Entre 1876 y 1914 una cuarta parte del planeta fue distribuida en forma de colonias entre media docena de Estados europeos: Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica. Los imperios del período preindustrial, España y Portugal, tuvieron una participación secundaria. Los países de reciente industrialización extraeuropeos, Estados Unidos y Japón, interesados en el zona del Pacífico, fueron los últimos en presentarse en escena. En el caso de Gran Bretaña, la expansión de fines del siglo XIX presenta líneas de continuidad con las anexiones previas; fue el único país que, en la primera mitad del siglo XIX ya tenía un imperio colonial.
La conquista y el reparto colonial lanzados en los años ochenta fueron un proceso novedoso por su amplitud, por su velocidad y porque estuvo asociado con la nueva fase del capitalismo, la de una economía que entrelazaba las distintas partes del mundo. Los principales estadistas de la época –Joseph Chamberlain, Jules Ferry, por ejemplo– repitieron una y otra vez que era preciso abrir nuevos mercados y nuevos campos de inversión para evitar el estancamiento de la economía nacional.
Además, según su discurso, las culturas superiores tenían la misión de civilizar a las razas inferiores. En el marco de la gran depresión (1873-1895), gran parte de los dirigentes liberales giraron hacia el imperialismo para sostener una política expansionista apoyada por el Estado y basada en un fuerte potencial militar que garantizaría la superioridad de la propia nación.
La India fue una pieza clave de la estrategia británica global: era la puerta de acceso para las exportaciones de algodón al Lejano Oriente y consumía del 40 al 45 % de esas exportaciones; además, la balanza de pagos del Reino Unido dependía para su equilibrio de los pagos de la India. Pero los éxitos económicos británicos dependieron en gran medida de las importaciones y de las inversiones en los dominios blancos, Sudamérica y Estados Unidos.
Carpetas de Docentes de Historia. Historia del Mundo Contemporáneo. FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN UNLP
“Lleven la carga del hombre blanco
envíen adelante a los mejores entre ustedes
para servir, con equipo de combate
a naciones tumultuosas y salvajes
Esos recién conquistados y descontentos pueblos
mitad demonios y mitad niños
Lleven la carga del hombre blanco
las salvajes guerras por la paz
llenen la boca del Hambre
y ordenen el cese de la enfermedad
y cuando el objetivo esté más cerca
en pro de los demás
contemplen a la pereza y a la ignorancia
llevar la esperanza de todos ustedes hacia la nada”
Rudyard Kipling. White Man’s Burden (La pesada carga del hombre blanco). 1899
"La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. El buen
gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país .El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más
que el equilibrio de los elementos naturales del país"
José MARTÍ. Nuestra América. 1891
Discurso pronunciado en la cena anual del Instituto Real de Colonias, en el hotel Metropole, el 31 de marzo de 1897.
“Tengo el honor de proponerles un brindis por la prosperidad del Instituto Real de Colonias. Este Instituto fue creado en 1868, hace casi exactamente una generación, y confieso que admiro la fe de sus promotores. Ellos sembraron la semilla del patriotismo imperial en tiempos no enteramente favorables a sus opiniones, a pesar de que debían haber sabido que pocos de ellos podrían vivir para recoger los frutos y obtener provecho de esa cosecha. (...)
Me parece que hay tres distintos estadios en nuestra historia imperial. Comenzamos a ser y luego nos convertimos en un gran poder imperial en el siglo xviii, pero durante la mayor parte de ese período las colonias eran consideradas, no solo por nosotros, sino por cualquier poder europeo que las poseía, como posesiones valoradas en proporción a la ventaja pecuniaria que le producía a la madre patria, país que bajo ese punto de vista no era realmente madre, sino que era más bien un codicioso y ausente propietario deseoso de sacar de sus arrendatarios las más grandes rentas posibles que pudiera lograr.
Las colonias eran valoradas y mantenidas porque se pensaba que serían una fuente de lucro, de ganancia directa para la madre patria.
Ese fue el primer estadio, y cuando despertamos abruptamente por la guerra de la Independencia de América, de este de que las colonias podían ser sojuzgadas solamente para nuestro beneficio, ingresamos en el segundo capítulo, y la opinión pública parece haberse orientado entonces hacia el extremo opuesto. A causa de que las colonias ya no eran recurso de ingresos, parece que mucha gente creyó y argumentó que la separación de las colonias era solo cuestión de tiempo, y que tal separación debería ser deseada y alentada para que aquellas no se convirtiesen en un estorbo y una fuente de debilidad.
