Tradición y memoria arquitectónica. La vivienda vernácula tradicional en la región de Salinas, Moctezuma y Mexquitic
Leonardo González Leos
Introducción
El presente texto intenta, sin pretensiones, analizar la tradición constructiva de una región del Altiplano potosino, a partir de la recolección de varios testimonios y datos sobre las técnicas empleadas en la arquitectura vernácula, específicamente en la construcción de la vivienda tradicional. Tal información es el resultado de visitas a la zona, del contacto directo con la gente y la observación directa de la arquitectura, objeto del presente trabajo.
Esta recopilación no hubiera sido posible sin las aportaciones de albañiles y maestros, constructores tradicionales y especialistas, como el Arq. Joaquín Molina, quienes han compartido sus experiencias y memorias. A todos ellos, gracias.
Intentaré no alterar lo que mi memoria, notas y fotos han registrado. A veces los términos técnicos varían de un municipio o región a otro, así como los materiales, técnicas y procesos empleados en la construcción de los elementos arquitectónicos. Y aunque es posible que existan detalles que escapen y se hayan borrado parcialmente de la memoria de quien escribe, es precisamente ese temor, el temor del olvido, de la pérdida del saber y la práctica, lo que motiva este breve artículo, toda vez que la tradición constructiva vernácula tiende a desaparecer al sustituirse por nuevos materiales y procesos, existiendo la amenaza de que los saberes constructivos ancestrales desaparezcan en un futuro no muy lejano.
El contexto
La zona que en este texto nos ocupa es una unidad paisajística característica de la altiplanicie mexicana. En muchos sentidos, comparte el origen de los estereotipos representativos del paisaje y la vida del semidesierto del centro norte de México. Geográficamente, se localiza en el extremo poniente del estado de San Luis Potosí, en sus colindancias con el estado de Zacatecas.
El área, en sentido extenso, es una planicie definida en dos de sus extremos por dos poderosos geomarcadores, el Peñón Blanco al sur y el Cerro del Quemado al norte; ambas elevaciones geográficas contienen un gran significado y simbolismo para los pueblos originales y actuales. En el otro sentido, se aprecian los cerros que bordean la planicie por el este, con sus engañosas suaves formas, que a la distancia parecieran ascender de manera pausada, pero al aproximarse se presentan a manera de murallas de color marrón. Hacia el oeste, la vastedad del paisaje, que se extiende hasta donde se pierde la vista.
Esta región presenta, en general, características comunes. Su suelo, de colores ocres, amarillos y naranjas; la vegetación de la zona integrada principalmente por matorrales desérticos, donde predominan especies como la gobernadora, el mezquite y el huizache, con sus característicos colores verdes opacos, y la constante presencia de una rica variedad de especies de cactáceas; el cielo, de un azul profundo, pesado y aplastante, la mayoría del tiempo sólo interrumpido por alguna blanca nube solitaria.
Según dicen algunos de sus habitantes, es una zona de buena tierra, pero mal cielo, haciendo alusión a las escasas precipitaciones anuales que recibe este territorio. La aridez, la erosión y la salinidad lo envuelven todo. El tiempo parece lento en esta planicie. El aire, a finales de invierno e inicios de la primavera, golpea con ráfagas calientes que levantan polvaredas, formadas debido a las condiciones secas del suelo y la llegada de masas de aire caliente que, con el cambio de estación, desplazan violentamente las masas de aire frío.
Lo vernáculo
La arquitectura vernácula es aquella que surge del paisaje y sus habitantes. Es la arquitectura que nos habla y conecta con el contexto y de cómo éste es interpretado y aprovechado por sus habitantes. Es una manifestación de gran valor cultural, documental y testimonial, que pocas veces se valora y estudia. No se ve.
Es la arquitectura que está basada en la experiencia, que nace de soluciones que son probadas por el tiempo, el clima y el uso. Es la arquitectura que nace del sitio y retoma sus materiales, colores, texturas e incluso olores y sensaciones. Que casi siempre está presente, pero que no se ve, no se observa.
Es también, en muchas ocasiones, una arquitectura desdeñada, menospreciada, destruida y sustituida por los nuevos ideales de modernidad, la influencia de la vida urbana y la idea distorsionada de progreso. Pero que nos representa, nos da identidad, nos lleva a recuerdos profundos y a reencontrarnos con nosotros mismos.
La arquitectura vernácula es una construcción colectiva de saberes que se consolida en el tiempo a partir de innovar, perfeccionar y repetir soluciones, generando con ello una tradición cultural que se constituye en un patrimonio tecnológico comunitario.
