Caminos salineros en el Altiplano potosino
David Eduardo Vázquez Salguero
El Camino Real de Tierra Adentro es el trayecto más amplio y más antiguo de nuestro país; dada su relevancia en términos de patrimonio histórico y cultural, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) lo denominó Patrimonio de la Humanidad en 2010. Junto con sus ramales, se le ha considerado como la columna vertebral en el proceso de desarrollo, expansión y reproducción de la cultura, la economía y las dinámicas sociales a lo largo de la historia mexicana. La ciudad de San Luis Potosí fue adherida como parte de ese patrimonio cultural ante la Unesco, precisamente por su relevancia en este amplio itinerario que parte desde la Ciudad de México hasta Santa Fe, en Estados Unidos. Pero como todo lo que tiene que ver con caminos y con los trajines de mercancías, ideas y costumbres, cada tramo tiene sus peculiaridades que le otorgan identidad y sentido histórico.
Es bien conocido que el Camino Real, con énfasis en esta parte de nuestro país, tuvo una estrecha relación con la explotación, beneficio y acarreo del oro y la plata. En efecto, la industria argentífera, como también se conoce a la minería de la plata, fue el sostén económico, no sólo de la Nueva España, sino de la totalidad de la Corona Española, a lo largo de los reinos bajo su dominio. Incluso consumada la Independencia de México, la economía se mantuvo bajo el patrón-plata durante todo el siglo XIX.
Además del oro y la plata, hay otro par de compuestos que también estuvieron muy vinculados con la minería, en particular con la obtención de la plata, me refiero a la sal y al mercurio, este último también conocido como azogue. Resulta que, hasta antes de mediados del siglo XVI, la fundición era el método por medio del cual se obtenían tanto el oro como la plata. Existía otro sistema al que se le llamaba amalgamación, que se aplicaba solamente al oro y que requería del mercurio como ingrediente para incitar una reacción química que separaría al metal noble del resto de minerales. Fue en 1555 cuando Bartolomé de Medina, un minero proveniente de Sevilla, España, inventó −o quizá deberíamos de decir innovó− en Pachuca, el método de amalgamación para la plata con el mercurio y la sal como principales ingredientes.
Este procedimiento, también conocido como Método de Patio o Beneficio de Patio, consistía en extender el mineral en un amplio patio (de ahí el nombre) para poderlo separar y triturar hasta convertirlo en un polvo fino que luego sería apilado en montones. A éstos se les agregaba agua hasta obtener un lodo espeso al que se le añadiría sal, sulfato de cobre y óxidos de fierro, cal y azogue. Esa mezcla se extendía para formar “tortas” delgadas que luego agitaban personas o animales varias veces al día hasta que el azogue se amalgamaba con la plata. Esto último podría demorar desde semanas hasta dos o tres meses, dependiendo de la calidad del mineral, la altura sobre el nivel del mar y el clima. Durante este proceso, ocurría una reacción química que propiciaba la separación de la plata del resto de los minerales. Entonces el lodo se lavaba en tinas o piletas, de manera que las partículas más pesadas se precipitaban al piso del recipiente. Después, se exprimía toda esa masa para obtener unos molotes, también conocidos como piñas, que luego eran sometidos a destilación para separar la plata del azogue. Todo ello ocurría en las llamadas Haciendas de Beneficio que, en los casos de San Luis Potosí y Zacatecas, estaban ubicadas muy cerca de los yacimientos de mineral. Posteriormente, todo ese mineral era trasladado a las Casas del Apartado, donde el metal se fundía para separar el oro, la plata y otros minerales y, finalmente, se elaboraban las barras o lingotes.
En este punto del relato, seguramente el lector ha inferido la importancia de los caminos para hacer confluir en esas Haciendas de Beneficio los ingredientes ya referidos: plata, sal y azogue. Y con certeza, también ha deducido la importancia que tenía la sal para sostener la producción de plata, puesto que, sin ese ingrediente, la economía de la Nueva España y, por extensión, de la Corona Española, no se habría podido expandir y sostener, ni la economía de la emergente Nación Mexicana habría tenido esa dinámica que adquirió durante la segunda mitad del siglo XIX. Así, la plata y la sal estuvieron estrechamente vinculadas por más de 300 años a lo largo de ese amplio e intrincado Camino Real de Tierra Adentro.
En razón de lo anterior, es que en los siguientes párrafos le otorgue un énfasis particular al tramo del Camino Real localizado entre las ciudades de San Luis Potosí y Zacatecas, pues a lo largo de ese trayecto, con ramales hacia norte y sur de ese trazo, se constituyó un sistema salinero que tuvo amplias repercusiones en lo cultural y económico más allá incluso del propio Camino Real de Tierra Adentro.
