Nivel 0: Bosque Lapislázuli
El aire del Bosque Lapislázuli era denso de calma. Bealuna descansaba recostada sobre un tronco ancho y tibio, acariciada por la luz que se filtraba entre las hojas, iluminando su cabello y las pequeñas partículas flotando en el aire.
— Nunca me canso de ver los atardeceres de este lugar — dijo con voz soñolienta, estirándose —. Aunque el sol nunca se ponga realmente.
Una notificación luminosa cruzó la mirada de Dante, inscribiéndose en su retina:
[Nivel 0: Eje Central. Clase 0 - Dificultad de supervivencia: Seguro]
Nivel libre de amenazas. Sin entidades, sin peligros ambientales, sin trampas.
El entorno es tranquilo, y la salida suele ser fácil de encontrar.
Dante la observó en silencio. Su respiración era pausada, ligera, y sus manos jugueteaban distraídas entre las hojas y la corteza del tronco, como si acariciaran sin tocar.
— No sueles hablar mucho, ¿verdad? — comentó ella con una sonrisa leve.
— Estoy digiriendo todo lo que pasó en nuestra batalla contra Respeto… — respondió Dante, con la mirada fija en un punto perdido entre la luz y la sombra del bosque.
Un silencio suave se extendió entre ellos, apenas interrumpido por el crujir de las ramas.
— ¿Llevas mucho tiempo aquí? — preguntó Dante, tratando de cambiar de tema.
— Un mes, más o menos. Aunque, a veces, parece mucho más. Este bosque me ha salvado más veces de las que puedo recordar. No solo físicamente, sino también emocional y espiritualmente. — Bealuna se acomodó mejor, sentándose junto a él con una mirada que contenía tanto gratitud como tristeza —.
El tono de su voz cambió mientras la tristeza continuaba dibujándose en su rostro.
— Yo… tenía un ex. Me acosaba. Me golpeaba. Lo denuncié, pero nadie me creyó. Aprendí a callar, a aceptar el dolor como parte de mi día a día.
Dante la escuchó en silencio.
— Hasta que una noche entró a mi casa cuando mi padre no estaba… y me pegó tan fuerte que no sé si morí o simplemente dejé de estar. Solo recuerdo el silencio. Esa dulce sensación de que ya no importaba nada. Esa constante desesperación en mi vida. Sentirme atrapada. Sin salidas, sin ayuda. Vivía sola con mi papá, pero él siempre trabajaba. Nunca tenía realmente para mis problemas. Me sentía invisible… vacía.
Se quedaron unos segundos en silencio. El crepitar de los insectos del bosque llenaba los huecos de la conversación.
— Y entonces… luego de esa terrible paliza… desperté aquí.
Dante asintió con pesar. Entendía, no con palabras, sino con el sentimiento. Bealuna no había llegado a Nullaria por azar: había perdido la voluntad de vivir, y esa fractura interna fue su pasaje directo a este mundo.
— Acerca de mí… no recuerdo mucho todavía — confesó Dante en voz baja, casi murmurando —. Solo flashes. Un accidente, creo. Motos… velocidad… una sensación de no saber qué carajos hacer con mi existencia… y después… nada.
Bealuna lo miró en silencio, sin juicio, solo comprensión.
— Bueno… al menos a mí sí me alegra que estés vivo — dijo con una leve sonrisa —. O… lo que sea que significa “vivir” aquí.
El aire del bosque pareció vibrar suavemente, como si respondiera a sus palabras. Dante dejó escapar una risa seca, apenas un exhaló de incredulidad.
Cambiar de tema fue casi automático, una defensa natural.
— ¿Ese arco dorado? — preguntó Dante, señalando el arma colgada en su espalda.
Bealuna lo mostró con orgullo.
— El Arco de Diana. Categoría Legendaria. Ligero, preciso y con historia.
— ¿Categoría…? — murmuró él, fingiendo no saber.
— Sí. Aquí las armas se clasifican según su rareza y poder — explicó Bealuna mientras jugaba con la cuerda del arco —. De menor a mayor: Simple, Alta Calidad, Mágica, Legendaria y Divina.
Sacó de su bolsillo una pequeña perla rojiza que brillaba con la luz del sol y la hizo girar entre sus dedos antes de continuar.
