En el puerto orbital nadie habla. Guardo la credencial en el bolsillo y veo cómo una mujer pide por el tratamiento de un hombre mayor que respira con dificultad. La derivación ya había sido aprobada, pero "la prioridad cambió". Nadie protesta, la fila sigue avanzando. Esa escena me acompaña cuando por fin veo Aurelia de cerca y entiendo que es una ciudad entera con hospitales y viviendas para todos sus habitantes. Ahí me doy cuenta de algo que me cuesta digerir. Cuando una sociedad decide quién puede formar parte de ella, esa elección casi nunca tiene que ver con quién más lo necesita, sino con quién ya tenía un lugar reservado de antemano. Cuando le pregunto a Mara por los demás, se queda callada un segundo antes de contestar: "Los demás están abajo."
Esa frase, tan simple, es la que más me quedó dando vueltas. Por eso, cuando salta la alarma de intrusión y veo cómo el sistema intercepta sin piedad a quienes intentan colarse, elegí guardar silencio y observar. Todavía no conozco las reglas de este lugar, y necesitaba tiempo para entender antes de actuar. Pero, despues, me quedé pensando si ese silencio fue una forma válida de resistir o si, en el fondo, también soy parte de ese sistema que decide quién entra y quién se queda afuera. No tengo una respuesta todavía, y esa duda es la que me dejó inquieta para lo que viene.