Nivel 101: El Vecindario de los Ecos.
Dante abrió los ojos de golpe, con el corazón latiéndole con fuerza. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
Una figura femenina, de movimientos amables pero con el rostro vacío, se alejaba en silencio tras dejar una bandeja sobre la mesa de noche. No dijo una sola palabra. Solo una leve inclinación de cabeza, casi mecánica, acompañó su retirada.
Sobre la bandeja: una taza de café humeante y un sándwich de mermelada.
— Gracias... supongo — murmuró Dante, sabiendo que no obtendría respuesta.
No lo sorprendía. En otras regresiones había aprendido que intentar hablar con los Ecos más allá de lo necesario era peligroso. Aquellas criaturas no eran personas: eran recuerdos imitando personas.
El café tenía un sabor metálico, y el pan una textura demasiado esponjosa, como si lo hubieran horneado en un mundo que había olvidado por completo las leyes físicas. Después de ducharse, la ropa que encontró sobre la silla estaba impecable: lavada y planchada en un tiempo que rozaba lo imposible, como si alguien — o algo — la hubiera preparado mientras él se enjabonaba. Ese detalle excesivo que tenían los Ecos con sus invitados nunca dejaba de sorprenderlo.
Justo antes de salir, algo lo hizo girar. La casa emanaba una calma artificial. Olía a pan recién horneado; por un segundo lo transportó a la cocina de su abuela cuando era pequeño, con una punzada de nostalgia que contrastaba con la inquietud.
En la cocina, la madre Eco lavaba los platos con una precisión mecánica. En el sillón, el padre Eco hojeaba un periódico cubierto de símbolos que se deformaban al intentar leerlos. En una esquina, una niña Eco jugaba con una muñeca sin rostro. En la otra, un niño Eco estaba frente a una vieja máquina arcade.
Dante se acercó despacio. La cabina era enorme, con pantalla empotrada, palanca y botones. Pronto una notificación saltó ante sus ojos con la descripción del objeto:
[Vieja máquina de arcade — Reliquia Maldita]
Permite a su portador transportarse al Nivel 7.
Advertencia: primero debes jugar al videojuego durante algunos segundos para ser transportado.
Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro de Dante. Conocía bien esa reliquia; la descripción era tramposa porque no aclaraba un detalle crucial: el niño Eco reaccionaba enfurecido si usabas la máquina sin su permiso. Dante lo había aprendido a la mala. Esa era la razón por la que el arcade era maldito; además, no era algo que pudieras llevar contigo.
La casa a la que les habían asignado quedarse estaba considerada “embrujada”. El anterior propietario había muerto en circunstancias inexplicables; en realidad, fue el primero en usar la máquina sin permiso. El niño Eco mutó y lo asesinó. Dante lo comprobó en carne propia.
El niño Eco sacó una pequeña moneda de oro del bolsillo — perfectamente redonda, sin inscripciones — y la sostuvo unos segundos, como dudando. Luego la dejó caer en la ranura con un clic seco. La pantalla cobró vida al instante con una música distorsionada, demasiado parecida a la de Super Mario Bros. El personaje corría por plataformas flotantes bajo un cielo sin sol. Pero los enemigos no eran tortugas ni hongos: eran rostros humanos pixelados, deformes, que gritaban en silencio al ser aplastados.
A Dante se le erizó la piel. No sabía qué era exactamente lo que lo perturbaba más: si el juego en sí, o el hecho de que el niño jugaba con una concentración tan absoluta, como si no existiera nada más en el mundo.
Recordó que aquella máquina valía mucho más de lo que parecía, y que nadie en ese lugar entendía realmente su valor ni lo que escondía. Luego miró la moneda dorada en manos del niño: tan diminuta, tan insignificante... y tan indispensable. Apretó los labios. Debía apoderarse de al menos dos a como diera lugar. Pero aún no había llegado el momento.
Dio media vuelta y, por fin, salió de la casa.
