Charlas
sobre la celebración de la
SANTA MISA
Mistagogia de la Misa:
de la historia y de la teología a la pastoral práctica.
Charlas
sobre la celebración de la
SANTA MISA
Mistagogia de la Misa:
de la historia y de la teología a la pastoral práctica.
LITURGIA EUCARÍSTICA
«En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y banquete pascual, por el que se hace continuamente presente en la Iglesia el sacrificio de la cruz, cuando el sacerdote, que representa a Cristo el Señor, lleva a cabo lo que el Señor mismo realizó y confió a sus discípulos para que lo hicieran en memoria suya» .
21. Terminado lo anterior, comienza el canto para el ofertorio. Mientras tanto, los ministros colocan sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz y el misal.
22. Conviene que los fieles expresen su participación en la ofrenda, bien sea llevando el pan y el vino para la celebración de la Eucaristía, bien presentando otros dones para las necesidades de la Iglesia o de los pobres.
23. El sacerdote, de pie junto al altar, toma la patena con el pan y, teniéndola con ambas manos un poco elevada sobre el altar, dice en voz baja:
Bendito seas, Señor, Dios del Universo,
por este pan,
fruto de la tierra y del trabajo del hombre,
que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos;
él será para nosotros pan de vida.
Después, deja sobre el corporal la patena con el pan.
Si no se hace el canto para el ofertorio, el sacerdote puede decir estas palabras en voz alta; al final, el pueblo puede aclamar:
Bendito seas por siempre, Señor.
24. El diácono, o el sacerdote, echa vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto:
Por el misterio de esta agua y este vino,
haz que compartamos la divinidad
de quien se ha dignado participar de nuestra humanidad.
25. Después, el sacerdote toma el cáliz y, teniéndolo con ambas manos un poco elevado sobre el altar, dice en voz baja:
Bendito seas, Señor, Dios del universo,
por este vino
fruto de la vid y del trabajo del hombre,
que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos;
él será para nosotros bebida de salvación.
Después deja sobre el corporal el cáliz.
Si no se hace el canto para el ofertorio, el sacerdote puede decir estas palabras en voz alta; al final, el pueblo puede aclamar:
Bendito seas por siempre, Señor.
26. Luego, el sacerdote, inclinado profundamente, dice en secreto:
Acepta, Señor, nuestro corazón contrito
y nuestro espíritu humilde;
que éste sea hoy nuestro sacrificio
y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro.
27. Y, si es oportuno, inciensa las ofrendas, la cruz y el altar. Después el diácono, u otro ministro, inciensa al sacerdote y al pueblo.
28. Luego el sacerdote, de pie a un lado del altar, se lava las manos, diciendo en secreto:
Lava del todo mi delito, Señor,
y limpia mi pecado.
29. Después, de pie en el centro del altar, de cara al pueblo, extendiendo y juntando las manos, dice:
Oremos, hermanos,
para que este sacrificio, mío y de ustedes,
sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.
O bien:
En el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia,
oremos a Dios, Padre todopoderoso.
O bien:
Oren, hermanos, para que, trayendo al altar
los gozos y las fatigas de cada día,
nos dispongamos a ofrecer el sacrificio
agradable a Dios, Padre todopoderoso.
El pueblo se pone de pie y responde:
El Señor reciba de tus manos este sacrificio,
para alabanza y gloria de su nombre,
para nuestro bien
y el de toda su santa Iglesia.
30. Luego el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración sobre las ofrendas. Concluida la oración, el pueblo aclama:
Amén.
La oración sobre las ofrendas termina siempre con la conclusión breve, que el sacerdote dice juntando las manos.
Si la oración se dirige al Padre:
Por Jesucristo nuestro Señor.
Si la oración se dirige al Padre,
pero al final de la misma se menciona al Hijo:
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.
Si la oración se dirige al Hijo:
Que vives y reinas por los siglos de los siglos.
PLEGARIA EUCARÍSTICA
31. Entonces, el sacerdote empieza la Plegaria eucarística.
Extendiendo las manos, dice:
El Señor esté con ustedes.
El pueblo responde:
Y con tu espíritu.
El sacerdote, elevando las manos, prosigue:
Levantemos el corazón.
El pueblo:
Los tenemos levantado hacia el Señor.
El sacerdote con la manos extendidas, dice:
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
El pueblo:
Es justo y necesario.
El sacerdote prosigue el prefacio, con las manos extendidas.
Al final del prefacio junta las manos y, en unión con el pueblo, concluye el mismo prefacio, cantando o diciendo con voz clara:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
32. En todas las misas, el sacerdote celebrante puede cantar algunas partes de la Plegaria eucarística, especialmente las principales, como se encuentra en el apéndice I, con notación musical.
En la Plegaria eucarística primera, o Canon Romano, se puede omitir lo que se encuentra entre paréntesis o corchetes.
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Nota del Recopilador: EJEMPLO de un prefacio
PREFACIO X PARA LOS DOMINGOS DEL TIEMPO ORDINARIO
El día del Señor
Este prefacio se dice en los domingos del Tiempo Ordinario.
V. El Señor esté con ustedes. R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón. R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R. Es justo y necesario.
En verdad es justo bendecirte y darte gracias,
Padre santo, fuente de la verdad y de la vida,
porque nos has convocado en tu casa
en este día de fiesta.
Hoy, tu familia,
reunida en la escucha de tu Palabra,
y en la comunión del pan único y partido,
celebra el memorial del Señor resucitado,
anhelando el domingo sin ocaso
en el que la humanidad entera
entrará en tu descanso.
Entonces podremos contemplar tu rostro
y alabaremos por siempre tu misericordia.
Con esta gozosa esperanza,
y unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos unánimes
el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
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Nota del Recopilador: EJEMPLO de una plegaria eucarística.
PLEGARIA EUCARÍSTICA I
o Canon romano
El sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CP Padre misericordioso,
te pedimos humildemente
por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor,
Junta las manos y dice:
que aceptes
Traza, una sola vez, el signo de la cruz sobre el pan y el vino conjuntamente, diciendo:
y bendigas + estos dones,
este sacrificio santo y puro que te ofrecemos,
Con las manos extendidas, prosigue:
ante todo, por tu Iglesia santa y católica,
para que le concedas la paz, la protejas,
la congregues en la unidad
y la gobiernes en el mundo entero,
con tu servidor el Papa N., con nuestro Obispo N.,
El Obispo, cuando celebra en su diócesis, dice:
conmigo, indigno siervo tuyo,
Cuando celebra un Obispo que no es el ordinario diocesano, dice:
con mi hermano N., Obispo de esta Iglesia de N.,
conmigo, indigno siervo tuyo,
y todos los demás Obispos que, fieles a la verdad,
promueven la fe católica y apostólica.
CONMEMORACION DE LOS VIVOS
C1 Acuérdate, Señor, de tus hijos N. y N.
Puede decir los nombres de aquellos por quienes tiene intención de orar, o bien junta las manos y ora por ellos unos momentos. Después, con las manos extendidas, prosigue:
y de todos los aquí reunidos, cuya fe y entrega bien conoces;
por ellos y todos los suyos, por el perdón de sus pecados
y la salvación que esperan, te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen,
este sacrificio de alabanza, a ti, eterno Dios, vivo y verdadero.
CONMEMORACIÓN DE LOS SANTOS
C2 Reunidos en comunión con toda la Iglesia,
veneramos la memoria
ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María,
Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor;
la de su esposo, san José;
la de los santos apóstoles y mártires
Pedro y Pablo, Andrés,
[Santiago y Juan,
Tomás, Santiago, Felipe,
Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo;
Lino, Cleto, Clemente, Sixto,
Cornelio, Cipriano,
Lorenzo, Crisógono,
Juan y Pablo,
Cosme y Damián,]
y la de todos los santos;
por sus méritos y oraciones
concédenos en todo tu protección.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
“REUNIDOS EN COMUNION” PROPIOS
En los domingos, cuando no hay otro Reunidos en comunión propio, puede decirse:
Reunidos en comunión con toda la Iglesia, para celebrar el domingo, día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; *
En la Natividad del Señor y durante su octava:
Reunidos en comunión con toda la Iglesia para celebrar (la noche santísima) el día santísimo en que la Virgen María, conservando intacta su virginidad, dio a luz al Salvador del mundo, veneramos la memoria, ante todo, de esta gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; *
En la Epifanía del Señor:
Reunidos en comunión con toda la Iglesia para celebrar el día santísimo en que tu único Hijo, eterno como tú en la gloria, se manifestó en la verdad de nuestra carne, hecho hombre como nosotros, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; *
En el Jueves santo:
Reunidos en comunión con toda la Iglesia para celebrar el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nosotros, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; *
Desde la misa de la vigilia pascual hasta el segundo domingo de Pascua:
Reunidos en comunión con toda la Iglesia para celebrar (la noche santísima) el día santísimo de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo según la carne, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; *
En la Ascensión del Señor:
Reunidos en comunión con toda la Iglesia para celebrar el día santísimo en que tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, habiendo tomado nuestra débil condición humana, la exaltó a la derecha de tu gloria, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor;*
En el domingo de Pentecostés:
Reunidos en comunión con toda la Iglesia para celebrar el día santísimo de Pentecostés, en que el Espíritu Santo se manifestó a los apóstoles en lenguas de fuego, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor;*
* la de su esposo, san José;
la de los santos apóstoles y mártires
Pedro y Pablo, Andrés,
[Santiago y Juan,
Tomás, Santiago, Felipe,
Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo;
Lino, Cleto, Clemente, Sixto,
Cornelio, Cipriano,
Lorenzo, Crisógono,
Juan y Pablo,
Cosme y Damián,]
y la de todos los santos;
por sus méritos y oraciones
concédenos en todo tu protección.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
Con las manos extendidas, prosigue:
CP Acepta, Señor, en tu bondad,
esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa;
ordena en tu paz nuestros días,
líbranos de la condenación eterna
y cuéntanos entre tus elegidos.
Junta las manos.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén].
En la Misa vespertina del Jueves santo:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que te presentamos en el día mismo en que nuestro Señor Jesucristo encomendó a sus discípulos la celebración del sacramento de su Cuerpo y de su Sangre; ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
Desde la Misa de la Vigilia pascual hasta el segundo domingo de Pascua:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que hoy te ofrecemos especialmente por N. y N. (o bien: aquellos) que has hecho renacer del agua y del Espíritu Santo, perdonándoles todos sus pecados; ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
En la Misa del Bautismo:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que hoy te ofrecemos especialmente por N. y N. (o bien: aquellos) que has hecho renacer del agua y del Espíritu Santo, perdonándoles todos sus pecados, para incorporarlos a Cristo Jesús, Señor nuestro, e inscribe sus nombres en el libro de la vida.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
En la Misa de Confirmación:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que hoy te ofrecemos especialmente por N. y N. (o bien: aquellos) que, renacidos en el bautismo, han sido confirmados hoy por el don del Espíritu Santo; recíbela en tu bondad y conserva en tus hijos el don que les has dado.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
En la Misa de Primera Comunión:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que hoy te ofrecemos especialmente por N. y N. (o bien: aquellos) que por vez primera invitas en este día a participar del pan de vida y del cáliz de salvación, en la mesa de tu familia; concédeles crecer siempre en tu amistad y en la comunión con tu Iglesia.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
En la Misa del Matrimonio:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos, de los nuevos esposos N. y N. y de toda tu familia santa, que hoy intercede por ellos; y ya que les has concedido llegar al día de los desposorios, otórgales también (el gozo de una ansiada descendencia y de) una larga vida.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
En la Misa de exequias:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos, que hoy te ofrecemos especialmente por el descanso eterno de nuestro hermano N., pidiéndote que le concedas que, libre ya de las ataduras de la carne, tenga su parte entre tus santos.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
cc Extendiendo las manos sobre las ofrendas, dice:
Bendice y santifica esta ofrenda, Padre,
haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti:
que se convierta para nosotros
en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo amado,
Jesucristo, nuestro Señor.
Junta las manos.
En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor han de pronunciarse con claridad, como lo requiere la naturaleza de éstas.
El cual, la víspera de su Pasión,
Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó pan en sus santas y venerables manos,
Eleva los ojos,
y, elevando los ojos al cielo,
hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso,
dando gracias te bendijo, lo partió,
y lo dio a sus discípulos, diciendo:
En la Misa vespertina del Jueves santo:
El cual, hoy,
la víspera de padecer por nuestra salvación
y la de todos los hombres,
Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue
tomó el pan en sus santas y venerables manos,
Eleva los ojos,
y, elevando los ojos al cielo,
hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso,
dando gracias te bendijo, lo partió,
y lo dio a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.
Tomen y coman todos de él,
porque esto es mi Cuerpo,
que será entregado por ustedes.
Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora haciendo genuflexión.
Después prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena,
Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, dice:
tomó este cáliz glorioso en sus santas y venerables manos,
dando gracias te bendijo, y lo dio a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.
Tomen y beban todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre,
Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por ustedes y por muchos
para el perdón de los pecados.
Hagan esto en conmemoración mía.
Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora haciendo genuflexión.
Luego dice una de las siguientes fórmulas:
I CP Éste es el Misterio de la fe.
O bien:
Éste es el sacramento de nuestra fe.
Y el pueblo prosigue, aclamando:
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!
II Este es el Misterio de la fe. Cristo nos redimió.
Y el pueblo prosigue, aclamando:
Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz,
anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.
III Este es el Misterio de la fe. Cristo se entregó por nosotros.
Y el pueblo prosigue, aclamando:
Salvador del mundo, sálvanos,
Tú que nos has liberado por tu cruz y tu resurrección.
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CC Por eso, Padre,
nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo,
al celebrar este memorial de la muerte gloriosa
de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor,
de su santa resurrección del lugar de los muertos
y de su admirable ascensión a los cielos,
te ofrecemos, Dios de gloria y majestad,
de los mismos bienes que nos has dado,
el sacrificio puro, inmaculado y santo:
pan de vida eterna
y cáliz de eterna salvación.
Y prosigue:
Mira con ojos de bondad esta ofrenda
y acéptala, como aceptaste los dones del justo Abel,
el sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe,
y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec.
Inclinado, con las manos juntas, prosigue:
Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso,
que esta ofrenda sea llevada a tu presencia
hasta el altar del cielo, por manos de tu Ángel,
para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo
al participar aquí de este altar,
Se endereza y se signa, diciendo:
seamos colmados de gracia y bendición.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
CONMEMORACIÓN DE LOS DIFUNTOS
C3 Acuérdate también, Señor, de tus hijos N. y N.,
Puede decir los nombres de los difuntos por quienes se quiere orar.
que nos han precedido con el signo de la fe
y duermen ya el sueño de la paz.
Junta las manos y ora unos momentos por los difuntos por quienes tiene intención de orar.
Después, con las manos extendidas, prosigue:
A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo,
concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz.
Junta las manos.
[Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
Con la mano derecha se golpea el pecho, diciendo:
C4 Y a nosotros, pecadores, siervos tuyos,
Con las manos extendidas prosigue:
que confiamos en tu infinita misericordia,
admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires
Juan el Bautista, Esteban,
Matías y Bernabé,
[Ignacio, Alejandro,
Marcelino y Pedro,
Felícitas y Perpetua,
Águeda, Lucía,
Inés, Cecilia, Anastasia,]
y de todos los santos;
y acéptanos en su compañía, no por nuestros méritos,
sino conforme a tu bondad.
Junta las manos y prosigue:
CP Por Cristo, Señor nuestro,
por quien sigues creando todos los bienes,
los santificas, los llenas de vida,
los bendices y los repartes entre nosotros.
Toma la patena, con el pan consagrado, y el cáliz y, sosteniéndolos elevados, dice:
CP Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
CC en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.
El pueblo aclama:
Amén.
Material de
Misal Romano
Conferencia del Episcopado Mexicano
Obra nacional de la Buena Prensa
-Ad usum privatum- sin fines de lucro.
Para el estudio de esta parte de la Celebración Eucarística tomaremos principalmente el Canón Romano y se hará una referencia a las demás Oraciones Eucarísticas.
1) EL OFERTORIO:
El primer esquema de esta parte de la celebración la encontramos ya en el siglo II con san Justino:
· Se llevan el pan y el vino, así como el agua,
· inmediatamente, el que preside dirige unas oraciones y acción de gracias (Ap. I 65,67). Este gesto no era revestido de ninguna solemnidad.
· Aquí también, san Justino, recuerda la ofrenda dada a los pobres, los enfermos y a las viudas.
· Tampoco se muestra una relación entre esta ofrenda y el sacrificio eucarístico, tal vez para no confundir el rito con las prácticas paganas de la época.
· Sin embargo, se tiene la palabra del apóstol Pablo que invita a los fieles a ofrecer sus cuerpos como víctima santa, viva y agradable a Dios, recordando que el culto cristiano es espiritual (Rom 12,1).
Otros testimonios sobre la ofrenda aparecen en:
· Didajé, 9;
· Ireneo de Lyon (Adver. Haereses, 24);
· Tertuliano ( De Exhort. Castitatis II);
· Hipólito de Roma (Traditio Ap., pp.10-11.54-55);
· Cipriano (De opere eleemosynis, 15);
· Agustín que aporta una luz importante sobre este rito: Los fieles llevan el pan y el vino acompañando el gesto con un salmo (Retractiones 2,11), a fin de que el sacerdote los ofrezca a Dios y el sacerdote colocándolos en el altar dice la Prex Mystica. Es claro notar que san Agustín solo menciona el gesto, pero no una oración que lo acompañe mas que la Oración Eucarística que le sigue.