El tramo salinero del Camino Real de Tierra Adentro se ubica geográficamente entre las capitales de San Luis Potosí y Zacatecas, pero también, como se ha referido, está compuesto por una red de caminos que se extienden hacia el norte, en lo que hoy conocemos como el Altiplano potosino y, hacia el sur, en donde se ubican las cordilleras de la Sierra de Pinos, hasta Fresnillo en el estado de Zacatecas. En términos geográficos, este sistema salinero forma parte de la cuenca hidrológica conocida como El Salado que, a su vez, se localiza en la parte sur del desierto chihuahuense, siendo éste el más amplio de entre los tres desiertos con que cuenta la República Mexicana (el sonorense, el chihuahuense y el de Tehuacán). Podríamos decir que el tramo salinero es también la puerta de entrada en la porción sur, a ese amplio y dilatado desierto chihuahuense. Allí hay grandes abanicos aluviales, es decir, porciones de terrenos que se ubican en las laderas de los cerros que, vistas a lo lejos, semejan la forma de abanicos o bajadas que terminan en las partes planas de los valles que están distribuidos a lo largo del Altiplano potosino. En estos lugares, la temporada de lluvias es corta, pero cuando ocurre, el agua baja con fuerza de los cerros, acarreando grava, arena y limo, y termina depositada y concentrada en los valles. El suelo, en algunos de esos lugares, se torna arcilloso, por momentos impermeable, pero al final de cuentas, permite la absorción y retención del agua, formando así algunos cuerpos de agua que no tienen salida al mar, llamados lagunas arreicas.
Como es de suponerse, el clima es cálido y la lluvia cae durante el verano, entre mayo y octubre. El paisaje provoca una sensación de amplitud debido a sus grandes extensiones, más o menos planas y más o menos salpicadas de lomeríos. El cielo es más bien limpio, carente de nubes casi todo el año y la vegetación es baja, ya que consiste en matorrales, aunque también existe la palma de yuca, biznagas, mezquites y nopales; sin olvidarnos, desde luego, de la omnipresente planta gobernadora. En muchos sentidos, el paisaje que hoy se puede apreciar seguramente es muy parecido al que habitaban los pueblos originarios seminómadas y que también percibieron los primeros habitantes españoles durante la segunda mitad del siglo XVI.
Aquellas lagunas a las que me he referido están dispersas en los municipios de General Pánfilo Natera, Villa de Cos y Fresnillo, en el actual estado de Zacatecas; y de Salinas, Moctezuma, Villa de Ramos y Santo Domingo en el estado de San Luis Potosí. Esas lagunas son de carácter estacional, es decir, solamente se llenan de agua durante las temporadas de lluvias que, como se ha dicho, prevalecen durante el verano, aunque durante los inviernos también se han registrado lluvias esporádicas. Tanto el viento como el sol han sido los causantes de la producción de altas evaporaciones de esta agua, que acarrea grandes cantidades de sales minerales, por lo que con cada ciclo de lluvia y evaporación a lo largo de miles de años, se han producido importantes concentraciones de salinidad en cada laguna, de tal manera que, durante el proceso de evaporación, la sal se presenta de manera natural en las playas en forma de eflorescencias o como costras de sal; a esta sal se le llama tequesquite y saltierra. Es importante mencionar que la cuenca de El Salado, también está compuesta por corrientes de agua subterráneas, por lo que es posible encontrar agua salada o salmuera en el subsuelo al perforar pozos. Generalmente, el agua dulce se encuentra por debajo de las corrientes de agua salada y ésta corre por debajo de las capas de aquella arcilla impermeable que caracteriza al piso de las lagunas. Así, la sal puede obtenerse por medio del ciclo natural de lluvia, evaporación y cristalización, tanto a las orillas de la laguna como en piletas donde se concentra el agua extraída de los pozos de agua salada.
Las primeras vetas de mineral de plata que se descubrieron en Zacatecas datan de la década de 1540. La primera de ellas fue la mina de Santa Bárbara en 1546 y, al año siguiente, fue descubierta por Juan de Tolosa, la de Veta Grande, una de las más extensas e importantes de la nueva España, y quizás del mundo. Por su parte, los descubrimientos en San Luis Potosí datan de la década de 1590; tal fue el caso de la mina de San Pedro en 1592, y la de San Luis Potosí en 1594, por Pedro Caldera. Por otro lado, los primeros yacimientos de sal fueron descubiertos en 1561, y descritos por Alonso de la Mota y Escobar entre 1602 y 1605, en su crónica titulada Descripción Geográfica de los reinos de Nueva Galicia, Nueva Vizcaya y Nuevo León.