El aire afuera era espeso, pero cálido. El vecindario se extendía frente a él con su inquietante perfección: casas grises de dos pisos, todas idénticas, todas habitadas por Ecos que repetían rutinas domésticas con una cortesía fantasmal, sin salir jamás al exterior.
A lo lejos, en la plaza principal podía verse un mástil sin bandera. Allí, entre bancos grises y faroles que nunca se apagaban, lo esperaban los demás.
El campamento humano: la única anomalía viva en ese escenario diseñado para parecer un hogar.
Dante comenzó a caminar con paso firme. Hoy conocería a uno de los personajes clave de este nivel. Alguien que, según sus recuerdos, no le caería nada bien, pero cuya existencia era necesaria para detonar los eventos que elevarían su percepción.
Horacio.
Uno de los pocos humanos que había logrado ganarse cierto respeto en Nullaria gracias a su habilidad para sobrevivir. No era popular. Tenía fama de competitivo, controlador y envidioso… especialmente cuando Bealuna estaba cerca. Siempre andaba acompañado por sus tres inseparables: Bebe, Chichila y Jonathan. Un trío igual de desagradable que eficaz. No eran queridos, pero eran útiles. Y en un lugar como este, la utilidad valía más que la simpatía.
Dante frunció el ceño. Iba a ser un día largo.
Caminó hasta una fuente vacía y allí la vio: Bealuna, sentada en el borde de piedra en el centro de la plaza adoquinada, jugando con una ramita entre los dedos. Los faroles antiguos que la rodeaban parpadeaban sin cesar, como si jamás pudieran decidirse entre encenderse o apagarse. Su postura era despreocupada, pero su mirada — fija y brillante — revelaba que lo había estado esperando un largo rato.
— ¿Y? — preguntó con una media sonrisa cuando sus miradas finalmente se encontraron —. ¿Cómo fue dormir en la casa embrujada y ser atendido con tanta amabilidad por los Ecos?
La pregunta sonaba ligera, pero había algo en su tono que pesaba, como si midiera cada una de sus reacciones.
Dante se encogió de hombros, aunque no pudo evitar sonreír. Cada vez que la veía, algo en su interior se aflojaba. No era indiferencia lo que sentía, sino una alegría inesperada, difícil de ocultar, aunque intentara disfrazarla de simple cordialidad.
— Sinceramente... no estaba preparado — admitió —. Me habías advertido que los Ecos eran extraños, pero no esperaba tanta amabilidad. Y aun no entiendo por qué dicen que esa casa está embrujada — añadió, fingiendo ignorancia.
Bealuna ladeó la cabeza, pensativa.
— Ya te conté que hubo un muchacho con sueños premonitorios, o eso decía — respondió —. Siempre hablaba de cosas que nadie creía… hasta que un día lo encontraron muerto junto a la máquina arcade de esa casa. Desde entonces, nadie se atreve a acercarse.
Hizo una pausa breve, cruzando los brazos.
— Aunque, siendo sincera, creo que son tonterías. Lo más probable es que ese chico haya intentado manipular la máquina sin cuidado. Aun sabiendo que era la Reliquia Maldita de este nivel.
— Sí, es lo más probable — asintió Dante —. Probablemente alteró la rutina de alguno de los Ecos… y ya sabes cómo termina eso.
Bajó la voz, casi en confidencia.
— Por eso te pedí quedarme en esa casa. Quería observarla de cerca. Las Reliquias Malditas siempre esconden trampas. Esta, según su descripción, te transporta al Nivel 7 si juegas unos segundos. Pero el niño Eco que la custodia es… bastante posesivo con ella.
Bealuna sonrió con desdén.
— Entonces tenía razón. Ese chico fue un idiota, y sufrió las consecuencias por tocar la reliquia.
Se estiró, desperezándose.
— De todas formas, escuché que existen otros caminos para llegar a ese nivel. No estoy tan desesperada como para intentar algo así.
Dante prefirió callar. No podía revelar todavía la verdad: que el Nivel 7 albergaba el acceso al Nivel Final.
Bealuna siguió balanceando los pies, distraída, y saltó con ligereza:
— Igual me parece muy aburrido. Prefiero pensar que esa casa tiene algo sobrenatural. Le da más... encanto.