· Poco a poco se fue insistiendo en la obligación de llevar la ofrenda, así lo explica san Cesáreo de Arles (Sermón 13) pero esto se hacía antes de la celebración.
La ofrenda significa la participación al sacrificio que está por ser ofrecido, por lo tanto, ésta supone la participación incluso a la comunión (El Sínodo de Elvira, can. 28, prohibía la ofrenda a los que no comulgaban), por lo tanto, debemos descubrir una estrecha relación entre el ofertorio, la Oración Eucarística y la Comunión, componentes básicos de esta parte de la celebración.
Ahora bien, la obligación de la ofrenda no es sólo para los fieles, sino también para todo el clero. No es posible que el celebrante se conforme con ofrecer solo el sacrificio de Cristo y asumir el de la comunidad sin ofrecerse a sí mismo.
La Oración llamada Super Oblata parece tener su origen en el siglo VIII, una oración intermedia que interpreta todo lo que se ha hecho y anuncia el ofrecimiento del sacrificio. Aunque, desafortunadamente algunas de estas oraciones parecen indicar que el sacrificio ya se está haciendo, y no. La Iglesia no ofrece pan y vino, sino el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, por ello, solamente se pude llamar ofrenda propiamente dicha, a aquella que sucede durante la oración eucarística.
Aunque también fue llamada: Secreta, porque en un tiempo se pronunciaba en secreto (parte del misterio), en su origen no fue así, ya que la precedía una invitación del presidente a la oración: “Orad Hermanos...” Esta es una fórmula de apología que aparece también por primera vez en el siglo VIII ( Ordo XVII, Andrieu ).
La costumbre romana era que el clero y no los fieles, eran los que llevaban los dones al altar, acompañado este gesto con el canto de un salmo (Ordo Romanus I,85-86).
Un agregado a este rito del Ofertorio fueron las apologías (súplicas de perdón). Estas aparecen en el siglo IX, aumentan notablemente en el siglo XIII y sobrevivieron algunas en el Misal de san Pío V. Al Misal de Paulo VI solo pasó: "Lávame, Señor, de mis culpas y quede yo limpio de pecado".
En cuanto a la incensación de los dones y después del altar, son señalados ya en el siglo IX, muy solemnísimo en el ritual galicano. Y en cuanto al lavabo de las manos, en Roma se conocían dos: Una antes de que el Papa y el archidiácono recogieran los dones, y otra después de recibirlos. Gestos que corresponden a una mentalidad penitencial que se desarrollará a partir del siglo X.
La teología litúrgica de la época ven más en la celebración eucarística, el descenso de Cristo sobre el altar, que el alimento sacrificial de la cena. Incluso todavía en el Misal de san Pío V llamaba al pan no consagrado: Hostia inmaculada, por eso, la nueva reforma ha querido, siguiendo la forma judaica de ofertorio, dar a ambos dones una oración de bendición sencilla que expresen mejor su significado de ofertorio.
2) LAS ORACIONES EUCARÍSTICAS:
a. Introducción:
Ya desde el siglo I y II hay alusiones a esta oración: san Justino (Apol. I, 65) la describe a grandes rasgos: "Está compuesta por una alabanza (prefacio) y una acción de gracias (anáfora) al Padre, por medio del Hijo y del Espíritu Santo, a la cual, el Pueblo se une aclamando, amén. Pero en su obra: Diálogo con Trifón, Justino especifica que esta acción de gracias se extiende desde la creación hasta el misterio Pascual (Apol. 67): El que preside da gracias por todo, según su propia capacidad. Se puede notar, por tanto, que hay un esquema, pero a la vez que se permite una gran creatividad.
Hipólito de Roma, en la Tradición Apostólica nos ofrece el texto completo[1] de la Oración Eucarística, él la propone al Obispo recién ordenado. El texto es aproximadamente del 215 y por lo mismo no representa a la liturgia romana clásica.. Hipólito enfatiza, sin embargo, que cada quien reza según su propia capacidad y que no hay necesidad de decir el texto de memoria:
· Después del diálogo inicial (El Señor esté con ustedes... Levantemos el corazón ... Demos gracias al Señor ...)
· se expone de una manera breve y sintética la historia de la salvación que desemboca en la Pasión y en la Cena.
· Sigue después la anámnesis de la muerte y resurrección y el ofrecimiento del sacrificio.
· Luego, la epíclesis que pide al Padre al Espíritu Santo para que los que participan del sacrificio sean reunidos y fortalecidos en la fe.
· Prosigue con una doxología.
Es fácil notar la ausencia del "Sanctus". La estructura de esta anáfora es antioquena[2] es decir, tienen una sola epíclesis y anámnesis después de la consagración.
Esta fórmula de Oración Eucarística va ser ignorada inicialmente por Roma, que ha venido a recuperarse con algunas modificaciones después del Concilio Vaticano II, pasando a ser la Oración Eucarística II. Es así, que ésta, es la más antigua y completa de las cuatro tradicionales del Concilio y de las otras restantes.
b. El Prefacio:
El Diálogo (El Señor esté con Ustedes...), tal como lo conocemos hoy en día, se encuentra ya en la Traditio Apostolica, siglo III. San Ambrosio, lo conoce con el nombre de: Laus. El Prefacio es parte integrante de la Oración Eucarística, su variabilidad ha provocado la creación de un cuerpo de prefacios separados de la anáfora o del canon. El Gelasiano lo refiere así: Incipit canon actionis y continua: Sursum corda... San Cipriano lo llama precisamente: Prefatio (De Domin. Orat. 31). Podríamos decir que tiene la función de introducción.
Los sacramentarios Veronenese y Gelasiano contienen un numero abundante de prefacios, casi uno por misa, todos inician con las siglas “VD”, o sea, Vere dignum. El sacramentario Gregoriano los reducirá a 14 y más tarde en el siglo XI son tan solo 9. De Trento en adelante, el prefacio usado para las misas dominicales era aquel que estaba dedicado a la Santísima Trinidad.
Con el tiempo, fueron introduciéndose lentamente los prefacios de la Virgen, de los Difuntos. de san José, de Cristo Rey y del Sagrado Corazón. La reforma del Vaticano II ha dado un número equilibrado de prefacios.
c: Sanctus:
El Liber Pontificalis la atribuye al Papa Sixto[3] (430). El canto está tomado de Is 6,3. Y su uso litúrgico proviene del Shemá matutino de los judíos. Aunque la Traditio Apostolica no lo menciona, si aparece en el Eucologio de Serapión[4] (350) y en las Constituciones Apostólicas (Libr. VIII). Al texto de Isaías se le adjunta el Benedictus.
d: Canon Romano[5]:
Canon significa fijado, dado por asentado, inamovible y es que esta oración eucarística llegó a ser la única que podría utilizarse en la Misa del rito romano. Inclusive varios Papas recurrieron a la excomunión para aquellos que intentaran hacer un cambio en ella.
El Canón Romano puede dividirse en varias secciones:
1. Te Igitur[6] (Padre misericordioso, te pedimos humildemente...):
Fórmula de carácter imperial y del uso cultual pagano de los romanos. Esta primera parte del canon está llena de expresiones de esa misma naturaleza: “Clementissime, accepta habeas ,haec dona, haec munera, haec sancta sacrificia inlibata”. También es fácil distinguir el origen romano de esta oración cuando presenta como primerísima súplica: “Pro Ecclesia tua sancta católica”.
El título de Papa era concedido a todos los obispos del siglo III y IV y poco a poco, en la tradición occidental, se fue reservando para el Obispo de Roma. En cambio, en Oriente a muchos obispos se les conoce con el título de Papa.
La costumbre en Gallia, era que estas súplicas fueran dichas en el Ofertorio, según lo atestigua la carta del Papa Inocencio I[7] al Obispo de Gubbio en el año 416. No obstante, todavía no aparecía el Papa Gelasio (492) que va a cambiar de lugar la oración de los fieles que sucedía después del ofertorio. Lo que quiere decir, que en Roma se mencionaban dos veces estas intenciones: Una en la oración de los fieles (después del Ofertorio) y otra en el Canon Romano.
2. Memento, Domine (Recuerdo de los vivos)[8] :
Esta sección es por aquellos que han solicitado la celebración de la Misa o por aquellos que están vivos.
La expresión “pro quibus tibi offérimus, vel qui tibi ófferunt hoc sacrifícium laudis” aparece en el siglo X con el uso de aplicar la misa para cumplir con penitencias. Hay que hacer resaltar que la primera parte de la oración está haciendo referencia al que celebra (en maiestático) y la segunda por los oferentes. No es de extrañar que el celebrante se ponga primero y luego los que ofrecieron la Misa, es parte del genio romano.
3. Communicantes[9] (Reunidos en comunión con toda la Iglesia...):
Tiene un sentido absoluto: En comunión con todos los santos. Tal parece que no formaba parte del Canon "original". La lista de santos varía según el lugar. Obviamente, el romano hace mención de los santos de Roma.
Un dato interesante, es que aquí aparece la primera conclusión del Canon: “Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.”.
4. Hanc Igitur[10] (Acepta, Señor en tu bondad esta ofrenda...):
Mientras que el "memento" ha recomendado los dones de los fieles, ahora se toma en cuenta, aquellos del clero: “Oblatio servitutis”.
En cambio: “Diesque nostros in tua pace dispongas”, es un agregado que el Liber Pontificalis atribuye al Papa Gregorio Magno[11].
Nota.- Inicia el núcleo del Canon Romano:
5. Quam oblationem[12] (Bendice y santifica, oh Padre...):
El texto actual estuvo retocado por san Gregorio Magno. Tiene una súplica: Que estos dones sean transformados en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Sin que por ello sea propiamente considerada como una epíclesis[13].
6. La Consagración[14]:
El canon presenta la narración de la institución en un género literario narrativo. Pero un aspecto importante que se menciona aquí, está en la introducción a las palabras de la consagración del cáliz: Tomó ÉSTE cáliz en sus santas y gloriosas manos... El texto, nos refiere inmediatamente a la actualidad del hecho, a la simultaneidad de éste cáliz con el mismo de Cristo en la última cena. No se trata, por tanto, de dos celebraciones sino de una sola.
Hay que hacer resaltar que en la edición anterior al Vaticano II la fórmula de la consagración se limitaba solo al: “Hoc est enim Corpus meus.” Mientras que la actual fórmula inicia desde: “accipite et manducate ex hoc omnes. Hoc est enim Corpus meus”. Si el celebrante se inclinaba exageradamente hacia la hostia, lo hacía en virtud del misterio, del secreto. Lo mismo sucedía con la consagración del vino.
7. Unde et memores[15] (Por eso, Padre, nosotros tu siervos ...):
La anámesis es precisamente la que justifica la celebración de la Eucaristía: “Haec quotiescumque feceritis in mei memoriam facietis”. Sin embargo, san Ambrosio en “De Sacramentis”, continua esta frase haciendo alusión a la Parusía: “Quotiescumque feceritis toties commemorationem mei facietis donec iterum adveniam”. Lamentablemente, el actual canon, no hace mención a este elemento: la Parusía.
k: Supra quae propitio[16] (Mira con bondad esta ofrenda) y Supplices (Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso...):
Notamos la insistencia sobre el ofrecimiento, una característica del Canon Romano, pues indica un doble movimiento del sacrificio: Paraclético: El sacrificio que se ofrece a Dios. Y, Epiclético: La bendición de Dios para cuantos participan del sacrificio. De este modo, el supplices del Canon Romano se asemeja a la epíclesis de Hipólito en la cual no se insiste en la transubstanciación de las especies eucarísticas, sino en la acción del Espíritu sobre los que participan del sacrificio.
Nota.- Finaliza el núcleo del Canon Romano.
8. Memento etiam[17]: Recuerdo de los muertos:
Esta parte en los siglos VIII-IX solo aparece en las misas especiales por los difuntos, pero no como parte constitutiva y permanente del Canon Romano (Ordo II, Ed. Andrieu, vol. 2). Aunque el texto por sus vocablos parece ser muy antiguo, casi relacionado con los usos pre-cristianos: Refrigerium lucis et pacis.
9. Nobis quoque peccatoribus[18] (Y a nosotros pecadores, siervos tuyos...):
Mientras que los sacramentarios Gelasiano y Gregoriano omitían el “memento”, por el contrario, realzaban el “Nobis quoque peccatoribus”. Se piensa que tiene referencia exclusiva para el clero, en especial para el obispo que presidía la celebración. Botte la refiere como un embolismo del Recuerdo de los vivos que aparece antes de la consagración.
La lista de santos que al final aparece era ampliada en las celebraciones con el Papa.
10. Per quem haec omnia[19] (Por Cristo, Señor nuestro...):
Es una fórmula con la cual se acostumbraba habitualmente concluir las oraciones y bendiciones. Pero que en este caso, designa o resalta aquello que ha sido bendecido: El Cuerpo y Sangre de Cristo, con lo que queda manifestado el realismo eucarístico de la Iglesia primitiva.
11. Doxologia[20]:
Es la fórmula de conclusión, incluso en la “Traditio Apostólica” se concluye con una doxología similar a ésta. Sin embargo, debemos estar atentos a la formulación: “in unitate Spiritus Sancti”, indica que el Espíritu Santo está unido a las dos Divinas Personas, pero no que constituye la Tercera. En cambio, la expresión: “cum Spiritu Sancto”[21], indica la igualdad del Espíritu Santo respecto al Padre y al Hijo.
12. Conclusión:
El Canon en un principio fue dicho en voz alta, pero ya en el siglo VIII, el “Ordo Romanus I”, pide que se diga en voz baja, tanto cuanto, solo la escuchen los cercanos al altar. Tal vez, esto ocurra por motivo de un influjo oriental que ve en la celebración el descenso del Señor al altar y no la cena memorial. Por ello, el Vaticano II, devolverá la auditividad al Canon Romano y a las demás Oraciones Eucarísticas.
Una de las carencias más fuertes del Canon Romano es la ausencia del Espíritu Santo, aún las epíclesis (que no lo son propiamente dichas) poca referencia hacen al Espíritu Santo. Otra creencia es que ni al menos hay un esbozo de la historia de la salvación. Así como la ausencia de la Parusía que arriba se señala.
13. En cuanto a los gestos que se dan durante la Oración Eucarística podemos añadir:
· La elevación de las Especies Consagradas: Obedece a la necesidad de los fieles de "Ver" la Hostia, obedece por tanto, al concepto del descenso del Señor al altar. Otro motivo, es el de subrayar el hecho de la eficacia de las palabras mismas de la consagración, pues algunos señalaban que la consagración completa sucedía sólo hasta que se concluía también la del vino. Este decreto de elevar la hostia después de la consagración es del siglo XII. La costumbre de elevar también el cáliz es del siglo XIII y se hizo como paralelismo con la elevación de la Hostia. Esto trajo consigo, la poca valorización de la elevación de las Especies en la doxología.
· Arrodillarse: El uso de arrodillarse desde la epíclesis hasta la aclamación después de la consagración obedece como contestación para aquellos que no creían en la presencia sacramental del Señor en el momento mismo de la consagración, sino hasta que terminaba la Oración Eucarística. Hoy en día, algunas conferencias episcopales, como la Norte-americana ha suprimido este gesto, por considerarlo poco valorado en su sociedad. Al decir verdad, es cierto que toda la Oración Eucarística es consagratoria de las especies, pero también es cierto, que durante el relato de la institución se realiza la transubstanciación de las mismas.
· El signo de la cruz: Antes eran varias las veces que se trazaba el signo de la cruz sobre los dones. Amalario de Metz[22], exponente principal del alegorismo, veía en esto el calvario. El Vaticano II, redujo solamente una vez este gesto en todas las Oraciones Eucarísticas.
e: LAS OTRAS ORACIONES EUCARISTICAS:
1. La Oración Eucarística II:
Que ya describimos arriba y que está básicamente tomada de aquella que presenta Hipólito de Roma en la “Traditio Apostólica”. Tiene una estructura simple y un poco más allegada a la que posiblemente Cristo utilizaría en la Ultima Cena. Solo se le han hecho algunas correcciones al texto original de la “Traditio Apostólica” con el fin de darle una semejanza absoluta de estructura y la unificación que se había pedido de las palabras de la consagración en todas las Oraciones Eucarísticas.
Queriendo conservar, en un primer momento, la riqueza de los prefacios romanos, se pensó que el prefacio del texto de Hipólito se acomodara de tal manera que pudiera aceptar otros prefacios. De tal manera, que aunque aparece uno propio[23] de la II Oración Eucarística., se le puede añadir cualquier otro.
Además en razón del criterio de conservar la misma estructura en las Oraciones Eucarísticas se tuvo que introducir el “Sanctus”, que en el texto original no aparece. Además se tuvo que adaptar una sección detallada de intercesiones[24].
También hubo necesidad de modificar la doxología final, ya que en el original, además de mencionar "...con el Espíritu Santo (se añadía) y en la santa Iglesia”[25]. Característica, ésta, muy propia de Hipólito. En fin, hubo necesidad del cambio en razón del criterio ya mencionado.
Otra característica es la epíclesis[26] antes de la consagración en la que se pide que el pan y en vino se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Esto trajo algunos problemas para los teólogos del Concilio Vaticano II, ya que todavía estaba (y está) cierta teología que pretende darle a las palabras de la Institución todo el valor consagratorio. Sin embargo, la epíclesis antes de la consagración, indica precisamente, que lo que viene a continuación sólo puede suceder por obra del Espíritu Santo.
