Para leer los documentos, se colocaban completamente extendidos, horizontalmente, protegidos por esteras (petates), en el suelo. El tlacuilo-lector y los oyentes se situaban alrededor del manuscrito; podían así verlo en su totalidad y moverse en torno de él. El lector podía relacionar sus lecturas iniciales, finales e intermedias según las necesidades de la información.