Dante sonrió, divertido.
— Usas las mismas palabras que yo usé alguna vez… sobre vivir en la felicidad de la ignorancia.
Bealuna levantó la vista, con una mueca juguetona.
— Quizá me contagiaste tu ignorancia — respondió, abriendo la boca para replicar algo más, pero una voz grave cortó el ambiente.
— Entonces, este es el nuevo. ¿El que derrotó al Séptimo Terror?
El murmullo fue inmediato. Varias personas se detuvieron; otras levantaron la vista, incrédulas, como si hubieran oído pronunciar una leyenda.
El nombre de los Siete Terrores de Nullaria no se mencionaba a la ligera.
Dante se giró.
Frente a él estaba un hombre de unos veintisiete años, atlético, hombros anchos, mandíbula marcada y ojos oscuros. Su sola presencia imponía tensión.
Horacio finalmente había aparecido.
Detrás de él, como sombras entrenadas, estaban sus tres inseparables: Bebe, Chichila y Jonathan. No necesitaban decir nada; sus sonrisas cínicas hablaban por ellos.
— Vaya... — murmuró alguien entre la multitud —. ¿Él lo venció?
— Sí — respondió otro —. Bealuna lo trajo.
El silencio cayó de golpe, pesado como una losa. Horacio dio un paso al frente y cruzó los brazos.
— ¿Fue suerte? — preguntó con voz baja, venenosa —. ¿O simplemente el monstruo estaba cansado y debilitado?
Bealuna ni siquiera lo miró. Con una elegancia medida, se volvió hacia los curiosos.
— Dante también planea intentar lo imposible: sacar la espada del pedestal.
La sorpresa se multiplicó. Algunos rieron entre dientes. Otros negaron con la cabeza. La espada era más mito que objeto; un símbolo imposible. Desde que el campamento se instaló, nadie había logrado moverla ni un centímetro.
— ¡Suficiente! — dijo una voz áspera y autoritaria.
Matilde emergió del gentío como una lanza. Tenía el porte de una líder de otra era: chaqueta de cuero negra, un parche oscuro en el ojo izquierdo y una larga cabellera gris que ondeaba al viento. Cerca de los treinta y dos años, se movía con firmeza, como si cada paso reafirmara que el mundo aún no se había terminado.
— Bienvenido, Dante Montenegro — dijo sin entusiasmo, pero con respeto —. Las noticias de tu hazaña recorren todos los niveles. Derrotar a un Terror no es poca cosa. Aunque, sinceramente… — lo evaluó con el ceño — dudo que cualquiera pueda sacar esa espada. Pero no tengo problema en que lo intentes. El pedestal está en el jardín de la primera casa del Vecindario de los Ecos. El acceso es libre para quien quiera probar suerte.
Dante asintió en silencio. Sintió el peso de muchas miradas clavadas en su espalda y notó cómo Horacio lo observaba con aire de superioridad contenida.
— Aprovecho para anunciar otra cosa — continuó Matilde, dirigiéndose al grupo —. Bealuna trajo un dispositivo: un teléfono hallado dentro del túnel. Nuestros técnicos ya lo están analizando. Para la tarde deberíamos tener acceso a su contenido. Quizá encontremos pistas sobre lo que hay adentro.
Un murmullo recorrió la plaza: caras tensas, otras iluminadas por la esperanza. Matilde se volvió hacia Dante, más seca.
— Reglas básicas: no deambular por el vecindario después del anochecer — dijo —. La realidad aquí se distorsiona. No molestes a los Ecos de la casa que te asignen. Y, por ningún motivo, entres al túnel fuera del mediodía si no quieres morir.
Asintió una vez y continuó.
— Hay alrededor de cincuenta supervivientes. Diez sectores aún no se han explorado en profundidad. Organizaremos grupos de cuatro o cinco personas. Las misiones se distribuirán en breve. Partimos en una hora.
Se detuvo y clavó una mirada aguda en Dante.
