«Diálogos de 4 muertos» señala el paso de Martín Descalzo a un género en el que, sin sermones, pretende lograr una máxima eficacia en su labor específica: el sacerdocio. Además, se enfrenta valientemente con un tema religioso con plena sinceridad, dejando lejos los gritos estridentes, histéricos de ciertos novelistas, para quienes el preocuparse por estos asuntos es sólo cuestión de moda, pero que, por lo mismo, carecen de fuerza y autenticidad, las más relevantes virtudes de la presente obra.
«Mi novela es ciertamente constructiva, pero ha sido hecha sobre esta tierra que, dolosamente, no es «apta para menores». ¿Tendré yo la culpa de que algunas páginas de esta obra sangren o chirríen?
[...] recordar al lector que lo que tiene entre las manos es una novela, no un tratado de teología, ni un sermón. No busque tesis donde ha querido retratarse vida, ni se agazape esperando locuciones teológicas donde los personajes son gente que habla como se habla. Y recuerde que también la archivieja norma de que no siempre el autor piensa igual que todos y cada uno de sus personajes, ni aun de los que cruzan la novela con la misma profesión del autor. Los curas de «La frontera de Dios» no son la Iglesia, sino simplemente curas que viven, sufren, mueren y resucitan más arriba».
"El hombre que no sabía pecar" es la historia de un joven que, abandonando el seminario, decide probar el sabor del pecado. En esta apasionante novela se afronta el problema de la presencia del mal que, de Bernanos a Graham Greene, ha preocupado a toda una corriente de la novelística europea contemporánea.
Esta obra reincide en un tema muy manoseado, el de la guerra civil española, lo hace con planteamientos y enfoques absolutamente inéditos. Nadie hasta ese momento eligió ese ángulo tan arriesgado e importante que es el de la responsabilidad de la Iglesia en la guerra civil. El autor hace en este libro un impresionante e imparcial examen de conciencia a una generación eclesial a la que no pertenece pero a la que se siente ligado y con la que se sabe corresponsable.
José Luis no escribió una novela de guerra más. Se ha ido directo a buscar las claves morales por las que actúan sus personajes. Para ello ha condensado la acción en sólo cinco días y muy pocos personajes, mezclando con sabiduría los momentos en que la acción se vuelve vertiginosa con aquellos otros en los que el autor se frena para hurgar el subconsciente de sus personajes. El resultado es este llanto por el ser humano, enloquecido de tiempo en tiempo por estas cegueras colectivas que son las guerras.
«El demonio de media tarde es –a diferencia del “demonio de mediodía” del que habla la Biblia– la tentación que llega cuando parecería que todas las tentaciones deberían haber pasado ya. Es la historia de un matrimonio que después de haber pasado trece años congelado en lo que ellos creen “pureza”, pero que sólo es orgullo concentrado, vive el despertar de las pasiones que crían muertas. Sólo el fracaso y el mismo pecado les abrirán las puertas para reencontrar su verdad, haciendo así verdad la frase de san Agustín que sirve de lema a la novela: “A veces Dios cura la oculta soberbia con manifiesta lujuria”.
Sonia –una mujer que parece resumir a muchas mujeres adultas en la España de hoy, llena de deseos y de frustraciones– vive a los cuarenta años el loco enamoramiento que hubiera podido vivir a los dieciséis. Y lo vive entre dos hombres opuestos, pero que coinciden en la frialdad».