"Se dice que uno solo pierde cuando el otro gana. Esto es cierto, y se nota más en el comercio que en cualquier otra cosa"
Antoine de Montchrestien
"El comercio internacional es, ante todo, un intercambio. ¿Por qué pagar más caro algo que puede producirse más barato en otro lugar, permitiendo además que esos productores extranjeros nos compren los bienes en los que nosotros somos más competitivos?"
Charles Wyplosz, 2025
1. La economía mundial y las teorías de la especialización
2. La etapas de la globalización
3. El retorno del mercantilismo
1. La economía mundial y las teorías de la especialización
Los actores del sistema mundial
Las economías nacionales se han articulado históricamente a escala global mediante la difusión de las condiciones generales de producción de las economías dominantes. Ninguna de las economías nacionales contemporáneas se desenvuelve al margen de los intercambios entre ellas o funciona en autarquía. Las naciones buscan abastecerse fuera de sus fronteras de los recursos y bienes y servicios de los que no disponen o que pueden importar a precios inferiores a aquellos que sus consumidores y productores pagarían si se produjeran internamente. A su vez, en los espacios nacionales se producen recursos y bienes que los gobiernos consideran estratégicos o necesarios para mantener grados de autonomía o que tienen efectos de arrastre sobre otros sectores, aunque sus costos comparativos puedan ser mayores. Simultáneamente, los espacios nacionales están condicionados, además de por el comercio, por las inversiones directas en la extracción de bienes o en vínculo con las cadenas globales de producción, por los flujos financieros entre agentes económicos y por las corrientes migratorias.
Para abastecerse desde el exterior, los países requieren desarrollar capacidades de exportación de bienes y servicios y de acceso a financiamiento externo con el fin de obtener divisas -medios de pago aceptados internacionalmente- que permitan a sus agentes económicos adquirir lo que importan. Una parte de la producción se orienta a las ventas al exterior de las fronteras nacionales, lo que incluye materias primas de tipo energético, mineral o vegetal y/o bienes manufacturados suficientemente competitivos en los mercados mundiales en materia de precios y costos de producción. En muchos casos logran beneficiarse de economías de escala y efectos de aprendizaje al expandirse hacia mercados más amplios, mientras la producción incluye inversión extranjera articulada en cadenas globales de valor, por lo que la mayoría de los países permite trasladar al exterior las utilidades de las empresas extranjeras que operan en su territorio. También se exportan servicios como el transporte y el turismo y todos los que pueden prestarse a un no residente o empresa sin que éste se traslade físicamente, como servicios profesionales, financieros y de seguros, tecnologías de la información y educación a distancia. Los servicios son una parte cada vez más importante de la economía mundial y representaron cerca del 30 % del comercio internacional en 2024.
Según los datos recopilados por Angus Maddison (2004), desde el año 1500 al 1800 el comercio mundial representaba menos del 1% del PIB de la época. En cambio, su sustancial crecimiento por sobre la producción fue una constante en el siglo XIX. La proporción de las exportaciones creció a 5% en 1850 y a 9% en 1913, aunque las guerras mundiales y la crisis de 1929 llevaron luego a una contracción del comercio entre 1913 y 1950. Según los datos del Banco Mundial, esto se revirtió en la posguerra y la proporción alcanzó otra vez un 9% del PIB en 1960. La proporción del comercio de mercancías en el PIB aumentó de forma pronunciada a 13% en 1970 y luego dio un salto a un 20% hacia 1980. Entre tanto, en los países industrializados se produjo un incremento del comercio internacional al interior de las ramas de producción y entre empresas, con aumentos de la especialización de las unidades productivas en las economías más avanzadas. El comercio avanzó en escala mundial a un 24% del PIB en 2000 y experimentó un nuevo salto a 31% en 2008. Desde la crisis financiera de ese año, la proporción se ha mantenido con altibajos, alcanzando un 29% en 2024.
Por su parte, las inversiones extranjeras directas y los movimientos de capital son un componente sustancial de la economía mundial. Los activos de inversión extranjera directa representaban un 60% del PIB mundial en 2023 (Milesi-Ferretti, 2025). Los activos de renta variable, que incluyen las acciones de empresas extranjeras y los fondos de inversión extranjeros que son propiedad de residentes, representaban otro 40% del PIB mundial, a los que se agregan los valores de deuda en cartera (bonos) mantenidos por inversionistas privados y entidades oficiales como bancos centrales y fondos soberanos, que representaban un 30% adicional del PIB. Las otras inversiones globales incluyen instrumentos financieros como préstamos, depósitos y créditos comerciales y reflejan en gran medida la actividad transfronteriza de los bancos comerciales, así como préstamos otorgados por acreedores oficiales, todos los cuales representaban en 2023 cerca de 50% del PIB mundial. Finalmente, las reservas de divisas alcanzaban un 13% del PIB global. China sigue siendo el mayor tenedor de reservas del mundo (3,3 billones de dólares netos de oro en 2023), a pesar de una disminución de más de 500 mil millones de dólares durante la década anterior, mientras que Japón (1,2 billones de dólares) y Suiza (cerca de 800 mil millones de dólares) son los mayores tenedores entre las economías avanzadas y los centros financieros, respectivamente. Por el peso de China, la de las reservas es la única categoría financiera en la que las "economías emergentes y en desarrollo" constituyen la mayor parte de las tenencias transfronterizas. Existe además una renta originada en el dominio monetario. En los años sesenta, Valéry Giscard d’Estaing, entonces ministro de Finanzas, denunciaba el “privilegio exorbitante” de Estados Unidos por beneficiarse de su posición como primera economía en el mundo y atraer capitales extranjeros con la sola fuerza del dólar, con lo que el país lograba financiarse a menor costo y tasas de interés bajas. Medio siglo después, este privilegio se ha extendido a la zona euro y a Japón. En comparación con el resto del mundo, estas dos regiones pueden financiarse sin mayores dificultades, pese a unas cuentas públicas deterioradas. El Norte global atrae capitales del resto del mundo, que acuden allí en busca tanto de menos riesgos como de mejores rendimientos. En conjunto, considerando el total de los flujos financieros, el 1% del producto interno bruto mundial se transfiere cada año desde los países pobres hacia el 20% de los países más ricos del planeta. Es aproximadamente tres veces más que la ayuda al desarrollo que va en la dirección opuesta y es dinero menos para el Sur global para financiar la salud, la educación o las infraestructuras, lo que perpetúa las desigualdades. Y este flujo de capitales hacia el Norte ha tendido, además, a intensificarse en las últimas décadas. Se trata de un fenómeno derivado de la organización del sistema monetario internacional desde mediados del siglo XX.
Los intercambios económicos se desenvuelven con tres tipos de agentes mundiales principales (Maier, 2023). Los primeros son los Estados-nación. Entre los Estados-nación dominantes se puede distinguir los que este autor llama "Estados-proyecto" y los "Imperios de recursos". Los primeros se caracterizan por actuar como gestores de improntas sociales y económicas globales que moldean, en distintas escalas, las instituciones políticas, la economía, la tecnología y también las mentalidades. Varios de ellos han tenido en la historia trayectorias colonizadoras, que dejaron un legado de desigualdad racial y económica entre territorios y naciones, mientras otras poseen una fuerza militar determinante o relevante que alimenta o ha alimentado los conflictos bélicos de mayor envergadura en la actualidad. Los segundos se sustentan en un poder que gira en torno al control, explotación y comercialización de recursos naturales estratégicos, los más recientes basados en amplias dotaciones de fuentes energéticas de alto valor y en territorios significativos. Por su parte, los Estados-nación periféricos se han multiplicado desde el siglo XX por los procesos de descolonización y el fin de imperios como el austro-húngaro y el turco al terminar la primera guerra mundial y más tarde el alemán, británico, francés y holandés al terminar la segunda guerra mundial, con un impulso adicional luego del fin de la Unión Soviética (URSS) en 1991. En 2025, 193 países pertenecen a la Organización de Naciones Unidas, en contraste con los 51 países que la fundaron en 1945.
Entre 1980 y 2024 se han producido cambios sustanciales en el peso económico respectivo de los grandes países y de los distintos grupos de Estados-nación, medido por el Producto Interior Bruto a paridad de poder de compra. Según la base de datos del Fondo Monetario Internacional (2025), la producción de los grandes países industriales de altos ingresos que fueron dominantes en las primeras décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, y que constituyen el llamado Grupo de los 7 (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia y Japón), pasó de representar un 52% de la economía mundial en 1980 a solo un 29% en 2024. La participación de Estados Unidos varió de un 22% a un 15%, la de la actual Unión Europea de un 27% a un 14% (el Reino Unido pasó de un 4% a un 2%) y la de Japón de un 8% a un 3% del total de la producción mundial medida por el PIB a paridad de poder de compra. La proporción de los "países emergentes y en desarrollo de Asia" pasó, en cambio, de un 9% en 1980 a un considerable 35% del total mundial en 2024. En este grupo, China pasó de representar un 2% de la economía mundial a un 19%, mientras la de India pasó de un 3% a un 8% del total. Otras grandes zonas del mundo disminuyeron su peso relativo entre 1980 y 2024: la proporción de América Latina y el Caribe pasó de un 12% a un 7%, la de Medio Oriente y Asia Central pasó de 8% a 7% y la del África Subsahariana se mantuvo en un 3% del total, mientras la de la Federación Rusa pasó de 5% en 1992 a 4% en 2024.
El segundo tipo de actor del sistema mundial son las organizaciones de gobernanza global surgidas desde la segunda guerra mundial, como los organismos de la Organización de Naciones Unidas y, en el plano económico, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, las bancas regionales de desarrollo y la Organización Mundial de Comercio. Se agregan a esta configuración la Organización de Cooperación para el Desarrollo Económico, que reúne a 38 países alrededor de los de más altos ingresos, el Grupo de los 7 países de altos ingresos (conformado por Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia y Japón), el Grupo de las 20 principales economías y el Grupo de los BRICS (cuyo núcleo inicial está conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).
El tercer tipo de actor es el capital transnacional. Los actores estatales y multilaterales interactúan con los "dominios transnacionales del capital", que incluyen los de tipo financiero y los constituidos por la inversión directa articulada en cadenas globales de producción y almacenamiento y circulación de información, que logran ventajas de costo salarial y de precios de insumos, así como de tratamiento tributario y normativo y de acceso a mercados. Sus centros en las naciones de origen las diseñan, dirigen y articulan con actividades periféricas de diferente grado de integración a ellas, en una amplia división internacional de creación y extracción de valor. Entre el 50 % y el 70 % del comercio internacional pasa por las cadenas globales de producción, según las estimaciones disponibles. Los sectores más internacionalizados en cadenas globales, además de los que conforman el capitalismo de plataformas digitales en la nube, son la electrónica, los automóviles, las máquinas-herramientas y los productos textiles, y en menor escala los alimentos procesados y los productos químicos.
La acumulación de capital ha ocurrido de manera desigual según la posición de cada economía en los sistemas de centros y periferias. Las economías contemporáneas están inmersas en una amplia división internacional del trabajo estructurada en centros y periferias por especializaciones productivas y por cadenas globales de generación de excedentes. Están condicionadas por el lugar que cada territorio ocupa en la articulación entre esos centros y periferias y por los intercambios de múltiples insumos, de proveniencia más o menos distante espacialmente pero siempre intervenidos por relaciones de poder asimétrico entre los actores económicos intervinientes. Estos intercambios y relaciones de poder determinan la distribución de los recursos, de la riqueza y de los ingresos entre países y entre categorías de miembros de las diferentes sociedades, así como las fronteras entre la esfera mercantil, la de los bienes comunes y la de las otras esferas de la vida humana y la magnitud de los impactos sobre el medio natural.
La conformación del sistema económico mundial reposa en polos de acumulación dinámica de capital industrial, digital y financiero alrededor de empresas con sede en Estados Unidos y países de Europa, a partir de la inicial expansión colonial europea y luego la de sus extensiones, así como de Japón desde la segunda guerra mundial y China y otros países asiáticos desde fines del siglo XX. En particular, después de la segunda guerra mundial Estados Unidos fue artífice y beneficiario del proceso de aceleración del comercio y de la internacionalización de las finanzas y las inversiones que culminaría en la globalización de la economía a fines del siglo XX, mientras más tarde lideró la irrupción de la economía digital. Los conglomerados de empresas y entidades financieras de los centros dominantes influyen de modo determinante en el intercambio mercantil generalizado de bienes, en los flujos de capitales, de inversión extranjera directa para abastecer mercados internos y para producir insumos y partes de bienes con múltiples localizaciones de diseño, producción, ensamblaje y comercialización, así como en las migraciones de las poblaciones. Esto explica que la economía mundial esté estructurada en lo que va de siglo XXI por dos polos: uno manufacturero y en parte digital, dominado por China, y uno financiero, de consumo y aún en parte industrial y ahora digital, dominado por Estados Unidos y en menor medida por Europa. Esta situación constituye una mutación de gran envergadura desde la conformación de la economía global.
El “sistema-mundo” (Wallerstein, 1979) se conformó en base a la evolución de hegemonías y rivalidades entre imperios y Estados-nación constituidos en centros dominantes, y sus respectivas periferias. Las guerras de escala mundial llevaron al apogeo de la primacía internacional de Estados Unidos y, en parte y hasta 1991, de la Unión Soviética, sin perjuicio de la rápida recuperación de Alemania y Japón. El rol de divisa principal lo ocupa la moneda de la economía dominante, Estados Unidos, como consecuencia del proceso a través del cual consagró un grado suficiente de predominio productivo y tecnológico, el que le permitió desde la salida de la segunda guerra mundial liderar la puesta en correspondencia de los espacios nacionales heterogéneos, en ausencia de mecanismos institucionales supranacionales capaces de asegurar una regulación global (Aglietta, 1979). Los procesos políticos y económicos en fases sucesivas desde 1945 dieron lugar al actual sistema mundial, que condiciona las dinámicas nacionales de acumulación de capital, crecimiento económico y desarrollo del bienestar de la población en sus territorios. Se produjeron grandes transformaciones globales en la capacidad de producción y modificación de la naturaleza, en la transición demográfica y en los avances y difusión de la ciencia médica.
Las periferias, por su parte, suelen estar dotadas de mercados internos de menor escala y abastecen de materias primas y, en algunos casos, manufacturan bienes para las cadenas globales de producción u ofrecen servicios de turismo a los centros. Funcionan con salarios más bajos, lo que no siempre está vinculado a una menor productividad sino a una fuerza de trabajo abundante y subordinada. Son, además, la principal fuente de provisión de fuerza de trabajo para los centros mediante flujos migratorios, especialmente desde los lugares más pobres, los escenarios de conflicto o los espacios climáticamente afectados hacia las economías de más altos ingresos, incluyendo parte de su fuerza de trabajo más calificada. Las remesas de trabajadores emigrados llegan a representar hasta un 25% del PIB, como en el caso de Honduras. A su vez, el número de personas que vive en un país distinto de su país natal es cada vez mayor. Según Naciones Unidas, en 2024 las personas migrantes internacionales son unos 304 millones y representan aproximadamente el 3,7% de la población mundial, en comparación con el 2,9% en 1990. Si bien la mayoría de personas migran por elección propia, otras lo hacen buscando preservar su vida, con unos 44 millones de refugiados y 8 millones de solicitantes de asilo. Otras personas se desplazan en respuesta a los efectos adversos del cambio climático, de desastres naturales y de otros factores ambientales. Diversos países reciben importantes montos de remesas de ingresos de connacionales emigrados.
Buena parte de las periferias de la era de los imperios coloniales permaneció en el siglo XX en el rol de abastecedora de materias primas a los centros. No obstante, se produjeron en diversas partes, en especial en América Latina, algunos impulsos industrializadores por sustitución de importaciones en la posguerra, mientras emergieron experiencias asiáticas de inserción exportadora que han contribuido a reconfigurar sustancialmente el orden económico mundial. El primer impulso fue el de la dinámica recuperación y expansión industrial exportadora de Japón en la posguerra. Desde los años 1960 se sumaron los llamados "tigres asiáticos", territorios inicialmente marginales y pobres que crearon capitalismos industriales exportadores con el impulso de Estados intervencionistas en Corea del Sur, Taiwan, Singapur y Hong-Kong. China siguió, con las particularidades propias de su historia, desde 1980 esa senda y ha alterado la distribución de poder en la economía mundial.
Desde la segunda guerra mundial se ha producido una dinámica cambiante del peso respectivo de estos agentes (Estados-proyecto, Imperios de recursos, instituciones internacionales y capital transnacional), que interactúan tanto colisionando unos con otros o en marcos de alianzas y de pactos. No existe nada parecido a un gobierno mundial con capacidad de coerción legítima, salvo las autorizaciones de uso de la fuerza por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en el que cinco potencias militares (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido) tienen poder de veto. Las interacciones entre los principales actores mundiales dan lugar a normas incompletas de mantención de la paz, en medio de frecuentes intervenciones militares unilaterales, y a regulaciones parciales y acuerdos de rango internacional en materia de comercio, transporte, inversiones y flujos de capital, ya sea multilaterales o por bloques de países, o bien a acuerdos respecto a temas ambientales globales. Estas normas y su cumplimiento dependen de la voluntad de las principales naciones, incluyendo el peso en ellas del capital transnacional.
De las visiones mercantilistas a la teoría de las ventajas comparativas
En el plano de las ideas sobre el funcionamiento de los intercambios internacionales, cabe mencionar que el llamado "mercantilismo" fue el enfoque propio de la era inicial de los imperios desde el siglo XV hasta el siglo XVIII. Las épocas de mercantilismo han sido históricamente más frecuentes que los tiempos de libre comercio y cubren la conquista europea de los siglos XVII y XVIII, el período de 1880-1945 y el presente desde el primer gobierno de Trump.
Para la visión mercantilista que acompañó las primeras conquistas coloniales europeas, si un país compra más de lo que vende a otro, está siendo perjudicado, en un mundo en el que “no hay suficiente para todos”. La característica más importante del mercantilismo es que considera el comercio un juego de suma cero en un estado de constante uso de medios coercitivos para el control de las vías por las que se transportan las mercancías, en especial el control de los océanos, la integración de la producción y el comercio en monopolios y monopsonios, y la lucha por territorios como fuente de materias primas y alimentos o puntos estratégicos con puertos y almacenes para sostener el poder naval. Según señala Arnaud Orain (2019):
"si bien la mayoría de los pensadores mercantilistas, como Antoine de Montchrestien (1575-1621) o Barthélémy de Laffemas (1545-1612), estaban convencidos de que el afán de lucro era un motor útil para la creación de riqueza, también creían …que el poder debía regular, orientar e incluso reprimir este afán para que beneficiara al Estado. Este debía poner la codicia individual al servicio del interés nacional mediante controles, inspecciones y derechos de aduana. Según ellos, era imposible que todos los países se enriquecieran al mismo tiempo y que todos los comerciantes pudieran crecer simultáneamente. Como afirmaba Montchrestien: 'se dice que uno solo pierde cuando el otro gana. Esto es cierto, y se nota más en el comercio que en cualquier otra cosa'".
La visión mercantilista fue cuestionada posteriormente por los argumentos de Montesquieu, para quien, en su texto sobre El Espíritu de las leyes de 1748, de todos los modos en que un país podría procurarse riqueza, el comercio es el único que no conlleva desventajas abrumadoras. Consideraba este autor que conquistar y saquear a los vecinos puede aportar inyecciones temporales de dinero, pero con el tiempo los costos de mantener un ejército de ocupación y de administrar a los pueblos subyugados imponen tensiones que pocos Estados pueden soportar. Extraer metales preciosos de las minas coloniales provoca una inflación generalizada; de este modo, los costos de extracción aumentan mientras que el valor de los metales extraídos disminuye. La mayor disponibilidad de dinero fomenta el desarrollo del comercio en otros países; sin embargo, en la nación que extrae oro y plata, la industria doméstica se ve destruida. El comercio, en cambio, no presenta tales desventajas. No requiere vastos ejércitos ni la continua subyugación de otros pueblos. No se socava a sí mismo, como sucede con la extracción de oro de las minas coloniales, y recompensa a la industria nacional. Por ello, se sostiene por sí solo y sostiene a las naciones que lo practican a lo largo del tiempo. Aunque no genera todas las virtudes —la hospitalidad, opina Montesquieu, suele encontrarse más entre los pobres que entre los pueblos comerciales— sí produce algunas: “el espíritu del comercio va naturalmente acompañado de frugalidad, economía, moderación, trabajo, prudencia, tranquilidad, orden y regla”. Además, en su visión, “es cura para los prejuicios más destructivos”, mejora las costumbres y conduce a la paz entre las naciones.
