Nivel 0: Bosque Lapislázuli
No sabría decir cuántos días habían pasado desde que desperté en Nullaria.
Al principio, todo fue confusión, hambre y miedo. Pero tuve suerte.
Después de caer en el Nivel 1, un grupo de exploradores del llamado campamento Edén me encontró y me trajo hasta aquí. Decían que rescataban a los perdidos… aunque lo primero que hacían era preguntar acerca de la runa que había obtenido. Asentí y puse mi mejor cara de víctima asustada mientras les mentía una vez más sobre mi runa; en este lugar, si pareces demasiado listo, te conviertes en un objetivo o en un esclavo. Me salvaron, y con eso bastaba para mantener mi actuación.
Ya habían pasado un par de días desde mi llegada, el tiempo suficiente para que me dejaran a solas con mis pensamientos y me permitieran calmarme. Ahora, mientras esperaba la llegada de una nueva camada de sobrevivientes, el Nivel 0 se extendía ante mí como un refugio imposible.
El nombre de esta facción venía de su base: el Bosque Lapislázuli. Un lugar tan seguro que parecía un sueño: sin criaturas ni trampas. Era literalmente el único respiro real que este infierno permitía.
Recordaba todo esto mientras el aire tibio golpeaba mi rostro. Observaba aquel sol — si es que aquello era un sol — que giraba eterno sobre un cielo tan azul que parecía líquido. Me incorporé despacio sobre el musgo esponjoso que desprendía un relajante perfume a menta y vainilla. El Nivel 0 era un paraíso de árboles colosales de hojas azuladas que irradiaban una calma absoluta y frutos dulces que restauraban la energía.
A lo lejos, entre las rocas lapislázuli que daban nombre al bosque, fluían manantiales de Agua Estelar. Era cristalina, con un leve brillo azul que se movía como si pequeñas constelaciones nadaran en su interior. Esa agua era capaz de restaurar tu energía curaba heridas leves, y romper maldiciones. Hambre, frío, miedo ya no eran un elemento de preocupación en este lugar.
Me desperecé relajado, fingiendo, por si acaso, un asombro que ya no sentía mientras pensaba en que ya era hora de empezar a moverme. No podía evitar sentir el tedio de tener que fingir cada uno de mis pasos ante el grupo; ya no necesitaba estar presente en ninguna conversación informativa ni que me mostraran cómo funcionaba este lugar cuando ya conocía cada rincón de este jardín de falsedades.
Cerca del centro del claro principal se levantaba una cabaña irregular, construida con materiales rescatados de otros niveles: trozos de metal corroído, madera tallada, lonas remendadas y piedras grabadas con símbolos que no reconocía.
Aunque el lugar era perfecto, encontrar materiales para construir era casi imposible. Los troncos se regeneraban rápidamente si intentabas cortarlos; solo se podían recoger ramas sueltas. Frente al refugio central, una fogata ardía sin humo, esparciendo un calor agradable que mantenía a raya la humedad del bosque. Alrededor se extendían algunas carpas improvisadas. La mayoría de los sobrevivientes se reunía aquí.
En las noches, si es que podían llamarse así, nos sentábamos alrededor del fuego a contar historias, compartir descubrimientos, teorías, pensamientos… penas. Aquí nadie tenía secretos. La solidaridad no era una regla impuesta, sino una necesidad compartida.
En este nivel no se competía. Se sobrevivía… juntos.
Con un Nivel de Dificultad de Seguro, no existía ningún peligro real. Era un concepto que, al principio, me parecía absurdo, como si este sitio tuviera reglas programadas por una lógica superior, pero que los sobrevivientes se encargaban de enseñar con una paciencia infinita a cada recién llegado que lograban rescatar del horror.
Me quedé observando una fruta que colgaba sobre mi cabeza. Su forma era redonda, con una piel violeta oscura atravesada por vetas plateadas que pulsaban suavemente. La tomé sin pensar y, en el momento en que mis dedos la separaron del tallo, una luz muy tenue se encendió en el borde de mi retina.
