Nivel “???”: Respeto
Una vez más, Dante despierta de su inconsciencia sujetando su cabeza. Reconoce los síntomas de la Vazmentia: ese estado en donde la conciencia se disuelve, se desconecta de la realidad, y el alma era arrancada del plano actual para ser arrojado al azar a otro de los niveles de Nullaria.
Sujetando su cabeza, se incorporó lentamente. A su alrededor, un espacio completamente blanco, sin horizonte ni vértice. No había arriba ni abajo. Solo espejos sin marcos, de múltiples tamaños. Algunos flotaban. Otros parecían clavados en lo que podría ser el suelo. Algunos se movían, otros permanecían estáticos.
Tras dar unos cuantos pasos, confundido, se dio cuenta de que ninguno reflejaba lo que debía. Uno lo mostraba como un niño. Otro, como un anciano decrépito. Otro simplemente lo ignoraba, como si su existencia fuera una anomalía.
Tras un parpadeo, una inscripción se reveló en su retina, informando la descripción del nivel actual:
[Nivel “???”: Eje -Y. Clase 5 - Dificultad de supervivencia: Inferno]
Los registros sobre este nivel son escasos o casi inexistentes.
La documentación hallada hasta ahora resulta poco fiable y contradictoria.
El acceso está restringido a ciertas almas, y se rumorea que solo aquellos con habilidades especiales pueden llegar hasta aquí.
Hasta el momento, el único método conocido para alcanzarlo es a través de Vazmentia.
La muerte está prácticamente asegurada.
Se desconoce si existe una salida.
Dante respiró hondo. Controlar su miedo era clave en este nivel. Reconoció el lugar de inmediato gracias a sus regresiones. Este era un nivel sin coordenadas, sin estructura, sin sentido fijo. No había puertas. No había techos. No existían leyes físicas. Solo la sensación de estar dentro de un espacio vivo, que lo observaba y mutaba constantemente.
Este era el reino de uno de los Siete Terrores de Nullaria.
Abrió la boca para hablar, pero no emitió sonido alguno. El habla se había desvanecido. No era doloroso. Era como si su voz nunca hubiese existido. Sabía que este tipo de nivel tenía fama de ser lugares corruptos, fuera de toda lógica. El nivel de amenaza era extremo, no solo por las Pesadillas que lo habitaban, sino porque la información era casi inexistente.
Por suerte — si es que esa palabra aún significaba algo —, nada había cambiado desde su última regresión. Lo reconfirmó al intentar hablar. Y, más importante aún: en este nivel encontraría a Bealuna. Su gran amor. La única que había logrado hacer florecer en él una esperanza auténtica en medio del horror.
Recordar esto hizo que la tristeza volviera a su rostro, pues esta era una nueva regresión… y Bealuna no lo conocía aún. Todo debía comenzar de nuevo. Tenía que reconstruir la relación desde cero. Cada gesto, conversación y acción sería un “primer encuentro” para ella.
Pronto, su tristeza fue sustituida por un estado de alerta. Los susurros habían comenzado.
— “No vale la pena…”
— “Ríndete…”
— “Sí… ríndete… ríndete…”
— “Nadie va a ayudarte…”
— “Quédate a jugar con nosotros…”
— “Para qué luchar…”
— “¿No sería mejor si te rindes…?”
Las voces no provenían del exterior. Resonaban dentro de su mente, entrelazadas como un eco constante. Los Susurradores. Pesadillas que se alimentaban de la desesperanza. No buscaban carne. Buscaban voluntad. Rompían el espíritu hasta que el cuerpo se entregaba.
Dante ya los había visto antes, y también podía percibirlos ahora. Su percepción espiritual, ligeramente más elevada, le permitía distinguirlos apenas como formas irregulares, translúcidas. Eran figuras humanas a medio formar, sin rostro, sin nombre, sin compasión, desplazándose al azar por el aire, siempre justo más allá del campo de visión.
Sería él mismo quien, tras sobrevivir a esta batalla, los bautizaría como Los Susurradores en su informe de reconocimiento para Edén.
Solo tenía que ignorarlos. No dejarse afectar por sus palabras. Respirar. Caminar con calma. Siempre en línea recta, aunque la mente dijera lo contrario. Aunque sintiera que subía por una pared o caminaba sobre un techo. La gravedad aquí era una broma cruel. El espacio se plegaba, se retorcía. El nivel se reía de ti en silencio.