Más tarde, Adam Smith (1776) celebraría la división del trabajo como factor de prosperidad, lo que extiende al comercio entre naciones, en el que los países compiten a partir de "ventajas absolutas" de costos logradas en unas u otras ramas de producción, mientras David Ricardo (1817) teorizó sobre los beneficios mutuos de la especialización según las “ventajas comparativas” de los participantes del comercio. El principio de las ventajas comparativas de Ricardo sostiene que a los países les resultará más beneficioso especializarse en la producción de aquellos bienes para los que su ventaja medida en horas de trabajo para producir una unidad es comparativamente mayor a la del resto de países o su desventaja es comparativamente menor. La versión original de su teoría asume un solo factor productivo (trabajo), pleno empleo, costos constantes, tecnología dada, sin barreras comerciales. Si dos países, A y B, producen dos bienes, vino y trigo, y el país A es más eficiente en ambos bienes (los produce en menos horas de trabajo por unidad), la especialización completa es conveniente para ambos. Para producir 1 unidad de vino, A renuncia a una 1 unidad de trigo y para producir 1 unidad de vino, B renuncia a 3 unidades de trigo. A tiene ventaja comparativa en vino (menor sacrificio) y B tiene ventaja comparativa en trigo. Si A se especializa en vino y B en trigo y si ambos comercian, ambos consumen más que sin comercio con una expansión del bienestar total.
Como señala Charles Wyplosz (2025),
“El mercantilismo a menudo se presenta por sus aspectos comerciales, pero en realidad forma parte de una concepción más amplia de las relaciones internacionales... parte de la idea de que el comercio es un juego de suma cero, es decir que las ganancias de un comerciante se logran a costa de las pérdidas de sus competidores. Desde esta perspectiva, reducir las importaciones permite aumentar la producción local. La sencillez intuitiva de esta idea es lo que aseguró su éxito, el de sus múltiples versiones posteriores, y lo que explica que su poder de persuasión siga siendo fuerte hoy en día. De hecho, el error de razonamiento implícito que la sostiene fue uno de los principales motivos que llevaron, en el siglo XVIII, a la creación de la economía como disciplina autónoma. Ese error consiste en ignorar que el comercio internacional es, ante todo, un intercambio. ¿Por qué pagar más caro algo que puede producirse más barato en otro lugar, permitiendo además que esos productores extranjeros nos compren los bienes en los que nosotros somos más competitivos? El comercio permite así que todos los consumidores accedan a una mayor cantidad de productos. No es un juego de suma cero: todos ganan”.
Los autores liberales desde Ricardo han propuesto que solo se logra una eficiente asignación de recursos y un mayor bienestar agregado siguiendo una especialización en el uso de aquellos recursos en los que cada país tiene una más amplia dotación y en los bienes en que su capacidad de producción es de menor costo. La teoría de las ventajas comparativas sostiene que dos o más países pueden beneficiarse del intercambio, incluso cuando uno de ellos es más productivo en todos los bienes.
Este razonamiento fue ampliado a la producción multifactorial por diversos autores, manteniéndose la conclusión de que cada país ganaría al no producir todo lo que hace mejor, sino solo aquellos bienes en los que esa diferencia es mayor respecto a los otros países. Incluso para países muy productivos en todo tiene sentido especializarse en lo que les resulta relativamente más ventajoso de producir y cuyo "costo de oportunidad", aquello a lo que debe renunciar si se quiere producir algo dados unos recursos disponibles, es menor. Esto permite consumir más variedad y cantidad de bienes al menor costo posible. Al importar el resto de bienes que requiere, beneficia a sus consumidores con precios inferiores a los que existirían con su producción doméstica y les hace aumentar su poder adquisitivo, mientras sus productores obtienen insumos a un costo inferior. Heckscher y Ohlin complementaron la idea señalando que la ventaja comparativa depende de las dotaciones factoriales (capital, trabajo, recursos) de cada país.
La proposición canónica es que la liberalización del comercio que se organiza según las ventajas comparativas de cada país permitiría que el comercio internacional beneficie a todos los participantes e induce la reasignación de la producción desde unidades menos productivas a aquellas de mayor productividad. Si un país es menos productivo que otro, paga salarios más bajos. Pero si la productividad en la fabricación de algunos bienes está más cerca de la existente para el mismo bien en el país más productivo, el primer país puede ofrecerlos a un precio mucho más bajo por la diferencia de salarios. El corolario es que cuando los países se especializan en la producción de aquellos bienes en los que poseen una ventaja comparativa y los intercambian por otros bienes, se incrementará el poder de compra de los consumidores y disminuirá los costos de los insumos de los productores, mientras aumentará la producción mundial de todos los bienes.
Desde su enunciación por Ricardo, el enfoque de especialización internacional extrema ha sido criticado, especialmente por la llamada escuela histórica alemana en el siglo XIX y comienzos del XX, que reaccionó contra el universalismo abstracto del liberalismo clásico. Sus principales exponentes incluyen a Wilhelm Roscher, Bruno Hildebrand, Karl Knies y Gustav Schmoller, los que sostuvieron a diferencia de Adam Smith o David Ricardo, que no existen leyes económicas universales válidas para todo tiempo y lugar y criticaban la economía “deductiva” inglesa y la idea del “homo economicus” abstracto. A diferencia del laissez-faire clásico, proponían un Estado fuerte pero no arbitrario, regulador de mercados y promotor del desarrollo con protección selectiva de industrias nacientes, infraestructura y educación técnica, con ideas cercanas a Friedrich List. Rechazan la idea de que la suma de intereses individuales produce automáticamente el bien común. La escuela influyó en las políticas del conservador prusiano Otto von Bismarck y en la construcción del Estado social alemán.
Otras críticas modernas son el no considerar los costos en desempleo sectorial de corto plazo en las transiciones, los cambios en el poder de mercado por el efecto de las economías de escala y la distribución de ganancias dentro de cada país, así como las externalidades de innovación y el costo de renunciar a desarrollos tecnológicos estratégicos en términos económicos o de seguridad nacional. Si bien no tiene sentido desde el punto de vista estático que los países dejen de intercambiar con otros los bienes y servicios que les permiten incrementar el poder de compra de sus consumidores y abaratar los costos de los insumos de sus productores, tampoco lo tiene extremar especializaciones que se traduzcan en disminuciones de dinamismo productivo en el largo plazo.
La dinámica económica a escala internacional no se remite históricamente a la existencia de una eventual repartición óptima de las actividades productivas que resultaría de la especialización en las actividades con ventajas comparativas en base a las dotaciones nacionales más o menos abundantes de factores de producción, además de no aplicarse al comercio de bienes no disponibles en todas partes. Las naciones se especializan, en términos prácticos, al crear ventajas competitivas en determinados sectores económicos en los que disponen o consiguen costos menores para comerciar en los mercados mundiales.
Joseph Stiglitz (2015) ha insistido en que la ventaja comparativa no es un dato inmutable ni puramente estático, sino un proceso que se construye y renueva a lo largo del tiempo mediante el aprendizaje, la innovación y la acción de las políticas públicas. La teoría clásica se basa en economías sin aprendizaje tecnológico, por lo que no contempla cómo la especialización puede generar nuevas capacidades productivas. Stiglitz introduce el concepto de “ventaja comparativa dinámica” para subrayar que la competitividad de un país depende de su habilidad para innovar y aprender haciendo, y no solo de sus dotaciones iniciales de factores de produccuón más o menos abundantes. Su conclusión es que existe un riesgo del libre comercio sin transferencia de conocimiento: cuando el comercio internacional no va acompañado de mecanismos de difusión tecnológica, los países sin sectores donde se genere nuevo conocimiento sufren un estancamiento productivo; mientras tanto, aquellos con ventaja inicial en sectores de aprendizaje aumentan su liderazgo, lo que puede traducirse en el empobrecimiento relativo de los primeros y mayores desigualdades globales. Las economías y sectores de menor productividad relativa suelen al menos requerir períodos de adaptación y algún grado de protección de sus industrias nacientes y de subsidio a la creación y adopción tecnológica para mejorar su posición y sus términos del intercambio con el exterior. En el largo plazo, la aplicación mecánica del principio de las ventajas comparativas puede redundar en mantener sistemas productivos con menor complejidad y, por tanto, carentes de capacidades suficientes de innovación sujetos, a la vez, a una mayor vulnerabilidad en los abastecimientos básicos a la población. No considera que los Estados-nación y las influencias geoestratégicas son decisivas en la construcción de capacidades productivas nacionales y locales y de ventajas científicas, tecnológicas y productivas y en la continuidad del suministro de recursos e insumos para la producción.
Para construir y proteger una ventaja comparativa dinámica, Stiglitz defiende intervenciones selectivas (subvenciones, inversión pública en Investigación y Desarrollo, cláusulas de contenido tecnológico en la inversión extranjera) que fomenten la creación de capacidades en sectores estratégicos. Así, los países pueden ir más allá de su ventaja estática y escalar en la cadena de valor internacional. La ventaja comparativa surge en teoría de las diferencias entre países en la abundancia relativa de sus dotaciones de factores de producción, pero las ventajas competitivas que puedan sostenerse en el tiempo nacen de la organización productiva y tecnológica a nivel de empresa, que puede o no ser favorecida sistémicamente por la creación de infraestructura, la investigación y desarrollo tecnológico adaptado que impulsa la innovación y las capacidades humanas creadas socialmente, así como por las políticas económicas comerciales, financieras, de cambio de divisas y migratorias que indicen en las relaciones de intercambio internacional. La ventaja competitiva no es ajena a políticas, inversiones y dinámicas empresariales y públicas que permiten a las empresas producir con menores costos medios e innovar, diferenciarse y consolidar posiciones en los mercados internos y externos.
Los argumentos contemporáneos para protecciones arancelarias temporales más o menos prolongadas son que, dado que la manufactura está sujeta a rendimientos crecientes, las barreras comerciales pueden en ciertos casos reapropiar esas rentas hacia el propio país, permitiendo que sus empresas alcancen mayor escala. A su vez, preservar o desarrollar industrias manufactureras puede incrementar la capacidad innovadora de un país si genera “aprendizaje mediante la práctica”, un tipo de investigación que no puede realizarse en un laboratorio, pero que crea conocimiento y aumentos de productividad. Otra externalidad positiva está asociada a mantener una gran masa de ingenieros en un país para que intercambien y combinen ideas. Esta es probablemente una de las razones por las cuales los distritos industriales territoriales como Silicon Valley son excepcionalmente productivos. Crear externalidades favorece la competitividad de las economías y desfavorece a las que no lo logran. La producción de mayor escala que la que les permiten sus mercados internos resulta en retornos crecientes a escala y constituyen una causa autónoma del comercio internacional, incluso sin que pueda configurarse una ventaja comparativa (Krugman, 2008). Para ser eficiente, una planta de ensamblaje de automóviles, por ejemplo, debe vender un número suficiente de unidades al año para diluir en los costos unitarios los elevados costos fijos constituidos por la infraestructura y capital fijo utilizados para producir la primera unidad. Con frecuencia, además, las ventajas competitivas derivan no de una unidad productiva aislada, sino de un distrito local de productores y proveedores de insumos. Estos distritos suelen constituirse por situaciones circunstanciales en la historia productiva o geopolítica de las naciones, pero que luego perduran y se autoalimentan favorecidos por externalidades tecnológicas, la proximidad de proveedores especializados de servicios y una oferta concentrada de fuerza de trabajo calificada. Se trata de consideraciones dinámicas que sostienen que la ventaja comparativa puede construirse y no solo heredarse en función de la dotación de factores de producción.
Si una industria genera efectos indirectos tecnológicos en el resto de la economía, privarse de su producción por el libre comercio disminuye un potencial avance en su productividad por el efecto de difusión tecnológica a lo largo del tiempo en "ecosistemas de innovación", impidiendo la creación de "ventajas comparativas dinámicas" mediante el estímulo de los avances tecnológicos en toda la economía. Perder estas industrias significa perder otras industrias que habrían resultado de esos avances tecnológicos y de la correspondiente calificación de la fuerza de trabajo. Este argumento se asemeja al de proteger la "industria naciente" que se aplicó, por ejemplo, en los albores de la industrialización en Estados Unidos.
Aunque los aranceles pueden beneficiar a industrias específicas que pueden quedar protegidas de la competencia de las importaciones -lo que en algunos casos de industria naciente o estratégica tiene plena justificación- se argumenta por los defensores del libre comercio que los aranceles podrían hacer que la economía en su conjunto sea menos eficiente y terminen por perjudicar a los trabajadores. Sin embargo, Wolfgang Stolper y Paul Samuelson (1941) refutaron este argumento modelando un país que produce una mezcla de bienes que requieren una cantidad relativamente alta o bien baja de capital por trabajador y demostraron que si ese país era importador neto de bienes intensivos en trabajo, un arancel elevaría los salarios reales de los trabajadores, no solo en relación con el rendimiento del capital, sino en términos absolutos. Así, los aranceles pueden afectar la distribución del ingreso entre clases sociales y, en ciertas circunstancias, pueden reducir la desigualdad, mientras las reducciones arancelarias, por su parte, pueden aumentarla.
El teorema de Stolper-Samuelson cobró una relevancia creciente tras 1980, cuando la desigualdad en Estados Unidos empezó a subir y las importaciones de manufacturas de mercados emergentes fueron uno de los factores de ese aumento. Así, tiene justificación poner en práctica políticas de protección mediante aranceles y restricciones temporales para permitir, a costos iniciales más altos que la alternativa de importación, que existan industrias nacientes que generan externalidades positivas sobre otras actividades o para proteger industrias existentes frente a fenómenos de mercado de corto plazo, y evitar así su desaparición si son actividades sostenibles en el tiempo pero que requieren de transiciones productivas a acometer en determinados plazos. También la protección de la competencia externa puede tener sentido para los países si consideran que deben producir internamente determinados bienes por definiciones estratégicas y de autonomía nacional, aunque sus costos de abastecimiento sean más altos que los de proveedores externos.
Los economistas convencionales han sostenido que el comercio internacional basado en la especialización según ventajas comparativas mejora el bienestar agregado, pero reconocen que produce ganadores y perdedores y redistribuye los ingresos. No obstante, sostienen que las ganancias de los beneficiados podrían ser más que suficientes para compensar las pérdidas de quienes sufren los efectos adversos de la competencia externa. Esta creencia en la capacidad del comercio para generar mejoras de tipo paretiano (es decir, que al menos alguien mejore sin que otros empeoren) los convirtió en defensores de primera línea de la liberalización generalizada del comercio, aunque la teoría básica también sostiene que el comercio internacional no mejora el bienestar de todos, pues, como señalan Krugman, Obstfeld y Melitz (2018):
“los propietarios de los factores abundantes de un país se benefician del comercio, pero los propietarios de los factores escasos de ese país pierden. (...) Comparado con el resto del mundo, Estados Unidos tiene una dotación abundante de mano de obra altamente calificada, y (...) la mano de obra poco calificada es, en consecuencia, relativamente escasa. Esto significa que el comercio internacional tiende a perjudicar a los trabajadores poco calificados en Estados Unidos —no solo de manera temporal, sino de forma sostenida”.
El enfoque crítico de la especialización y el libre comercio a ultranza sostiene que los gobiernos deben también reconocer el hecho que existen ganadores y perdedores internos en las transiciones de especialización internacional, y que tiene sentido que sean objeto de compensaciones temporales. La liberalización del comercio sin más consideraciones, en ausencia de movilidad de los factores de producción de una actividad y territorio específico a otro, provocarán, al menos temporalmente y en ausencia de compensaciones, incrementos del desempleo y pérdidas de ingresos en los sectores de la economía y territorios específicos sometidos a una competencia externa súbita.
Así, desde el punto de vista de los efectos distributivos al interior de las economías, durante las primeras décadas de la era de Bretton Woods, la mayor parte de los flujos comerciales manufactureros se dieron entre naciones con niveles de ingreso relativamente similares. Esto ayudó a suavizar los impactos distributivos en medio del desarrollo de los Estados de bienestar. En Estados Unidos y Europa Occidental, las economías crecieron como nunca antes con las liberalizaciones comerciales después de la segunda guerra mundial, sin mayores consecuencias en la distribución del ingreso, y siguieron manteniendo un crecimiento significativo en la etapa de la globalización desde 1980. La década de 1970 fue la época dorada de la industria en Estados Unidos, en la que la manufactura representaba un cuarto del empleo total (en la guerra alcanzó un 49%), a comparar con menos de una décima parte en la actualidad, a la par de la liberalización del comercio. En la segunda década del siglo XXI los beneficios generales del comercio empezaron a ser menos perceptibles que las pérdidas intensas de empleos en sectores y territorios específicos, por lo que se intensificó la demanda por restricciones al comercio frente a aumentos del déficit comercial, aunque no en los servicios.
La idea de la especialización según "ventajas comparativas estáticas" ha sido también objeto de críticas bajo el argumento de que puede llevar incluso a crecimientos empobrecedores en el largo plazo. Estos ocurren cuando la ganancia en bienestar social de un país derivada del crecimiento económico es más que compensada por la pérdida de dicho bienestar asociada a un cambio adverso en los términos de intercambio, al contrastarse, por ejemplo, precios relativos de las importaciones industriales que crecen más que los de las exportaciones de bienes primarios. Esto fue descrito por Jagdish Bhagwati (1958) en los casos en que los países enfrentan condiciones desfavorables de demanda internacional a medida que incrementan sus exportaciones tradicionales. En otros casos, reseñados analítica y empíricamente en Paul Samuelson (2004) y Paul Shaffer (2019), el crecimiento empobrecedor ocurre en el país industrializado cuando su socios comerciales siguen una política de crecimiento mediante sustitución de importaciones y, como resultado, alteran los términos de intercambio en contra del país exportador. Shaffer señala que los deterioros en los términos de intercambio han generado episodios de “crecimiento empobrecedor” en economías muy dependientes de exportaciones de materias primas donde la caída de los precios internacionales reduce el poder adquisitivo real y, en consecuencia, impide que el crecimiento del PIB se traduzca en mejoras del bienestar agregado y/o de los sectores más vulnerables de la sociedad.
El argumento a favor del libre comercio, por su parte, es el mismo que el argumento general a favor de los mercados. Si importar un bien es más barato que producirlo domésticamente, entonces limitar las importaciones y/o subsidiar la producción nacional constituye una asignación de recursos que disminuye el bienestar agregado. Esos recursos podrían haberse utilizado de manera más productiva fabricando bienes para el mercado interno o para la exportación, en lugar de competir artificialmente con importaciones de menor precio. En consecuencia, la política gubernamental no debería intentar contradecir al mercado apoyando la producción nacional frente a las importaciones. El argumento que contradice esta proposición, en cambio, sostiene que puede haber industrias que cumplen con la condición, de mantenerse la producción doméstica, de generar beneficios sustanciales que no son tenidos en cuenta por los mercados. Si esa condición se cumple, el gobierno debería llevar a cabo una política industrial para apoyar a esa industria.
