"Un sistema económico es un conjunto articulado de instituciones"
Bernard Chavance
"Todos los sistemas socioeconómicos son mezclas complejas de diferentes tipos de estructuras, relaciones y actividades económicas"
Erik Olin Wright
1. Sistemas y estructuras económicas
2. Los tiempos largos de la historia
3. La expansión del capital
4. Las experiencias de centralización económica
1. Sistemas y estructuras económicas
La organización de la producción material
Según Bernard Chavance (1999):
"Un sistema económico es un conjunto articulado de instituciones; las instituciones son reglas generales para las interacciones de los individuos y las organizaciones; las organizaciones son conjuntos jerárquicos de reglas con un fin determinado. Las reglas institucionales y organizacionales enmarcan las interacciones sociales y se dividen, por un lado, en reglas constitutivas y ordinarias, y por otro, en reglas formales e informales. La evolución o la transformación sistémica tienen como base el cambio gradual o discontinuo de las configuraciones de reglas institucionales y organizacionales".
Cabe tener en mente la definición de estructura de Jean Piaget (1960):
“una estructura es un sistema de transformaciones que comporta leyes en tanto sistema (por oposición a las propiedades de los elementos) y que se conserva o enriquece por el juego mismo de sus transformaciones, sin que éstas culminen fuera de sus fronteras o recurra a elementos exteriores. En una palabra, una estructura incluye así los tres caracteres de totalidad, de transformación y de autoregulación (autoréglage)”.
En la historia humana de largo aliento se han conocido diferentes sistemas de organización de la producción material, de asignación de recursos y de apropiación de los excedentes generados en la producción. Estos dependen del tipo de relaciones sociales, de las estructuras de apropiación y distribución de los recursos existentes y de las capacidades tecnológicas y de transformación de la naturaleza que determinan las condiciones de vida humana y los impactos sobre la biosfera. Las estructuras socio-económicas evolucionan históricamente en medio de la interacción entre sistemas económicos, predominantes y secundarios, instituciones de poder y dominio sobre los recursos y territorios y relaciones jerarquizadas entre categorías y grupos sociales. Los sistemas económicos están moldeados por las capacidades productivas y de innovación tecnológica, por las estructuras de distribución de la propiedad de los recursos y por los regímenes de empleo de la fuerza de trabajo. Esto configura tipos de vínculos entre los agentes económicos que inciden en la creación, apropiación y uso de los recursos para la producción, consumo y generación de excedentes, con variadas repercusiones sobre el medio natural en que se desenvuelven.
Brad DeLong (2022) hace una periodización de la historia económica asociada a un stock acumulativo de la capacidad humana de organizar conocimiento útil y convertirlo en producción, el índice H. Este incluye la ciencia aplicada, la ingeniería, la organización productiva, las instituciones, la educación y las redes de difusión del conocimiento, en que no solo importan los modos de producción, sino también los de distribución, comunicación, dominación y legitimación. Distingue las sociedades de caza y recolección originadas hace unos 50 mil años (H = 0.03), las primeras sociedades agrarias hace 9 mil años (H = 0.065), las de la antigüedad hace 2,5 mil a 1,5 años (H = 0.2), las de la edad media desde los años 500 a 1500 y específicamente feudales hacia 1200 de nuestra era (H = 0.35), las comerciales-imperiales desde los años 1500 hasta entrado el siglo XIX (H = 0.65), y luego las fases de la conformación del capitalismo industrial a partir de Europa y su posterior transformación en economía mundial, con la mecanización en base al vapor hasta 1870 (H = 1), las de las ciencias aplicadas que se amplía hacia 1920 (H = 3), las de producción de masa en líneas de montaje industrial (H = 7) y las de cadenas de valor globalizadas desde 2000 (H = 15). En 1870 el progreso tecnológico alcanzó una nivel que permitió un importante salto productivo; a partir de entonces, la destreza tecnológica humana se duplicó en cada generación.
Los intercambios de bienes y las migraciones humanas existen desde tiempos inmemoriales. Como subraya el historiador Fernand Braudel (1986), “desde siempre, todas las técnicas, todos los elementos de la ciencia, se intercambian y viajan alrededor del mundo”, contribuyendo a transformaciones desde las primeras sociedades basadas en pequeños grupos cazadores y recolectores en territorios poco poblados, hasta las sociedades modernas de base industrial y ahora digital que conglomeran en ciudades a ya más de la mitad de las personas que habitan el planeta.
La conformación contemporánea de las economías resulta así de transiciones diversas desde las primeras sociedades cazadoras-recolectoras poco numerosas, conectadas entre sí en "áreas culturales" amplias, a las sociedades agrarias jerarquizadas de tipo feudal, a las dominadas por los imperios conquistadores, a las basadas en la expansión comercial y, más tarde, a los sistemas capitalistas impulsados por las sucesivas revoluciones industriales y tecnológicas, además de experiencias de centralización económica en el siglo XX. No se trata de secuencias lineales sino de un amplio espectro de acuerdos sociales -más o menos autoritarios y jerárquicos o bien más abiertos e inclusivos- dentro de una gama de relaciones de producción (Graeber & Wengrow, 2023). La esclavitud existió entre cazadores y pescadores, horticultores, grupos semisedentarios, agricultores neolíticos y sociedades agrarias feudales. Hubo recolectores que practicaron la agricultura de retirada por inundaciones y múltiples grupos de cazadores y recolectores que se reunían estacionalmente en grandes asentamientos con arquitectura monumental de piedra, mientras cazadores, pescadores y horticultores a tiempo parcial habitaron también grandes asentamientos.
Cada transición implicó cambios en los regímenes de propiedad, especialización y productividad de los medios de producción y en las modalidades del intercambio de bienes en tanto insumos o productos, así como en el financiamiento de la actividad económica y el empleo de la fuerza de trabajo. Sus consecuencias han sido variadas en el nivel y distribución del bienestar de las poblaciones y en la resiliencia de los ecosistemas, en constante evolución en medio de una variedad de hábitats, reglas institucionales y de derecho, sistemas religiosos y filosofías, culturas, lenguas, costumbres, linajes, marcadores de estatus y diferenciaciones de clase social.
La historia de las sociedades humanas muestra que hubo dos grandes puntos de quiebre en su capacidad de producción material y de sostener expansiones demográficas: la aparición de la agricultura y el paso a las primeras sedentarizaciones hace unos 10 a 12 mil años, con todavía muy pocos habitantes en el globo, y mucho más tarde la revolución industrial iniciada hacia 1770, con ya cerca de mil millones de habitantes. Unos 10-20 millones de miembros de la especie Homo sapiens habitaban el globo al terminar la edad de piedra hace unos 5 mil años, antes de la edad de los metales. En el largo período que va desde esa fecha hasta el año 1500, la población creció entre 0,05 y 0,1% al año y alcanzó unos 480 millones de habitantes. El crecimiento por persona de la producción fue del orden de solo 0,03% al año, según los cálculos de DeLong (2022). Luego, un gigantesco salto en la capacidad productiva hizo que la producción mundial se multiplicara por 21,5 veces entre 1870 y 2010, mientras entre 2010 y 2024 lo hizo en un 64% adicional.
La mayoría de los humanos sobrevivió hasta las revoluciones industriales con niveles materiales de vida muy limitados, con deficiencias de nutrición, elevadas mortalidades en épocas de epidemias o crisis productivas y una esperanza de vida al nacer que oscilaba entre 25 y 35 años. De acuerdo a los estándares actuales, la casi totalidad de la población era pobre, con excepción de los grupos dominantes.
La población pasó de crecer un 0,1% al año a un 0,5% en el siglo XIX. Se duplicó en poco más de un siglo y sumó dos mil millones de personas en la tercera década del siglo XX, mientras la anterior duplicación había demorado tres siglos y la ante anterior casi diez siglos. La población humana se multiplicó por unas 6 veces entre 1870 y 2024 y alcanza hoy a 8,2 mil millones de personas, con un significativo aumento de quienes sobreviven hasta llegar a la edad reproductiva, junto al incremento sustancial de la duración de la vida humana (Roser & Ritchie, 2023).
Cuando la población del planeta superó el umbral de 8 mil millones de personas en noviembre de 2022, el contraste fue notorio con los 2,5 mil millones de personas que habitaban la tierra en 1950. La población tuvo una cima de expansión hacia 1960, con un ritmo de crecimiento de 2,1% al año, fruto de los avances de la medicina y de la producción, junto a estructuras familiares aún con muchos hijos. La llamada transición demográfica explica que la población crezca actualmente a una tasa de solo 0,8% anual, por lo que, con una probabilidad de 80%, los organismos especializados de la Organización de Naciones Unidas estiman en su proyección intermedia que la población mundial aumentará hasta un máximo de 10,3 mil millones hacia mediados de 2080, unos 700 millones menos de lo que proyectaba hace una década. Luego, la población empezará a decrecer, hasta alcanzar unos 10,2 mil millones de personas hacia el fin del siglo XXI. Hacia 2050, más de la mitad de las muertes en el mundo se producirán a los 80 o más años, mientras en 1995 eso solo ocurría en el 17% de los casos.
La esfera capitalista y las economías mixtas contemporáneos
En las estructuras económicas y sociales, sujetas a transformaciones constantes en el tiempo, interactúan sistemas económicos con lógicas diferenciadas. Fernand Braudel (1986) postula que en las economías actuales existen "pisos económicos" que se componen tanto de una esfera de acumulación capitalista, en la que prevalecen mercados concentrados y grandes empresas privadas productoras de bienes y servicios que procuran maximizar el rendimiento de su capital invertido y sus respectivos medios de financiamiento, las que interactúan con un piso de pequeñas empresas y el micro-emprendimiento con sus mercados respectivos, muchas de ellas unidades familiares no sujetas a reglas internas de mercado y con transacciones informales de subsistencia, y en diversos casos con formas de economía social y cooperativa sin fines de lucro, así como una esfera de provisión estatal de bienes y servicios y de regulación de actividades.
En las estructuras económicas nacionales y globales, el capitalismo, basado en la acumulación ilimitada de capital, es el sistema económico hoy predominante. Presupone el carácter monetario de la economía, en la que las empresas como organizaciones usan bienes de capital de propiedad privada bajo el control de un dueño o un conjunto de dueños, o de sus administradores, para producir bienes destinados a la venta en mercados con la finalidad de obtener ganancias (Bowles & Carlin, 2019). Las empresas cuyo objeto es obtener ganancias privadas, además de contratar fuerza de trabajo, adquieren bienes intermedios necesarios para la producción, que procuran sea al mínimo costo, en los respectivos mercados en los que se abastecen de insumos y materias primas, incluyendo desde el exterior, creando un efecto de arrastre sobre la economía en su conjunto. La producción requiere ser previamente financiada y da lugar a los flujos de ingresos constituidos por las remuneraciones del trabajo asalariado que la hacen posible, al pago de costos fijos y de insumos y, cuando es exitosa al encontrar una demanda suficiente, a un excedente que permite la reinversión y/o la distribución de utilidades que remuneran el capital utilizado. El excedente será mayor si las empresas mantienen flujos de contratación de fuerza de trabajo que remuneran con salarios inferiores al valor monetario que aporta a la producción, bajo la forma de trabajo asalariado que combina el pago monetario periódico al trabajador y su subordinación jerárquica a los propietarios de los medios de producción, o a quienes los administran.
Para Erik Olin Wright (2020),
"el capitalismo como forma de organizar la actividad económica tiene tres componentes fundamentales: la propiedad privada del capital, la producción para el mercado con el fin de obtener ganancias y el empleo de trabajadores que no son propietarios de los medios de producción".
Branko Milanovic (2019), por su parte, define el capitalismo como
"el sistema donde la mayor parte de la producción es realizada con medios de producción de propiedad privada, el capital contrata trabajo legalmente libre y la coordinación es descentralizada. Adicionalmente, para agregar el requisito de Joseph Schumpeter, la mayor parte de las decisiones de inversión son hechas por compañías privadas o empresarios individuales".
Immanuel Wallerstein (1979) subraya que el capitalismo no es la existencia de personas o empresas produciendo para la venta en el mercado con la intención de obtener una ganancia ni la de personas asalariadas, sino que el sistema capitalista es aquel sistema basado en la acumulación continua de capital. En efecto, el capitalismo suele asimilarse a la existencia de unidades económicas con fines de lucro y de remuneraciones salariales de la fuerza de trabajo coordinados por sistemas de precios en mercados. Estos mecanismos existen desde tiempos ancestrales y son anteriores al capitalismo. En efecto, los mercados tienen sus orígenes en la primeras sociedades agrícolas y asentamientos urbanos temporales o permanentes, primero en base al trueque y luego utilizando distintos tipos de moneda como vehículo de intercambio y de unidad de cuenta y reserva.
Recordemos que las economías funcionan en estructuras de "pisos" yuxtapuestos. Las usualmente llamadas "economías de mercado" no son sistemas puros de asignación de recursos sino "economías mixtas" entrelazadas por formas de propiedad de los recursos y de coordinación de los intercambios de distinto tipo, en las que interactúan unidades productivas de distintas escalas constituidas como empresas privadas con o sin fines de lucro o con fines mixtos, empresas estatales o con participación estatal, unidades de producción y consumo familiar o social fuera de mercado. Los mercados como espacios de intercambio son heterogéneos, con diversos grados de concentración de oferentes y demandantes y de incidencia de las regulaciones administrativas de tasas y medidas y de autorización de participantes.
En la conformación y evolución de los mercados tienen un rol los gobiernos y administraciones que determinan las relaciones de poder en los territorios y enmarcan los intercambios, en medio de relaciones de poder con otros Estados y territorios. Con las primeras ciudades-Estado y los imperios y la posterior consolidación moderna de los Estados-nación, hizo su aparición la moneda y luego su acuñación metálica, enmarcando y profundizando los intercambios. Las entidades estatales fueron determinando en la historia las reglas de uso de los medios de pago y de acumulación financiera, así como del comercio interno y externo y los regímenes de uso de la fuerza de trabajo. Edmund Phelps (1986) plantea el tema del vínculo entre Estado y mercados e intercambios descentralizados del siguiente modo:
“¿Quién fue primero: el Estado o el mercado? Ya en la Edad de Bronce se observa una gran burocracia estatal, de la que es un notable ejemplo el Estado de los faraones del antiguo Egipto. Por otra parte, es posible encontrar rastros de la existencia de mercados incluso en la Edad de Piedra. Sin embargo, resulta difícil imaginar el crecimiento de un volumen de comercio amplio y regular sin la protección de la ley. Lo que debió de ocurrir fue que el desarrollo del mercado y el del Estado ocurrieron simultáneamente. Los mercados, tras un cierto número de fases, no pudieron continuar desarrollándose, en respuesta por ejemplo a una innovación, sin una mayor expansión del Estado. Una vez que tuvo lugar esta expansión, los mercados fueron capaces de culminar la siguiente etapa de crecimiento. Del mismo modo, la mejora de la administración del Estado, pudo dar lugar a un mayor desarrollo del mercado. Afortunadamente, lo mismo que podemos comprender que la gallina procede del huevo y que el huevo procede de la gallina, sin conocer quien fue antes, no es necesario considerar el Estado como una respuesta al mercado ni viceversa, para tener una idea del modo en que el Estado necesita del mercado y el mercado del Estado”.
El Estado no es, por tanto, un actor exterior a los mercados, que se introduce en el análisis después de constatar fallas de esos mercados que requieren de acciones públicas correctoras. El poder del Estado está inserto en el corazón del funcionamiento de las economías con mercados, incluyendo aquellas en las que las transacciones descentralizadas son predominantes y en las que la esfera más importante es la que procura maximizar la rentabilidad de los activos involucrados en el proceso de producción, en una constante dinámica de acumulación de capital. Sin Estado no hay transacciones posibles o estas fallan considerablemente, pues desde la antigüedad certifica tasas y medidas, provee moneda de curso legal como unidad de cuenta, medio de transacción y medio de ahorro, así como los mecanismos jurídicos y la coerción para obtener el cumplimiento de contratos privados. Los Estados modernos proveen, además, bienes públicos y bienes privados con efectos externos positivos que las empresas de mercado no suministran o lo hacen de manera insuficiente, así como diversos seguros intertemporales en materia de pensiones, salud y desempleo. Intervienen en el ciclo económico de auges y recesiones y en situaciones de crisis depresiva o de inflación a través de la política monetaria, fiscal y de ingresos, los que redistribuye en un sentido u otro a través de impuestos y transferencias. El gasto público representaba en promedio un 46% del PIB en 2021 en los países de la OCDE y el gasto público social un 21% del PIB.
Muchos autores han seguido a Paul Samuelson cuanto calificó a la mayoría de las economías contemporáneas como "mixtas", pues los productores y consumidores determinan sus conductas condicionados por las reglas públicas existentes y las relaciones de poder en estructuras que incluyen agentes empresariales, estatales, sociales y familiares que interactúan en los intercambios económicos e inciden en sus resultados. Además de las empresas capitalistas y de los Estados, existen unidades productivas sin fines de lucro en las transacciones de mercado y esferas productivas más allá de los mercados, como el trabajo doméstico, la subsistencia familiar en economías campesinas y urbanas y formas de economía social y comunitaria. Por otro lado, en diversas experiencias en el siglo XX, se establecieron directamente "economías estatalmente centralizadas", en retirada en el mundo actual, como se reseña más adelante.
En la actualidad, especialmente desde la declinación de las economías centralizadas creadas a partir de la revolución rusa de 1917, incluyendo la apertura de China a los mercados internacionales desde los años 1980 y el colapso de la Unión soviética en 1991, el capitalismo es el sistema económico dominante en escala global, pero siempre inserto en estructuras económicas mixtas, de base nacional, multilateral y global. En palabras de Erik Olin Wright (2020):
"todos los sistemas socioeconómicos son mezclas complejas de diferentes tipos de estructuras, relaciones y actividades económicas. Ninguna economía ha sido – o podría ser – puramente capitalista... Los sistemas económicos existentes combinan el capitalismo con toda una serie de otras formas de organizar la producción y distribución de bienes y servicios: directamente por parte de los Estados, dentro de las relaciones íntimas de las familias para satisfacer las necesidades de sus miembros, a través de redes y organizaciones comunitarias, por medio de cooperativas mantenidas y gobernadas democráticamente por sus miembros, a través de organizaciones sin fines de lucro, a través de redes entre iguales que participan en procesos de producción colaborativa y muchas otras posibilidades. Algunas de estas formas de organizar las actividades económicas pueden considerarse híbridas, combinando elementos capitalistas y no capitalistas, otras son totalmente no capitalistas, y otras son anticapitalistas. Llamamos “capitalista” a un sistema económico cuando los impulsos capitalistas son dominantes a la hora de determinar las condiciones económicas de la vida y el acceso a los medios de subsistencia de la mayoría de las personas."