La vivienda
Es la célula básica de la arquitectura. Es la solución constructiva que suple una de las necesidades fundamentales del hombre, al resguardarlo y protegerlo del medio natural. Es nuestro sitio de intimidad y de lo familiar, nuestro refugio, y en donde se manifiestan la mayoría de nuestros anhelos y esperanzas. Es en donde invertimos gran parte de nuestro tiempo, esfuerzo y recursos; constituye nuestro principal patrimonio ya que es nuestro principal legado a nuestros descendientes e inclusive para la comunidad.
Por esto resulta de especial interés su análisis, ya que para su diseño y construcción puede participar el usuario de forma directa y espontánea. Es en donde podemos observar cómo se adecuan y adaptan de manera creativa las tipologías y lenguajes arquitectónicos, sin que esto signifique la pérdida de sus valores e identidad.
Para dar orden al texto, seguiremos el proceso constructivo de una vivienda vernácula tradicional:
1. Selección del sitio
Dentro del solar o terreno, se selecciona el sitio a utilizar, considerando varios factores: Que no sea un área que se encharque, es decir, que no sea uno de los puntos bajos, un área con una cota más baja en relación al resto del terreno, o un espacio con problemas de filtración de las aguas, que retenga y no permita que el agua se resuma, es decir, que el suelo tenga cualidades impermeables y no permita que el agua sea absorbida. Así mismo debe de estar alejado de bajadas de agua, escorrentías o cauces de aguas pluviales, principalmente de temporal, las cuales en épocas de estiaje pudieran ser casi imperceptibles.
No se buscaba una orientación específica ni tampoco el aprovechamiento de los vientos. Éstos, según testimonios, sólo se consideraban para la ubicación de la cocina, la cual, al emplear la combustión de leña para la cocción de los alimentos, debía de estar en una ubicación que permitiera la dispersión de los humos en sentido contrario al de la ubicación del resto de los espacios de la vivienda. En algunos casos, según manifestaron, se llegaba a cambiar y reubicar el espacio de la cocina porque la cocina salía humienta, es decir, los vientos arrastraban el humo hacia la vivienda.
De acuerdo con los testimonios, la ubicación dentro del solar respondía al gusto del propietario y al nivel de privacidad que los habitantes quisieran tener. Al observar los asentamientos o áreas en las que predomina la vivienda vernácula, podemos observar e intuir dos criterios predominantes para la selección del área en la que se construía la vivienda: en las zonas rurales y rururbanas, la edificación se coloca en el área central del predio. En las zonas suburbanas y urbanas, en la parte frontal del terreno, cerca de los caminos o vialidades, sin ser esto una regla o patrón definido.
2. Trazo
El trazo se hacía utilizando hilo y estacas de madera o ramas, que servían para delimitar el área específica sobre la que se realizaría la construcción. Las medidas en la vivienda vernácula tradicional se hacían con pasos, lo que resultaba en la utilización de módulos de aproximadamente 85 centímetros de longitud. El dimensionamiento estaba basado en la experiencia, muchas veces imitando las dimensiones de espacios similares o conocidos, los cuales eran cómodos o se consideraban adecuados. Se debe de tomar en cuenta que la economía, tanto en recursos como en esfuerzo, era un parámetro altamente valorado, por lo que siempre se buscaba que los espacios funcionaran, pero que no sobraran.
Se colocaban en los límites del espacio las estacas, se amarraban y tensaban los hilos y se trazaba manualmente, con una pala o pico, marcando o generando un surco en la tierra, el cual servía como referencia.
3. Excavación y preparación del terreno
La excavación se hacía por medios manuales, con pala, pico y barra. No existía una profundidad específica, según los testimonios, se buscaba siempre llegar al tepetate, la primera capa dura, resistente, que se encuentra en el subsuelo. Ésta puede ser de materiales variados; específicamente en la zona de Moctezuma-Venado-Guanamé, se halla a 60 centímetros de profundidad, aproximadamente.
Al realizar la excavación, la capa superficial de terreno, el suelo, se colocaba en el exterior del espacio a edificar, y el resto, se colocaba al interior, ya que la capa superficial de terreno contenía, por lo general, materia vegetal y no se consideraba útil en términos constructivos. Mientras que las capas inferiores podían servir para generar el piso de la vivienda, como se comentará más adelante.
