EPISODIO 1: LA VIDA COMO SUSCRIPCIÒN
¿Qué forma de injusticia aparece en este primer episodio?, ¿Esta injusticia es individual, estructural o una combinación de ambas?, ¿Qué priorizó esa decisión?, ¿La organización colectiva, la confrontación directa con el poder o la propia supervivencia?
La cicatriz que no cotiza.
Empiezo esta bitácora como lectora del Episodio 1 de Aurelia, pero para escribirla decidí meterme de lleno en la historia y contarla como si de verdad la estuviera viviendo, como si el año 2154 fuera mi presente y no algo que estoy leyendo en una pantalla.
Al principio me negué a suscribirme. No entendía por qué tenía que aceptar algo así solo para poder empezar. Pero no había otra opción, era obligatorio, así que terminé aceptando. Y ahí, justo cuando confirmé la suscripción, sentí que de verdad había viajado al año 2154, al mundo de Aurelia. Fue raro, porque no estaba leyendo una historia desde afuera, sino que ya era parte de ella.
Escribo esto todavía procesando lo que pasó en la fábrica. Un accidente que en realidad no fue tan accidente: la alarma sonó y nadie la escuchó. O nadie la quiso escuchar. El habitáculo se selló conmigo adentro y la línea de producción ni se alteró. Después me explicaron, casi con naturalidad, que quedé “fuera de cobertura”, como si mi salud fuera un dato más para clasificar y no algo que debería estar garantizado. Ahí me di cuenta de cuál es la injusticia de fondo en todo esto: mi cuerpo dejó de importar en el momento en que dejó de ser productivo. Y pensando un poco más, creo que lo que me sucedió fue estructural. Vivimos en un mundo donde ya no se nace ciudadano sino usuario, donde la vida se activa por contrato y si no rendís, perdés el acceso a todo, hasta a la salud.
Las corporaciones gobiernan sin que nadie las controle y la mejor tecnología médica ni siquiera está en la Tierra, sino guardada en Aurelia, reservada para quien puede pagarla. Entonces lo mío no es un caso aislado, es lo que le puede pasar a cualquiera que dependa de trabajar para seguir existiendo dentro de este sistema. Por eso, cuando tuve que decidir qué hacer, elegí exigir justicia y reparación directamente a la corporación, en vez de escaparme a buscar algún remedio clandestino en las zonas autónomas. Sé que hubiera sido más seguro desaparecer y tratar de resolverlo por mi cuenta, pero sentí que si me escondía, el sistema terminaba ganando dos veces: no me atendía y además nadie se enteraba de que me había hecho daño.
Priorizar enfrentar al poder antes que mi propia supervivencia inmediata fue una apuesta a que quedara registro de lo que pasó. La corporación terminó ignorando mi reclamo, como esperaba, pero igual algunas personas se dieron cuenta de que alguien se animó a cuestionar el sistema, y eso, aunque parezca poco, ya es algo.
Ahora que salgo de la historia y pienso en esto ya como lectora, me doy cuenta de que meterme en el mundo de Aurelia se sintió muy real y me hizo pensar hasta dónde llega la responsabilidad de un sistema sobre quienes dependen de él. Me queda la incertidumbre de si mi reclamo va a servir en los próximos episodios o si voy a tener que buscar otro camino, como el de la resistencia clandestina. No tengo esa respuesta todavía, y es justo lo que más ganas me da de seguir leyendo.