ACTIVIDAD INICIAL: LA AMISTAD.
1. INTRODUCCIÓN.
2.1 HECHOS Y VALORES
2.2 CARACTERÍSTICAS.
2.3. CLASIFICACIÓN
2.4. LOS VALORES ÉTICOS
2.5. TEORÍAS SOBRE LOS VALORES
3. NORMAS Y VALORES COMPARTIDOS
Actividad: Análisis de la conducta de los adolescentes
“Idiots, Stupid and Criminal Students” (Entrada del blog Neurosofía)
ACTIVIDAD INICIAL
¿Para qué tengo amigos?
El País Semanal. Domingo 17 de octubre de 2010
Borja Villaseca.
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Formamos parte de una gigantesca red de relaciones. Pero más allá de los vínculos que creamos por obligación, interés y necesidad, ¿con cuántas personas mantenemos una verdadera amistad? Es decir, una relación escogida y cultivada de forma voluntaria, basada en el respeto, la confianza y la libertad.
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El pájaro tiene su nido. La araña su tela. Y el ser humano tiene amistad” (William Blake. (Poeta inglés. 1757-1827) [...] Todo depende de los pilares (nuestras creencias y valores) sobre los que construimos ese vínculo, que inevitablemente va cambiando en la medida en la que cambiamos la relación que mantenemos con nosotros mismos.
Aunque se le parezca, no es lo mismo la amistad que mantienen los niños que la que comparten los adolescentes. Ni tampoco la que desarrollan muchos adultos, que dista bastante de la que cultivan las personas maduras e independientes emocionalmente. En todos estos casos, las motivaciones que nos llevaron a relacionarnos con nuestros amigos son muy diferentes, así como las formas de practicar la amistad y los resultados de satisfacción que finalmente cosechamos.
De hecho, hay tantas maneras de entender y vivir la amistad como seres humanos habitan en este mundo. En general, la palabra “amigo” no es más que una etiqueta que le ponemos a una persona con la que compartimos de manera especial un momento dado de nuestra vida.
Los primeros amigos que hacemos en nuestra vida los conocemos en la guardería, todavía en pañales. Juntos aprendemos a hablar, a leer, a escribir, a dibujar y a compartir. En este estado de inocencia disfrutamos los unos de los otros casi sin darnos cuenta. En este contexto de “amistad infantil” apenas tenemos la oportunidad de elegir con quién nos relacionamos. Y no sólo eso, al carecer de la capacidad de complicarnos emocionalmente la existencia, el juego y el cariño son el motor de todas nuestras relaciones. Y muchos de nosotros seguimos llevando en nuestro corazón a estos amigos de la infancia.
Con los años, algunos de estos compañeros nos acompañan también en las aulas del colegio y del instituto. Ya no compartimos lápices de colores, sino tabaco y bromas afiladas. A su lado nos sorprende ver cómo a los chicos nos crece el mostacho, y a las chicas, los pechos. Y de cómo nos salen granos en la cara, al tiempo que empezamos a entrar en conflicto con nuestros padres, que, resignados nos repiten una y otra vez que estamos en “la edad del pavo”.
Inseguros y desorientados, nos adentramos en la denominada “amistad adolescente”, que suele caracterizarse por formar parte de un grupo de amigos con quienes nos sentimos plenamente identificados. De hecho, en muchas ocasiones, “al estar tan faltos de confianza y autoestima, entre todos los miembros se crea una personalidad colectiva, que no solo promueve un pensamiento único, sino que también limita la esencia individual de cada persona”, explica el reconocido sociólogo italiano Francesco Alberoni, autor de la amistad.
La “amistad adolescente” también se caracteriza por tener un mejor amigo, con quien desarrollamos un vínculo basado en una dependencia excesiva. En algunos casos “podemos llegar a volvernos adictos a la compañía de esa persona, al igual que sucede con los miembros del grupo”, sostiene Alberoni. En su opinión, “la mayor motivación de este tipo de amistad suele ser la búsqueda de placer y diversión”.
Amparados por el cálido refugio que representa nuestro grupo de amigos, “cuando somos adolescentes tratamos desesperadamente de posponer enfrentarnos a nuestra sombra”. Es decir, “a nuestro miedo a la soledad (por no ser nuestro mejor amigo), al vacío (por no saber disfrutar sin estímulos externos) y a la libertad, lo que pone de manifiesto que teneos que tomar las riendas de nuestra vida”, afirma este experto.