Tras un largo caminar sin cruzarse con otra alma, lo sintió.
No era un sonido.
No era una criatura.
Era un vacío.
Un hueco invisible en el aire que lo obligó a agachar la cabeza. Su cuerpo reaccionó por instinto, como si reconociera que debía inclinarse ante algo.
Un nuevo vacío, silencioso y resplandeciente, lo envolvió todo. Y de pronto, como si el mismo tejido de la realidad se desgarrara, se desplegó un entramado de pliegues dimensionales: líneas de luz que serpenteaban como hilos multicolores, girando en espirales infinitas, entrelazándose, separándose y replegándose sobre sí mismas. No había muros ni cielo ni suelo, solo un campo de existencia inestable, como si cada fragmento del espacio intentara escapar del siguiente.
Dante se vio a sí mismo de pie sobre lo que apenas pudo reconocer como una baldosa blanca suspendida en el vacío, que mutaba constantemente a su alrededor. Fue entonces cuando notó que no estaba solo. Eran en total un centenar de almas las que se hallaban dispersas alrededor, cada una inmóvil sobre una losa similar, distribuidas como piezas de un tablero cósmico imposible.
Algunos se tapaban los oídos, intentando silenciar las voces de los Susurradores. Otros lloraban en silencio. Varios abrían la boca para gritar, aunque ninguna voz se alzaba, ni el más mínimo sonido emergía. Algunos se observaban entre sí, desesperados, sin atreverse a moverse un milímetro de sus baldosas, buscando una conexión que los anclara a algo real.
Pero en este nivel, el miedo y la desesperación eran los peores enemigos. Erosionaban la percepción, disolvían la voluntad, hasta quebrar incluso el alma.
Entonces, sin advertencia, surgieron rayos de luz violeta desde todas direcciones. Se enroscaron con una lentitud imposible, girando como serpientes de energía que parecían desafiar cualquier ley conocida. En el centro de esa danza caótica se formó una figura humanoide: una silueta encapuchada, cubierta por una túnica larga del mismo violeta intenso. Su rostro no se distinguía. No empuñaba armas. No se movía. Solo observaba en silencio. Permanecía allí, en el punto exacto donde los pliegues dimensionales convergían, como si el propio universo se esforzara por no rozarlo.
El vacío pronto se tiñó de púrpura, pero la luz se curvaba a su alrededor, negándose a tocarlo, como si incluso la realidad misma temiera su presencia.
A ese ser se lo conocía como Respeto, el séptimo en la jerarquía de los Siete Terrores de Nullaria.
Aunque todo parecía sumido en un silencio absoluto, los murmullos de los Susurradores comenzaron a expandirse, penetrando la mente de cada sobreviviente. Su acoso se intensificó, y las frases se deformaron en susurros crueles, repetidos como mantras venenosos:
— “No vas a salir de aquí…”
— “Eres el error…”
— “Mira cómo tiemblas…”
— “Deja de fingir que mereces vivir…”
Eran tantas voces, que se entrelazaban hasta volverse una sola: la voz del terror puro.
Algunos cayeron de rodillas. Otros se aferraban a su baldosa como náufragos a una tabla, con los ojos cerrados con fuerza. El miedo había roto las defensas de muchos.
Pocos comprendían que, en este nivel, cuando la percepción espiritual caía demasiado, las entidades se volvían aún más imperceptibles a los ojos humanos… pero no por eso menos reales. Al contrario: los que ya no podían verlas eran los más vulnerables. Las sentían. Las padecían. Sombras sin forma que rozaban su piel, que exhalaban sobre sus nucas, que murmuraban dentro de sus pensamientos. Algunos percibían el peso de algo sentado sobre sus espaldas, otros el roce de una garra invisible deslizándose por su cuello, mientras una risa hueca resonaba entre sus propias ideas.
Y en medio de esa atmósfera asfixiante… apareció ella.
Su figura se balanceaba suavemente mientras caminaba sobre el vacío, como si lo imposible no la afectara en absoluto. Llevaba un vestido blanco suelto que ondeaba con gracia en una brisa inexistente, su trenza rubia oscilando en todas direcciones, y un pequeño arco dorado brillando entre sus dedos.