Al concluir con la excavación de las cepas, o de las zanjas, se preparaba la cama, este procedimiento no era muy común, pero considero importante registrar la descripción, aunque muchos otros constructores no la refieran. La base de la cepa o zanja, se preparaba mediante la colocación de una planilla de cal, tierra y tepetate molido, la cual permitía allanar y nivelar la base de la cimentación y también protegerla. En la zona de Moctezuma, se habla de la sustitución del tepetate molido, por tierra para lavar trastes, una tierra de color variable, gris, rosa o blanquecina, que se encuentra debajo de las capas más superficiales de tepetate, la cual tiene una granulometría muy fina, semejante al talco. Esta tierra en otras zonas se conoce como caliche o tierra tizar.
4. Cimentación
En la zona, el material más buscado para la construcción de la cimentación era y sigue siendo la cantera, material pétreo que abunda en la región. Ésta era traída de las laderas de los cerros o de bancos de extracción. Se buscaba que fuera de piedra dura, de rocas de dureza y resistencia alta al esfuerzo mecánico, es decir, que no se deformara o se deteriorara por las cargas. Y que también permitiera la perdurabilidad a pesar de estar sometida a humedad, erosión y desgaste.
Por cantera nos referimos a la toba volcánica, roca de origen ígneo compuesta por cenizas y otros fragmentos de rocas, cristales y/o materiales resultantes de erupciones volcánicas, las cuales presentan diferentes niveles de dureza y tonalidades, que van del gris claro a un gris rosáceo, pasando por tonalidades cremas, violáceas y purpúreas.
En zonas del municipio de Mexquitic, existen bancos de piedra muy apreciados para la construcción de cimentaciones. Según testimonios, la piedra, al extraerla, se corta en lajas regulares, de una sección considerable y tiene una notable resistencia, por lo que es muy buscada y utilizada.
Para continuar con la construcción de la cimentación, se seleccionaban las piedras tratando de que la cara más regular quedara expuesta hacia el exterior; al interior, si quedaban huecos, se rellenaban con piedras de menor dimensión. El ancho de la cimentación variaba, pero no era menor a los 30 centímetros. La piedra se pegaba o junteaba con mezcla de cal y arena.
Una práctica común es que las viviendas tuvieran un sobrecimiento, es decir, que el cimiento superara el nivel del suelo. Esto para proteger la edificación, ya que los muros eran hechos de materiales más blandos que reaccionan con la humedad. El sobrecimiento, también conocido por los constructores de la región como renchido, era hecho con piedra de corte, es decir, con piezas regulares o con piezas a las que se les daba una forma regular mediante el uso de cincel y marro. Al quedar esta parte de la cimentación a la vista, se buscaba que fuera regular y con un cierto cuidado estético mediante la colocación cuidadosa de las piezas. El sobrecimiento o renchido, usualmente tiene una altura que va de los 30 a los 40 centímetros por encima del nivel del suelo.
5. Muros
El material que predomina en las edificaciones vernáculas tradicionales de la zona se elabora a base de tierra. Aunque existen edificaciones de piedra, el material más representativo y que, incluso, es considerado como un rasgo que define el carácter vernáculo de las edificaciones en la región que analizamos, es el adobe.
El adobe es una pieza de construcción hecha por el hombre, es regular, se hace con una mezcla de barro, arena y fibras naturales. Al utilizar la tierra del sitio, el adobe presentará diferentes colores y resistencias, según los materiales de la zona.
Según testimonios, la mejor tierra para hacer adobes, es la que tiene tierra o arcilla que se deposita en las orillas de estanques, presas o cuerpos de agua. Este material se recolecta cuando el nivel del agua baja, dejándola expuesta y seca. En la región, existe la creencia de que la mejor fibra para hacer adobes es el pasojo de macho, es decir, el excremento de caballo o burro, no de yegua o burra, ya que éste le confiere mayor firmeza o fuerza al adobe.
La mezcla ideal para el adobe es usar 30% de barro,70% de arena, adicionado con fibra natural (paja, ixtle, etc.), material que permite dar cohesión y resistencia a la pieza. Los materiales disponibles del lugar se mezclaban con agua, buscando la integración de los elementos y, una vez amalgamada la mezcla, se vertía en una adobera, que es un cajón, forma o molde de madera, con las dimensiones del adobe; en la región predomina la medida de 60 centímetros de largo por 30 centímetros de ancho y 15 centímetros de espesor o grosor, aunque ésta puede variar.
El adobe se deja al sol y cuando se ha secado, se estiba y protege o resguarda, hasta que es utilizado. Generalmente se almacena colocando las piezas en ángulo, ya sea a 45 o 60 grados; de manera hipotética, esto pudiera deberse a que, si se estiba uno encima del otro, y se prolonga el tiempo de almacenamiento, se corre el riesgo de que éstos, con la humedad ambiental o la exposición a la lluvia, se fusionen o peguen.
