas de música, las Sociedades de Amigos del País y las Academias, en donde se programaron conciertos y óperas, debatiéndose sobre la música.
La danza desempeña una función social. Tras las danzas francesas, de complicada coreografía, se instituyeron los bailes públicos gracias al Conde de Aranda en 1775.
La moda de lo italiano y lo francés ocasiona una reacción durante el reinado de Carlos IV: se reivindica lo nacional, en su vertiente popular y tradicional. Es el fenómeno del majismo. Los majos son hombres de clase media opuestos al petimetre y la currutaca afrancesados (en clase explicaré la función social de ambos). El cortejo amoroso de los majos , sencillo, directo y apasionado, justificó la popularidad de boleros, fandangos, seguidillas y tiranas, que acabaron desbancando a las danzas extranjeras por influencia de la tonadilla escénica, tan popular durante el reinado de Carlos IV. De todo ello dan buena cuenta los sainetes de Don Ramón de la Cruz y los cartones de Goya con la representación de las fiestas populares. El majismo se puso de moda también gracias al auge de la ópera cómica. Todo este clima de sentimiento nacionalista musical durante el reinado de Carlos IV fue ahondado, tras Feijoo, por el Marqués de Ureña y por la obra de Juan Antonio Iza Zámola titulada “Don Preciso” Iza Zámola, al formular los principios del nacionalismo musical, se convirtió en un auténtico folclorista, al recopilar melodías populares en colecciones. Empero, no obstante, también Carlos III había pretendido la recuperación de lo popular.
A partir de 1787 se instauraron en España los “concíertos espirituales” tanto en los coliseos matritenses cuanto en otras ciudades españolas (Cádiz, Valencia, Barcelona, Palma de Mallorca). Nacieron a imitación de los gabachos, instaurados por Philidor en 1725. en sustitución de las representaciones de ópera,. prohibidas durante la Cuaresma. Por supuesto, suponían la existencia de teatros de ópera con temporadas estables.
[1] Ralph Kirkpatrick, en su libro publicado en castellano por Alianza Editorial, identificó 15 colecciones de sonatas del músico napolitano.