[Fruto Lunar – Clase Nutritiva A]
Consumible seguro. Aporta hidratación, restaura energía y cura todas tus heridas.
La fruta desprendía un olor nauseabundo a mandarinas que me revolvió el estómago. Odio ese olor con todo mi ser; me resulta insoportable. Sin embargo, necesitaba comer algo. Al morderla, el sabor fue inmediato e intenso, una contradicción total con su aroma: era como comer un recuerdo feliz. Algo en mí se relajó.
Volví a recostarme sobre el tronco, dejando que el musgo me abrazara la espalda. Las hojas sobre mi se mecían lentamente, y junto con el calor del sol constante hacían que el mundo pareciera… por fin detenido.
Pero esa calma fue interrumpida por una vez ronca y amable:
— Ey, amigo… La reunión va a comenzar.
Era un hombre de mediana edad, de rostro curtido y ropa hecha harapos, remendada con cuidado varias veces. Me hizo una señal con la cabeza, como si supiera que no hacía falta hablar demasiado.
— Están todos ya junto al fuego.
Asentí sin decir nada, manteniendo mi máscara de superviviente dócil. No tenía motivos para negarme, pero tampoco para unirme de corazón; no me importaba quién era aquel hombre, ni su nombre ni su historia. No tenía interés real en relacionarme con nadie más allá de quienes ya tenía en mente encontrar. El resto solo eran escalones desechables pero necesarios para poder regresar a mi mundo.
Me senté despacio frente a la fogata, recostándome sobre una piedra con aburrimiento. Desde mi posición, observaba los rostros de los demás sobrevivientes y escuchaba sus tontas conversaciones; las mismas que recordaba, casi palabra por palabra, en cada una de mis regresiones.
A lo largo de mis exploraciones, aprendí que la supervivencia en Nullaria no dependía solo de la fuerza o la suerte, sino del conocimiento compartido. Los habitantes de este lugar habían desarrollado un sistema rudimentario pero vital: la Clasificación de Dificultad de Supervivencia.
Era un intento desesperado por entender dónde era seguro moverse… y dónde uno podía desaparecer sin dejar rastro. En este mundo, esa información se transmitía entre los grupos como si fuese un dogma. Conocerla podía marcar la diferencia entre vivir un día más o disolverse para siempre.
Un murmullo recorrió el semicírculo cuando vimos a Sair, el líder del campamento, conducir a dos figuras temblorosas hacia el claro e invitarlas a sentarse: era la nueva "cosecha" que el sistema de descarte de la Tierra había escupido hacia Nullaria.
El primero en aparecer fue Jhan, un hombre de unos veintiocho años, de rostro anguloso y barba sin afeitar, con las ropas manchadas y desgastadas. Caminó torpemente, avergonzado, con sus ojos abiertos de miedo. Lo habían encontrado en el Nivel -1.
Un mundo sin centro ni sentido, conocido como Laberinto de Escaleras: habitaciones enormes, altas como catedrales pero sin techo o suelo visible. Iluminadas sin una fuente aparente. Con paredes de un amarillo fluorescente y escaleras de peldaños multicolor emergiendo desde todas las direcciones posibles: arriba, abajo, a los costados, en diagonal o invertidas, desafiando toda lógica.
Tanya, la otra rescatada, era una joven morena de unos veinticinco años, de mirada asustada y manos temblorosas, hallada en un rincón seguro del Nivel 1. Había sobrevivido escondiéndose bajo una estructura rota durante horas, en completo silencio. Decía escuchar sonidos, susurros, vibraciones provenientes de lugares vacíos… como si algo invisible la acechara.
— Están a salvo ahora — anunció Sair, con su tono sereno y mirada firme, mientras los recién llegados se observaban el fuego —. Bienvenidos al Nivel 0. Este lugar es conocido como Bosque Lapislázuli.
Tanya alzó la vista hacia las copas de los árboles, el cielo sin nubes, los mantos de musgo brillante que cubrían los troncos, y dejó escapar una respiración quebrada.
— ¿Esto es el cielo? — susurró, más a sí misma que a los demás.