Las especializaciones extremas pueden producir, a su vez, vulnerabilidades sistémicas, con economías sometidas a fluctuaciones frecuentes de sus precios externos de exportación o a eventuales períodos prolongados de deterioro de sus términos de intercambio. La especialización según "ventajas comparativas estáticas" ancla a los países periféricos de los centros industriales en la extracción de recursos con poca elaboración manufacturera, lo que les impide desarrollar "ventajas comparativas dinámicas". Las visiones basadas en la teoría de las ventajas comparativas han sido cuestionadas como justificación de una especialización constreñida a la extracción de materias primas sin políticas de innovación tecnológica y de calificación de su fuerza de trabajo, que pueden limitar los beneficios del comercio que pudieran incrementar el poder de compra de los consumidores y disminuir costos de insumos utilizados por los productores. Este tipo de especialización se podría traducir en disminuir el aprendizaje en el desarrollo de industrias con efectos de difusión tecnológica y de aumentos de productividad en los procesos productivos en el conjunto del tejido económico. Adicionalmente, muchos países de bajos ingresos suelen tener un menor desarrollo institucional por carecer de recursos suficientes y suelen exponerse a diversas inestabilidades y distorsiones en la asignación de recursos, como fijaciones de precios, subsidios e impuestos para beneficiar a unos u otros grupos de capitales con capacidad de incidir en las decisiones del sistema político, generando ineficiencias a nivel de firma que no son siempre removidas por la liberalización del comercio.
No obstante, en el comercio de materias primas no renovables, y en general en el de oferta relativamente inelástica, como los combustibles fósiles, se generalizaron prácticas oligopólicas de un cierto número de países exportadores que les permiten lograr importantes beneficios del comercio y términos de intercambio favorables. Esto ha ocurrido, con altibajos, desde la primera crisis del petróleo en los años 1970 y resultado en grandes superávits comerciales para ellos, y en diversos casos en una acumulación de riqueza financiera de gran magnitud, expresada en fondos soberanos de inversión que adquieren activos en todo el globo. Los altos precios del petróleo en el mercado mundial han sido obtenidos con un sistema de administración de la oferta según la evolución de la demanda, lo que se mantendrá en la medida en que los recursos mundiales de petróleo disminuyan y sus costos de extracción aumenten, para luego ser objeto de una sustitución general por energías renovables ante el desafío del cambio climático antropogénico. En cambio, los acuerdos entre países exportadores producen menos resultados para las materias primas con mayor elasticidad precio de la demanda, como en el caso de los acuerdos para el caucho natural, el café o el cacao. En los metales no hay sistemas de acuerdo de precio entre países productores.
Las oscilaciones extremas de los precios del petróleo, insumo energético esencial en las economías desde el siglo XX, han alterado los costos de producción en los países importadores y provocado episodios de “estanflación”. Pero han sido aún más disruptivas para los países que obtienen una gran parte de su ingreso nacional de las exportaciones de materias primas en el marco del sistema mundial de centros y periferias lo que requiere de trabajosas y recurrentes políticas de estabilización macroeconómica. Además, si un país exporta grandes cantidades de materias primas, aumentará el valor de su moneda (lo propio ocurre con los centros financieros que atraen capitales). Si se fija el tipo de cambio, la inflación interna aumentará a medida que la entrada de dinero ejerza presión sobre los precios domésticos. De una u otra forma, el sector manufacturero se vuelve menos competitivo frente a sus rivales extranjeros y se reduce. El problema es que la manufactura se caracteriza por un mayor “aprendizaje por la práctica” y por mayores “efectos de arrastre” hacia el resto de la economía que las industrias extractivas. Los países que consolidan sectores manufactureros tienden a generar un círculo virtuoso que alimenta el crecimiento económico, mientras que los países que viven preferentemente de sus recursos naturales se diversifican poco y crecen tecnológicamente menos.
En estos países se concentra el ingreso en pocas manos, y con frecuencia termina en empresas externas con alta capacidad de inversión que se apropian privadamente de las llamadas rentas de recursos naturales. Se trata de un ingreso no ganado, a diferencia de los salarios o de los rendimientos de la inversión. Quién recibe esas rentas y en qué proporción depende de a quién se le asignen los derechos de propiedad o de quién tenga el poder de apropiárselas. Las grandes rentas económicas suelen ser capturadas por gobiernos autoritarios, lo que resfuerza su control sobre el poder, como es el caso en la mayoría de las economías petroleras. Si esos gobiernos son corruptos, las rentas terminan en manos de empresas favorecidas o de individuos y se traducen en regímenes con oligarquías con poder político autocrático, que a su vez se disputan el control de las zonas de producción. Es lo que ocurre de modo recurrente en el Medio Oriente y en países como Venezuela.
El argumento a favor de grados de autonomía de las naciones emerge, también, en el caso en que un país pudiera importar más barato que la producción interna, por ejemplo, todos sus alimentos y todos sus medicamentos. Pero los responsables de políticas públicas deben tener en cuenta la posibilidad de que esas importaciones pudieran suspenderse o deteriorarse en determinadas situaciones y poner en riesgo la alimentación y la salud del país. Por lo tanto, resulta imprudente permitir que los alimentos y medicinas importadas baratas desplacen la totalidad de la producción nacional de este tipo de bienes. Se producen vulnerabilidades estratégicas cuando los países no producen alimentos básicos o insumos sanitarios indispensables para el bienestar de su población, los que deben ser mantenidos en situaciones de emergencia y crisis, en las que se deben reponer reservas suficientes que permitan estabilizar sumuninistros y precios, aunque su producción interna sea más cara en diversas coyunturas. Pero puede no serlo en plazos más largos.
Ocampo y Taylor (1998) concluyen que:
"Desde el punto de vista microeconómico, la defensa de la liberalización es dudosa cuando existen rendimientos crecientes a escala y las empresas pueden invertir directamente en mejorar su productividad. Los efectos distributivos de los cambios en la política comercial pueden ser regresivos y de gran magnitud; sin embargo, las rentas que generan pueden servir de base para intervenciones públicas efectivas, condicionadas al desempeño de las firmas. En el plano macroeconómico, la justificación de la liberalización descansa en la ley de Say, que no siempre se cumple. Las liberalizaciones recientes —simultáneas en los mercados de bienes y de capitales— han ido acompañadas de tipos de cambio fuertes y tasas de interés elevadas. Además, el crecimiento de la producción y de la productividad se retroalimentan positivamente, y esa dinámica puede verse suprimida por la liberalización".
No obstante, las políticas proteccionistas indiscriminadas pueden generar disminuciones generales de competitividad y de bienestar agregado si no orientan los recursos a sus usos más productivos, mientras pueden afectar el precio de los insumos necesarios para producir la mayoría de los bienes finales, ya sean los orientados al mercado interno o a las exportaciones. Pueden generar pérdidas de poder adquisitivo de los consumidores frente a menores precios de los bienes importados en relación a los producidos internamente o pérdidas de competitividad de las exportaciones. No tiene sentido económico, además, persistir en proteger el empleo en actividades no competitivas cuando existen cambios estructurales de la demanda o cambios tecnológicos que sustituyen trabajo y que no son reversibles. En palabras de Paul Krugman (2025) en los debates sobre la política económica en Estados Unidos:
"La seguridad nacional es una buena razón para promover ciertos tipos cruciales de manufactura. Y algunas industrias probablemente generan valiosos efectos colaterales tecnológicos. Así que hay un argumento a favor de políticas industriales limitadas y estratégicas para promover sectores clave. Pero eso es muy distinto de imponer aranceles a todos y a todo en un intento condenado al fracaso de traer de vuelta los años 50...Si se quiere mejorar la vida y los ingresos de los trabajadores estadounidenses, cabe dejar de obsesionarte con la manufactura —que es un callejón sin salida— y centrarse en fortalecer el poder de negociación de los trabajadores en toda la economía".
En suma, lograr o no una mayor o menor complejidad económica y un capacidad productiva manufacturera tiene consecuencias en el dinamismo a lo largo del tiempo en la creación de ventajas competitivas de mercado y de ventajas comparativas estáticas y dinámicas en la inserción internacional de las economías y tiene efectos distributivos. Una especialización unívoca en la producción de materias primas se traduce en disminuir el aprendizaje en el desarrollo de industrias con efectos de difusión tecnológica y de aumentos de productividad en los procesos productivos en el conjunto del tejido económico. Por ello, las especializaciones en ventajas comparativas pueden o no resultar favorables para el crecimiento sostenible en el largo plazo (Bai, Jin & Lu, 2024), lo que depende de sus modalidades y de las políticas de acompañamiento. Waugh (2010) concluye a partir de una amplia muestra de países que los más pobres no obtienen sistemáticamente ganancias del comercio.
A su vez, los productos de un país con normas de contaminación poco estrictas serán más baratos y sus socios comerciales los importarán en mayores cantidades, mientras el país exportador concentrará su economía en industrias que son más rentables porque se ignora el daño provocado con la contaminación, aunque exista un costo en bienestar. El modelo de ventajas comparativas no considera los efectos en contaminación y extracción de materias primas no renovables.
La dinámica básica de los intercambios internacionales
En las transacciones entre naciones, cada compra que realiza un agente económico en un país es también una venta para otro. Este intercambio puede ser de bienes y servicios intercambiados por bienes y servicios, bienes y servicios intercambiados por activos o activos intercambiados por activos. Toda compra implica una venta, por lo que la "balanza de pagos" siempre se equilibra, con una identidad contable para las transacciones internacionales entre las ventas de bienes y servicios nacionales (que incluyen el pago de intereses y dividendos pues son pagos por el uso del capital de otra persona) a extranjeros más las ventas de activos nacionales a extranjeros que igualan las compras nacionales de bienes y servicios extranjeros más las compras nacionales de activos extranjeros. Por ello, las ventas de activos menos las compras de activos igualan las compras de bienes y servicios menos las ventas de bienes y servicios. Lo primero representa los ingresos netos de capital de un país, es decir el balance positivo o negativo de la inversión de extranjeros en activos internos sobre la inversión nacional en activos extranjeros. Lo segundo es el déficit comercial, es decir el balance positivo o negativo de las compras nacionales de bienes extranjeros sobre las compras extranjeras de bienes nacionales. De ahí que los ingresos (o egresos) netos de capital sean iguales al déficit (o superávit) comercial. La manera en que esta identidad contable se desglosa entre los flujos de bienes y los flujos de activos se conoce como la balanza de pagos de un país.
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Las balanzas de pagos
Las balanzas de pagos de los países son un registro de los flujos de bienes, servicios, rentas y transferencias y refleja la posición financiera externa de un país, es decir de dónde vienen los recursos (exportaciones y flujos de capital) y adónde van (importaciones y adquisición de activos en el exterior). Es un registro de todas las transacciones económicas que realiza un país con el resto del mundo durante un período determinado (normalmente un año o un trimestre). Se compone de tres grandes cuentas que, en conjunto, siempre deben sumar cero (salvo por ajustes estadísticos):
1. Cuenta corriente
Balanza comercial
- bienes: exportaciones menos importaciones de mercancías
- servicios: turismo, transporte, licencias, seguros
Renta primaria
- pagos y cobros de dividendos e intereses
- salarios de trabajadores en el extranjero
Renta secundaria (transferencias)
- remesas de trabajadores
- ayudas internacionales, subvenciones
2. Cuenta de capital y financiera
Cuenta de capital
- transferencias de capital (donaciones de equipamiento, condonaciones de deuda)
- cambios en activos no producidos (derechos de explotación).
Cuenta financiera
- inversión directa (participaciones ≥ 10 %)
- inversión de cartera (renta variable o deuda)
- instrumentos financieros derivados
- otros flujos (depósitos, préstamos)
- variación de reservas internacionales del Banco Central
3. Errores y omisiones
Ajuste estadístico para garantizar que la suma de todas las cuentas sea cero, corrigiendo desajustes derivados de diferencias temporales o mediciones imperfectas
Si un país presenta un déficit en la cuenta corriente (importa más de lo que exporta y/o transfiere más utilidades y remesas que las que recibe), debe financiarlo vía un superávit en la cuenta financiera (atrayendo inversión extranjera o aumentando su endeudamiento) o vía disminución de reservas. Si, por el contrario, presenta un superávit corriente, estará acumulando activos en el exterior o reduciendo pasivos, lo que se registra en los movimientos de capitales y activos financieros entre residentes y no residentes.
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Un déficit comercial recurrente de gran magnitud requiere atraer un flujo constante de inversión extranjera hacia el país e incurrir en endeudamiento, lo que puede volver a la economía más vulnerable frente a cambios globales, mientras el reembolso a los inversores extranjeros puede reducir el nivel de vida futuro, aunque no hay nada reprochable en un déficit comercial por sí mismo, y menos en déficits comerciales bilaterales con algunos países eventualmente compensados con excedentes con otros. La relación con el exterior de un país se puede resumir en una simple identidad:
Déficit comercial = Inversión extranjera neta.
Cabe mencionar que las cifras oficiales suelen subestimar las repatriaciones de utilidades cada año a los inversores extranjeros, pues las corporaciones multinacionales utilizan estrategias como la fijación ficticia de precios entre la matriz y las sucursales y en el valor de las transferencias de propiedad intelectual para disminuir los pagos de impuestos a los beneficios, los que reaparecen en países de baja tributación.
Algunos economistas usan reglas empíricas (Furman, 2025) y consideran que en el caso en que un déficit en cuenta corriente -el comercio más los flujos de ingresos por remesas y utilidades- supera un rango de 3-5% del PIB se necesita una actitud de vigilancia, especialmente si el costo del financiamiento es alto o creciente. Cuando el déficit en cuenta corriente supera establemente el 5% del PIB, casi siempre es un problema que debe considerarse con medidas correctivas. Si un país acumula permanentemente un déficit comercial y en cuenta corriente y, a la vez, un déficit fiscal, y requiere grandes entradas de financiamiento externo, se estará en una situación estructural de consumo y de demanda interna que se sitúan por encima de lo que permite la producción nacional, lo que puede corregirse aumentando el ahorro interno e incrementando la competitividad de la economía y su productividad.
Existe un nexo entre la situación fiscal y comercial que funciona del siguiente modo: si un país compra muchos más bienes de otros países que los que exporta y los paga con divisas, debe generarlas. Salvo que los países a los que se compra bienes importados inviertan al menos en parte sus divisas en el país importador, ya sea en empresas que buscan fondos para construir nuevas capacidades o adquiriendo instrumentos de deuda fiscal del país importador en déficit (bonos o letras del Tesoro Publico), que el gobierno utilizará para financiar el déficit fiscal que con frecuencia acompaña el déficit comercial. Este ha sido el caso de la principal economía, Estados Unidos, en las últimas décadas. Si el déficit fiscal aumenta, los inversores externos podrían, en teoría, cubrir ese faltante, pero eso significaría destinar su dinero a valores del Tesoro en lugar de a empresas y sus necesidades de capital. Ese déficit fiscal más grande requerirá que el gobierno pida prestado más dinero, lo que eleva las tasas de interés, que atraen más capital de corto plazo en búsqueda de una mejor remuneración y hacen que la moneda nacional se haga más fuerte en relación a la divisa utilizada para el comercio internacional, lo que encarece los productos de exportación para los compradores extranjeros y abarata para los consumidores nacionales los productos importados y, por lo tanto, amplía el déficit comercial.
2. Las etapas de la globalización
De la posguerra a la mundialización del comercio y las inversiones
En la primera mitad del siglo XX, las dos guerras mundiales paralizaron el comercio y los procesos migratorios, en medio de la gran depresión que aquejó al mundo capitalista entre 1929 y el fin de la segunda guerra mundial. El crecimiento fue de solo 0,6% promedio por habitante en esa etapa, según los datos de Maddison (2004). Esto obligó a iniciar procesos de sustitución de importaciones industriales de cierta complejidad en los diversos países independientes de América Latina y otras partes del mundo.
En cambio, después de la segunda guerra se verificó una prolongada liberalización de las relaciones comerciales internacionales. Se introdujeron sucesivas rondas de liberalización arancelaria en el marco de la Organización Internacional del Comercio (ex GATT). En 1947, el promedio de aranceles para los países participantes en el acuerdo general de comercio de la posguerra era de alrededor del 22%. Tras la Ronda Kennedy (1962–67), los aranceles negociados y aplicados se situaron en torno al 15 %. Una vez completada la Ronda de Uruguay (1986–94), el promedio de aranceles se redujo por debajo del 5 %. Las exportaciones pasaron del 7% del producto mundial en 1950, a un 9% del PIB en 1960, a 11% en 1973 para luego dar un salto a un 20% en 1980.
En 1950-73 el ingreso por habitante en el mundo creció a un ritmo cercano al 3% anual, el mayor en la historia, siempre según los datos de Maddison (2004). Esta etapa se caracterizó por la rapidez sin precedentes del crecimiento global y fue testigo –en medio de la reconstrucción de Europa y de Japón- de una “edad de oro” en las “economías-mundo” capitalistas, muchas de las cuales se transformaron en economías mixtas. La posguerra incluyó la consolidación y extensión de economías centralizadas bajo la influencia de la revolución rusa de 1917 y su evolución posterior bajo Stalin, incluyendo a una parte significativa de Europa del Este, hasta su colapso en 1991, de la revolución China a partir de 1949 y de la revolución cubana en 1959, entre otros procesos centralizadores.
La expansión mundial del capital y la difusión del régimen de acumulación intensiva generado en Estados Unidos después del New Deal del presidente Franfkin D. Roosevelt y la segunda guerra mundial, permitió de modo decisivo la consolidación de dicho país como potencia hegemónica, junto al rol de la Unión Soviética en un mundo bipolar, aunque este proceso no se desarrolló de manera lineal y permaneció un cierto fraccionamiento jerarquizado del espacio mundial, especialmente después de los procesos de descolonización en Africa y Asia. En Estados Unidos, el régimen de acumulación denominado “fordismo” se fundó en la transformación simultánea de las condiciones de la producción y del consumo, y se extendió parcialmente más allá de sus fronteras a través de la movilidad internacional del capital productivo. Del orden de un 60% de la inversión internacional provino entre 1945 y 1975 de firmas norteamericanas. De acuerdo a Charles-Albert Michalet (2002), una empresa multinacional puede ser definida
"como una empresa (o un grupo) de gran tamaño, la cual, a partir de una base nacional, ha implantado en el extranjero muchas filiales en muchos países, con una estrategia y una organización concebidas en escala mundial".
Esa implantación puede tener la modalidad de “filiales-relevo” que traslada la producción de un bien final desde la matriz y el mercado de origen a un tercer mercado, con el objeto de superar el proteccionismo y las barreras a la entrada al mismo (legales o económicas). Se trata de una sustitución de exportaciones y su vocación es la de insertarse en mercados internos, siempre procurando ampliar las economías de escala y la absorción de costos hundidos, particularmente en países con segmentos de la población más o menos significativos con un poder adquisitivo elevado. La implantación fuera del lugar de origen de la empresa puede realizarse mediante una segunda modalidad: la instalación de “filiales-taller” como parte de una segmentación internacional del proceso productivo para optimizarlo y minimizar costos (sobre todo salariales y regulatorios), en este caso con orientación exportadora. Normalmente la concepción, diseño y control permanecen en los países de origen, y la producción-venta y servicios post venta se deslocalizan fuera de ellos. Es lo que hoy se denomina "cadenas globales de valor".
Cuando existen costos hundidos importantes, especialmente en la concepción de un producto, y las economías de escala no son aprovechables mediante el expediente exportador, la creación de filiales-relevo es la etapa lógica que históricamente han recorrido estas empresas. La creación de filiales-taller y la segmentación internacional de la producción se concentró en productos suficientemente homogéneos como para poder ser exportados a diversos mercados sin la necesidad de realizar grandes adaptaciones a las demandas locales (como en telecomunicaciones y tecnologías de la información, equipamiento doméstico, industria automotora, aeronáutica, textil, servicios financieros y seguros). Creció el número de empresas que operan con una estrategia no solo comercial sino que productiva global, además de las que realizan inversiones extranjeras drectas para extraer minerales y materias primas en lugares distintos del país de origen.
El aprovechamiento de crecientes economías de escala en un modelo de capitalismo industrial de producción masiva fue complementado con el dinamismo del mercado interno norteamericano y europeo, lo que fue posible por un régimen de aumento de los salarios a niveles cercanos a los de la productividad. Este llevó a las clases trabajadoras y medias a aumentar su consumo de bienes más allá de la subsistencia, dinamizando la producción industrial, especialmente de automóviles y artefactos domésticos.
