El Camino Real de Tierra Adentro en San Luis Potosí. Un acercamiento histórico de sus representaciones, imaginarios e identidades
Gerardo Vela de la Rosa
Introducción
De la Declaratoria hecha por la UNESCO el 1º de agosto de 2010, reconociendo el Camino Real de Tierra Adentro como Patrimonio Cultural de la Humanidad, conformado por 60 sitios entre haciendas, reales de minas y ciudades, en la parte correspondiente al estado de San Luis Potosí, sólo figura, dentro del nombramiento, el Centro Histórico de la capital. La extensión total del Camino comprende 2 600 kilómetros que parten desde la Ciudad de México hasta Santa Fe, Nuevo México, dentro de los Estados Unidos de Norte América. Entre ambos puntos, son cruzados los actuales estados mexicanos de México, Hidalgo, Querétaro, Michoacán, Guanajuato, Jalisco, Aguascalientes, Sinaloa, Nayarit, San Luis Potosí, Zacatecas, Coahuila, Durango, Nuevo León, Sonora y Chihuahua; de la unión americana, además del ya mencionado Nuevo México, también atraviesa una parte de Texas.
A la ruta también se le conoce como “Camino de la Plata” dado que, a partir de los hallazgos de yacimientos mineros en la parte septentrional del virreinato de la Nueva España, desde mediados del siglo XVI y hasta muy entrado el XIX, funcionó como la principal vía para transportar el mineral argentífero. Del extenso camino se desprendieron numerosos ramales o, como también se les conoce, “caminerías” conducentes a los distintos poblados del trayecto. De esta manera, tal ruta, además, se convirtió en un importante centro de intercambio comercial y cultural. Esto contribuyó a la creación de imaginarios e identidades entre los habitantes de los distintos puntos que comunicó.
En esa tónica, el propósito de este trabajo es tener un acercamiento, con base en fuentes bibliográficas, recorridos y observaciones de campo y entrevistas informales con habitantes y conocedores de las llamadas caminerías desprendidas del Camino Real de Tierra Adentro, a su paso por territorio potosino, sobre lo que la ruta constituyó o ha significado para quienes la han recorrido a lo largo de los siglos; las representaciones que se tienen de ésta y las creencias; los relatos, muchos de ellos fantásticos, que se han creado en diversos puntos del Camino propiamente o en sus ramales; cómo es una vía de comunicación e intercambio todavía útil y transitada en la actualidad; incluso cómo los grupos delictivos se han apropiado de ella, generando nuevos imaginarios.
El territorio
Se le denominó Camino Real de Tierra Adentro al trayecto que, conforme las incursiones hispanas penetraban al interior continental, se alejaba de las costas. En lo que respecta al presente texto, es apenas una pequeña porción del Camino de la que aquí se tratará: una parte del estado de San Luis Potosí, desde Tierra Nueva, en las colindancias con el estado de Guanajuato, hasta Santo Domingo en los límites con Zacatecas.
La franja por la que atraviesa el Camino Real, de sur a norte, recorría una serie de sierras: la Gorda en las colindancias con Guanajuato; ya al interior de la entidad, la de San Miguelito, la de Mexquitic y Ahualulco, la serranía del Peñón Blanco, la de Charcas y la del sabino, en las cercanías con Zacatecas (Almazán, 2004:21). El tipo de clima que predomina en el área es de tipo seco estepario frío; la vegetación que abunda en la zona es el matorral desértico, el matorral crasicaule y el zacatal (Ibid.: 37).
Las condiciones de vida en el escenario descrito, no fueron del todo amables para las bandas trashumantes de cazadores-recolectores, genéricamente denominadas chichimecas, divididas en xiximes, caxcanes, negritos, copuces, pizones, pames, zacatecas, laguneros, coahuitleros, tobosos, coras, huicholes, tepehuanes, acaxes y guachichiles, entre otros (Montoya, 2003: 57; Rivera, 2010: 13). Aunque todos ellos se movían en grupos de no más de cien individuos, los últimos sobresalieron en número y, al poco tiempo de los primeros contactos con los españoles, adquirieron fama de beligerantes.
Si para quienes por generaciones recorrieron el territorio, este era adverso y ofrecía escasas oportunidades de subsistencia, para los españoles, dentro de su todavía latente imaginario medieval, debió ser una auténtica representación del infierno. El clima extremoso, la escasez de agua, los ataques por medio de emboscada por parte de los indios, etc., eran elementos suficientes para construir dicha representación. No obstante, la aventura y la sed de riqueza fueron más fuertes y los intrusos no vacilaron en adentrarse hacia lo desconocido. Máxime cuando los hallazgos argentíferos de las minas de Zacatecas en 1546 pronosticaban un futuro de bonanza.
Al territorio de referencia, la Frontera Chichimeca, Gran Chichimeca o Provincia Chichimeca, Powell (1987: 19) lo describió como “La primera frontera histórica de Norte América […], el confín más antiguo del avance de la civilización al interior del continente”, nacida en el siglo XVI. El autor agrega que en esa misma demarcación nacieron dos instituciones fundamentales que coadyuvaron en la empresa de colonización de tan hostil territorio: la misión y el presidio, la primera como parte del proyecto evangelizador de los indios y la segunda como sistema de defensa para los viajeros y mercancías que transitaron por el camino de Zacatecas a la capital novohispana. A estas instituciones seguirían los reales de minas, las municipalidades de tipo español y los pueblos de indios trasladados desde el sur que servirían como modelo de cultura a los nativos desnudos de la Frontera Chichimeca (Ibid.: 20). La serie de presidios instalados en “la porción más conflictiva” de la ruta entre la capital y Zacatecas, se situaron en los poblados de San Miguel, San Felipe, Portezuelo, Ojuelos y Bocas (Montoya, 2003: 57).