Sair negó con suavidad.
— No. Pero tampoco es el infierno. Posee muchos nombres, pero se lo conoce principalmente como el Reino de Nullaria. Un lugar antiguo, sagrado y perturbador. Una dimensión sellada, creada para retener lo que no merece seguir adelante.
Sair se aclaró la garganta, captando la atención de todos. Dio unos pasos y se preparó para comenzar el discurso que yo ya conocía de memoria.
— Nullaria es el filtro que la vida ya no usa —comenzó, elevando la voz—. La Tierra escupe aquí lo que considera prescindible. Los débiles. Los malvados. Los rotos. Los inútiles. Somos el residuo sin propósito de la selección natural del planeta, pero eso no significa que no podamos volver a tener uno.
Me limité a observar las brasas, ocultando mi tedio. Había escuchado esas mismas palabras una y otra vez; la misma esperanza barata para almas descartadas recién llegadas. Algunos asintieron; otros, como Jhan, bajaron la mirada aplastados por el peso de aquellas palabras.
Sair inhaló despacio, tomando un palo del suelo.
— Nuestros cuerpos terrenales están en coma o clínicamente perdidos en algún hospital… pero siguen respirando. Aquí, en cambio, Nullaria reconstruye tu cuerpo físico usando tu alma y tu consciencia. Por eso podemos sentir dolor, sangrar, o tener hambre o cansancio; es una ilusión funcional que permite al alma experimentar este mundo como si estuviéramos vivos. Si estás aquí, es porque su alma aún no alcanza la frecuencia adecuada para trascender.
Tanya frunció el ceño, confundida. Sair, paciente, dibujó una onda en la tierra.
— Los humanos solo ven una pequeña franja de la existencia, entre el infrarrojo y el ultravioleta. Aquí, esa franja se expande según la vibración de su alma. Al caer en coma, dejaron atrás el cascarón; lo que llega a Nullaria es su frecuencia interior, una huella espiritual moldeada por sus acciones en vida.
Si trajeron consigo una vibración alta, verán caminos y estructuras que otros ignoran; pero si su frecuencia es baja, el mundo será opaco, incompleto… y las Pesadillas los alcanzarán antes de que puedan verlas.
— ¿Frecuencia? ¿Vibración? No entiendo nada de esto... — murmuró Jhan completamente abrumado.
Sair lo observó con calma.
— Es percepción, Jhan. Todo en este lugar gira en torno a lo que vemos, oímos o experimentamos con nuestros sentidos. Cada uno vibra en una frecuencia. Cuanto más ciega está el alma, más oscuro es el entorno. Cuanto más despierta, más puede ver el mundo que te rodea. Por eso algunos mueren sin entender qué los mató… y otros sobreviven sin saber cómo.
— Creo... que lo entiendo... — murmuró sorprendido Jhan.
Sair asintió, y el carbón del fuego reflejó una chispa en sus ojos. Con un gesto ágil, trazó una cruz en el suelo: +Y en la parte superior, -Y en la inferior, -X a la izquierda, +X a la derecha.
— Nullaria está formada por niveles. Los cuales son un reflejo colectivo de lo que llevamos dentro cada uno de nosotros, es decir que estas dimensiones mutan y se multiplican con todos los sentimientos positivos y negativos que traemos a este limbo.
Tanya y Jhan se miraron sorprendidos.
— Existen muchos niveles. Superar uno requiere voluntad, controlar tus miedos y la ayuda de tu runa — explicó Sair —. Pero elevar la percepción de tu alma es fundamental. De lo contrario, no será suficiente para superar las dimensiones más complicadas y peligrosas.
Sair escribió 1, 2, 3 en la dirección del eje +X.
— Estos son los más estructurados. No diría “seguros”, pero siguen cierto orden lógico. En cambio, los que se extienden hacia el eje -X — comentó mientras escribía -1, -2, -3 sobre ese eje — son los más caóticos: lugares deformes, ruinosos, a veces completamente inestables.
Levantó la mirada hacia Jhan.