En julio de 1944, los acuerdos de Bretton Woods -básicamente entre estadounidenses y británicos- buscaron establecer un nuevo sistema monetario internacional y asegurar un marco de estabilidad financiera para evitar crisis cambiarias y de solvencia en materia de deudas públicas. Se creó el Fondo Monetario Internacional para asegurar el equilibrio de las balanzas de pago y el Banco Mundial (Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento) para financiar las inversiones de infraestructura. Estos acuerdos fijaron una paridad de 35 dólares por onza de oro, sobre la cual se alinearían las demás monedas para establecer su tipo de cambio, modificable, respecto al dólar. No se debe olvidar que el dólar apenas fue una moneda nacional, y mucho menos una internacional, durante la mayor parte del siglo XIX. Su trayectoria incluye las reformas monetarias y bancarias de la era de la Guerra Civil estadounidense, así como la posterior creación de la Reserva Federal en la década de 1910, que consolidó su posición a escala nacional. Pero fueron la geopolítica y las realidades financieras de las guerras mundiales del siglo XX las que llevaron al ascenso del dólar: el país que poseía la mayor parte de las reservas mundiales de oro estaba destinado a determinar la oferta global de liquidez. Eso ocurrió en una época en la que todavía era inconcebible una moneda completamente desvinculada de los metales preciosos, lo que todavía fue el caso de la era de Bretton Woods hasta el colapso de la paridad con el oro a partir del 1971, aunque siguió siendo la moneda más utilizada en las transacciones internacionales (atribuido nada menos que a Charles Kindleberger en 1976, citado en Mehrling 2022).
Los objetivos de pleno empleo y seguridad social fueron adoptados en la conferencia de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Filadelfia en mayo de 1944, reafirmados en la Carta de las Naciones Unidas en junio de 1945. En materia comercial, la Carta del Atlántico de agosto de 1941 establecía que “todos los Estados, grandes o pequeños, vencedores o vencidos, deberán tener igual acceso al comercio y a las materias primas del mundo” y fue la base de discusiones posteriores. La postura estadounidense a favor del libre comercio se enfrentó a la preferencia imperial del Commonwealth británico (acuerdo de Ottawa de 1932) y a los temores de los países europeos importadores y de los países exportadores de materias primas. Una conferencia preparatoria en Ginebra en 1947 permitió acercar posiciones, resultando en la firma de 123 acuerdos bilaterales reunidos en el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio). La Conferencia de La Habana reunió a 65 países en un entusiasmo similar al de Bretton Woods y adoptó la Carta de La Habana (24 de marzo de 1948), que prometía empleo e ingresos elevados, términos de intercambio justos y arbitraje de conflictos comerciales. Pero la idea de una regulación global fue perdiendo fuerza en la posguerra.
En 1950 el presidente Harry Truman renunció a la ratificación de la Carta de La Habana, presionado por el gran empresariado estadounidense y el Congreso, que rechazaron el vínculo establecido en la Carta entre libertad de comercio, pleno empleo y aumento de ingresos. La Guerra Fría con la Unión Soviética pasó a dominar la agenda, luego de que en abril de 1946 Stalin rechazara inesperadamente la adhesión de la URSS al FMI y al Banco Mundial, para sorpresa incluso de la delegación soviética que había asistido en marzo a la inauguración de las dos instituciones. Por otro lado, las capacidades financieras del Banco Mundial, con un capital de 10 mil millones de dólares, resultaron muy inferiores a las necesidades colosales de una Europa devastada. Ante el riesgo de hambruna y el ascenso de los partidos comunistas en Francia e Italia, Washington decidió actuar directamente, otorgando ayudas bilaterales. Así nació el Plan Marshall (Programa de Recuperación Europea), con 14,3 mil millones de dólares distribuidos en cuatro años entre 16 países europeos, el equivalente actual a unos 800 mil millones de dólares. Francia, Canadá e incluso Reino Unido realizaron grandes devaluaciones para proteger y reconstruir sus mercados internos, por lo que Francia incluso fue excluida del FMI entre 1948 y 1954.
No fue sino hasta 1958, catorce años después de Bretton Woods, que todos los países europeos (y Japón en 1961) aceptaron la plena convertibilidad de sus monedas. Este arreglo limitaba las políticas económicas de otros países, pues tasas de interés más bajas que las de Estados Unidos podían provocar pérdidas de reservas de divisas y presiones para devaluar frente al dólar, mientras tasas de interés más altas podían atraer nuevos flujos de capital y alimentar la inflación. Estados Unidos, en cambio, estaba mucho menos restringido, con un amplio margen para establecer su política monetaria, siempre que respetara su compromiso con el oro. La mayoría de los países fuera de la antigua zona de la libra esterlina mantenían una combinación de reservas en oro y en dólares, mientras Estados Unidos, como emisor de la principal moneda de reserva mundial, mantenía reservas en oro pero tenía poca necesidad de divisas extranjeras. Los derechos de giro (límites de endeudamiento), las cuotas en el FMI y la participación en el Banco Mundial también se basaban en dólares y oro, de ahí el nombre de doble patrón (gold-dollar standard) que hacía del dólar la referencia principal del comercio internacional. Tras la reconstrucción europea y japonesa, el vertiginoso crecimiento del comercio en el bloque occidental —facilitado por la estabilidad monetaria— provocó un creciente desequilibrio entre la cantidad de dólares en circulación y el stock de oro en la reserva federal de Fort Knox. Desde 1960, había más dólares en circulación que oro disponible para respaldarlos al precio oficial de 35 dólares la onza. Este es el dilema indentificado por el economista belga Robert Triffin (1960):
"Una moneda no puede ser a la vez reflejo fiel de la economía de un país —aunque sea próspero y dominante— y moneda de reserva mundial, sin que ello implique un déficit comercial crónico que acabe erosionando la confianza en dicha moneda".
Triffin advirtió tempranamente que el sistema de tipos de cambio fijos podría colapsar. Los déficits continuos en la balanza de pagos de Estados Unidos durante la década de 1950 proporcionaron liquidez al mundo, pero también provocaron la acumulación de reservas en dólares en los bancos centrales de Europa y Japón. A medida que los bancos centrales canjeaban esos dólares por oro, las reservas de oro estadounidenses disminuyeron peligrosamente. Para protegerse, estos países intentaron cambiar sus dólares por oro, como permitía el sistema del doble patrón. Incluso, en 1971 el presidente francés Georges Pompidou envió un buque de guerra al puerto de Nueva York para repatriar las reservas de oro francesas almacenadas allí desde 1940. La crisis de confianza alcanzó entonces su punto culminante. Luego, el Reino Unido anunció su intención de hacer lo mismo, solicitando el traslado de su oro de Fort Knox a la sede del FMI en Washington.
Hacia fines de los años 60, el rol de Estados Unidos como administrador del sistema se volvió así insostenible. El sistema de Bretton Woods —basado en el patrón oro y utilizando al dólar como principal moneda de reserva— tenía un defecto: la escasez de dólares en el extranjero tras la guerra terminó convirtiéndose en una sobreabundancia de dólares hacia 1960, los que con el tiempo ya no se pudieron convertir en su equivalente en oro. El aumento de las presiones fiscales alimentó la inflación, erosionó su ventaja comercial, y tensó las reservas de oro. El círculo vicioso se agravó con la inflación provocada por los gastos de la guerra de Vietnam y los programas sociales de Lyndon Johnson, inflación que se exportó a Europa y Japón. Mientras la mayoría de los países podía devaluar sus monedas, Estados Unidos, como ancla del sistema, debía convencer a sus socios comerciales de revaluar sus monedas frente al dólar. Para el entonces presidente Richard Nixon, la "persuasión" adoptó la forma de un recargo arancelario del 10 % sobre las importaciones —que se levantaría una vez negociada la revaluación— y el retiro unilateral del compromiso de conversión del dólar en oro. El 15 de agosto de 1971, Richard Nixon anunció el fin de la convertibilidad del dólar en oro, pilar de los acuerdos de 1944. Europeos y japoneses se vieron obligados a aceptar una devaluación del dólar y el abandono definitivo del principio de paridad fija. A partir de 1973, el valor del dólar dependería de la oferta y la demanda del mercado, en un régimen de tipos de cambio flexibles.
Desde entonces, todas las monedas occidentales flotan, haciéndolas vulnerables a la especulación financiera y a crisis cambiarias, como la mexicana (1994), asiática (1997), rusa (1998) y las crisis sudamericanas de las décadas de 1990-2000. La creación de la "serpiente monetaria" europea, un sistema de rangos de fluctuación móviles de las monedas nacionales, fue seguida de la creación del euro, que obligó a realizar "devaluaciones internas" con graves recesiones en los países con menor productividad, como en el caso de la crisis financiera mundial de 2008 y su impacto en Grecia y otros países del sur de Europa.
La globalización y financiarización de las economías
Un nuevo orden económico internacional comenzó a fraguarse después de la crisis del dólar en 1971 y de la crisis del petróleo en 1973. El crecimiento mundial pasó de un promedio interanual de 4,9% entre 1950 y 1960 a uno de 5,4% entre 1960 y 1973 y a uno de 3,2% en 1974-2008, según el Banco Mundial. La proporción de las exportaciones alcanzó un 20% en 1980 y avanzó a un 24% en 2000 y a 31% en 2008, antes de la crisis financiera global. Esta etapa de la economía mundial se prolongó, incluyendo el “gran reequilibrio entre Oriente y Occidente” gracias al fuerte crecimiento de China y más tarde de la India, desde los años 1980 hasta la “gran recesión” de 2009.
Los defensores del liberalismo económico, del laissez-faire y del libre comercio, que habían quedado desacreditados tras las políticas recesivas de los años 1920, se habían mantenido activos, especialmente en la Universidad de Chicago (Frank Knight, George Stigler, Milton Friedman) y entre los economistas de la escuela austriaca (Friedrich Hayek, Ludwig von Mises). A iniciativa de Hayek, economistas, altos funcionarios y empresarios favorables a estas ideas se reunieron en Mont-Pèlerin, cerca de Vevey (Suiza), el 10 de abril de 1947, para fundar la Sociedad del Mont-Pèlerin para combatir el keynesianismo en revistas académicas, departamentos universitarios y ministerios. Durante mucho tiempo, esta batalla quedó confinada a círculos de expertos. Pero las dificultades de las instituciones de Bretton Woods dieron fuerza a sus planteamientos.
El regreso de la inflación en los años 1960 y, sobre todo, el choque petrolero de 1973, les brindó la oportunidad de influir en las políticas económicas. Las economías occidentales entraron en recesión con una inflación persistente (estanflación), paralizando las políticas de estímulo. Para los economistas de Chicago, la inflación era causada por la intervención del Estado y el gasto público, mientras sólo los mercados debían fijar los precios y guiar el comportamiento económico. Por tanto, el Estado debía desregular, privatizar, reducir impuestos y cotizaciones sociales y ampliar la mercantilización y la competencia en los servicios sociales de empleo, salud, educación y cultura. El primer país en aplicar estrictamente las ideas de Chicago fue el Chile de Pinochet tras el golpe de Estado de 1973. Luego, en 1979, el Partido Conservador británico liderado por Margaret Thatcher ganó las elecciones aprovechando la crisis heredada de 1973. La nueva primera ministra agradeció oficialmente al Institute of Economic Affairs, sucursal londinense de la Sociedad del Mont-Pèlerin, por su labor de persuasión en el seno del partido. En 1980, Ronald Reagan fue elegido presidente de Estados Unidos. Milton Friedman había sido su asesor económico cuando Reagan era gobernador de California. Unos 22 de los 76 asesores de su campaña pertenecían a la Sociedad del Mont-Pèlerin.
En esta etapa se acentuaron las relaciones económicas internacionales cruzadas por la difusión de la inversión extranjera directa realizada por empresas que internacionalizan su producción. Desde los años setenta se diagnosticó que el valor de la producción en el extranjero de las empresas bajo control estadounidense superaba ya el valor de las exportaciones de Estados Unidos, lo que también se constató, en escala menor, en el caso de Gran Bretaña, Alemania y Francia. Esta dinámica se ha acentuó con la absorción de grandes volúmenes de inversión extranjera directa por diversos países emergentes, y particularmente de China a partir de los años 1980.
El proceso de globalización se tradujo en que las corporaciones multinacionales con sede en Estados Unidos, y en otras partes del mundo industrializado, fueron acentuando desde los años 1980 una lógica de producción en cadenas deslocalizadas e integradas. Ejemplos típicos son los teléfonos inteligentes diseñados en Estados Unidos y que incluyen componentes fabricados en Japón, Corea del Sur y Alemania y son finalmente ensamblados en China por empresas extranjeras o bien camisetas fabricadas a partir de algodón cultivado en India, hilado en Bangladés, teñido en Vietnam y vendidas en Europa y el resto del mundo. Estas cadenas pueden de ese modo reducir los costos en diversos segmentos del proceso productivo, que va desde el diseño de productos y plantas (usualmente retenido en los lugares de origen) a la producción intermedia, el ensamblaje final y la comercialización. Pudieron ser más competitivas y disminuir los precios para los consumidores y aumentar la producción y las utilidades aprovechando los salarios más bajos y los insumos más baratos en las nuevas localizaciones. El costo del transporte internacional se hizo más asequible, en especial con la revolución de los contenedores y, simultáneamente, el valor relativamente alto del dólar hizo que los bienes producidos por los exportadores de Estados Unidos fueran menos competitivos, aumentando los déficits comerciales de ese país.
La evolución de las cadenas de suministro global y de la valorización globalizada del capital aumentó el comercio de bienes intermedios y de piezas que se convierten en partes de otras piezas (una pieza de automóvil puede cruzar fronteras docenas de veces antes de llegar a su ensamblaje final). El punto de inflexión fue el desarrollo del contenedor de transporte marítimo a principios de la década de 1950, que permitió deslocalizar el suministro para bajar costos y apoyarse en manufacturas distantes. Y también la generalización de los acuerdos comerciales internacionales, en especial con la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio en 2001 y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte que abrieron intercambios donde no los había.
La práctica de invertir fuera de las fronteras es milenaria, pero la exportación de capital como fenómeno relevante en la economía mundial se amplía hacia el siglo XVII, cuando en los Países Bajos aparece el primer mercado integrado de deuda y acciones, con flujos de capital que se exportan sistemáticamente buscando rendimientos elevados. En el siglo XIX, la exportación de capital se convierte en un pilar del capitalismo industrial y del imperio británico y pieza central del patrón oro. En el siglo XX, la globalización financiera y las cadenas de valor hacen que la inversión extranjera directa y los flujos de cartera superen con mucho los niveles previos a 1914. Esto acompañó el fin progresivo del capitalismo articulado con formas de contrato social en los espacios nacionales en beneficio de las cadenas globales de valor.
A la internacionalización de la producción a través de las inversiones extranjeras directas (entre economías industrializadas y hacia y desde países periféricos y hacia países que poseen minerales, tierras agrícolas y materias primas), se sumó una importante internacionalización de circuitos de financiamiento cada vez más liberalizados. Esto se originó en los mencionados déficit acumulados de la balanza de pagos de Estados Unidos que llevaron a la suspensión del patrón oro-dólar en 1971, y en la multiplicación de los "petrodólares" después de los primeros aumentos del precio del petróleo en 1973. La liberalización de los mercados financieros y de los seguros fue acompañada por desregulaciones de servicios internacionales como las telecomunicaciones, que iniciaron un acelerado cambio tecnológico, y el transporte aéreo y marítimo.
La desregulación financiera en Estados Unidos se inició a fines de los años 1970, con los primeros aligeramientos de controles sobre las tasas de interés que las entidades podían ofrecer, y se formalizó y amplió con la aprobación del Depository Institutions Deregulation and Monetary Control Act de 1980 bajo el presidente Jimmy Carter. Legislaciones sucesivas eliminaron restricciones a las entidades de ahorro y préstamo permitiéndoles ofrecer préstamos de tasa ajustable y ampliar sus actividades, mientras hasta entonces operaban con fuertes límites, y autorizaron a los bancos a operar sucursales en múltiples estados, eliminando las barreras. En 1990 se permitió que los bancos comerciales se fusionaran o compartieran estructura con firmas de inversión y aseguradoras, formalizando la integración entre banca comercial, banca de inversión y seguros. En 2000 se eximió a los derivados de la supervisión estatal, fomentando su rápido crecimiento con contratos con activos subyacentes (como el barril de petróleo o la acción de una empresa en los que se acuerda hoy las condiciones de una transacción futura), con apalancamientos que permiten un desembolso inicial reducido (amplificando posibles ganancias o pérdidas), con opciones que otorgan el derecho de comprar o vender el activo subyacente a un precio determinado antes o en una fecha concreta a cambio de una prima, con swaps consistentes en acuerdos bilaterales para intercambiar flujos de caja futuros (por ejemplo, tasas de interés fijo por variable o divisas) y con forwards, similares a los futuros pero constituidos por contratos a medida (no estandarizados) negociados directamente entre dos partes. En 2004 se autorizó ajustes que permitieron a las corredoras de activos mantener niveles más bajos de capital, impulsando el apalancamiento y expansión de actividades “propias”.
Esto dio lugar a una primera fase de aceleración de la concentración de la riqueza desde 1980 hasta los primeros años de la década de 2010, con grandes fortunas amasadas principalmente en las finanzas. En la segunda fase las megafortunas provienen en gran parte de los cuasi-monopolios tecnológicos. La emergencia de las grandes empresas tecnológicas ha permitido a sus dueños enriquecerse de manera sustancial por los llamados "efectos de red": los consumidores adquieren bienes y servicios tecnológicos a algunas empresas y no a otras porque muchas otras personas ya lo hacen, lo que aumenta sus economías de escala y sus utilidades de monopolio gracias a los efectos de red. En particular, la concentración del capital se alimenta de la renta obtenida de la información gratuita almacenada masivamente en la "nube" por las grandes empresas del "capitalismo de plataformas" de carácter digital, de enorme expansión reciente.
Como contraparte de la concentración del capital y del aumento de su poder relativo en el funcionamiento de las economías, se consolidó la tendencia a la disminución de la participación del trabajo en el ingreso desde los años 1980. El privilegio de los rendimientos de corto plazo del capital bursátil presionó a la baja la retribución salarial, en contextos de mayores tasas de desempleo y de mayor desconexión con la demanda de consumo interno. Según la OIT, la participación del trabajo en el PIB mundial ha caído hacia 2024 en 1,6 puntos porcentuales desde que comenzó a publicar datos en 2004.
La financiarización acompañó los procesos de globalización con el rol creciente de los fondos especulativos fuera de la regulación bancaria usual (banca offshore y hedge funds) y la creación de nuevos instrumentos financieros como los valores respaldados por activos, los swaps de incumplimiento crediticio y los préstamos con componentes subprime (valores compuestos por créditos con distintos tramos de riesgo, incluyendo hipotecas inseguras), así como los "bonos basura", de antigua data pero que adquirieron un mayor volumen. Las nuevas instituciones e instrumentos financieros, junto con el mayor papel de las finanzas en la dirección y gestión de las instituciones no financieras, fue una fuente importante del crecimiento del sector financiero en relación con el resto de la economía. En Estados Unidos pasó de representar un 3-4% del PIB en 1950-60 a cerca de un 8% desde el año 2000 en adelante, sin que aumentara la canalización del ahorro hacia inversiones productivas bien evaluadas, con mejor gestión del riesgo. La llamada innovación financiera incentivó tanto a prestatarios como a inversores a asumir riesgos que no comprendían. Las hipotecas subprime se comercializaron de forma desproporcionada entre compradores de vivienda de ingresos bajos y medios.. El sistema financiero desregulado desvió recursos para inflar una catastrófica burbuja inmobiliaria que terminó dando lugar a la crisis de 2008. El crecimiento explosivo del sector financiero tras la desregulación de los años ochenta fue más depredador que productivo al orientar recursos a actividades de poco o ningún valor económico real.