Sus pasos no producían sonido. Su presencia, en cambio, sí: irradiaba una calidez que cortaba el frío de la desesperación.
Algunos sobrevivientes la miraron confundidos, otros apartaron la vista, creyendo que era otra ilusión destinada a quebrar sus mentes. Pero Bealuna no se detuvo. Continuó caminando con paso firme, murmurando una melodía inaudible mientras avanzaba directamente hacia donde se erguía Respeto.
Dante no se movió.
No por miedo.
No por asombro.
Sino porque ya lo sabía.
Lo había visto antes.
En cada una de sus regresiones, había aprendido que, mientras su percepción espiritual permaneciera tan baja, acercarse a ella o intentar intervenir solo lo condenaría.
La percepción de Bealuna, en cambio, brillaba ahora mucho más fuerte que la suya.
Todavía no estaba listo.
Además, no debía interferir. No hasta que ella lo encontrara.
Porque solo Bealuna podía reconocer dónde se escondía Respeto.
Con una serenidad imposible, Bealuna alzó su arco y tensó la cuerda.
Pero no apuntó hacia el ente encapuchado frente a ella.
Sus ojos se fijaron en un punto distante: un sobreviviente arrodillado, temblando, llorando en silencio.
Y sin vacilar, disparó.
La flecha, cargada con una energía cálida y precisa, surcó el aire y se clavó directo en el pecho del hombre.
Él dejó de llorar.
Levantó la cabeza.
Y sonrió.
— “Mira nada más quién ha elevado su percepción…” — gruñó Respeto, su voz resonando como una carcajada reverberante que no provenía de ningún punto exacto —. “Qué interesante.”
Su silueta ladeó la cabeza, sonriendo con deformidad, mirando a Bealuna directamente a sus ojos.
Desapareció unos segundos después, dejando a todos en un silencio aterrador.
En el centro, el cuerpo de Respeto — esa parca inmóvil que había permanecido observando — se deshizo como una capa vacía, revelando que no era más que un señuelo.
Del espacio que ocupaba, una nube violeta comienza a expandirse.
Densa. Viscosa. Maligna.
Dentro de ella, comenzó a surgir su verdadera forma.
Una gema de color violeta resplandeció en el aire, girando lentamente sobre sí misma, irradiando un poder que distorsionaba el espacio circundante.
Dante se quedó sin aliento.
Sabía lo que era.
Esa era la Piedra Divina que debía obtener.
Recordaba este momento: en sus regresiones anteriores, justo después de verla, Respeto adoptaba su segunda forma.
Las nubes violetas comenzaron a multiplicarse, extendiéndose como tentáculos etéreos por todo el lugar, envolviendo rápidamente la piedra.
Bealuna permanecía quieta, observando todo en calma.
La gema fue cubierta por una sustancia pulsante que se contrajo hasta formar un corazón morado, latiendo dentro del humo espeso.
Entonces, los sobrevivientes — ya al borde del colapso — lo vieron.
Desde diferentes rincones del nivel, siete cráneos flotantes surgieron, rotando sobre sus ejes, envueltos en llamas violetas.
Atravesaban los pliegues dimensionales como si fueran cortinas de humo.
No seguían leyes físicas, ni distancias, ni direcciones.
No obedecían al tiempo ni al espacio.
Eran presencias absolutas.
Cada cráneo abrió su boca y comenzó a absorber un humo violeta que emanaba de los cuerpos de los sobrevivientes: el miedo. A que los consumía.
Era un alimento apetitoso.
Los siete cráneos convergieron alrededor del corazón central, fundiéndose en un solo lamento que no pertenecía a este mundo.
Y así, de esa unión, nació la entidad: una masa informe de oscuridad palpitante, saturada de cráneos que flotaban en su interior como atrapados en un fango luminoso.
El corazón latía en el centro de esa amalgama, oculto pero omnipresente.
La percepción del entorno comenzó a distorsionarse. El aire se dobló.
Las estructuras temblaron.
El espacio entero se quebró con un rugido silencioso.
Y entonces, los pliegues dimensionales colapsaron tras un destello cegador.
Cuando la luz cedió, el escenario había cambiado por completo.
Un cementerio infinito, sin horizonte, se extendía ante ellos.
