DICTADOS PREPARADOS
(CURSO 2023-24)
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Bajó la cabeza satisfecho, hasta que se apagó el último rumor de nieve pisoteada y supo que su hijo se encontraba más allá del sonido de su voz. Entonces extendió la mano, con angustia, hacia la leña. Era lo único que se interponía entre él y la eternidad que le rodeaba. La duración de su vida podía medirse por un puñado de ramas. Una tras otra, irían alimentando la hoguera y, de este modo, paso a paso, la muerte acabaría por asaltarle. Cuando la última astilla se hubiera consumido, la helada iba a adquirir mayor fuerza.
JACK LONDON, El silencio blanco y otros cuentos
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Escuché los pasos desvanecerse en el interior de la vivienda y esperé el regreso de Marina a la luz de las velas por espacio de casi media hora. La atmósfera de la casa fue calando en mí. Cuando tuve la certeza de que Marina no iba a volver, empecé a preocuparme. Dudé en ir a buscarla, pero no me pareció correcto husmear en las habitaciones sin invitación. Pensé en dejar una nota, pero no tenía nada con qué hacerlo. Estaba anocheciendo, así que lo mejor era marcharme. Ya me acercaría al día siguiente, después de clase, para ver si todo andaba bien. Me sorprendió comprobar que apenas hacía media hora que no venía Marina y mi mente ya estaba buscando excusas para regresar.
CARLOS RUIZ ZAFÓN, Marina
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El taller de mi padre estaba situado en la parte de atrás de la casa, separado de esta por un patio de cemento. La parte de delante daba a una especie de jardín comunicado con el patio de atrás por un callejón sombrío en el que crecía un árbol con la corteza negra. El taller tenía cuatro dependencias dispuestas en batería, dos de las cuales se utilizaban como almacén de material. La casa, por su parte, tenía dos pisos y un desván. En el piso de abajo se encontraban al principio los dormitorios, el cuarto de baño y una habitación multiusos que durante una época fue la alcoba de los chicos (llegamos a ser cuatro chicos y cinco chicas), además de una especie de despacho en el que mi padre llevaba su oficina.
JUAN JOSÉ MILLÁS, El mundo.
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El marqués abrió la puerta del salón; una de las damas se levantó, fue al encuentro de Emma y le hizo sentarse a su lado en un canapé, donde empezó a hablarle amistosamente, como si la conociese desde hacía mucho tiempo. Era una mujer de unos cuarenta años, de hermosos hombros, nariz aguileña, voz cansina, y que llevaba aquella noche sobre su pelo castaño una sencilla mantilla de encaje que le caía por detrás en triángulo. A su lado estaba una joven rubia sentada en una silla de respaldo alto; y unos señores, que llevaban una pequeña flor en el ojal de su frac, conversando con las señoras alrededor de la chimenea.
GUSTAVE FALUBERT, Madame Bovary
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Cuando salí de la sala, el hombre me tomó de la mano. Nada más abrirse las puertas comprobé, tal como había intuido en el abrazo antes de entrar, que Marina ya no estaba allí. No hice intento alguno por llamarla, pues sabía con certeza que ya no volvería a verla. A mitad del pasillo miré hacia atrás y vi a mi padre frente al ventanal, vuelto de espaldas, como si no quisiera enterarse ya de mi porvenir. Entonces volví la cabeza al frente y, sin mirar hacia atrás, me dirigí a la carroza en la que el caballero me indicaba que habíamos de subir. Una percepción interior me hizo concentrar mi atención en la mano del hombre que me guiaba hasta los patios. Era una mano huesuda, suave, pero que me apretaba, tensa, clavando en mi mano la piedra aristada de su anillo.
ELIACER CANSINO, El misterio Velázquez
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El maestre que había salido al encuentro de don Álvaro, después de haberle abrazado con un poco más de emoción de la acostumbrada, le llevó a una especie de celda en que de ordinario estaba y cuyos muebles y atavíos revelaban aquella primitiva severidad y pobreza en cuyos brazos habían dejado a la orden Hugo de Paganis y sus compañeros y de que eran elocuente emblema los dos caballeros montados de un mismo caballo. Don Rodrigo así por el puesto que ocupaba, como por la austeridad peculiar a un carácter, quería dar este ejemplo de humildad y modestia. Sentáronse entrambos en taburetes de madera, a una tosca mesa de nogal, sobre la cual ardía una lámpara enorme de cobre, y don Álvaro hizo al anciano una prolija relación de todo lo acaecido.
ENRIQUE GIL Y CARRASCO, El señor de Bembibre (1986)
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Era un pueblo caliente y soleado, bastante rico en olivos y guarros (con perdón), con las casas pintadas tan blancas, que aún me duele la vista al recordarlas, con una plaza toda de losas, con una hermosa fuente de tres caños en medio de la plaza. Hacía ya varios años, cuando del pueblo salí, que no manaba el agua de las bocas y sin embargo, ¡qué airosa!, ¡qué elegante!, nos parecía a todos la fuente con su remate figurando un niño desnudo, con su bañera toda rizada al borde como las conchas de los romeros. En la plaza estaba el ayuntamiento que era grande y cuadrado como un cajón de tabaco, con una torre en medio, y en la torre un reloj, blanco como una hostia, parado siempre en las nueve como si el pueblo no necesitase su servicio, sino solo de su adorno.