Los intercambios en los mercados en los que la maximización de excedente es el incentivo principal de múltiples demandantes (consumidores) y oferentes (productores) son moldeados por la regulación pública de diversos precios y cantidades producidas descentralizadamente y por la asignación de una parte de los recursos existentes por órganos administrativos. La movilización de recursos de trabajo, naturales y de capital producido para la producción que satisface necesidades humanas y permite su reproducción, se rige por reglas formales e informales que vinculan las diversas posiciones sociales y de género. En ellas influyen las relaciones de poder y las conformaciones culturales que moldean las motivaciones y comportamientos individuales y colectivos en cada sociedad. Las configuraciones de las reglas institucionales y organizacionales cambian y se transforman de modo gradual o discontinuo, incluyendo momentos de ruptura. La extensión de la esfera de las mercancías, por su parte, encuentra límites sociales (Sandel, 2013). Si los economistas convencionales no se ocupan de ellos, es porque lo que modelizan está restringido, por elección deliberada, a los intercambios mercantiles. Los numerosos servicios que se brindan entre sí los miembros de las familias y de las redes de amistad, vecindad y vínculos profesionales resultan útiles a unos y otros sin que necesariamente posean un valor económico mercantil. Es el caso notorio de las donaciones de sangre y de órganos y de muy diversos tipos de servicios a terceros sin contrapartida inmediata, los que alimentan de manera crucial los nexos sociales. Si se toma el caso de la tierra, su utilidad para los humanos es evidente. En la historia larga, para que adquiriera un valor de cambio y entrara en el circuito monetario de compras y ventas, fueron necesarias transformaciones sociales y demográficas de gran magnitud. Estos procesos implicaron en distintas etapas de la historia el fin de las reglas de acceso y uso compartido a la tierra y otros bienes comunes, en favor de la propiedad privada y de las transacciones de mercancías mediante el uso de moneda como unidad de cuenta en la fijación de precios, medio de cambio y reserva de valor.
El poder capitalista privado suele consolidar estructuras de control asimétrico de los recursos productivos y funcionar como una oligarquía (Winters, 2011) capaz de incidir en mayor o menor grado en las decisiones de los Estados-nación y en los mecanismos de financiamiento, comercio e inversión productiva en las economías. Pero debe interactuar con dinámicas institucionales y culturales, aunque lo haga beneficiándose de asimetrías de poder entre los actores de la sociedad, incluyendo los que forman parte de los intercambios de mercado. El capitalismo no evoluciona en las sociedades "en estado puro", sino que debe coexistir con otros agentes económicos como los Estados, las familias y su trabajo doméstico y mecanismos propios de provisión e intercambio de bienes, junto a las variadas entidades de la "economía social" total o parcialmente sin fines de lucro y otras formas de asignación de recursos que solo las que transcurren en los mercados, en "interrelaciones mixtas" que requieren análisis históricamente situados, que varían en el tiempo y que son parte de la vida de las sociedades y de su funcionamiento económico cotidiano (ver el capítulo respectivo).
El capitalismo evoluciona según distintos tipos de regímenes de producción y de crecimiento (Boyer, 2007) que moldean las estructuras en que se desenvuelven, es decir de uso de la fuerza de trabajo en la producción, de acumulación de capital en unidades con distintas funciones y tamaños y de distribución de los recursos e ingresos generados, y de consumo, con mayor o menor prevalecencia de la obsolescencia programada y del consumo no funcional. Están determinados por las modalidades de operación simultánea de los intercambios descentralizados -con precios variables y ofertas y demandas de bienes en mercados determinados por el poder adquisitivo de los participantes- y de la provisión pública de determinados bienes y servicios, junto a las redes de reciprocidad, solidaridad comunitaria y autoabastecimiento familiar (Esping-Andersen, 1983), moldeados por mecanismos de autoregulación social y de regulación por poderes estatales. En la mayor parte de las economías actuales, los servicios ocupan un lugar preponderante en el empleo de la fuerza de trabajo, mientras en las sociedades pre-industriales ese lugar lo ocupaban la agricultura y la artesanía y en las sociedades industriales lo hicieron las actividades manufactureras.
El dominio en las economías mixtas, con diversas intensidades, del modo de producción o sistema capitalista -con una lógica de funcionamiento y reproducción que le es propia pero que debe interactuar con otros componentes de la estructura económica- es el resultado histórico tanto de continuidades como de rupturas políticas, sociales, culturales y tecnológicas en los Estados-nación y en el sistema mundial que interrelaciona y jerarquiza las economías nacionales. Este vivió una etapa de "polarización" dominada por Estados Unidos y la Unión Soviética después de 1945, una de "globalización" entre 1980 y 2008, mientras en la actualidad tiende a estructurarse en ejes protagonizados por los intereses geoestratégicos de Estados Unidos, Europa, China, Rusia e India, los países de mayor poder militar y/o peso económico. Cuando predominan las empresas con fines de lucro que intercambian insumos y productos en mercados locales, nacionales y globales para obtener una maximización del valor del capital involucrado, la economía mixta -que lo es tanto en sus modos de regulación, estatal y mercantil, como en la diversidad de unidades económicas, de distinto tamaño y con o sin fines de lucro-funciona como sistema capitalista. La parte privada orientada a la acumulación de capital en el proceso de producción y distribución de bienes en las economías mixtas contemporáneas funciona en base a múltiples transacciones descentralizadas de mercado, basadas en interacciones jerarquizadas entre oferentes y demandantes según las preferencias y el poder relativo de los participantes en medio de precios fluctuantes.
En suma, cuando predomina sistémicamente la esfera de acumulación privada y concentrada de capital, se trata de "economías mixtas capitalistas", con diversas variantes según los regímenes de regulación y acumulación que las rigen, las que producen y reproducen desigualdades económicas y de género y depredaciones de la naturaleza de diversa intensidad. La acumulación de capital privado coexiste, en diversas combinaciones, con la acumulación de capital público, es decir de infraestructuras y producción de conocimiento que están fuera del alcance de la acumulación privada. Se trata de bienes sin rivalidad en su acceso y consumo, que no tienen un costo marginal (en la producción de la última unidad) y por los que no siempre se puede cobrar por su uso. A su vez, en las sociedades se produce una acumulación de capital social y cultural que deriva del modo de funcionamiento de la sociedad civil y su historia. Inciden también en esta acumulación los servicios de educación, salud y pensiones organizados por los Estados, que hacen posible la propia acumulación de capital privado y público y aseguran grados mayores o menores de cohesión o de conflicto en las sociedades. Todo estos factores influencian la dinámica de acumulación capitalista y determinan la localización nacional de las diferentes partes y componentes de las cadenas globales de producción.
Si la presencia y regulación estatal enmarca la esfera de acumulación capitalista, redistribuye ingresos sustancialmente, incide en la orientación de la inversión y otorga un espacio significativo a las empresas cooperativas y sin fines de lucro, deviene en alguna variante de economía social con mercados, lo que describe a la economía china actual. Cuando la inversión es socializada y estatalmente dirigida en una proporción importante y las esferas económicas de tipo estatal y también de tipo familiar y social-comunitaria, en sus diversas expresiones, condicionan y restringen la acumulación privada de capital, ésta ya no dirige el conjunto "desde arriba" ni se apropia de la parte más significativa del excedente, en alguna variante de sistema económico postcapitalista. En cambio, cuando tanto la propiedad de los medios de producción como la asignación de recursos entre consumo e inversión y entre las unidades económicas es estatal, se trata de un sistema económico centralizado.
2. Los tiempos largos de la historia
Los orígenes de las sociedades humanas y la dinámica demográfica
El origen de la especie Homo sapiens, y su divergencia desde los otros humanos arcaicos, se estima en el límite superior de unos 350 mil años atrás (Bergström et al., 2021). Sus representantes más antiguos conocidos —datados en unos 315.000 años— fueron hallados en Djebel Irhoud, en Marruecos en 2017. Su aparición coincidió con cambios climáticos que fragmentaron bosques y favorecieron hábitats más abiertos y coexistió con otras especies tempranas en el marco de las ramificaciones evolutivas. Hasta entonces, los primeros restos de Homo sapiens eran los identificados con una fecha de 195.000 años en algunos puntos de Etiopía. Otro cráneo fósil, descubierto en 1932 en Florisbad (Sudáfrica), ha sido datado provisionalmente en 260.000 años. La emergencia de los Homo sapiens se produjo, al parecer, tras un proceso evolutivo que implicó a todo el continente africano. El panorama del ser humano en África en los albores de nuestra especie es mucho más complejo de lo que se pensaba hasta hace poco tiempo. Probablemente coexistieron formas muy diversas con morfologías más o menos modernas junto con otras más primitivas y por todo el continente.
El género Homo, al que pertenece Homo sapiens, procede de la separación de una tribu, los homininos, desde el orden de los primates y de la familia de los homínidos hace unos 7 millones de años, caracterizada por la postura erguida, la locomoción bípeda, la forma del cerebro y de la dentadura. Como fruto de adaptaciones a diferentes nichos ecológicos, el género Homo no apareció por un salto brusco, sino mediante una transición gradual desde los Australopithecus tardíos, con un "arbusto evolutivo" con coexistencias y ramas laterales que no se sitúan en una secuencia lineal y con especies que no tienen continuidad y se extinguen. Los fósiles de homininos tempranos han sido clasificados como Sahelanthropus, Orrorin, Ardipithecus, Paranthropus y Australopithecus y vivieron en África, con un surgimiento anterior al del género Homo. Australopithecus es hasta ahora el candidato más fuerte a ser consignado como el que dio origen a este género, mientras al parecer Paranthropus coexistió con las primeras especies Homo antes de extinguirse hace un millón de años y una línea evolutiva de Australopithecus dio lugar a Homo y/o Paranthropus. Ambos géneros dependían ya menos de los bosques y estaban mejor preparados para su supervivencia en espacios abiertos.
El cráneo y extremidades inferiores de Toumaï, Sahelanthropus tchadensis (7 millones de años), descubiertos en Chad en 2001, son los que sugieren que se trata del primer humano antiguo que caminaba erguido del que existen restos. Hay indicios de bipedismo menos antiguos en el fémur de Orrorin tugenensis (5,8–6 millones de años), hallado en Kenia en 2001 y en los fósiles de Ardipithecus anamensis y Ardipithecus ramidus (4 millones de años), encontrados en Kenia y Etiopía en la década de 1990. Anteriormente, el hallazgo de Lucy en 1974 (Australopithecus afarensis) evidenció que esta pequeña hembra, cuyos restos fueron descubiertos en la región de Afar, en Etiopía, vivió hace unos 3,2 millones de años y fue plenamente bípeda, con un cerebro diminuto, como parte del género de los Australopithecus.
El aumento de la capacidad encefálica y del tamaño del cerebro trajo consigo habilidades cognitivas cada vez más complejas, incluyendo mayores posibilidades de resolución de problemas y, con el tiempo, la ampliación del lenguaje. La fabricación de herramientas fue un hito decisivo. Los primeros humanos, además de caminar erguidos, fueron capaces de producir utensilios de forma sistemática para utilizarlos en su vida cotidiana. Dejaron de limitarse a la adaptación al entorno y comenzaron a modificarlo activamente, lo que mejoró sus posibilidades de supervivencia, procesos en los que las capacidades biológicas impulsaron el progreso de las tecnologías, las que, a su vez, moldearon la etapas siguientes de la evolución. Los cambios climáticos (mayor aridez y variabilidad ambiental asociadas a un nicho ecológico en África oriental) habrían favorecido una mayor flexibilidad conductual, el uso sistemático de herramientas y dietas más amplias. En las zonas de Gona y Ledi-Geraru, en el triángulo de Afar en el Cuerno de África, se han encontrado herramientas con una antigüedad de entre 2,6 y 2,5 millones de años. Los sucesivos descubrimientos continúan ampliando y complicando el panorama. Aunque rodeados de controversia, en el yacimiento de Dikika (Etiopía) se han reportado marcas de corte sobre huesos de 3,4 millones de años, y en Lomekwi (Kenia) se han documentado herramientas que alcanzan los 3,3 millones de años, posiblemente elaboradas por homínidos (la gran familia de los grandes simios) tempranos o por Australopithecus.
Se sabe hasta ahora, a partir de fósiles e identificación por ADN, que entre las especies del género Homo se encuentra Homo habilis, que vivió hace 2,4–1,5 millones de años, con un cerebro mayor que los australopitecos y fabricación de herramientas de cantos tallados, en África oriental. Debe su nombre —hombre hábil— al paleoantropólogo británico Louis Leakey en la década de 1970, tras el hallazgo en la Garganta de Olduvai (Tanzania) de restos fósiles asociados a una industria lítica. Otras especies fueron Homo rudolfensis, hace 2,4–1,9 millones de años, con un cráneo mayor que habilis y posible coexistencia con esa especie; Homo erectus, hace 1,9 millones–110 mil años, asociado a la posible primera salida de humanos de África hacia Asia y Europa; Homo ergaster, hace 1,9–1,4 millones de años (a veces considerada la misma especie que erectus); Homo antecessor, hace 1,2–0,8 millones de años en Europa occidental (Atapuerca); Homo heidelbergensis, hace 700–200 mil años; Homo neanderthalensis, hace 400–40 mil años en Eurasia, con mestizaje con Homo sapiens; Denisovanos, hace 300–50 mil años en Asia, con cruces con Homo sapiens en Oceanía y Asia; Homo floresiensis, hace 100–50 mil años en Indonesia, de talla muy pequeña y ubicación insular; Homo luzonensis, hace 67–50 mil años en Filipinas; Homo naledi, hace 335–236 mil años, con cerebro pequeño pero conductas complejas que coexistió con Homo sapiens temprano en África. Finalmente, Homo sapiens alcanza un lenguaje simbólico, tecnología acumulativa, expansión global y desarrollo de un comportamiento social significativamente más complejo que el de sus antecesores, con más acumulación de conocimientos, organización grupal y cooperación. La mayoría de los investigadores cree hoy que, durante varios millones de años, coexistieron simultáneamente diversos géneros de homininos, del mismo modo en que lo hicieron más tarde Homo erectus, los denisovanos, los neandertales y nuestra propia especie.
El uso controlado del fuego se sitúa hace alrededor de un millón de años, con las primeras pruebas fehacientes situadas en la Wonderwerk Cave en Sudáfrica. En el intervalo entre 800–400 mil años se observa un uso recurrente y habitual: grupos humanos que vivían en paisajes con incendios naturales frecuentes (sabana africana) pudieron haber constatado que podían recoger brasas en fuegos encendidos por rayos o volcanes y llevar rescoldos a sus lugares de asentamiento. Probablemente también observaron fuegos resultantes de la combustión espontánea de gases al aire libre. El iniciador de fuego más antiguo conocido, por su parte, data de 400 mil años en Barnham, al sureste de Inglaterra, cuando neandertales, una especie del género homo, hicieron chocar un trozo de pedernal y otro de pirita para sacar chispas y encender pasto seco. Se han encontrado hojas de silex o pedernal calentadas por fuego hace unos 300 mil años cerca de los fósiles de Homo sapiens más antiguos en Marruecos. El fuego fue utilizado de forma regular para tratar con calor la piedra de sílice y aumentar su capacidad de astillado para la fabricación de herramientas al menos desde hace unos 164 mil años, según muestra el sitio sudafricano de Pinnacle Point. El control del fuego permitió cocinar alimentos, aumentar su valor energético en la absorción de proteínas e hidratos de carbono y reducir el consumo de energía necesaria para la digestión. La cocción eliminó parásitos y agentes patógenos y también toxinas de vegetales crudos. Los humanos pudieron así dar lugar a la última etapa del crecimiento de su cerebro, el órgano del cuerpo que consume más energía, y se favoreció el destete temprano de los infantes, permitiendo a las madres tener más hijos. El control del fuego probablemente ocasionó cambios en el comportamiento, con una actividad menos restringida a las horas diurnas, y proporcionó más protección ante los depredadores.
La especie Homo erectus, que existió desde 1,9 millones de años hasta 110 mil años atrás, fue la primera que viajó fuera de África caminando ya sobre dos piernas, con restos encontrados en el Cáucaso y Asia oriental. La consolidación progresiva de la especie Homo sapiens y la búsqueda de mejores lugares para la supervivencia llevó a sus primeras migraciones desde África, en medio de fluctuaciones climáticas (períodos interglaciares, bajas del nivel del mar). Estas migraciones se produjeron en varias oleadas. Un fragmento de cráneo hallado en la cueva de Apidima en Grecia se ha fechado en más de 210 mil años antes del presente y es el fósil de Homo sapiens más antiguo fuera de África. Hay evidencia de otras migraciones hacia el Levante hace unos 185 mil años y hace unos 115 mil años, sin colonizaciones estables.
La salida que origina todas las poblaciones no africanas actuales tuvo lugar en un intervalo de 70–50 mil años atrás: un pequeño grupo de pobladores cruzó el Mar Rojo o avanzó por la península del Sinaí y se diseminó luego a lo largo de la costa surasiática hasta Oceanía. Se abrieron corredores por el Sinaí, el Estrecho de Bab el‑Mandeb o la costa surasiática. Los estudios de ADN apoyan una colonización “fuera de África” principal hace unos 60–65 mil años, seguida de subdivisiones en poblaciones europeas, asiáticas y oceánicas. Existe evidencia de una dispersión costera hasta Australia hace unos 65 mil años. Los análisis muestran que el conjunto de piedras de moler de Madjedbebe en ese país son la evidencia más antigua conocida de molienda de semillas y uso intensivo de plantas, así como la producción y uso más tempranos de hachas de piedra con filo rebajado, junto al uso intensivo más antiguo de pigmentos de ocre molido. Este conjunto revela innovaciones tecnológicas y simbólicas ejemplares de la plasticidad fenotípica de Homo sapiens al dispersarse fuera de África.
No obstante, los estudios muestran que los fósiles de Homo sapiens en el conjunto de Euroasia anteriores a 50 mil años no contribuyeron al patrimonio genético actual (Balzeau, 2022). Desaparecieron en el camino sin dejar descendencia. Fueron otras expansiones posteriores fuera de África las que explican que la población extra africana está genéticamente vinculada al Homo Sapiens actual. La población africana poco a poco volvió a poblar las otras zonas del mundo, en una época en que las diferentes especies humanas habían ido desaparecido, después de florecer por cientos de miles de años, probablemente por las restricciones naturales que fueron encontrando y por modificaciones de su entorno. No obstante, se ha establecido que existieron cruces entre Homo sapiens y Neardentales y Denisovanos, que aportaron entre un 1 y 2 % del ADN de la mayoría de los Homo sapiens no africanos. Los Homo sapiens sobrevivieron como especie primordialmente por su capacidad de cooperar y acumular y transmitir conocimientos.