Las baldosas bajo los pies de los sobrevivientes habían desaparecido.
Ante ellos, miles de lápidas abiertas emergían del suelo, formando un mosaico de tumbas que se perdía en la distancia.
Todos estaban de pie frente a una tumba abierta, y en cada lápida, grabado en piedra recién formada, aparecía un nombre.
El suyo.
Dante observó la suya.
Ya la había visto antes.
Cientos de veces.
Y aun así…
Nunca dejaba de sorprenderlo.
Nunca dejaba de sentirse real.
Los sobrevivientes contemplaban la escena en silencio.
Y al sentir, por fin, el suelo firme bajo sus pies, creyeron que habían alcanzado algo parecido a estabilidad.
Pero esa sensación se desvaneció en el mismo instante en que alzaron la mirada.
Allí estaba Respeto, suspendido en el aire.
Su figura encapuchada ya no existía.
En su lugar se alzaba una entidad viva, compuesta por cráneos giratorios y un corazón púrpura que latía dentro de una nube viscosa.
Cada pulsación distorsionaba el aire, provocando una vibración que calaba hasta los huesos.
El Terror se alimentaba de los miedos de todos: crecía con cada suspiro, con cada temblor, con cada pensamiento de rendición.
El horror volvió a sus rostros.
Una desesperanza que ni siquiera el instinto podía ocultar.
Y sin embargo, Bealuna permanecía serena.
Inmóvil.
Incluso frente a lo imposible.
Alzó su arco dorado, la cuerda tensada, apuntando al centro mismo de la amalgama.
Pero antes de que soltara la flecha, Dante la detuvo.
Su mano temblorosa se posó sobre la suya.
Él sabía que era inútil.
Respeto no podía ser herido de esa forma.
Pero no era eso lo que lo había impulsado.
Era algo más profundo.
Una necesidad brutal de hacerse notar.
De decirle — aunque fuera con un gesto, con una mirada — que estaba junto a ella.
Tan cerca.
Tan viva.
Tan real.
Aunque en esta regresión… ella aún no lo conocía.
Todo debía nacer otra vez.
Desde cero.
Bealuna lo miró, sobresaltada.
No comprendía quién era aquel hombre que interfería.
Su mirada era confusa, pero no hostil.
— ¿Quién eres? — preguntó, con la voz firme pero teñida de duda.
Dante intentó responder.
Abrió la boca… pero no salió sonido alguno.
Nada.
Ni una sílaba.
Solo el aire quebrado de su frustración.
Con señas, trató de hacerle entender que necesitaba un arma.
Algo con qué luchar.
Ella frunció el ceño, mirándolo con una mezcla de desconcierto y curiosidad.
A lo lejos, los sobrevivientes cargaban contra la entidad: golpes, hechizos, gritos, destellos.
Todo inútil.
Cada intento era devorado por el humo violeta.
Bealuna lo observó un momento más, hasta que pareció comprender sus gestos.
Sus ojos se suavizaron.
Con calma, señaló el suelo frente a él.
— Ahí. — dijo con firmeza —. Toma esa espada.
Dante parpadeó, fingiendo confusión.
Miró al suelo.
No veía nada.
El aura de Bealuna comenzó a envolverlo.
Una niebla incolora, con la consistencia del vapor que surge de algo caliente, lo cubrió suavemente.
— Está ahí — repitió ella —. Solo… enfoca. Concéntrate.
Dante lo intentó.
Respiró hondo.
Enfocó sus ojos.
Pero seguía sin ver nada.
Bealuna era portadora de la runa de la Buena Suerte.
Su mera presencia distorsionaba la fatalidad, abriendo caminos donde no debía haberlos.
Y esa suerte… sin que ella lo supiera, se estaba extendiendo hacia él.
No de forma deliberada.
No con intención.
Sino por su mera cercanía.
Por estar ahí.
Y eso bastó.
Algo en Dante se encendió.
Una chispa cálida, imposible de contener.
Un recuerdo de lo que fue.
Del motivo por el que seguía respirando, aún dentro del infierno.
Bealuna.
El deseo de protegerla.
El amor silencioso.
Las ganas brutales de abrazarla con todas sus fuerzas.
De recordarle todo lo importante que era para él.
