Para comprender el nacimiento de la nación argelina, es preciso alejarse de la idea de un estallido espontáneo. Lo que el mundo presenció en la década de 1950 fue la culminación de un proceso de décadas donde la identidad política se forjó entre la esperanza de la modernización y la dureza de la represión. Argelia se independizó de Francia el 5 de julio de 1962. La ocupación francesa comenzó en 1830 y duró 132 años.
El germen de la emancipación no brotó inicialmente en las cabilas o tribus del Magreb (región del norte de África que comprende los países situados al oeste de Egipto: Marruecos, Argelia, Túnez, Mauritania, Libia, Sáhara Occidental), sino en el corazón de la metrópoli. Durante el periodo de entreguerras, coexistieron dos corrientes: una burguesía árabe que buscaba la modernización cultural y la equiparación legal, y un movimiento proletario vibrante en París. Fue en este entorno obrero donde nació la verdadera semilla del independentismo político.
La llegada al poder del Frente Popular en 1936 representó una paradoja dolorosa. A pesar de su retórica progresista, la inestabilidad en París y la presión de los colonos provocaron que el gobierno pasara de la tolerancia a la represión. La prohibición de la ENA (dos instituciones históricas de enorme peso político) y el encarcelamiento de Messali Hadj (el "padre del nacionalismo argelino"y una figura fundamental en la lucha por la independencia de Argelia), clausuraron la vía del diálogo institucional, demostrando que la metrópoli no estaba dispuesta a reformar el sistema colonial desde dentro.
Esta asfixia política actuó como un catalizador, obligando a los movimientos a trascender el ámbito laboral para articular demandas formales de autodeterminación nacional.
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En 1943, en plena conflagración mundial, el sector moderado liderado por Ferhat Abbas comprendió que el orden colonial estaba herido. El Manifiesto de los 28 dirigentes no fue solo una queja, sino un proyecto de nación que exigía:
La autodeterminación política de Argelia.
La supresión del feudalismo agrario para liberar al campesinado.
La igualdad absoluta de derechos frente a los ciudadanos de origen galo.
La libertad de cultos y una amnistía general para los perseguidos.
El fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, lejos de traer la libertad prometida, desencadenó una tragedia que marcaría un punto de no retorno. Mientras Francia celebraba la victoria sobre el fascismo, en Argelia las manifestaciones fueron ahogadas en sangre. El mando francés intentó minimizar la masacre informando de apenas 15 muertes, pero la realidad fue un trauma colectivo: los nacionalistas denunciaron el asesinato de 45.000 argelinos tras el bombardeo de 40 aldeas.
Este abismo de violencia alteró la psicología del conflicto. Los antiguos "gritos de autodeterminación" —que aún contemplaban una asociación con Francia— se mutaron irreversiblemente en "gritos de independencia". La masacre de 1945 fue el acta de defunción de cualquier solución pactada a corto plazo.
La brutalidad del Estado colonial radicalizó a los sectores que antes confiaban en la diplomacia, empujándolos a considerar que la soberanía solo se alcanzaría a través de la ruptura total y el uso de la fuerza.
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Tras años de divisiones internas y el desmantelamiento de grupos como la Organización Especial (OS), surgió una nueva vanguardia decidida a imponer la unidad. El proceso de estructuración revolucionaria se sintetiza en tres pilares:
1. El CRUA (Comité Revolucionario de Unidad y Acción): Creado para soldar las facciones divididas y preparar la logística de la insurrección.
2. El FLN (Frente de Liberación Nacional): El brazo político encargado de la dirección ideológica y la representación nacional.
3. El ALN (Ejército de Liberación Nacional): El brazo armado cuya misión era desgastar al ejército francés mediante la guerra de guerrillas.
El 1 de noviembre de 1954 marcó el inicio de la lucha armada. La proclama del FLN buscaba dos objetivos estratégicos: el "aniquilamiento de la corrupción colonial" y la "internacionalización del conflicto". Ya no era un motín interno; era una guerra de liberación nacional.
Observemos la magnitud de este compromiso: una organización que contaba con apenas 500 hombres en 1954 se convirtió en una maquinaria de 120.000 combatientes en 1957. El FLN logró algo inédito: transformarse en el partido único de todos los argelinos, borrando las antiguas distinciones partidistas.