La fecha de llegada de grupos de Homo sapiens hacia la actual América es objeto de debate. La mayoría de las poblaciones habría entrado por el corredor de Beringia entre Siberia y Alaska, aprovechando niveles del mar más bajos durante el Último Máximo Glacial, y luego dispersándose hacia el sur por las costas del Pacífico y corredores interiores. Un pequeño grupo habría ingresado hacia Alaska en el período de la glaciación, que después marchó hacia el sur a través de un corredor libre de hielo al este de las Montañas Rocosas, el valle del río Mackenzie, en la zona oeste de la actual Canadá, a medida que el glaciar retrocedía. Se sabe que se constituyó la cultura Clovis, en el actual territorio de Nuevo México (Estados Unidos), de la cual se suponía hasta hace un tiempo que descienden todas las demás culturas originarias americanas. La base de la "teoría del poblamiento tardío" son los yacimientos excavados desde la década de 1930, que constituyen la bien estudiada cultura Clovis. Estimaciones más recientes basadas en el fechado de huellas humanas en White Sands (Nuevo México), sitúan la llegada de humanos hace 22,4-20,7 mil años atrás, en contraste con los 14-12 mil años establecidos previamente con la hipótesis Clovis como población primigenia.
En Sudamérica, el asentamiento humano más antiguo sería el yacimiento de Monte Verde II (sur de Chile), fechado en unos 14,5 mil años antes del presente, junto al cercano de Pilauco Bajo. Las evidencias en Monte Verde I (una capa previa), sugieren hasta 18,5 mil años, pero carecen de consenso científico por no encontrarse artefactos. A su vez, restos de huesos de megafauna con marcas posiblemente humanas se han descubierto en Uruguay fechados en torno a 33 mil y a 21 mil años atrás. Esta nueva evidencia de traumas óseos sugiere que humanos podrían haber estado cazando megafauna en el sur de Sudamérica antes del Último Máximo Glacial (26,5 mil-19 mil años atrás), pero la atribución a una acción humana ―y no a procesos geológicos o a animales carnívoros― no ha alcanzado consenso. Estos nuevos yacimientos han dado pie a la teoría de la ruta costera de migración como vía complementaria del puente entre Siberia y Alaska. La evidencia que emerge sugiere que gente con botes se movió a lo largo de la costa pacífica en Alaska y el noroccidente del Canadá hasta Perú y Chile desde hace 12,5 mil años y quizás antes. Investigaciones arqueológicas en Australia, Melanesia y Japón indican que los botes estaban en uso allí en una época tan lejana como 25 mil a 40 mil años atrás. Las rutas de mar habrían proporcionado recursos alimenticios abundantes y tal vez un movimiento más fácil y rápido que las rutas terrestres, pues muchas áreas costeras estuvieron libres de hielo en este tiempo. Sin embargo, muchos sitios costeros potenciales están ahora sumergidos, lo cual dificulta la investigación.
A partir de la interrelación con la biosfera en África y luego en el espacio euroasiático, oceánico y americano, la especie Homo sapiens, agrupada en clanes nómades compuestos por algunas decenas de personas, tuvo como principal actividad económica de subsistencia la caza de animales y la recolección de alimentos y materiales mediante el uso temprano de herramientas y del fuego. Las primeras tecnologías y métodos de subsistencia y la ingesta de alimentos cocinados y el consumo elaborado de carnes, granos y vegetales, acompañados de la confección de instrumentos perfeccionados sucesivamente para estos fines, permitieron a algunas sociedades lograr, en etapas tempranas, sistemas de vida de cierta abundancia (Sahlins, 1983). Algunas sociedades agrarias lograron construir una capacidad de alimentación, abrigo y crianza con grados de seguridad y reservas básicas para su población, la que fue aumentando con el tiempo.
La introducción de la agricultura y la ganadería
Un cambio decisivo en la organización y reproducción de las sociedades compuestas por Homo sapiens fue la introducción de la agricultura y la ganadería, favorecida por la estabilización del clima y el aumento de las temperaturas promedio, en el contexto de la revolución neolítica, es decir el paso de la piedra tallada a la piedra pulida que permitió fabricar mejores herramientas. Esto ocurrió al terminar un período de glaciación que comenzó hace 115 mil años y terminó hace unos 11,7 mil años, lo que dio inicio a la época geológica conocida como Holoceno. A partir de entonces, una parte de las primeras sociedades humanas vivió procesos de asentamiento estable de manera simultánea en diversas partes del mundo.
Estos llevaron a que hace unos 9 mil años emergieran las primeras sociedades rurales asentadas dotadas de centros urbanos y de estructuras estables de poder político y simbólico en base a jerarquías sociales. Estas sociedades ampliaron el uso intensivo de instrumentos de producción creados por el hombre y dieron lugar en distintas etapas a formas de subordinación y explotación de la fuerza de trabajo, incluyendo la esclavitud y la apropiación señorial de tierras y minas por parte de los grupos sociales y etnias dominantes. Lograron excedentes económicos que permitieron con el tiempo construir importantes infraestructuras productivas y una edificación religiosa y política monumental, mientras la mayoría de la población permaneció por siglos en un consumo de subsistencia. Se sucedieron progresos tecnológicos a partir del uso del fuego y de herramientas cada vez más elaboradas. Esta fue la base de las sociedades agrarias, que lograron sucesivamente la producción y elaboración de alimentos y fibras, el uso del arado, la domesticación de animales, la tracción animal y el desarrollo de la alfarería para mantener reservas, junto al mejoramiento de las herramientas e instrumentos de piedra y hueso y la aparición de la metalurgia hace unos 9 mil años en Eurasia y el uso de la rueda, cuyos primeros vestigios se sitúan hace unos 5,5 mil años en Mesopotamia.
Las primeras ciudades, es decir asentamientos permanentes, aunque en ocasiones interrumpidos, que alcanzan varios miles de habitantes y presentan una densidad poblacional con casas contiguas o superpuestas, surgieron desde 9 mil años antes de la era común, en lugares como Çatalhöyük en Turquía, Jericó en Palestina, Fayoum en Egipto, Byblos en Líbano, Damasco en Siria, Alep en Irak, Plovdiv en Bulgaria, Argos y Atenas en Grecia, junto a otras en el Valle del Hindu o en China y Japón. El primer urbanismo a gran escala nace en Uruk (Mesopotamia) hacia el 4000 a. e. c., con hasta 40-50 mil habitantes. Más tarde emergieron ciudades en el este y centro de Europa, en la Britania prerromana y en los Andes y Mesoamérica.
Hace unos 5 mil años aumentaron las interrelaciones de los pueblos en el valle del Nilo, en Medio Oriente, Anatolia, Transcaucasia, Mesopotamia, Persia, el valle del Indo y partes del Asia central. Por su parte, luego de su poblamiento inicial desde Asia, América se mantuvo desconectada de los amplios intercambios en el espacio Euro-Asiático-Africano, aunque también dio lugar a sociedades e imperios con alto dominio de conocimientos y tecnologías tanto en México-Centroamérica como en la Zona Andina. Peñico, de la civilización Caral, en el Valle del Supe al norte de Lima, fue la primera aglomeración conocida y significativa del continente americano, fundada hace unos 3,8 mil años. Esta ciudad se abastecía a través de una sofisticada agricultura de regadío, además de obtener bienes mediante el comercio, utilizando la hematita, un mineral con importancia simbólica, como principal recurso de intercambio.
La evolución de las sociedades humanas supuso el paso del lenguaje oral a la escritura y a la conformación de sistemas simbólicos, incluyendo las diversas representaciones mentales y culturales y los de tipo lógico y matemático, con múltiples aplicaciones en la producción de bienes, la conformación de espacios, la arquitectura y el transporte.
En la producción de alimentos avanzó la selección de semillas y el cultivo de cereales como trigo, cebada, centeno y avena desde hace unos 9 mil años en Oriente Medio; el mijo y el arroz en China desde hace unos 7 mil años; el maíz en Mesoamérica y la quinoa (aunque no es propiamente un cereal) en los Andes Centrales desde hace unos 5 mil años, y el sorgo y mijo en África desde hace unos 4 mil años. También se desarrolló el cultivo de legumbres como lentejas, garbanzos, arvejas o guisantes y habas hace unos 10 mil años en Oriente Próximo (casi al mismo tiempo que los cereales), así como de frijoles, que se cultivaban junto con maíz y calabaza en el sistema de “las tres hermanas” hace unos 7 mil años en Mesoamérica, y de frijoles andinos y el tarwi o chocho hace unos 6 mil años en los Andes; junto a la soya hace unos 3 mil años en China y el mungo, frijol negro y lenteja roja hace unos 2 mil años en India. El cultivo de frutos varió según cada ecosistema y sus evoluciones climáticas. El cultivo de tubérculos como la papa hizo su aparición hace unos 8 mil años en los Andes y el camote en Mesoamérica hace unos 5 mil años.
El uso de diversos metales y aleaciones y del hierro para clavos en las construcciones y la confección de armas, contribuyó a la creación de villas y ciudades y al uso de arados que perfeccionaron la agricultura: un hito tecnológico de importancia fue la introducción de la metalurgia. Esta permitió la obtención y tratamiento de metales nativos de las rocas por medio del fuego, en ocasiones en estado casi puro. El cobre, el oro y la plata tuvieron un primer uso en la orfebrería y se utilizaron desde finales del Neolítico, golpeándolos hasta dejarlos en láminas. Los metales sustituyeron en parte a la piedra y la madera, aunque se usaron primero como pigmentos, después como adornos y más tarde como instrumentos productivos y como armas. El perfeccionamiento de las técnicas cerámicas permitió fundirlos en hornos y vaciarlos en moldes, lo que llevó a fabricar mejores herramientas y en mayor cantidad. Las evidencias más antiguas de fundición del plomo y el cobre son de unos 9 mil años, en Anatolia y Kurdistán. En Norteamérica y Mesoamérica se han encontrado herramientas de cobre elaboradas hace unos 7 mil años y se han descubierto artefactos de oro en la región de los Andes que datan de unos 4 mil años. La clasificación actual señala que a la "edad del cobre" le siguió, hacia 2,5 mil y 3 mil años antes de la era común, la transformación y aleación de metales que dio lugar a la "edad del bronce", elaborado a partir de cobre y arsénico-estaño, y a la "edad del hierro" entre los años 1.000 y 500 antes de la era común, basada en materiales confeccionados a partir de hierro y carbón de madera, que requiere de altas temperaturas para su fundición y moldeado y es más maleable, duro y resistente que el cobre. El hierro habría comenzado a trabajarse en Anatolia hace unos 5 mil años, mientras se ha encontrado en África evidencia de metal fundido de hierro hace unos 4 mil años. En China, las primeras fundiciones conocidas son de hace poco más de 2 mil años. Llegaron a Europa hacia el siglo XIII, cuando aparecieron los primeros altos hornos.
Las sociedades agrarias y el feudalismo
Junto a las ciudades-Estado de mayor o menor duración en el tiempo, la irrigación y su organización dieron origen a las primeras formas estatales de mayor escala en el actual Medio Oriente y norte de África y en diversas partes de Asia, en los llamados "imperios hidráulicos" (Estados o conjuntos de Estados sometidos a la autoridad absoluta de un soberano). Los imperios se constituyeron con una densidad de población y una capacidad productiva que aparecieron antes del final del segundo y el comienzo del primer milenio antes de nuestra era en Mesopotamia, Egipto, el norte de China y, más tarde, en Mesoamérica. Los primeros imperios como forma de poder político geográficamente extendido emergieron alrededor de las grandes vías fluviales en Mesopotamia y Egipto, que necesitaron de la organización de la irrigación para la agricultura, o en territorios como los de Anatolia, Babilonia y Persia y más tarde en Roma y Bizancia y partes de India y de China en el espacio euroasiático. Los más importantes en la América pre-colombina fueron los imperios Maya, Mexica, Tiwanacu, Huari e Inca.
Los "Estados tempranos" de la Mesopotamia dinástica, el Egipto del Imperio Antiguo, el Imperio Inca, los estados de las tierras bajas mayas "clásicas" y la dinastía Shang tardía de China no siempre se ajustan a la concepción de Max Weber del Estado como poseedor del monopolio sobre la violencia legítima dentro de un área geográfica, pues muchas ciudades-Estado eran gobernadas por monarcas guerreros que competían constantemente por el dominio de territorios. Una paradoja es que esas poblaciones numerosas y mejor alimentadas rodeadas de grupos dispersos se constituyeron en imperio después de haber sido conquistadas por algunas de las tribus menos numerosas pero más belicosas. Asiria, Persia, los macedonios y los romanos —fundadores de los primeros imperios del Oriente Medio y del Mediterráneo— proceden todos de los márgenes. Incluso es el caso de Roma, nacida en un margen del Mediterráneo oriental más rico y más poblado en la Antigüedad que el Mediterráneo occidental. De igual modo, el principado de Qin, en el oeste de China —que unificó por primera vez el país en el año 223 a. C.—, o los aztecas, venidos del norte de México, provienen de las fronteras del espacio densamente poblado y altamente productivo del norte de China o del México central.En las primeras ciudades y asentamientos se producirían las primeras acumulaciones de excedentes más allá del consumo de subsistencia, y el inicio tanto de las diferenciaciones entre clases y la emergencia de los primeros Estados.
Las sociedades agrarias europeas anteriores a los viajes transoceánicos, experimentaron un lento crecimiento económico que solo empezó a cambiar hacia el siglo XI. El aumento progresivo de las competencias tecnológicas y de adaptación al medio natural no era aún suficiente para sostener una población en expansión permanente. Desde el fin de la etapa cazadora-recolectora y la aparición de las primeras ciudades estables, se consolidó una división social del trabajo jerarquizada, la subordinación del género femenino y la apropiación de recursos y excedentes por categorías sociales que lograron hacerse dominantes, con la mayoría de la población evolucionando con un nivel de vida apenas cercano a la subsistencia y con una alta prevalencia de muertes prematuras. La mayoría de las sociedades agrarias del pasado se pueden caracterizar, siguiendo siempre a DeLong (2022), como sociedades de dominación. Simplificando, en palabras de Paul Krugman (2024), comentando a Brad DeLong (2022),
"la única forma en que un individuo podía salir de la pobreza era siendo un aristócrata, es decir, un miembro de una banda depredadora que usaba la violencia o la amenaza de violencia para extraer recursos de los campesinos. Esta cruda verdad podía ser enmascarada con herramientas de propaganda como la alta cultura y, sí, la religión, pero siempre se trataba de explotación. Lo que era cierto para los individuos también lo era para los Estados."
Para Graeber y Wengrow (2023), los Estados tempranos emplearon la violencia, y "en todos los casos, el aparato de gobierno se basaba en algún tipo de división de la sociedad en clases". De diferentes maneras, los no productores extrajeron sistemáticamente el excedente social de quienes lo producían:
"las clases dominantes son simplemente aquellas que han organizado la sociedad de tal manera que pueden extraer la mayor parte de ese excedente para sí mismas, ya sea a través de tributos, esclavitud, derechos feudales o manipulando acuerdos aparentemente de libre mercado".
En las diversas zonas del mundo en que se formaron los primeros asentamientos humanos estables, hizo su aparición la jerarquización social, en contextos de subordinación del trabajo por parte de minorías masculinas dominantes que lograron construir y reproducir un poder político, religioso y militar por sobre el resto de la población. En estas sociedades que dejaron de ser nómades, se acentuó la división sexual del trabajo. Se reforzó el que la actividad de cuidado estuviera a cargo de las mujeres y que la fuerza de trabajo disponible para el resto de la actividad productiva fuera predominantemente masculina. Esta forma de división social del trabajo posee dos principios organizadores (Kergoat, 2001): el de separación (existen trabajos de hombres y trabajos de mujeres) y el de jerarquía (un trabajo de hombre "vale" más que un trabajo de mujer). Otra constante en la mayoría de las sociedades agrarias fue la sujeción de una parte importante de la fuerza de trabajo a través de la esclavitud y/o la servidumbre feudal por parte de las oligarquías propietarias de la tierra. En estas sociedades, los grupos que lograron situarse en posiciones dominantes y dirigir y/o beneficiarse de la inteligencia y esfuerzos colectivos, se apropiaban del orden de un tercio de lo que los productores generaban. Con frecuencia justificaron esta apropiación con alguna versión espiritual y religiosa del orden social.
La desigualdad en la riqueza y el ingreso tiene una larga prehistoria, pero también muestra una gran variabilidad según las sociedades, según un estudio del tamaño de unas 53.000 casas de más de 1.000 yacimientos arqueológicos de los últimos 10.000 años (Kohler, Bogaard & Ortman, 2025), considerando que las variaciones en el tamaño de las casas son un indicador consistente del grado de desigualdad económica, aunque no reflejen toda la magnitud de las diferencias de riqueza e ingreso. Las mayores diferencias aparecen en los asentamientos humanos más longevos, cuando la gobernanza era menos colectiva y el principal factor limitante de la producción agrícola era la disponibilidad de tierras. Las sociedades complejas como Roma, Pompeya y la Britania romana fueron muy desiguales, mientras en muchos de los yacimientos más antiguos, el coeficiente de Gini -que va de 0 a 1 para medir el grado de desigualdad de una variable- era más parejo. En las ciudades que emergieron en el valle del Indo, como Mohenjo-Daro, que tenía unos 35.000 habitantes hace algo menos de 5.000 años, tenían un coeficiente de Gini de las viviendas muy bajo. Otro ejemplo de poca desigualdad son las ciudades de Tripilia, una cultura neolítica surgida en la actual Ucrania hace cerca de 7.000 años. Por otro lado, la aparición de la desigualdad se tomó su tiempo. Aunque hay algunos casos en los que emergió casi a la par que la aparición de la agricultura y de las ciudades, en la mayoría del registro arqueológico tuvo que pasar más de un milenio, lo que tiene que ver con la dinámica entre población y métodos agrícolas. Cuando las poblaciones eran reducidas y la principal limitación para la producción era la mano de obra disponible, las desigualdades no fueron mayores. Con el paso del tiempo, la población aumentó en relación a la tierra disponible y hubo más conflictos por la apropiación de recursos en las sociedades humanas. También jugó un rol el que las normas culturales de las sociedades más igualitarias de cazadores-recolectores pudieron no desaparecer de inmediato, por lo que se conjetura que los primeros agricultores contaron con mecanismos de nivelación heredados que retardaron el surgimiento de grados elevados de desigualdad social.