Los muros se desplantan directamente sobre la cimentación o el sobrecimiento, se colocan las hiladas de adobe tratando de que no coincidan las uniones en el sentido vertical, es decir, que la unión de las piezas de una hilada quede sobre la parte central del adobe de la hilada inferior. La unión de los adobes se realiza con la misma mezcla con la que se hicieron los adobes, pero sin el pasojo. Algunos añaden 10% o 15% de cal a la mezcla. Los adobes se colocaban en seco, pero la mezcla debería de tener la humedad necesaria para que se adhirieran.
En las esquinas, el adobe se debía de cuatrapear, es decir, se buscaba alternar la coincidencia de una pieza entera de adobe en la esquina de una hilada de uno de los muros y, en la siguiente hilada, una pieza de adobe del otro muro, completa; se debía de generar un efecto de dentado o traslape en la esquina para dar rigidez y solidez a la estructura. Recordemos que este sistema es un sistema de masa activa, donde toda la superficie del muro carga por igual, no existen refuerzos de otros materiales para transmitir las cargas en el sentido vertical ni horizontal, por lo que el acomodo de las piezas es fundamental para dar rigidez y estabilidad a la estructura.
Si la estructura fallaba y se presentaban grietas en las esquinas, era común la colocación de contrafuertes del mismo adobe. Ésta era una estructura adicional de refuerzo, que bien podía ser un segundo muro o un muro colocado en sentido transversal. Recordemos que estamos hablando de edificaciones vernáculas tradicionales sencillas y, si bien, existen contrafuertes de piedra, éstos se utilizaban en edificaciones de mayor envergadura o importancia. En las viviendas era usual colocar un contrafuerte de forma trapezoidal en las esquinas mediante la colocación de un segundo muro que abrazaba la esquina de la edificación. Estos contrafuertes se construían con una altura diversa y podían variar las formas en las que solucionaban el remate o parte superior.
Un elemento característico de los muros de adobe era el rajueleo. Éste consistía en la colocación de lajas o secciones de piedras alargadas, planas, no muy gruesas, en muchos casos, resultado del trabajo de la piedra para el sobrecimiento, que se iban colocando en la junta de los adobes, es decir, en la mezcla que une a las piezas de adobe. Teóricamente, en nuestro tiempo, se cree que era empleado para generar un elemento adicional de agarre para el recubrimiento del muro, pero, según los testimonios de los constructores tradicionales, servía para dar vista, para que el muro fuera más agradable o que tuviera algún detalle de interés. Lo más probable es que funcionara de ambas maneras.
En la región que va de Moctezuma hasta Cedral, es usual encontrar el cuarterón, también llamado “sillar de tepetate” o “terrón”. En otros estados, como Puebla, se le conoce como sillar. Éste es un material que se extrae y corta, literalmente de la tierra. Es una piedra suave, generada por la compresión del material de sedimentos. Se extrae manualmente con barra, cortando de manera ordenada, por capas e hileras, piezas semi regulares, que después son labradas y se les da forma con un serrucho especial que es más ancho y con dientes más grandes, especial para cortar este material. Según testimonios de trabajadores de Moctezuma, en algunos casos, el corte o moldeado de las piezas se puede hacer incluso con cuchilla.
Este material también fue empleado para la construcción de muros en la vivienda vernácula tradicional, ya que es un material muy noble y maleable, con una menor capacidad de retardar los efectos térmicos que el adobe, es decir, es un poco más frío en invierno y más caliente en verano que el adobe. Debido a su composición, presenta una variedad de tonos y texturas.
La técnica constructiva es similar a la del adobe y sigue los mismos criterios de acomodo. Se pega con una mezcla de cal y arena; en algunos casos se le coloca la rajuela, no se utiliza en cimentaciones y es común en las partes altas de los muros para recibir la carga de las vigas de la cubierta o techo, debido a que es un poco más resistente que el adobe.
6. Solución de vanos
Al construir un muro, si éste presentaba un vano, es decir, un vacío para generar una puerta o ventana, el adobe se cortaba y se dejaba el hueco o espacio.
