Tras la capitulación de la Alemania nazi en mayo de 1945, la comunidad internacional se enfrentó a un dilema pedagógico y ético: ¿cómo procesar la barbarie sin caer en la venganza sumaria? Mientras algunos sugerían ejecuciones masivas, prevaleció la necesidad de documentar la verdad para evitar el negacionismo futuro. Un elemento crucial de este registro fueron los 2.000 discos de gramófono que grabaron cada segundo del proceso, ocultos durante décadas por temor a su destrucción.
La ciudad de Núremberg fue elegida por su dualidad: poseía el simbolismo de ser la cuna de las leyes raciales y los congresos del Partido Nazi, y ofrecía la logística de un Palacio de Justicia casi intacto. El tribunal fue un hito inédito, una coalición de las cuatro potencias aliadas (EE. UU., Gran Bretaña, URSS y Francia) que buscaba transformar el caos de la posguerra en un orden jurídico global.
"El juicio no solo debía revelar la verdad sobre los crímenes del régimen nazi, sino que también debía sentar un precedente para el derecho penal internacional". — Robert Jackson, Fiscal estadounidense.
Esta estructura legal fue diseñada para despojar a los líderes de su inmunidad estatal, permitiendo que la justicia se centrara en los cargos específicos que definieron la arquitectura del terror.
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La acusación de 43 páginas buscaba demostrar que el Tercer Reich no fue un fenómeno accidental, sino una empresa criminal meticulosamente orquestada.
Crímenes contra la paz: Se imputó la planificación y ejecución de guerras de agresión. La fiscalía presentó pruebas de la política expansionista, como las amenazas de Göring de "arrasar Praga hasta los cimientos" contra Emil Hácha (Checoslovaquia) o el ultimátum violento a Kurt Schuschnigg para la anexión de Austria.
Crímenes de guerra: Violaciones de las leyes internacionales de conflicto, incluyendo el asesinato de prisioneros y el saqueo sistemático.
Crímenes contra la humanidad: Exterminio, esclavitud y persecución racial. Aquí se incluyó el horror de los campos y las ejecuciones masivas de civiles.
Conspiración: Este cargo fue vital desde una perspectiva pedagógica, pues probaba que el rearme iniciado en 1933 no era defensivo, sino un plan para la dominación mundial y la agresión deliberada.
Estos cargos permitieron sentar en el banquillo a los hombres que representaban el sistema nervioso del régimen totalitario.
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El proceso no solo evaluó actos, sino también mentes. El psicólogo Gustave Gilbert realizó perfiles psicológicos de los acusados para determinar si eran psicópatas o productos de un sistema. Un caso de estudio pedagógico fue Rudolf Hess (transcribió y editó "Mein Kampf" (Mi Lucha), el manifiesto ideológico de Hitler, mientras estaban encarcelados), quien fingió amnesia como táctica de defensa hasta que finalmente admitió que "no se arrepentía de nada".
El Equipo de la Fiscalía
Robert Jackson: Magistrado de la Corte Suprema de EE. UU., el arquitecto moral del tribunal.
David Maxwell Fyfe: Fiscal británico, cuya tenacidad fue alimentada por la devastación de los bombardeos sobre Londres.
Tras meses de interrogatorios y careos, los fiscales se transformaron en "sabuesos llenos de ira", listos para confrontar a los acusados con una montaña de evidencia física irrefutable.
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La fuerza de Núremberg residió en que los nazis fueron condenados, en gran medida, por sus propios registros y testigos.
1. Evidencia Documental y Audiovisual: Además de las Notas de Hossbach (que probaban planes de guerra desde 1937), el momento más devastador fue la proyección del documental ordenado por el General Eisenhower. El filme mostró al mundo el horror de los campos donde, en solo ocho meses, se asesinó a 4.000 prisioneros en un solo complejo, revelando además objetos atroces como lámparas hechas con piel humana.
2. Testimonios de la Defensa que se volvieron en contra: En un giro irónico, la defensa de Kaltenbrunner llamó a Rudolf Höss (excomandante de Auschwitz). Höss, con una frialdad pedagógica aterradora, detalló cómo construyó cámaras de gas con Zyklon B capaces de asesinar a 2.000 personas simultáneamente, confirmando que recibía órdenes directas para la "solución final".
3. Testimonios de Supervivientes y Perpetradores: Se escuchó el desgarrador relato de Samuel Rajzman sobre Treblinka y la confesión de Otto Ohlendorf, comandante de los Einsatzgruppen (unidades móviles de ejecución), quien admitió el asesinato sistemático de civiles en el Este bajo el pretexto de "reasentamiento".
Esta acumulación de pruebas condujo a una deliberación final donde la negación de los acusados perdió toda validez ante la conciencia histórica.
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El 1 de octubre de 1946 se dictaron las sentencias. Aunque algunos lograron evadir la justicia completa mediante la muerte o penas menores, el registro de su culpabilidad quedó sellado.
Hermann Göring: Condenado a muerte. Logró suicidarse con cianuro la noche anterior a su ejecución, un último acto de desafío que el tribunal consideró una humillación para los aliados.
Rudolf Hess: Cadena perpetua. Fue el último recluso en la prisión de Spandau, donde se suicidó en los años 80.
Albert Speer: 20 años de prisión. Aunque proyectó una imagen de arrepentimiento y tuvo éxito editorial tras su liberación, la historia posterior confirmó que su implicación en el trabajo esclavo fue tan grave como la de los condenados a muerte.
Karl Dönitz: 10 años de prisión. Fue condenado por la brutalidad de la guerra submarina, incluyendo órdenes de disparar contra náufragos.
Condenados a la horca: El 16 de octubre de 1946, Julius Streicher, Wilhelm Keitel y Ernst Kaltenbrunner, entre otros, fueron ejecutados en las horcas que ellos mismos habían erigido mediante sus políticas.
Este desenlace marcó un hito donde el derecho internacional comenzó a transitar de la teoría a la práctica punitiva contra el mal radical.
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El mayor logro de Núremberg no fue el castigo físico de los culpables, sino la creación de un archivo de la historia imposible de borrar. Fue el "enfrentamiento de los alemanes con lo que habían permitido que ocurriera". Aunque la Guerra Fría permitió que algunos responsables escaparan o fueran reclutados, el juicio estableció que la obediencia debida no es una defensa válida frente a crímenes contra la humanidad.
Los Juicios de Núremberg establecieron de manera definitiva que nadie está por encima de la ley. Al eliminar la inmunidad soberana, se grabó en la memoria colectiva que los líderes estatales son responsables de sus actos ante la humanidad, sentando las bases de una justicia que no prescribe ante la barbarie.
No pudieron ser juzgados por haberse suicidado antes de la captura o al final de la guerra: Adolf Hitler, Heinrich Himmler (jefe de las SS) y Joseph Goebbels (ministro de Propaganda).
Las ejecuciones de los condenados a muerte se llevaron a cabo el 16 de octubre de 1946. Sus cenizas fueron arrojadas al río Isar para evitar que sus tumbas se convirtieran en lugares de peregrinación.