— Típicamente, los recién llegados caen en el Nivel 1 o en el Nivel -1. Si despertaste en el Nivel -1… puede que tus acciones en vida no hayan sido las mejores. Por lo que prestaría atención al concepto de baja vibración.
Jhan desvió la mirada, incómodo, mientras Sair comenzó a escribir las letras griegas α, β, Ω, sobre el eje superior.
— Hacia el eje +Y, en cambio, están los niveles anómalos. espacios abstractos, experimentales. Los clasificamos con letras griegas.
Finalmente dibujó debajo del diagrama diferentes símbolos: “!!!”, “♥”, “∞”.
— Y hacia el eje -Y están los niveles inexplicables. Lugares que no siguen ninguna ley física o espiritual.
Hizo una pausa, notando las expresiones confusas de algunos de los presentes.
Un veterano alzó la voz para intentar calmar los nervios. — Sé que suena complicado, pero esa información aparecerá en sus retinas cada vez que entren a un nivel. Nullaria misma la proporciona; es su forma de organizar lo que hemos descubierto tras años de investigación.
Otro presente agregó que esos datos se comparten entre facciones como un dogma de supervivencia.
Muchos asintieron como si escucharan una vieja lección, pero yo los observé en silencio mientras Sair se disponía a explicar el último punto.
— Lo que nos lleva a la Clasificación de Dificultad de Supervivencia. Jhan y Tanya vienen de niveles diferentes, pero ambos comparten una característica: son del tipo Clase 1 con una Dificultad de Supervivencia Tolerable. Allí las entidades son fáciles de evitar si se tiene precaución. Ahora, en cambio, estamos en el Nivel 0, de Clase 0: Seguro; aquí no hay peligros y pueden descansar sin miedos.
Observé las llamas de la fogata, fingiendo asimilar la lección por primera vez. Mi supuesta ignorancia era mi único escudo. Sair continuó con la Clase 2: Inestable, advirtiendo sobre entornos que mutan y salidas que desaparecen, pero evitó dar más detalles para no abrumarlos.
Bostecé con discreción, ocultando el tedio. Sair no mencionó las clases más altas de la lista de seis: Hostil, Distorsionado o Inferno, la peor de todas. Sabía que hablarles sobre ellas solo aceleraría su colapso mental. Para el sistema de este mundo, ellos todavía eran piezas de prueba; no tenía sentido mostrarles el fondo del abismo cuando apenas aprendían a caminar por el borde. Todo esto lo aprendí aquí mismo, sentado junto a esta fogata. Escuchando sus historias y lloriqueos una y otra vez.
— Nuestro deber como grupo — continuó Sair — es mapear los niveles, registrar hallazgos y compartirlos. Pero también… buscar las reliquias por el bien de la facción.
Me desperecé, ocultando una risa silenciosa. Sabía que cada nivel posee una Reliquia Bendita y una Reliquia Maldita, objetos que otorgan habilidades, protecciones o algun tipo de ayuda para elevar la percepción. Aunque el discurso de las facciones parezca altruista, todas persiguen lo mismo: evolucionar o sobrevivir sin importar el costo.
Alguien añadió que el aprendizaje constante fortalecía el alma. Para mí, todo este teatro sonaba demasiado ensayado; un velo tejido para lavar conciencias con esperanza.
Jhan levantó la mano, rompiendo la calma. — Mencionaste que la percepción puede elevarse... ¿Qué sucede si alguien alcanza la más alta de todas?
— Entonces… puedes verlos — respondió Sair con voz grave —. Oírlos. Entender a las Entidades Superiores y ver qué se esconde tras el velo de Nullaria. Y lo más importante: salir de este mundo. Pero recuerda, Jhan: si mueres aquí, mueres allá.
Se hizo un silencio espeso que Sair quebró con una mueca cansada.
— A veces, alguien alcanza un alto grado de percepción tras avanzar solo unos pocos niveles… o tras salvar su vida de milagro. No por ser fuerte, sino porque aprendió; cada error, cada miedo enfrentado, deja una marca que, si se asimila, eleva el alma.