No se ha querido, tampoco, suprimir la segunda epíclesis, aquella que es ahora sobre la Iglesia, para que ésta sea congregada en la unidad, es por tanto, no una epíclesis de consagración, sino de comunión. Desafortunadamente los teólogos no han insistido en la estrecha relación de ambas[27].
2. LA ORACIÓN EUCARISTICA III:
Es junto con la Oración Eucarística IV una creación nueva del Vaticano II. Se puede decir que la Oración Eucarística III conserva una cierta sobriedad típica de la liturgia latina, pero que sigue el modelo antioqueno: Es decir, después de la consagración vienen el ofrecimiento, la anámnesis, la epíclesis y las intercesiones. Pero, por otro lado, se asemeja a la alejandrina, ya que tiene una epíclesis antes de la consagración y otra después[28].
Su estructura es simple:
· Exclamación[29].
· Motivación[30].
· Anámnesis[31].
· Epíclesis: El sacrificio no puede ser realizado sin el Espíritu Santo.
· Consagración.
· El Ofrecimiento.
· 2da. Epíclesis: Que los que reciben el Cuerpo y Sangre de Cristo formen un solo cuerpo y un solo espíritu.
· Intercesiones: El Papa, los obispos hasta llegar a todo el pueblo redimido por Dios. Se hubiera, sin embargo deseado, que se partiera según el esquema de la Lumen Gentium, que pone en primer lugar al Pueblo de Dios (capítulo 2) y luego quienes lo gobiernan (capítulo 3): El Papa, los obispos...
· Intrecesiones por los difuntos: Presenta un desarrollo teológico respecto a la II Oración Eucarística, pero su hubiera deseado un poco menos de dramatización.
3. ORACIÓN EUCARISTICA IV:
Algunos la consideran un poco larga, para otros el texto es algo grandilocuente, al estilo oriental que gusta de usar muchas palabras. Aunque todo esto es cierto, conviene recordar el valor catequético de esta Oración. Un valor particular es su asombroso parecido a las bendiciones "hebreas" y a la magnífica síntesis de la Historia de la Salvación.
Es también una Oración Eucarística de dos epíclesis. Construida con un prefacio único que no puede ser combinado ni cambiado. Aquí las intercesiones van más en consonancia con la Lumen Gentium. Omite, sin embargo, una alusión concreta con un difunto en especial, por lo que no sería conveniente usarla en las misas exequiales o en las de aniversario.
d: CONCLUSIÓN:
Un dato importante a señalar es que la totalidad de la Oración Eucarística está dirigida al Padre, pero tras la consagración las aclamaciones van dirigidas a Cristo: Anunciamos TU MUERTE, proclamamos TU RESURRECCIÓN, VEN SEÑOR JESÚS. O bien, CRISTO HA MUERTO, CRISTO HA RESUCITADO, CRISTO VENDRÁ DE NUEVO. O, Cada vez que comemos de este Pan y bebemos de este cáliz, ANUNCIAMOS TU MUERTE HASTA QUE VUELVAS...
Siempre se ha dicho de la presidencialidad de la Oración Eucarística y algunos hasta han anatematizado aquellos que permiten la participación de los laicos en ella. Lo cierto, es que esta Oración por naturaleza presidencial, porque es propiamente de Cristo cabeza, que se dirige al Padre, es por lo demás una oración en la que los laicos nos solo participan escuchando, sino que tienen varias intervenciones importantes: El diálogo del Prefacio, el Sanctus, la aclamación después de la Consagración y el Amén conclusivo (Cabe aquí señalar que este amén, que puede ser cantado por la Asamblea puede ser repetitivo, dándole así mayor significación a la participación y asentimiento de la Asamblea). Pero todavía, inclusive en las Oraciones Eucarísticas para las Misas con Niños nos presentan una forma más dialogada aún de Oración.
En cuanto a la creatividad de nuevas Oraciones Eucarísticas el Misal Romano ofrece 2 de la Reconciliación, 3 de la Misa con Niños; y 5 del Sínodo Suizo[32]. Por lo demás, no está permitido a nadie, crear sus propias oraciones como sucedía en la Iglesia Primitiva y la razón es la misma por la que ya no se permitieron estas composiciones desde el siglo IV-V: La ignorancia en materia de Teología Litúrgica[33].
Es fácil, además advertir la agilidad literaria de estas composiciones modernas, ya que su estructura se asemeja más a la forma y lógica actual de composiciones.
Finalmente, todas las Oraciones Eucarísticas son susceptibles de ser cantadas, incluso los textos de la Consagración, esto, atendiendo al uso Oriental de celebración. No obstante, cabría señalar los aspectos pastorales sobre el tema: La preparación y capacidad musical del presidente, la preparación de la Asamblea y el tiempo para desarrollar e implementar esto.
NOTAS:
[1] El canon eucarístico más antiguo que se conoce es el que se expone en la Traditio apostolica, documento escrito probablemente en Roma por San Hipólito (+235). Esta anáfora, de notable plenitud teológica, muy antigua y venerable, y que muestra una tradición litúrgica anterior, tuvo gran influjo en las liturgias de Occidente e incluso de Oriente. En ella está inspirada actualmente la Plegaria eucarística II. Y también siguen su pauta las otras plegarias eucarísticas, por ejemplo, en el solemne diálogo inicial del prefacio.
«Ofrézcanle los diáconos [al ordenado obispo] la oblación, y él, imponiendo las manos sobre ella con todos los presbíteros, dando gracias, diga: "El Señor con vosotros" . Y todos digan: "Y con tu espíritu". "Arriba los corazones". "Los tenemos ya elevados hacia el Señor". "Demos gracias al Señor". "Esto es digno y justo". Y continúe así:
«Te damos gracias, ¡oh Dios!, por medio de tu amado Hijo, Jesucristo, que nos enviaste en los últimos tiempos como salvador y redentor nuestro, y como anunciador de tu voluntad. Él es tu Verbo inseparable, por quien hiciste todas las cosas y en el que te has complacido. Tú lo enviaste desde el cielo al seno de una virgen, y habiendo sido concebido, se encarnó y se mostró como Hijo tuyo, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen. Él, cumpliendo tu voluntad y conquistándote tu pueblo santo, extendió sus manos, padeciendo para librar del sufrimiento a los que creyeron en ti. El cual, habiéndose entregado voluntariamente a la pasión para destruir la muerte, romper las cadenas del demonio, humillar al infierno, iluminar a los justos, cumplirlo todo y manifestar la resurrección, mostrando el pan y dándote gracias, dijo: "Tomad, comed. Éste es mi cuerpo, que por vosotros será destrozado". Del mismo modo, tomó el cáliz, diciendo: "Ésta es mi sangre, que por vosotros es derramada. Cuando hacéis esto, hacedlo en memoria mía".
«Recordando, pues, su muerte y su resurrección, te ofrecemos este pan y este cáliz, dándote gracias porque nos tuviste por dignos de estar en tu presencia y de servirte como sacerdotes.
«Y te pedimos que envíes tu Espíritu Santo sobre la oblación de la santa Iglesia. Reuniéndolos en uno, da a todos los santos que la reciben que sean llenos del Espíritu Santo, para confirmación de la fe en la verdad, a fin de que te alabemos y glorifiquemos por tu Hijo Jesucristo, que tiene tu gloria y tu honor con el Espíritu Santo en la santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén» (4).
-La comunión primera de los neófitos. «Todas estas cosas el obispo las explicará a los que reciben [por primera vez] la comunión. Cuando parte el pan, al presentar cada trozo, dirá: "El pan del cielo en Cristo Jesús". Y el que lo recibe responderá: "Amén". Si no hay presbíteros suficientes para ofrecer los cálices, intervengan los diáconos, atentos a observar perfectamente el orden; el primero sostenga el caliz del agua; el segundo, el de la leche, y el tercero, el del vino. Los comulgantes gusten de cada uno de los cálices (21).
-La comunión ordinaria de los domingos. «Los domingos, si es posible, el obispo distribuirá de su propia mano [la comunión] a todo el pueblo, mientras que los diáconos y los presbíteros partirán el pan. Luego el diácono ofrecerá la eucaristía y la patena al sacerdote; éste las recibirá, las tomará en sus manos para luego distribuirlas a todo el pueblo. Los demás días se comulgará siguiendo las instrucciones del obispo» (22).
-La comunión realizada privadamente en casa. «Todos los fieles tengan cuidado de tomar la eucaristía antes de que coman cualquier otro alimento...Y cuídese que no la tome un infiel, ni un ratón ni otro animal, y de que nadie la vuelque ni la derrame, ni la pierda. Siendo el Cuerpo de Cristo, que será comido por los creyentes, no debe ser menospreciado» (37). «También el cáliz bendito en el nombre del Señor se recibe como sangre de Cristo. Por eso nada debe ser derramado... Si tú lo menosprecias, serás tan responsable de la sangre vertida como aquél que no valora el precio por el que fue adquirido» (38).
[2] Las anáforas orientales se dividen en dos grupos: Alejandrino, tienen una intercesión y una epíclesis antes de la consagración y una segunda epíclesis después de la consagración y la anámnesis.
[3] San Sixto III: Roma; Julio 31, 432 -Agosto 19, 440.
Nació en Roma. Elegido el 31. VII.432, murió el 19.VIII.440. Amplió y enriqueció la basílica de S. María Mayor y San Lorenzo. Fue autor de varias epístolas y mantuvo las jurisdicciones de Roma sobre Iliria contra el Emperador de Oriente que quería hacerla depender de Constantinopla.
[4] Un manuscrito del Monte Athos, conocido con el nombre de Eucologio de Serapión de Thmuis, amigo de san Atanasio, es la única fuente para la liturgia alejandrina del siglo IV; junto a rasgos típicamente alejandrinos, se encuentran otros que no tienen lugares paralelos seguros en la tradición egipcia posterior. Eucologio, ordinario de la liturgia eucarística, matutino, oficio vespertino del incienso, varios oficios cantos propios de ciertas fiestas.
[5] Entre la plegaria eucarística que san Ambrosio (339-397) reproduce en su De sacramentas (IV, 5, 21-22; 6, 26-27) y el canon romano, de factura leoniana (que luego encontraremos en los sacramentarlos), hay una evolución que no es meramente lingüística. Admitimos, sin embargo, con Ch. Mohrmann que uno de los aspectos más interesantes de tal evolución consiste precisamente en la progresiva adopción de un lenguaje sagrado latino -terminología y expresiones provenientes del latín de los ritos paganos- en la plegaria eucarística de la iglesia de Roma.
La carta del papa Inocencio I al obispo Decencio de Gubbio, escrita el 19 de marzo del 416, afirma que los nombres deben enunciarse ínter sacra mysteria. Este testimonio hay que ponerlo en relación con el hecho de que el canon romano insertó, entre el prefacio y la narración de la institución, los dípticos por la iglesia, por la jerarquía eclesiástica, por los oferentes y para la memoria de los santos. Ésta es una peculiaridad exclusiva del rito romano.
Una frase de la misma carta ("prius ergo oblationes sunt commendandae, ac tunc eorum nomina quorum sunt edicenda") puede referirse a la presentación de los dones, que luego fue integrada en el Te igitur del canon "... uta accepta habeas et benedicas haec dona, haec munera..."), pero podría también representar un precedente de lo que pasará a ser un texto variable típicamente romano: la oración super oblata.
[6] Te ígitur, Clementíssime Pater, per Jesum Christumm Fílium tuum Dóminum nostrum, súpplices rogámus ac pétimus, uti accépta hábeas, et benedícas, haec + dona, haec + múnera, haec + sancta sacrifícia illibáta, in primis, quae tibi offérimus pro Ecclésia tua Sancta Cathólica: quam pacificáre, custódire, adunáre, et régere dignéris toto orbe terrárum: una cum fámulo tuo Papa nostro N. N. et Antístie nostro N. N. et ómnibus orthodoxis, atque cathólicae et Apostólicae fídei cultóribus.
Padre misericordioso, te pedimos humildemente por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que aceptes y bendigas estos + dones, este sacrificio santo y puro que te ofrecemos, ante todo, por tu Iglesia santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la, congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero, con tu servidor el Papa N. con nuestro Obispo N. y todos los demás Obispos que, fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica.
[7] San Inocencio I: Roma; Diciembre 22, 401- Marzo 12, 417.
Nació en Albano. Elegido el 22.XII.401, murió el 12.III.417. Durante su pontificado vio el saqueo de Roma por los godos de Alarico. Estableció la observancia de los ritos romanos en Occidente, el catálogo de los libros canónicos y reglas monásticas. Obtiene de Honorio la prohibición de las luchas en el circo entre gladiadores.
[8] Memento, Dómine, famulórum famularúmque tuárum N. N. et N. N. et ómnium circumstántium, quorum tibi Fides cógnita est, et nota devótio: pro quibus tibi offérimus, vel qui tibi ófferunt hoc sacrifícium laudis, pro se, suísque ómnibs, pro redemptióne animárum suárum, pro spe salútis, et incolumitátis suae: tibíque reddunt vota sua aetérno Deo, vivo et vero.
Acuérdate, Señor, de tus hijos N. N. y de todos los aquí reunidos, cuya fe y entrega bien conoces; por ellos y todos los suyos, por el perdón de sus pecados y la salvación que esperan, te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza, a ti, eterno Dios, vivo y verdadero.
[9] Comunicantes, et memóriam venerántes, in primis gloriósae semper Virginis Maríae, Genitrícis Dei et Dómine nostri Jesu Christi: sed et beatórum Apostolórum ac Mártyrum tuórum: Petri et Pauli, Andréae, Jacóbi, Joánnis, Thomae, Jacóbi, Philíppi, Bartholomaei, Matthaei, Simónis et Thaddaei, Lini, Cleti, Cleméntis, Xysti, Cornélii, Cypriáni, Lauréntii, Chrysógoni, Joánnis et Pauli, Cosmae et Damiáni, et ómnium Sanctórum tuórum; quorum méritis, precibúsque concédas, ut in ómnibus protectiónis tuae muniámur auxilio, Per eúmdem Christum Dóminum nostrum. Amen.
Reunidos en comunión con toda la Iglesia, veneramos la memoria ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; la de su esposo, san José; la de los santos apóstoles y mártires Pedro y Pablo, Andrés, y la de todos los santos; por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección.
[10] Hanc ígitur oblatiónem servitútis nostrae, sed et cunctae famíliae tuae, quaesumus Dómine, ut placátus accípas: diésque nostros in tua pace dispónas, atque ab aetérna damnatióne nos éripi, et in electórum tuórum júbeas grege numerári. per Christum Dóminum nostrus. Amen.
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos
[11] San Gregorio I (Magno): Roma; Septiembre 3, 590-Mayo 12, 604.
Nació en Roma. Elegido el 3.IX.590, murió el 12.III.604. Confirmó la autoridad civil del Papa: inicia "poder temporal". Cuando terminó la peste de Roma se le apareció un ángel sobre la roca que después se llamó castillo S. Ángel. Se definía "servus sevorum Dei". Instituyó el canto gregoriano.
[12] Quam oblatiónem,tu Deus, in ómnibus, quaesum, bene + díctam, adscrí + ptam, ra+tam, rationábilem acceptabilémque fácere dignéris: ut nobis Cor + pus, et San + guis fiat dilectíssimi Fílii tui Dómini nostri Jesu Christi.
. Bendice y santifica, oh Padre, esta ofrenda, haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti, de manera que sea para nosotros Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor.
[13] La epiclesis, en la que «la Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (el poder de su bendición: cf. MR, canon romano, 90) sobre el pan y el vino, para que se conviertan, por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y que quienes toman parte en la Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu» (algunas tradiciones litúrgicas colocan la epíclesis después de la anamnesis) (1353).
[14] Qui pridie quam pateretur, accepit panem in sanctas, ac venerabiles manus suas, et elevatis oculis in coelum ad te Deum Patrem suum omnipotentem, tibi gratias agens, bene + dixit, fregit, deditque discipulis suis, dicens: accipite et manducate ex hoc omnes. Hoc est enim Corpus meus.
Simi modo postquam coenatum est, accipiens, et hunc praeclarum calicem in sanctas ac venerabiles manus suas: item tibi gratias agnes, bene + dixit, deditque discipulis suis, dicens: accipite, et bibite ex eo omnes. Hic est enim Cálix Sánguinis mei, Novi et aetérni Testamenti: Mystérium Fidei qui pro nobis et pro multis effundétur, in remissiónem peccatórum.
Haec quotiescumque feceritis, in mei memoriam facietis.
El cual, la víspera de su pasión tomó el pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros.
Del mismo modo, acabada la cena, tomó este cáliz glorioso en sus santas y venerables manos, dando gracias te bendijo, y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.
[15] Unde et mémores, Dómine, nos servi tui, sed el plebs tua sancta, ejúsdem Christi Fílii tui Domini nostri tan beátae passiónis; nec non et ab ínferis resurrectiónis, sed et in coelos gloriósae ascensiónis: offérimus praeclárae majestáti tuae de tuis donis, ac datis, Hóstiam + puram, Hóstiam + sanctam, Hóstiam + inmmaculátam, Panem + sanctum vitae aetérnae et Cálicem + salútis perpétuae.
Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial de la muerte gloriosa
de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor; de su santa resurrección del lugar de los muertos y de su admirable ascensión a los cielos, te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación.
[16] Supra quae propítio ac seréno vultu respícere dignéris, Et accépta habére, sicut accépta hábere dignátus es múnera púeri tui justi Abel, et sacrificium Patriárchae nostri Abrahae et quod tibi óbtulit summus sacérdos tuus Melchísedech, sanctum sacrifícium, immaculátam hóstiam.