— Y estas son perlas elementales que se les pueden incrustar. Sirven para defensa o ataque: roja para fuego, azul para hielo, verde para veneno y amarilla para rayos. También existen unos pequeños cráneos que otorgan defensa física o mágica.
— ¿Y se consiguen de…? — preguntó Dante, arqueando una ceja.
— Generalmente de monstruos, Reliquias Benditas o Malditas… y, a veces, pura suerte — Bealuna sonrió —. Como esa perla que obtuviste al vencer a Respeto. ¿Era azul, no? No todos tienen tanta suerte enfrentando a una entidad superior y saliendo con algo tan raro.
Dante bajó la mirada.
Sabía que no había sido sólo suerte, y que aquella piedra no era exactamente una perla elemental azul. Pero aún no era momento de hablarle de las Piedras Divinas.
— Sin embargo… — continuó Bealuna, poniéndose de pie y observando la espada oxidada apoyada junto a él —. Necesitas un arma decente. Esa porquería parece un tenedor viejo.
Dante soltó una leve risa.
— ¡Ey! Tiene su encanto.
— Sí, como un pedazo de chatarra — respondió ella, divertida. Sus ojos brillaron con una complicidad inesperada —. En el Nivel 101, el Vecindario de los Ecos, hay una espada de categoría Legendaria clavada en una roca. Nadie ha podido sacarla hasta ahora… pero tengo la corazonada de que tú podrías hacerlo.
Le guiñó un ojo.
— Con mi runa de la Buena Suerte cerca y un deseo ferviente de obtenerla, quizá funcione.
Dante la miró con una mezcla de escepticismo fingido y diversión.
Ella giró sobre sus talones mientras comenzaba a alejarse, y su larga trenza se balanceaba con cada paso.
— Vamos a comer algo primero. Si no cargas energía, vas a desmayarte antes de blandir cualquier cosa.
Cuando desapareció entre los árboles, el silencio volvió a envolverlo.
Dante metió la mano en el bolsillo y sacó la Piedra Divina Violeta, sosteniéndola con la mano derecha mientras observaba su brillo por un segundo. Al tocarla, sus dedos temblaron. Finalmente, una inscripción apareció ante sus ojos:
[Piedra Divina Violeta: Fragmento de Respeto, Séptimo Terror de Nullaria]
Otorga un 50% de resistencia a las maldiciones a su portador.
Otorga acceso a la Espada de la Luz, capaz de cortar el cielo y la tierra.
Advertencia: Encuentra la Espada de la Luz en el Nivel 101.
Sostén la Piedra Divina por diez segundos para impregnarla en tu alma antes de acceder al Nivel 101.
Dante no se sorprendió al leer la información. Ya lo sabía. Sus incontables regresiones lo habían llevado a este mismo punto una y otra vez.
Apretó la piedra con fuerza. Un destello morado recorrió su mano envolviéndola por completo. El fragmento se deshizo, y el polvo violeta ascendió por su brazo hasta tatuarse en su piel, ardiendo sin dolor, fusionándose con su alma.
Podía sentir su poder dentro de sí.
Respeto.
El Séptimo Terror de Nullaria.
Recordó que en otras regresiones había conseguido hasta tres Piedras Divinas. Jamás había logrado encontrar al resto de los Terrores o ser invocado por ellos. Pero esta vez debía encontrarlos. Fuese como fuese.
No sabía qué ocurriría al reunir las siete piedras, pero sí sabía una cosa: necesitaba poder. Necesitaba ser más fuerte.
Las horas pasaron.
La derrota de uno de los Siete Terrores había sido un gran motivo de celebración en el campamento Edén.
Desde su rincón, rodeado de voces que apenas escuchaba y de personas que intentaban halagarlo, Dante observaba cómo todos rodeaban a Bealuna. Su carisma era magnético; su sola presencia encendía los ánimos del campamento. La vio levantar su arco, ahora brillando con un tono rojizo en lugar del dorado original.
— Gracias, Tanya, por usar tu runa de Herrería — dijo Bealuna con una sonrisa —. La perla de fuego será muy útil ahora incrustada en mi arco.
Tanya sonrió alegremente mientras tomaba un sorbo de su vaso.
— No fue nada — respondió con sencillez.
Inesperadamente, la mirada de Bealuna se cruzó con la de Dante, y ella la bajó de inmediato con una sonrisa de vergüenza. Tanya y otras dos chicas que estaban admirando el arco recién mejorado lo notaron al instante e intercambiaron miradas cómplices, acompañadas de un sonoro “mmmmmm” al unísono.