El cerramiento de los vanos es la solución constructiva para la parte superior de un hueco o vacío en un muro. En las edificaciones vernáculas más antiguas, aún es posible encontrar ejemplos que utilizaban troncos perfilados con hachuela o cuchilla, los cuales conservan la sección y forma circular del tronco, llamados “morillos”. Estos elementos horizontales se apoyaban en los dos extremos del vacío, sobre la hilada del adobe que cubría o dejaba la altura deseada en la puerta o ventana, integrando en ocasiones el “arrastre” o refuerzo de apoyo sobre muro, muchas veces de madera. A veces, el morillo o viga se empotraba directamente sobre muro en oquedades preparadas, denominadas mechinales. Era necesario utilizar la suficiente cantidad de piezas de viguería de morillo o vigas hachueladas que permitieran cubrir el ancho del muro. Posteriormente, se seguía con la colocación como correspondiera del adobe, respetando la longitud de las secciones de tronco, las cuales se buscaba coincidieran con la dimensión del adobe, para no romper con el ritmo del acomodo, y se colocaban las hiladas de adobe que fueran necesarias sobre estos apoyos horizontales o vigas.
Nuevamente, el tipo de madera coincidía con el tipo de vegetación que hubiera en la zona. En la región de Villa de Arriaga es posible identificar la utilización de madera de pino. Por el contrario, en la región de Moctezuma, es más usual la utilización de mezquite. En épocas más recientes, se popularizó el uso de pino, ya que éste es más barato y fácil de conseguir.
En las edificaciones más antiguas, los vanos eran reducidos. Las ventanas tenían una dimensión de 60 centímetros de alto por 40 centímetros de ancho aproximadamente. Estas dimensiones fueron variando, tendiendo a ampliarse los claros.
Las puertas, de igual manera, en las casas más antiguas y en algunos espacios, especialmente las cocinas, tenían una dimensión reducida para los estándares actuales, presentando una altura de 1.60 metros aproximadamente. Considerando que se dejaba el sobrecimiento y que éste funcionaba como un sardinel o murete que protegía el interior de la entrada del agua y animales, se tenía que entrar a las viviendas agachándose un poco y brincando este murete. Según los testimonios, era usual, si no se tenía cuidado, sufrir accidentes como topes o golpes en la cabeza.
Se considera que las reducidas dimensiones de los vanos se debían a las condiciones climáticas, ya que mientras menor fuera el intercambio de aire con el exterior, mejor se podían conservar las condiciones térmicas del interior, es decir, conservar el fresco o el calor según la época.
7. Cubiertas o techos
Cuando los muros llegaban a la altura deseada, se dejaba la preparación para la construcción de la cubierta o techo. En la región, debido a las condiciones climáticas, las cubiertas fueron predominantemente planas, es decir, sin pendientes pronunciadas. Obviamente, se dejaba una pendiente para el desalojo del agua pluvial, pero las cubiertas o techos se perciben como planos.
En otras regiones, como ya se mencionó, se usaba la colocación de una viga de arrastre, es decir, de una sección de madera sobre la cual se asentaban las vigas. Esto se hacía para evitar que las vigas se apoyaran directamente sobre el adobe y lo lesionaran o lo llegaran a fracturar. En esta región, según los testimonios, esta práctica no era común. En su lugar, se colocaba una hilada de piedra sobre la cual se asentaban las vigas. A partir de esta hilada, según las posibilidades del propietario, se podía seguir construyendo un pretil de piedra.
La estructura de la cubierta o techo estaba compuesta por vigas. Éstas en sus orígenes eran de morillos, madera de sección redonda, muchas veces al igual que en los cerramientos de los vanos, de troncos perfilados o arreglados por medios manuales con hacha o cuchilla. Posteriormente, se utilizaron vigas de madera de sección rectangular, las cuales provenían de aserraderos o carpinterías.
Sobre las vigas, se colocaba el tejamanil o tableta, que era una trama de secciones de madera de pino o mezquite, según hubiera en la región, las cuales se traslapaban y se colocaban en petatillo, es decir, en un ángulo aproximado de 45 grados en relación al sentido de la viga. En algunas zonas, como en la región de Salinas, se utilizó el cardo o la clavellina como se le conoce en la zona al cardenche (Cylindropuntia rosea), que es una planta arbustiva fanerógama de la familia de las cactáceas, la cual se caracteriza por sus espinas alargadas, puntiagudas y muy resistentes, que son difíciles de retirar cuando se incrustan en la piel, zapatos o textiles. Esta planta se limpiaba, se le retiraban las espinas, se partía a la mitad y se colocaba sobre las vigas a manera de tejamanil.
