El 1 de enero de 1901 no fue simplemente el inicio de un nuevo siglo para los habitantes del continente australiano; fue el día en que seis entidades separadas, a menudo enfrentadas, se fundieron en un solo destino. Como historiador, me gusta ver este proceso no como una guerra de independencia, sino como una de las conversaciones políticas más largas y complejas de la modernidad. Esta es la crónica de cómo una colección de puestos avanzados británicos superó sus diferencias para dar vida al Commonwealth of Australia.
Antes de 1901, Australia era un concepto geográfico, no una nación. El territorio estaba fragmentado en seis colonias británicas independientes que operaban con la autonomía de estados soberanos, ignorando sistemáticamente la presencia milenaria de los cientos de pueblos indígenas sobre cuyas tierras se asentaban:
Nueva Gales del Sur (New South Wales)
Victoria
Queensland
Australia Meridional (South Australia)
Tasmania
Australia Occidental (Western Australia)
Históricamente, estas colonias se comportaban como vecinos malavenidos. Un ejemplo fascinante de este distanciamiento fue el fracaso del Consejo Federal de Australasia (1885). Este "primer borrador" de gobierno nacional incluyó a colonias como Fiyi y Queensland, pero nació herido de muerte: carecía de poder ejecutivo y de presupuesto propio. Además, la rivalidad entre Victoria y Nueva Gales del Sur era tan profunda que esta última ni siquiera se unió al consejo, dejando al continente sin una voz unificada ante el mundo.
Esta falta de coordinación era un lastre. Cada colonia gestionaba sus propios recursos, lo que impedía resolver desafíos continentales y obligaba a depender excesivamente de la metrópoli londinense para cuestiones tan básicas como la seguridad costera.
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La idea de la unión no nació de un romanticismo abstracto, sino de la cruda necesidad de supervivencia y eficiencia. Los motivos que impulsaron el cambio se resumen en la siguiente tabla de pilares fundamentales:
Motivación
Explicación del Beneficio
El impacto de estos pilares se sentía en el bolsillo de cada colono. Imagine a un agricultor de Australia Meridional intentando vender sus remolachas en Queensland; debía pagar un impuesto de importación (arancel) que encarecía su producto y asfixiaba el comercio interno. La Federación prometía derribar estos muros invisibles que convertían a los vecinos en competidores extranjeros.
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El movimiento federal necesitaba un catalizador, y este llegó en forma de un duelo de egos aristocráticos. En 1889, el gobernador Lord Carrington desafió a Sir Henry Parkes, el Premier de Nueva Gales del Sur, apostando a que este no sería capaz de unir a las colonias en un año. Parkes, un político astuto y apasionado, aceptó el reto y decidió llevar la lucha fuera de las cámaras parlamentarias, apelando directamente al corazón del pueblo.
El momento culminante ocurrió en el pequeño pueblo de Tenterfield, cerca de la frontera con Queensland:
"El Discurso de Tenterfield (1889) es el primer llamado directo al público australiano. Parkes no habló de tecnicismos, sino de la necesidad de una defensa común y de la eliminación de los aranceles que asfixiaban a las ciudades fronterizas, convirtiendo la política en una causa nacional."
Parkes se convirtió en el "Padre de la Federación" al realizar una gira de 15 discursos que resonaron como el lanzamiento de un gran álbum musical; la gente quedó cautivada por la visión, pero ahora faltaba lo más difícil: escribir la partitura de esa nueva nación.
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Redactar una Constitución que equilibrara los miedos de las colonias pequeñas frente al poder de las grandes fue una obra de ingeniería política que se dividió en tres actos:
1. La Conferencia de Sídney (1891): Samuel Griffith, Edmund Barton y Charles Kingston redactaron el primer borrador en solo cinco semanas. En este punto, Fiyi y Nueva Zelanda aún participaban, aunque Fiyi se retiró pronto por la enorme distancia geográfica.