Supplices te rogámus, omnípotens Deus: jube haec perférri per manus sancti Angeli tui in sublíme altáre tumm, in conspéctu divínae majestátis tuae: ut quotquot, (besa el altar)ex hac altáris participatióne, sacrosánctum Fílii tui Cor+pus, et Sán + guinem sumpsérimus, omni benedictióne coelésti, et grátia repleámur. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum. Amen.
[17] Memento étiam, Dómine, famulórum, famularúmque tuárum N. N. et N. N. Qui nos praecessérunt cum signo fídei, et dórmiunt in somno pacis.
Ipsis, Dómine et ómnibus in Christo quiescéntibus, locum refrigérii, lucis et pacis, ut indúlgeas, deprecámur. Per eúndem Christum, Dóminum nostrum. Amen.
Acuérdate también, Señor, de tus hijos N. N. que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz.
[18] Nobis quoque peccatóribus fámulis tuis, de multitúdine miseratiónum tuám sperántibus, partem donáre dignéris, cum tuis sanctis Apóstolis et Martyribus: cum Joabbe, Stéphano, Matthía, Bárnaba, Ignátio, Alexándro, Marcellino, Petro, Felicitáte, Perpétua, Agatha, Lúcia, Agnéte, Caecília, Anastásia, et ómnibus Sanctis tuis: intra quorum nos consórtium, non aestimátor mériti, sed véniae, quaesumus largítor admítte. Per Christum, Dóminum nostrum.
Y a nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia, admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires Juan el Bautista, Esteban, Matías y Bernabé, y de todos los santos; y acéptanos en su compañía, no por nuestros méritos, sino conforme a tu bondad. Por Cristo, Señor nuestro,
[19] Per quem haec ómnia, Dómine, semper bona creas, sancti + ficas, vivi + ficas, bene + dícis, et praestas nobis.
por quien sigues creando todos los bienes, los santificas, los llenas de vida, los bendices y los repartes entre nosotros.
[20] Per ip + sum, et cum ip + so, et in ip + so, est tibi Deo Patro + omnipotenti, in unitate Spiritus + Sancti, omnis honor et gloria. S. Per omnia Seacula seaculorum. Amen.
Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.
[21] En cambio el himno del Gloria (que es Ortodoxo) concluye así: “Quoniam to solus Sanctus. Tu solus Dominus. Tu solus Altissimus. Iesu Christe. Cum Sancto Spiritu + in gloria Dei Patris. Amen”. O bien, como originalmente concluía la Oración Eucarística II: «Y te pedimos que envíes tu Espíritu Santo sobre la oblación de la santa Iglesia. Reuniéndolos en uno, da a todos los santos que la reciben que sean llenos del Espíritu Santo, para confirmación de la fe en la verdad, a fin de que te alabemos y glorifiquemos por tu Hijo Jesucristo, que tiene tu gloria y tu honor con el Espíritu Santo en la santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén».
[22] Alegorista francés del Siglo IX.
[23] En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, Padre Santo, siempre y en todo lugar, por Jesucristo, tu Hijo amado. Por él, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas; tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor. El, en cumplimiento de tu voluntad, para destruir la muerte y manifestar la resurrección extendió sus brazos en la cruz y así adquirió para ti un pueblo santo. Por eso, con los ángeles y los santos, proclamamos tu gloria, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo.
[24] Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; y con el Papa N., con nuestro Obispo N.1. y todos los pastores que cuidan de tu pueblo, llévala a su perfección por la caridad. Acuérdate también de nuestros hermanos que se durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro. Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas.
[25] ...a fin de que te alabemos y glorifiquemos por tu Hijo Jesucristo, que tiene tu gloria y tu honor con el Espíritu Santo en la santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.
[26] Así pues se invoca al Espíritu para pedir que la celebración del memorial llegue a su verdadero fin, es decir, a la edificación de la Jerusalén futura o sea la construcción el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, para glorificar definitivamente al Señor. Por eso, tanto la unidad del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, como la glorificación del Padre por medio del Señor Jesús, son obra propia y exclusiva del Espíritu Santo, luego mencionarlo e invocarlo era un imperativo que tarde o temprano debía incluirse en toda plegaria eucarística y en toda oración.
Más aún, cuando se presentaron las controversias teológicas sobre la divinidad de la tercera persona, a partir de la segunda mitad del siglo IV, era una exigencia no solo recordar al Espíritu Santo en la eucaristía sino invocarlo formalmente para reconocer su papel en la teología trinitaria, de lo contrario hubiera quedado en un plano de " inferioridad " en relación con el Padre y el Hijo. Se pasó entonces, de la mención, a la invocación sobre la oblación y sobre la asamblea, más aún, se pasó del recuerdo del Espíritu, a la acción del mismo, pues se trataba de una invocación eclesial y comunitaria. De esta forma la epíclesis nace tanto de una exigencia del memorial, como de una exigencia eclesial para que el sacrificio del Hijo fuese aceptado por el Padre.
Así entonces el lugar de la epíclesis tambien debe estar, teológicamente hablando, después de las intercesiones y de las conmemoraciones y no solo en el momento anterior a la consagración o por lo menos debería estar en ambos momentos, tanto en el pre- consacratorio como en el post – conmemoratorio.
De esta forma la epíclesis tiene tres sentidos. El primero, es para la aceptación del sacrificio el cual se identifica expresamente con la presentación al Padre del memorial de su Hijo, nuestro Salvador. El segundo sentido, es la consagración tanto del pan como del vino que se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo y el tercer sentido, de la epíclesis o descenso del Espíritu Santo, es que, uniéndonos a todos en el cuerpo de Cristo que es la iglesia, tambien nos permite en esta unidad, glorificar al Padre. Es por el poder del Espíritu Santo con el que podemos glorificar al Padre presentándole la entrega de Cristo. De esta manera el Espíritu Santo "manifiesta " que el pan y el vino son el cuerpo y la sangre del Señor, asociándonos a El y a su redención. La manifestación del Espíritu Santo es entonces igual a "consagrar" el cuerpo y la sangre del Señor como cuando decimos que se cambió el pan, en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre.
[27] ...por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y + Sangre de Jesucristo, nuestro Señor...
Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo.
[28] ...para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.
Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean Cuerpo y + Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos misterios...
[29] Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro,
[30] con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar,
[31] para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso.
[32] La edición tercera del Misal Romano las coloca después de la IV Oración Eucarística dentro del Ordinario de la Misa y no en el apéndice.
[33] II Concilio de Cartago.
«En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y banquete pascual, por el que se hace continuamente presente en la Iglesia el sacrificio de la cruz, cuando el sacerdote, que representa a Cristo el Señor, lleva a cabo lo que el Señor mismo realizó y confió a sus discípulos para que lo hicieran en memoria suya»121.
En este contexto, la Iglesia prepara la ofrenda que actualizará el misterio pascual de Cristo y que nutrirá a la Iglesia comunicándola con el misterio mismo122. De este modo, los momentos quedan bien delimitados en tres partes, la última de las cuales abordaré cuando trate el Rito de Comunión, quedando así en primer lugar la preparación de los dones123 y la plegaria Eucarística124 que desglosaré paso a paso.
Preparación de los dones
Historia
En el II siglo san Justino nos da la primera descripción precisa, aunque muy breve, de dicha preparación:
Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados.
Este gesto no se acompaña de ninguna oración, al menos por cuanto podemos leer en la Apología de Justino. Por su parte san Agustín nos presenta el rito de llevar pan y vino para que el sacerdote los ofrezca al Señor. Este signo se acompañaba con un salmo cantado125. Por otro lado, Cesáreo de Arlés hablará de la obligación de llevar las ofrendas para el sacrificio, y que se ofrecerán antes de la celebración126.
La actual práctica de la presentación de los dones, conviene considerar que deben ser los fieles mismos quienes presenten la ofrenda, tocando al celebrante la acción de ofrecerlos mediante el signo de la deposición del pan y vino sobre el altar, sosteniéndolos un poco elevados sobre el altar mientras hace la oración de bendición, proveniente de la Berakâh en la liturgia hebrea de la cena.
Durante la preparación hay un gesto particular que se llama inmixtión y que no es otra cosa, sino la mezcla —de la que habla Justino— de agua y vino para significar la Encarnación y, por ende, la unión Hipostática en el Verbo encarnado, siendo el vino representación de la naturaleza divina de Cristo y el agua de la naturaleza humana127. Se dice además de la oración de la inmixtión una apología que proviene del antiguo ofertorio y una tercera que expresa el deseo de purificación, pero siempre con carácter apologético128 introducido como tal en el siglo IX. Para el siglo XIII, las apologías serán muy numerosas y corresponderán a una mentalidad penitencial de la época129.
Sentido
En un principio la preparación de los dones correspondía al gesto del Señor de Tomar el pan y de preparar la copa con vino; con el pasar del tiempo fue adquiriendo algunas significaciones más elaboradas a partir de los varios elementos que se fueron incluyendo —incluso como moda— en esta parte de la celebración. Empero, el sentido profundo que acompaña este momento, es el de compartir entre los hermanos de los mismos bienes que él nos ha dado130, que no sólo se sitúan en un ámbito meramente material, sino espiritual; ello que permite hablar de una dimensión profundamente humano – espiritual.
Modo de celebrar
No es fácil determinar un modo específico y universal de celebrar la preparación de los dones, ya que las diferentes conferencias episcopales pueden dictaminar distintamente de acuerdo a las diferentes tradiciones locales. Con todo, presento y comento la rúbrica del MR 2002 en cada una de sus partes para unificar criterios celebrativos131 y encontrar el sentido en la acción de la Iglesia que se ofrece a sí misma en el sacrificio de Cristo:
His absolutis, incipit cantus ad offertorium. Interim ministri corporale, purificatorium, calicem, pallam et missale super altare collocant132.
Expedit ut fideles participationem suam oblatione manifestent, afferendo sive panem et vinum ad Eucharistiæ celebrationem, sive alia dona, quibus necessitatibus Ecclesiæ et pauperum subveniatur. Sacerdos, stans ad altare, accipit patenam cum pane, eamque ambabus manibus aliquantulum elevatam super altare tenet, sumissa voce dicens: Benedíctus es, Dómine, Deus univérsi, quia de tua largitáte accépimus panem, quem tibi offérimus, fructum terræ et óperis mánuum hóminum: ex quo nobis fiet panis vitæ.
73. Al comienzo de la Liturgia Eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
En primer lugar se prepara el altar, o mesa del Señor, que es el centro de toda la Liturgia Eucarística,[70] y en él se colocan el corporal, el purificador, el misal y el cáliz, cuando éste no se prepara en la credencia.
En seguida se traen las ofrendas: el pan y el vino, que es laudable que sean presentados por los fieles. Cuando las ofrendas son traídas por los fieles, el sacerdote o el diácono las reciben en un lugar apropiado y son ellos quienes las llevan al altar. Aunque los fieles ya no traigan, de los suyos, el pan y el vino destinados para la liturgia, como se hacía antiguamente, sin embargo el rito de presentarlos conserva su fuerza y su significado espiritual.
También pueden recibirse dinero u otros dones para los pobres o para la iglesia, traídos por los fieles o recolectados en la iglesia, los cuales se colocarán en el sitio apropiado, fuera de la mesa eucarística.
74. Acompaña a esta procesión en la que se llevan los dones, el canto del ofertorio (cfr. n.37 b), que se prolonga por lo menos hasta cuando los dones hayan sido depositados sobre el altar. Las normas sobre el modo de cantarlo son las mismas que para canto de entrada (cfr. n. 48). El canto se puede asociar siempre al rito para el ofertorio, aún sin la procesión con los dones.
75. El sacerdote coloca sobre el altar el pan y el vino acompañándolos con las fórmulas establecidas; el sacerdote puede incensar los dones colocados sobre el altar, y después la cruz y el altar mismo, para significar que la oblación de la Iglesia y su oración suben como incienso hasta la presencia de Dios. Después el sacerdote, por el sagrado ministerio, y el pueblo por razón de su dignidad bautismal, pueden ser incensados por el diácono, o por otro ministro.
76. En seguida, el sacerdote se lava las manos a un lado del altar, rito con el cual se expresa el deseo de purificación interior.
Este momento, por su propia naturaleza, es una bendición de origen judío y toma el mismo esquema ritual de la Berakâh, por eso que al tratarse de una bendición específica sobre un elemento que es el ‘pan’, no puede unirse a aquella del vino, ya que se trata de dos bendiciones diferentes, y de dos dones complementarios133.
Otro punto que me interesa resaltar, es el gesto de elevar un poco sobre el altar134, como dice la rúbrica. La indicación de este gesto se remonta a la antigua nomenclatura litúrgica y por su función del ofrecimiento fue llamada elevación menor, distinta de la elevación mayor que se verifica en la doxología.
Deinde deponit patenam cum pane super corporale. Si vero cantus ad offertorium non peragitur, sacerdoti licet hæc verba elata voce proferre; in fine populus acclamare potest: Benedíctus Deus in sæcula.
El sacerdote, de pie junto al altar, toma la patena con el pan y, teniéndola con ambas manos un poco elevada sobre el altar, dice en voz baja: Bendito sea Dios…
La siguiente indicación se refiere a la mezcla de vino y de agua:
Diaconus, vel sacerdos, infundit vinum et parum aquae in calicem, dicens secreto: Per huius aquae et vini mystérium eius efficiámur divinitátis consortes, qui humanitátis nostræ fíeri dignátus est párticeps.
El diácono, o el sacerdote, echa vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto:
Por el misterio de esta agua y este vino,
haz que compartamos la divinidad
de quien se ha dignado participar de nuestra humanidad.
Este signo tan sencillo llamado inmixtión o infusión135 envuelve en sí la doble naturaleza de Cristo que se expresa, como lo sabemos, en la unión hipostática que sustenta el Verbo136.
La siguiente rúbrica indica la manera de proceder con el cáliz preparado, mientras retoma el concepto de elevar el cáliz y poco sobre el altar.
Postea sacerdos accipit calicem, eumque aliquantulum elevatum super altare tenet, secreto dicens: Benedíctus es, Dómine, Deus univérsi, quia de tua largitáte accépimus vinum, quod tibi offérimus, fructum vitis et óperis mánuum hóminum, ex quo nobis fiet potus spiritális.
Deinde calicem super corporale deponit. Si vero cantus ad offertorium non peragitur, sacerdoti licet hæc verba elata voce proferre; in fine populus acclamare potest: Benedíctus Deus in sæcula.
Postea sacerdos, profunde inclinatus, dicit secreto: In spíritu humilitátis et in ánimo contríto suscipiámur a te, Dómine; et sic fiat sacrifícium nostrum in conspéctu tuo hódie, ut pláceat tibi, Dómine Deus.
Et, pro opportunitate, incensat oblata, crucem et altare. Postea vero diaconus vel alius minister incensat sacerdotem et populum. Deinde sacerdos, stans ad latus altaris, lavat manus, dicens secreto: Lava me, Dómine, ab iniquitáte mea, et a peccáto meo munda me.
Después, el sacerdote toma el cáliz y, teniéndolo con ambas manos un poco elevado sobre el altar, dice en voz baja:
Bendito seas, Señor, Dios del universo,
por este vino,
fruto de la vid y del trabajo del hombre,
que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos;
él será para nosotros bebida de salvación.
Después deja el cáliz sobre el corporal.
Si no se hace canto para el ofertorio, el sacerdote puede decir estas palabras en voz alta; al final, el pueblo aclama:
Bendito seas por siempre, Señor.
26. A continuación, el sacerdote, inclinado profundamente, dice en secreto:
Acepta Señor, nuestro corazón contrito
y nuestro espíritu humilde;
que este sea hoy nuestro sacrificio
y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro.
27. Y, si es oportuno, inciensa las ofrendas, la cruz y el altar. Después el diácono, u otro ministro, inciensa al sacerdote y al pueblo.
28. Luego el sacerdote, de pie a un lado del altar, se lava las manos, diciendo en secreto:
Lava del todo mi delito, Señor,
limpia mi pecado.
El rito del lavatorio, que se indica en la última rúbrica, tiene finalidad simbólica. Para el sacerdote expresa el deseo de estar totalmente purificado137 antes de comenzar su gran intervención sacerdotal en la Plegaria Eucaristía, en la que realiza en forma plena su sacerdocio ministerial. Se puede decir, además, que se trata de una apología de las tantas que se añadieron a la Celebración a lo largo de los siglos.
Canto del ofertorio
Historia
La incensación de las ofrendas138, en cambio, destaca el signo del pan y del vino. Significa que la oblación de la Iglesia y su oración suben como el incienso en la presencia del Señor139. La indicación de la incensación es muy sencilla, sobre todo en comparación con el esquema que se presentaba en el Ordo incensadi Oblata del Misal de Pío V que constaba de de tres cruces y tres círculos.
Constituye el segundo canto procesional dentro de la liturgia, a parte del canto de ingreso ya considerado. Así como había una procesión de entrada, se aplicó la misma idea al ofertorio: una procesión del pueblo que ofrece y se dispone a vivir y celebrar la comunión. Esta manera de hacer comunidad fue bien entendida en la edad media, razón por la cual el canto obtuvo el mismo nombre de la acción de la presentación de los dones: Offerturium140, offerenda.