— No sean héroes. Solo recopilen información: grabaciones, notas, lo que encuentren. Manténganse comunicados.
Mientras hablaba, Bealuna encendía su teléfono. Matilde le lanzó una mirada cómplice.
— Llévatelos. Dante, May y Peter formarán equipo con Bealuna.
Un movimiento nervioso recorrió la plaza: gente agrupándose, afinando estrategias, revisando armas improvisadas. Entonces una voz chilló desde el fondo:
— ¡Antes vayamos todos! ¡Queremos ver si Dante puede sacar la espada!
Gritos de apoyo y carcajadas estallaron.
— ¡Sí, vamos!
— ¡Una buena distracción antes de morir mañana!
— ¡Apuesto a que ni la mueve!
Horacio esbozó una sonrisa ladeada al escuchar las voces; no dijo nada, pero sus ojos ardían con burla contenida.
Bealuna, en cambio, parecía disfrutar del espectáculo.
Dante no respondió. No hacía falta. Giró y comenzó a caminar hacia la primera casa del vecindario con la calma de quien no teme al fracaso: la decisión ya estaba tomada.
Unos minutos más tarde, Dante se encontraba frente al jardín de la primera casa del Vecindario de los Ecos.
El césped, de un gris verdoso, estaba perfectamente cuidado. Demasiado perfecto para un mundo tan caótico. En el centro, un pedestal de piedra negra deformada — parecida a la obsidiana — se alzaba como un corazón petrificado, grueso, de casi medio metro de altura. Encajada en su cima, una espada dormía dentro de la roca, hundida casi por completo. Solo el mango dorado emergía. En el centro del puño, un orificio vacío parecía esperar una piedra preciosa… o algo más.
Dante se detuvo al pie del pedestal. Una vibración sutil le recorrió la columna.
Sus ojos se desenfocaron por un instante, y una proyección holográfica parpadeó frente a su retina:
[Espada de la Luz – Categoría Legendaria]
Otorga a su portador la capacidad de cortar el cielo y la tierra.
La espada evoluciona junto con su portador.
Otorga 10% de inmunidad contra las Maldiciones.
“Solo quien escuche el silencio del mundo podrá sostenerla.”
Dante tragó saliva. La frase “escuchar el silencio del mundo” reverberó en su mente con una claridad inquietante, como si hubiera sido escrita solo para él.
Bajó la mirada hacia su mano derecha, recordando la Piedra Divina Violeta que su cuerpo había absorbido… y lo comprendió.
No se trataba de fuerza, ni de destino.
Durante la batalla contra Respeto, cuando todo el sonido desapareció — cuando incluso sus propios gritos fueron tragados por el vacío —, él había aprendido algo que ningún entrenamiento podía enseñar: a percibir lo invisible en el silencio. Allí, en ese abismo sin ruido ni aire, entendió que el verdadero poder venía de escuchar lo que nadie más oía. El juicio del Terror no había sido un castigo, sino una enseñanza brutal: solo quien es capaz de honrar la vida incluso en la nada es digno de conservarla.
Y ahora sabía que sin ese aprendizaje, jamás podría mover la espada.
Para los demás, aquella última frase grabada en la descripción quizás no significaba nada.
Para Dante, era todo.
No pensó en la multitud.
No pensó en Bealuna, ni en Horacio, ni siquiera en la espada.
Cada paso que daba hacia el pedestal hacía temblar el silencio colectivo.
El murmullo de la gente se convirtió en una respiración contenida.
Dante se detuvo frente al arma.
Extendió la mano.
Cuando sus dedos tocaron el mango, un destello púrpura estalló como un latido en el aire.
El pedestal vibró y de sus grietas comenzaron a brotar filamentos de luz.
El suelo entero de Nullaria tembló.
Con un grito silencioso, Dante tiró hacia arriba.
La espada se liberó como si siempre lo hubiese estado esperando. El filo silbó al salir del pedestal.
Una oleada de energía se expandió por el aire, atravesando pieles, ropas, pensamientos.
La multitud entera enmudeció.
Dante levantó la espada al cielo.
