La muerte de un unicornio es una de esas películas que parecen salidas de un sueño extraño o una pesadilla elegante, y que logran que una premisa absurda se convierta en una crítica poderosa. Un padre y su hija atropellan un unicornio. Así, sin rodeos. Pero lo que podría parecer una comedia absurda se transforma en una sátira oscura sobre el poder, la ciencia, el dinero y lo que estamos dispuestos a hacer con aquello que no entendemos.
Protagonizada por Jenna Ortega y Paul Rudd, esta producción de A24 se siente íntima pero inquietante, realista pero mágica. Ortega interpreta a Ridley, una adolescente sarcástica e inteligente, que lleva el peso emocional de la historia sin forzar el drama. Rudd, como su padre, ofrece una actuación más contenida y compleja de lo habitual, mostrando a un hombre atrapado entre la razón científica y el instinto humano. Juntos, construyen una relación padre‑hija que se siente rota, incómoda, pero profundamente real.
En cuanto a lo cinematográfico, la película es un trabajo delicado y meticuloso. La fotografía apuesta por tonos apagados, paisajes nublados, interiores fríos y una estética casi clínica. Hay una intención clara de quitarle todo brillo a la fantasía: el unicornio no brilla, no vuela, no relincha mágicamente. Es un ser herido, triste, casi fuera de lugar en ese mundo gris que lo rodea. Esta contradicción visual entre lo fantástico y lo cotidiano crea una tensión constante, como si algo no encajara del todo… y esa es precisamente la idea.
La iluminación refuerza esa sensación: casi todo sucede en penumbra, con luz natural o artificial muy suave, lo cual contribuye a una atmósfera de extrañeza, como si estuviéramos viendo algo que no debería estar allí. No hay colores vibrantes ni filtros de ensueño; todo está medido, sobrio, incluso incómodo.
El guion, escrito por el propio director Alex Scharfman, no se apoya en diálogos largos ni explicaciones forzadas. Al contrario, deja mucho en el subtexto, en miradas, en silencios. Eso puede incomodar a quienes prefieren un cine más claro, pero recompensa a quienes disfrutan de conectar los puntos por sí mismos. Los momentos de humor negro están perfectamente colocados: no hacen reír a carcajadas, pero sí te sacan una sonrisa incómoda. Y eso lo hace mucho más efectivo.
En cuanto a la dirección de arte y escenografía, se siente todo muy bien construido para reforzar el tono: laboratorios clínicos, casas impersonales, oficinas impersonales… Todo parece estar diseñado para mostrar un mundo donde lo mágico no tiene lugar, y cuando aparece, solo sirve para ser diseccionado. Hay una belleza sutil en cómo ese contraste se muestra sin subrayarlo.
La dirección de Scharfman es precisa, segura y madura, especialmente para ser su debut como director. Se nota que conoce los tiempos del cine independiente: no corre, no trata de impresionar, simplemente deja que la historia respire. Y eso se agradece.
Ahora bien, no es una película perfecta ni fácil. Su ritmo lento y su final abierto pueden dejar a más de uno con una sensación de “¿eso fue todo?”, pero quienes se dejen llevar encontrarán una obra que permanece en la mente mucho después de los créditos.
La muerte de un unicornio no es una historia de fantasía. Es una advertencia. Una reflexión disfrazada de cuento moderno. Nos habla de cómo el capitalismo es capaz de apropiarse de cualquier cosa, incluso de lo imposible, y convertirlo en un producto, un experimento o una oportunidad de negocio.
Es una película que no te da respuestas, pero te hace muchas preguntas. Y quizá la más incómoda de todas es: si tú encontraras algo mágico en este mundo, ¿lo protegerías… o lo venderías?