La necesidad — aunque mínima — de seguir existiendo solo para verla sonreír una vez más.
Y en ese instante, su alma vibró.
Apenas un poco.
Pero lo suficiente.
Los Susurradores se callaron.
El ruido del Terror se desvaneció.
Frente a él, el espacio comenzó a recomponerse.
Millones de partículas doradas flotaban en el aire, revelando lentamente una espada que siempre había estado ahí, oculta tras los velos del miedo.
Porque no se trataba de la espada en sí.
Era de ella.
De ese instante compartido.
De ese reflejo de humanidad que solo podía renacer a través de Bealuna.
Esa interacción — pequeña, inevitable, casi idéntica cada vez — era la única forma de despertar lo que había perdido tras su anterior muerte.
La única forma de recordar quién era.
Porque ver no es igual que estar listo para ver.
Y hasta ahora, no lo estaba.
El acercamiento tenía que ocurrir.
Sentirla cerca.
Recordar — aunque solo por un instante — por qué aún seguía luchando.
Solo entonces su percepción se elevó.
Solo entonces pudo ver.
No del todo.
Pero sí un poco más que antes.
Suficiente para recoger esa espada.
Suficiente para dar el primer paso con confianza renovada.
Con la espada en su mano, ambos observaron el desastre.
Los demás sobrevivientes eran masacrados sin piedad.
Uno tras otro, caían ante la influencia del Terror.
En el centro de la amalgama de cráneos y humo púrpura, un núcleo palpitante lanzaba pulsos de energía oscuros y vibrantes.
Una frecuencia que no se oía, pero se sentía.
Una vibración que se alimentaba del miedo, del temblor, del deseo de huir.
— Para ser honesta… lo sé. — murmuró Bealuna —. No hay que luchar con fuerza física. Eso no sirve. Y Eso es lo que él quiere.
Hay que mantener la mente clara. La voluntad firme. Y… supongo que atacar el núcleo.
Dante la escuchó sin apartar la vista del centro de la criatura.
Cada pulso del núcleo parecía medir el tiempo de la desesperanza.
— Cuanto más te acerques a esa cosa — continuó ella —, más fuerte será su influencia.
Respeto. Miedo. Rendición. Lo verás tú mismo.
El aire comenzó a quebrarse.
El cementerio se descomponía.
Las lápidas se difuminaban en un blanco viscoso.
Del suelo surgían líneas negras que se cruzaban sin sentido, creando figuras geométricas imposibles que confundían la vista, buscando entorpecer los sentidos.
Dante apretó la espada.
No temblaba.
Pero dentro de él, algo se agitaba.
El recuerdo de todas sus muertes.
De ver su tumba cientos de veces.
De ver morir a Bealuna, una y otra vez.
Y aun así, como en cada ciclo, no pensaba retroceder.
Avanzó.
Con una seña, indicó a Bealuna que se quedara atrás.
Ella lo miró con sorpresa, pero no lo detuvo.
Los otros supervivientes seguían siendo devorados por el pánico.
Algunos gritaban, otros imploraban clemencia.
Sus cuerpos se deshacían en polvo, y sus miedos se amplificaban por el acoso de los Susurradores.
El aura purpura de ese terror ascendía como humo… y era absorbida por Respeto.
La entidad giró hacia Dante.
Reconoció su intención asesina.
Y se acercó, colosal, repleta de cráneos que gritaban sin sonido, como una provocación.
Respeto solo atacaría si era atacado.
Dante corrió hacia el Terror con los dientes apretados.
El odio lo empujaba.
La impotencia lo consumía.
La violencia era su vieja compañera, su lenguaje más puro.
Durante años había aprendido que proteger significaba destruir primero.
Se detuvo de golpe y lo miró fijamente, los músculos tensos, el alma encendida.
Sintió ese impulso de matar.
De justificarlo todo con una causa: justicia, defensa, supervivencia.
Lo había hecho antes.
Muchas veces.
En su vida delictiva en la Tierra, y en Nullaria.
Y ahora, al ver cómo Respeto aniquilaba sin piedad a cada ser vivo a su alrededor, ese odio se reafirmaba.
Esa convicción se hacía más fuerte.
“Atacar primero. Proteger destruyendo. Es la única manera.”
No importaba cuántas veces había muerto y regresado a este mismo punto: no lograba evitar que esos sentimientos afloraran.