Es de notar también que, ofrecer los dones, y por ende, acompañar esta acción con cantos, entra en sintonía con la alegría que representa el dar al Señor lo que él generosamente nos ha dado141. Una vez que los dones han sido presentados, se da una señal a los cantores para que dejen de cantar. Así nos lo testimonian algunos Ordines Romani:
OR I, 84 Quas dum posuerit pontifex in altare, levat archidiaconus calicem de manu subdiaconi regionarii et ponit eum super altare iuxta oblatam pontificis ad <dextris>, involutis ansis cum offerturio, quem ponit in cornu altaris, et stat post pontificem.
OR 1, 84 Cuando el pontífice los ha colocado sobre el altar, el archidiacono levanta el cáliz de la mano del subdiácono regional y lo coloca sobre el altar junto a la ofrenda del pontífice a la <derecha>, unida con la ofrenda , que coloca sobre el centro del altar y se sitúa detrás del pontífice.
OR I, 85 Et pontifex, inclinans se paululum ad altare, respicit scolam et annuit ut sileant.
OR I, 85 Y el pontífice, inclinándose un poco ante el altar, mira hacia la schola y les anuncia silencio.
OR I, 87 Et subdiaconi regionarii, finito offertorio, vadunt retro altare, aspicientes ad pontificem...
OR 1, 87 Y los subdiáconos regionales, terminado el ofertorio, se colocan detrás del altar, mirando hacia el pontífice...
OR IV, 51 Et annuit pontifex scola, ut faciant finem, et revertitur scola subtus tabula
OR 4, 51 Y el pontífice indica a la schola finalizar, y la schola se direcciona hacia la mesa del altar.
OR V, 56 Et pontifex inclinans se paululum ad altare respicit scolam et innuit ut sileant. Et convertit se ad populum, dicens: Orate
OR 5, 56 Y el pontífice, inclinándose un poco hacia el altar, mira a la schola y les indica silencio. Y dirigiéndose al pueblo, dice: Orad
OR XV,133 In die vero dominica, vel in aliis precipuis solemnitatibus sanctorum, quando publice missas caelebrant ad sanctam Mariam maiore sive ad presepe, vel in monastiria monachorum, p[re] antephona vel Kyriaeleison, p[re] lectionem apostoli aut profete sive actus apostolorum vel apocalipsi, secundum tempus, et responsurio vel Alleluia atque evangelium, cum debent offerre, habent in sacrario p[re]paratas oblationes in turres tres aut duas vel una, aut, si turres non habent, patena ipsa p[re]parata ubi corpus domini confrangere debent.
OR 15,133 En el verdadero domingo, o en otras solemnidades importantes de los santos, cuando celebran públicamente misas en Santa María la Mayor o en el pesebre, o en los monasterios de los monjes, antes de la antífona o Kyrie eleison, antes de la lectura del apóstol o el profeta o los hechos de los apóstoles o el apocalipsis, según el tiempo, y el responsorio o Aleluya y el evangelio, cuando deban ofrecer, hagan preparar las ofrendas en el santuario en tres torres o dos o una, o, si no tienen torres, la misma llanura preparada donde deben partir el cuerpo del Señor.
OR XV 134 Egrediuntur de sacerdotibus qui circumstant altare unus aut duo, vel quanti necesse fuerint; cum diaconibus ingrediuntur sacrario et accepit sacerdus in manibus suis turrem vel patena cum oblationibus. Similiter diaconus calicem et elevant eos contra capita sua.
OR XV 134 Salen uno o dos de los sacerdotes que rodean el altar, o cuantos fueren necesarios; entran al presbiterio con los diáconos, y el sacerdote toma en sus manos la torre o plato con las ofrendas. Del mismo modo el diácono toma la copa y los levanta frente su cabeza.
OR XV 135 Antequam ingrediantur in ecclesia dicu[n]t antephona alta voce prolexe, hoc est Laudate dominum de celis. Et respondit ipsa clerus in ecclesia.
OR XV 135 Antes de que entren en la iglesia, decid a gran voz: "Alabado sea el Señor desde los cielos". Y el clero en la iglesia responde igual.
De tal modo se coloca el canto del ofertorio en un momento histórico donde la procesión ofertorial tenía una importancia particular en la vida de la comunidad, y no sólo esto, era de tal manera importante presentar los dones al Señor, que la comunidad meditaba este gesto de la providencia divina con un silencio santo después del canto. Es interesante notar como no hay una referencia de la oración super oblata, sino más bien, un silencio litúrgico que prepara la recitación del canon: se trata de un silencio de oración142.
Posteriormente con el desarrollo del rito, la procesión perdió importancia, y como consecuencia lógica, el silencio se desvaneció por lo que el canto se hizo más breve quedando reducido a la antífona que tenemos actualmente143.
Sentido
Su sentido estriba en el hecho de acompañar con nuestra oración este momento que significa el ofrecimiento integral del hombre; en su ser, en su obrar y en su creer. Por lo tanto, la bendición que se hará de los dones, es una bendición que repercute en el hombre de una manera completa.
Modo de celebrar
La rúbrica del MR 2002144 dice:
His absolutis, incipit cantus ad offertorium.
Terminado lo anterior, comienza el canto para el ofertorio.
La preparación de los dones puede ser acompañada con un canto apropiado145, como lo muestra la rúbrica. Inclusive se puede guardar silencio. Conciene recordar lo que nos proponen los documentos litúrgicos posteriores al Concilio Vaticano II: que los cantos litúrgicos tengan su fuente de inspiración en las Sagradas Escrituras o en la Tradición de la Iglesia.
Orate fratres
Historia
En el antiguo Misal, la oración sobre las ofrendas estaba precedida por una invitación del celebrante a los clérigos presentes y posteriormente a toda la Asamblea reunida, de modo que todos oraran por el celebrante y su sacrificio146, a fin de que fuera aceptable a Dios. Esta invitación es una de las más antiguas adiciones hechas al Ordo Romano en territorio franco. Lo atestigua por primera vez Amalario de Metz (ca. 850)147. Esta ceremonia tiene su paralelo, y posiblemente su modelo, en las liturgias orientales donde su sentido parece el mismo148. De cualquier manera, aparece en todas las invitaciones de este tipo durante el medioevo el carácter personal deprecativo149, mismo que fue variando hasta incluir el aspecto de la promesa por parte del sacerdote a favor de la asamblea150.
Por lo que se refiere a la respuesta hay varios testimonios que nos ofrecen diversas respuestas por parte del pueblo. Remigio de Auxerre (c. 908) dice que la respuesta se hacía con las palabras del salmo 19, 2-4 o con las palabras: Sit Dominus in corde tuo et in ore tuo et suscipiat sacrificium sibi acceptum de ore tuo et de manibus tuis pro nostra omniumque salute. Amen151. Esta respuesta incluye nuestro actual suscipiat con una inclusión al inicio. En otros casos la respuesta era hecha con el salmo 19, 4-5, sin embargo las fórmulas del suscipiat, que se fueron desarrollando posteriormente, prevalecieron en el uso de la liturgia hasta llegar a la fórmula que conocemos y que estaría en uso después del s. XI en Italia y que entraría al Missale Romanum ulteriormente.
Sentido
Es una invitación o monición a entrar en la acción eucarística y en la que asamblea permanece sentada152. A este propósito quisiera comentar en el siguiente punto lo que ha creado un poco de confusión en la postura de este gesto.
Modo de celebrar
El MR 2002153 simplemente propone:
Stans postea in medio altaris, versus ad populum, extendens et iungens manus, dicit: Oráte, fratres: ut meum ac vestrum sacrifícium acceptábile fiat apud Deum Patrem omnipoténtem. Populus surgit et respondet: Suscípiat Dóminus sacrifícium de mánibus tuis ad laudem et glóriam nóminis sui, ad utilitátem quoque nostram totiúsque Ecclésiæ suæ sanctæ.
Después, de pie en el centro del altar, de cara al pueblo, extendiendo y juntando las manos, dice:
Orad, hermanos,
para que este sacrificio, mío y vuestro,
sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.
O bien:
En el momento de ofrecer
el sacrificio de toda la Iglesia,
oremos a Dios, Padre todopoderoso.
O bien:
Orad, hermanos,
para que, llevando al altar
los gozos y las fatigas de cada día
nos dispongamos a ofrecer el sacrificio
agradable a Dios, Padre todopoderoso.
El pueblo se pone de pie y responde:
El Señor reciba de tus manos este sacrificio,
para alabanza y gloria de su nombre,
para nuestro bien
y el de toda su santa Iglesia.
Por lo que se refiere a la confusión mencionada anteriormente propongo: En primer lugar y atendiendo a la IGMR, la Asamblea permanece sentada hasta que responde a la invitación del sacerdote, de hecho la rúbrica dice «surgit et respondet». Esto pone de manifiesto la diferencia que hay entre una invitación o una monición, y una oración presidencial, cosa que no queda muy clara en el texto de La Celebración de la Eucaristía cuando dice que el «Orad hermanos es un oremos un poco más desarrollado... ya que forma parte de una oración presidencial, la oración sobre las ofrendas». Al menos desde el punto de vista de la redacción no aparece claro si la oración presidencial empieza con el orate fratres o con la Oración sobre las ofrendas. En segundo lugar, la rúbrica de este momento claramente expresa que el sacerdote extiende y junta las manos, por lo que no hay razón para realizar el gesto tan habitual de sacar las manos desde debajo del altar, creando con ello un condicionamiento en la Asamblea de levantarse por un gesto mal ejecutado. Cabe, empero, la posibilidad de que la Conferencia Episcopal o el Dicasterio para el culto divino y disciplina de los sacramentos aclaren este particular y se pueda unificar el criterio.
Super Oblata
Historia
Precedida por el Orate frates, la Oración sobre las ofrendas es la oración que concluye la preparación de los dones. Se la encuentra introducida en Roma en el siglo VIII, siendo entonces la única oración. Conviene considerar además que este momento, antes de que apareciera una oración, no se acompañaba con ningún tipo de plegaria, sino con un canto ofertorial simplemente.
Un punto que es menester clarificar, es el intrincado problema de la transformación de la Oratio super oblata que llegó a ser recitada en secreto por el sacerdote, por lo que cambió su nombre a secreta. La primera evidencia de una recitación silenciosa de esta oración, la encontramos a mediados del siglo VIII en territorio franco en la tradición de Juan el Archicantor154, por lo que nos encontramos ante la opinión de que el nombre de secreta apareció al norte e indicó la recitación silenciosa que ya se usaba y que, por otra parte, la identificaba155. En la tradición Romana la primera evidencia de la secreta la encontramos en el Sacramentario Gelasiano antiguo, cuyo origen manuscrito se lo puede orientar hacia el Misal de Bobio, al menos unos 50 años antes. Con todo, hay que tener cuidado con crear confusiones en aquello que se refiere a la absolutización de teorías que no pueden comprobarse.
Un elemento que se añadió fue la expresión oremus antes de la oración, tal y como lo manifiestan los Statuta antiqua de los Cartujos156. Hay que mencionar, además que el Oremus fue equivalente del Orate fratres en algún momento de la historia (en torno a la segunda mitad del s. XIII), o equivalente al Dominus vobiscum que se empleaba al inicio de cualquier oración.
Sentido
Dentro de los textos de la Eucología menor, la super oblata es la oración que presenta a Dios las ofrendas para el sacrificio eucarístico con una idea bien definida: Hacer que dichas ofrendas sean signo de nuestra disposición al encuentro con el Señor y al mismo tiempo, por el signo y la oración, nos dispongan a obtener las gracias que el Señor quiera ofrecernos. Se trata, pues, de un momento presidencial donde el sacerdote realiza de nueva cuenta su ministerio sacerdotal ante el Padre, por el Hijo en el Espíritu, y a favor de la comunidad.
Modo de celebrar
El MR 2002 no hace mucho hincapié en gestos ni describe demasiado el momento, en cambio: “Deinde sacerdos, manibus extensis, sacerdos dicit orationem super oblata”; pone especial interés en la conclusión de la oración (conviene tener en consideración este particular)157. Por su parte el CE 1984 no ofrece una gran diferencia158.
Plegaria Eucarística
«Con la Plegaria Eucarística, oración de acción de gracias y de consagración llegamos al corazón y a la cumbre de la celebración»159.
Durante el curso de la historia litúrgica, la Plegaria Eucarística ha tenido varios nombres, enfatizando con ello, algunos aspectos de la plegaria en consonancia con la teología de la época. El nombre más antiguo es )Euxaristi/a y hace referencia directa a la oración de acción de gracias160 que el Señor Jesús dirige al Padre durante la última Cena. En el oriente se la llamó )Ana/fora o Pro/sfora, dichos nombres hacen referencia directa a la ofrenda. En occidente le fueron dados, además, otros nombres tales como Prex, Oratio oblationis y el término que prevaleciera ulteriormente sería Canon missæ.
Un dato que me interesa precisar es el de la textualidad y el género literario propio de la Plegaria Eucarística, ya que será la nota característica para definirla en su globalidad, pues cada una de las partes de la Plegaria Eucarística, por su género literario, pueden ser encontradas autónomamente en otros momentos litúrgicos, pero por el complejo de elementos constitutivos y armónicos de la Plegaria Eucarística, es que ella se identifica como tal, siendo distinta y propia.
Pasando un poco al texto, habría que decir que presentaré algunas líneas conductoras que darán una idea al menos de la Plegaria Eucarística I y, dentro de un esquema comparativo, a las demás composiciones post conciliares.
Historia
En el período que comprede los siglos I al III se encuentran algunas alusiones a la Plegaria Eucarística, pero solo tenemos de ella un texto completo en la Tradición Apostólica de Hipólito161. La Plegaria Eucarística se propone después de la consagración del obispo que celebraba por primera vez la Eucaristía con su propia comunidad. Dicho texto que proviene aproximadamente del año 215 no es representativo aún de la Liturgia Romana. Es simplemente el texto más antiguo de la Plegaria Eucarística que tenemos.
El esquema es sencillo:
• Después del diálogo inicial, se ofrece una síntesis de la historia de la salvación que termina con la narración de la cena del Señor;
• le sigue la Anámnesis del misterio pascual;
• luego la Epíclesis sobre la Iglesia para que se congregue en la unidad y
• termina con la doxología.
La estructura de esta plegaria es antioquena162 y desdichadamente no será bien recibida en Roma, por lo que resultaría ilusorio pensar que sea el origen del Canon Romano.
Justino ya presentaba algunas menciones de la Plegaria Eucarística en los capítulos 65-67 de su primera Apología y la presenta compuesta de una alabanza, de una acción de gracias (e)uxaristi/an) al Padre a través del Hijo y del Espíritu Santo. Se concluye con un Amén163. El tema de la acción de gracias está en relación a la creación que encuentra su plenitud en el misterio pascual, tal y como nos lo narra en el Diálogo con Trifón164.
A partir del siglo IV algunos fragmentos nos pueden orientar hacia el inicio de la Plegaria Eucarística romana. Tal es el caso de san Ambrosio que, en su obra De sacramentis, presenta la plegaria que él conoce, cuyo esquema se apoya básicamente en el de la anáfora alejandrina, pero con notables semejanzas con nuestro Canon Romano165.
Otro documento que nos da pistas sobre el origen del Canon Romano, es la serie de fragmentos arrianos, que se sitúan entre los finales del siglo IV y los inicios del VI166. Se trata de un texto romano que contiene una teología bien desarrollada en la clara definición de los momentos celebrativos.
Finalmente llegamos al punto en el que se nos presenta por entero el Canon Romano. Me refiero al Item XVII del Liber tercius del Sacramentario Gelasiano167 que retoma el texto del De Sacramentis pero con importantes adiciones y adaptaciones. No se tiene ninguna certeza de que el texto de este Sacramentario sea del Papa Gelasio I —de ser así, situaríamos su composición final hacia el 495—, pero en el Misal de Stowe168 se indica su autoría con estas palabras: Incipit Canon dominicus Papæ Gelasii. Ahora bien, el texto del Sacramentario Gelasiano fue revisado en tiempos de san Gregorio el Grande (604)169, lo que nos lleva a pensar que del siglo IV al VI el Canon Romano está en formación, y del VI al XIII se detalla hasta llegar al que conocemos.
Sentido
«La Plegaria Eucaristía, por su naturaleza, es la cumbre de toda la celebración, es la oración de acción de gracias y de santificación, y busca que la Asamblea entera se una a Cristo en la proclamación de las maravillas de Dios y en la oblación del Sacrificio. Esta plegaria la pronuncia el sacerdote ministerial, quien es a la vez voz del pueblo dirigida a Dios. Sólo debe escucharse la oración del sacerdote: el pueblo que se ha congregado para celebrar la sagrada Liturgia, guarda mientras tanto un religioso silencio170».
Modo de celebrar
A continuación, haré un breve análisis del Canon Romano. A cada parte171 del Canon presento una tabla comparativa con relación a las nuevas Plegarias Eucarísticas para valorar su género literario y su armonía teológica172.
Prefacio
Historia
En su composición, el prefacio inicia con un diálogo que ya se encuentra referido en la Tradición Apostólica del siglo III y su presencia en las demás liturgias será constante, aunque con algunas variantes, pero jamás desaparecerá173; le sucede al diálogo una parte central que engloba la dimensión laudativo teológica del prefacio; la conclusión prepara de manera universal la alabanza que se le tributa al Creador por todas sus maravillas. En la historia se encuentran numerosos prefacios con temas laudativos extraordinarios que en una acción de gracias inicial, preparan la grande acción eucarística.