A su vez, las grandes empresas cotizadas en las bolsas de valores generalizaron una estrategia cuyo principio rector ha sido la creación de valor para los accionistas propietarios y cuyo espacio es el mercado mundial. Los mercados de acciones ejercen una mayor presión al alza de corto plazo sobre la tasa de ganancia de las empresas y generan una reducción de la inversión productiva. Se ha generalizado la práctica de compra de acciones por las grandes empresas, la que consiste en adquirir una parte de sus propias acciones para, en muchos casos, anularlas posteriormente. De esta manera, el capital corporativo se reduce, lo que aumenta mecánicamente la participación de cada accionista en la distribución de los dividendos y, normalmente, apoya el precio de las acciones en las bolsas. Con normas de rendimiento más elevadas, la inversión depende en mayor medida del precio de corto plazo de las acciones, sujeto a una alta volatilidad. Se alejó de modelos de rendimiento de más largo plazo y de los compromisos con los intereses de las distintas partes involucradas en la vida de las empresas, como sus trabajadores y los entornos territoriales en que se desenvuelven.
La industria financiera desregulada proporcionó el respaldo de capital para las "adquisiciones hostiles" de empresas y reestructuraciones en gran escala, con ganancias obtenidas en esas operaciones que alimentaron el crecimiento de los beneficios financieros y de las compensaciones a los altos administradores de empresas, mientras el resto de los trabajadores sufrieron con más frecuencia recortes de remuneraciones y despidos. Como señala Paul Krugman (2025):
"Gran parte del aumento de las rentas y patrimonios extremadamente altos puede atribuirse a la financiarización de la economía, es decir, al enorme crecimiento del sector financiero. Sorprendentemente, cuesta encontrar buenas razones económicas para la rápida expansión de ese sector. En su lugar, una parte significativa del crecimiento de la financiarización en EE. UU. parece haber implicado depredación: ganar dinero vendiendo a los inversores productos financieros que no entendían, eludiendo la regulación bancaria y, al hacerlo, creando nuevos riesgos que acaban recayendo en los contribuyentes u otras víctimas. La crisis financiera de 2008-2009 fue, en gran medida, la consecuencia final de esa depredación".
La mayor crisis financiera de la primera parte del siglo XXI comenzó el 9 de agosto de 2007, cuando BNP Paribas congeló los retiros de sus clientes en tres de sus fondos monetarios. Esta decisión del principal banco francés fue percibida como la prueba de la gravedad de la inestabilidad que afectaba al mercado hipotecario en Estados Unidos. Ese verano, sin embargo, nadie imaginaba que el mundo estaba al borde de una crisis financiera tan devastadora como la que provocó la Gran Depresión de 1929, cuyos estragos marcaron a generaciones. Para llegar a ese punto fue necesario que la administración estadounidense dejara caer a Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008. Entre estos dos hitos, la economía mundial pedaleó durante trece meses.
Estados Unidos había tomado decisiones desestabilizadoras a mediados de los años 2000. Bill Clinton, relajó la regulación para facilitar el acceso a la vivienda de los hogares de menos ingresos, lo que activó una especulación inmobiliaria alentada por créditos basados en las hipotecas y con bajas tasas de interés promovidos por Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, y por corredores remunerados por el volumen de crédito. Debido a las particularidades del circuito financiero estadounidense, a quienes ofrecían préstamos no les importaba si los clientes tenían ingresos estables para reembolsarlos. Los créditos eran rápidamente agrupados con otros tipos de préstamos, transformados en productos financieros y vendidos a bancos, gestores de activos o aseguradoras de Estados Unidos y Europa. Si el prestatario no pagaba, el riesgo del crédito subprime recaía en inversores lejanos. Esta asimetría abrió la puerta a excesos sorprendentes, pero todo funcionaba mientras los precios inmobiliarios subieran. La "titularización de hipotecas" de alto riego llevó a una dispersión opaca del riesgo, con agencias de calificación otorgando notas AAA a productos tóxicos en medios de una falta de supervisión efectiva del apalancamiento impridente en el sistema bancario en Estados Unidos y Europa, una cultura financiera basada en la especulación y la emergencia de mecanismos de financiamiento no regulados, como los llamados "hedge funds".
En 2006 empezó un declive del mercado inmobiliario en Estados Unidos y en febrero de 2007 el banco HSBC lanzó la primera señal de alerta: su filial estadounidense, especializada en préstamos subprime, enfrentaba dificultades. Durante el primer semestre de 2007, varias entidades especializadas quebraron. Las autoridades estadounidenses minimizaron el problema: el mercado subprime era solo una gota en el océano financiero. La industria ya estaba acostumbrada a una crisis cada siete u ocho años —Argentina, Rusia, la burbuja de Internet—. Cada vez, la economía se recuperaba. Los derivados de crédito, que dispersaron el riesgo subprime como un rompecabezas, y la bendición de las agencias de calificación a productos de alto riesgo, agravaron la situación.
En julio de 2007, la agencia Moody’s no pudo sino bajar la calificación de productos ligados a préstamos subprime. Poco después, la entidad financiera Bear Stearns reveló que dos de sus fondos habían perdido más del 90 % de su valor. A finales de julio, Alemania debió rescatar al banco IKB y el 9 de agosto BNP Paribas encendió la mecha al suspender los retiros de tres fondos ligados a créditos subprime: sin liquidez, BNP suspendió los reembolsos para evitar litigios. Pero los mercados lo interpretaron como una señal de alarma, las bolsas cayeron y las gestoras financieras enfrentaron importantes salidas de fondos. La crisis se extendió. El 14 de septiembre, el gobierno británico tuvo que garantizar los depósitos de Northern Rock cuando los clientes hacían fila para retirar su dinero. Las pérdidas de los bancos estadounidenses se acumularon. Merrill Lynch, Citigroup y otros vieron caer a sus líderes. En diciembre, los bancos centrales se movilizaron y en enero de 2008, George Bush anunció un plan de estímulo de 150.000 millones de dólares. En marzo de 2008, el gobierno organizó el rescate de Bear Stearns, fusionándolo con JPMorgan.
Muchos pensaron que el peor momento había pasado: en junio, en una cena de beneficencia en Londres, los banqueros de Lehman Brothers bromeaban con sus colegas de Bear Stearns. Nadie imaginaba que, tres meses después, el 15 de septiembre de 2008, el mundo entero vería por televisión cómo los empleados de Lehman abandonaban sus oficinas cargando cajas. Hank Paulson, secretario del Tesoro, dejó caer a este banco para hacer valer la idea que los desbordes financieros debían tener consecuencias. Pero el resto de los bancos dejaron de prestarse entre ellos y Paulson debió organizar el rescate de Merrill Lynch y AIG. El daño ya estaba hecho, y se produjo la secuencia de caídas en bolsa, congelamiento del crédito, desconfianza en el sistema financiero, mercados congelados sin liquidez ni valoración real de activos, e inicio de una recesión global, cuyo recuperación se extendió por una década.
Lehman Brothers quebró y en cuestión de semanas todo el sistema financiero estadounidense quedó atrapado en la espiral descendente de una corrida bancaria masiva, en una escala no vista desde la década de 1930. Sin embargo, hubo una diferencia importante respecto de las corridas bancarias de los años treinta: en 2008, el pánico provocó principalmente una huida desde la “banca en la sombra”, las instituciones no bancarias que cumplían funciones similares a las de un banco. Los bancos convencionales fueron en gran medida inmunes al pánico de 2008 porque el seguro de depósitos y las regulaciones federales los protegieron. Durante tres generaciones después de las grandes corridas bancarias de 1930-31, Estados Unidos evitó las crisis bancarias “sistémicas”, es decir, aquellas que amenazan a todo el sistema financiero, a diferencia de las que afectan solo a instituciones individuales. Esta era fue el resultado de las protecciones de la época del New Deal —especialmente el seguro de depósitos— y de las regulaciones que limitaban la toma de riesgos excesivos por parte de los bancos. Pero después de 1980, las finanzas fueron desreguladas cada vez más. En particular, el gobierno no logró extender la regulación bancaria a la banca en la sombra, que planteaba riesgos sistémicos propios del sistema bancario.
Estados Unidos y Europa activaron rescates, planes de estímulo fiscal y monetario con inyecciones de liquidez, nacionalizaciones financieras e industriales parciales y recortes de tasas de interés de los créditos. Pero en el segundo caso se produjo una importante reticencia del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional en facilitar liquidez a los gobiernos europeos con situaciones fiscales más débiles, provocando una depresión en Grecia, y recesiones importantes en Italia, España y Portugal. La crisis afectó a bancos, aseguradoras, empresas y hogares.
Se produjo una conocida pregunta de la reina de Inglaterra en 2008 sobre la crisis sub-prime y la llamada Gran Recesión: “¿Y nadie la vio venir?”. Robert Skidelsky (2016) cita al premio Nobel (en realidad “Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel”) Paul Samuelson, que antes de la crisis de 1974 escribió con gran confianza en la regulación coyuntural fiscal y monetaria: “el espectro de la repetición de la depresión de 1930 ha sido reducido a una probabilidad marginal”. Cita también a un defensor de la capacidad de autoregulación de los mercados, el también premio Nobel Robert Lucas, quien afirmó en 2003:
“la macroeconomía en su sentido original ha tenido éxito: su problema central de la depresión ha sido resuelto, para todos los fines prácticos”.
Los hechos mostraron que esta autocomplacencia era equivocada. La crisis financiera de 2008-2009, originada en Estados Unidos y luego propagada a Europa y al resto del mundo, hizo resurgir el pensamiento de Keynes, que dio sustento analítico a las políticas económicas adoptadas por muchos gobiernos como respuesta a la crisis más grave de la economía mundial desde 1929.
En suma, desde 1970 se configuró una etapa de cambios globales que ha incluido:
el fin progresivo del predominio industrial atlántico-occidental y de Japón de la posguerra, declinación iniciada con el fin de los aumentos dinámicos de productividad y el fin, desde 1971, del sistema monetario de cambios fijos basados en el dólar, seguido de la crisis en el medio oriente de 1973 que terminó con la energía barata y dio mayor influencia a las petroeconomías;
la emergencia industrial exportadora de países de Asia más allá de Japón, que incluyó primero a los llamados cuatro tigres del sudeste, luego a China y más tarde la India y los miembros de la ASEAN, en el contexto del fin del bloque soviético en 1991 y de una expansión acelerada del comercio internacional, las cadenas integradas de producción y las finanzas a partir de la década de 1990, lo que permitió para el resto del mundo periférico ciclos de aumento de los precios de las materias primas en el inicio del siglo XXI, en medio de la generalización de las nuevas tecnologías de la información; al iniciarse el sigo XXI se conformó la Unión Europea y se consolidó el ascenso del poder económico y político de China, y más recientemente de India.
la "gran recesión" en 2008-2009 , solo comparable con la "gran depresión" de 1929, que se originó en las desregulaciones financieras en Estados Unidos y se expandió en escala mundial: en 2009 se produjo una caída del PIB mundial de -1,3%.
la dinámica recuperación posterior, con bajas tasas de interés y expansiones monetarias y fiscales, en medio del impacto de la economía digital y la robotización acelerada, con uso creciente de inteligencia artificial, que marcó un promedio de crecimiento del PIB mundial de 3,5% entre 2010 y 2019.
la crisis de 2020, que interrumpió el dinamismo previo por la nueva recesión provocada por la pandemia del Covid-19 (con una caída del PIB de -2,9% y una recuperación de 6,3% en 2021) y sus secuelas inflacionarias agravadas por la guerra de Ucrania. Entre 2022 y 2024, el crecimiento promedio mundial ha sido de 3,3%, lo que ha incluido un menor crecimiento chino, mientras la guerra en Ucrania y los cambios políticos en Estados Unidos aceleraron una reconstitución de bloques con vocación hegemónica antes que globalizadora.
3. El retorno del mercantilismo
Los Estados dominantes de la etapa neocolonial occidental han visto perder progresivamente su hegemonía en la globalización liberal, lo que ha ocurrido de manera paradojal pues se supone debía fortalecerlos después del fin de la guerra fría en 1991. La expansión del comercio, de las inversiones directas, de los movimientos de capital y de las migraciones ha dado lugar a la emergencia de "rivales sistémicos" a la tríada de posguerra constituida por Estados Unidos, Europa y Japón. Otros espacios económicos consiguen en muchos ámbitos producir bienes industriales de manera más competitiva, lo que lleva a una parte de los liderazgos occidentales a volver al diagnóstico mercantilista de exceso de productores en los mercados mundiales, sin suficiente demanda y disponibilidad de recursos para todo el mundo. La idea de la competencia comercial, industrial y financiera en mercados abiertos que producen prosperidad colectiva es reemplazada por la idea de control de espacios geográficos y en su seno de tierras, minerales, energía y vías de comunicación. Se ha llegado desde el primer gobierno de Donald Trump en Estados Unidos a cuestionar las reglas previas del comercio internacional, el multilateralismo y la idea de que los intercambios pacíficos son beneficiosos para todos. El mundo ha iniciado una reconfiguración en torno a “distritos imperiales”, dentro de los cuales los grandes Estados agrupan a aliados y subordinados para el control de recursos y mercados. El paradigma emergente es el del gobierno de Donald Trump, orientado a disputar zonas del mundo a partir del control del hemisferio americano, especialmente de Venezuela, Panamá y Cuba, junto al acceso privilegiado a recursos en los otros países y a ambiciones de expansión territorial sobre Canadá y Groenlandia.
La crisis del COVID-19 sacudió en 2020 a la economía mundial y aceleró diversas reestructuraciones. La maximización de la eficiencia y la reducción de costos habían sido llevadas hasta el punto de producir vulnerabilidades de suministro que se experimentaron durante la pandemia de Covid-19 en 2020. El principio de la manufactura just-in-time, que reduce existencias y márgenes de seguridad, dejó las cadenas de suministro expuestas a interrupciones. Esto ha dado lugar desde entonces a la introducción de elementos de mayor seguridad estratégica en las cadenas de suministro y un rediseño de algunas especializaciones industriales. Esto se expresa en áreas como la transformación energética post-carbono y la electrificación de procesos y productos, así como en los microchips y semi-conductores que dan soporte a la digitalización, que abarca desde las comunicaciones a la industria automotriz. Se han producido algunos retornos a los centros o a periferias más próximas de algunas actividades antes deslocalizadas, es decir una relocalización parcial (reshoring, nearshoring) y un cierto acortamiento de las partes de las cadenas globales a los mercados de origen.
Después de décadas de intensa expansión de las cadenas de valor integradas globalmente y de productos para mercados masivos vendidos en todo el mundo, desde la crisis de 2008-2009 diversas adaptaciones del capitalismo a las cambiantes circunstancias están en curso en el contexto de nuevas oleadas de automatización. La deslocalización de parte de la industria automotriz de Estados Unidos a México, incluyendo General Motors y Ford, tuvo como base la adquisición progresiva de capacidades en ese país con la inversión europea y japonesa para producir automóviles, con una productividad similar a la de los países de origen pero pagando salarios que son una fracción de los pagados en Estados Unidos y los otros países de altos ingresos involucrados en las deslocalizaciones. Además, la parte más competitiva de la industria automotriz de Estados Unidos se encuentra en el sur, donde compañías extranjeras —desde Mercedes hasta Hyundai— han ampliado su presencia utilizando fuerza de trabajo no sindicalizada menos costosa.
Antes de la etapa de neoproteccionismo inaugurada por el primer gobierno de Trump desde 2017 y acentuado desde 2025, una parte significativa de las grandes empresas que dominan la economía mundial estaba reorientando sus estrategias de inversión hacia las economías de altos ingresos y hacia nichos en las grandes economías emergentes y sus periferias, en una suerte de "multilocalismo", es decir, la orientación hacia nichos locales y productos que expresan preferencias culturales y costumbres específicas. Se ha producido una aceleración de la expansión de la urbanización y de las megaciudades. De acuerdo con las proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas, aunque en las ciudades de menos de trescientos mil habitantes vive la mayor proporción de la población urbana del mundo, su importancia relativa ha venido disminuyendo desde hace décadas, en beneficio de las megaciudades con más de diez millones de habitantes, o de las grandes ciudades de entre uno y diez millones de habitantes. Estas mega y grandes ciudades representarán el 47% de la población urbana del mundo en 2035, en contraste con un 38% en el año 2000, y hacia ellas se dirigirá la preferencia de la inversión corporativa globalizada (ONU, 2018). Las grandes ciudades están, por otro lado, transformándose en localizaciones preferentes para la inversión extranjera directa, con el fin de aproximarse a esos nichos y a los lugares que concentran el poder económico y el incremento de productividad, así como la fuerza de trabajo más calificada, lo que además ha sido estimulado por el mayor proteccionismo desde la crisis de 2009.
En un contexto de una economía global más regionalizada debido a la menor fuerza de las instituciones globales de regulación económica (como el FMI, el G7 y el G20), la práctica de trasladar gerencias, operaciones y mercadeo hacia mercados locales dinámicos —sin perjuicio de la persistencia fragmentada en el espacio global de muchas cadenas de producción para minimizar costos— contribuirá a la creciente segmentación de las grandes ciudades entre los espacios constituidos por los hábitats para personas de altos y medianos ingresos, con empleos en servicios para la producción (más intensiva en conocimientos y tecnologías), y aquellos en los que se concentran las unidades domésticas en que predominan los grupos de asalariados o de autoempleados de más bajos ingresos o en situación de marginalidad (Berkes y Gaetani, 2023).
El impacto de China
En la interpretación de Branko Milanovic, el abandono del proyecto de globalización
“está ocurriendo por (1) la competencia geoestratégica con China y porque (2) esas políticas neoliberales han sido perjudiciales, a nivel interno, para las clases medias de los países occidentales.”
Y agrega:
“Estamos actualmente en una situación en la que las reglas simplemente ya no existen. Están siendo aplicadas de manera totalmente ad hoc: un conjunto de reglas se utiliza en un país o en un grupo de países, y otro conjunto de reglas en otro grupo distinto. Todo esto se justifica en nombre del interés nacional. No es una posición ilegítima, pero hay que ser claro respecto a lo que implica. Implica el retorno a políticas mercantilistas, donde los intereses de cada país individual son lo primordial. También significa el abandono de cualquier perspectiva cosmopolita o internacionalista, donde las reglas, al menos en principio, se aplicaban de forma universal. Ya no tenemos reglas universales, y el principal responsable de esa ausencia no es Trump, sino una concepción del mundo en la que el interés político interno y las llamadas preocupaciones de seguridad nacional están por encima de todo lo demás. No estamos viviendo en un mundo de globalización, sino en un mundo de regionalismos fragmentados e incluso de nacionalismos”.
El comercio mundial empezó a cambiar en la década de 1980. Hasta entonces, los países de bajos salarios básicamente exportaban productos agrícolas y mineros a los países de altos ingresos a cambio de bienes manufacturados. Pero a partir de 1980, las naciones emergentes se convirtieron en grandes exportadoras de manufacturas, empezando por productos intensivos en mano de obra. China es el ejemplo más conocido, pero no el único, incluyendo países pobres que pasaron a exportar textiles y no solo materias primas. Este reflejó políticas de industrialización por exportaciones y no solo sustitución de importaciones en mercados domésticos pequeños y la innovación en el transporte marítimo global con contenedores estandarizados que permitió segmentar la producción manufacturera y desplazar las etapas más intensivas en trabajo a países de bajos salarios en cadenas globales de producción. Esto redujo la demanda empresarial de mano de obra menos calificada en los países de altos ingresos, por lo que el comercio agravó la desigualdad interna en esos países, aunque la disminuyó a escala global. La globalización explica una fracción de la desindustrialización de las economías de altos ingresos, mientras el resto proviene de los aumento de productividad, lo que también explica la sustancial declinación de la proporción del trabajo agrícola en beneficio de una economía de servicios, en la que los trabajadores modernos de la manufactura son mucho más productivos y se necesitan muchos menos que en las primeras etapas de la industrialización.
