«Este libro es la historia de un santo, de alguien que supo vivir una aventura. La historia de Juana de Arco. Era una muchacha. Tenía 17 años. Pero vivió su aventura hasta el fondo, bajó todos los escalones del cristianismo, uno a uno, hasta el más doloroso, hasta el más alegre.
¿Hace falta aclarar que este libro ha de leerse al trasluz y entre líneas, que hay que saber adivinar cientos de historias tras la de Juana de Arco? Yo diría que es una especie de piedra arrojada a un lago».
«”A dos barajas” es mi segundo paso en el mundo del teatro, un paso tartamudeante como no puede menos de ser todo número dos. Sobre todo si se trata de roturar un camino muy diferente del intentado la primera vez. En “La hoguera feliz” caminé en la dirección de un teatro poético, próximo al del género oratorio. Con “A dos barajas” trato de buscar un tema y unas técnicas que lleguen más al hombre medio de hoy. Que lleguen y que, si es posible, le golpeen y sacudan. [...]
Leída de frente esta comedia es la historia de un cura que se casa, o, si se prefiere, la historia de un hombre que fracasa como cura y como marido. [...] Yo he tratado de poner en pie un personaje muy concreto -que tampoco es el reflejo de todos los curas secularizados- con sus miedos, sus fracasos, su terrible inmadurez y egoísmo. [...]
Formalmente he elegido las fórmulas que me han parecido más sencillas para llegar a esa eficacia pretendida: la de la pesadilla que hace que la obra entera ocurra en la cabeza del protagonista (hasta el punto de que todos los demás personajes aparecen sólo cuando son evocados por él, y se dibujan, no como son objetivamente, sino tal y como el protagonista los ve) y que permite la eliminación del concepto “tiempo” y nos hace avanzar y retroceder, como en un sueño, con todos los tiempos coexistiendo».
Gracias a que recibió el premio ‘José María Pemán’ de teatro, pudo estrenarse en el verano de 1978 la obra “Segundo juicio a Galileo”. Escrita unos años antes, Martín Descalzo la tenía guardada en un cajón a la espera de mejores tiempos. En ella pretende desmitificar la controvertida figura de Galileo, fijándose en su vida personal, más concretamente en sus relaciones con su mujer. Dice el autor que lo que busca es mostrar su problemática como hombre: qué es lo que deseaba, por qué actuaba así…
Se estrenó en el teatro Pemán de Cádiz, por la Compañía Tirso de Molina, bajo la dirección de Manuel Manzaneque y fueron sus intérpretes principales reconocidos actores como Fernando Delgado, Charo López y Victoria Abril. Aunque la crítica especializada la alabó, fue un fracaso de público y apenas se representó, quizá porque era un teatro demasiado discursivo. Nunca llegó a publicarla como sí hizo con otras obras teatrales.
Es la terrible aventura de la soledad, pero de una soledad demasiado acompañada y de un amor disparatado y casi imposible, aunque en realidad muy verdadero. También es una historia de aplastamiento. Y estaría totalmente equivocado quien vea a Rosa solamente como una prostituta. En verdad se trata de una más de tantos y tantas criaturas “inocentes”, maltratadas por los que a veces nos creemos bienpensantes, cristianos y “buenos”. Que nadie se moleste, nos advierte el propio autor, por las cosas que Rosa dice de los curas y las monjas. Ojo: no de la Iglesia, de la que ella nunca habla, sino de un determinado fariseísmo, desgraciadamente muy extendido.
«Esta vez he querido acercarme a los días que preceden a la Pasión de Cristo. ¿Qué sintieron Él y los que le rodeaban ante esa muerte del inmortal que iban a vivir? [...] Y los que le redeaban -María, Judas, Caifás, Lázaro, Juan, Pedro, Barrabás, Herodes, Nicodemo- ¿llegaron a levantar el velo del sentido de lo que iban a presenciar? [...].
La figura de los nueve personajes que aparecen en estos Diálogos es, en definitiva, un antetipo de la nuestra: también nosotros veinte siglos después seguimos buscando a Jesús y preguntándonos quién es. Quien es, sobre todo, para nosotros. Cómo podemos y debemos amarle»