La economía precolonial latinoamericana, con una población de estimación incierta -con un rango que va desde unos 20 a unos 100 millones de habitantes a la llegada de los españoles- estuvo conformada tanto por sociedades que estaban en condiciones de generar excedentes importantes más allá de las necesidades de reproducción, como por otras que lo intercambiaban entre grupos o entre sus miembros, especialmente las de menor densidad en los espacios rurales (Carmagnani, 1976). Además de múltiples sociedades agrarias y cazadoras-recolectoras en la diversidad de territorios, la economía precolonial latinoamericana tuvo expresiones de envergadura en los sistemas imperiales. Entre ellos destacaron el mexica, que floreció entre el siglo XIV y el siglo XVI, con una población de unos 20-25 millones, y el inca, que lo hizo entre el siglo XV y el XVI y reunía entre 10 y 15 millones de personas. Algunas culturas precolombinas de importancia colapsaron antes de la llegada de los conquistadores europeos. Un modelo extremo de extracción de excedentes a la población por parte del grupo dominante provocó, según algunas hipótesis, un colapso de los recursos en México y Centroamérica bajo los Mayas (Diamond, 2006). A la llegada de los conquistadores, varios ecosistemas ya presentaban transformaciones sustantivas, como el bosque seco tropical.
Las sociedades estamentales y excedentarias en la América Latina precolonial tenían niveles de vida y sistemas de abastecimiento de alimentos que variaban según el medio ambiente y el grado de desarrollo estatal, pero compartían rasgos comunes. La economía estaba condicionado por sistemas agrícolas adaptados al entorno —chinampas, terrazas, milpas— y por redes de trueque y tributo que distribuían alimentos entre ciudades y aldeas. De acuerdo a Carmagnani (1976) la agricultura era:
"tecnológicamente muy diversificada y compleja, desarrollada en un ambiente natural que, si bien en extremo variado, se caracterizaba por necesidades de tipo hídrico, que era necesario obviar con obras de riego. Gracias a estas obras fue posible asegurar las cosechas y aumentar el rendimiento de las tierras, único modo de alimentar la ingente población. Son estas exigencias las que permiten comprender como pudo afirmarse un Estado que, sin destruir el mecanismo básico de la comunidad -la reciprocidad- acabó por apropiarse una parte notable de excedentes ...y le permitieron en un momento posterior aumentar la producción más de lo que aumentaba la población, reforzándose ulteriormente y apropiándose una cantidad siempre mayor de excedente."
Aunque existían fuertes desigualdades entre las élites políticas y religiosas y los campesinos en los sistemas imperiales, los sistemas de riego, la diversidad de cultivos, los almacenes estatales y el comercio regional tendían a permitir un suministro razonablemente estable y nutritivo para la mayoría de la población hasta la llegada de los españoles. A su vez, un entramado de rutas que unían alta montaña, costa y selva con cargadores transportaban el maíz, los tejidos y la sal, mientras existieron en Mesoamérica y Andinoamérica espacios regulares de intercambio de excedentes agrícolas y artesanías, con monedas de cuenta y cambio como el cacao u otras, y sistemas de trueque de sal, obsidiana, plumas, conchas y productos del bosque, incluyendo intercambios de bienes de lujo y materias primas. En imperios como el mexica o el inca, los tributos en especie (grano, papas, vaina de cacao, tejidos) eran recolectados y redistribuidos en festividades, grandes obras públicas o como auxilio en situaciones de crisis.
El maíz, frijol y calabaza constituía la “tríada mesoamericana” en materia de alimentación y se cultivaba simultáneamente (milpa), lo que mejoraba la fertilidad del suelo y reducía el riesgo de hambrunas. En el Valle de México, islotes artificiales en lagos, con suelos muy fértiles, permitían varias cosechas al año y garantizaban un suministro estable de verduras, flores y ajíes. En regiones secas se construían canales, presas y terrazas para retener agua y cultivar en suelos pobres. El imperio mexica incluyó un sistema de tributos en especie aplicados a las ciudades-Estado bajo su dominio en grano, algodón, plumas, metales y cacao, que nutría a la capital. El Valle de México estaba habitado por diversas civilizaciones y al conquistar muchas de estas proto ciudades‑estado, los mexicas lograron obligarlas a pagar tributo a Tenochtitlán. La ciudad creció en tamaño e importancia a medida que la cultura mexica llegó a dominar la región, al punto que a principios del siglo XVI se calcula que ocupaba entre ocho a trece kilómetros cuadrados y albergaba entre 200 y 300 mil habitantes. Se trataba de la urbe más poblada que superaba a cualquier ciudad europea de entonces. En su apogeo, el Imperio mexica se había extendido mucho más allá del Valle de México, lo que implicó la conquista y sometimiento de numerosos pueblos mesoamericanos. A las ciudades sometidas se les permitía conservar a sus gobernantes y sus cultos locales siempre que cumplieran requisitos como apoyar al Imperio mexica y al tlatoani de Tenochtitlan, pagar tributo a la capital e incorporar al dios mexica Huitzilopochtli en sus creencias y ceremonias. Este sistema de tributos proporcionaba al Imperio y a Tenochtitlan un flujo constante de productos y personas procedentes de todo el centro de México. Las ciudades-Estados (altepetl) conquistados enviaban soldados y esclavos a la capital. Los mercados abastecían a la población con alimentos y artesanías, transportados a lomo de persona, pues los mexicas carecían de animales de carga mayores. Las vías acuáticas —sobre todo las calzadas y los canales de la cuenca de México— resultaban fundamentales para el comercio. Los comerciantes de largo recorrido organizaban las rutas comerciales y tenían un estatus social elevado.
Por su parte, en los valles interandinos se construyeron sistemas de andenes y terrazas para aprovechar productivamente las laderas, controlar la erosión, regar por gravedad y cultivar tubérculos y granos como la papa, oca, mashua, quinoa y kiwicha, resistentes al frío y fáciles de almacenar, incluyendo el trabajo coordinado por el Estado inca, que construyó amplias infraestructuras hidráulicas y almacenaba excedentes en colcas (graneros estatales) para épocas de sequía o conflicto. Los incas establecieron la mita, un impuesto en forma de trabajo obligatorio para construcción de andenes, caminos, obras hidráulicas y explotación de minas. Los estudios de John Murra (2002) sobre la economía incaica muestran que el Tawantinsuyu organizó tanto la producción agraria, textil, minera y metalúrgica como la constitución de reservas de alimentos y la extracción y redistribución de recursos y excedentes económicos en pisos ecológicos de la cordillera al mar en una escala considerable. Este sistema se extendió desde el norte de Ecuador hasta el río Maule en Chile, con una territorializacion vertical de las cordilleras andinas para asegurar el acceso de cada comunidad a una variedad de pisos térmicos y ecológicos. Los incas involucraron a millones de personas en un sistema económico integrado que combinó múltiples formas de intercambio y trueque sin moneda, basándose en un sistema estatal y religioso a la vez coercitivo y cooperativo, con un impuesto en trabajo que coordinó por dos siglos a múltiples poderes étnicos y señoriales locales y que parece haber asegurado la subsistencia de la población, junto a la realización de magníficas obras urbanas, de infraestructura de riego y transporte, de canalización del agua y de tipo ceremonial. La ausencia de animales de tiro y de metal para arados hacía depender casi por completo la producción y el transporte del trabajo humano, más allá del uso de llamas, lo que no impidió a los incas construir un sistema de rutas estimado en decenas de miles de kilómetros.
Un ejemplo de economía comunitaria no excedentaria es la mapuche pre-hispánica, en la que el trabajo se organizaba en comunidades familiares patrilineales (lof), con mecanismos de intercambios recíprocos con otros lof, especialmente en rituales y celebraciones (nguillatún, mingas) en que se compartían alimentos y trabajo (Dillehay, 2017). No existía acumulación de excedentes a gran escala ni jerarquías estatales, sin nobleza o clero por encima de las jerarquías familiares y espirituales de las comunidades. Tampoco existían mayores obras de riego ni construcción de envergadura, salvo montículos ceremoniales, o habitacional de material perenne, como la piedra, en un medio con frecuentes terremotos, lo que la diferenciaba de sociedades como la azteca o la inca. La organización económica combinaba una agricultura en los márgenes de los ríos con técnicas simples, incluyendo palas de hueso de ballena y piedras horadadas, plataformas de cultivo elevadas en ciénagas y drenaje para el cultivo en espacios amplios libres de vegetación boscosa de quinoa, papa, porotos, zapallo, ají y gramíneas, así como maíz introducido desde las culturas andinas (Silva Díaz, 2017); la recolección de piñones del árbol pehuén y de frutos silvestres (maqui, avellanas, peumo, frutilla silvestre, murtilla), hierbas medicinales y raíces comestibles; la caza de guanacos, ñandúes, huemules y aves y la extracción de mariscos y pesca, con una ganadería limitada a cuyes y algunas aves. El trueque con pueblos andinos permitía a algunas comunidades acceder a camélidos como las llamas. La elaboración de tejidos se realizaba en base a fibras vegetales provenientes de la chilca, ortiga y quila, entre otras plantas, que además se usaban para hilar cuerdas y redes y elaborar bolsos, ponchos y elementos de uso cotidiano. Y también en base a fibra animal de camélidos andinos obtenida a través del trueque de lana de llama y alpaca para prendas más finas, junto a plumas, cuero y pelo animal. Los cueros curtidos de animales de caza (guanacos, zorros) servían para mantas y capas más pesadas. Los tintes naturales provenían de raíces, cortezas y frutos (boldo, maqui, quila) o bien de arcillas y óxidos. Las viviendas estaban hechas a partir de horcones enterrados en la tierra que servían de soporte y troncos y varas, techumbre de paja o colihue trenzado (quilas, juncos, totora o colihue), dispuesta en varias capas para impermeabilizar, paredes de entramado de varas recubiertas con barro y pasto o directamente de entramado vegetal (colihue, ramas, quila) que en zonas más lluviosas podían reforzarse con barro o cuero, y un fogón central para cocinar y calefaccionar, con salida de humo por una abertura en el techo. Los materiales aseguraban aislamiento, resistencia a la lluvia y calor interno en espacios comunitarios y, a la vez, ceremoniales.
Diversas sociedades agrarias evolucionaron hacia el feudalismo, que fue el sistema político, social y económico dominante en gran parte de Europa Occidental entre los siglos IX y XV, emparentado con organizaciones socio-económicas similares en otras partes del mundo, en especial en los otros espacios más poblados constituidos por los actuales China e India. Este sistema se constituyó como la combinación de la vida rural basada en señoríos y relaciones de vasallaje y trabajo servil y una economía de mercado urbana incipiente, con un lento entrelazamiento espacial. El feudalismo articuló un orden basado en la posesión de la tierra como principal fuente de poder y riqueza. El rey o un gran señor concedía tierras (feudos) a los vasallos a cambio de lealtad y servicios, principalmente militares. El vasallo juraba fidelidad (“homenaje”) y se comprometía a auxiliar al señor con tropas o consejería; a cambio recibía la posesión —aunque no la propiedad absoluta— de un feudo. La organización social del feudalismo era estamental: la nobleza (señores y caballeros), el clero (altos jerarcas eclesiásticos) y el campesinado (siervos y villanos). Los siervos trabajaban la tierra del feudo y entregaban parte de su producción al señor, quedando atados sin posibilidad de libre circulación, lo que fue objeto de tensiones y rebeliones, especialmente después de las pestes que limitaron la oferta de fierza de trabajo. El feudalismo se caracterizó por un poder fragmentado entre monarcas que entregaban territorios a sus grandes nobles, quienes a su vez podían sub-infeudalizar a su propia clientela de vasallos. Cada señor ejercía jurisdicción dentro de su dominio, con gran autonomía frente al rey. Las jurisdicciones y derechos (justicia, cobro de impuestos, monopolios de caza o molino) variaban de un feudo a otro.
El feudo fue una unidad económica con altos grados de autonomía para la producción de cereales y legumbres y la crianza de ganado, combinados con mercados de excedentes e intercambios de insumos y artesanías básicas. El comercio de larga distancia se concentraba en bienes de lujo y productos como especias y textiles en ferias y puertos. La economía señorial se configuró en Europa a partir de la división de la tierra (de cultivo, pastos y bosques) en reservas señoriales, que eran trabajadas por campesinos (siervos o villanos más libres pero con más cargas económicas) que prestaban días de trabajo obligatorio y otros servicios. El señor noble concedía tierras en feudo a los vasallos a cambio de servicios militares y políticos, los que debían acudir con tropas y rescates económicos en caso de necesidad. El resto de la tierra se segmentaba en parcelas asignadas a familias campesinas a cambio de una renta fija o una porción de la cosecha. El dominio señorial se extendía a la obligación de usar molinos, hornos o prensas del señor, pagando un peaje y eventuales contribuciones extraordinarias. El castillo o mansión era el núcleo de administración del dominio, donde se recogían rentas, se coordinaba la explotación, se almacenaban los granos, se distribuían los recursos y se gestionaban los conflictos entre colonos. El siervo o colono estaba ligado a la tierra: no podía venderla ni abandonarla sin permiso. Existía un sistema de justicia que garantizaba el poder económico del señor. El conjunto campesino casa–tierra–familia formaba una unidad de producción para el autoconsumo, con excedentes limitados que se llevaban a ferias y mercados cercanos, reforzando la economía de trueque y moneda de cuenta, siempre bajo control señorial (peajes en caminos, pesos y medidas). Se produjo una lenta integración con una economía de mercado naciente por la necesidad de comprar insumos como la sal y herramientas o de vender pequeños excedentes, lo que obligaba a los campesinos a acudir a mercados con incipientes redes comerciales. Con el tiempo, el crecimiento demográfico, el renacimiento del comercio (siglos XI–XIII) y la aparición de monarquías más centralizadas (Francia, Castilla, Castilla-León, Inglaterra) erosionaron el sistema feudal. La peste negra (siglo XIV) y las guerras (Guerra de los Cien Años) aceleraron el paso hacia ejércitos profesionales y Estados-nación.
En China, el régimen señorial (fengjian) tuvo como base la distribución de la tierra a nobles y parientes del soberano imperial, con población sujeta a tributos y obligaciones semejantes a las servidumbres europeas, pero sin una estructura de vasallaje plenamente hereditaria y universal. Los campesinos pagaban rentas en grano, seda o ganado, y aportaban mano de obra forzada para obras hidráulicas y militares. Los señores ejercían justicia y su poder de recaudación, sin un estrato intermedio de príncipes territoriales tan fuerte como en Europa. A partir de las dinastías Han y Tang, surgieron ciudades‑mercado donde se intercambiaban excedentes agrícolas y artesanías. A diferencia de Europa, China desarrolló pronto un sistema monetario imperial (cobre y luego plata), que facilitó el trueque y la movilidad de capital. En las dinastías Song y Ming, los clanes mercantiles y gremios urbanos de comerciantes y prestamistas desarrollaron redes de crédito, letras de cambio y comercio a larga distancia de seda, té y sal. Con el tiempo se reinvirtieron beneficios en tecnología textil y metalúrgica en talleres familiares y grandes fábricas estatales en cantones manufactureros.
En la sociedad feudal china, la relación con el poder central estaba basada en el parentesco y su naturaleza contractual no era precisa, mientras en el modelo europeo el señor y el vasallo tenían obligaciones y deberes específicos. El feudalismo medieval europeo utilizó el concepto clásico de «señor noble» mientras que, en las fases media y tardía de la sociedad feudal china, funcionaba un sistema de terratenientes. En Europa occidental, los señoríos feudales eran hereditarios e irrevocables y pasaban de generación en generación, mientras que los señoríos en China no eran hereditarios, requerían renombramiento y podían ser revocados (lo mismo ocurría en la Rusia medieval). El siervo medieval estaba ligado a la tierra y no podía dejarla o disponer de ella, mientras que el campesino chino era libre de irse o, si tenía los medios suficientes, de comprar la tierra en pequeñas parcelas.
En la Europa feudal, los señores estaban en lo más alto de la estructura social, seguidos por los vasallos y finalmente por los campesino ligados a la tierra y eran responsables de la producción. La clase mercantil tuvo un desarrollo en las ciudades, que estaban bajo la autoridad del rey y podían crecer fuera del sistema feudal en lugar de estar integradas en él, mientras los aristócratas estaban asentados en los feudos. En cambio, en China el emperador y sus oficiales dependían en gran medida de la burguesía terrateniente. Así, no había ningún poder político que fomentara el crecimiento de la clase mercante de forma independiente. Las ciudades y los pueblos eran un sistema integrado y los mercaderes permanecían bajo el control de la nobleza en lugar de establecer un comercio y economía independientes.
En suma, la “economía feudal china” combinó un régimen señorial flexible (feudos no plenamente hereditarios y campesinos relativamente móviles) con mercados y finanzas avanzadas desde etapas tempranas, junto a un nivel rural de autosuficiencia y tributo, un nivel de intercambios monetarios regionales y un nivel de comercio capitalista que, entre los siglos XI a XVII, rivalizó con Europa. Esta larga continuidad explica por qué China permaneció como la más grande de las economías-mundo antes de la hegemonía europea.
El dominio señorial formó un régimen agrario de autosuficiencia y dependencia personal, que perdurará superpuesto a los primeros circuitos mercantiles hasta bien entrado el siglo XV. Solo cuando la presión de los excedentes comerciales y el crédito urbano creció lo suficiente, la economía señorial comenzó a ceder terreno frente a formas de producción y mercado de dimensiones más amplias. La burguesía de ciudadanos libres surgió con el crecimiento de los puestos de mercado y la autonomía urbana, presagiando la transición al dominio del capital.
El conocimiento siguió avanzando con el invento del papel, la imprenta, la brújula, el timón y la pólvora. Muchos de los grandes avances del conocimiento en el mundo previas a la revolución industrial del siglo XIX fueron de origen chino y asiático, pero las primeras aplicaciones productivas significativas se produjeron en Occidente y luego en sus extensiones.