La aceleración productiva de China desde 1980 y el despegue posterior de la India, procurando seguir el ejemplo precursor del Japón de la posguerra y luego de los "tigres asiáticos" de menor escala (Surcorea, Taiwán, Singapur, Hong-Kong) desde los años 1970, es la experiencia de mayor crecimiento rápido en la historia reciente. China dejó atrás las primeras etapas de la revolución iniciada en 1949 y la situación inicial que la situaba entre los países de menor PIB por habitante en el mundo (los datos se encuentran en Bolt & Van Zanden, 2024), como se reseña en el capítulo anterior. Planificó desde los años 1980 la instalación en su territorio de una manufactura de ensamblaje simple con inversión extranjera y orientación exportadora, que luego expandió hacia las esferas de las cadenas de valor más cercanas a la frontera tecnológica y de alta rentabilidad, con empresas propias o mixtas. Esto permitió a su economía lograr una mayor competitividad sistémica y disputar la hegemonía industrial de punta a las empresas basadas en Estados Unidos, Europa y Japón en el marco del proceso de globalización y de expansión de las cadenas globales de valor. Este proceso terminó por aumentar el peso económico de China, que recibió fuertes inversiones industriales desde Occidente y expandió notoriamente en un tiempo histórico tan reducido como el de cuatro décadas su capacidad de exportar manufacturas al mundo entero, incluyendo en la etapa actual bienes de alto contenido tecnológico.
Según la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, en el año 2000 Estados Unidos y sus aliados en Europa, Asia y América Latina representaban la abrumadora mayoría de la producción industrial global, mientras China solo alcanzaba el 6% del total al momento de su integración en la Organización Mundial del Comercio en 2001. Su participación en el valor agregado manufacturero mundial pasó a 29% en 2023, mientras disminuyó la de Estados Unidos y Europa. Su producción industrial es ahora mayor que la manufactura combinada de Estados Unidos, Alemania, Japón, Corea del Sur y el Reino Unido. Para 2030, la agencia de la ONU predice que “China representará el 45 % de toda la manufactura global, igualando o superando por sí sola a Estados Unidos y a todos sus aliados”. Este es un nivel de dominio industrial por parte de un solo país que solo se ha visto dos veces antes en la historia mundial: el Reino Unido al inicio de la Revolución Industrial y Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.
Las economías emergentes asiáticas representan una proporción creciente de la inversión global en innovación. China invirtió masivamente desde 1980 en propiedad intelectual, adquiriendo y desarrollando marcas globales con productos de punta allí donde había primero productores de bajo costo. Entre 2015 y 2023, tanto el PIB de India como el de China crecen a un promedio de 5,8% anual, expandiendo su capacidad tecnológica.
Para impulsar las nuevas cadenas de producción, China ha buscado no quedar atrás en las tecnologías de la información, los microprocesadores y la inteligencia artificial, áreas en las que el gobierno y las empresas estatales y mixtas invierten en gran escala, especialmente desde las restricciones norteamericanas desde 2019. India está recorriendo un camino semejante en materia tecnológica, con un sector de inteligencia artificial que aumenta en cerca de un 40% anual, para lo que cuenta con 5,4 millones de ingenieros especializados en desarrollo de software, soluciones en la nube, tecnologías emergentes y robótica. India aspira a convertirse en el mayor productor de semiconductores y otros chips, país en el que se está construyendo la primera fábrica de semiconductores de última generación, valorada en 15,2 mil millones de dólares. Durante los últimos diez años, el gobierno ha impulsado a las empresas chinas a desarrollar capacidades manufactureras en industrias de alta tecnología de las que el país dependía hasta entonces de las importaciones. Ese enfoque ayudó a China a convertirse en el fabricante de un tercio de los productos manufacturados del mundo y en líder en vehículos eléctricos, baterías y paneles solares. Y también se ha aplicado a los componentes esenciales de los sistemas avanzados de IA: potencia de cálculo, ingenieros cualificados y recursos de datos. China promovió esa política industrial mientras tres administraciones presidenciales en Washington intentaban frenar su capacidad para producir tecnologías como la inteligencia artificial, incluso restringiendo la venta de chips fabricados por Nvidia, la principal empresa estadounidense de semiconductores para IA.
La fuerza laboral manufacturera de China supera los 100 millones de personas, frente a los 13 millones de Estados Unidos. Es difícil que Estados Unidos pueda competir al mismo tiempo con China tanto en semiconductores como en zapatillas de tenis. China está disputando los sectores innovadores en los que Estados Unidos ha sido líder durante mucho tiempo, como la aviación, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, los microprocesadores, la robótica, la energía nuclear y de fusión, la computación cuántica, la biotecnología y la farmacéutica, la energía solar y las baterías. Estos sectores mantienen altos márgenes y empleos bien remunerados. La penetración tecnológica de China ya está incidiendo en mercados en África, América Latina, el sudeste asiático y en Europa del Este. En las décadas de 1990 y 2000, las empresas privadas chinas, trabajando junto a corporaciones multinacionales, convirtieron a China en la fábrica del mundo. El modelo chino articula actualmente compañías privadas y públicas colaborando con los diseños estratégicos del Estado chino. China ha creado un ecosistema de innovación en el que alcaldes y gobernadores son recompensados por el crecimiento en los sectores avanzados. Los mayores y más innovadores productores mundiales de vehículos eléctricos (BYD), baterías (CATL), drones (DJI) y placas solares (LONGi) son todas empresas chinas de nueva creación, ninguna con más de 30 años de antigüedad. Alcanzaron una posición dominante en tecnología y precios no por decreto, sino porque sobrevivieron triunfantes al darwinismo económico que caracteriza la política industrial china con estos competidores en la parte alta de las cadena productivas.
El “China Shock 1.0” estaba condenado a perder fuerza cuando China dejara de tener fuerza de trabajo sustancialmente más barata. Su crecimiento ya se ve superado por el de Vietnam en industrias como la textil o la fabricación de muebles básicos. En parte ese camino fue seguido no solo por este país, pues han acelerado su crecimiento otros países de la zona como Indonesia, Filipinas, Malasia o Tailandia (que conforman con otros la ASEAN, la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental) y también la India, el caso de mayor dinamismo en los años recientes. Todos estos países asiáticos mantenían ingresos inicialmente muy bajos en las posguerra. En la etapa más reciente, nuevas fábricas con costos competitivos han ayudado a impulsar las ventas chinas de productos vinculados a la transición energética y a dominar esos mercados en el mundo. La producción de dispositivos fotovoltaicos, de baterías y de vehículos eléctricos dejan atrás la primera etapa de industrialización centrada en la producción textil y la ropa, los muebles y los electrodomésticos de baja gama. Pero ahora se centra en las tecnologías clave del siglo XXI. Contrariamente a una estrategia basada en el bajo costo de la mano de obra, el “China Shock 2.0” durará mientras China disponga de los recursos y la disciplina para competir en los mercados mundiales. Según el Australian Strategic Policy Institute (2023), Estados Unidos superaba a China en 60 de 64 tecnologías de frontera entre 2003 y 2007, mientras China solo lo hacía en tres. En el informe más reciente, que abarca de 2019 a 2023, China lideró en 57 de las 64 tecnologías clave, y Estados Unidos solo en siete.
China acentuó una política industrial orientada a la exportación en 2015 mediante el plan conocido como Made in China 2025, con el objetivo de producir bienes de mayor valor y calificación, como chips informáticos sofisticados y vehículos eléctricos. Esa iniciativa llevó a Estados Unidos y Europa a subir los aranceles sobre automóviles eléctricos, paneles solares y otros productos de alta tecnología en una primera ola de proteccionismo occidental, lo que también tuvo la consecuencia de desviar inversión a países articulados a los mercados occidentales, como Marruecos para acceder al mercado europeo o México para acceder al mercado norteamericano. El nuevo impulso de China para fortalecer su manufactura de productos más avanzados tecnológicamente buscó superar el colapso de su mercado inmobiliario, mientras persiste en su producción de artículos baratos menos elaborados en los que China se había especializado dos décadas antes. El auge de China como una potencia competitiva, que subvenciona de manera exitosa a las empresas que suben en la escala de complejidad industrial y a la vez las somete a una competencia intensa de la que surgen las empresas ganadoras, terminó por ser una preocupación de orden estratégico.
Una consecuencia es que desde mediados de la década de 2010 se ha pasado del comercio con reglas multilaterales, regido por una tendencia a disminuir barreras gradualmente desde la posguerra, a uno con rasgos de comercio administrado. El precedente fueron los acuerdos de libre comercio y protección de inversiones por zonas, establecidos al margen de la Organización Mundial de Comercio. Existe ahora una creciente confrontación comercial entre China, Estados Unidos y Europa y un aumento del proteccionismo, junto a esfuerzos desde las economías dominantes en disputa para garantizarse el suministro de insumos y recursos que amplíen su autonomía.
Gran parte del primer shock de China reflejó fuerzas estructurales de largo plazo en Estados Unidos, como el cambio tecnológico y la reubicación constante de trabajadores desde las fábricas hacia los servicios, que lo precedieron pero que éste aceleró. Para Estados Unidos y Europa, el "nuevo schock de China” está concentrado ahora en sectores como los vehículos eléctricos y las energías renovables, y en tecnologías específicas donde las importaciones chinas aún equivalen a aproximadamente 1,5 % del PIB occidental. La historia es mucho más alarmante para los países de ingresos bajos y medios, que enfrentan una amenaza directa a los sectores donde radica su ventaja comparativa: las industrias manufactureras de baja calificación, esenciales para la creación de empleo. El choque de importaciones desde China equivale en la actualidad a casi el 4 % del PIB combinado de esos países, una proporción mayor (y creciente) que la de las importaciones de bienes de alta calificación en los países de altos ingresos. China aún representa más de la mitad de las exportaciones mundiales de baja calificación, y aunque su cuota de mercado ha caído ligeramente desde su máximo en 2015, esa caída debería haber sido mucho más pronunciada dado que su población activa se está reduciendo. La brecha de unos 28 puntos porcentuales entre su cuota exportadora y su cuota laboral sugiere que China sigue ocupando un espacio exportador que podría sostener decenas de millones de empleos manufactureros en economías más pobres. Los salarios manufactureros en China son ahora muy superiores a los de los LMICs, y siguen aumentando. Por ejemplo, en la industria de la confección, el sector intensivo en mano de obra por excelencia, el salario anual promedio en China es de unos 10 mil dólares, aproximadamente cinco veces el de Bangladés y cuatro veces el de India. Con tales diferenciales salariales, la fortaleza exportadora de China sería menos problemática si se debiera solo a ganancias de productividad y automatización. Pero China exhibe distorsiones de política industrial con subsidios, un tipo de cambio subvaluado y una capacidad productiva excedente persistente dada la ausencia de mayor dinamización del consumo interno. Su dominio actual refleja no solo eficiencia, sino también decisiones deliberadas que impiden a los países más pobres escalar en la cadena de producción.
El dominio de China sobre las tierras raras ha sido, en particular, un proyecto de largo plazo. Sus dirigentes reconocieron su importancia para la economía ya en la década de 1980 y comenzaron a subsidiar su extracción y procesamiento mediante créditos bancarios baratos y subsidios directos. Este programa permitió construir una cadena de suministro que incluye minas y refinerías en Mongolia Interior, Sichuan y otras regiones. “Oriente Medio tiene petróleo; China tiene tierras raras”, dijo hace décadas el exdirigente chino Deng Xiaoping. La estrategia funcionó. Hoy, China extrae el 70 % de las tierras raras del mundo. Procesa una proporción aún mayor del suministro global —alrededor del 90 %—, ya que otros países envían sus tierras raras a centros como Guangzhou. Las tierras raras son elementos que se encuentran en cantidades ínfimas dentro de las rocas. Extraerlas es un proceso complejo que requiere ingeniería química avanzada. Los fabricantes chinos adquirieron estas capacidades a lo largo de años de ensayo y error y replicaron sus éxitos en las etapas de procesamiento, que son necesarias para que las tierras raras tengan utilidad económica. Durante esos años, las capacidades estadounidenses se fueron debilitando. Una de las ventajas de China ha sido su mayor tolerancia a la contaminación. La minería provoca contaminación del aire y del agua, y el proceso de refinación genera residuos tóxicos. Los dirigentes chinos han aceptado niveles de contaminación mucho más altos que los de los países más ricos, lo que fue una de las razones por las cuales Estados Unidos y sus aliados estuvieron dispuestos a permitir que China asumiera la carga de producir tierras raras.
La presión sobre los países de ingresos bajos y medios ya es visible en el aumento de acciones comerciales contra China. En su favor, China ha dado pasos hacia un liderazgo más integrador, como renunciar voluntariamente a su estatus de país en desarrollo en la OMC y otorgar acceso libre de aranceles a los países más pobres. Pero China no cede espacios manufactureros a esos países en la economía global y mantiene una práctica del tipo “mercantilismo empobrecedor del vecino” (beggar-thy-neighbor), según la expresión de Joan Robinson en la crisis de 1929. Esta es aquella estrategia en la que un país busca mejorar su propia posición económica a costa de otros, típicamente mediante políticas que aumentan las exportaciones y restringen las importaciones depreciando su moneda y manteniendo barreras comerciales. o subvencionando excesivamente la producción y limitando la demanda interna para sostener la competitividad de sus exportaciones y acumulando superávits externos estructurales. Todo ello aumenta su propio empleo y producción, pero deprime la industria y el crecimiento de otros países, especialmente de aquellos con menor poder de respuesta. El futuro dirá si China establece o no una "hegemonía cooperativa", en la que el líder económico mundial asume ciertos costos para favorecer la estabilidad y el desarrollo global.
La aceleración de la disputa geopolítica global
El hecho principal es que desde la segunda década del siglo XXI se ha producido el paso progresivo de la primacía de la globalización económica a la de la disputa geopolítica en las relaciones económicas internacionales, especialmente por el neoproteccionismo estadounidense impulsado por Trump desde 2017, especialmente contra China, y las acciones bélicas rusas impulsadas por Putin desde 2008 en Georgia y Ucrania. La presidencia de Obama había inaugurado una primera política de contención de China. Impuso un arancel específico del 35 por ciento entre 2009 y 2012, acusando a China de vender neumáticos a precios de dumping en el mercado estadounidense. Esto fue seguido de más medidas proteccionistas en el primer gobierno de Trump, con un arancel establecido en 2018 de 7,5 a 25% sobre una amplia gama de productos chinos, y por una ofensiva general de aumento de aranceles en su segundo gobierno.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, las importaciones representaban solo el 3% del producto interior bruto (PIB) de Estados Unidos, mientras en 2024 su volumen representó cerca del 15% del PIB, aumentando el déficit comercial. Después de las primeras medidas proteccionistas contra China tomadas por Trump desde 2017, la presidencia de Biden amplió restricciones a las exportaciones de tecnologías de punta hacia China, con aranceles de hasta 100% a los vehículos eléctricos. Puso en práctica un enfoque de política industrial estimulando inversiones en energía verde y bienes tecnológicos, en base a subvenciones que requerían situar la producción en Estados Unidos. Ese enfoque rompió reglas de la Organización Mundial de Comercio. Los funcionarios de Biden apoyaron una postura inicial de subir sustancialmente los aranceles sobre los vehículos eléctricos chinos, como también hizo la Unión Europea en 2024 (de hasta 35,3%), pues temían que la empresa china BYD —el mayor fabricante mundial de vehículos eléctricos— pudiera tomar una parte significativa del mercado estadounidense con sus menores precios y creciente calidad. Pero veían, como Brad Setser, ahora investigador del Consejo de Relaciones Exteriores, los aranceles en tanto herramienta defensiva y específica, en lugar de un menanismo de repatriación de empleos:
“en la mayoría de los casos el resultado final de los aranceles es que no resuelven un déficit comercial; simplemente significa que se comercia menos, se importa menos, se exporta menos, y el déficit general típicamente no cambia”.
Estados Unidos perdió parte de su capacidad industrial tradicional, pero mostró una fuerte competitividad en las nuevas tecnologías de la información (software, industrias culturales y multimedia) y la alta tecnología aeronáutica, espacial y militar. Los factores de la competitividad europea permanecieron más dispersos, aunque destacan dominios como el agro-alimentario y el de productos industriales de alta gama con saber-hacer en materia de diseño y bienes de lujo, productos industriales complejos como automóviles de alta gama, máquinas-herramientas, aeronáutica, segmentos de telecomunicaciones y de transportes y proyectos de ingeniería y gestión de servicios. Entre 1999 y 2007, el empuje industrial exportador de China, junto al cambio tecnológico, ayudó a eliminar casi una cuarta parte de los empleos manufactureros en Estados Unidos, efecto concentrado en algunos territorios. Esto aumentó la desigualdad geográfica y desplazó las bases económicas de lugares donde predominaba la manufactura textil, de juguetes, de artículos deportivos, electrónica, de plásticos y autopartes, sectores intensivos en mano de obra.
Una vez completada la transición china hacia la manufactura alrededor de 2015, el empleo manufacturero en Estados Unidos se ha recuperado, creciendo bajo Barack Obama, el primer mandato de Trump y Joe Biden. Veinte años después, la mayoría de los nuevos puestos de trabajo que con el tiempo se fueron creando lo hicieron en industrias o servicios de bajos salarios. Entre tanto, la participación del capital en el ingreso en Estados Unidos ha aumentado, pero lo más importante es que este incremento revirtió principalmente a favor de quienes ya tenían salarios elevados como ejecutivos. Se trata de un segmento social que obtiene ingresos salariales y a la vez ingresos de capital, una nueva élite resistente a las sacudidas de los mercados de trabajo y de capital, capaz de mantener su posición incluso si la tasa de rentabilidad de los grandes capitales cae, o si sus empleos altamente calificados se remuneran menos. Aquí se entrelazan tres elementos: la propiedad de mucho capital, un alto nivel educativo y un empleo muy bien remunerado. El porcentaje de hogares en el decil superior tanto por ingresos laborales como por ingresos de capital, basado en datos de la encuesta LIS para los años 2015–18, oscila desde casi un 30 % en Estados Unidos e Italia hasta un 16 % en Japón y Corea del Sur. Pero en los países capitalistas menos avanzados (Hungría, Brasil, México) está por debajo del 10 %. Los datos de China en 2013 muestran que la proporción supera a la de cualquier otro país, con un 32 % (Milanovic, 2025).
Las visiones sobre cómo el comercio afecta los salarios y el empleo se volvieron menos optimistas en la década de 1990 a medida que aumentaba la desigualdad salarial y caían los sueldos y el empleo de los trabajadores menos calificados en Estados Unidos, pero los estudios no encontraron que el comercio hubiera tenido efectos distributivos sustanciales en las economías desarrolladas, ni para los trabajadores poco calificados en particular, ni para los factores o sectores que competían con las importaciones en general. Los desarrollos posteriores, en cambio, llevaron a reafirmar que, en palabras de Autor, Dorn y Hanson (2016),
“si bien los resultados de los estudios en la materia no sugieren que el comercio internacional sea, en términos agregados, perjudicial para las naciones —de hecho, el ascenso sin precedentes de China desde una situación de pobreza generalizada es un testimonio del poder transformador del comercio—, dejan en claro que el comercio no solo genera beneficios, sino también costos significativos. Entre estos costos se encuentran los distributivos, reconocidos desde hace tiempo por la teoría económica, y los costos de ajuste, que la literatura ha tendido a subestimar. Comprender mejor cuándo y dónde el comercio resulta costoso, y cómo y por qué puede ser beneficioso, es una tarea central en la agenda de investigación de los economistas del comercio y del mercado laboral. Desarrollar herramientas efectivas para gestionar y mitigar los costos de ajuste asociados al comercio debería ser una prioridad para los responsables de política económica y para los economistas aplicados”.