Mientras los little Englanders [ingleses insulares contrarios al imperialismo] sostenían esa opinión, fue fundado este Instituto para protestar contra doctrinas tan injuriosas hacia nuestros intereses y tan humillantes para nuestro honor. Y yo me regocijo al ver que lo que entonces fue un grito en el desierto hoy es el deseo expreso y definido de la abrumadora mayoría del pueblo británico. (...) por el buen sentido instintivo y el patriotismo del pueblo en su totalidad, es que hemos alcanzado el tercer estadio de nuestra historia y la verdadera concepción de nuestro Imperio. ¿Cuál es esa concepción? En lo que se refiere a las colonias autogobernadas, ya no hablamos de ellas como dependencias. El sentido de posesión ha dado paso al de hermandad. Pensamos y hablamos de ellas como parte de nosotros mismos, como parte del Imperio británico, unidas a nosotros por ligaduras de parentesco, de religión de historia y de lengua, a pesar de estar dispersas a través del mundo, y unidas a nosotros por los mares que anteriormente parecían separarnos.
Pero el Imperio británico no se reduce a las colonias autogobernadas y al Reino Unido. Incluye un área mucho mayor, una población mucho más numerosa en los climas tropicales, donde es casi imposible el establecimiento europeo y donde la población nativa es bastamente superior en número a la blanca, y en estos casos también es explicable la nueva idea de imperio.
Aquí también el sentido de posesión ha dejado paso a un sentimiento diferente: al sentido de obligación: Sentimos ahora que nuestro dominio sobre estos territorios puede ser justificado solo si logramos felicidad y prosperidad para el pueblo, y sostengo que nuestro gobierno trae y ha traído seguridad, paz y relativa prosperidad a países que nunca conocieron antes estos beneficios.
Para llevar adelante esta tarea de civilización, estamos realizando lo que creo nuestra misión nacional, y estamos encontrando un enfoque más ajustado para el ejercicio de aquellas facultades y cualidades que han hecho de nosotros una raza gobernante. No digo que nuestro éxito ha sido completo en todos los casos, no digo que todos nuestros métodos han sido irreprochables; pero sí digo que en casi todas las instancias en que se estableció el dominio de la reina y donde se ha hecho cumplir la gran pax britannica ha sobrevenido con ella mayor seguridad para la vida y la propiedad, y un mejoramiento material para la mayoría de la población.
Sin duda, en el momento en que se realizaron las conquistas ha habido derramamiento de sangre, ha habido pérdida de vidas entre las poblaciones nativas, pérdida de vidas aún más preciosas de aquellas que fueron enviadas para llevar a esos países un tipo de orden disciplinado; pero debemos recordar que esta es la condición de la misión que debemos cumplir.
(...)
No cabe duda de que hay un humor exagerado de este cuadro, una exageración grosera para ridiculizar el estado de ánimo contra el que estaba dirigido. No se puede hacer tortilla sin romper huevos; no se pueden destruir las prácticas de barbarie, de esclavitud, de superstición, que por siglos han desolado el interior de África, sin el uso de la fuerza. Pero si honestamente se compara lo que se gana para la humanidad con el precio que estamos obligados a pagar, pienso que bien podemos alegrarnos por el resultado de tales expediciones, como las que han sido dirigidas recientemente con éxito significativo en Niassalandia, Ashanti, Bonin y Nupé, expediciones que pueden costar y que ciertamente han costado valiosas vidas, pero podemos estar seguros de que por una vida perdida habrá cien ganadas y habrá avanzado así la causa de la prosperidad y la civilización del pueblo. (...)
Pienso que la tendencia es otorgar todo el poder a los imperios más grandes, y los pequeños reinos –aquellos que no son progresistas– parecen estar destinados a ocupar un lugar secundario y subordinado. Pero si el tan grande Imperio británico se mantiene unido, ningún imperio en el mundo podrá sobrepasarlo en extensión, en población, en riqueza o en la diversidad de sus recursos.
Es posible que surja a través del océano una capital que arroje sombra a las glorias del mismo Londres; pero antes de que ello ocurra, que sea nuestro empeño, que sea nuestra tarea, el mantener encendida la antorcha del patriotismo imperial, mantener la amistad y la confianza de nuestros hermanos del otro lado de los mares para que en cualquier vicisitud de la fortuna del Imperio británico pueda presentar una barreara infranqueable para sus enemigos, y para que pueda llevar adelante por los siglos las gloriosas tradiciones de la bandera británica. Es porque creo que el Instituto Real de Colonias está contribuyendo en este sentido, que con sinceridad propongo el brindis de esta noche”.
Joseph Chamberlain, Foreing and colonial speeches, 1897.