3. La expansión del capital
La expansión imperial europea y el fin del feudalismo
Para Fernand Braudel (1986), la salida del feudalismo en Europa fue inicialmente muy lenta:
"hasta el siglo XVIII el sistema de vida se encuentra encerrado dentro de un círculo casi intangible. En cuanto se alcanza la circunferencia, se produce casi inmediatamente una retracción, un retroceso. No faltan las maneras y ocasiones de restablecer el equilibrio: penurias, escaseces, carestías, duras condiciones de la vida diaria, guerras y, finalmente, una larga sucesión de enfermedades. Actualmente aún están presentes; ayer eran auténticas plagas apocalípticas: la peste con sus epidemias regulares, que no abandonará Europa hasta el siglo XVIII; el tifus que, con la llegada del invierno, bloqueará a Napoleón con su ejército en pleno corazón de Rusia; la fiebre tifoidea y la viruela, enfermedades endémicas; la tuberculosis, que pronto hará acto de presencia en el campo y que, en el siglo XIX, inunda las ciudades y se convierte en el mal romántico por excelencia; y, finalmente, las enfermedades venéreas, la sífilis que renace o, mejor dicho, que se propaga debido a la combinación de diferentes especies microbianas tras el descubrimiento de América. Las deficiencias de la higiene y la mala calidad del agua potable harán el resto. ¿Cómo podía el hombre, desde el momento de su frágil nacimiento, escapar a todas estas agresiones?".
El feudalismo incluyó la mencionada convivencia prolongada de la vida rural servil y una economía de mercado incipiente, pero de carácter local, con un lento entrelazamiento espacial que se prolongó en Europa desde el siglo XI hasta el XV. El paso a la expansión del capital comercial se aceleró cuando los negociantes urbanos traspasaron en mayor escala las barreras locales y crearon un comercio de larga distancia de especias, telas y metales, utilizando instrumentos financieros como letras de cambio. Se crearon las primeras sociedades por acciones para financiar expediciones, mientras se expandió la manufacturas en talleres fuera del marco estrictamente rural en base a oficios especializados, levantándose progresivamente las bases de la industria. Esto no erradicó de golpe el feudalismo —las señas de vida tradicional persistieron de manera prolongada— pero el dinamismo de los mercaderes y banqueros primero y de los industriales después, fue creando desde el siglo XVI un piso capitalista cada vez más dominante, en una superposición de temporalidades que acaba por relegar la economía señorial bajo el empuje de las nuevas redes mercantiles y del crédito global.
El sistema feudal empezó a descomponerse luego de los episodios de peste negra, originada en Asia Central, que mermaron entre un tercio y la mitad de la población en el siglo XIV. Estos procesos tienen un antes y un después luego de que Colón llegara al Caribe en 1492 en nombre de la corona de Castilla y que los navegantes enviados por la corona de Portugal ocuparon el estrecho de Malacca en 1511. Se abrió así la navegación europea en las vastedades del océano pacífico y en el océano índico. Esto incluyó el ancestral espacio comercial malayo, indonesio y chino, antecediendo las expediciones holandesas e inglesas y desplazando a la ciudad-Estado de Venecia y su conexión terrestre con la ruta de la seda y los caminos interiores asiáticos. Se reforzó así la interconexión de economías diferentes y distantes, en una época en que China ostentaba aún una mayor productividad agrícola que Europa y diversas ventajas tecnológicas.
El resultado es un desarrollo de los medios de navegación por los conquistadores europeos que permitió conformar extendidos imperios coloniales, en competencia entre sí, en especial el español, el portugués, el británico y el holandés, en base a expansiones comerciales y redes de suministro de bienes y riqueza en medio de la ocupación por la fuerza de vastos y lejanos territorios. La actividad económica europea se aceleró desde el siglo XVI en los espacios dominantes constituidos por ciudades-Estado e imperios ampliados con periferias coloniales sometidas mediante la violencia. El "nuevo mundo" fue moldeado bajo el influjo de los imperios español, portugués, británico, holandés, francés (y ruso en Europa del Este y Oriental), con poca conexión inicial con los imperios de origen mongol y chino y los cuasi-imperios indios. Los imperios europeos se beneficiaron de los avances en la navegación, cuya base fueron inventos chinos como la brújula y el timón, con posteriores mejoramientos en Occidente. En contraste, el imperio conducido por la dinastía Ming decidió concentrarse en la consolidación de su extendido, y con alguna frecuencia convulsionado, espacio territorial interior, marcado por conflictos con los pueblos de las estepas. La jerarquía imperial China puso fin a la expansión de sus capacidades de navegación, luego de haber realizado siete expediciones desde 1405 hasta 1433, las que fueron de mayor envergadura que las de Colón y llegaron hasta Africa del Este.
Karl Marx y Friedrich Engels narraron en 1848 del siguiente modo el cambio de modo de producción después de las primeras conquistas europeas:
"El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller. Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos. La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media."
Los capitalistas mercantiles formaron centros urbanos (Venecia, Amberes, Amsterdam, Londres) que funcionaron como lo que Braudel denomina "economías-mundo", jerarquizando las economías regionales. Braudel identifica ciclos de largo plazo en los que el centro de gravedad del capitalismo se desplaza de un lugar a otro, reflejo de un “modo de acumulación” específico. Siempre de acuerdo a Fernand Braudel (1986), el capitalismo es un sector distinto de la mera economía de mercado, caracterizado por la concentración y el uso del capital para generar más riqueza, más que por el simple intercambio de bienes. El capitalismo surge por encima de esa capa y es un sector que no abarca toda la actividad económica, sino que se nutre de ella y la domina desde arriba. El capitalista busca diversificar y dominar varios ámbitos, opera activamente en los mercados de crédito y de capital, buscando ganancias a través de deudas, créditos e instrumentos financieros y, en lugar de competir en precios, impone barreras de entrada y controla el mercado, asegurándose rendimientos extraordinarios.
Se produjo con el tiempo, en la interpretación de Braudel, la superposición de tres niveles de actividad económica. El primero fue la subsistencia material de la mayoría de la población basada en la agricultura familiar, con campesinos que trabajaban parcelas pequeñas para autoconsumo y entregaban tributos en especie al señor dueño de la tierra, que se apropiaba del gureso del excedente económico, sujetos a los ciclos agrícolas y con espacios de desplazamiento acotados a villas y aldea. El segundo fue la “economía de mercado” rudimentaria, que surgió con el trueque y el intercambio de excedentes a nivel regional en ferias, mercados de proximidad y comercio de productos básicos, en la que predominan monedas locales, aún sin grandes redes comerciales. El tercero apareció con comerciantes y banqueros urbanos, en especial en Italia y Flandes, que desarrollaron redes de crédito y cámaras de compensación y comercio a larga distancia y reinvirtieron sus ganancias en nuevos negocios que culminaron en las revoluciones industriales.
Las conquistas europeas y el mercantilismo de los siglos XVI al XVIII organizaron, a escala mundial, una economía de depredación basada en la fuerza colonizadora y en una vasta empresa naval y militar de apropiación de recursos y mercados sobre bases monopolísticas. El modelo de expansión europeo fue relativamente simple: gracias a un desarrollo sin precedentes de los arsenales y las marinas de guerra, una fuerza naval pública proveniente de un poderoso Estado-nación y, en ocasiones, privada, se apoderó de territorios y/o mercados anteriormente controlados por sociedades autóctonas. La fuerza naval se estructuró bajo la forma de una única compañía por zona geográfica o por producto. El dominio colonial estableció fuertes, puestos comerciales, zonas de comercio y rutas comerciales y luego alimentó y fue alimentada por fábricas y manufacturas «reales», «privilegiadas» o «patentadas» en la metrópoli, dotadas de un monopolio de fabricación y comercialización. Estas compañías privadas de comercio y manufactura, pero bajo control del poder público, no aceptaban la competencia interna y se oponían por la fuerza a instituciones similares de potencias rivales. Dotadas de bases accionarias reducidas, mantuvieron oligarquías mercantiles en los grandes puertos atlánticos y en algunos centros industriales europeos de manufacturas monopolísticas. Fueron dueñas de vastos conglomerados que organizaron la extracción, elaboración, transporte y comercialización -en una economía triangular que incluía a partes de Europa, África y América- de esclavos y mercancías (café, tabaco, algodón, telas, cacao, índigo, azúcar, especias, pieles, metales, porcelana). Buscaron y lograron una balanza comercial positiva arrebatando a otros los mercados y recursos que poseían.
La expansión europea (Beckert, 2015) tuvo un sello "intensivo en tierra y trabajo, sustentado en la violenta expropiación de la tierra y el trabajo en África y las Américas”. Este autor concluye que de esas expropiaciones provino una gran riqueza y nuevo conocimiento, las que a su vez fortalecieron las instituciones y los Estados europeos. Se produjo una ampliación progresiva de la articulación de los espacios de comercio y acumulación de capital en buena parte de Europa y de la América colonizada, lo que incluyó a las partes de África sometidas a una colonización europea que buscaba la extracción de esclavos y el abastecimiento de alimentos y minerales (Norel, 2009). Se constituyeron de ese modo las primeras “economías-mundo” (en la expresión de Fernand Braudel), es decir de amplios espacios económicos relativamente integrados en sus recursos e intercambios internos que se expandieron en grandes zonas geográficas y que se estructuraron con formas propias de división del trabajo, de intercambios de bienes y flujos de capital y de sumisión de la fuerza de trabajo.
Las sociedades pre-coloniales fueron conquistadas mediante la violencia para lograr la extracción y explotación de recursos naturales y la subordinación por diversos medios de su fuerza de trabajo, cuyo efecto demográfico fue devastador. Entretanto, la economía colonial desarticuló los modos de producción construidos durante siglos, que incluían el cuidado de la fertilidad de la tiera y la constitución de reservas, rompiendo con frecuencia la relación entre culturas originarias y naturaleza, en medio de la incomprensión y desinterés por sus mecanismos de funcionamiento previo. En el siglo XVI, tras la llegada de los europeos, la población indígena en América Latina colapsó en un 80–90 % debido a las nuevas enfermedades (viruela, sarampión, gripe), la violencia conquistadora y los trabajos forzados. México pasó de unos 20 millones en 1500 a menos de 2 millones en 1600. El área andina perdió también entre un 70 a 80 % de su población en un siglo.
La economía colonial ibérica en América se constituyó para el beneficio de los conquistadores mediante la ocupación militar de territorios y el establecimiento de un sistema de "mercedes de tierras" con trabajo indígena forzado. Los colonos se transformaron en la clase terrateniente criolla, en base a la conformación gratuita de haciendas como unidades extensivas de producción agraria y, según Ruggiero Romano (2004), “la concesión, igualmente gratuita, del derecho a reclutar mano de obra forzada (esclavitud india, encomienda, indio de repartimiento)” y excepcionalmente trabajo libre con “no pocos límites (retención pura y simple del salario, deuda de los trabajadores, salarios pagados en especies)”. Esto ocurría en el contexto de un “carácter monopolista del comercio con la metrópoli” y la carencia generalizada de moneda metálica, la que estaba orientada a la exportación. La extracción de metales preciosos se produjo en gran escala. Potosí (fundada en 1545) llegó a proveer más del 60 % de la plata mundial en el siglo XVI. La Casa de Contratación en Sevilla regulaba el comercio con América y el Galeón de Manila conectó la plata americana con bienes provenientes de China. Así, la economía colonial española funcionó con una mezcla de dominio señorial y de circuitos financieros y comerciales articulados con el capitalismo comercial europeo y asiático, que se alimentó de los flujos de plata y de la red de crédito que financió galeras, compañías mercantiles y banqueros. La economía colonial brasileña, por su parte, se integró en el sistema de comercio triangular, donde África suministraba esclavos, Brasil producía bienes como oro y azúcar (junto a diversas economías caribeñas) mientras Europa constituía el mercado consumidor.
Este sistema triangular estructuró una economía colonial orientada hacia la exportación que proveyó -en base al sometimiento de las poblaciones originarias y la esclavización de poblaciones secuestradas en África- tanto oro y plata como azúcar de caña, patatas, cacao y otros alimentos. El comercio desde México, a partir de cuya costa del Pacífico los galeones españoles trasladaron incluso plata a Filipinas (donde los españoles adquirían especias y manufacturas chinas), contribuyó a la circulación monetaria asiática. Desde diversas economías de Asia se proveyó especies, lacas, sedas y porcelanas. Se produjo con el tiempo la transposición de los restos de la economía precolonial, transformada en una economía señorial, articulada con los mercados externos en una incipiente "economía‑mundo" alimentada por la plata de Potosí y las rutas atlántica y pacífica. La herencia actual de las economías basadas en el dominio colonial sobre los recursos mineros y agrícolas y la apropiación depredadora de los espacios por oligarquías explica en importante medida que algunos de los países con mayor desigualdad en la distribución de los ingresos en el mundo se encuentran hasta hoy en América Latina. No puede interpretarse la constitución de las primeras “economías-mundo” como una suerte de acoplamiento armónico de las “sociedades primitivas y subdesarrolladas” a las “sociedades avanzadas” occidentales.
Las diferencias del ingreso por habitante en las grandes regiones del mundo eran leves hacia el año mil, según los cálculos de Maddison (2004). El auge de Europa occidental, según este autor, comenzó en torno al año 1000. Luego la formación de los grandes imperios marítimos consagró el creciente dominio europeo sobre el mundo. Los imperios europeos ocuparon o influenciaron a casi todo el globo y ampliaron los intercambios y la monetización de sus economías. El progreso en las técnicas de navegación llevó a que el comercio se multiplicara por 20 entre 1500 y 1820, período en el que el proceso de interacción global, medido como proporción del comercio en la producción total, fue más importante que entre 1820 y los inicios del siglo XXI, siempre según Maddison (2004). Entre los años 1000 y 1820, la población de Europa occidental se multiplicó por cinco, mientras que la del resto del mundo lo hizo por cuatro.
El crecimiento económico fue de carácter extensivo, aumentando la presión sobre las tierras arables, aunque en Asia y Europa Occidental se experimentó algún cambio de carácter intensivo. Asia como conjunto representaba la mayor parte de la población y del producto mundial hasta la revolución industrial. En el siglo XIV, Europa occidental alcanzó el mismo nivel de ingreso por habitante de China, a pesar de la estabilidad de sus dinastías imperiales y una disciplinada y meritocrática burocracia estatal, iniciando la llamada "gran divergencia" entre Occidente y Asia y el resto del mundo. No favoreció su dinamismo productivo el que existiera en China una distancia considerable entre las zonas costeras manufactureras, con el correspondiente abastecimiento marítimo, y las de extracción de carbón, que en el Reino Unido, por ejemplo, son geográficamente muy cercanas. Agrega Maddison (2024) que
“en el año 1000 la esperanza de vida de un niño al nacer era de 24 años. Un tercio solía morir durante su primer año, y los que sobrevivían se enfrentaban después al hambre y a enfermedades epidémicas. En 1820 la esperanza de vida en Occidente llegó a los 36 años, pero en el resto del mundo apenas había mejorado”.
La conflictiva y competitiva división política de Europa y su carrera de conquistas coloniales, tuvo como resultado, siempre de acuerdo a Maddison, que “entre los años 1000 y 1820, el Producto Interno Bruto (PIB) por habitante de Europa Occidental se multiplicó por tres, frente a un crecimiento medio de sólo el 33 por 100 en el resto del mundo”. Según sus cálculos, “en el siglo XI la renta media de Occidente estaba por debajo de la del resto del mundo, pero en 1820 era ya dos veces mayor".
Los mejoramientos de la producción por hectárea, la extensión de la frontera agrícola y la diversificación de la alimentación por la profundización de los intercambios entre continentes, permitieron progresivamente que la población de Europa Occidental pasara de unos 60 millones en 1500 a unos 130 millones en 1820, lo que contribuyó a que a inicios del siglo XIX la población del mundo llegara a los 1.000 millones de seres humanos, aunque siempre con un mayor peso demográfico del Asia, que pasó de 280 a 710 millones de habitantes en el mismo período.
Hasta el año 1000, la producción por habitante promedio en el mundo se mantuvo prácticamente estancada, valorada en unos 900 dólares anuales de 2017, según las estimaciones disponibles (Roser et al., 2023). Este monto subió a 1.100 dólares hacia el año 1500, a 1.300 dólares hacia el año 1820 y a 1.800 dólares hacia 1870, con los primeros efectos de la primera fase de la revolución industrial iniciada más de un siglo antes, basada en innovaciones tecnológicas y en la organización de la producción en empresas con asalariados. Esto dio inicio a un camino de aceleración del aumento de la productividad por trabajador y del ingreso medio por habitante. La segunda fase de la revolución industrial posterior a 1870 implicó no solo a Europa Occidental sino que se extendió a Estados Unidos y más tarde a Japón, con el perfeccionamiento de la fabricación de acero (1856), nuevos medios de transporte terrestres y marítimos con uso de carbón, el telégrafo, la electricidad (1880), los primeros forajes de petróleo (1858) y luego los motores a combustión. El gran salto de productividad e ingresos a que dio lugar llevó a un promedio de 3 mil dólares por habitante hacia 1920. Luego de la segunda guerra mundial, se llegó a 4 mil dólares por habitante en 1950 y se entró en las dos décadas de mayor dinamismo productivo mundial conocido hasta ahora, alcanzándose un promedio de 7,1 mil dólares por habitante en 1970.
La historia de la economía mundial capitalista es caracterizada por Michel Aglietta (2008) en los siguientes términos:
“1) Desde la emergencia de Europa occidental el capitalismo siempre ha sido global, al tiempo que se ha hallado incrustado en estructuras sociales permanentemente diferenciadas.
2) La economía de mercado y el capitalismo se hallan vinculados pero no son idénticos. El paradigma del mercado supone el intercambio entre iguales y puede formalizarse como un equilibrio competitivo. El capitalismo es una fuerza de acumulación. No se autorregula y no converge con ningún modelo ideal. La desigualdad es su esencia.
3) La esfera de la economía no constituye un ámbito independiente, y todavía menos predominante, en el seno de las relaciones sociales. Dos vectores fundamentales del capitalismo exceden los mecanismos de mercado: el dinero es un bien público y el trabajo no puede reducirse de modo alguno a una mercancía.
4) A largo plazo, las instituciones –especialmente las creencias colectivas que expresan el bien común y que difieren de una sociedad a otra– dirigen las tendencias económicas. Estas creencias firmemente arraigadas se encarnan en instituciones formales mediante el poder legítimo de los Estados soberanos. La diversidad del capitalismo radica en pautas de coherencia específicas conformadas por instituciones complementarias situadas bajo la autoridad de los Estados, dado que los recursos económicos se generan endógenamente.
5) El capitalismo mundial comprende un sistema asimétrico derivado de las políticas de las grandes potencias, que opera mediante interdependencias jerárquicas mediadas por las finanzas, lo cual explica por qué los centros financieros dominantes en un determinado momento constituyen las sedes privilegiadas de captura del valor. De ello se desprende que la turbulencia es el modo habitual de manifestación de las relaciones internacionales y la armonía la excepción. En tanto que se mantenga la actividad económica, la desaceleración del crecimiento en algunas partes del mundo no excluye la aceleración del mismo en otras”.