Bealuna las calló enseguida, avergonzada, e intentó ocultar su rostro bebiendo su trago.
Sair, el líder del campamento Edén, se alejaba lentamente del grupo mientras conversaba con Dante. Le comentó que Bealuna había pedido permiso para que él la acompañara al Nivel 101.
También mencionó que allí habitaba la facción del Lobo Rojo, liderada por Matilde, una poderosa aliada.
Dante asintió, diciendo que había escuchado hablar mucho de ella.
Sair sonrió, exaltado, como si estuviera frente a alguien de alto rango.
— Eres libre de ir donde quieras, no necesitas mi permiso — dijo con tono respetuoso —. Pero te agradecería que compartieras todos tus recuerdos de la batalla contra el Séptimo Terror con los sobrevivientes. Sería de gran ayuda.
También agradezco el informe sobre lo ocurrido con Jhan y Carlos en el Nivel -6.
Bealuna se acercó a ellos con su voz llena de energía.
— Espero no los esté interrumpiendo...
— Para nada — contestó Sair con una sonrisa pícara —. Ya mismo te lo estoy devolviendo — exagerando la última palabra.
Bealuna lo miró entrecerrando los ojos, con una expresión de ironía y diversión, antes de suspirar.
— ¿Estás listo para irnos? — preguntó.
Dante asintió, aunque antes debía pasar por el Corazón de Nullaria.
Unos segundos más tarde, ya se encontraba frente al artefacto ancestral: una formación de piedra con forma de mano gigantesca que emergía de las entrañas de la tierra, con la palma abierta hacia el cielo.
El monolito apenas alcanzaba la altura de la cintura de una persona, grueso y agrietado por los años, sin runas ni ornamentos. Aun así, emanaba una energía sutil, casi imperceptible.
Pronto, la información del objeto apareció en su retina:
[Corazón de Nullaria – Reliquia Bendita]
El artefacto funciona como una interfaz de inteligencia colectiva
capaz de compartir información entre todas las almas vivas, ya sea en la parte baja, media o alta del Reino de Nullaria.
Coloca tu mano derecha sobre el monolito y selecciona los recuerdos que deseas compartir. La información será organizada, filtrada y catalogada automáticamente para describir objetos, niveles e información relevante para los demás.
Dante sabía que aquel artefacto no era una simple reliquia. Era algo más.
Una conciencia sin voz, un servidor eterno que conectaba mentes a través de una red viva que transmitía memorias, pensamientos y emociones directamente a las retinas de los sobrevivientes, sin importar en qué nivel se encontraran.
Cerró los ojos y evocó cada imagen, cada sensación vivida junto a Bealuna durante el enfrentamiento contra Respeto. Fue selectivo, claro. No mencionó nada sobre la Piedra Divina. La razón era simple: revelar su existencia sólo atraerá miradas codiciosas… o enemigos peligrosos.
Dante había dejado en claro que no había sido necesario matar al Terror. La salida se revelaba solo al superar una prueba interna impuesta por la propia entidad. Suponía que el nivel y el Terror aún existían, listos para probar a otros, como si cada uno de los Siete Terrores fuese una especie de juez de almas. Superar esos juicios era, según su intuición, la forma más rápida de expandir la percepción espiritual.
También aprovechó el enlace para advertir sobre algo más: los Susurradores. Describió el ataque fugaz que casi los mata, su capacidad para acechar en la oscuridad y manipular las mentes. No sabía qué eran exactamente, pero había sentido en ellos un hambre distinta a la de los monstruos comunes. Como si buscaran algo más que carne.
Al retirar su mano, miró a Bealuna.
— ¿Tú ya lo hiciste? — preguntó, fingiendo confusión.
Ella asintió.
— Compartí lo que presencié: la caída de uno de los Siete Terrores — algo sin precedentes — y, sobre todo, la forma en que ocurrió. Sin violencia. Sin sangre. Solo decisión, voluntad… y una rara perla elemental azul obtenida como recompensa.
Hizo una breve pausa antes de continuar:
— No hace mucho tiempo fui invocada por este mismo Terror mientras estaba en una misión. Gracias a mi runa de la Buena Suerte logré salir de ese nivel. En aquella ocasión reporté aquí todo lo que vi sobre Respeto y las características del Nivel “???”. Por eso, esta vez estaba más confiada. Sabía a lo que nos enfrentábamos.