Casi por instinto levantó la espada con su brazo tembloroso, como si su propio cuerpo le suplicara que no lo hiciera.
Iba a hacerlo.
Pero entonces… algo lo atravesó.
Una voz. Una escena. Un recuerdo.
***
Su padre borracho.
La cocina a oscuras.
El grito seco de su madre al recibir un golpe seco en su rostro.
El sonido de un vaso estrellándose contra la pared.
Melissa, su hermana pequeña, temblando bajo la mesa, con las manos sobre los oídos.
Y él, con apenas nueve años, mirando desde el dintel de la puerta, sujetando su viejo osito. Paralizado.
Sin moverse.
Sin intervenir.
Sin atreverse a hacerlo.
***
La realidad lo arrastró de regreso al escenario imposible.
Respeto lo observaba. Aguardaba su próximo movimiento.
Dante recordó la promesa que se había hecho aquella noche.
Que nunca más permitiría eso.
Que jamás volvería a quedarse quieto ante el abuso.
Que proteger significaba atacar antes de ser atacado.
Que la violencia era el escudo, el idioma, el camino.
Esa promesa lo había definido.
Lo había convertido en lo que era.
En un ladrón.
En un luchador.
En alguien que atacaba primero para no volver a sentirse impotente.
Pero ahora, frente a la encarnación misma del miedo, comprendió algo.
Que el respeto no se gana con control.
Ni con castigo.
Ni con miedo.
Respeto no era someter.
Era reconocer la vida.
Aceptar el dolor sin replicarlo.
Romper el ciclo que lo había formado.
Y entonces, la imagen sonriente de Bealuna cruzó su mente.
Su mirada tranquila.
Su forma de existir sin violencia.
Algo dentro de él peleó por sostener esa imagen, como si fuera lo único real entre tanto caos.
En medio de ese campo anómalo de muerte y almas rotas, Dante entendió.
Y en ese instante, su voluntad dejó de oponerse.
Dejó de pelear contra sus propios demonios.
Dejó de alimentar a la entidad con sus inseguridades y miedos.
La amalgama de cráneos se estremeció, desconcertada.
Los Susurradores enmudecieron, lo notaron de inmediato.
Los cráneos giratorios de Respeto se detuvieron bruscamente, suspendidos en el aire.
Dante se halló justo frente a ellos.
Sintió el peso del silencio.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
No pudo evitarlo.
Los recuerdos ardían en su interior.
La espada cayó al suelo con un sonido seco.
Y él… soltó el aire contenido en un suspiro quebrado.
No fue una decisión racional.
Fue algo que simplemente surgió.
Como si, por fin, su alma recordara lo que su mente había olvidado.
Esa chispa que había sentido antes, en cada vida, en cada intento.
No era rendirse. Era aceptar.
Dante cerró los ojos y dio un paso hacia adelante.
Sin desafiar, sin huir.
Solo se permitió sentir el peso de lo que era — de lo que había sido — y lo aceptó.
Fue entonces cuando todo cambió.
Algunos sobrevivientes seguían siendo atormentados por los Susurradores; otros intentaban entender qué sucedía entre Dante y Respeto.
Bealuna miraba desde la distancia, confundida, con los ojos fijos en él. Completamente muda.
Cenizas doradas comenzaron a dispersarse con suavidad en el viento.
Lentamente, los intimidantes cráneos se desvanecían. Una espesa niebla morada se expandió como una onda expansiva por todo el lugar, arrojando al suelo a Bealuna y a los pocos supervivientes aún en pie. La dimensión, como si ya no tuviera razón de existir, empezó a desmoronarse de la misma forma que Respeto mientras retumbaba.
De entre las cenizas brillantes, algo emergió:
una diminuta figura alada, un hada púrpura.
Flotó hasta él, acercándose con una ternura que desarmaba.
Levantó su mentón con una mano minúscula, observándolo.
Sus ojos, llenos de lágrimas, se encontraron con los de ella.
El hada sonrió. No con compasión, sino con reconocimiento.
Luego desapareció en un destello.
En el lugar donde había estado Respeto, quedó suspendida una piedra violeta, girando lentamente sobre su eje.
La Piedra Divina Violeta vibraba con una luz serena, posándose justo enfrente de Dante.
