Nivel -6: El Corredor de los Testigos.
Tras un descanso que pareció, por primera vez en mucho tiempo, reparador, Sair — líder del campamento Edén — reunió al grupo frente al fuego. Su voz, serena pero firme, resonó con fuerza.
Esa mañana, dividió a todos en equipos. Cada grupo tendría la tarea de explorar un nivel distinto, registrar sus anomalías, buscar señales de otras facciones… y, si la suerte los acompañaba, hallar la Reliquia Bendita o la Reliquia Maldita correspondiente a ese nivel.
El aire estaba cargado de una tensión silenciosa, mezcla de nervios y fe ciega. Para algunos, aquella misión representaba la posibilidad de incrementar su vibración espiritual. Para otros, solo era otro paso hacia la próxima muerte.
Dante, en cambio, se limitó a observar en silencio. Su mente, como siempre, estaba lejos del entusiasmo general. Técnicamente esta sería su primer exploración.
Recordaba lo que significaba enfrentarse a un nivel desconocido. Recordaba las cicatrices que no podían verse.
Por un momento, se perdió en aquel recuerdo…
El fuego del campamento, las voces, la sensación de propósito esta mañana cuando estaban en el Nivel 0. Todo se desvaneció lentamente hasta que solo quedó el sonido de su agitada respiración.
Sacudió la cabeza. Volvió en sí.
Frente a él, tres aberturas aguardaban en la pared de un corredor del Nivel 1. Eran huecos perfectamente circulares, del tamaño suficiente para que una persona pudiera deslizarse dentro. La oscuridad que los llenaba parecía absorber la luz del lugar.
Toboganes.
Dante los reconoció al instante. Esas eran tres salidas del Nivel 1.
El hueco del medio conducía al Nivel 0, el Bosque Lapislázuli. El de la derecha, al Nivel Delta. Y el de la izquierda… al Nivel -6. Su siguiente parada.
Respiró hondo.
— Llegó la hora de regresar al Nivel -6 — murmuró.
Jhan se acomodó su camisa y miró las bocas oscuras con una sonrisa tensa.
— ¿Y si no regresamos?
— Te sugiero que no empieces con ese pesimismo — respondió Vanina, con una sonrisa nerviosa.
Mientras veía a sus compañeros deslizarse, Dante maldijo su suerte. Y una vez fuera del interminable tobogán, sintió cómo la inercia del descenso se disolvía en un silencio pesado. Caminaba despacio, con los pasos firmes y la mente tan oscura como el entorno que lo rodeaba. Los recuerdos de regresiones anteriores emergían poco a poco, arrastrándose desde los rincones de su memoria, como sombras que se negaban a morir.
Recordaba muy bien ese nivel: un corredor que se extendía por kilómetros y se dividía en varios otros para confundir a las personas. Los pasillos estaban flanqueados por un valle rocoso, irregular y serpenteante. No había una fuente de luz visible, y aun así, todo estaba bañado por un resplandor gris y misterioso. El aire tenía un olor nauseabundo a sangre seca que los ponía nerviosos.
Una calma ominosa lo cubría todo. Solo sus pasos rompían la calma.
Las paredes naturales a los costados del camino parecían hechas de rocas vivas, con formas extrañas, afiladas como cuchillas oxidadas. Arbustos secos y rechonchos, cubiertos de púas venenosas, decoraban los márgenes del sendero.
Una notificación apareció ante sus ojos, flotando en el aire, con la descripción del nivel. Lo hizo detenerse en seco.
[Nivel -6: Eje -X. Clase 2 - Dificultad de supervivencia: Inestable]
Estos niveles presentan una estabilidad frágil. Pueden parecer seguros, pero están sujetos a cambios abruptos provocados por la presencia humana.
El entorno puede volverse hostil sin previo aviso. Entidades agresivas.
Las rutas de salida existen, pero no siempre permanecen en el mismo lugar o pueden desaparecer temporalmente.
Solo leer esa información lo hizo tensarse.
Recordaba con claridad lo que venía después.
El camino parecía pacífico, pero tras unos pasos, algo cambió. No fue un sonido ni una vibración… fue la sensación de que el entorno comenzaba a observarlos.
De entre las grietas del valle empezaron a emerger siluetas. Primero unas pocas. Luego, decenas.
Pesadillas.
Así se conocía a las entidades en Nullaria.