Lo curioso de la “amistad adolescente” es que se sabe cuándo empieza, pero no cuándo termina. En algunos casos, “la presión ejercida por el grupo es tan alta y la autoestima de sus miembros tan baja, que estos se siguen reuniendo con la misma frecuencia, incluso cuando la edad media del grupo ha superado la treintena”, apunta el sociólogo Francesco Alberoni. Como en cualquier otra relación afectiva construida sobre el apego emocional, tomar la decisión de romper con el grupo es un asunto difícil y, en ocasiones, doloroso.
De hecho, “se sabe de personas que siguen fichando por no soportar el sentimiento de culpa que implica sentir que se está abandonando a los amigos”, subraya Alberoni. En muchos casos, “este vínculo se mantiene por una cuestión de comodidad e inercia, en la que la persona carece de una alternativa social más acorde con sus nuevas necesidades”. Es entonces cuando, tal y como explica Nuria González Novoa, confundimos la relación que mantenemos con nuestros compañeros de fiestas y aventuras adolescentes con la verdadera amistad.
Eso sí, dado el carácter insostenible de este tipo de vínculo, con los años estos grupos cerrados de amigos suelen irse desmembrando. Y lo hacen poco a poco, “en la medida en la que cada uno de los miembros va conectando de forma individual con otras motivaciones, como pueden ser el compromiso sentimental o familiar, la carrera profesional o, simplemente, el sentir que han quemado una etapa y que es hora de pasar página”.
Una vez superada la “amistad adolescente”, muchos de nosotros empezamos a cultivar la denominada “amistad adulta”. Y esta tiene mucho que ver con la manera en la que hemos sido condicionados por la sociedad. [...]
En este contexto, el filósofo Stephen R. Covey (Los siete hábitos de la gente altamente afectiva) explica que la “amistad adulta” está limitada por tres motivaciones que suelen condicionarnos de forma inconsciente. La primera es el interés personal, que se refleja sobre todo en las relaciones que mantenemos en nuestro ámbito profesional.
Esta es la razón por la que “normalmente tomamos decisiones guiados por nuestro instinto de supervivencia, marginando por completo nuestros valores y nuestra conciencia ética”. Así, “muchas personas etiquetan como ‘amigo’ a aquellas personas que les aportan, directa o indirectamente, algún tipo de beneficio profesional o económico”. Por eso, “en cuanto termina el interés, suele desaparecer la relación de amistad”
La segunda motivación que más condiciona nuestros vínculos afectivos en la edad adulta es la obligación. Y esta se da, en general, en nuestro ámbito social y familiar. “muchas personas se relacionan entre sí no porque quieran o les apetezca, sino porque sienten que tienen que hacerlo y deben hacerlo. En cada núcleo familiar se han establecido una serie de ritos y tradiciones, muchos impuestos por la propia sociedad” [...]
Por último, Covey reflexiona sobre los vínculos que creamos por necesidad. “Esta motivación inconsciente está basada en la falsa creencia de que nuestra autoestima y nuestra felicidad dependen de la relación que mantenemos con los demás, especialmente con nuestra pareja y amigos”
A pesar de ser diferentes, la “amistad adulta” y la “amistad adolescente” se construyen ambas sobre la necesidad y las expectativas. De ahí que, “las personas que practican este tipo de amistad cosechen conflictos, frustraciones y decepciones que de forma inconsciente esperan que sus amigos se relacionen con ellas de una determinada manera”, sostiene el filósofo Stephen R. Covey.
Y entonces, ¿qué es la amistad? Etimológicamente, su origen procede del vocablo latino amicus (amigo), que viene del verbo amare, que significa amar. En paralelo, también se dice que se trata de un vocablo griego compuesto por a y ego, cuyo significado es sin mi yo. Es decir, que la amistad implica amar a nuestros amigos, más allá de nuestros deseos, necesidades y expectativas [...]
En esta misma línea apunta uno de los cuentos más bellos que se han escrito sobre la amistad. Había una vez un chico de 13 años que paseaba por la playa con su abuelo. Hubo un momento en que el chaval lo miró con insistencia y le preguntó: “Abuelo, ¿qué puedo hacer para conservar un amigo que he tenido mucha suerte de encontrar?”. El hombre reflexionó unos instantes, se inclinó hacia el suelo y recogió arena con sus dos manos. Con las dos palmas hacia arriba, apretó una de ellas con fuerza, haciendo que la arena se colara entre sus dedos. Y cuando más apretaba, más arena se escapaba. En cambio, la otra mano permanecía bien abierta: allí se había quedado intacta la arena que había recogido. El chico observó maravillado el ejemplo que le acababa de mostrar su sabio abuelo. Así fue como comprendió que cuando intentamos retener y encerrar una amistad estamos en el camino de perderla, mientras que cuando la tratamos con respeto, confianza y libertad podemos llegar a mantenerla para siempre.