— Así que fue por ti que la interfaz sabía del Nivel “???” —dijo Dante con tono reflexivo.
Bealuna asintió.
— No sabemos si este artefacto usa solo la información que compartimos o si posee conocimiento propio. Nadie sabe quién lo creó. Ya estaba aquí cuando se estableció el campamento. Fue la Reliquia Bendita más fácil de encontrar.
Dante guardó silencio, pensativo.
La descripción del artefacto mencionaba que compartía información con todas las almas que se encontraran en la parte baja, media y alta de Nullaria.
Sabía perfectamente que ellos estaban en la parte baja… y que la Superficie debía ser la parte media.
Pero… ¿la parte alta?
Eso era un misterio para el que nunca había encontrado respuesta.
Entonces, el mensaje de Dante y Bealuna se difundió como una onda expansiva.
La existencia tangible de los Siete Terrores, el hecho de que podían ser confrontados — y tal vez superados —, y que Dante Montenegro, un recién llegado, había sido el primero en acabar con uno de ellos.
Fue un momento que lo cambió todo.
En cuestión de segundos, miles de sobrevivientes quedaron atónitos. Por primera vez, Nullaria dejaba de parecer una condena ineludible y se revelaba como un tablero que, aunque macabro, podía ser comprendido.
Y tal vez, ganado.
La información se propagó como fuego sobre pólvora, encendiendo esperanzas, temores… y nuevas teorías.
Antes de marcharse del Nivel 0, Dante decidió recoger algunos Frutos Lunares. Sabía que serían útiles en caso de problemas.
Bealuna lo observó con una mezcla de orgullo y respeto. Aquel muchacho era diferente. Pocas veces había conocido a alguien tan meticuloso, tan consciente de todo incluso en medio del caos. No hizo falta decir nada más.
Algo empezaba a cambiar dentro de ella.
Luego de compartir sus recuerdos en el Corazón de Nullaria, ambos comenzaron a caminar durante un largo rato, dejando el Bosque Lapislázuli y campamento Edén atrás.
El sendero que seguían se perdía entre colinas de un tono azul grisáceo, como si la tierra hubiese absorbido parte del cielo. A medida que ascendían, el aire se volvía más seco, y la vegetación escasa cedía paso a una meseta semi desértica, iluminada por una luz blanca sin sol.
Fue entonces cuando Dante distinguió una carretera. Ancha, vacía, sin señales ni autos. El pavimento agrietado parecía llevar siglos sin uso. A su derecha, serpenteando entre las colinas, se extendía hacia el horizonte. A su izquierda, el terreno descendía levemente; era más árido, desértico, y se observaban restos de estructuras oxidadas que el viento erosionaba sin pausa.
— ¿Y hacia allá? — preguntó Dante, señalando hacia el extremo izquierdo de la carretera.
Bealuna entrecerró los ojos.
— No lo sé. Aún no he participado en ninguna misión que me haya llevado a esa parte. Nosotros iremos hacia la derecha.
Caminaron durante casi dos horas siguiendo la ruta silenciosa. Aprovecharon ese tiempo para compartir historias mundanas. No podían evitar sentir una dulzura extraña en cada recuerdo: era parte del efecto de devorar Frutos Lunares.
Bealuna comentó que lo que más extrañaba de la Tierra en ese momento era una buena pizza, a lo que Dante sonrió, señalando que en Nullaria abundaban objetos extraños, pero algunos recordaban a cosas terrestres.
— Como esto — dijo, mostrando su Fruto Lunar a medio comer.
Bealuna río, señalando lo extraño que eran esas frutas.
— Es como si comiéramos una naranja… o una mandarina — dijo, observando la pulpa luminosa.
— Odio las mandarinas con toda mi alma — replicó Dante con seriedad fingida.
Bealuna lo miró, divertida.
— ¿Y me dices eso mientras comes algo que sabe exactamente a mandarina?
— Mi mente aún no logra clasificarlo — respondió él con tono solemne —. Prefiero vivir en esa ignorancia, así que no hablaremos más del tema.
Las carcajadas de Bealuna resonaron en la carretera vacía. Dante añadió que el olor y sabor a mandarina solo aparecía cuando se comían demasiados Frutos Lunares.