Sair se rascó la cabeza, como si intentara entender un complicado concepto.
— Hay almas que llegan aquí con un grado de pureza natural — continuó —. Despiertas, nobles, limpias. Para ellas, el camino es más fácil: ya poseen cierto grado de percepción espiritual. Pero para los demás… — miró lentamente a los presentes — el trayecto es más largo. Y más oscuro.
El fuego crepitó. El silencio se volvió un manto.
— ¿Y ya hubo alguien que haya alcanzado una percepción superior… y salido de aquí? —preguntó Tanya con preocupación.
— Creemos que sí — respondió Sair tras una breve pausa —. Hace tiempo, un grupo llegó hasta el Nivel Final. Llevaban cámaras en sus trajes, y las grabaciones mostraron cómo una luz inmensa los envolvía. Después de eso, la señal se cortó.
Bajó la mirada, pensativo.
— Quienes analizaron esas grabaciones creen que el grupo encontró la salida. Llegar al Nivel Final exige una percepción muy elevada; nadie puede hacerlo sin estar preparado. Por eso, nadie ha repetido aquella hazaña. En cuanto a ese grupo… jamás volvieron a verlos. Pero la historia se propagó entre los niveles, y con ella, la esperanza.
Levantó lentamente la mirada al cielo.
— Desde entonces, muchos creen que alcanzar esa luz significa escapar de Nullaria.
Tanya se abrazó los hombros, temblando.
— ¿Y cómo… cómo lo logramos nosotros? — preguntó Jhan.
Sair sonrió con dulzura inesperada.
— Empezando por conocerse. Por ejemplo… ¿qué runa eligieron cuando llegaron aquí?
— ¿Te refieres a esas piedras flotando en el aire que se metieron dentro de nuestros cuerpos? — preguntó Jhan confundido mirándose el brazo.
Sair asintió.
— Exacto. Nadie puede ver la runa del otro. Pero si fijan la vista en el tatuaje que se impregnó en su brazo derecho, la información aparecerá ante ustedes.
Tanya bajó la mirada. Su piel brillaba con trazos multicolores, como hebras de luz entrelazadas. Entonces, una tenue inscripción emergió ante sus ojos: el nombre de su runa.
— Runa de Herrería. Permite fusionar elementos simples en objetos de gran poder. Al parecer… puedo crear armas combinando ciertos materiales.
Jhan, aun visiblemente confundido, parpadeó y murmuró:
— Runa de la Fuerza. Otorga una potencia física tres veces superior a la de un humano promedio.
Algunos aplaudieron suavemente, en señal de bienvenida. Otros solo entrecerraron sus ojos tomando nota mental de lo que cada uno podía aportar.
Permanecí en silencio. Pero no podía evitar recordar el grave error que cometí en mi primera vida aquí.
La primera vez que dijo la verdad sobre la runa de la Regresión Infinita, lo usaron como una herramienta. Lo mandaban siempre al frente, como un escudo humano para limpiar el camino; total, si moría, regresaría con la información necesaria. Lo traicionaron para saciar sus propias ambiciones y lo dejaron vacío. Se sentía como un idiota por haber confiado.
Aquella primera traición fue solo el inicio. En cada regresión posterior, ver cómo el mismo patrón de codicia se repetía en cada facción no hizo más que reafirmar su desconfianza. La lección que aprendió a golpes aquella vez se convirtió en una ley absoluta: en Nullaria, la honestidad es una debilidad que otros devoran.
Por eso, aprovechando que nadie podía ver su runa, decidió mentir.
— Runa del Lenguaje — dije con voz monótona cuando llegó mi turno —. Soy capaz de traducir escrituras y símbolos antiguos.
Era la excusa perfecta: útil para no ser descartado, pero lo bastante inofensiva para que lo dejaran en paz. Sin embargo, en un lugar donde la percepción lo es todo, mantener una mentira es como cargar una piedra cuesta arriba. Tarde o temprano, el peso termina por aplastarte.
Fin del Capítulo Dos.