Dante respiró profundamente una vez más y se secó sus lágrimas.
Extendió la mano tomando la piedra.
En el instante en que la sostuvo, algo despertó dentro de él.
Su garganta vibró.
El vacío que había sentido desde que entró en la dimensión de Respeto desapareció.
Y volvió a escuchar su propia voz.
— Puedo hablar otra vez… — susurró, casi sin creerlo.
Bealuna corría hacia él entre los restos flotantes del mundo colapsado.
Dante guardó la piedra rápidamente en el espacio de Almacenamiento Dimensional de su bolsillo antes de que ella la viera.
A su alrededor, los pocos supervivientes que quedaban — cinco, temblorosos y cubiertos de polvo — miraban con horror el paisaje derrumbándose.
De los casi cien que habían entrado, solo siete seguían con vida.
Un sonido agudo, seco, acompañó el colapso final.
Y entonces, una luz blanca los envolvió por completo.
No hubo dolor.
Solo una sensación de peso, luego firmeza bajo sus pies.
— Estamos… pisando el suelo — murmuró uno de los supervivientes.
— ¿Es la salida?
— No lo sé…
— ¿Dónde estamos ahora? — preguntó otro, todavía con la voz quebrada.
Bealuna giró lentamente, observando el entorno que se formaba ante ellos.
Las luces, los pasillos, el sonido familiar del aire estancado.
Su expresión cambió al reconocerlo.
— Esto es… el Nivel 1 — dijo finalmente.
Dante no respondió.
Solo comenzó a caminar hacia la salida que lo llevaría al Bosque Lapislázuli, donde se encontraba el campamento Edén.
Sus pasos eran firmes, silenciosos.
Bealuna se apresuró a alcanzarlo.
— ¡Oye, eso fue increíble! — exclamó, con una mezcla de asombro y alivio —. ¡Eliminaste a uno de los Siete Terrores de Nullaria! ¿Usaste algún tipo de poder psíquico?
Dante la escuchó, pero su mente seguía vagando en el eco de lo vivido.
Recordó al hada púrpura, su sonrisa, y la sensación de paz que había dejado tras de sí.
Técnicamente… no lo eliminé, pensó.
Lo derroté. Pero su esencia espiritual seguirá aquí, juzgando a las almas.
Nadie podría volver a obtener una Piedra Divina, pues era un objeto único, ya reclamado por él.
Si otros lograban superar el juicio, solo recibirían una elevación de su percepción como recompensa. Es decir una mayor sensibilidad ante Nullaria y sus leyes.
Nada despreciable… pero tampoco lo mismo.
Dante giró ligeramente la cabeza hacia ella mientras caminaban, con los otros cinco supervivientes siguiéndolos a cierta distancia.
— No —respondió con voz serena —. No usé ningún poder psíquico. Solo… tuve suerte, supongo. Mucha suerte.
Lo dijo sin dudar, como si realmente lo creyera. Pero, en el fondo, era solo una forma de tranquilizarla, de darle algo en qué creer después de todo lo ocurrido.
Bealuna sonrió, relajando los hombros.
— Entonces… la suerte estuvo de tu lado — murmuró con una risa suave, casi infantil.
En el fondo, Bealuna pensaba que, siendo la portadora de la runa de la Buena Suerte, había ayudado a aquel desconocido a derrotar a uno de los Siete Terrores de Nullaria. Y esa idea la hizo sentirse especial.
No preguntó más.
Solo siguió caminando a su lado, en silencio, aferrándose a esa sensación.
El aire del Nivel 1 se sentía igual que siempre, pero algo en Dante había cambiado.
En todas las regresiones, tras derrotar a Respeto, siempre terminaba allí.
Hasta ahora, todo seguía igual…
y, sin embargo, no.
En esta regresión había una sensación tenue, casi imperceptible…
como si el ciclo ya no se estuviera repitiendo exactamente igual.
Dante miró el horizonte gris del nivel y apretó los puños.
Había enfrentado a uno de los Siete Terrores de este retorcido mundo.
Había sobrevivido una vez más.
Pero ahora lo sabía con claridad.
Esta vez… sería la última.
La última caída.
La última regresión.
De una forma u otra…
volvería a casa.
Fin del Capítulo Cinco.