El mango brilló con un tono violeta profundo, y en el orificio vacío se materializó una piedra del mismo color, latiendo al ritmo de su corazón.
Entonces, solo para él, apareció una nueva proyección ante sus ojos:
[Espada de la Luz – Categoría Divina]
Otorga a su portador la capacidad de cortar el cielo y la tierra.
La espada evoluciona junto con su portador.
Otorga 10% de inmunidad contra Veneno, Fuego, Hielo, Rayo, Maldiciones y Ataques Físicos.
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A su alrededor, el asombro era absoluto. Algunos dieron un paso atrás. Otros se hincaron, como si presenciaran algo sagrado.
Horacio lo miraba sin saber si odiarlo o temerle.
Bealuna, sin dejar de sonreír, sostuvo su mirada. Sus ojos brillaban con una admiración infinita. Ella estaba convencida de que había sido la energía de su runa de la Buena Suerte la que permitió a Dante alzarse con la primera arma de categoría Divina de todo Nullaria.
Dante, sin embargo, sabía que la verdad era otra. La suerte no tenía nada que ver. Pero prefirió no decir nada.
El aire pareció asentarse, como si Nullaria misma exhalara tras contener el aliento durante siglos.
Durante unos segundos, nadie se movió. Solo el zumbido residual de la energía púrpura flotaba en el aire, suspendido entre el asombro y el miedo.
Luego, una voz temblorosa e incrédula resonó en la multitud:
— Lo hizo... ¡La sacó!
Como un contagio invisible, el murmullo se propagó. Las palabras cruzaban bocas, rebotaban entre miradas. Algunos se santiguaron con gestos mecánicos; otros retrocedieron un paso, como si temieran que el suelo se abriera bajo ellos. Una joven guerrera fue la primera en aplaudir, y pronto el sonido se multiplicó, errático, caótico, hasta formar una ola de vítores entrecortados.
Bealuna fue la primera en acercarse. Sus ojos, todavía brillantes, destilaban una mezcla de emoción y orgullo.
— Sabía que podrías hacerlo — murmuró, apenas audible.
A su lado, May y Peter lo observaban sin saber qué decir. Ambos tenían el rostro iluminado por una especie de respeto silencioso.
Matilde avanzó entre la multitud, abriéndose paso con pasos firmes. Se detuvo frente al pedestal destruido y clavó la mirada en él, pensando — aunque no lo diría en voz alta — que aquel chico era realmente distinto. Luego, cambiando el semblante, gritó:
— ¡Regresen todos a sus sectores! ¡El show ha terminado!
Las órdenes retumbaron en los alrededores, y poco a poco los grupos comenzaron a dispersarse. Algunos se marchaban en silencio; otros seguían lanzando miradas hacia Dante, como si intentaran grabar su figura en la memoria. Algo había cambiado.
Dante ya no era uno más.
Bealuna, May y Peter se reunieron a su alrededor mientras él guardaba la espada en su Almacenamiento Dimensional.
El momento heroico se desvanecía.
Ahora era tiempo de estrategia.
Su próximo destino era claro: el Nivel -69, conocido como El Mar de las Ballenas Cornudas.
Para llegar, debían hallar un objeto oculto dentro de aquella primera casa. Todos los demás equipos harían lo mismo, explorando las casas asignadas por Matilde.
Aún perdido en sus pensamientos, Dante repasó lo que había leído en la descripción de la espada luego de fusionarse con la Piedra Divina. Las estadísticas elementales habían cambiado, y mencionaba también que era el primer fragmento de siete necesarios para desbloquear el Conjunto Místico, junto con una recompensa especial. Recordaba que todo eso no había cambiado en ninguna de sus regresiones. Al derrotar a cada Terror obtendría un fragmento. Esta vez, debía encontrarlos a todos.
Fue entonces cuando Horacio se acercó, escoltado por sus tres sombras inseparables.
Llevaba una sonrisa leve, casi cortés, pero en sus ojos se percibía algo más afilado.