En el "largo siglo XX" entre 1870 y 2010, el crecimiento económico por habitante fue del orden de 2% anual promedio y se produjo una impresionante multiplicación por casi 22 veces de la capacidad de producción en el mundo (DeLong, 2022). El ingreso por habitante se multiplicó por más de 8 veces en el mismo período. Luego se pasó de un promedio de 9,7 mil dólares por habitante en 1990 a 13,9 mil en 2010 y a 17,5 mil en 2022. Entre 2010 y 2024, el ingreso por habitante global se incrementó en otro 28% (Banco Mundial, 2025), al 1,8% anual promedio, con una mayor incidencia de países asiáticos como China e India, los países más poblados del mundo.
Referencias y lecturas adicionales
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4. Las experiencias de centralización económica
El capitalismo ha sido objeto de críticas desde el siglo XIX, pues se le atribuye estar basado en desigualdades de capacidad de apropiación de excedentes económicos a expensas del trabajo y en favor de los propietarios de capital, aunque logre altos niveles de producción. Estos coexisten con niveles de pobreza que los ingresos que la economía genera podrían eliminar mediante redistribuciones. Es también criticado, más recientemente, por ser un sistema que lleva a sobrepasar los límites planetarios de uso de los recursos naturales y disminuye la resiliencia de los ecosistemas. Por ello, diversas corrientes de pensamiento sostienen que es un sistema económico que debe ser reemplazado o sustancialmente reformado.
En el siglo XX se produjeron experiencias de centralización estatal de la economía a partir de la revolución rusa de 1917. Se introdujo, en especial desde fines de los años 1920, un modo de producción de comando y control en un régimen autoritario y de partido único (dimensión institucional) y de propiedad estatal generalizada de los medios de producción material junto a una planificación central de precios y cantidades (dimensión económica). Sus orígenes se encuentran en las economías de guerra de los siglos XIX y XX y en parte en formas tradicionales no mercantiles de organización económica. Diversos sistemas sociales precoloniales (siendo el caso de los Incas uno de los más destacados) construyeron en la historia Estados que asignaban centralizadamente los recursos, con sistemas de reservas para enfrentar las contingencias y sin circulación monetaria (Murra, 1975). En la Rusia zarista (1440-1917) tampoco existía la propiedad privada de la tierra, cuya asignación dependía de la autoridad central (Figes, 2022),
Rusia (1917-1991), China (1949), Vietnam (desde 1945 y desde 1976 en todo su territorio) y Cuba (1959) fueron los casos más significativos de introducción de economías estatalmente centralizadas en el siglo XX a partir de revoluciones. También se implantaron, con diversas particularidades, sistemas de este tipo en diversos otros países después de la segunda guerra mundial, luego de guerras e invasiones en países europeos como Albania (1944-1992), Alemania Oriental (1945-1990), Bulgaria (1944-1990), Checoslovaquia (1948-1990), Estonia (1940-1991), Hungría (1946-1989), Letonia (1940-1991), Lituania (1940-1991), Polonia (1945-1989), Rumania (1944-1989) y los distintos países que formaron parte de Yugoslavia (1945-1992). En este último caso se introdujo una mayor autonomía de las empresas. En Asia, se establecieron sistemas económicos centralizados, además de en China, en Afganistán (1979-1992), Camboya (1979-1998), Corea del Norte (desde 1945), Laos (desde 1975), Mongolia (1924-1992). En el Medio Oriente, ocurrió en Yemen del Sur (1967-1990) y en África en Angola (1975-1992), Benín (1975-1990), Congo (1969-1992), Etiopía (1974-1991), Mozambique (1975-1990) y Somalia (1969-1991).
Sólo se mantiene actualmente la centralización económica estatal generalizada en Corea del Norte, en un régimen político a la vez dinástico (desde 1945 gobierna la familia Kim, con hasta ahora dos transmisiones del poder de padre a hijo) y de partido único con bases ideológicas (Partido del Trabajo). Vietnam se encamina a una economía exportadora con inversión extranjera, de lo que también se inspira Laos, aunque ambos países mantienen un régimen de partido único. Cuba hace lo propio y sigue enfrentando problemas económicos severos afectados por el bloqueo muy costoso que sufre desde 1960 por parte de Estados Unidos y también por una estructura de propiedad estatal y regulación de precios que limita los estímulos económicos, mientras ha realizado reformas que incluyen una inversión extranjera en algunos sectores y la autorización de emprendimientos privados de pequeña escala. Esto también ocurrió en China después de la revolución de 1949 y hasta 1980, con una mayor presencia de cooperativas campesinas, y en diversos otros países después de la segunda guerra mundial. Esquemas de este tipo persisten en la actualidad en Corea del Norte y en parte en Cuba, Laos y Vietnam. Venezuela y Nicaragua, en cambio, mantienen mercados y actores privados en su economía, aunque con una fuerte intervención gubernamental discrecional.
La concepción socialista original de la economía
El origen moderno de la idea de la colectivización de la economía proviene de diversas corrientes socialistas que postularon en el siglo XIX que la explotación y pauperización de las clases sociales subordinadas era causada por la propiedad privada de los medios de producción. Revertir esa situación solo podía hacerse desde el corazón del proceso económico, mediante el paso a la propiedad estatal de los medios de producción. Otras formas de apropiación colectiva, total o parcial, de los excedentes económicos de los poseedores privados de capital, pero sin desplazar totalmente la economía privada, tuvieron eco en el movimiento comunista internacional solo por breve tiempo en la etapa final de la vida de Lenin con la llamada "Nueva Política Económica", que sustituyó al "comunismo de guerra" y que duró de 1922 a 1928, y más tarde en las aperturas de China y de otros países centralizados al capital privado. Un camino muy distinto siguieron las experiencias socialdemócratas, iniciadas en los países nórdicos con pactos entre sindicatos y empresarios privados. Luego de que el SPD alemán se declaró a favor de la "economía social de mercado" en 1959 en el congreso de Bad Godesberg, muchos partidos socialistas europeos siguieron el camino de las economías mixtas y las regulaciones públicas antes que la estatización general de los medios de producción.
La visión centralizadora propuso desde sus orígenes poner directamente en manos de la administración del Estado los medios de producción y de cambio, aunque en el caso de Karl Marx esto debía ser temporal, pues su fin último era la creación de una propiedad colectiva directamente social. En el Manifiesto Comunista de 1848, Karl Marx y Friedrich Engels postularon que
"ser capitalista es ocupar un puesto, no simplemente personal, sino social, en el proceso de la producción. El capital es un producto colectivo y no puede ponerse en marcha más que por la cooperación de muchos individuos, y aún cabría decir que, en rigor, esta cooperación abarca la actividad común de todos los individuos de la sociedad. El capital no es, pues, un patrimonio personal, sino una potencia social. Los que, por tanto, aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva, común a todos los miembros de la sociedad, no aspiramos a convertir en colectiva una riqueza personal. A lo único que aspiramos es a transformar el carácter colectivo de la propiedad, a despojarla de su carácter de clase...Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté concentrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político".
No obstante, Marx y Engels advirtieron en el Manifiesto Comunista que
"el proletariado andrajoso, esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las condiciones todas de su vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios".
La generalización de la relación salarial y la expansión de la clase obrera hasta el punto de hacerse mayoritaria, la haría transformarse en fuerza revolucionaria al no tener nada que perder “más que sus cadenas” y lograr “expropiar a los expropiadores”. Pero esta evolución no se confirmó en los países capitalistas centrales. Más tarde, en el prólogo a la edición rusa de este texto de 1882, Marx y Engels señalaron, incluso, la posibilidad de caminos mixtos de socialización económica:
"el Manifiesto Comunista se proponía por misión proclamar la desaparición inminente e inevitable de la propiedad burguesa en su estado actual. Pero en Rusia nos encontramos con que, coincidiendo con el orden capitalista en febril desarrollo y la propiedad burguesa del suelo que empieza a formarse, más de la mitad de la tierra es propiedad común de los campesinos. Ahora bien -nos preguntamos-, ¿puede este régimen comunal del concejo ruso, que es ya, sin duda, una degeneración del régimen de comunidad primitiva de la tierra, trocarse directamente en una forma más alta de comunismo del suelo, o tendrá que pasar necesariamente por el mismo proceso previo de descomposición que nos revela la historia del occidente de Europa? La única contestación que, hoy por hoy, cabe dar a esa pregunta, es la siguiente: Si la revolución rusa es la señal para la revolución obrera de Occidente y ambas se completan formando una unidad, podría ocurrir que ese régimen comunal ruso fuese el punto de partida para la implantación de una nueva forma comunista de la tierra".
Marx agregó, al referirse admirativamente a la experiencia de la Comuna de París (1871), que
“nada podía ser más ajeno al espíritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica...Las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista”.
En la interpretación de Perry Anderson (1996), la idea de una emancipación universal suponía la existencia de un agente subjetivo: las nuevas relaciones de producción post-capitalistas serían puestas en práctica por el trabajador colectivo generado por la propia industria moderna, es decir la clase obrera cuya conducta prefiguraba los principios de la sociedad futura. A su vez, la institución clave de tal sociedad sería la planificación concertada de los productores libremente asociados, sin intercambios de mercado, que compartirían en común, a través de la abolición de la propiedad privada, sus medios fundamentales de existencia, distribuyendo los bienes producidos según la capacidad de cada cual en función de las necesidades de cada uno, en una sociedad sin clases y sin Estado.
La “expropiación de los expropiadores” no ocurrió sino a inicios del siglo XX y no en los principales países capitalistas europeos o en Estados Unidos. En cambio, las revoluciones exitosas realmente existentes que se propusieron sustituir el capitalismo se originaron en la descomposición extrema de Estados en situación de guerra externa y de guerra civil, como en Rusia en 1917 y China en 1949. Estas revoluciones establecieron regímenes de partido único sin libertades democráticas, prolongando las necesidades de la emergencia revolucionaria inicial. Realizaron una centralización económica estatal de la asignación de recursos (precios y cantidades de bienes fijados administrativamente a través de una planificación central obligatoria como principal mecanismo de coordinación) y de la propiedad de las empresas productivas y de distribución (con excepción en algunos casos de algún sector cooperativo y de propiedad campesina y más tarde de empresas de capitales extranjeros), como subraya Lavigne (1997). Así, existieron desde inicios del siglo XX, junto a la conformación de las economías mixtas, procesos de centralización estatal de la economía que alcanzaron un gran amplitud, abarcando a la ex Unión Soviética, a Europa del Este, a China, a parte de África y a Cuba en América Latina.
La planificación central soviética
La experiencia de centralización económica más significativa fue la de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas después de la revolución rusa de 1917, dirigida inicialmente por Vladimir Lenin y León Trotsky y su partido bolchevique, con la soberanía política confiada en principio a consejos obreros y campesinos (soviets). La Revolución de Octubre y sus consecuencias inmediatas implicaron elegir arreglos sociales alternativos en gran escala. Si en la antiguedad Tripolia, Teotihuacán o Ubaid-Uruk fueron escenarios de “audaces experimentos sociales, semejantes a un desfile carnavalesco de formas políticas”. en palabras de Graeber y Wengrow (2023), Petrogrado y Moscú también lo fueron durante los años inmediatamente posteriores a la Revolución de Octubre. Bajo el lema de “todo el poder a los sóviets”, cientos de espacios de consejos vecinales y asambleas autoorganizadas encarnaron, aunque brevemente, una experimentación social y la libertad de crear formas nuevas y diferentes de realidad social. Esto ocurrió luego de que el aparato del orden zarista fuera destruido, que Lenin insistiera en el derecho de las naciones a la autodeterminación, incluido el derecho a la independencia estatal, y que bolcheviques como Alexandra Kollontai impulsaran una legislación destinada a superar la familia nuclear patriarcal, mientras la homosexualidad masculina fue despenalizada en 1922. Muchas ciudades fueron rediseñadas y otras construidas desde cero, incorporando experimentos en urbanismo, arquitectura, vivienda pública, cuidado infantil, educación, transporte, artes plásticas, música, cine e investigación científica.
Luego de que Lenin falleciera en 2024, los líderes históricos de la revolución fueron desplazados y luego la mayoría asesinados, una vez que Joseph Stalin tomara el poder y convirtiera el régimen soviético en una dictadura personal en el marco del monopolio político del Partido Comunista gobernante y de la supresión de todo pluralismo en su seno, como lo había defendido Lenin. En la etapa estalinista y de movilización de guerra entre 1928 y 1952, se estableció un sistema de propiedad estatal generalizada de los medios de producción, con excepción de un sector de cooperativas agrícolas, en medio de una asignación autoritaria de los recursos y de oleadas de purgas en el partido gobernante. Una hambruna devastó el territorio de Ucrania y otras regiones de la URSS en el proceso de estatización de la tierra emprendida en 1932-1933, con la consecuencia estimada de 1,5 millones de personas fallecidas por sub-alimentación. Esto se acompañó de la fijación de precios y cantidades a producir en planes quinquenales guiados por una oficina de planificación central (Gosplan) y ministerios por sector industrial, lo que permitió movilizar recursos en la etapa de economía de guerra y dar soporte al esfuerzo bélico que permitió la derrota soviética del nazismo en alianza con Estados Unidos y Gran Bretaña.
Más tarde, la etapa post-estalinista hasta el derrumbe de la URSS en 1991 dio lugar a un crecimiento sistemático de la base productiva y del consumo, pero con problemas de coordinación de información desde las unidades productivas que dificultaban el cálculo económico y que condicionaban la eficiencia de la planificación de la producción (insumos y productos) y de la inversión. Esto se tradujo en cuellos de botella y atrasos frecuentes en la provisión de insumos y bienes finales, resueltos por un sistema de prioridades y las consiguientes penurias en el resto de sectores productivos, y en especial en muchos bienes de consumo.
El comunismo soviético estableció un jerarquizado régimen burocrático-autoritario sin conseguir en el largo plazo una prosperidad colectiva mayor a la de los países capitalistas avanzados de su época, aunque logró un crecimiento significativo. La capacidad de la planificación centralizada resultó en la experiencia histórica inferior a sus promesas. El modelo de partido único y economía estatal centralizada inaugurado por la revolución rusa de 1917 y su derivación estalinista permitió a la URSS dotarse aceleradamente de grandes infraestructuras productivas sobre la base de la estatización de la industria, la organización autoritaria de la administración económica, la cuasi militarización del trabajo, y la colectivización forzada de la agricultura, que permitió la liberación de un flujo considerable de mano de obra. La centralización por el Estado de la mayor parte del excedente económico hizo posible concentrar masivamente las inversiones en algunas ramas consideradas prioritarias, comprimiendo al mismo tiempo de manera drástica el consumo popular, proceso que se acentuó durante el esfuerzo de guerra entre 1941 y 1945. Los planes quinquenales tuvieron por objetivo crear grandes industrias de base, incrementar el conjunto de la producción, desarrollar la agricultura, aumentar el nivel de vida y alcanzar los niveles de desarrollo de los grandes países capitalistas. Sólo algunas de estas metas fueron alcanzadas, en detrimento de las demás y con un costo social enorme. En particular, la agricultura se estancó, estrechando la base del excedente que debía absorber la industria. El nivel de vida rural y urbano cayó. Las industrias de bienes de consumo y la vivienda fueron sacrificadas. Su retraso respecto de las industrias pesadas y del sector de bienes de producción adquirió un carácter estructural.
En la experiencia soviética desde los años 1930 hasta 1990, en este sistema de rígida planificación central la inversión no tenía un costo internalizado por la empresa. Mientras ésta más crecía, mayor era el rol de su director, que a su vez buscaba el incremento máximo de su dimensión más que innovar. La innovación se tornó peligrosa, interrumpiendo la regularidad del proceso. Al mismo tiempo, la ausencia de penalización de la ineficiencia introdujo una restricción presupuestaria blanda, sin incentivos suficientes para la minimización de costos. El resultado de estos procesos fue un crecimiento de tipo extensivo, involucrando cada vez mayores cantidades de recursos antes que incrementos de productividad, crecimiento que en los años setenta y ochenta terminó por agotarse.
Lo mismo ocurrió con la capacidad regulatoria de la planificación centralizada. El principio de desagregación del plan macroeconómico por grandes sectores en planes de rama por ministerio, los que a su vez establecían los planes por empresa, constituyó el corazón del carácter imperativo de la planificación soviética. Pero este esquema no pudo superar sus factores de contradicción social y técnica. Socialmente, muchos directores disimularon o sesgaron la información al sobreestimar las necesidades y subestimar las capacidades para obtener mayores holguras para la fijación y realización de las metas del plan, mientras no siempre fue posible imponer a los trabajadores las normas de trabajo, con el consiguiente cambio frecuente de empleo. Técnicamente, fue imposible centralizar con precisión suficiente y a tiempo la información necesaria para una asignación de los recursos suficientemente ajustada, con la consecuencia de interrupciones y situaciones de escasez de insumos en un desfase recurrente entre objetivos y resultados, destacando el papel de la desinformación parcial y la dispersión de las decisiones en una economía compleja, incluso cuando está centralizada y basada en la propiedad estatal, como se describe en los trabajos de Alec Nove (1987), Bernard Chavance (1988), Adam Przeworski (1995) y John Roemer (1995), entre otros. La planificación central se hizo cada vez menos posible de aplicar frente a las complejidades de coordinación de precios y cantidades en economías con progreso técnico acelerado. Fueron emergiendo dificultades insuperables para reunir centralizadamente la información pertinente sobre la multiplicación y diversificación generalizada de la producción de bienes y servicios y la dispersión espacial de sus respectivos procesos de producción. Bernard Chavance (1999) sostiene que
"la formación de los sistemas socialistas puede interpretarse como una gigantesca experiencia social de innovación organizativa e institucional. Sin embargo, una vez establecidos, estos sistemas rápidamente se encontraron "encerrados"... La ausencia de emprendimiento y la regulación basada en la escasez, junto con la influencia limitada de los consumidores que acompaña a esta última, han debilitado la dinámica de la innovación de productos o procesos... reduciendo la capacidad de adaptación del sistema en su conjunto".