En algunas otras áreas, como en la zona de Mexquitic, se utilizó el “quiote”, que es el tallo de la flor de maguey, el cual es comestible. Éste, de igual forma, se cortaba a la mitad en el sentido longitudinal, se cortaban los tramos que salvaran el claro entre vigas, no a 45 grados, sino transversales a las vigas por lo general, y se colocaban con la cara curva hacia arriba, funcionando también como tejamanil.
Sobre éste, se colocaba una capa de tierra, de la que hubiera en el sitio, de preferencia de la tierra resultante de las excavaciones de las cepas de la cimentación, que no tuviera materia vegetal, es decir, no de la tierra superficial. Esta capa, por lo general, tiene un ancho de 15 a 20 centímetros. Se compactaba y se regaba o rociaba con agua.
La tierra se nivelaba para dar las pendientes y poder desalojar el agua pluvial, las pendientes usuales van de 3 a 4%, es decir, por cada metro, hay un desnivel de 3 a 4 centímetros. También era usual hacer lomos o caídas, fraccionar la superficie de la cubierta o techo en dos o más secciones, según se considerara necesario, mediante una elevación que permitiera fraccionar y controlar la cantidad de agua a desalojar. Hay que considerar que la importancia de la pendiente, para que el desalojo fuera lo más eficiente y rápido posible, porque con la cubierta o techo de tierra, las filtraciones de agua eran uno de los principales factores de deterioro.
Sobre la tierra se colocaba una capa de mezcla de cal, arena y la tierra de lavar trastes o caliche antes mencionada, a la que se le daba una terminación o acabado fino.
Algunos testimonios comentan que se le colocaba mucilago vegetal, o baba de nopal, a la mezcla, para hacerla impermeable. La tradición constructiva dice que el mejor nopal para esto, es el nopal tapón, ya que es el que da una mejor consistencia, su baba es más espesa y pegajosa, y rinde más, ya que es más grande y es más baboso. Para la obtención de la baba de nopal, se ponía en un depósito lleno de agua el nopal cortado en trozos y se dejaba reposando un día; posteriormente, se sacaban los trozos de nopal, se rescataba el agua con la baba y se utilizaba en la preparación de la mezcla.
En épocas más recientes, se impermeabilizaba con jabón. El jabón se diluía en agua caliente y se aplicaba sobre la superficie de la cubierta utilizando un chulo, que es un tipo de brocha de cerdas vegetales largas, o con una escoba de ixtle o de lechuguilla. La aplicación se hacía a varias manos. Según los testimonios, era usual esta práctica cuando se aproximaba el tiempo de lluvias. Anualmente se daba mantenimiento y se impermeabilizaba la cubierta.
Otro tipo de cubierta en espacios vernáculos eran las cubiertas de penca de maguey. De éstas ya quedan muy pocas y es una tradición casi perdida. Eran cubiertas a dos aguas, es decir, un techo con dos inclinaciones muy pronunciadas, forjadas con vigas llamadas “piñas o piñón”. Estas inclinaciones podían llegar a presentar un ángulo de 60 grados en relación al suelo o incluso un ángulo mayor.
Después de desplantar los muros y alcanzar la altura deseada, se construía una estructura de madera apoyada en los lados más largos del espacio y, en el sentido corto, se subían los muros para formar el hastial o piñón, que es el muro triangular que cierra la cara triangular que deja la cubierta. Se buscaba que la estructura generara una cuadrícula, para lo cual se colocaban vigas en el sentido más corto, llamadas latas, y largueros en el sentido longitudinal.
Para esto se buscaba el maguey mexicano, como la gente de la región lo conoce, posiblemente sea la variedad Agave macroacantha, no se tiene certeza de la especie específica. Esta variedad tiene como característica que la penca es grande y ancha, que en estado natural es de un verde intenso y homogéneo. Cuando no era posible conseguir el maguey mexicano, se utilizaba el maguey blanco, posiblemente sea la variedad Agave americana, no se tiene certeza de la especie específica. Éste tiene una penca de menor tamaño y anchura, que puede funcionar. La tradición constructiva dice que el que no se debe de utilizar es el maguey bronco, que es el mezcalero, un maguey “chaparrito”, que no sirve para hacer cubiertas.
El proceso de trabajo de la cubierta es relativamente sencillo. Se recolectan las pencas, se deben de cortar lo más cerca posible de tallo, para aprovechar sus dimensiones. Para abrir la penca, se pone directamente al fuego o a las brasas, dando vueltas constantemente, para permitir que tome calor y las fibras se ablanden, pero sin que se quemen o pierdan más humedad de lo que es conveniente. Después, las pencas se colocan sobre alguna superficie plana y se aplastan para que adapten la forma de la superficie. Cuando ya están abiertas, se estiban y se dejan enfriar para poder trabajar con ellas.