— Dante — dijo con voz relajada, aunque cada palabra sonaba medida —, ¿tu retina dice si esa espada es la Reliquia Bendita del Nivel 101?
Llevamos mucho tiempo buscándola… y nunca apareció.
Dante lo miró en silencio. No respondió de inmediato.
Sabía perfectamente la verdad.
La Reliquia Bendita no era la espada. Era una simple moneda de oro, oculta en el bolsillo de un niño Eco dentro de aquella misma casa que le había asignado.
No le sorprendía en absoluto que nadie lo supiera. Y al estar escondida dentro de la casa donde se encontraba la Reliquia Maldita — la máquina Arcade a la que nadie quería acercarse — era natural que permaneciera oculta.
Desde luego, solo Dante conocía esta información gracias a sus múltiples regresiones.
— No. No lo es — respondió Dante a su pregunta por fin, sin emoción en su voz.
Horacio lo estudió unos segundos, intentando adivinar si mentía. Luego torció el gesto, molesto, y con un ademán ordenó a su grupo retirarse.
— Como digas... héroe — murmuró apenas, antes de marcharse hacia la casa que les había sido asignada.
Dante lo siguió con la mirada unos segundos.
— ¿Cuál es su maldito problema? — se quejó Bealuna, provocando la risa de Peter y May.
May sugirió ignorar a Horacio y a su grupo y dirigirse al interior de la casa, ya que esa era justamente la que les habían asignado para explorar.
Al entrar los cuatro, notaron que los Ecos seguían con su rutina habitual. Los niños jugaban a un juego de manos en el suelo; la mujer horneaba lo que parecían ser galletas en la cocina —un aroma dulce e hipnótico inundaba toda la casa—, y el hombre leía en calma un libro grueso, sin título.
Peter, atento, murmuró en voz baja:
— Es gracioso ver casi la misma escena en todas las casas. Familia de cuatro con las mismas rutinas...
May acotó que, si bien el interior de todas las casas era idéntico, cada una poseía uno o más objetos únicos; la mayoría servían para teletransportarse a otros niveles.
Dante comentó, fingiendo maldecir la situación:
— Y a mí me tocó la casa embrujada con la Reliquia Maldita... — provocando la risa de todos.
Bealuna rechazó cortésmente una bandeja con galletas recién horneadas que la madre Eco le ofrecía y comenzó a caminar por la sala, observando con atención.
— Esta es la única casa de todo el vecindario con esa puerta roja en su interior... — comentó.
Todos la oyeron, y esa sola frase bastó para que el aire cambiara. Aquella puerta no era común: era la entrada principal al Nivel 101 desde el Nivel -1. Un acceso directo.
Pero no era momento para contemplaciones.
— No buscamos esa puerta — dijo Dante, cruzando los brazos —. Lo que necesitamos es un caracol verde, ¿cierto?
Bealuna asintió, sin apartar la vista del lugar.
— Exacto. Ese objeto es la clave. Si escuchamos el sonido del mar con él, nos transportará directamente al Nivel -69. Los niños suelen esconderlo por la casa... como parte de su juego eterno. Solo ellos entienden las reglas.
May notó entonces que los niños y el padre Eco se habían sentado a la mesa para devorar las galletas recién horneadas por la madre. Aunque sus rostros carecían de ojos o boca, las galletas desaparecían al contacto con sus rostros, como si las masticaran. La escena era perturbadoramente natural.
Y fue entonces cuando Horacio cometió el error.
Con su grupo, entró en silencio, como una sombra, aprovechando la distracción del equipo de Dante. Apenas cruzaron el umbral, hizo una seña rápida a Bebe.
Este asintió con una sonrisa cargada de malicia. La runa de la Garra, grabada en su brazo, comenzó a brillar. Con un pensamiento, activó su habilidad: sus dedos se alargaron, transformándose en garras afiladas como cuchillas. En un solo movimiento, desgarró a los Ecos sentados en la mesa.
Los cuerpos se convulsionaron y quedaron inmóviles tras un espasmo breve.
El silencio cayó como un golpe seco.
Todos los presentes se giraron, alarmados.