Esta hegemonía del FLN forzó un escenario de guerra total, planteando una partida de ajedrez sangrienta entre tres fuerzas irreconciliables: los nacionalistas argelinos, el gobierno de la metrópoli y el millón de Pieds-noirs (colonos) dispuestos a todo por mantener su estatus.
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Para 1958, el conflicto era un "cáncer" que devoraba la Cuarta República francesa, llevándola al borde de la guerra civil. En este caos, la figura de Charles de Gaulle emergió como el "antiguo salvador".
Las horas de la Cuarta República estaban contadas. El país se enfrentaba a la amenaza de una auténtica Guerra Civil. La esperanza tenía un nombre: Charles de Gaulle.
Aunque los colonos lo recibieron al grito de "Argelia francesa", De Gaulle operó con un frío realismo político. Entendió que el mito de la Argelia colonial era insostenible y que los "intereses bastardos" de ciertos sectores estaban desintegrando a Francia. Su estrategia fue magistral:
Desmitificación: Desenmascaró el costo económico y moral de la guerra ante la opinión pública.
Pragmatismo económico: Convenció al capitalismo francés de que sus intereses sobrevivirían e incluso prosperarían en una Argelia independiente.
Aislamiento: Marginó a los elementos más reaccionarios del ejército y a la OAS (los ultras que se oponían a cualquier cesión).
Propuesta de tres vías: Presentó a los franceses las opciones de secesión, integración o autonomía, preparando el terreno para lo inevitable.
A pesar de intentar jugar la carta de un "regrupamiento de franceses" en territorios separados —propuesta que el FLN rechazó de plano—, De Gaulle comprendió que el abandono era irreversible. Buscaba que Francia saliera como un "vencedor moral" de una derrota militar anunciada.
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El camino hacia la firma definitiva fue un campo minado de diplomacia secreta y sabotajes terroristas por parte de los extremistas de la OAS.
Cronología de la Independencia:
Enero de 1961: El pueblo francés aprueba en referéndum la autodeterminación argelina por amplia mayoría.
Abril de 1961: Fracasa un intento de golpe de Estado liderado por generales ultras, lo que acelera las negociaciones.
Mayo-Julio de 1961: Conferencias de Evian y Lugrin. Comienzan las bases del alto el fuego, pese a las enormes dificultades.
Febrero de 1962: Encuentro secreto en Rousses (frontera suiza) para ultimar los detalles técnicos del traspaso de poder.
18-19 de marzo de 1962: Firma oficial de los Acuerdos de Evian y proclamación del cese total de las hostilidades.
El cierre de los acuerdos se vio demorado y complicado por la profunda fractura interna en el bando argelino. La tensión entre los "blandos", representados por Ferhat Abbas (partidario de la negociación diplomática), y los "duros", encabezados por Ben Bella (líder de la línea más intransigente), generó fricciones que no solo ralentizaron las firmas en Evian, sino que prefiguraron las luchas de poder en la Argelia poscolonial.
El 19 de marzo de 1962 no solo callaron las armas; se certificó el fin de un imperio y el nacimiento de un referente para todos los procesos de descolonización en África.
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La independencia de Argelia fue la victoria de la perseverancia política sobre la fuerza militar. Este proceso puede resumirse en tres factores fundamentales:
1. La radicalización por la represión: La ceguera de los colonos y la brutalidad de 1945 cerraron las puertas a la autonomía y abrieron las de la revolución.
2. La unidad del FLN: La creación de una estructura político-militar única que absorbió todas las sensibilidades del nacionalismo argelino.
3. El realismo de De Gaulle: La capacidad de un líder para priorizar la supervivencia de su nación sobre el apego sentimental a un territorio colonial inviable.
En definitiva, la gesta argelina ilustra cómo un movimiento nacido de las reivindicaciones obreras más básicas pudo, a través de la organización y el sacrificio, desafiar a una potencia mundial y reescribir la historia del siglo XX.
Este proceso nos invita a reflexionar sobre el incalculable costo humano y social de la libertad, y cómo la soberanía de un pueblo es, a menudo, el fruto de una voluntad que no se dobla ante el bombardeo ni la tortura.