La colocación de las pencas se realizaba de abajo hacia arriba, se comenzaba con la hilada inferior. Las hileras siguientes, además de empalmarse en la inferior, debían de cuidar que la unión vertical no coincidiera con la de la hilera inferior, se debían de traslapar, es decir, debían de quedar sobre la parte media de la penca inferior. Aún tibias, las pencas se cortaban con la dimensión requerida, se colocaban sobre los largueros y su extremo superior se doblaba sobre la estructura de madera, envolviendo el larguero. A continuación, se dejaban secar y enfriar, para que se endurecieran y permanecieran con el doblez, cada una sujeta del larguero, de tal manera que ya no se zafara. Este sistema dependía de la destreza del constructor, ya que no se podía usar clavos o amarres de otro tipo.
La cumbrera o cresta de la cubierta, es decir, el vértice superior de la cubierta, se resolvía con pencas dobladas a la mitad en el sentido longitudinal, que se trababan entre sí, para generar peso y que no se volaran. Era común que se les colocaran piedras encima.
Un sistema de más reciente introducción en el ámbito de la vivienda vernácula tradicional, fue la cubierta de ladrillo. Este sistema se colocaba sobre vigas de madera, de metal o de concreto. El ladrillo cuadrado de barro recocido se colocaba a dos capas que debían de tener las juntas traslapadas, para evitar fallas y filtraciones. La separación o modulación de las vigas dependía de la colocación del ladrillo, llegando a haber vigas más cercanas, sobre las que descansa un solo ladrillo, o vigas distanciadas por 60 a 80 centímetros, las cuales requieren cimbra; sobre esta doble capa de ladrillo, se coloca un entortado de cal y arena al cual se le daban las pendientes. Encima de éste se colocaba un enmasillado de arena y cal con mucilago vegetal y, como impermeabilizante, se empleaba jabón y alumbre.
8. Bajadas de agua
Las cubiertas planas, como se les conoce, además de contar con las pendientes, requerían de elementos que permitieran desalojar el agua de lluvia sin generar un daño por erosión en la vivienda. Por esto se utilizaron, en muchos casos, gárgolas, que eran tubos de barro que se colocaban en los puntos más bajos de la cubierta, hacia los cuales se dirigía el agua que captaba el techo. Éstas traspasaban el muro, se conectaban con los puntos de colecta de agua, cuidándose mucho el acabado de la unión con la cubierta, para evitar filtraciones. Las gárgolas presentaban una inclinación mayor que la de la cubierta y se buscaba que coincidieran con zonas que no entorpecieran flujos o circulaciones importantes, como puertas o senderos.
Además de las gárgolas, se practicó la construcción de bajadas de labio. Eran bajadas adosadas o integradas al muro, presentadas como canales que recorren el muro de forma vertical, coincidiendo con las partes bajas de la cubierta o techo, hacia las que se conducía el agua de lluvia, donde se dejaba un hueco o paso de agua, que coincidía con el ancho de la bajada, definida por un par de elementos triangulares que la flanqueaban a todo lo largo de la bajada y un aplanado similar al de la cubierta que se prolongaba por todo el canal. Este tipo de bajada podía llegar hasta el suelo o rematar en la parte baja del muro, antes del sobrecimiento, donde se le hacía un corte a 45 grados, para que el agua rompiera y perdiera la velocidad y erosionara menos el muro o la cimentación.
9. Acabados
Según los testimonios, la arquitectura vernácula tradicional, no llevaba aplanados, en sus memorias y los dichos de los padres y abuelos, las edificaciones habitacionales vernáculas se dejaban aparentes, es decir, sin revestimientos.
Posteriormente, se empezó a popularizar la utilización de aplanados, revocos o enjarres como se les conoce en la región de Jalisco y Zacatecas. Para esto se utilizaba la cal, obtenida de la calcinación de calizas o dolomitas, que se ponían sobre una cama de leña y se les prendía fuego, o en hornos donde las piedras se calentaban. Las piedras, cuando se calcinan, pierden bióxido de carbono y se transforman en óxido de calcio, conocido como cal viva. Al ser mojadas, la temperatura de las piedras cambia bruscamente, explotan y se desboronan, obteniéndose así, la cal.
Esta cal se ponía en artesas hechas en el suelo, en hoyos preparados para esto, con agua para que se hidratara y con la baba de nopal, para generar una cal que sirviera para los aplanados. Una cal viscosa, como una pasta suave y maleable.