Los comportamientos conflictivos y no susceptibles de coordinación por el centro dieron origen a la presencia persistente de desequilibrios entre la demanda de las familias y la oferta disponible de bienes (Bettelheim & Chavance, 1985). En un primer momento, se produjo el rápido ascenso de la potencia soviética tras la Segunda Guerra Mundial, que culminó a comienzos de la década de 1960. Es durante esa década, marcada por crecientes dificultades para Europa del Este, cuando la competencia Este-Oeste se inclina a favor de las economías occidentales. El desempeño económico del sistema soviético se deterioraría a lo largo de los años ochenta. La necesidad de una drástica reforma de la economía se transformó poco a poco en una evidencia para la dirigencia del partido único en la etapa final de la URSS, reforma que llegó muy tarde y fue insuficiente para impedir el desplome del sistema de planificación central. El resultado de estos procesos ha sido descrito del siguiente modo por el economista soviético Abel Aganbeguian (1989):
“las manifestaciones de marasmo y apatía condujeron a una parte de la población a perder toda motivación por el trabajo, a percibir la propiedad social como algo ajeno. Se establecieron tendencias a acaparar y a la corrupción. La justicia social fue transgredida. Los planes de crecimiento del bienestar no fueron ejecutados, se produjeron alzas de precios camufladas. La nivelación y fijación sin fundamentos del salario, los privilegios entregados a ciertas categorías de trabajadores ocasionaron enormes perjuicios. El alcoholismo, que afectó la salud de una parte de la población, se extendió ampliamente: constituye por lo demás una de las razones por las cuales, en los últimos veinte años, el promedio de vida en la URSS no aumentó y la mortalidad de los hombres en edad activa se incrementó”.
La experiencia de supresión formal del mercado y de centralización estatal de la propiedad de los medios de producción y de asignación de los recursos del siglo XX no logró traducir la esperanza emancipatoria que les dio origen: crear una sociedad sin opresión política ni explotación económica. Lejos estuvo de realizarse la abolición del Estado como aparato de dominación, esa maquinaria centralizada, en palabras de Marx (1867),
“con sus ubicuos y complicados órganos militares, burocráticos, clericales y judiciales que aprisionan a la vital sociedad civil como una boa constrictor”.
En el plano de las instituciones políticas, suenan como premonitorias las expresiones de la revolucionaria polaco-alemana Rosa Luxemburgo (1918) al dirigirse a Lenin y Trotsky desde la prisión alemana poco antes de ser asesinada por la policía:
“sin elecciones generales, una prensa no cohibida, la libertad de asociación y la libre lucha de las opiniones, la vida de toda institución pública desaparece, se convierte en una vida ficticia en la que la burocracia se mantiene como el único elemento activo. La vida pública comienza a adormecerse, unas docenas de líderes de partido, de energías inagotables e idealismos sin límites, dirigen y gobiernan, debajo de ellos hay una docena de cabezas sobresalientes que dirigen de verdad y una élite de obreros, convocada de vez en cuando a las asambleas, para aplaudir los discursos de los líderes, aprobar en forma unánime las resoluciones presentadas, es decir, en el fondo, una sociedad de camarillas – de hecho una dictadura, aunque no la dictadura del proletariado, sino la dictadura de un puñado de políticos - una dictadura en el sentido burgués puro, en el sentido del dominio de los jacobinos”.
Agregó Rosa Luxemburgo:
“Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares... Es un hecho conocido e indiscutible que es imposible pensar en un gobierno de las amplias masas sin una prensa libre y sin trabas, sin el derecho ilimitado de asociación y reunión...La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente”.
En materia económica, Perry Anderson (1996) concluyó que:
“La planificación centralizada realizó proezas notables en condiciones de asedio o de guerra, tanto en las sociedades comunistas como en las capitalistas. Pero en tiempos de paz, el sistema administrativo en los países comunistas se demostró totalmente incapaz de controlar el problema de la coordinación de los agentes en economías cada vez más complejas, y engendró niveles de derroche e irracionalidad que superan con creces los de las economías de mercado en el mismo período, para manifestar finalmente un síntoma de crac potencial”.
La experiencia soviética mostró que la centralización estatal genera múltiples problemas de coordinación y de información que dificultan la asignación de recursos y que, en el mejor de los casos, permite un crecimiento extensivo, incluso por períodos que pueden ser prolongados (lo que fue el caso en la URSS y los países del Este europeo entre 1950 y 1970), pero con un fuerte sacrificio del consumo, poca eficiencia en el uso de recursos, una economía paralela subterránea y daños ecológicos extendidos. En palabras de Charles Bettelheim y Bernard Chavance (1985):
“Un plan que pretende reglamentarlo todo y preverlo todo fracasa en su objetivo. En una economía compleja y conflictiva, no se puede planificar en detalle. Dado que sigue siendo deseable obtener sino un manejo al menos una cierta orientación del desarrollo económico, el plan debe tener una amplitud que sea manejable y que por tanto deje subsistir apoyos, en particular deje funcionar el sistema de precios. La inmensa mayoría de los precios no puede ser fijada centralmente, sin lo cual se llega a una deriva completa de las decisiones económicas”.
Desde 1989, con la caída del muro de Berlín, y 1991, con la disolución de la URSS, se dio curso al cierre del ciclo de los “socialismos reales” iniciado en 1917. Los comportamientos no susceptibles de coordinación en detalle por un centro planificador dieron así origen a la presencia persistente de desequilibrios en la oferta disponible de bienes y finalmente al colapso del sistema en la Unión Soviética y Europa del Este. Los escasos incentivos a la innovación y al aumento de la productividad terminaron por provocar una situación de marasmo económico y de descontento social. El corazón histórico de la centralización económica moderna terminó implosionando por su rigidez burocrática, dando lugar a la independencia de diversas naciones que formaban parte de la URSS en Europa y Asia y a una menos extendida Federación Rusa. Esta adoptó, luego de una transición convulsionada y socialmente costosa, una economía de capitalismo oligárquico y un régimen político de rasgos autoritarios.
El proyecto planificador central no pudo resolver el problema de la información y la fluidez del sistema de comando y control, y sustituir de manera convincente al mercado y los intercambios descentralizados de manera estable, más allá de las situaciones de economía de guerra, por mucho que una economía de mercado no regulada tenga sus propios problemas en materia de fines sociales, inestabilidad y crisis productivas recurrentes, y que las regulaciones tengan sus propios efectos indeseados.
La experiencia de Yugoslavia
En 1948, Iósif Stalin pidió a los comunistas yugoslavos que se deshicieran de la “camarilla titoísta” y regresaran al “camino correcto”, después de que el régimen de Tito, emergido de la resistencia a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, mostrara independencia de Moscú. Los comunistas yugoslavos que rechazaron a Stalin decidieron que, en lugar de propiedad estatal y planificación central, el socialismo como primera etapa de una nueva sociedad debía buscar, de acuerdo con la visión de Marx, la extinción del Estado y si bien no la propiedad de las fábricas por parte de colectivos de trabajadores, al menos su gestión. Esto no era simplemente un régimen comunista distinto, sino un régimen más cercano a Marx que al sistema soviético. La implementación gradual de la autogestión laboral y la creación de consejos obreros comenzó a inicios de la década de 1950, bajo la idea que el sistema yugoslavo era uno de “producción mercantil socialista”. Pero ¿cuál es la función objetivo de estas empresas?; ¿qué tratan de maximizar?;¿cuál es el “precio normal” en tal sistema?
Como señala Milanovic (2025), no hubo que esperar mucho para una respuesta neoclásica. El economista estadounidense Benjamin Ward señaló en un artículo en 1958 que las empresas maximizaban el ingreso por trabajador mientras pagaban un arriendo fijo por el capital, oficialmente propiedad de la sociedad, que era un impuesto sobre el valor de los activos fijos utilizados por las empresas. El artículo de Ward fue seguido de análisis de los efectos del comportamiento de las cooperativas autogestionadas que predijeron que emplearían menos trabajadores que una empresa capitalista equivalente, podrían reaccionar a un aumento del precio reduciendo la producción y subinvertirían, prefiriendo distribuir ingresos como salarios.
Desde otro ángulo, el punto de partida de los economistas yugoslavos estudiados recientemente por Grdešić y Žitko (2025) era diferente. Veían a Yugoslavia y su tarea como la misma que la de Marx: observar y analizar el nuevo sistema, sus “leyes de movimiento” y descubrir cómo se comportan las “empresas socialistas productoras de mercancías”. Su punto de partida era, en cierto sentido, el problema de la transformación heredado del Capital de Marx. El problema de la transformación surge cuando la economía pasa de un sistema simple de producción mercantil, donde los precios reflejan insumos de trabajo, a un sistema capitalista donde la tasa de ganancia se iguala entre ramas con distinta intensidad de capital, y donde los “precios de producción” de Marx se convierten en los nuevos precios de equilibrio. Ese “precio normal” o “precio de equilibrio” es el mismo que el precio de largo plazo de Marshall. Los economistas yugoslavos se preguntaron entonces: ¿cuál es el nuevo ‘precio normal’ cuando la ‘ley del valor’ rige como en el capitalismo, pero los que deciden son trabajadores y no capitalistas.
La discusión yugoslava sobre el socialismo autogestionado consideraba el sistema yugoslavo como una etapa más en la transición de la humanidad hacia un sistema más eficiente socialmente y más justo: hubo feudalismo, luego capitalismo, y ahora gestión democrática de las empresas. Dos principales escuelas de pensamiento emergieron. Milorad Korać sostenía que la función objetivo de los productores en un socialismo descentralizado no podía ser la misma que la de las empresas capitalistas. En su opinión, el empresario schumpeteriano maximiza beneficios totales, mientras el trabajador-empresario maximiza el ingreso neto de la empresa (es decir, el ingreso que queda después de la depreciación del capital). En la visión de Korać, incluso el rendimiento de los activos fijos (del que el Estado dejó gradualmente de cobrar arriendo) pertenece al colectivo de trabajo, refutando a los economistas que temían que los trabajadores se pagarían salarios altos a expensas de la acumulación. De hecho, la escuela del ingreso se acercó mucho a una posición libertaria de izquierda o incluso anarquista: lo que decidieran los consejos obreros estaba bien; si decidían usar todo el ingreso para pagarse salarios altos y no invertir nada, así debía ser. Algunos sugirieron que no debía existir ningún límite a cuán altos podían ser los salarios y que la tributación debía ser mínima. La escuela del ingreso llevó a la “sacralización” de los colectivos obreros. No podían equivocarse.
Zoran Pjanić fue el principal autor de una hipótesis alternativa del “precio específico de producción” como “precio normal”: los colectivos obreros no eran muy distintos de los capitalistas y buscaban maximizar “beneficios” después de la depreciación y del pago del arriendo. Por eso Pjanić pensaba que el precio normal (precio de equilibrio de largo plazo) en el socialismo de mercado era un “precio específico de producción”, no diferente, en los factores que entran en su formación, del precio de producción bajo el capitalismo. La escuela del beneficio estaba (con razón) preocupada por la posibilidad de que los trabajadores decidieran renunciar a la inversión y la innovación, pagarse salarios altos y tomarse vacaciones, generar inflación de costos, todos fenómenos que la economía yugoslava efectivamente exhibió, a veces con gran intensidad (alta inflación), en los años 60 y 70. También estaban más interesados en la política macroeconómica, que la escuela del ingreso abandonó en gran medida confiando en que los trabajadores” dejados a sí mismos, resolverían de algún modo todos estos problemas. Branko Horvat combinó marxismo y keynesianismo de izquierda y creía en fortalecer las funciones del gobierno federal para proporcionar un marco previsible en el cual las empresas pudieran prosperar, en la idea que una economía autogestionada superaría a una capitalista. El debate entre la escuela del “ingreso” y la escuela del “beneficio” quedó sepultado con la desintegración de Yugoslavia en 1991 y la guerra entre varias de sus naciones constitutivas, con el consiguiente desmantelamiento de la autogestión y el paso a una economía dominada por la acumulación privada de capital.
El desempeño de Yugoeslavia incluyó un período de dinamismo y apertura inéditos en el bloque socialista burocrático de la época, seguido de desequilibrios macroeconómicos que terminaron erosionando la promesa inicial. Entre 1952 y 1960 el PIB creció alrededor de 6–7% anual y en los años sesenta el crecimiento siguió siendo de 5–6% anual, aunque más irregular y la inversión fue de un 30-35% del PIB, contrariamente a las predicciones neoclásicas. Pero la inflación se volvió recurrente desde mediados de los años 1960, con ajustes salariales negociados por los consejos obreros que empujaban los costos con alta indexación salarial en medio de precios flexibles de mercado. En 1980, la inflación superó el 40% anual y en 1989 se convirtió en hiperinflación. Durante los años 1970, Yugoslavia se financió con crédito occidental y su deuda externa pasó de casi cero en 1968 a más de 20 mil millones de USD en 1980. Sufrió la crisis del petróleo y al aumento de las tasas de interés, mientras la autogestión profundizó las desigualdades entre repúblicas, con Eslovenia y Croacia más integradas al mercado occidental y Serbia, Bosnia, Macedonia y Kosovo relativamente más rezagadas. La crisis se caracterizó por la desaparición del crecimiento, una aceleración de la inflación y una creciente carga de la deuda, agravadas por la inestabilidad política.
No obstante, en casi todos los indicadores de bienestar, como el PIB per cápita, el consumo, la vivienda, la libertad cultural y la innovación institucional, Yugoslavia superó al modelo soviético, pero su talón de Aquiles fue la inestabilidad macroeconómica, lo que la URSS evitó con la rigidez de su planificación central.
La experiencia china
La planificación central de China evolucionó desde 1978, por su parte, hacia la creación mercados rurales, primero, y a la asociación con capitales extranjeros y la integración en la economía mundial, después.
La centralización de la asignación de recursos se implantó en China después de la guerra civil culminada en 1949 con la victoria de los comunistas liderados por Mao Zedong sobre los nacionalistas del Kuomintang, que se replegaron a la isla de Taiwan. La reconfiguración de China como nación se produjo a la salida de convulsiones críticas luego de la colonización occidental en el siglo XIX, de las guerras con Japón (1894-1895 y 1937-1945) y de la guerra civil. Estas dejaron a esta vasta nación, cuya economía tuvo una mayor envergadura que la de Europa y produjo buena parte de las más importantes innovaciones tecnológicas hasta antes de la revolución industrial, como uno de los países más empobrecidos y con menor ingreso por habitante del mundo al término de la segunda guerra mundial.
La planificación central maoísta procuró desde 1949, siguiendo el modelo soviético instaurado en 1930, extraer de manera centralizada excedentes de la producción campesina para crear una industria incipiente y sostener el poder del Estado, incluyendo la fabricación de armas nucleares a partir de 1964. Una planificación voluntarista de la industrialización y la extracción de excedentes agrarios, el "Gran Salto Adelante", llevó a un gran crisis productiva y a una hambruna en 1958-60, que implicó la muerte de unos 30 millones de personas. La "revolución cultural" de 1966-1976, en la que Mao se impuso a sus detractores más pragmáticos en materia económica en el partido único, se orientó a la eliminación de los restos de "elementos capitalistas y tradicionales de la sociedad china" y provocó nuevas convulsiones económicas y muertes por privación y represión. El sistema económico centralizado se prolongó hasta 1978, sin mayores avances en las condiciones de vida del campesinado y la población urbana.
China abandonó desde entonces la planificación central omnipresente e introdujo mecanismos de mercado en diversas áreas, empezando por liberalizar los precios agrícolas, aunque manteniendo hasta hoy la propiedad estatal de la tierra y el suelo. A la vez, organizó una fuerte economía industrial de exportación basada inicialmente en inversiones extranjeras y en el aprendizaje de empresas locales desde la manufactura simple basada en bajos salarios hasta la elaboración de bienes e insumos de alto valor agregado mediante un escalamiento tecnológico progresivo, en medio de una gran inversión en infraestructuras. Deng y sus sucesores mantuvieron un importante sector público productivo y un manejo gubernamental de las principales variables económicas, logrando, desde niveles iniciales muy bajos, una expansión que se ha constituido en el caso más notable de transformación económica en pocas décadas y en uno de los polos dominantes de la economía mundial contemporánea. Las reformas post maoístas a partir de 1978 no desmantelaron todos los mecanismos de planificación y se mantienen hasta la actualidad los planes quinquenales que orientan los ejes de la inversión y la innovación. Introdujeron en una primera fase los mercados rurales y autorizaron el uso familiar de la tierra bajo formas de arriendo, junto a la autonomización y privatización de empresas industriales. No obstante, China conservó el control estatal de las áreas estratégicas, con empresas públicas, mixtas y privadas de capitales chinos, orientadas a insertarse en los mercados mundiales y alcanzar y superar la frontera tecnológica, incluyendo procesos de aprendizaje tecnológico acelerado y el incremento progresivo de la complejidad industrial en la industria textil y de muebles, la electrónica, la de máquinas herramientas, la automotriz, la aeronáutica y satelital y la informática y la microelectrónica. Hoy cubre prácticamente toda la gama de la manufactura moderna, con un avance por sobre otras economías en la producción de paneles solares, material de energía eólica, baterías y autos eléctricos, que la ponen en la punta de la transición energética a escala global.
Según Jiang (2024), luego de la Revolución Cultural (1966-1976) y sus consecuencias económicas,
"el crecimiento económico fue identificado como la fuente de legitimidad política más importante. El desempeño económico se ha convertido en el indicador para la promoción burocrática, lo que ha fusionado la política y la economía chinas. Este mecanismo de organización política les facilita a los dirigentes dar impulso a cualquier cambio deseado y en esto se basa precisamente el giro de China hacia el desarrollo tecnológico. Desde la década de 2010, los nuevos líderes quieren emular el desarrollo de alta calidad occidental en lugar de proveer a Occidente de productos de baja calidad, baratos e intensivos en trabajo".
El resultado fue el mayor aumento general de ingresos de la población de un país en pocas décadas que haya conocido la historia humana. La urbanización y la transformación de China ha ocurrido a una escala 100 veces superior a la del Reino Unido, el primer país en urbanizarse e industrializarse, y a alrededor de 10 veces su velocidad, por lo que la revolución industrial china tiene 1.000 veces el impulso que ostentó la revolución industrial británica de inicios del siglo XIX. La evolución de China desde los años 1980 es un caso muy exitoso de transición desde una economía estatalmente centralizada, poco industrializada, predominantemente rural y pobre, a una economía desarrollista mixta de excepcional dinamismo industrial de orientación exportadora, con un rol central de las inversiones planificadas en la infraestructura y en los sectores industriales, especialmente de punta tecnológica, junto a subsidios estatales pero también permitiendo una fuerte competencia entre empresas y entre territorios que logran disminuciones de costos e innovaciones, además de un férreo control demográfico y del desplazamiento poblacional rural-urbano. Las tierras agrícolas, que representan el 55% de la superficie de China, están directamente controladas por las autoridades locales o bien alquiladas por ellas a los agricultores. En las ciudades, la propiedad de los edificios no incluye el terreno sobre el cual están construidos, que pertenece al gobierno local y lo alquila al propietario. El Estado mantiene un 55% de la propiedad de las empresas y los inversores extranjeros algo más del 10% (Piketty, 2021). Algunas de las empresas públicas chinas se encuentran entre las mayores del mundo: tres de las diez mayores empresas globales por ventas son empresas estatales chinas en la clasificación de 2024 de la revista Fortune. La participación del sector privado en la capitalización de mercado agregada de las 100 principales empresas chinas cotizadas alcanzó al 34% a finales de 2024, tras un descenso de tres años desde su mayor valor de mediados de 2021, cuando alcanzó el 55 %, aunque alcanzaba solo un 8% en 2010 (PIIE, 2025). La definición del sector privado es el de las empresas con menos del 10 % de propiedad estatal. El sector estatal incluye tanto las empresas de propiedad mixta (15% del valor), en las que el Estado posee entre el 10 % y el 50 %, como las empresas estatales mayoritarias (51%).