Estas Pesadillas eran conocidas como los Testigos.
Eran figuras delgadas, altas, con largas uñas en lugar de dedos, completamente desnudas y de color gris oscuro. Sin rostros. Siluetas recortadas contra la niebla inmóvil. Primero fueron unas pocas. Luego, decenas. Después, cientos. Asomaban sus cabezas desde detrás de las rocas escarpadas y de los arbustos de espinas venenosas, observando con una curiosa fascinación. No se movían como depredadores. Se movían como científicos ante una anomalía.
Si bien estaban asustados, Carlos y Vanina ya habían visto Pesadillas en otros niveles durante misiones pasadas, así que no era una sorpresa encontrarse con ellas. Pero Jhan… Jhan estaba aterrorizado, escondiéndose detrás de mí. Francamente, lo comprendía. También reaccioné así la primera vez que llegué a este lugar… y todos fuimos masacrados horriblemente en aquella misión. Carlos era quien, se podría decir, tenía más experiencia que nosotros, aunque ante mis ojos no dejaban de ser todos unos novatos.
Odiaba a Sair por haberlo forzado a unirse a tres inexpertos: Carlos, con la runa de Fuego; Vanina, con una runa de la Luz Menor; y Jhan, que apenas había sobrevivido milagrosamente al Nivel -1. Todos… eran un riesgo gigantesco en ese lugar, pero ya nada podía hacer. Desafortunadamente, nada había cambiado en esta regresión: y nuevamente terminé formando equipo con estos inútiles.
— Con esta oscuridad será imposible encontrar el camino correcto o alguna de las reliquias... — murmuró Carlos, intentando no mirar directamente a los Testigos, que se acercaban cada vez más.
Levantó su mano, activando su runa, intentando generar una pequeña llama con la punta de los dedos. La runa del Fuego tatuada en su piel brilló levemente, como si despertara.
Antes de que la chispa creciera, lo detuve colocando mi mano sobre su brazo y mirándolo con un gesto seco. No dije nada. Solo lo miré.
Carlos entendió, y apartó mi mano con fastidio.
Ese nivel no toleraba alteraciones. El fuego era una provocación.
Y el entorno… una bestia dormida.
Caminamos en silencio.
Los Testigos los seguían a distancia, multiplicándose con cada paso. Las siluetas sin rostro se movían al compás del grupo, siempre observando desde la lejanía.
— Dante — dijo Jhan, más calmado, rompiendo el silencio con un susurro —. ¿Puedo preguntarte algo?
— Dime.
— ¿Has estado aquí antes? Pareces saber muy bien cómo moverte.
Carlos respondió con ironía, diciendo que era su primera vez saliendo con un grupo… que Dante solo fingía no tener miedo y que, al parecer, era muy bueno en eso.
No le respondí.
— Chicos… ¿ustedes saben cuántos niveles se necesitan para alcanzar la percepción elevada del alma y escapar de este mundo? — preguntó Jhan, bajando la voz —. Verán… yo tengo una hija adolescente. Debe estar preocupada. Tengo que volver cuanto antes a la Tierra…
El grupo enmudeció. Esa historia no era nueva.
Yo no iba a responderle.
Miré al frente, hacia el horizonte cubierto por una neblina inmóvil.
Y entonces las palabras salieron solas:
— No lo sabes hasta que lo logras — dije al fin —. No es algo que puedas ver en tu retina. Simplemente… lo sientes muy dentro. Algo cambia. Y ya no eres el mismo.
Carlos me miró desconcertado; no hablaba como alguien que estuviera en su primera misión. Vanina también notó el detalle.
— Eso es lo que muchos dicen… — aclaré rápidamente.
Carlos, impaciente, se adelantó intentando demostrar liderazgo. La misión encomendada por Edén era clara: buscar las reliquias y registrar todo rastro de actividad anómala.
En teoría, cada nivel tenía una Reliquia Bendita… y otra Maldita. Y él estaba decidido a encontrar una.
Vanina comentó, mientras caminábamos, que también debíamos prestar atención por si veíamos algo que pudiera servir como salida. Las salidas podían presentarse de muchas formas: una pintura, un agujero, un charco de agua. Así funcionaba este mundo.
A veces estaban ocultas. Si encontrabas una piedra cubierta de musgo azul eléctrico o una pintura del Bosque Lapislázuli, lo más probable es que escondiera una entrada al Nivel 0.