2. El Paréntesis de la Depresión: En la década de 1890, una crisis económica severa detuvo el progreso institucional. Sin embargo, el movimiento no murió gracias a las "Conferencias Populares" en Corowa (1893) y Bathurst (1896), donde los ciudadanos exigieron que el proceso continuara.
3. La Convención de 1897-98: Con delegados elegidos por el pueblo, se finalizó el documento en sesiones itinerantes por Adelaida, Sídney y Melbourne.
El sistema resultante fue un equilibrio delicado: se creó una Legislatura (el Parlamento para hacer leyes), un Ejecutivo (para implementarlas, encabezado por el Monarca representado por el Gobernador General) y un Poder Judicial (el Tribunal Superior para interpretarlas). Se diseñó un Senado para proteger a los estados pequeños y una Cámara de Representantes basada en la población. Curiosamente, la Constitución dejó la "puerta abierta" para Nueva Zelanda, incluyéndola en la lista de estados propuestos por si decidía unirse en el futuro; una invitación que, hasta hoy, Nueva Zelanda ha preferido no aceptar.
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Australia hizo historia al ser la primera nación en someter su Constitución a un voto popular directo. Los ciudadanos se dividieron en Billites (partidarios del "Sí") y Anti-billites.
El proceso no estuvo exento de dramas: en Nueva Gales del Sur, aunque ganó el "Sí" en 1898, no se alcanzó el mínimo legal de 80.000 votos exigido por una ley local. Esto obligó a una "conferencia secreta" de Premiers donde se hicieron concesiones, como la promesa de que la futura capital nacional estaría en Nueva Gales del Sur (lo que eventualmente daría lugar a Canberra).
Tras el éxito de los referéndums en el continente, una delegación viajó a Londres en marzo de 1900. Allí, el Parlamento Británico aprobó la ley y la Reina Victoria otorgó el Asentimiento Real el 9 de julio de 1900. La estructura legal estaba lista, pero faltaba un pasajero rezagado.
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Australia Occidental (WA) dudaba profundamente. Al estar aislada geográficamente y sin una conexión ferroviaria con el este, temía que el libre comercio destruyera su industria local. Sin embargo, la rebelión no vino de los políticos de Perth, sino de los mineros de los Goldfields.
En ciudades como Coolgardie, Kalgoorlie y Albany, los mineros amenazaron con separarse de WA para formar su propia colonia llamada "Aurelia" y unirse a la Federación por su cuenta. Para presionar al gobierno, enviaron una petición masiva que, al desenrollarse, medía 2.2 kilómetros de largo. Ante la amenaza de desintegración territorial, Australia Occidental finalmente celebró su referéndum en julio de 1900, votando masivamente a favor de la unión apenas meses antes de la ceremonia oficial.
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La culminación de esta odisea democrática tuvo lugar en el Centennial Park de Sídney ante medio millón de personas. En ese día histórico, se proclamó oficialmente el Commonwealth of Australia.
Primer Ministro: Edmund Barton asumió el mando del primer gobierno federal.
El Ausente: Henry Parkes, quien inició el camino con su reto en Tenterfield, falleció en 1896, quedándose a solo cinco años de ver su sueño realizado.
Desde una perspectiva pedagógica, es vital reconocer que este nacimiento fue un logro democrático pero incompleto. Los pueblos originarios (Aborígenes e Isleños del Estrecho de Torres) no fueron consultados y quedaron excluidos de la estructura política por décadas. La historia nos muestra un camino lento hacia la inclusión: las mujeres obtuvieron el voto federal en 1902, pero Queensland no concedió el voto a los indígenas hasta 1965, y no fue hasta el referéndum de 1977 que los ciudadanos de los territorios pudieron votar en consultas constitucionales.
Hoy, la Constitución de 1901 sigue vigente, recordándonos que las naciones más sólidas no siempre nacen de las armas, sino de la persistencia de un diálogo ciudadano que, aunque imperfecto, continúa evolucionando.