Bealuna soltó una risita leve.
— Es muy gracioso que alguien odie las mandarinas.
Dante se encogió de hombros avergonzado.
Bealuna sonrió, pero su expresión cambió al mirar al frente.
— Parece que finalmente llegamos — dijo en voz baja.
Ante ellos apareció la boca oscura de un túnel. Enorme, como si una montaña hubiera sido devorada desde dentro.
A un lado, oxidado y cubierto de polvo gris, colgaba un cartel metálico torcido. Aún podían leerse unas palabras en pintura roja desgastada:
"PROHIBIDO ENTRAR FUERA DEL MEDIODÍA. SIN EXCEPCIONES."
Dante se detuvo a leerlo en voz alta.
— ¿Qué significa eso? — preguntó, girándose hacia Bealuna.
Ella tomó aire y comenzó a hablar, casi como si supiera que estaba por narrar algo largo.
— Cuando llegué a Nullaria, caí en el Nivel -1. Un laberinto de escaleras infinitas. Un lugar extraño… todo eran escaleras en direcciones imposibles. Es fácil perderse ahí, pero yo tenía una ventaja. La runa de la Buena Suerte fue una bendición. Me guiaba. Veía una especie de aura dorada sobre la escalera correcta, como si me dijera por dónde seguir.
— ¿Cuánto tiempo estuviste atrapada ahí? — preguntó Dante.
— Unos cuantos minutos. Tal vez menos. Encontré una puerta roja, y al abrirla me encontré con el Nivel 101. Y ahí conocí al Lobo Rojo.
Dante comentó que el hecho de que Bealuna hubiera empezado en el Nivel -1 decía mucho sobre sus acciones terrenales.
Bealuna asintió, pensativa.
— Supongo que sí… — dijo con una mueca amarga —. Muchas veces tuve pensamientos suicidas… o pensé en envenenar a mi ex. Supongo que esa fue la razón por la que Nullaria me hizo caer ahí y no en el Nivel 1. La evaluación de mi alma no resultó ser tan noble después de todo.
— ¿Lobo Rojo es el campamento que se instaló en este nivel? — preguntó Dante, intentando cambiar el tema.
— Sí — respondió Bealuna, volviendo en sí —. Aunque hay facciones en muchos niveles, algunas más amigables que otras. El Lobo Rojo me recibió bien. Habían levantado un asentamiento en una zona que llaman el Vecindario de los Ecos. Un lugar muy peculiar. Muchas casas lindas, perfectamente conservadas, alineadas a lo largo de esta misma carretera. Todo es… demasiado perfecto.
Hizo una pausa.
— Y sin embargo, las casas no estaban vacías.
Dante arqueó una ceja.
— Pero… espera, ¿qué tiene que ver todo eso con el cartel?
Bealuna sonrió, avergonzada.
— Disculpa, me fui por las ramas. Todo tiene que ver con este cartel.
Bealuna soltó una carcajada leve.
Verás… Este túnel se encuentra justo en la entrada del vecindario. Por mucho tiempo, nadie que entraba volvía. Decían que era una trampa dimensional, que el túnel te absorbía. Cuando llegué, vi una barrera de energía verdosa. No me impedía el paso, pero… me sugería no entrar. Como si mi runa me advirtiera algo.
— ¿Y cruzaste igual? — preguntó Dante.
— No. Pero un día… exactamente al mediodía, la barrera desapareció. Lo sentí… como un permiso. Crucé. Caminé por una hora sin ver nada extraño. Un túnel de carretera, iluminado por lámparas polvorientas cada tantos metros. Ni criaturas, ni distorsiones… nada. Y al final, salí a este punto. Lo que se consideraría las afueras del Bosque Lapislázuli. Así fue como conocí el campamento Edén.
Dante asintió lentamente, intentando ordenar las piezas.
— ¿Crees que el túnel cambia de nivel según la hora del día?
— Es posible — respondió Bealuna —. Creo que fuera del mediodía… pertenece a algo más. Tal vez a un nivel negativo. Tal vez a algo peor. Pero exactamente al mediodía… parece actuar como un nexo seguro entre el Nivel 0 y el 101.
— Y por eso decidiste poner este cartel.
— Exacto. No podía quedarme de brazos cruzados. Tenía que advertir a otros.