Jhan se mostró sorprendido por esa información.
Vanina continuó, con voz más baja:
— Existe otro método… más incierto. Más peligroso. Y más aleatorio.
Vazmentia.
— ¿Vazmentia? — preguntó Jhan confundido —.
Un estado mental en el que la mente se quedaba en blanco y el cuerpo era absorbido por el vacío. Simplemente… te desconectabas de la realidad. Perdías la conciencia. Y despertabas en otro nivel, al azar.
Algunos aseguraban que ciertos objetos o acciones podían provocarlo. Dante lo sabía bien, pero solo usaría ese recurso en caso de vida o muerte. Porque nadie podía garantizar dónde despertarías después. Podías caer en un nivel ilógico, o en uno de los niveles imposibles dominados por los Siete Terrores. Entidades antiguas, deformes, que ni siquiera Edén comprendía del todo.
Y no querrías encontrarte con una de ellas.
Caminaron pacientes por más de una hora hasta que Dante se detuvo.
Algo brillaba entre las rocas: un resplandor rojizo, débil, pero pulsante. Palpitaba como un corazón enterrado.
Carlos también lo notó.
Sin esperar instrucciones, se desvió del camino con una sonrisa confiada, buscando la gloria de ser quien encontrara la reliquia del nivel.
— ¡Cuidado! — advirtió Vanina, con un tono de urgencia.
Carlos rozó uno de los arbustos en su avance. Un grito breve cortó el silencio.
Una delgada línea de sangre se dibujó en su antebrazo. Vanina corrió hacia él y activó su runa de la Luz Menor. La herida se cerró, pero su rostro se volvió pálido.
— Estas espinas tienen veneno puro — dijo con tono grave —. Si no me daba cuenta, ya estarías muerto.
— Fue solo un rasguño — respondió él con arrogancia, sin siquiera mirarla.
Ignoró la advertencia y siguió avanzando entre los arbustos, bajo las miradas inmóviles de los Testigos. Las criaturas lo observaban, expectantes, como si esperaran el desenlace.
Llegó hasta la fuente del brillo: una caja de madera, envuelta en un aura rojiza, tallada con símbolos desconocidos.
Carlos estiró la mano y la tocó, sin cuidado.
El aire tembló.
El aura rojiza se levantó en espiral, envolviéndolo como un torbellino.
— ¡No la toques! — gritó Vanina.
Demasiado tarde.
La maldición se activó.
Carlos gritó. Su cuerpo se arqueó hacia atrás mientras la oscuridad se adhería a su piel, reptando como una lepra viva. La carne se ennegrecía al contacto, emanando un humo espeso y fétido.
En un acto desesperado, activó su runa del Fuego. Su cuerpo se envolvió en llamas, intentando contrarrestar la maldición de la Reliquia Maldita, pero solo consiguió alimentar el caos.
Gritó tan fuerte que los Testigos comenzaron a moverse.
Primero unos pocos. Luego, todos.
El valle se agitó.
La calma se quebró.
Y el infierno, finalmente, despertó.
En un acto desesperado, Jhan activó su runa de la Fuerza e intentó ayudar a Carlos, atacando a los Testigos que se acercaban con brutalidad. Pero ellos respondieron en manada, voraces. La cacería había comenzado.
Dante dio un paso atrás, manteniéndose en el sendero. Sabía que esto ocurriría. No podía intervenir. Así debía suceder todo.
En medio del caos, una esfera oscura rodó desde la caja maldita.
Dante la vio, a pesar de la penumbra. La esfera brillaba como si una galaxia entera latiera en su interior. Sin vacilar, la tomó y la guardó en su bolsillo.
Vanina, horrorizada, soltó un grito y salió corriendo por el sendero al ver cómo los Testigos se abalanzaban sobre Jhan. Dante decidió seguir, pero manteniéndose a distancia. Ya tenía lo que buscaba.
Corrieron por el sendero mientras los Testigos emergían desde todos los flancos. Al cabo de unos minutos, sin aliento, vieron un pequeño lago, quieto y sereno en medio del valle. Dante sintió un alivio momentáneo: el lago seguía allí, intacto, pese a los cambios constantes del nivel. Recordaba que en sus regresiones anteriores, esta había sido la salida.
— ¡Ahí está la salida! — exclamó Dante.
— ¿Cómo lo sabes? — preguntó Vanina, jadeando.