La globalización funcionó por mucho tiempo para Estados Unidos por dos razones: por un lado, la atractividad financiera de su economía (como también las de Europa occidental y Japón) y el rol del dólar como moneda de reserva, permitieron a ese país financiar un déficit comercial exterior persistente; por otro, la diferencia de rendimiento entre los activos y los pasivos exteriores evitaba que la acumulación de déficits se tradujera en un deterioro marcado de la posición neta exterior, endeudándose a tasas bajas para invertir en activos rentables. Con los años, se han hecho más evidentes los límites de este modo de funcionamiento de la economía mundial. La desindustrialización ha conducido progresivamente a una polarización de ingresos y una cierta pérdida de diversificación productiva en los centros industrializados tradicionales. El rendimiento de los activos en Estados Unidos tiende a no bastar para compensar el déficit exterior de Estados Unidos en la percepción de los inversionistas financieros en el mundo, mientras la responsabilidad de proveer liquidez en dólares a los bancos centrales se ha vuelto cada vez más problemática. Para Estados Unidos, se ha tendido a romper el equilibrio entre el privilegio de endeudarse a bajo costo en su propia moneda y el rol de provisión de liquidez a la economía mundial en tiempos de tensión y de perturbaciones cíclicas.
Las inversiones en Estados Unidos desde otras economías y el carácter del dólar como valor refugio y divisa internacional financiaron el déficit comercial. El papel del dólar como moneda de reserva mundial otorga a Estados Unidos un “privilegio exorbitante”, término acuñado en la década de 1960 por Valery Giscard d'Estaing cuando era ministro de Finanzas de Francia. En junio de 1965, Giscard presentó un plan para una “unidad de reserva colectiva” que estaría vinculada al oro y compuesta por las monedas de los principales países industrializados. Esto marcó la concepción del derecho especial de giro, la nueva moneda compuesta que más tarde fue creada, con un considerable apoyo europeo, por el Fondo Monetario Internacional, mientras propuestas de este tipo se han vuelto recurrentes. Dado que inversores, gobiernos y bancos centrales de todo el mundo buscan los rendimientos seguros y predecibles de activos denominados en dólares, como los bonos del Tesoro, existe una demanda estable de dólares. Esto facilita que el gobierno estadounidense se endeude. La zona euro, compuesta por los 20 países que usan el euro, moneda creada en 2000, y que compite con Estados Unidos en tamaño y riqueza, nunca ha atraído a los inversores de la misma manera. El euro ocupa un distante segundo lugar frente al dólar en su uso global. Según el Bank of International Settlements, en esa moneda se realiza cerca del 90% de las transacciones de divisas y se denomina en dólares un 70% de las deudas en divisas, un 58% de las reservas oficiales y el 54% de las facturas de comercio exterior a nivel mundial.
No obstante, el estatus del dólar es un contrato continuamente renegociado. El capital privado ha provocado y financiado los déficits en la cuenta corriente de la balanza de pagos (la balanza comercial más la de los flujos de remuneración del capital y el trabajo) de Estados Unidos desde 2015, y lo hará hasta que la confianza y la rentabilidad de las inversiones de los actores privados globales permanezca. Los flujos de capital privado impulsados por la rentabilidad y la seguridad atribuida a las instituciones estadounidenses han complementado el régimen de acumulación de reservas oficiales realizado por los países que buscar dar seguridad a su régimen de cambio en divisas en base al carácter de moneda de reserva del dólar. La época en que la acumulación de reservas oficiales explicaba la mayor parte de los flujos de capital hacia Estados Unidos terminó hacia 2014. Desde entonces, han sido los inversores privados buscando rentabilidad, refugio y participación en el boom de las empresas tecnológicas los que han mantenido al dólar en un valor elevado y con un flujo de capital constante.
Las exportaciones de bienes alcanzaron en Estados Unidos un 7,4% del PIB en 2023 y las de servicios un 3,6%, según el Bureau of Economic Analysis. El déficit comercial representó un 3-4% del PIB entre 1995 y 2024 y pasó de 500 mil millones de dólares en 2005 a 918 mil en 2024. El de bienes pasó de 730 mil millones a 1.212 mil millones, en contraste con un superávit del comercio de servicios que pasó de 230 mil millones a 293 mil millones en el mismo período. Como señala Ricardo Haussman, Estados Unidos registra este considerable superávit en el ámbito de los servicios
“gracias a sectores como las finanzas, las telecomunicaciones, el comercio digital, los servicios empresariales de alto valor y la concesión de licencias de patentes y derechos de autor estadounidenses. Y esta cifra solo refleja las ventas directas de Estados Unidos a los consumidores extranjeros, cuando, en realidad, la mayoría de las grandes empresas estadounidenses operan a nivel internacional a través de filiales en el extranjero. En 2024, los beneficios procedentes de las actividades en el extranjero ascendieron a 632 mil millones de dólares. Si se tienen en cuenta estos beneficios, el superávit comercial invisible de Estados Unidos se aproxima a 1 billón de dólares”.
El déficit comercial de bienes de Estados Unidos con China representa una cuarta parte de su déficit total (295 mil millones de dólares), cifra inferior a la de los años 2012-2022 por las medidas aduaneras introducidas por Trump durante su primer mandato y luego mantenidas por Biden, que han provocado una reorientación de las importaciones estadounidenses desde China hacia otros países, como México y Vietnam. En cambio, el superávit de Estados Unidos en servicios alcanzó 293 mil millones de dólares. Con la Unión Europea, Estados Unidos mantiene un déficit en el comercio de bienes (157 mil millones de euros en 2023), que se compensa en buena parte con un superávit (109 mil millones) en los intercambios de servicios.
Hacia 2023, según la Organización Mundial del Comercio, Estados Unidos mantenía una tasa arancelaria promedio ponderada por el comercio de 2,2%. Donald Trump inició su segundo gobierno en Estados Unidos estableciendo un arancel (impuesto a las importaciones) de 25% y luego de 50% al acero y el aluminio (proveniente básicamente de Canadá, Mexico, Brasil, Corea del Sur y Alemania), de 25% a los automóviles y primero de 145% y luego de 30% a los productos provenientes de China. El 2 de abril de 2025 decretó un arancel de 10% a todos los productos de todos los países, con la excepción de los que no se elaboran en Estados Unidos o se producen en cantidad insuficiente y de los productos de México y Canadá que cumplen con las reglas de origen establecidas en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Las autopartes que cumplen con las reglas de origen del T-MEC están exentas del arancel del 25% hasta que el Departamento de Comercio de Estados Unidos establezca un proceso para determinar y aplicar aranceles al contenido no estadounidense. El gobierno de Trump se ha propuesto establecer, además, aranceles adicionales según un índice inusual de proteccionismo de otros países, que incluye el déficit comercial de bienes pero no el de servicios, el nivel de aranceles sobre productos de Estados Unidos, manejos del tipo de cambio y factores ignotos y presumiblemente lisa y llanamente arbitrarios. .
Por el lado de los costos, la buscada reducción del déficit comercial de bienes expondrá la economía estadounidense a represalias de otros países con aumentos de aranceles a sus exportaciones industriales y agrícolas y restricciones en ámbitos como los servicios, la propiedad intelectual y las inversiones, que podrían implicar los mayores costos de largo plazo. Por el lado de los beneficios, el gobierno de Trump supone que los aranceles aumentarán la producción de bienes finales e intermedios en su territorio, pues su producción doméstica dejará de ser sustituida por equivalentes importados más baratos. Dada la complejidad actual de las cadenas globales de producción, esto podría demorar años, bajo el supuesto de que estos aranceles perdurarán. La duda en la materia será un factor de contracción de la inversión y, entretanto, muchos productos serán más caros en Estados Unidos, desde automóviles hasta dispositivos electrónicos y alimentos.
El caso de Apple, la empresa de más alto valor bursátil en el mundo, ilustra las complejidades de intentar modificar abruptamente las localizaciones de producción y las corrientes de comercio a través de aranceles. Cuando Trump impuso aranceles a China en 2018, Apple comenzó a trasladar más producción de iPads y AirPods a Vietnam y de iPhones a India. Pero Trump anunció ahora que Estados Unidos impondría aranceles de 46% a Vietnam y de 26% a India. Y dado que China está siendo afectada por aranceles del 54% y que se ensambla en ese país la mayor parte de los iPhones por la empresa taiwanesa Foxconn, el precio de la mayoría de estos dispositivos de 1,000 dólares aumentaría en Estados Unidos a aproximadamente 1,300 dólares. Foxconn comenzó a operar en China en 1988 y es hoy uno de los mayores fabricantes por contrato del mundo (y uno de los mayores empleadores privados del país), lo que abarca desde teléfonos inteligentes hasta vehículos eléctricos, aunque no vende nada con su propia marca.
Estas relaciones productivas intrincadas no podrán ser reestructuradas sin consecuencias significativas para los países involucrados. Los perdedores del ciclo de auge de las importaciones desde China estaban territorialmente concentrados en Estados Unidos, mientras los ganadores —básicamente los consumidores estadounidenses— estaban dispersos. Con la nueva política proteccionista, unas pocas industrias podrían beneficiarse, mientras la economía en su conjunto probablemente sufrirá, incluyendo los consumidores y en particular los agricultores y exportadores que sean objeto de aranceles de represalia. Entre tanto, los fabricantes de automóviles, las empresas tecnológicas y aquellas basadas en cadenas de suministro globales complejas tendrán dificultades para adaptarse a un sistema comercial lleno de incertidumbre. El gobierno podría lograr que las empresas trasladaran más partes de sus cadenas de producción de vuelta a Estados Unidos, pero tendrían que construir nuevas fábricas y buscar nuevos proveedores. En los casos de piezas o equipos que ya no se fabrican dentro del país, las empresas tendrían que reconstruir sus cadenas de suministro, en un contexto en que el mercado laboral estadounidense enfrenta una escasez de ciertos trabajadores especializados, agravada por la expulsión de inmigrantes: formar a una nueva generación de soldadores, mecánicos de control numérico o técnicos en diseño asistido digitalmente toma años. Incluso los partidarios de las políticas comerciales de Trump consideran que sería mejor introducir los aranceles de forma gradual, para dar tiempo a las empresas a adaptarse.
La convicción que sustituyó a la de las ventajas de la globalización es que si los autos eléctricos solo se fabrican en China y se envían al resto del mundo, toda la innovación se realizará en China, sus beneficios permanecerán en China y se traducirán en utilidades para sus empresas. Si todas las ganancias se generan en China, ello terminará privando al resto de una parte sustancial de la innovación.
¿Pueden aranceles más altos en los países de altos ingresos revertir las deslocalizaciones productivas hacia países de bajos salarios y bajos costos? Un arancel sobre importaciones intensivas en trabajo elevará salarios si conduce a una expansión de la producción intensiva en trabajo, lo que requiere que sea competitiva luego de aplicar esos aranceles altos. Esto es difícilmente el caso de variadas manufacturas que han desaparecido desde hace décadas en los países de primera industrialización, al menos en el corto plazo. Muchos sectores de manufactura que se mantienen en parte en esos países, como la electrónica, los automóviles, el acero o el aluminio, no son intensivos en trabajo poco calificado, ni tampoco lo son los de tecnología de punta. Aunque esos países encarezcan los precios de competencia de los bienes que buscan ser protegidos, los aranceles no van a reducir la desigualdad al no aumentar de modo significativo la producción intensiva en mano de obra. Existe alternativamente la opción de orientar ayudas gubernamentales de reconversión hacia otras actividades, lo que toma tiempo y deben ser de magnitud suficiente.
Por otro lado, los aranceles son un gravamen selectivo al consumo de productos importados, y los impuestos al consumo suelen ser regresivos, dado que los hogares de bajos ingresos dedican una mayor proporción de su ingreso al consumo que los de altos ingresos. Si además se combinan con recortes impositivos regresivos en el impuesto a la renta a favor de los más ricos, el resultado es solo de aumento de la desigualdad. Las exportaciones representan un 21% del PIB de China y las que se dirigen a Estados Unidos un 3%. Si China ve colapsadas parte de sus exportaciones de bienes a Estados Unidos por los altos aranceles que se le aplicarán desde 2025, la demanda de materias primas será menor, con una baja en los precios y menores ingresos para los exportadores. Un posible efecto de ganancia de competitividad para algunos países podría provenir de ver aumentados en menor magnitud que otros los aranceles de importaciones desde Estados Unidos o de poder competir mejor con los productos norteamericanos que sean objeto en terceros países de represalias arancelarias, pero será un efecto de menor cuantía.
En todo caso, el déficit comercial de bienes de Estados Unidos era superior cuando Trump dejó el cargo en su primer gobierno que cuando llegó. Ha crecido desde entonces: pasó de 870 mil millones de dólares en 2018 a 1.173 mil millones en 2022, y luego a 1.203 mil millones en 2024. El crecimiento del empleo manufacturero también se ha estancado desde 2019, a pesar de las iniciativas de la era Biden. Esto se debe en buena medida a que las fábricas modernas automatizadas funcionan con menos trabajadores y más calificados por unidad producida, lo que hace difícil considerar como algo viable un retorno del empleo industrial en los niveles y condiciones de calificación de antaño en Estados Unidos. En la nueva etapa Estados Unidos sigue como líder mundial en determinadas áreas de la manufactura de precisión, como los aviones y los instrumentos médicos. Produce más de todo que Japón, Alemania y Corea del Sur juntos. Y, si se mide por la cantidad producida, su producción industrial total es de un 5,5 % inferior a su máximo de 2007.
No se debe perder de vista que el neomercatilismo centrado en el comercio de bienes inspira la política de Trump, pero también lo hace la voluntad de aumentar la recaudación tributaria mediante mayores pagos de aranceles. Esto tiene como finalidad financiar la disminución de impuestos a los grupos de altos ingresos y hacer permanentes las rebajas tributarias a esos grupos legisladas en su primer gobierno, junto a recortes drásticos en el gasto público. Una menor carga tributaria estaría así financiada con un mayor peso de los impuestos al consumo, incluyendo los aranceles a los bienes importados. Pero estos impuestos afectan una proporción mayor de los ingresos de las familias y personas más pobres que aquella que afecta a las más ricas y son, por tanto, socialmente regresivos. Trump ha planteado que los aranceles son recíprocos y forman parte de una estrategia de negociación, lo que implica que podrían ser temporales si otros países están dispuestos a negociar mejores condiciones para las exportaciones de Estados Unidos. Pero también ha afirmado que los aranceles buscan aumentar la recaudación fiscal y repatriar parte de la producción industrial, lo que requiere que sean permanentes: los aranceles no pueden recaudar ni repatriar si están llamados a desaparecer fruto de negociaciones entre países.
David Autor y Gordon Hanson —quienes acuñaron célebremente el término “China Shock” en sus investigaciones junto a David Dorn sobre el impacto de las importaciones chinas en los años 2000— sostienen que
"China… está disputando agresivamente los sectores innovadores en los que Estados Unidos ha sido durante largo tiempo el líder indiscutido: aviación, inteligencia artificial, telecomunicaciones, microprocesadores, robótica, energía nuclear y de fusión, computación cuántica, biotecnología y farmacéutica, energía solar y baterías. Controlar estos sectores genera dividendos: rentas económicas derivadas de altas utilidades y empleos bien remunerados; peso geopolítico por moldear la frontera tecnológica; y poder militar por controlar el campo de batalla."
La economía china, aunque en desaceleración con una población en reducción y envejecimiento, un exceso de capacidad industrial, finanzas estatales frágiles y un alto nivel de endeudamiento, es casi un 30 % mayor que la de Estados Unidos cuando se mide en paridad de poder adquisitivo. China tiene el doble de la capacidad manufacturera (produce más automóviles, barcos, acero y paneles solares que Estados Unidos) y más del 70 % de las baterías, los vehículos eléctricos y los minerales críticos del mundo. En ciencia y tecnología, China genera más patentes activas y más publicaciones altamente citadas que Estados Unidos. Y en el plano militar, posee la mayor flota naval del mundo, cuenta con una capacidad de construcción naval estimada en más de 230 veces la de Estados Unidos, y se está consolidando rápidamente como líder en armas hipersónicas, drones y comunicaciones cuánticas.
El ascenso y la caída de las grandes potencias han dependido a menudo de la escala: el tamaño, los recursos y las capacidades humanas. Una vez que los países alcanzan niveles similares de productividad económica, aquellos con poblaciones más grandes y dimensión continental terminan avanzando con ventaja. La primacía inicial de Gran Bretaña en la Revolución Industrial cedió cuando países más grandes, como Estados Unidos y Rusia, lograron alcanzarla. Hoy, esa percepción de escala imponente describe a China.
El nuevo «patriotismo económico» en los países primeramente industrializados procura ahora hacer renacer formas de capitalismo propias de la dominación colonial europea del siglo XIX, que Thomas Piketty (2025) denomina el “nacional-capitalismo”. Junto a la revolución industrial y tras consolidar el control por la fuerza de las rutas marítimas, las materias primas y el mercado textil mundial:
"las potencias europeas impusieron tributos coloniales a todos los países que se resistieron, desde Haití hasta China, pasando por Marruecos. En vísperas de 1914, se enzarzaron en una feroz lucha por el control de los territorios, los recursos y el capitalismo mundial. Incluso se impusieron tributos entre sí, cada vez más exorbitantes: Prusia a Francia en 1871, luego Francia a Alemania en 1919: 132 mil millones de marcos oro, más de tres años del PIB alemán de la época. Casi el mismo tributo que se impuso a Haití en 1825, solo que esta vez Alemania tenía medios para defenderse. La escalada sin fin condujo al colapso del sistema y de la desmesura europea. El neomercantilismo actual se propone buscar ventajas comerciales y prevalecer en la carrera por el control de recursos naturales como los minerales, tierras raras, hidrocarburos, tierras cultivables, agua y recursos de los océanos. Entiende que en el aseguramiento de su suministro y de sus vías de transporte solo se puede ganar a expensas del vecino. Esto ocurre en medio de la acentuación del movimiento general de concentración económica, al que se agrega ahora el ámbito de los grandes monopolios de red de la economía digital. Estos han terminado aliándose a las fuerzas políticas disruptivas para disminuir el peso regulador del gobierno. Luchan con fiereza contra las normas destinadas a mantener prácticas competitivas y prácticas de difusión en las redes digitales que minimicen la desinformación y la manipulación."
Piketty propone la idea de un escenario neomercantilista principal alrededor del control de los océanos:
La incógnita es si un capitalismo ahora más «abiertamente depredador, violento y rentista» instaurará «la relación de fuerza armada como su horizonte natural, no como una lamentable excepción a veces necesaria para reforzar las reglas del mercado», según afirma Orain. El escenario principal serán los conflictos por el control del poder marítimo: el 80 % de los productos manufacturados y de los recursos naturales se transportan por barco. Por su parte, las zonas económicas exclusivas (creadas en 1982 por la convención de Montego Bay de la ONU), que reservan la explotación de los fondos marinos a los países ribereños, son cada vez más disputadas y ya cubren un tercio de la superficie marina. Contienen reservas de minerales, garantizan un tercio de la producción de hidrocarburos y albergan redes críticas (Internet, plataformas petrolíferas y eólicas)".
La idea del libre comercio en el mar ha dado lugar a la territorialización en torno a redes de puertos. Cada vez más Estados —o proto-Estados como los rebeldes hutíes— buscan controlar puntos de paso estratégicos o apropiarse de espacios marítimos que consideran como sus mares interiores. Pero también los armadores están tomando ascendiente sobre los industriales. Su sector se viene reconfigurando desde hace veinte años en torno a dos movimientos: una integración vertical y una concentración. La integración pasa por la compra de terminales portuarios, almacenes, ferrocarriles y la organización de “puertos secos”, instalaciones logísticas situadas en el interior del territorio, con el objeto de tejer una malla que permite controlar los flujos de mercancías del productor al consumidor y la determinación de sus precios. La concentración se traduce en el dominio de cuatro enormes actores: MSC (Suiza), Maersk (Dinamarca), CMA CGM (Francia) y Cosco (China), que les da un poder muy importante frente a la industria. Estos armadores se están convirtiendo en socios influyentes de los Estados. Todavía no son rivales, pero podrían llegar a serlo.