Sentido
«En el prefacio, la Iglesia da gracias al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la santificación»174. En otras palabras, el Prefacio es el «Himno de acción de gracias al Padre por habernos dado a Jesucristo, su Hijo amado. El motivo de esta acción de gracias se desarrolla en cada Prefacio: como Jesucristo es autor y síntesis de toda la salvación, cada fórmula motiva la acción de gracias de la Asamblea según el tiempo litúrgico o las circunstancias de la Celebración»175.
Modo de celebrar
Actualmente contamos con más de 70 prefacios que acompañan el misterio bajo el aspecto que la liturgia hace resaltar. Conviene poner atención y respetar la unidad teológica que algunos prefacios guardan con la Plegaria Eucarística a la que pertenecen y de la nunca han de separarse: me refiero a la Plegaria Eucarística IV, Por diversas necesidades I-IV, de Reconciliación I y II, así como las de Niños I-III.
La estructura de un Prefacio es necesario considerarla en este momento, a fin de que no se propaguen errores o dudas sobre cada parte constitutiva del mismo.
En primer lugar el diálogo que es, como decía anteriormente, un elemento que no puede quitarse, cambiarse o mutilarse pues proviene de una antiquísima tradición176 anterior aún al mismo Canon Romano, o al Cordero de Dios, o al Gloria, etc. Tiene un profundo sentido de participación y disposición de la Asamblea al momento central.
En un segundo lugar quiero presentar, lo que podría llamarse la introducción a la alabanza que se tributa a la Trinidad y que prepara el ambiente laudativo que se dirige a Dios Padre en el Hijo, por el Espíritu Santo.
El tercer punto, es a mi parecer el punto central porque incluye el motivo de la acción de gracias y desarrolla de un modo sucinto la temática laudativa de ese prefacio en particular. He aquí donde la Iglesia post conciliar ha tenido grandes posibilidades de creatividad y enriquecimiento en la textualización litúrgica.
Por último, viene el trozo preparatorio del Sanctus y que no es otra cosa que una mención de la gloria de Dios que merece alabanza superlativa con el himno triságico isaítico.
Sanctus
Historia
Si el Sanctus encuentra su lugar adecuado en las anáforas bien elaboradas, en cambio, en muchas otras da la impresión de un añadido. Parece que no pertenece a la forma primitiva de la Plegaria Eucarística y ello no debe sorprendernos ya que la acción de gracias cristiana debe su origen a los ritos judíos de la mesa, en los que no figura. Sacado de la visión inaugural de Isaías177, pertenece a la liturgia de la Sinagoga: en el oficio de la mañana, por lo menos desde el siglo II de nuestra era, el Šemah Israel va precedido de una bendición por la luz y la creación en la que aparece el himno de los serafines. ¿Pasó de ahí a las anáforas? En todo caso, se vio ampliado con la mención del cielo que, con la tierra, está lleno de la gloria de Dios. El Sanctus siempre es introducido por una evocación de la liturgia celestial, a veces mal ensamblada con lo que la antecede. Y a la cita de Isaías se añade una aclamación tomada del evangelio, que, sin embargo, es ignorada por las plegarias egipcias y etíopes: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Hosanna en las alturas»178. En Occidente aparece, el Benedictus en Cesáreo de Arlés en la primera mitad del siglo VI179.
Sentido
«Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo...»180.
Modo de celebrar
Una vez terminado el prefacio, la liturgia no ofrece una rúbrica que indique la entrada del Sanctus, sobre todo porque el texto mismo del præ Sanctus ya lo introduce: «Por eso, con todos los ángeles y santos nos atrevemos a decir».
Post – Sanctus
Historia
Este punto, en cuanto a la historia, no hay grandes antecedentes, ya que en la liturgia romana no tuvo especial desarrollo; durante siglos el Canon Romano fue la única plegaria de la Iglesia Latina, así que al pasar del Sanctus al Te igitur, no se dio un énfasis particular a la transición con el tema de la santidad de Dios como lo presentan las plegarias modernas.
Sentido
El post Sanctus es un elemento que sirve de enlace entre el prefacio y el resto de la Plegaria Eucarística. Resume la alabanza a la santidad de Dios y la enmarca, para invocar su poder transformador. Por la forma primitiva de alabanza a la majestad de Dios nos presenta, en algunos momentos una imagen trinitaria en el Trisagion, que fuera una interpretación particular. La función esencial del post Sanctus es la de crear, entonces, un pasaje entre la alabanza del nombre de Dios, que culmina en el Sanctus y en el memorial de Cristo. Ello se observa brotar en la medida en la que se expone más ampliamente la obra de Cristo.
Te igitur
Historia
La primera oración que nosotros encontramos en el texto del Canon Romano después del Sanctus es un ofrecimiento de los dones a través de una solemne súplica que espera una aceptación graciosa por parte de Dios. Con todo y que es un ofrecimiento, no resulta clara una explicación de la plegaria en cuanto tal, más aún, algunos autores piensan que sería una super oblata más desarrollada. En otras liturgias, queda clara su función ofertorial después del Sanctus a manera de una inserción de intercesiones que prepara el motivo central de la acción de gracias en las palabras de institución, desarrollando un tema cristológico particular como es el caso de las liturgias Siro occidentales y el de los formularios Bizantinos. Por lo que se refiere a otro tipo de formularios, este momento se lo puede parangonar con la alabanza propia del post sanctus de las liturgias galicanas181.
La transición entre el Sanctus y el ofrecimiento del Te igitur ha sido considerada un poco abrupta, además que la misma palabra igitur no ha sido del todo inteligible en su conexión externa182, inclusive ya en épocas recientes la palabra tuvo interpretaciones muy variadas, dada su falta de ligamen entre las oraciones a las que precede y sucede183. En otro ejemplo, es el mismo igitur que hace la transición entre la primera sección del Exultet del sábado santo, el laus cerei, con la oblación que se sigue184, notándose una unión más cercana y natural entre los elementos. Por ello que resulta necesario establecer una conjunción de los elementos que resulte más acorde a la antigua tradición de la Iglesia, donde los conceptos acción de gracias y ofrecimiento estaban íntimamente unidos. De hecho en el s. III la palabra eu)xaristi/a fue posteriormente llamada oblatio, por la razón de que la Eucaristía es la acción de gracias en la que se da el ofrecimiento de los dones santos. Las expresiones sacrificium laudis y oblatio rationabilis acentúan en el Canon Romano la espiritualidad del sacrificio, ya que el gratias agere de la comunidad cristiana es una acción de gracias que termina con la oblación de Cristo mismo185. En pocas palabras, el Te igitur en su conjunto es una plegaria de aceptación de la ofrenda que se presenta, que empieza desde el prefacio y que tiene la mirada puesta en los dones sagrados186.
A continuación, se presentan una serie de intercesiones generales que se introdujeron a finales del siglo cuarto dentro de la gran oración incluso en Roma, tal y como sucedió en oriente y que ahora es una costumbre. Conviene notar la brevedad e incisión de cada intercesión que tienen como finalidad enmarcar el momento de ofrecimiento con un sentido de aplicación concreta del ofrecimiento que se está realizando en el único contexto de la “gran oración de la Iglesia”.
Epíclesis
Historia
Siguiendo el esquema de la Plegaria Eucarística I, y tocando al mismo tiempo la evolución de la Epíclesis, llegamos al punto denominado Quam oblationem que forma una unidad con la narración de la institución de la Eucaristía. Se trata de una oración que enlaza perfectamente la oración precedente con la parte principal de la Plegaria, más aún, no sólo sirve de enlace, sino que adquiere por sí misma una altura propia dada la acción del Espíritu Santo pero que desafortunadamente, en la Iglesia latina no tuvo la misma fuerza que en la Iglesia de Oriente por los vaivenes teológicos entre ambas iglesias por lo que se refiere al momento principal de la celebración tan discutido.
Veamos un poco de historia para comprender mejor esta plegaria. Un testimonio temprano de dicha oración lo encontramos en San Ambrosio, que busca la manera de explicar el sentido introductorio de la oración, así como la oración en cuanto tal. El Señor mismo habría hecho una oración similar —guardando las evoluciones ulteriores— para explicar cómo los dones terrenos se convertirían en el cuerpo y la sangre de Cristo187:
Accipe quæ, sunt verba. Dicit sacerdos: Fac nobis, inquit, hanc oblationem adscriptam, ratam, rationabilem, acceptabilem, quod figura est corporis et sanguinis Domini nostri Jesu Christi. Qui pridie quam pateretur, in sanctis manibus suis accepit panem, respexit in cælum ad te, sancte Pater omnipotens æterne Deus...
Toma estas palabras. El sacerdote dice: Haz por nosotros, dice, esta ofrenda adscrita, aprobada, razonable y aceptable, que es la figura del cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. El que, el día antes de sufrir, tomó el pan en sus santas manos, miró al cielo a ti, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno...
En la Eucaristía de Hipólito una nota preliminar de este tipo subyace. El relato de la institución se sigue de unas palabras de alabanza que contemplan la redención dentro del curso de una oración de acción de gracias.
La oración Quam oblationem de la primera Plegaria Eucarística tiene un tinte de súplica así como de santificación de los dones de la tierra que se ofrecen y presentan, y que realiza para nosotros el cambio admirable del pan y vino en Cuerpo y Sangre del Señor Jesús. La expresión del texto hace referencia a esta idea, pero no la manifiesta de modo tan explícito. Lo cierto es que el punto central de nuestra plegaria es la consagración, o más exactamente, la transformación de nuestro don sacrificial, es decir, denota el aspecto epiclético de la misma.
De aquí se deriva que la actividad litúrgica de la Iglesia está situada en dos momentos que destacan su sacramentalidad: la consagración y la comunión, que son como los medios a través de los cuales, el hombre entra en contacto con la acción de Dios. Ambos modos de acercamiento, fueron designados en la antigüedad cristiana como e)pikalei=sqai y e)pi/klhsij, ya que en ambos casos el nombre Dios es invocado y el poder de Dios es solicitado vehementemente188. El primer dato de una Epíclesis se encuentra referido al bautismo, en la consagración del agua bautismal189, pero también tiene una referencia a la Eucaristía190. En cualquier caso se tiene la acción de Dios que santifica los dones. Dicha acción puede ser designada con un nombre y darle una connotación particular a ese poder de Dios, pero yendo un poco atrás en la historia se revela como algo difícil de identificar. En la antigüedad cristiana no resultaba tan complicado hacer referencia a esta acción que Dios. La fuerza del Espíritu se representaba con los términos lo/goj y pneu=ma, junto a la consideración teológica del acontecimiento en cuanto tal. El término lo/goj indica el poder por medio del cual el don es santificado191.
En las Catequesis Mistagógicas, en las que Cirilo de Jerusalén concluye su instrucción bautismal en el año 348, encontramos el primer testimonio de la forma básica de aquella Epíclesis que llegó a ser la típica de las liturgias orientales192. Esta Epíclesis, tomada en sentido estricto como una súplica a Dios para que envíe al Espíritu Santo, aparece primero en las liturgias de
la región de Siria. El punto central de la oración es la acción del Espíritu Santo que “convierte” (hace = poih/sh: liturgia de Santiago) los dones en el Cuerpo y Sangre del Señor, o los “manifiesta” como tal (a)pofh/nh: Constituciones apostólicas; a)nadei=cai: Liturgia Bizantina de San Basilio) de modo que ellos tengan un efecto saludable en los que los reciben. En sentido amplio, se la considera como una plegaria al Espíritu Santo para favorecer una íntima comunión entre aquellos que la reciben con fe. En este sentido podemos encontrar alguna Epíclesis en san Hipólito, pero sin la característica transformante de los dones. A partir de estas propuestas la referencia especial a la transubstanciación no fue difícil que tuviera un campo de desarrollo con el pasar de los siglos.
Con todo lo anteriormente presentado, no se advierte una evidencia sólida e impecable desde las fuentes litúrgicas, de que la celebración latina tenga una Epíclesis del Espíritu Santo como una súplica para la consagración193, lo que indica que una Epíclesis de este tipo, no pertenece a la liturgia romana antigua que más bien tenía la intención de plenificar la bendición en todo aquel que recibiera el don del altar.
Sentido
«En la Epíclesis, Iglesia pide al Padre que envía su Espíritu Santo sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo»194.
La evolución de la Epíclesis se puede reconstruir de los textos de la primera Epíclesis alejandrina que se situó entre el Sanctus y la Narratio. Metodológicamente resulta válido el principio de que si un texto litúrgico es menos antiguo, puede ser que contenga elementos más arcaicos y menos desarrollados; la Epíclesis aparece, entonces, como un Embolismo (desarrollo) del «Santo», porque es un comentario de la frase: «llenos están el cielo y la tierra de tu gloria». Esta transposición de la Epíclesis como elemento de la Anáfora tuvo un fuerte influjo en todo el Occidente. Tal influjo alejandrino, se ve plasmado en el Canon Romano que presenta la Epíclesis antes de la Narratio, quedando como una frase, más o menos vaga. En los ritos occidentales, galicano e hispano, ordinariamente la Epíclesis aparece después de la Anámnesis, aunque de pronto se presente antes, en este caso, ha originado la interpretación occidental de la consagración que se reduce a la repetición de las palabras propias y esenciales: este es mi cuerpo; esta es mi sangre195.
El gesto propio de la Epíclesis es el de la xeirotoni/a, que consiste en la imposición de manos sobre las ofrendas significando con ello la invocación misma del Espíritu Santo. Se trata de uno de los signos más antiguos en la liturgia para indicar dicha petición del poder del Espíritu de Dios.
Narratio
Historia
En todas las liturgias conocidas el centro de la Eucaristía está conformado por la narración de la Institución y las palabras de consagración. La primera consideración que haré, tiene que ver con el hecho contundente de que los textos de la narración de la Institución, de manera particular los más antiguos, no es simplemente el restablecimiento de un texto de la Escritura, ya que se remontan a una tradición pre - bíblica, ya que nos asomamos al campo de desarrollo que establece que la Eucaristía se celebraba ya antes de que los evangelistas y san Pablo hiciesen la narración propiamente. Más aún, las posibles discrepancias entre los mismos textos, nos ofrecen un dato cierto sobre esta tradición precedente, lo que nos hace ver una vida litúrgica de la primera generación de cristianos.
Se puede decir entonces que el esquema propio de la narración de la Institución se desarrolló desde tres diferentes líneas. Antes que nada, las dos secciones sobre el pan y sobre el vino fueron retocadas para obtener de ese modo una simetría. Tal conformación simétrica, sin lugar a dudas introdujo el interés por una fórmula bien balanceada incluso dentro de categorías audibles, tal y como se puede observar en las frases del relato que nos ofrece Hipólito:
Hoc est corpus meum quod pro vobis confrigetur. Hic est sanguis meus qui pro vobis effunditur.
Este es mi cuerpo que será partido por vosotros. Esta es mi sangre que es derramada por vosotros.
El paralelismo se desarrolló aún más en una liturgia posterior —de unos cien años—, principalmente la liturgia de Serapión, donde la simple narración se partió en dos narraciones paralelas e independientes, separadas por una oración. Tal evolución alcanzó su nivel máximo a mediados del s. V, e incluso se constituyo como la base de las principales liturgias orientales, es decir, las anáforas de San Marcos196, Santiago197 y San Basilio198. Aquí, por ejemplo, encontramos en ambos pasajes los términos eu)xaristh/saj, eu)logh/saj, a(gia/saj; así como la frase adicional de Marcos 26, 28 en lo tocante al cáliz, ei)j a)/fesin a(martiw=n, se transfiere también al pan. Es por eso que se puede hablar de una segunda fase, donde la simetría simplemente se abandonó por buscar una dependencia literal de la narración bíblica, de modo que algunas expresiones de la Escritura fueron tomadas e interpuestas tal cual del texto tradicional. Finalmente, aparece un tercer fenómeno, es decir se desarrolló el esfuerzo por fijar frases con una fascinación decoradora, ya sea para resaltar algunos conceptos teológicos, o bien para dejar más espacio a la participación reverencial.
Como quiera que aparezca dicha evolución, se marcan las pistas que nos colocan ante los vestigios del carácter antiguo que nuestro Rito posee, que si bien, conservó paralelismos, biblicismos y demás expresiones propias de la época, se mantuvo dentro de los modestos límites que le eran propios, incluyendo sólo algunas piezas ornamentales como in sanctas ac venerabiles manus suas, y otras más.
Sentido
«En el relato de la Institución, la fuerza de las palabras y la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para siempre»199.
Las anáforas contienen por su obvia naturaleza, las palabras de la Institución, pero de una manera estilizada respecto a la versión neotestamentaria, con una referencia notable de la fórmula paulina. Las múltiples elaboraciones, en las varias anáforas responden a ciertas tendencias que reúnen elementos de las diferentes tradiciones, o bien de simetría en las palabras de Jesús, consideraciones soteriológicas a la pasión de Cristo y de igual manera al carácter mistérico de la Eucaristía.