— Tú misma me lo dijiste — respondió rápidamente —. ¡Salta!
Ella dudó solo un instante y luego se lanzó al agua, comprobando que efectivamente podía ser una salida.
Dante no la siguió de inmediato. Algo brillaba con suavidad casi sagrada cerca del lago, entre los arbustos venenosos: un rosario antiguo, atrapado entre espinas púrpuras.
El Rosario de Zvezdara, la Reliquia Bendita del Nivel -6. Dante sonrió al verlo.
Descansaba sobre el cuello de un esqueleto. Solo quedaban huesos y restos de cabello. Nada más.
Siempre le había parecido extraño: a ese limbo solo llegaban almas, no cuerpos físicos. Nunca resolvió el misterio en ninguna de sus regresiones. La gente solo la llamaba La Santa.
Era el único ser cuyo cuerpo no se había convertido en Pesadilla o en parte del decorado del nivel. Tal vez por su pureza. Tal vez por su naturaleza. Tal vez por razones que nadie entendía. Pero ahí estaba, sola y olvidada. Y, sinceramente, no importaba en ese momento.
Sin dudarlo, Dante se lanzó hacia la reliquia. Las espinas se erguían como dientes, como si supieran que alguien venía a profanar algo sagrado. Podía sentirlo: el peligro era real. Bastaba un roce para que el veneno hiciera lo suyo.
Podía dejarlo. Podía saltar al lago y sobrevivir.
Pero no podía hacer eso.
Gracias a sus regresiones sabía que ciertos objetos eran esenciales para garantizar su supervivencia. Y este era uno de ellos.
Inspiró hondo.
Estiró la mano.
Las espinas desgarraron su piel. La sangre corrió como un río caliente. Pero no se detuvo. Sintió cómo el veneno comenzaba a recorrerle el brazo, como brasas líquidas.
Tomó el rosario. Los huesos del esqueleto se sacudieron levemente, como si un suspiro final escapara de ellos.
Dante retrocedió tambaleándose, el brazo ardiendo. La vista se le nublaba. Con el rosario en la mano, se giró hacia el lago… estaba cerca, a solo unos pasos.
Entonces lo sintió.
El zarpazo lo alcanzó.
Un golpe seco, brutal. Un arañazo veloz y violento le desgarró la espalda de arriba abajo. La sangre estalló como tinta caliente. El grito que lanzó no era humano.
Los Testigos comenzaron a rodearlo.
Vio siluetas. Eran muchas. Demasiadas. La vista se nublaba cada vez más.
Aunque el dolor era insoportable, corrió como pudo, con lo último que le quedaba, y se zambulló en el pequeño lago.
Silencio. Todo quedó en calma.
Los Testigos se detuvieron en la orilla.
Se quedaron al borde del lago.
Observando. Inmutables.
Uno a uno comenzaron a retroceder lentamente, mientras retraían sus largas uñas. Sin dejar de mirar el lago.
Algunos se perdieron entre las rocas. Otros se deslizaron silenciosamente hacia los arbustos venenosos, ocultándose nuevamente a lo largo del camino. Esperando.
Lejos de allí, entre las rocas escarpadas, el cuerpo de Carlos, ennegrecido y envenenado por la maldición, comenzó a moverse, convulsionando como si fueran espasmos.
Los dedos se alzaron.
La piel se desprendió como corteza podrida.
Carlos se puso de pie.
Jhan, no muy lejos, se arrastró fuera del charco de su propia sangre. Su cuerpo era un mapa de heridas. Su piel… desgarrada con cientos de arañazos.
Se levantó, tambaleante. Sin emoción; los recuerdos de su hija adolescente se desvanecieron, y ya no quedaba rastro de humanidad.
Poco a poco, sus cuerpos comenzaron a cambiar. Se estiraban, refinándose, perdiendo sus rasgos humanos. Sus uñas crecieron y se convirtieron en garras. Sus rostros quedaron vacíos. Inexpresivos.
Cuando el proceso terminó, ya no quedaba rastro de lo que fueron. Ya no eran ellos. Ahora… formaban parte de ese mundo.
Dos nuevos Testigos se posicionaron lentamente entre las penumbras. Fijaron su atención hacia el punto de acceso al nivel.
Ahora observan.
Inmutables.
En silencio.
Esperando a los próximos incautos que se atrevieran a desafiar al Nivel -6.
Fin del Capítulo Tres.