China se propone mantener un crecimiento del orden de un 5% al año, con una regulación macroeconómica activa y una política industrial centrada en el desarrollo de la tecnología de punta. La fuerte inversión urbana y territorial llevó previamente a una burbuja inmobiliaria, con un menor crecimiento desde la recesión mundial de 2008-2009. Este ha sido inferior ahora al de la India, aunque siempre muy superior al de los países del G7. El crecimiento desde la pandemia de COVID-19 ha sido más lento que en las cuatro décadas previas. China está experimentando una caída en la construcción de viviendas desde 2022, que junto a la producción de acero, vidrio y otros materiales fue, además de las exportaciones industriales, el mayor impulsor del crecimiento durante décadas, con una muy elevada tasa de inversión agregada. Su desafío próximo es fortalecer el consumo de la población, en medio de una tendencia de las familias al ahorro ante una seguridad social poco robusta, y a la vez reducir el desempleo juvenil y ayudar a las empresas fuertemente endeudadas del sector inmobiliario.
A su vez, China enfrenta desafíos de gobernanza con sus nacionalidades y religiones, mientras, según Wang Qishan (2017), vicepresidente de 2018 a 2023, el Partido Comunista chino debe superar en materia de corrupción "unos conceptos tenues, una organización laxa, una disciplina blanda, una gobernanza débil y una cultura política malsana".
El actual proceso chino impulsado por Xi Jinping, se propone crear “nuevas y cualitativas fuerzas productivas” e impulsar la innovación y el crecimiento a través de grandes inversiones en manufactura, particularmente en alta tecnología y energía limpia, así como un gasto robusto en investigación y desarrollo. Para estimular el crecimiento, se están aplicando las recetas ya probadas en la últimas décadas, es decir invertir fuertemente en el sector manufacturero, con apoyo de la banca estatal y los gobiernos territoriales, con la apuesta de que las mejoras tecnológicas conduzcan a un crecimiento de la economía capaz de incorporar a más trabajadores de los que pueda expulsar. Esto incluye nuevas fábricas que han ayudado a impulsar las ventas de paneles solares, autos eléctricos y otros productos vinculados a la transición energética en todo el mundo. China está dominando masivamente esos mercados. La prensa estatal alaba en particular las “tres novedades”: la energía fotovoltaica, las baterías y los vehículos eléctricos, en oposición a las “tres antigüedades”: la ropa, los muebles y los electrodomésticos de baja gama. El país está acelerando la instalación de campos de paneles solares en su territorio a un ritmo sin precedentes, tanto para salir de la dependencia del carbón como para absorber su producción: en 2023, China ha sumado más potencia de paneles fotovoltaicos que toda la capacidad instalada en Estados Unidos. La industria representa una gran parte de la economía del país y es más del doble de la proporción vigente en Estados Unidos. Un 31% de la manufactura mundial proviene hoy de China, contra un 20% en 2010, y cubre prácticamente toda la gama de productos.
La sui generis evolución de China desde 1978 lleva a preguntarse ¿cuán socialista es el país de Mao? La apertura a la inversión extranjera, el acelerado crecimiento orientado a la exportación y la liberalización de diversos mercados internos han hecho de la China urbana una sociedad de ingresos medios y sacado a cientos de millones de chinos de las áreas rurales de la pobreza.
Siguiendo los criterios de Barry Naughton (2017),
“no existe una definición generalmente aceptada de ‘socialismo’ y no parece tener mucho sentido argumentar si una realidad compleja coincide con una simple y arbitrariamente definida etiqueta”, por lo que avanza “cuatro características que están relacionadas de modo plausible a un amplio rango de concepciones del socialismo, es decir hablamos de características descriptivas del socialismo antes que de ´modelos’”.
Estas son, para este autor, primero la capacidad de moldear (shape) los resultados económicos, es decir de controlar los flujos de activos e ingresos a través de la imposición y la autoridad regulatoria, lo que no implica necesariamente mantener una generalizada “propiedad estatal de los medios de producción”. Segundo, la intencionalidad de hacerlo, pues un gobierno socialista se propone moldear la economía para obtener resultados que sean diferentes de los que produciría un mercado no intervenido. Tercero, la orientación a la redistribución, dado que un gobierno socialista típicamente se justifica a sì mismo en tanto beneficia a los ciudadanos menos aventajados, por lo que parece natural buscar evidencia sobre el éxito de las políticas en materia de crecimiento inclusivo, seguridad social y redistribución a favor de los pobres. Cuarto, un gobierno socialista debe disponer de algún mecanismo a través del cual el grueso de la población pueda influenciar la política económica y social, y que la política muestre al menos alguna capacidad parcial de respuesta (responsiveness) a las cambiantes preferencias de la población.
Naughton evalúa que China es hoy muy distinta tanto de la economía de comando de hace 40 años como de la economía de “capitalismo salvaje” de hace 20 años. Diagnostica que el gobierno tiene en China mucha más influencia sobre la economía que en virtualmente cualquier economía avanzada o de ingresos medios, mientras las empresas y bancos estatales son predominantes y los planes quinquenales tienen incidencia interna y externa. Este autor calcula que en 2015 solo el 12% del empleo estaba en empresas estatales, pero que el gobierno controlaba el 39% de los activos industriales, el 85% de los activos bancarios, el conjunto del sector de telecomunicaciones y transportes y lo fundamental de los servicios de educación y científicos y tecnológicos, cifras que se mantienen grosso modo en la actualidad: las estimaciones varían, pero se calcula que las empresas estatales aportan entre 25% y 30% del PIB de China y concentran alrededor de 40% de la inversión total en activos fijos, mientras el sector estatal emplea entre 15% y 20% de la fuerza laboral urbana (unas 70–80 millones de personas). Sectores como el petróleo y el gas están estructurados para generar rentas monopólicas y el gobierno ha mantenido el control de casi todas las instituciones financieras y de la provisión de servicios básicos. El Partido Comunista gobernante controla casi todos los medios de comunicación. La principal empresa tecnológica, Huawei, es propiedad y está controlada por sus 90 mil empleados, que participan en derechos de acciones. Aunque muchas fueron privatizadas desde los años 90, las "empresas de ciudades y aldeas" son empresas públicas de propiedad colectiva local, donde teóricamente la titularidad corresponde a la comunidad —e indirectamente a los trabajadores locales— y los derechos de uso se delegan a los gestores. En 2024, las empresas privadas representaron más de la mitad del comercio exterior y de los ingresos fiscales de China, y más del 80 % del empleo urbano.
En materia de condiciones de vida, el crecimiento más alto por más tiempo en la historia humana, con un Producto Interno Bruto por habitante que creció a una tasa de 7-8% al año durante cerca de 40 años, ha significado que hacia 2014 ese PIB fuera 20 veces mayor que el de 1978. El Índice de Desarrollo Humano muestra logros en materia de ingresos, educación y salud que situaron a China en 2022 en el rango de países de desarrollo humano “alto” (0.89) y no ya el rango “bajo” (0.48) de 1990. Por su parte, de acuerdo a los datos del Banco Mundial, la reducción del número absoluto de pobres entre 1981 y 2010 representó el 95% de la reducción de las personas pobres en el mundo, medida la pobreza monetaria por una línea de menos de $1 al día por persona. En cambio, la distribución del ingreso se deterioró, pasando China de ser una de las sociedades de alta población más igualitarias a una con un coeficiente de Gini –mientras más cerca de 100 más desigual la distribución del ingreso- de 37.1 en 2022, a comparar con el de 39.8 de Estados Unidos y el 52.9 de Brasil, por ejemplo, según los datos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
China mantiene una relativamente baja capacidad estatal de proveer seguridad social y redistribución, pues el progreso social se ha centrado en el empleo y el sustancial aumento de los salarios y los ingresos autónomos de la población. Desde 1986, desarrolla una política activa de identificación de las comunas pobres, a un cuarto de las cuales realiza transferencias para desarrollo económico e infraestructura, alimentación y préstamos subsidiados, aunque las transferencias monetarias directas a las personas pobres abarcan unos 70 millones de personas con prestaciones bajas. En los últimos años han aumentado los esfuerzos de ampliación de la seguridad social en salud y pensiones en el mundo rural y los migrantes, donde las reformas de Deng las habían prácticamente desmantelado. El impuesto a los ingresos personales representa solo un 1,3% del PIB, por lo que el sistema redistributivo de impuestos-transferencias es de baja intensidad, con una fuerte diferenciación entre los residentes urbanos y los rurales (50% de la población). La provisión de bienes públicos y de infraestructuras ha beneficiado a amplios segmentos de la población, pero el cuidado ambiental es de bajo impacto. Si a lo anterior se agrega la dificultad de reconvertir las fuentes de crecimiento de la economía desde la inversión (40% del PIB por décadas) al consumo, se concluye que la disponibilidad a responder las preferencias de la población es bastante escasa, en el contexto de un sistema unipartidista políticamente centralizado, con presencia de grupos de interés de desigual poder en la estructura estatal y con prácticas de corrupción denunciadas por el propio liderazgo político. Así, para Naughton
“China satisface en la actualidad nuestros dos primeros criterios: el gobierno tiene la capacidad y la intención de moldear los resultados económicos. En el tercer y cuarto de nuestros criterios –redistribución y responsiveness- China los satisface menos altamente que los primeros dos”, algo así como un "semi-socialismo".
Branko Milanovic (2025), por su parte, sostiene que en China existe hoy un capitalismo de Estado bajo la conducción de un partido único que declara mantener los fines del socialismo. Para llegar a esa conclusión, este autor compara la reflexión de Lenin después de la primera etapa de la revolución rusa y la de Deng después de la convulsionada revolución cultural china.
El punto de partida de Lenin, expresado en su texto de abril de 1917, El Estado y la revolución, escrito a días de la revolución de octubre mientras se ocultaba en Finlandia, se basó en los escritos de Marx y Engels sobre el socialismo y sobre la Comuna de París y buscaba convencer a los líderes de la Segunda Internacional sobre la justeza de su análisis de la guerra mundial y sobre su llamado a transformarla en una guerra revolucionaria socialista. Trazó el sistema que seguiría a la revolución socialista en Rusia como uno que en el plano económico implicaba la nacionalización de los medios de producción y la toma de decisiones centralizada, mientras en el plano político trasladaba el poder a los soviets (consejos de obreros y campesinos) como dictadura del proletariado (razón por la cual disolvió la asamblea constituyente elegida en los días posteriores a la revolución). Como señala Milanovic (2025),
"estrictamente hablando, la dictadura del proletariado, tal como la discute Lenin, es compatible tanto con el sistema de partido único como con el multipartidismo".
Se trataba de una acepción social del régimen político, del mismo modo que los regímenes capitalistas eran para Marx dictaduras de los capitalistas bajo una forma democrática multipartidista o bajo gobiernos autoritarios.
En abril de 1922, Lenin como jefe del gobierno soviético y después de una dura guerra civil y una intervención militar extranjera múltiple, pronunció cinco años después su último gran discurso ante el XI Congreso del Partido Comunista. En él defendió la Nueva Política Económica (NEP), que era atacada por sectores del partido bolchevique como la llamada "Oposición Obrera", liderada por Shliápnikov, y los partidarios de la industrialización forzada, como Preobrazhenski. El caso es que las políticas de la NEP eran lo opuesto a las que Lenin había planteado en 1917. Si bien mantenía el objetivo final, cambió completamente de táctica.
Lenin explicaba en El Estado y la revolución:
“La revolución consiste en… destruir el ‘aparato administrativo’ y toda la maquinaria del Estado, sustituyéndola por una nueva… Abolir la burocracia de inmediato, por completo y en todas partes, es imposible. Es una utopía. Pero destruir la vieja maquinaria burocrática de inmediato y comenzar a construir una nueva… eso no es una utopía.”
En cambio, siguiendo a Milanovic, el discurso de 1922 puede leerse como un resumen anticipado y elogioso de las políticas aplicadas por el gobierno chino desde 1978: introducir el capitalismo para reforzar el control de un partido único y, en última instancia, avanzar hacia el socialismo. La realidad de construir el socialismo no había resultad como Lenin esperaba en abril de 1917. Cinco años después —tras la guerra civil, el comunismo de guerra, las intervenciones extranjeras y la rebelión de los marinos de Kronstadt, que habían sido la punta de lanza de la revolución de octubre— su enfoque era otro, sin citas de Marx y con afirmaciones tajantes de que el sistema creado en Rusia era algo que Marx no podía haber previsto ni imaginado. El nuevo sistema, argumentaban Lenin entonces y el Partido Comunista Chino hoy, puede reconciliarse con la doctrina marxista señalando que las revoluciones socialistas ocurrieron en regiones menos desarrolladas y requerían medios distintos:
“¿Son hoy las condiciones sociales y económicas de nuestro país tales como para inducir a verdaderos proletarios a entrar en las fábricas? No. Esto sería cierto según Marx; pero Marx no escribió sobre Rusia; escribió sobre el capitalismo en general, desde el siglo XV. Eso fue cierto durante seiscientos años, pero no lo es para la Rusia actual...Todos los libros más o menos comprensibles sobre capitalismo de Estado que han aparecido hasta ahora fueron escritos bajo condiciones y en una situación donde el capitalismo de Estado era capitalismo. Ahora las cosas son distintas; y ni Marx ni los marxistas pudieron prever esto. No debemos mirar al pasado.”
El objetivo principal del discurso de 1922 era permitir la pequeña propiedad campesina y la producción mercantil en el campo, y el comercio privado con las ciudades, así como permitir la entrada de capital extranjero mediante empresas mixtas entre el Estado soviético y capitalistas foráneos. Ambas representaban un claro alejamiento de la socialización de los medios de producción y la planificación centralizada que Lenin había defendido cinco años antes. Lenin distingue entre el capitalismo de Estado bajo condiciones capitalistas y el capitalismo de Estado bajo condiciones socialistas. En el primero, el Estado quita poder al sector privado para preservar mejor la dictadura del capital; en el segundo, el poder político reside firmemente en el Partido Comunista, pero muchas funciones económicas se delegan a capitalistas para aumentar la producción. El capitalismo de Estado es una etapa transitoria hacia el socialismo. Esto es lo que el Partido Comunista Chino sostiene desde que comenzaron las reformas en 1978, incluyendo lo que Lenin planteaba en 1922: descolectivización de la agricultura y apertura a la economía privada y al capital extranjero. Pero aunque la NEP era, según Lenin, necesaria por razones económicas, no debía llevar nunca al control capitalista sobre las decisiones políticas. Estas debían permanecer centralizadas en manos del Partido Comunista: “el capitalismo de Estado es un capitalismo que seremos capaces de contener, y cuyos límites podremos fijar”.
En este enfoque, el capitalismo de Estado es una etapa transitoria, que una vez que libere las fuerzas productivas y se haya alcanzado un mayor ingreso, puede desactivarse, revertirse y ser reemplazado por las políticas socialistas originales. Es decir, el capitalismo de Estado es una etapa adicional entre el capitalismo y el socialismo, impuesta por el hecho de que las revoluciones socialistas tuvieron lugar en países subdesarrollados. Lenin señala como condición temporal la necesidad de mantener estas políticas hasta que los cuadros comunistas aprendan a gestionar la economía mejor, es decir, tan eficientemente como los capitalistas. Así, la visión de Lenin no es incompatible con un capitalismo de Estado que dure cien años, como predijo Deng Xiaoping.
En 1992, luego de 14 años de reforma, Deng formulaba los perfiles de una economía socialista del siguiente modo:
“En cuanto a que haya más planificación o más mercado, no es allí donde radica la diferencia esencial entre socialismo y capitalismo. Economía planificada no es sinónimo de socialismo, pues en el capitalismo también hay planificación; y economía de mercado tampoco es sinónimo de capitalismo, ya que en el socialismo también hay mercado. La planificación y el mercado son mecanismos económicos. La esencia del socialismo radica en el desarrollo de las fuerzas productivas, la eliminación de la explotación, la erradicación de la polarización, y alcanzar la prosperidad común”.
El término "economía de mercado socialista" fue introducido por Jiang Zemin durante el XIV Congreso Nacional del Partido Comunista de China en 1992. La visión oficial China defendió esa idea en tanto era conducida por el partido único gobernante como una etapa necesaria para el desarrollo de la economía, pero hasta un punto en el que una "economía socialista planificada" sería posible. El actual líder chino, Xi Jinping, secretario general del Partido Comunista desde noviembre de 2012, y sus predecesores inmediatos, han descrito la construcción de la "economía de mercado socialista con características chinas" como el objetivo a perseguir, ya sin referencia a una economía socialista planificada. La definición de Xi Jinping en el 20 Congreso del Partido Comunista en 2022 es la siguiente:
"China es un país socialista de dictadura democrática popular bajo la dirección de la clase obrera, que se basa en una alianza de trabajadores y agricultores; todo el poder del Estado en China pertenece al pueblo. La democracia popular es el elemento vital del socialismo y es parte integrante de nuestros esfuerzos por construir un país socialista moderno en todos los aspectos...Debemos mantener y mejorar el sistema económico socialista de China. Debemos consolidar y desarrollar el sector público y fomentar, apoyar y orientar el desarrollo del sector no público. Nos aseguraremos de que el mercado desempeñe un papel decisivo en la asignación de recursos y de que el gobierno desempeñe mejor su papel".
El régimen económico chino se puede definir como un sistema de economía dirigida y mixta en materia de propiedad y de mecanismos de asignación de recursos, con un amplio espacio para empresas privadas y para la competencia de mercado entre empresas, pero siempre con un predominio sistémico de la orientación pública definida por el partido único gobernante. Ésta se apoya en una planificación de la inversión y en la mantención de la propiedad estatal de las infraestructuras y de la tierra y el suelo (con un derecho de uso que puede ser transferido dentro de plazos fijados por el Estado), con numerosas empresas estatales consideradas estratégicas (o con participación pública) y una banca predominantemente pública, con más del 60% de los activos bancarios.
Referencias y lecturas adicionales
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