En la naturaleza no existe la compasión. Es una verdad silenciosa que muchas especies del planeta comprenden por puro instinto: cuando una cría nace débil, enferma o simplemente no encaja en la manada, la dejan atrás. No hay maldad en ese acto; es simplemente la Selección Natural funcionando de forma fría, sin odio y sin dudas.
Sin embargo, en el mundo humano las cosas son distintas. Somos miles de millones de personas en la Tierra, cada uno convencido de que tiene un lugar asegurado y un valor especial. Pero la verdad es mucho más cruda. En nuestra soberbia, los humanos inventamos parches. Creamos leyes y usamos palabras hermosas como “esperanza”, “empatía” o “segunda oportunidad” para ocultar una realidad que nos aterra decir en voz alta: a veces, algunas personas simplemente tienen que ser descartadas.
La Tierra es un organismo vivo que no tolera fallas. Para el sistema del mundo no somos más que materia organizada, y cuando una pieza deja de cumplir su función, el diseño original la quita del camino. No hay lugar para lo que no sirve; es, de nuevo, Selección Natural.
No se trata de un castigo, sino de una limpieza silenciosa. El Protocolo de Depuración no te mata de inmediato: tu cuerpo permanece en la Tierra, conectado a las máquinas de un hospital que mantienen tus pulmones funcionando. Pero tu conciencia y tu alma, esa parte de ti que la vida ya no necesita usar, son expulsadas de la realidad y arrastradas hacia un vertedero espiritual: Nullaria.
No hay apelación. No hay aviso. El sistema no odia a quienes descarta; simplemente ya no los considera. Y esa indiferencia es, quizás, lo más aterrador de todo.