CAMILO JOSÉ CELA, La familia de Pascual Duarte (1942)
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De pronto ya no tuve miedo, me abalancé sobre el escritorio y lo atrapé como se atrapa a un ladrón. como se atrapa a una mujer que huye. Pero llevaba una marcha irresistible y, pese a mis esfuerzos, pese a mi enfado, no conseguí siquiera que aflojara el paso. Como me resistía desesperadamente a esa fuerza espantosa, caí al suelo en mi lucha con él. Entonces me arrolló, me arrastró por la arena, y los muebles que lo seguían comenzaron a avanzar sobre mí, pisoteando mis piernas y lastimándolas. Luego, cuando lo solté, los demás pasaron sobre mi cuerpo como una carga de caballería sobre un jinete caído.
Guy De Maupassant, ¿Quién sabe?
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Una vez, rebuscando entre los mil objetos inservibles del desván de mi casa, me encontré un catalejo. Debía de tener muchos años porque el latón de que estaba hecho se había vuelto mate y sin brillo. Pero al despegarlo y mirar por sus lentes podía hacerme la ilusión de que era un corsario o un pirata de los que aparecían en las películas. Estaba envuelto en una tela oscura, impermeable, y lo encontré en un baúl de cerradura medio oxidada, junto con unos vestidos que debieron de pertenecer a mi abuela, documentos amarillentos y escritos en una letra incomprensible para mí, un par de candelabros deslustrados y un montón de fotografías a las que el paso del tiempo había dado una coloración sepia.
Javier Alfaya, Una luz en la marisma
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Entonces, comenzábamos a pasear con naturalidad hablando en idiomas inventados, como si fuéramos habitantes de aquel espacio incógnito que quedaba a la vez tan cerca y tan lejos de casa. [...] Creíamos que la gente que pasaba a nuestro lado nos miraba con admiración porque en aquella época a lo más que podías aspirar era a ser extranjero, pero recordando los gestos de extrañeza que provocábamos en los transeúntes, yo creo que nos observaban con horror. Debíamos parecerles dos niños locos a nuestra suerte. [...]. Le recordé aquellos raros viajes a Vicente mientras comíamos en Londres, percibiendo en su expresión una sombra que intentó disimular.
JUAN JOSÉ MILLÁS, "El extranjero", en La viuda incompetente y otros cuentos
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Para preparar mis lecciones de geometría solía despertar al amanecer, salir a los graneros y por ellos al tejado. El lugar no era muy a propósito para estudiar y me obligaba a ejercitar el riesgo porque las tejas estaban cubiertas de escarcha y en un plano muy inclinado. La primera vez resbalaron mis botas, caí y fui bajando. Me hubiera matado en las losas de un patio interior de no interponerse una chimenea que estaba frente a la ventana. Desde entonces aprendí a deslizarme sentado sobre dos retejeras hasta la chimenea. Una vez allí, me instalaba confortablemente al sol y abría los libros.
RAMÓN J. SENDER, Crónica del alba
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A esa hora todavía no había disminuido el tráfico ni la gente en las calles y aunque las oficinas y comercios estaban cerrados , había bares, teatros, cafeterías y restaurantes abiertos. Álex se cruzaba con la gente sin distinguir sus rostros, solo sus figuras encorvadas envueltas en abrigos oscuros, caminando deprisa. Vio unos bultos tirados por el suelo junto a unas rejillas en las aceras, por donde surgían columnas de vapor. Comprendió que eran vagabundos durmiendo acurrucados junto a los huecos de calefacción de los edificios, única fuente de calor en la noche invernal. ISABEL ALLENDE, La ciudad de las bestias
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Detuve el coche frente a la cancela del monasterio y esperé a que una de las monjas bajara corriendo la pendiente para abrirme. Eran casi las diez de la noche y, como la comunidad, según la Regla, ya debería estar durmiendo después de haber rezado completas, me extrañó ver tanta animación y tantas luces en la puerta del edificio.
Antes de que pudiera darme cuenta, la hermana Natalia, sudorosa por la carrera y por el esfuerzo de empujar las pesadas hojas de hierro de la cancela, me estaba mirando a través de la ventanilla con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios que le dejaba al descubierto las dos blancas hileras de dientes. Suspiré con resignación... Natalia siempre se ofrecía voluntaria para abrirme la verja con tal de que la invitara a subir en el coche durante el corto trayecto de vuelta.
MATILDE ASENSI, El salón de ámbar
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Contuvo un instante la respiración, clavó las uñas en la palma de sus manos y dijo, muy rápido: "Estoy enamorado de ti." Vio que ella enrojecía bruscamente, como si alguien hubiera golpeado sus mejillas, que eran de una palidez resplandeciente y muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión ascendía por él y petrificaba su lengua. Deseó salir corriendo, acabar: en la taciturna mañana de invierno había surgido ese desaliento íntimo que lo abatía siempre en los momentos decisivos. Unos minutos antes, entre la multitud animada y sonriente que circulaba por el Parque Central de Miraflores, Miguel se repetía aún: "Ahora. Al llegar a la avenida Pardo. Me atreveré. ¡Ah, Rubén, cómo te odio!".
MARIO VARGAS LLOSA, Día domingo