Para entender este carácter convendrá hacer algunas consideraciones. En primer lugar, el relato se integra en la plegaria y se dirige a Dios con el Tibi gratias agens. Se trata, pues, de algo muy distinto a una lectura bíblica que viniera del exterior para iluminar la acción, más bien surge intrínseca y naturalmente. Se hallan, además, algunos detalles que hay que buscar en otros lugares del Evangelio como elevatis oculis in cælum, ad te, o bien que son extrabíblicos, como la consideración de las manos de Cristo in sanctas ac venerabiles manus suas, la mención del agua con que el vino está mezclado que aparece en numerosas anáforas, o la idea del Señor que fuera el primero en beber, o también la expresión los santos discípulos y apóstoles. A dichos detalles, la mayoría de ellos, bastante antiguos, se añadieron redundancias: tendencia a multiplicar verbos, adjetivos y sustantivos más o menos sinónimos. También se introdujeron términos de tipo teológico: Jesús santifica el pan y la copa (a(gia/saj), la «llena del Espíritu Santo» (plh/saj pneu/matoj a(gi/ou de la anáfora de Santiago). La evocación de la cena empieza siempre con una alusión a la muerte de Cristo: «Mientras se entregaba...»,
«La víspera de su pasión...» y salvo excepciones, termina con la orden del Señor: Hoc facite in meam commemorationem, a la que se añade a menudo en Oriente la recomendación de san Pablo: «Cada vez que comen de este pan y beben de esta copa, están anunciado mi muerte hasta que yo venga», casi siempre ampliada con la glosa «Confiesan mi Resurrección» eincluso, como en Marcos y Basilio: «y mi Ascensión». Ya hemos mencionado la redacción original de la anáfora siro - oriental de Teodoro: «Hagan lo mismo cada vez que se reúnan en conmemoración mía».
Durante la concelebración, el gesto correspondiente a los concelebrantes en la Narratio es el de xeiroqesi/a. Se trata de un signo indicativo y no necesariamente epiclético, pues si bien, tal como dice la liturgia latina, que la transubstanciación se opera por medio de las palabras del sacerdote, sabemos que en este momento no se está realizando la invocación del Espíritu Santo, misma que se dio poco antes, más bien, se trata de un momento en el que los concelebrantes, a una con el presidente, indican que en esa especie se significa la cumbre y fuente de todo nuestro obrar. Curiosamente, a propósito de este gesto, no todos están convencidos de la diferencia significada entre xeiroqesi/a y xeirotoni/a. El problema se identifica simplemente en la historia, ya que en la Iglesia antigua correspondía al obispo la presidencia de la Eucaristía y la concelebración no tenía la misma concepción actual; no encontramos esta diferenciación en los documentos antiguos, por lo que una explicación de ambos signos en orden a la concelebración resulta menos fácil de encontrar. Posteriormente con la evolución del Rito, la Iglesia fue dejando a un lado la concelebración. Por esta razón que la discusión sobre estos gestos, es posterior a la reforma del Concilio Vaticano II y nace propiamente en Francia con la exposición de dos corrientes. Una que establece que la xeirotoni/a debe hacerse durante la Epíclesis y relato de la Eucaristía para designar la continua invocación del Espíritu sobre las ofrendas (aunque se trate de por sí de dos momentos bien diferenciados). Otra corriente, la más convincente desde sus postulados, propone distinguir ambos momentos litúrgicos con dos signos diferentes, para matizar la naturaleza del momento: invocación con la xeirotoni/a y la indicación del misterio con la xeiroqesi/a.
Anámnesis y ofrenda
Historia
En casi todas las liturgias fueron usadas dos ideas para definir el misterio, y ambas, fueron utilizadas a la par y, por otra parte, contrastadas en varios modos. Se entendió el misterio como Conmemoración o como Anámnesis, pero también se entendió como Oblación o como Sacrificio. En pocas ocasiones la oblación es mencionada primero, como sucede en la celebración armenia, donde, después de pronunciar las palabras de la Institución, el sacerdote desarrolla la idea del mandato de hacer lo que Cristo hizo200. Se puede decir, que a manera de regla la remembranza se menciona primero con una clara nota —en forma de participio— de íntima relación con la oblación, misma que se declara con el verbo offerimus, prosfe/romen201. Ambas ideas presentan la realidad de tener en las manos un memorial202 y una ofrenda u oblación, donde dicha oblación debe ser realizada con nosotros mismos en “espíritu y en verdad”.
El memorial tiene en sí una dimensión cristológica y se sitúa dentro de toda una acción de gracias que la Iglesia ha celebrado desde siempre dentro del marco del Misterio Pascual de Cristo. Se deduce, entonces, que la muerte del Señor es su victoria, es su triunfo sobre la muerte.
La celebración galicana hace una mención particular de la Pasión. Inclusive en Hipólito la Resurrección se añade: Memores igitur mortis et resurrectionis eius. En el texto del canon que presenta Ambrosio, hay una adición sobre la Ascensión, mientras que la passio se caracterizó con la palabra gloriosissima.
El texto actual de la Anámnesis sigue las mismas líneas. El adjetivo gloriosa se lo ha referido a la Ascensión, mientras que passio ha adquirido el atributo tam beata, ya que la Pasión es bendita por el hecho de que es la fuente de nuestra Salvación.
Sentido
«La Iglesia hace memoria de la pasión, de la Resurrección y del retorno glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que nos reconcilia con Él»203.
La Anámnesis aplica formalmente el significado de la Eucaristía a los dones ofrecidos y pone en relación lo que se ve con aquello que significa, es decir, la Eucaristía. La palabra «recordando» traduce de hecho el mandato de Cristo, y además evoca no sólo aquello que ha sucedido, sino también aquello que se espera suceda. Es por lo tanto, el reconocimiento confiado y la proclamación de aquello que es la Eucaristía: la memoria proclamada y la respuesta al mandato de Cristo. Dicha orden del Señor se cumple en la acción litúrgica: por ello haciendo memoria de Cristo, ofrecemos su sacrificio. Es lo que expresan claramente el Canon Romano y las liturgias de tipo antioqueno, con la misma significación que en Hipólito: Unde et memores ... Memnhme/noi ou)=n. El objeto del memorial es el misterio pascual: los textos más concisos van directo a lo esencial: la muerte y la Resurrección, pero a menudo se evocan también otros «acontecimientos» sobre todo la ascensión y el retorno al fin de los tiempos. Como ejemplo claro está el Canon Romano, asimismo la anáfora siriaca de los XII apóstoles que rompiendo con su presentación habitual, se dirige al mismo Cristo.
En la expresión Offerimus..., prosfe(romen, vemos que lo que se presenta al Padre es designado en términos sacramentales, no se dice de modo realista «el cuerpo y la sangre de Cristo», sino —en lenguaje simbólico— «lo que es tuyo (sacado) de lo que es tuyo», Ta\ sa\ e)k tw=n sw=n (de las anáforas de Basilio y Crisóstomo), «este sacrificio tremendo y no sangriento» (Santiago), «de los mismo bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación». El don que el mismo Señor hace de su vida se convierte en un hoy en el acto de la Iglesia que celebra. Destaquemos la primera persona del plural, el «nosotros» que precisa la plegaria de Gregorio Magno: «Nosotros, tus siervos y todo tu pueblo santo».
2ª Epíclesis
Sentido
«Y quienes toman parte en la Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu»204. La Epíclesis es el reconocimiento explícito que, sin la acción de Dios, no puede realizarse la Eucaristía; y representada una profesión de fe de su poder sacramental. La súplica expresa de la expresión supplices deprecamur, u otros sinónimos, está ligada con la Anámnesis que le precede. Dicha súplica consta de estos elementos:
• Una mención expresa del Espíritu Santo, en ocasiones invocado con otros nombres tales como: potencia divina, bendición de Dios, invisible Sacramento de santificación;
• Una petición para que el Espíritu «venga», «descienda sobre», o bien que el Padre lo «mande», o lo «infunda en nosotros»;
• Invocación del Espíritu sobre los dones: santifique, manifieste, transforme;
• Acción que lo haga digno de participar o de ser un solo cuerpo. De esta manera la doble finalidad del Espíritu consiste en hacer que los dones del memorial sean Sacramento de salvación para la asamblea; y que la asamblea sea signo auténtico del Sacramento205.
Intercesiones
Historia
Según el esquema antioqueno, las intercesiones suceden a la Epíclesis y son un desarrolla de la Epíclesis misma, para que la asamblea corresponda a la función sacerdotal propia en el sacrificio y sea digna de recibir el Sacramento. El carácter de universalidad de la súplica en favor de las necesidades de toda la humanidad y de toda la Iglesia, sea de los vivos como de los difuntos, es un dato común a todas las anáforas. Ese mismo formulario romano añade una súplica amplia para que la ofrenda sea acogida por Dios, oración conocida ya por san Ambrosio en una forma más breve.
Lo mismo que el Sanctus las preces de intercesión, no pertenecen a la estructura más antigua de las plegarias eucarísticas. Hipólito las ignora y los ritos galicanos e hispánicos nunca las conocieron, puesto que la «lectura de los nombres» se hacía «antes de los misterios»206. Se encuentran en todas las demás familias litúrgicas pero en lugares diferentes, lo cual contribuye a probar que su introducción se hizo después de la ordenación de los elementos de la anáfora. El tipo antioqueno las insertó al final, entre la Epíclesis y la Doxología; no interrumpen la trama de la plegaria, tan bien dispuesta en los formularios bizantinos o en el de Santiago.
Egipto y Etiopía las colocan entre la expresión de la acción de gracias y el Sanctus. La Iglesia romana las sitúa de modo original después del Trisagion: empiezan pidiendo que las ofrendas sean aceptadas, tema especialmente grato a dicha tradición y sigue con el Memento, el Communicantes, y el Hanc igitur; pero, al final del Canon, antes de la conclusión, hay como un eco de la intercesión con el nobis quoque. En cuanto a los Siro - orientales, dichas preces se intercalan entre la Anámnesis y la Epíclesis, por lo menos en las anáforas de Teodoro y de Nestorio. En el origen de estas intercesiones se hallan dos dimensiones distintas pero parecidas y, a menudo, convergentes: la primera consiste en encomendar a Dios a quienes han traído el pan y el vino, expresando así su participación en los frutos del sacrificio207, con tendencia a insistir en aquellos por quienes dicho gesto se realizaba. El Canon romano tiene, además del Memento, una fórmula, el Hanc igitur, que permite mencionar en la Eucaristía a los cristianos que acceden a una nueva función o a un nuevo estado de vida en la Iglesia: neófitos, neoordenados, vírgenes consagradas, recién casados, etc. Así, con motivo de la celebración de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana, se nombra a «quienes han hecho renacer del agua y del Espíritu Santo, perdonándoles todos sus pecados».
Otra dimensión es la expresión de la comunión eclesial; es aquí cuando se nombra al obispo del lugar, al patriarca, al romano pontífice. Suprimir una de dichas menciones tenía siempre la significación de una ruptura de la unidad, o bien por parte de un miembro de la jerarquía que se había vuelto heterodoxo y que ya no se podía mencionar más, o bien por parte de la comunidad que se había separado del resto de los fieles y de sus pastores. Se afirma la fraternidad en Cristo con la Iglesia de la tierra, como lo dice la anáfora de san Basilio.
Sentido
«La Iglesia expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia del cielo y de la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en comunión con los pastores de la Iglesia, el Papa, el Obispo de la diócesis, su presbiterio y los diáconos y todos los obispos del mundo entero con sus Iglesias»208.
Después de la segunda Epíclesis, se implora de nuevo la presencia del Espíritu Santo para que por una parte haga grata al Padre la ofrenda de la Víctima y por otra, la acción del Espíritu reuna en una sola familia de hermanos a todos los que se alimentan de esta misma Víctima.
La Eucaristía tiene también un contenido escatológico: su efecto salvador se nos va aplicando en esta vida, pero tendrá su plenitud en el cielo. Por eso se hace una conmemoración de los santos del cielo: mirándolos a ellos podrá el creyente oferente comprender al plan Salvador de Dios que, a través de las vicisitudes de la vida, nos conduce a la participación plena de la Resurrección de su Hijo.
Toda Eucaristía se ofrece por toda la Iglesia, por esta razón en la Plegaria Eucarística hay una intercesión por el Papa, el Obispo, la jerarquía, los oferentes, los que están reunidos, los ausentes, los difuntos: se pide que a todos ellos alcance la salvación de Cristo que la Eucaristía representa y actualiza209.
Doxología
Historia
Como atestigua Hipólito, Roma conocía una costumbre parecida a aquella de que habla en África, el concilio de Cartago del 397210. Todas las anáforas concluyen con una fórmula trinitaria cuyo tono es claramente cristológico. Aparecen las mismas palabras: alabanza, gloria, honor, bendición, adoración: ello denota la doxología que la Iglesia presenta a la Trinidad. Expresa el punto culminante de la alabanza y de la glorificación que toda la anáfora pretende elevar al Padre, Hijo y Espíritu Santo.
La conclusión introduce en todas partes esa participación de los fieles, subrayada ya por san Justino, como una manifestación significativa del sacerdocio bautismal que se une a la acción eucarística. Dionisio de Alejandría, en el siglo III, creía que no había necesidad de volver a bautizar a un hombre iniciado ya en la herejía, puesto que «había escuchado la eucaristía y respondido el Amén (sunepifJegza/menon to\ Amh\n)».
Sentido
La segunda intercesión de la celebración romana termina con la fórmula: «Por él sigues creando todos los bienes, los santificas, los llenas de vida, los bendices y los repartes entre nosotros». Estas palabras no se aplican al cuerpo y la sangre de Cristo. Se trata de una bendición de primicias, del óleo de los enfermos, y, en Pascua, de leche y miel.
Las plegarias eucarísticas después de la Reforma del Vaticano II
El Canon Romano de que ese presentó sumariamente su estructura, se presenta con un texto de una rica teología acerca del sacrificio. Sin embargo, pese a la riqueza que presenta, incluso en la genialidad literaria del texto latino, es necesario mencionar que presenta algunas fallas, especialmente cuando se lo compara con los textos modernos. Pretendo decir, que muchos de los elementos originales del Canon se fueron perdiendo en la medida que el texto se fue adaptando perdiendo la frescura de los textos de la Plegaria Eucarística del momento de la textificación (siglo IV - V) en la medida que se hicieron adaptaciones, que se eliminaron prefacios, correcciones temáticas o doctrinales en consonancia con el desarrollo del momento o del tiempo. Se llegó, en pocas a palabras a fraccionarlo y, por ende, a desmembrarlo considerándolo como un conjunto de partes, tanto que en el estudio clásico se hacía necesario tomar cada parte de manera singular con alguna conexión con su precedente y su subsecuente.
Con la Reforma del Concilio Vaticano II, el Consilium 211 no vio positivo el hecho de que la liturgia romana fuera monoexpresiva en materia de la Plegaria Eucarística, especialmente en atención a que ya desde la antigüedad varias liturgias contaban con varias Plegarias Eucarísticas, contra las más de ochenta del rito siro occidental. Por otro lado la hiperdisminución de prefacios en nuestro rito, nos llevó a contar sólo 18 prefacios en el 1968, contra los 267 del Sacramentario Leoniano del siglo V y los 184 del Sacramentario Gelasiano Antiguo. Todo ello llevó al Papa y a la comisión a elaborar más plegarias que tuvieran un tinte propio y con un buen desarrollo teológico, de allí que surgieran tres plegarias más que enriquecerían la celebración romana.
La II Plegaria Eucarística
La II plegaria es breve, con conceptos concisos y simples que proviene de la anáfora de san Hipólito de principios del s. III —la más antigua que conocemos— en cuanto a estructura212, pero con añadidos propios y con un prefacio propio que puede ser cambiado213. Resume sintéticamente la teología de la Eucaristía y, como toda su síntesis, no siempre es clara en su expresión.
La III Plegaria Eucarística
La III plegaria es de una mediana duración, con una estructura clara, con una unidad temática entre un momento y otro, con la posibilidad de unirse a cualquier prefacio que pudiera abrazar cualquier estilo prefacístico, su característica propia es la Eclesiología que maneja. Conserva en su mayoría las líneas generales del tradicional Canon Romano. Por el hecho de que no contiene un prefacio propio, puede ser empleada en feria o en fiesta, ya que muchas de sus afirmaciones se toman del modelo Romano. Se puede decir que el Canon Romano fue reacomodado de acuerdo a las exigencias de las nuevas leyes celebrativas, pero mientras conserva el sabor tradicional se enriquece con otras tradiciones litúrgicas. Tiene como base la Anáfora de Serapión, por lo que trata de una Plegaria de corte oriental que fuera compuesta a mediados del siglo IV.
La IV Plegaria Eucarística
La IV plegaria se caracteriza por presentar un esquema romano214, pero con un amplio desarrollo del tema de la economía salvífica, siendo, por su estilo la que más se parece a las anáforas de tipo antioqueno. Al mismo tiempo que se presentan estas tres plegarias, se presenta para revisión la anáfora alejandrina de san Basilio que pudiera dar la idea de un típico y noble ejemplo de la tradición oriental, que une elegantemente todos los elementos que la componen, siendo además la plegaria que gozara de más popularidad en Oriente, por su completez y simplicidad, pero cuando se sometió a votación esta última el resultado le fue desfavorable: 16 non placet y 15 placet, así que se sometió al parecer del Santo Padre215.
Se trata de una larga narración de las intervenciones de Dios en la Historia. Tiene un prefacio invariable que nos habla de la creación inicial y de la creación de los ángeles. Después del Santo, nos entrega una síntesis completa de la Historia de la Salvación.