Hizo una pausa, bajando la voz.
— Todo esto me hizo pensar en la verdadera función de las runas… ¿Están hechas para que uno solo de nosotros escape de Nullaria, o para unirlas junto a otros y lograrlo juntos?
El silencio se impuso por unos segundos.
Bealuna lo comentó como una simple curiosidad, pero en Dante provocó un estremecimiento.
Aquella suposición de Bealuna nunca había aparecido en ninguna de sus regresiones pasadas. Una nueva pero pequeña variante se había presentado.
— ¿Y si esa fuera la verdadera función de las runas…? — murmuró, confuso, casi para sí mismo.
Bealuna continuó.
— Lo extraño es que coloqué este cartel hace unos días, y luce como si hubiera estado aquí durante siglos…
Miró el metal oxidado.
— Pareciera como si el tiempo transcurriera diferente entre los niveles.
Ese comentario trajo a Dante de regreso a sí mismo.
— ¿Ya será mediodía? — preguntó, mirando la entrada del túnel. A sus ojos solo veía oscuridad, un túnel normal, sereno.
Bealuna, en cambio, veía la barrera verdosa que había mencionado. Negó con la cabeza.
— Aún no. Debemos esperar un poco.
Dante se sentó sobre el asfalto y le señaló con la cabeza.
— Mencionaste que las casas del Vecindario de los Ecos no estaban vacías… ¿quiénes las habitan? — preguntó con fingida intriga.
Bealuna cruzó los brazos, observando el horizonte.
— Entidades. Los llaman Ecos. Son como reflejos de humanidad. Amigables, atentos… te ofrecen comida, un techo. Algunos te regalan cosas, otros simplemente te invitan a conversar psíquicamente. Siempre están dispuestos a hablar, siempre y cuando no les preguntes nada sobre los otros niveles o sobre cómo salir de Nullaria. Si lo haces, se cierran o te ignoran. Y si los atacas… cambian. Se deforman, se vuelven violentos. Como si se rompiera una ilusión.
Se desperezó un momento y continuó.
— Por eso el Nivel 101 está clasificado como de Dificultad de Supervivencia clase 1 — continuó —: tolerable. La hostilidad depende de cómo te comportes. Si eres prudente, puedes vivir ahí sin mayores problemas. Hay rutas de salida muy claras, como este túnel… aunque algunas casas del vecindario también esconden objetos, ventanas o puertas que pueden llevarte a otros niveles.
Dante frunció el ceño, pensativo, fingiendo sorpresa. En realidad, ya sabía todo eso.
Justo cuando Bealuna iba a sentarse junto a él, notó algo en el aire. Su expresión cambió, primero con sorpresa, luego con una calma expectante.
— Ya es hora… — murmuró —. La barrera desapareció.
Dante se puso de pie, mirando hacia la entrada.
Ante ellos, el túnel los esperaba: una boca oscura y silenciosa, como si hubiera estado aguardando exactamente ese instante.
El viento cesó. Ni un sonido, ni un pájaro, ni un eco de vida.
Sin decir más, ambos cruzaron el umbral.
Y la oscuridad los tragó sin ruido.
Avanzaron en silencio, alerta cada uno a su modo, con el eco de sus pasos rebotando bajo la bóveda de concreto.
Cada tantos metros, una lámpara polvorienta chispeaba, bañando las paredes en una luz amarillenta y enfermiza. No había distorsiones. No había entidades. Solo el sonido de su respiración y la sensación constante de que el túnel se estiraba más de lo que debería.
A mitad de camino, Dante se detuvo. Algo bloqueaba parcialmente la ruta.
Una masa gelatinosa, transparente, respirando con lentitud. Sus bordes se adherían al suelo, pulsando débilmente, como si tuviera vida. En su interior, flotando inmóvil, había un teléfono moderno con la pantalla agrietada.
— ¿Qué carajos es esa masa gelatinosa? — preguntó Dante, frunciendo el ceño.
— ¿Masa gelatinosa? — replicó Bealuna con una expresión de repulsión —. Yo lo veo como una larva oscura, cubierta por una baba amarillenta, y tiene ojos diminutos. Está sangrando.
Dante la miró, desconcertado.
— ¿Sangrando? Yo veo una masa transparente con algo en el estómago… parece gelatina.
Bealuna se apartó un poco hacia atrás con asco.