Los enjarres más populares y asequibles eran hechos con tierra bien cernida, lo más fina posible, cal, arena y la baba de nopal. Esta mezcla se zarpeaba o aventaba sobre la superficie y después se colocaba otra capa, la cual era afinada y daba el acabado final.
10. Pisos
Los pisos en la vivienda vernácula de la región eran de tierra apisonada. En las viviendas que contaban con sobrecimiento, era usual que el nivel de tierra se encontrara sobre el nivel del suelo exterior. Para esto se procedía a rellenar el espacio de tierra hasta obtener el nivel deseado. Después, se procedía a nivelar la superficie y a colocar una capa de tierra cernida, la cual se podía enriquecer con un poco de barro o cal, para darle mayor firmeza.
En las viviendas de más recursos o en las que el propietario se decidía a invertir más, en casa de la gente más curiosa, como solían decir los padres y abuelos, era posible encontrar pisos de piedra, hechos con piedra laja acomodada y sentada sobre tierra.
No se tienen comentarios de la utilización de piedra de otro tipo como adoquín o empedrados. Los enladrillados, según cuentan, sólo se utilizaban en templos o en casas principales.
11. Puertas y ventanas
Las puertas y ventanas eran hechas de madera, con materiales que se encontraran en la región, siendo los más comunes el pino y el mezquite.
En las edificaciones más antiguas, las puertas estaban fijas a un poste que servía de pivote. Este poste se anclaba a una piedra, en algunos casos a un escalón de piedra (cantera) que se colocaba en la parte baja de la puerta, el cual presentaba un orificio en el que se introducía el poste que sostenía la puerta, de esta manera todo el elemento podía abatir. Posteriormente con la forja, se empezaron a hacer bisagras de anillo, compuestas por un par de anillos encontrados que se fijaban uno en el marco y el otro en la puerta. Y, más tarde, las bisagras de hierro, similares a las que utilizamos actualmente.
Las puertas utilizaban trancas para cerrarse y, después, cerrojos con un pasador de barra.
12. Horno
Éste es un elemento complementario en la vivienda vernácula tradicional. Su presencia es muy común y característica de la arquitectura de la región. En la región de Villa de Arriaga, Mexquitic y Ahualulco, los encontramos en la vivienda vernácula tradicional, construidos de tepetate y, en la región de Moctezuma, Venado, Guanamé y Yoliatl, construidos con tezontle.
El horno vernáculo tradicional ha conservado su función y características, aunque han variado los materiales. Tradicionalmente, el horno se desplantaba del suelo mediante una base, de aproximadamente 60 centímetros de alto, construida preferentemente de piedra; esta base se rellenaba con tepetate y estiércol, ya que se pensaba que con esto iba a calentar mejor. A partir de la base, se construía una estructura de piedra, a la cual se le dejaba una ventana por la que se introducía la leña para la combustión y los alimentos a hornear. La estructura en los hornos más antiguos era apuntada, es decir, tendía a cerrar en pico en la parte superior, pero esto provocaba el problema de que, a mayor altura, el horno requería de más leña para calentarse o logar la temperatura óptima. Pero al no contar con materiales que les permitieran la estabilidad y solidez suficiente, optaban por utilizar una forma más confiable, más estable. Por eso ahora los hornos han variado la forma y son semiesféricos y más bajos.
El horno tenía también una tronera, tiro o chimenea, la cual permitía la salida de los humos. Para usar el horno, se introducía la leña en la cámara y se le prendía fuego. Cuando la temperatura había alcanzado la intensidad suficiente, las brasas se movían hacia el fondo o los lados con la utilización de un atizador, se introducían los alimentos a hornear y se colocaba una tapa en la ventana del horno para preservar la temperatura. Esta tapa podía ser de ladrillo, adobe o, en algunos casos, de placa metálica. Cuando el tiempo de cocción era prolongado, incluso se llegaba a tapiar el vano con materiales de construcción y revoco.
Conclusión
La labor de registro de las técnicas constructivas vernáculas tradicionales apenas se esboza e inicia con este documento, el cual, queda en espera de nuevas aportaciones, que complementen y corrijan lo aquí manifestado, consciente de que cada región guarda sus propias soluciones y anhelos, sus técnicas, materiales y trucos, los cuales han permitido que generaciones habiten y se desarrollen, forjen una identidad y una historia colectiva, pero también una arquitectura tan particular como cada uno de sus habitantes.
Cerraremos este artículo citando a Mario Benedetti:
“La vivienda no es sólo un bien inmobiliario, es también una forma de consolidación espiritual.”