La plegaria eucarística «pro variis necessitatibus» o del Sínodo Suizo
«Es de reciente composición, fue preparada en Suiza, para el Sínodo en aquella nación. La santa Sede aprobó su uso en agosto de 1974 para las regiones helvéticas. Posteriormente se hizo para varios otros países europeos. El nuevo Ordinario de la Misa para los países de habla castellana trae esta Plegaria Eucarística en el Apéndice, como otra posible opción que podrá ser utilizada en nuestras celebraciones. Ofrece la particularidad de tener cuatro variantes que responden a otras tantas temáticas. En esta estructura podríamos ver una relación con la tradición romana, que en su canon ofrece variedad de embolismos y plegarias para algunas festividades. Pero tal vez en su contenido se aparte un poco de esta misma tradición: los esquemas que conocemos de Plegarias Eucarísticas conmemoran la Historia de la Salvación en su totalidad o plenitud, y estos nuevos textos nos ofrecen aspectos más temáticos de esta misma Historia salvífica. La parte invariable está compuesta de los elementos esenciales de las Plegarias Eucarísticas: Epíclesis consecratoria, Relato de la Institución, Anámnesis y Epíclesis sobre la Asamblea. Junto a estos elementos esenciales, la parte invariable nos trae también las intercesiones de los Santos y el recuerdo de los difuntos. Las variantes están constituidas por el Prefacio y la intercesión por la Iglesia. Esta Plegaria podrá ser utilizada siempre que la misa no tenga Prefacio propio del día. Puede ser utilizada cuando el Prefacio es del tiempo. Por su lenguaje directo y claro, es recomendable para Misas de comunidades más cultivadas y en los domingos del tiempo ordinario»216.
Las Plegarias Eucarísticas de la Reconciliación
«Han sido elaboradas con motivo del Año Santo de 1975. El tema central de ese acontecimiento eclesial, señalado por Pablo VI en la convocatoria, era el de la reconciliación con Dios y con los hermanos. Estas Plegarias pretendían convertir en oración ese objetivo del Año Santo. Su configuración y el orden de sus partes sigue el esquema de las Plegarias Eucarísticas II y IV. El desarrollo es temático: presenta la obra restauradora de Cristo como origen y consolidación de nuestra reconciliación con el Padre y entre nosotros. Su uso se recomienda cuando las comunidades cristianas celebran de modo especial el misterio de la Reconciliación. Recomendable para los tiempos y días penitenciales, como la Cuaresma y los viernes»217.
Las Plegarias Eucarísticas para Misas de Niños
«Fueron compuestas a solicitud de varias Conferencias Episcopales y promulgadas por el Papa Pablo VI juntamente con un interesante Directorio Pastoral (1º de Noviembre) que regula el uso práctico de dichas Plegarias. Han sido compuestas para facilitar la comprensión y la participación de los niños en la Eucaristía. Para responder a este objetivo, so nos has entregado tres Plegarias en un lenguaje simple y llano. En su estructura se multiplican las aclamaciones con las que los participantes infantiles explicitan su fe y su incorporación a la celebración»218.
C) Liturgia Eucarística
72. En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y el banquete pascuales. Por estos misterios el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la Iglesia, cuando el sacerdote, representando a Cristo Señor, realiza lo mismo que el Señor hizo y encomendó a sus discípulos que hicieran en memoria de Él.[69]
Cristo, pues, tomó el pan y el cáliz, dio gracias, partió el pan, y los dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía. Por eso, la Iglesia ha ordenado toda la celebración de la Liturgia Eucarística con estas partes que responden a las palabras y a las acciones de Cristo, a saber:
1) En la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con agua, es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.
2) En la Plegaria Eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aunque sean muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un único cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las manos del mismo Cristo.
Preparación de los dones
73. Al comienzo de la Liturgia Eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
En primer lugar se prepara el altar, o mesa del Señor, que es el centro de toda la Liturgia Eucarística,[70] y en él se colocan el corporal, el purificador, el misal y el cáliz, cuando éste no se prepara en la credencia.
En seguida se traen las ofrendas: el pan y el vino, que es laudable que sean presentados por los fieles. Cuando las ofrendas son traídas por los fieles, el sacerdote o el diácono las reciben en un lugar apropiado y son ellos quienes las llevan al altar. Aunque los fieles ya no traigan, de los suyos, el pan y el vino destinados para la liturgia, como se hacía antiguamente, sin embargo el rito de presentarlos conserva su fuerza y su significado espiritual.
También pueden recibirse dinero u otros dones para los pobres o para la iglesia, traídos por los fieles o recolectados en la iglesia, los cuales se colocarán en el sitio apropiado, fuera de la mesa eucarística.
74. Acompaña a esta procesión en la que se llevan los dones, el canto del ofertorio (cfr. n.37 b), que se prolonga por lo menos hasta cuando los dones hayan sido depositados sobre el altar. Las normas sobre el modo de cantarlo son las mismas que para canto de entrada (cfr. n. 48). El canto se puede asociar siempre al rito para el ofertorio, aún sin la procesión con los dones.
75. El sacerdote coloca sobre el altar el pan y el vino acompañándolos con las fórmulas establecidas; el sacerdote puede incensar los dones colocados sobre el altar, y después la cruz y el altar mismo, para significar que la oblación de la Iglesia y su oración suben como incienso hasta la presencia de Dios. Después el sacerdote, por el sagrado ministerio, y el pueblo por razón de su dignidad bautismal, pueden ser incensados por el diácono, o por otro ministro.
76. En seguida, el sacerdote se lava las manos a un lado del altar, rito con el cual se expresa el deseo de purificación interior.
Oración sobre las ofrendas
77. Depositadas las ofrendas y concluidos los ritos que las acompañan, con la invitación a orar junto con el sacerdote, y con la oración sobre las ofrendas, se concluye la preparación de los dones y se prepara la Plegaria Eucarística.
En la Misa se dice una sola oración sobre las ofrendas, que se concluye con la conclusión más breve, es decir: Por Jesucristo, nuestro Señor; y si al final de ella se hace mención del Hijo: (Él) que vive y reina por los siglos de los siglos.
El pueblo uniéndose a la súplica con la aclamación Amén, hace suya la oración.
Plegaria Eucarística
78. En este momento comienza el centro y la cumbre de toda la celebración, esto es, la Plegaria Eucarística, que ciertamente es una oración de acción de gracias y de santificación. El sacerdote invita al pueblo a elevar los corazones hacia el Señor, en oración y en acción de gracias, y lo asocia a sí mismo en la oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo. El sentido de esta oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio. La Plegaria Eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y con silencio.
79. Los principales elementos de que consta la Plegaria Eucarística pueden distinguirse de esta manera:
a) Acción de gracias (que se expresa especialmente en el Prefacio), en la cual el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da gracias por toda la obra de salvación o por algún aspecto particular de ella, de acuerdo con la índole del día, de la fiesta o del tiempo litúrgico.
b) Aclamación: con la cual toda la asamblea, uniéndose a los coros celestiales, canta el Santo. Esta aclamación, que es parte de la misma Plegaria Eucarística, es proclamada por todo el pueblo juntamente con el sacerdote.
c) Epíclesis: con la cual la Iglesia, por medio de invocaciones especiales, implora la fuerza del Espíritu Santo para que los dones ofrecidos por los hombres sean consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sirva para la salvación de quienes van a participar en ella.
d) Narración de la institución y consagración: por las palabras y por las acciones de Cristo se lleva a cabo el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena, cuando ofreció su Cuerpo y su Sangre bajo las especies de pan y vino, y los dio a los Apóstoles para que comieran y bebieran, dejándoles el mandato de perpetuar el mismo misterio.
e) Anámnesis: por la cual la Iglesia, al cumplir el mandato que recibió de Cristo por medio de los Apóstoles, realiza el memorial del mismo Cristo, renovando principalmente su bienaventurada pasión, su gloriosa resurrección y su ascensión al cielo.
f) Oblación: por la cual, en este mismo memorial, la Iglesia, principalmente la que se encuentra congregada aquí y ahora, ofrece al Padre en el Espíritu Santo la víctima inmaculada. La Iglesia, por su parte, pretende que los fieles, no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que también aprendan a ofrecerse a sí mismos,[71] y día a día se perfeccionen, por la mediación de Cristo, en la unidad con Dios y entre ellos, para que finalmente, Dios sea todo en todos.[72]
g) Intercesiones: por las cuales se expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, tanto con la del cielo, como con la de la tierra; y que la oblación se ofrece por ella misma y por todos sus miembros, vivos y difuntos, llamados a participar de la redención y de la salvación adquiridas por el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
h) Doxología final: por la cual se expresa la glorificación de Dios, que es afirmada y concluida con la aclamación Amén del pueblo.
145. Terminada la oración universal, el Obispo se sienta y recibe la mitra. Los concelebrantes y el pueblo igualmente se sientan. Entonces se comienza el canto para la presentación de los dones, que se prolonga por lo menos hasta que éstos sean colocados sobre el altar.
Los diáconos y acólitos colocan en el altar el corporal, el purificador, el cáliz y el Misal.
Luego se traen las ofrendas. Es conveniente que los fieles manifiesten su participación trayendo pan y vino para la celebración de la Eucaristía, y también otros dones con los que se ayude a las necesidades de la Iglesia y de los pobres.
Los diáconos o el mismo Obispo reciben las ofrendas de los fieles en un lugar adecuado. Los diáconos llevan el pan y el vino al altar, lo demás a un lugar apropiado, preparado con anterioridad.
146. El Obispo va al altar, deja la mitra, recibe del diácono la patena con pan, y con ambas manos la eleva un poco sobre el altar, diciendo en secreto la fórmula correspondiente. Luego coloca la patena con el pan sobre el corporal.
147. Entre tanto, el diácono vierte vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto el agua unida al vino. 14 Después el Obispo presenta el cáliz, que tiene con ambas manos un poco elevado sobre el altar, dice en secreto la fórmula establecida, y luego, deja el cáliz sobre el corporal, y el diácono, si se requiere, lo cubre con la palia.
148. Después el Obispo, inclinado en medio del altar, dice en secreto acepta, Señor, nuestro corazón contrito.
149. En seguida el turiferario se acerca al Obispo, el diácono le presenta la naveta, y el Obispo pone incienso y lo bendice. Después el Obispo mismo recibe del diácono el incensario, y acompañado por éste, inciensa las ofrendas,15 el altar y la cruz, como lo hizo al principio de la Misa. Terminada esta incensación, todos se ponen de pie, el diácono desde un lado del altar inciensa al Obispo, el cual está de pie y sin mitra; luego a los concelebrantes y después al pueblo.
Téngase cuidado de que la monición Orad, hermanos, y la oración sobre las ofrendas no se digan antes de que haya terminado la incensación.
150. Una vez incensado el Obispo, que se encuentra a un lado del altar y sin mitra, se le acercan los ministros con la jarra del agua, la palangana y la toalla. El Obispo se lava y se seca las manos. Si es necesario uno de los diáconos toma el anillo del Obispo. Mientras éste se lava las manos dice en secreto: Lávame, Señor, mis culpas. Una vez que ha secado las manos y colocado el anillo, el Obispo regresa al centro del altar.
151. El Obispo, de cara al pueblo, extendiendo y juntando las manos invita al pueblo a orar, diciendo: Orad, hermanos.
152. Una vez dada la respuesta El Señor reciba de tus manos, el Obispo, con las manos extendidas, canta o dice la oración sobre las ofrendas. Al final el pueblo aclama: Amén.
153. Después el diácono toma el solideo del Obispo y lo entrega al ministro. Los concelebrantes se acercan al altar y están de pie cerca de él, de tal manera que no impidan el desarrollo de los ritos y que la acción sagrada pueda ser mirada atentamente por los fieles.
Los diáconos están detrás de los concelebrantes, para que cuando sea necesario, uno de ellos sirva en lo referente al cáliz o al misal. Ninguno permanezca entre el Obispo y los concelebrantes, o entre éstos y el altar.
154. Entonces el Obispo empieza la Plegaria Eucarística con el prefacio. Extendiendo las manos canta o dice: El Señor esté con vosotros, y cuando dice: Levantemos el corazón, eleva las manos, y con ellas extendidas, añade: Demos gracias al Señor nuestro Dios. Después de que el pueblo respondió: Es justo y necesario, el Obispo prosigue con el prefacio. Una vez terminado éste, junta las manos y canta juntamente con los concelebrantes, los ministros y el pueblo: Santo.
155. El Obispo prosigue la Plegaria Eucarística según lo que se dice en los nn. 171-191 de la instrucción general del Misal Romano y en las rúbricas que se encuentran en cada una de las Plegarias.
Las partes que dicen todos los concelebrantes a la vez, con las manos extendidas, deben pronunciarlas en voz baja, de modo que la voz del Obispo se escuche claramente. En las Plegarias Eucarísticas 1, II y III el Obispo, después de las palabras: con tu siervo el Papa N., añade: conmigo indigno siervo tuyo. En la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras: de tu servidor el Papa N. , añade: de mí indigno siervo tuyo.
Si el cáliz y el copón están cubiertos, el diácono los descubre antes de la epíclesis.
Uno de los diáconos coloca el incienso en el incensario y en cada una de las elevaciones inciensa la hostia y el cáliz.
Los diáconos permanecen de rodillas desde la epíclesis hasta la elevación del cáliz.
Después de la consagración el diácono, si se juzga conveniente, vuelve a cubrir el cáliz y el copón.
Dicho por el Obispo: Este es el Sacramento de nuestra fe, el pueblo responde con la aclamación.
156. Las intercesiones particulares, sobre todo en la celebración de algún rito sacramental, bien consecratorio o de bendición, háganse según la estructura de cada una de las Plegarias Eucarísticas, empleando los textos que se encuentran en el Misal o en otros libros litúrgicos.16
157. En la Misa crismal, antes de que el Obispo diga en la Plegaria Eucarística I: Por quien sigues creando todos los bienes, o antes de la doxología Por Cristo, en las otras Plegarias Eucarísticas, se hace la bendición del óleo de los enfermos, como se dice en el Pontifical Romano, a no ser que por razones pastorales, se haya hecho después de la Liturgia de la Palabra.
158. Para la doxología final de la Plegaria Eucarística, el diácono, de pie al lado del Obispo, tiene elevado el cáliz, mientras el Obispo eleva la patena con la hostia, hasta que el pueblo haya respondido Amén. La doxología final de la Plegaria Eucarística la dice o sólo el Obispo, o a una con todos los concelebrantes.
159. Terminada la doxología de la Plegaria Eucarística, el Obispo, con las manos juntas, hace la monición previa al Padrenuestro, que todos lo cantan o lo rezan. Tanto el Obispo como los concelebrantes están con las manos extendidas.
160. El Obispo, con las manos extendidas, dice él solo: Líbranos de todos los males. Los presbíteros concelebrantes, juntamente con el pueblo, dicen la aclamación final: Tuyo es el reino.
161. A continuación el Obispo dice la oración: Señor Jesucristo, que diste. Terminada ésta, el Obispo, dirigiéndose a la asamblea, anuncia la paz diciendo: La paz del Señor esté siempre con vosotros. El pueblo responde: Y con tu espíritu. Si se cree oportuno, uno de los diáconos, dirigiéndose a la asamblea, hace la invitación para la paz con estas palabras: Daos fraternalmente la paz.
El Obispo da la paz al menos a los dos concelebrantes más cercanos a él, después al primero de los diáconos. Y todos según la costumbre de cada lugar, se manifiestan mutuamente la paz y la caridad»17
162. El Obispo inicia la fracción del pan y la prosiguen algunos de los presbíteros concelebrantes, y entre tanto se repite Cordero de Dios, cuantas veces sea necesario para acompañar la fracción del pan. El Obispo deja caer una partícula en el cáliz, diciendo en secreto: El Cuerpo y la Sangre.
163. Dicha en secreto la oración antes de la Comunión, el Obispo hace genuflexión y toma la patena. Los concelebrantes uno a uno se acercan al Obispo, hacen genuflexión, y de él reciben reverentemente el Cuerpo de Cristo, y teniéndolo con la mano derecha, y colocando la izquierda debajo, se retiran a sus lugares. Sin embargo, los concelebrantes pueden permanecer en sus lugares y recibir allí mismo el Cuerpo de Cristo.
Luego el Obispo toma la hostia, la sostiene un poco elevada sobre la patena, y, dirigiéndose a la asamblea, dice: Este es el Cordero de Dios, y prosigue con los concelebrantes y el pueblo diciendo: Señor, no soy digno.
Mientras el Obispo comulga el Cuerpo de Cristo, se inicia el canto de Comunión.
164. El Obispo, una vez que bebió la Sangre de Cristo, entrega el cáliz a uno de los diáconos y distribuye la Comunión a los diáconos y también a los fieles.
Los concelebrantes se acercan al altar y beben la Sangre, que los diáconos les presentan. Estos limpian el cáliz con el purificador, después de la Comunión de cada uno de los concelebrantes.18
165. Acabada la Comunión, uno de los diáconos bebe la Sangre que hubiere, lleva el cáliz a la credencia y allí, en seguida, o después de la Misa, lo purifica y arregla. El otro diácono, o uno de los concelebrantes, si hubieren quedado hostias consagradas, las lleva al tabernáculo, y en la credencia purifica la patena o el copón sobre el cáliz, antes de que éste sea purificado.
166. Cuando el Obispo, después de la Comunión regresa a la cátedra, vuelve a tomar el solideo, y, si es necesario, se lava las manos. Todos sentados, pueden guardar unos momentos de sagrado silencio, o cantar un cántico de alabanza o un salmo.
167. Después el Obispo de pie en la cátedra, y sosteniéndole el libro el ministro, o habiendo regresado al altar con los diáconos, canta o dice: Oremos y, con las manos extendidas, dice la oración después de la Comunión, a la cual puede preceder un breve tiempo de silencio, a no ser que ya lo haya habido después de la Comunión. Terminada la oración el pueblo aclama: Amen.