Horacio, con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y orgullo, sonrió con crueldad y gritó:
— ¡Diviértanse ahora! ¡Veamos si el gran Dante puede salvarlos! — dijo, con una ironía envenenada.
Y cerraron la puerta tras de sí.
Los Ecos permanecieron quietos. Por un segundo.
Luego, sus cuerpos comenzaron a mutar. Se alargaron, se distorsionaron, perdiendo toda forma pacífica. De sus manos emergieron garras negras cubiertas por un veneno espeso. Sus cabezas se torcieron al unísono de inmediato hacia Dante y su grupo.
— Mierda... — murmuró Peter, con el rostro pálido —. ¡Maldito Horacio!
El ambiente se quebró. Un pacto tácito, un equilibrio invisible, acababa de ser violado.
Nullaria reaccionó.
Dante, pese a la tensión, se mantuvo sereno. Observó la escena con calma, casi resignado.
Ya sabía que esto ocurriría.
Y, aun así, debía dejar que sucediera.
Tanto la puerta roja de acceso al Nivel 101 como la puerta de salida de la casa desaparecieron, consumidas por un destello que las arrugó como si fueran de papel.
Las paredes crujieron.
El suelo tembló.
Un nuevo patrón — distorsionado y anómalo — se impuso sobre la realidad.
Las reglas ya no eran las mismas.
Habían cambiado.
De forma radical.
Dante no dudó.
Blandió la Espada de la Luz. En un solo movimiento, limpio y preciso, cortó a los cuatro Ecos antes de que pudieran alcanzarlos. No había otra opción. No había otra salida.
Bealuna y May maldijeron a Horacio entre dientes mientras observaban el suelo agrietarse.
Peter intentó abrir una ventana. Nada. Todo estaba sellado. Como si el propio nivel los hubiera encerrado.
Pero la muerte de los Ecos no fue solo un acto defensivo. Fue una herida. Un desgarro emocional y existencial en el tejido mismo del nivel.
De la niebla negra que exhalaban los cuerpos inertes, comenzó a formarse algo.
Una silueta sin contorno, sin rostro, sin nombre… Se deslizó rápidamente hacia las esquinas más oscuras de la casa, buscando refugio, como si aún no estuviera lista para revelarse.
La casa entera crujió. Los colores comenzaron a desaparecer. Todo viraba hacia blanco y negro, mientras el ambiente se oscurecía tenuemente.
Y entonces, un nuevo mensaje vibró en sus retinas:
[Nivel “-777”: Eje -X. Clase “?” – Dificultad de supervivencia: “?”]
Información de nivel no disponible. Nivel desconocido.
— ¿Nivel -777? — murmuró Peter, con incredulidad.
— ¿Acaso se creó un nuevo nivel? — añadió May, con el ceño fruncido.
Bealuna, sin apartar la vista de las paredes que se derretían, respondió:
— Parece que sí. El Corazón de Nullaria no tiene registros de este nivel… Probablemente se generó por las acciones de Horacio.
Dante no dijo nada.
Ya había visto esto antes.
En sus regresiones.
Su atención no estaba en el mensaje.
Estaba en los rincones.
En las sombras que se movían demasiado lento para ser vistas, pero demasiado vivas para ser ignoradas.
Sujetó el mango de su espada con firmeza.
No por miedo.
Sino por preparación.
El aire se volvió más espeso.
Los bordes de las paredes se derretían, como si el nivel entero estuviera siendo reescrito en tiempo real.
Los colores seguían drenándose hacia un gris absoluto, mientras un temblor sordo recorría el suelo y se colaba por sus huesos.
Dante entrecerró los ojos.
No era la primera vez que veía un nivel mutar ante sus ojos.
Pero eso no lo hacía menos peligroso.
En Nullaria, cada cambio significaba nuevas reglas.
Nuevas amenazas.
Y casi nunca venían solas.
Nullaria había hablado.
El amor, paciencia y simpatía de los Ecos comenzaba por el respeto.
Y alguien… acababa de romperlo.
Fin del Capítulo Siete.