La persistencia de los riesgos financieros en el capitalismo global
Las reformas posteriores a la crisis de 2008 no afectaron el que las finanzas globales hayan seguido basadas en una enorme masa de liquidez que los bancos centrales han inyectado en los mercados financieros para gestionar las recientes crisis financieras y sanitarias. La pandemia de Covid 19 provocó en 2020 una severa recesión mundial. La salida de crisis se acompañó de altos déficits fiscales y nuevos estímulos monetarios, junto a un brote inflacionario por la interrupción de circuitos de oferta, agravado por la guerra de Ucrania y su impacto en los precios de los alimentos. Los movimientos financieros globales se amplifican por el peso creciente que han adquirido los fondos indexados, cuya estrategia consiste en seguir un índice bursátil (sectorial, nacional, regional) y replicar sus movimientos. Cuando los mercados caen, estos fondos replican la baja en sus carteras y se convierten en vendedores e inversamente cuando los mercados suben. La burbuja solo se desinfló ligeramente con el endurecimiento de la política monetaria entre el invierno de 2022 y el verano de 2024, para contener el regreso de la inflación; luego volvió a crecer. Según cifras del Consejo de Estabilidad Financiera (Financial Stability Board), las finanzas globales han duplicado su volumen desde la crisis financiera de 2007-2008, es decir el total de activos en los balances de las instituciones bancarias y financieras.
El segundo gobierno de Donald Trump se esfuerza por disminuir las regulaciones preventivas introducidas después de 2008 para reducir el riesgo de futuras crisis financieras y se espera que se flexibilice sustancialmente los requisitos de capital. Estos exigen que los accionistas de un banco arriesguen una cantidad significativa de su propio dinero para financiar préstamos, y no solo el dinero de los depositantes y son un componente crítico para reducir el riesgo en el sector bancario. Otro frente que debilita la estabilidad financiera es el la industria cripto. Una ley aprobada en julio de 2025 en Estados Unidos busca promover los stablecoins, que son una forma alternativa de banca, débilmente regulada y poco supervisada.
Las criptomonedas son un sistema de pagos anónimo basado en cadenas de bloques (blockchains), es decir un libro de contabilidad digital distribuido y descentralizado que registra de forma segura todas las transacciones realizadas en una red; cada bloque contiene un conjunto de transacciones confirmadas, una marca de tiempo y un resumen criptográfico del bloque anterior. Al encadenar cada bloque, se crea una secuencia inmutable: si alguien intenta alterarla rompería el vínculo con los bloques siguientes. En lugar de existir un único servidor o autoridad, la copia completa de la cadena de bloques se replica en todos los nodos (participantes) de la red. Cada vez que se añade un nuevo bloque, todos validan y actualizan su copia. Una vez que un bloque se confirma y se enlaza, sus transacciones quedan permanentemente registradas y pueden consultarse por cualquiera, pero no pueden borrarse ni modificarse retroactivamente. En las criptomonedas, como Bitcoin, la cadena de bloques registra un número de identificación y una cantidad.
Este mecanismo es una tecnología ingeniosa aplicada a transacciones financieras en las que el anonimato es primordial, como la actividad ilegal, pues basta el acceso a una clave numérica que identifica un Bitcoin u otra moneda digital sin necesidad de saber de quién se trata. Bitcoin se concibió originalmente en 2009 como una herramienta para permitir el comercio descentralizado, sin necesidad de tratar con bancos u otras instituciones centrales. Los entusiastas afirmaron que usar claves de la cadena de bloques en lugar de que los bancos verificaran la identidad de los clientes reduciría los costos de transacción. Pero no ha desplazado al dinero convencional como medio de pago sino en el margen, mientras la volatilidad de su valor es una desventaja. Se ha buscado una solución mediante las stablecoins digitales, emitidas por instituciones que se supone mantienen reservas en activos convencionales, normalmente bonos del Tesoro de Estados Unidos, y prometen mantener el valor de sus monedas ancladas al dólar. Pero sus emisores crean nuevos riesgos sistémicos para la economía, pues una institución que vende activos que promete canjear por dólares a la demanda es, en esencia, un banco. Y los bancos están sujetos a una regulación extensa para limitar riesgos a la estabilidad financiera, como las corridas bancarias. Cuando esos riesgos no son bien evaluados y controlados, pueden terminar derribado todo el sistema financiero, como ocurrió con Lehman Brothers en 2008, e imponiendo amplios costos al traspasarse el riesgo financiero a los contribuyentes. Se puede considerar a la industria de las criptomonedas como un negocio potencialmente depredador, cuyos dueños custodian monedas para personas que no quieren o no saben manejar sus claves de blockchain. Las criptomonedas se vinculan en muchos casos a actividades ilegales, aunque reúnen grandes sumas en activos.
Los stablecoins emitidos privadamente, supuestamente fijados en un valor de un dólar, son una especie de versión digital de los billetes bancarios que circulaban durante la era de la banca privada en el siglo XIX, en que en muchas economías el oro era la única moneda oficial y el dinero de papel consistía en billetes emitidos por bancos privados que prometían canjear esos billetes por oro o plata a demanda. Los bancos privados colapsaban con frecuencia, perdiéndose así el dinero de los depositantes. Sin supervisión gubernamental efectiva, los bancos privados podían emitir billetes sin contar con los recursos para honrar la promesa de canje a solicitud. De hecho, proliferó la creación de bancos en lugares remotos, dificultando que los tenedores de billetes pudieran presentarlos para su canje. Esta industria está dominada por dos grandes emisores, Tether y USDC, con el resto consistiendo en un conjunto de monedas menores. Tether ha atraído el mayor escrutinio, en gran parte porque, según The Economist, se ha convertido en “la moneda soñada de los lavadores de dinero”. Dejando de lado su rol en facilitar el crimen global y viéndola como un banco de facto, S&P Global Ratings emitió en 2025 un informe cuestionando la calidad de los activos de Tether y señalando que la empresa no ofrece a terceros una forma adecuada de evaluar sus afirmaciones de estabilidad financiera. Tether tiene su sede y supervisión en El Salvador, cuyo gobernante Nayib Bukele realizó un intento fallido de obligar a los salvadoreños a usar Bitcoin como moneda. Las normas prudenciales de El Salvador para Tether son muy laxas, empresa que acusó a S&P de ser un instrumento de la “máquina de propaganda de las finanzas tradicionales”. Tal vez surjan otros stablecoins que sí cumplan con las normas de economías como la estadounidense. Pero hay lagunas preocupantes en esas reglas que probablemente hagan que los stablecoins sean riesgosos y desvíen dinero de los depósitos bancarios convencionales hacia instituciones que, en el mejor de los casos, estarán menos reguladas.
La interacción a largo plazo entre las deudas privadas de los agentes financieros y no financieros y las deudas públicas, así como el papel preponderante de las deudas privadas en los ciclos económicos, pone de manifiesto el papel dinámico impulsor de la deuda privada y la función anticíclica de la deuda pública, pero también la eficacia reducida de esta función cuando los niveles de deuda pública son elevados, ya sea por choques anteriores o por deterioros de las finanzas públicas en los países más importantes en la economía mundial. Estas interdependencias macroeconómicas con eventuales dinámicas divergentes generan el crecimiento inestable del capitalismo financiarizado y ciclos financieros globalizados de endeudamiento y precios de activos. Estos ciclos crean vulnerabilidades en las estructuras del sistema financiero, las cuales se convierten en desencadenantes de crisis sistémicas cuando están interconectadas. De ello se desprende la estrecha interdependencia entre política monetaria, estabilidad financiera y consolidación de las deudas públicas.
Así, el capitalismo mundial está sujeto a vaivenes financieros de una magnitud creciente. La deuda global total es en 2025 casi un 25% más alta de lo que era en vísperas de la pandemia del COVID-19, cuando ya estaba en un máximo histórico. El Global Financial Stability Report del FMI de abril de 2025 señala que las condiciones financieras mundiales se han tensionado con un aumento general de los rendimientos soberanos y una caída en la liquidez de los mercados de bonos. El FMI sitúa en 2025 a la economía global en un punto donde correcciones importantes de precios de activos, alzas de tasas de interés o shocks externos podrían desatar movimientos financieros amplios. No se prevé que el desorden sea del tipo del de 2008, pero la combinación de endurecimiento financiero, grandes deudas y tensiones geopolíticas constituye el caldo de cultivo de una potencial crisis de expectativas que puede contagiar mercados y frenar el crecimiento global con rapidez.
Por su parte, la situación financiera de muchas economías periféricas es recurrentemente frágil. Desde la crisis de 2008, han acumulado deuda a un mayor ritmo y con costos de endeudamiento crecientes. El costo neto de los intereses, como porcentaje de los ingresos públicos, aumentó de menos del 9% en 2007 a cerca del 20% en 2024. Muchas economías en desarrollo se encuentran ahora en un círculo vicioso. Para pagar sus deudas, muchas de ellas están recortando las inversiones en educación, atención médica e infraestructura que se necesitan para el crecimiento futuro. Esto es especialmente el caso de los 78 países pobres que pueden recibir préstamos de la Asociación Internacional de Fomento del Banco Mundial. En estos países vive una cuarta parte de la humanidad y su suerte próxima depende de una apuesta por un crecimiento global que debiera acelerarse y por tasas de interés que debieran bajar. De lo contrario, la probabilidad de que se repitan en ellos crisis de deuda en el futuro próximo es alta.
Todas las reglas financieras mundiales apuntan a reforzar el papel de moneda de reserva de divisas como el dólar y el euro, pero esto no impide la inestabilidad financiera global. Las llamadas normas de Basilea, instauradas para asegurarse que los bancos no asuman riesgos excesivos, obligan a los bancos a acumular en su balance activos considerados seguros, que precisamente son la deuda de los países ricos. Las agencias privadas de calificación de riesgos refuerzan la percepción de que la deuda de los países ricos es segura. Los bancos centrales, sobre todo en los países de menos ingresos, constituyen reservas en euros o en dólares con el fin de tranquilizar a los mercados financieros respecto a la solidez de su propia moneda, reforzando así el “privilegio exorbitante” del Norte. Las economías más ricas controlan las divisas, las reglas y las instituciones de las finanzas mundiales, lo que les asegura una posición de rentistas que absorben los ingresos del resto del mundo. A la salida de la Segunda Guerra Mundial, John Maynard Keynes era consciente de este desequilibrio. Para remediarlo, proponía la creación de una moneda única internacional. Proposiciones actuales sugieren instaurar un sistema de tipos de cambio cuyos niveles se aproximen a la paridad de poder adquisitivo, lo que sería más ventajoso para los países del Sur o bien un impuesto sobre los flujos financieros.
Lo propio ocurre con los intentos de evitar la competencia tributaria a escala internacional. Un ejemplo es el acuerdo de 2021 de la OCDE/G20, que fijó un mínimo efectivo de pago de un 15% a las utilidades para grandes multinacionales y se calcula por jurisdicción, aplicando un “top-up tax” cuando la tasa efectiva local queda bajo ese umbral. Pero desde el inicio los países no estaban obligados a adoptarlo. En la práctica, el acuerdo avanzó fuera de Estados Unidos. La Unión Europea lo implementó desde 2024, y la OCDE informó que el impuesto mínimo global empezó a aplicarse desde comienzos de 2024. Estados Unidos se sustrajo y declaró en 2025 que el acuerdo fiscal de la OCDE “no tiene fuerza ni efecto” en su territorio y ordenó estudiar medidas contra reglas extranjeras consideradas extraterritoriales o discriminatorias para firmas estadounidenses. Aun así, el esquema no colapsó para una tributación no inferior a 15% de las utilidades de las empresas con ventas superiores a 750 millones de euros, lo que ha entrado en vigor en la Unión Europea, el Reino Unido, Japón, Corea del Sur, Canadá y Australia, pero es cuestionado por Estados Unidos, que ha impuesto que no se aplique a sus empresas. El 5 de enero de 2026, los 147 miembros del Marco Inclusivo de la OCDE/G20 aprobaron un paquete para preservar lo ya avanzado y simplificar el sistema. El 15% mínimo global sobrevivió, pero quedó convertido en una red coordinada de reglas nacionales.
Las vulnerabilidades del sistema económico mundial
El sistema mundial actual enfrenta desafíos crecientes por su frágil capacidad de mantener la paz entre naciones, contener el aumento de la desigualdad patrimonial y de ingresos -en medio de un poder tecnológico concentrado en pocas megacompañías- y canalizar los movimientos transfronterizos de personas, así como los desafíos ecológicos por los cambios climáticos, la pérdida de biodiversidad y las contaminaciones que ponen en riesgo la supervivencia de la humanidad en las condiciones conocidas.
La economía global en red es físicamente vulnerable: un único punto de conflicto puede crear disrupciones masivas y costosas. Los intercambios marítimos representan entre el 80 % y el 90 % del comercio internacional de mercancías y dependen de algunos lugares de paso críticos, fáciles de cerrar. Los flujos del comercio mundial atraviesan por espacios geográficos críticos. Es el caso de los estrechos de Ormuz en el golfo Pérsico, por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial y una cuarta parte de los fertilizantes en una zona de conflicto geoestratégico recurrente; de Malaca, entre el mar de China y el océano Índico; de Bab el-Mandeb, entre el mar Rojo y el golfo de Adén, una de las únicas dos rutas marítimas que enlazan el océano Índico con el Pacífico, o el canal de Suez, que quedó bloqueado durante seis días por un gigantesco buque portacontenedores en 2021, con una perturbación que repercutió en las cadenas de suministro durante meses. El canal de Panamá plantea riesgos similares. En el mar de China Meridional se despliegan guardacostas chinos y se ocupan islotes antaño insignificantes para convertirlos en posiciones estratégicas. Lo mismo ocurre en el estrecho de Taiwán. El control de estos estrechos se ha convertido en una cuestión capital en el que cada potencia intenta asegurar el paso de sus abastecimientos y de sus mercancías de exportación.
La extensión de las zonas económicas exclusivas —hasta 200 millas náuticas desde las costas— se ha convertido en una cuestión central para casi la totalidad de los Estados marítimos. La libertad de los mares, que parecía adquirida desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se ha debilitado. Después de 1945, Estados Unidos se impuso como la potencia hegemónica en los mares que garantizaba la fluidez de los intercambios, aunque el rival soviético tenía una flota pero dotada de un poder naval mucho menor. Tras el final de la Guerra Fría el comercio marítimo aumentó considerablemente. y las amenazas en el mar casi desaparecieron. Fue un período comparable al de los años 1850-1880, durante la primera globalización. Desde alrededor de 2010, la dominación estadounidense y occidental es relativizada por China, cuya construcción naval representa el 58 % de la capacidad mundial, frente a solo 0,15 % para Estados Unidos. Su marina mercante incluye ahora al cuarto transportista mundial. La marina china, que no iba más allá del estrecho de Malaca, ahora es capaz de desplegar fuerzas en el Pacífico y en el Atlántico. La vertiente naval de la estrategia de las “nuevas rutas de la seda” (Belt and Road Initiative) lleva a China a adquirir terminales portuarias y a construir vías férreas que desembocan en esos puertos.
La concentración del mercado también genera grandes vulnerabilidades. Una dependencia de una sola fuente para cualquier cosa —desde la energía hasta la demanda— puede generar un punto de falla. Esto es así no solo por el riesgo de accidente o shock, sino también porque permite formas de presión, ejemplificadas por los controles de exportación de tierras raras de China como respuesta al uso de aranceles por parte de Trump, o la aplicación de sanciones de Estados Unidos a través de SWIFT (el sistema interbancario de mensajería y transacciones transfronterizas, crucial en el sector financiero). Las tierras raras representan una vulnerabilidad notoria en las cadenas de suministro tecnológicas. Una gama de productos críticos y estratégicos —incluidos vehículos eléctricos, electrónica de consumo, tecnologías médicas y tecnologías militares avanzadas— depende de estos insumos esenciales. Sin embargo, China controla alrededor del 60 % de la minería mundial de tierras raras y más del 90 % de su procesamiento. El dominio de unos pocos productores japoneses de microcontroladores y sensores de flujo de aire para motores —componentes pequeños pero esenciales en la fabricación de automóviles— significó que, cuando un enorme terremoto y tsunami golpearon Japón en 2011, la industria automotriz mundial se contrajo bruscamente.
Estas vulnerabilidades son algo más fáciles de abordar que las inscritas en la geografía. Desde 2011, los fabricantes de automóviles han diversificado sus proveedores, acumulado stocks de reserva y creado grandes sistemas de datos que mejoran la transparencia en cadenas de suministro complejas, facilitando la identificación de riesgos ocultos de proveedor único. Pero la diversificación implica contrapartidas, como en el sector de los semiconductores avanzados. Una sola empresa neerlandesa produce todos los equipos de litografía ultravioleta extrema necesarios para fabricar los semiconductores más avanzados, y solo dos empresas, una de Taiwán y otra de Corea del Sur, tienen en 2026 la capacidad de producir semiconductores de 2 nanómetros. Los gobiernos están promoviendo la diversificación: Estados Unidos y la Unión Europea han introducido incentivos para que las dos empresas diversifiquen geográficamente su producción, y el gobierno estadounidense está respaldando el desarrollo de las capacidades de semiconductores avanzados de una empresa de origen de esa nación. China está invirtiendo fuertemente para reducir su dependencia de fuentes externas en el diseño y la fabricación de semiconductores. Pero aunque este enfoque pueda aumentar la resiliencia, el sector difícilmente puede permitirse una menor eficiencia. Los semiconductores más avanzados son cruciales no solo para el entrenamiento de modelos de IA generativa, sino también para el avance de aplicaciones de IA física (como la robótica y los vehículos autónomos), que requieren baja latencia, alta eficiencia térmica, bajo consumo energético y larga duración de batería. No está claro que las cadenas de suministro diversificadas puedan seguir el ritmo de la demanda.
La proliferación de puntos de falla tiene que ver con el diseño y los incentivos de la economía global. En una red altamente descentralizada y competitiva, los inversionistas están más motivados para optimizar la eficiencia cuyos beneficios son apropiables y recaen en gran medida sobre el inversionista, que para optimizar la resiliencia, cuyos beneficios se distribuyen a lo largo de toda la red. Cuando hay muchos inversionistas, ninguno tiene incentivos para internalizar los costos de equilibrar eficiencia y resiliencia. Las redes con una mayor concentración de propiedad tienen más probabilidades de optimizar la resiliencia. Tres empresas suministran y mantienen el 87 % de la vasta red mundial de cables submarinos de fibra óptica, que transportan más del 95 % del tráfico internacional de datos, incluidos pagos y otras transacciones financieras. Estos tienen un poderoso incentivo para incorporar resiliencia al sistema, por ejemplo aumentando el número de cables, dispersando los puntos de amarre, asegurando una amplia dispersión, implementando diseños en bucle, usando protocolos de internet para redirigir sin interrupciones el tráfico alrededor de bloqueos e incluyendo capacidad de reserva. Lo mismo ocurre en el sector automotor, donde grandes actores como Toyota controlan una porción suficientemente grande de la cadena de suministro como para beneficiarse de optimizar tanto el costo como la resiliencia.
En el caso de internet, fue el gobierno de Estados Unidos el que actuó como arquitecto principal, asegurando, por ejemplo, que los protocolos incorporados redirijan automáticamente el tráfico alrededor de bloqueos. De hecho, las grandes economías nacionales son actores importantes porque, hasta cierto punto, internalizan y agregan los beneficios de la resiliencia a través de una amplia gama de pequeños actores del sector privado. Cuando los mercados suministran insuficiente resiliencia, los países pasan a ser actores importantes para proporcionarla. Pueden actuar por su cuenta, por ejemplo mediante la relocalización nacional (onshoring) de la producción de bienes críticos como los semiconductores. Y pueden aumentar la cooperación internacional, formando coaliciones para maximizar fuentes alternativas de suministros críticos. O pueden seguir alguna combinación de ambas vías, aunque considerando que la cooperación es menos costosa que el onshoring, más eficaz en principio y, en ciertos casos, esencial, pero mucho más difícil de lograr.
Referencias y lecturas adicionales
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