Al interior del territorio que hoy comprende San Luis Potosí, los presidios o fuertes construidos, en la parte norte que es la que comprende este estudio, fueron: el de Bocas, erigido entre 1570-1571 y el de Charcas en 1581; el de San Luis data de 1590 (Rivera, 2010: 25).
El patrimonio cultural material
La Ley de Protección del Patrimonio Cultural Para el Estado de San Luis Potosí, define el patrimonio cultural material como el “conjunto de bienes materiales muebles e inmuebles, públicos y privados que se generan en una sociedad en un tiempo y lugar determinados, ya sea por sus valores de documento histórico, significación social, características de expresión o simbolismo”¹. Efectivamente, este tipo de patrimonio o cultura material, conforme el hombre blanco se iba abriendo paso en su inmersión al septentrión novohispano, transformaba el paisaje, lo dotaba de otras características.
Así, tenemos que las instituciones (públicas) enunciadas en el apartado anterior, misiones y presidios, se materializarían en parroquias, templos y fuertes; los bienes privados, representados por haciendas y ranchos que abarcaron grandes extensiones de terreno, también se conjugaron con el paisaje y, dependiendo del ramo de producción, requirieron de instrumentos particulares. Las distancias entre uno y otro punto de este género se acotaron con los numerosos parajes que se instalaron a lo largo del Camino; estos también se manifestaron como cultura material. Dentro de los límites de ranchos y haciendas existieron viviendas, las de los patronos y las de la servidumbre y los peones. A tales tipos de viviendas se sumaron las de las villas y los pueblos de indios; las de uno y otro conjunto también con las particularidades que caracterizarían a los grupos que habitaron en uno y otro. El aumento demográfico de dichos poblados, el transcurrir del tiempo hizo que se transformaran en ciudades, las cuales se manifestaron en una mayor complejidad de la cultura material. Como las haciendas, las minas, en su carácter de centros de producción igualmente intervinieron el paisaje con cultura material, a la que los estudiosos desde el presente conceptualizarían como patrimonio industrial (Pardo, 2004; Álvarez, 2011).
Tales intervenciones humanas en el paisaje fueron construidas a lo largo del Camino Real de Tierra Adentro, quizá la ruta económica y cultural más importante que se haya trazado en la América hispánica. En la actualidad, prácticamente en todos los sitios que atraviesa el Camino, es fácil hallar la huella humana iniciada hace casi cinco centurias. Al respecto, vale la pena retomar una descripción ofrecida por García Noriega y Méndez (2020: 23): “A los lados del Camino, y en las zonas aledañas, es posible identificar y apreciar numerosas huellas de la herencia material: construcciones de adobe y mampostería, obras hidráulicas y puentes, templos y conventos, haciendas, casas señoriales y dependencias administrativas, arte sacro y monumentos artísticos admirables, archivos”. A este rico catálogo de vestigios de otros tiempos, los autores referidos añaden otras expresiones humanas como las manifestaciones populares, sobre las que me detendré más adelante. Asimismo, agregan que “La riqueza patrimonial de los territorios atravesados por el Camino Real de Tierra Adentro es mayor al considerar los testimonios materiales de los antiguos grupos indígenas que poblaban la tierra ignota mucho antes de la presencia europea” (Idem.).
En el ocaso del periodo del periodo colonial, a inicios del siglo XIX, la circulación de personas, de mercancías y de representaciones inmateriales (creencias, ideas, saberes, identidades, etc.), siguió transitando sobre el Camino, aunque entonces ya despojado de la denominación de “Real” (Ibid.: 24). Esto dio lugar a una reinterpretación del trayecto con importantes cambios. Uno de los más representativos tuvo que ver con la frontera con la que originalmente comunicaba a la capital novohispana: la Frontera Chichimeca. En el siglo XIX, el de la configuración del Estado Nacional, dicho límite se recorrió más hacia el norte, fijando “una de las fronteras más importantes del mundo contemporáneo, entre México y Estados Unidos” (Rodríguez: 57). A lo largo de la centuria, el Camino continuó teniendo los mismos usos que en la época colonial y entonces los intercambios serían entre ambas naciones. Una nueva configuración material renovó la ruta del viejo Camino Real de Tierra Adentro: el tendido de los ramales para el ferrocarril. Así como el medio de transporte distintivo de la modernidad y el progreso en el siglo XIX siguió la ruta trazada desde mediados del siglo XVI, los siglos XX y XXI, mantuvieron la comunicación entre los distintos poblados atravesados por el Camino Real de Tierra Adentro, sus ramales y caminerías, aunque ahora “modernizados” con asfalto. Sin embargo, el transeúnte curioso, fácilmente puede identificar los rastros del Camino tendido sobre piedras en el lejano siglo de la Conquista.
¹ H. Congreso del Estado de San Luis Potosí LXIII Legislatura, Decreto 360, Ley de Protección del Patrimonio Cultural Para el Estado de San Luis Potosí, 16 de abril de 2020, 5.