— Quizás sea tu percepción — murmuró —. Lo que ves depende de eso. Tal vez estamos viendo el mismo objeto, pero desde frecuencias distintas.
Dante soltó una breve risa seca.
— Frecuencias, vibraciones… da igual — respondió encogiéndose de hombros.
Sacó su espada oxidada y hundió el filo en la masa. El sonido fue espeso, casi orgánico. El teléfono cayó al suelo con un plop húmedo, cubierto de sustancia viscosa. Dante lo limpió contra el pantalón, sin darle mayor importancia.
Una breve proyección vibró en su retina, mostrándole la descripción del objeto:
[Teléfono móvil – Categoría Simple]
Otorga a su portador la capacidad de comunicarse, como si fuera un radio, con cualquier nivel de Nullaria.
Puede grabar videos de hasta 30 segundos.
Solo tiene dos canales de comunicación: 1 y 2.
Necesita recargarse al final del día.
Dante arqueó una ceja.
— Es un teléfono móvil — murmuró sorprendido.
Luego extendió la mano, y con solo pensarlo, su espacio de Almacenamiento Dimensional se desplegó frente a él: una retícula holográfica flotante, compuesta por cientos de cuadros luminosos. Algunos estaban vacíos; otros contenían los Frutos Lunares que había recolectado en el Bosque Lapislázuli. Los guardaba como reserva, por si necesitaba reponer energía o curarse de heridas.
Colocó el teléfono entre ellos y cerró el inventario, que se desvaneció con un leve destello.
Bealuna seguía inmóvil, observándolo con horror.
— ¿Estás bien? — preguntó Dante, esbozando una sonrisa confusa —. ¿Te impresionó mi habilidad?
Bealuna parpadeó varias veces antes de responder, con la voz apenas audible.
— Vi… sangre. Tripas. Como si hubieras destripado a un ser vivo sin pestañear. Y tú ahí, tan tranquilo.
Dante se encogió de hombros.
— Bueno, para mí era solo una masa gelatinosa — dijo con una risita corta.
Bealuna intentó recomponerse mientras continuaban avanzando.
— Ese teléfono… es de alguien del campamento Lobo Rojo — dijo al fin, bajando la voz —. Nosotros usamos esos para comunicarnos. Los encontramos en las casas del vecindario junto con muchos otros objetos útiles, pero deben recargarse al final del día… o del ciclo, supongo. Nunca sabemos si realmente pasan veinticuatro horas cuando saltamos entre niveles. El tiempo cambia constantemente entre las dimensiones de Nullaria.
Hizo una pausa.
— Lo bueno es que funcionan igual que los del mundo real. Pero este… parece muerto. Sin batería. Lo llevaremos con Matilde, la líder del campamento. Tal vez pueda sacar algo útil de él… o averiguar qué pasó aquí. Si alguien entra fuera del mediodía, ignorando mis advertencias, probablemente ya no esté con vida.
Dante asintió, guardando silencio. Recordaba vagamente rumores sobre ese túnel: se decía que uno de los Siete Terrores de Nullaria habitaba dentro fuera del mediodía. Nunca supo si era verdad… pero el pensamiento lo inquietó más de lo que quiso admitir.
Poco a poco, una luz tenue comenzó a filtrarse desde la distancia. La negrura del túnel retrocedió.
Y entonces, salieron al exterior.
Ante ellos se extendía un vecindario suburbano perfectamente simétrico: casas grises de dos pisos, estilo cottage, alineadas como copias exactas. Los jardines estaban impecables, las ventanas limpias, los buzones relucientes. A lo lejos, una plaza vacía, con un mástil sin bandera y bancos cubiertos por una neblina fina.
Tanto el cielo como el paisaje parecían haber sido drenados de toda vitalidad.
— Ese es el corazón del campamento — dijo Bealuna, señalando hacia la plaza —. Vamos allá.
Su retina parpadeó con una línea de texto que apareció con la evaluación del nivel:
[Nivel 101: Eje -X. Clase 1 – Dificultad de supervivencia: Tolerable]
Presencia ocasional de entidades no agresivas.
Los peligros son mínimos o fáciles de evitar.
La hostilidad depende, en general, del comportamiento humano.
Se puede sobrevivir con precaución.
Existen varias rutas de salida identificables.
Fin del Capítulo Seis.