Testimonio de Pedro (España)
Me llamo Pedro, tengo 56 años y vivo en Sevilla. Soy padre de tres hijos y un gato. Soy psiquiatra, y trabajo ayudando a personas con necesidades especiales porque, además de su enfermedad mental, tienen que afrontar el dolor que supone la privación de libertad. Y también soy, intento ser, discípulo de Jesús, al estilo de José Luis Martín Descalzo.
Pedro es mi nombre, 56 es mi edad y Sevilla, el trozo de mundo en el que me ha tocado vivir. Pero, lo que define mi identidad es ser padre, ser psiquiatra, y aspirar a ser cristiano a las maneras de José Luis Martín Descalzo. Eso es lo que quiero ser y quien soy. Hace poco recomendé Descalzos ante la hoguera a un buen amigo psiquiatra, algo mayor que yo, y le pregunté si conocía quién era Martín Descalzo.
Hace décadas que somos amigos, y nunca habíamos hablado del tema. Su respuesta me resultó divertida: "tengo sus cinco libros de Razones y me hizo mucho bien durante la adolescencia", me contestó.
Mi historia personal se podría resumir en la respuesta de mi amigo. A mí las Razones de Martín Descalzo me llegaban por entregas, en el periódico dominical. Cada semana, tenía mi dosis. Leía y releía sus artículos, encontrando en ellos verdaderas razones para esperar, para estar alegre, y para amar. Razones concretas y de andar por casa; razones sencillas y ante situaciones comunes; y también razones sublimes para afrontar las situaciones más difíciles de la vida. Para mí, el artículo del domingo de José Luis era como un complemento de la Misa, era como la `epístola de Martín Descalzo a los hispanohablantes´, y, de la misma forma que explica mi amigo psiquiatra, me hizo mucho bien durante la adolescencia. Pero aquellos artículos leídos y releídos, meditados y grabados a fuego en mi conciencia, compartidos en los grupos de catequesis parroquiales, no solo me hicieron bien durante la adolescencia: en realidad, estaban configurando mi forma de entender y vivir el cristianismo. Le daban sentido a mi adolescencia, y me estaban preparando para afrontar el resto de mi vida.
Hacerme psiquiatra resultó una continuidad con el hecho de haber sido catequista. Como catequista, podía ayudar a los demás con mis palabras. Como psiquiatra, podía además utilizar la palabra para curar, lo cual es algo que todavía no deja de estremecerme. Y es cierto que fue por una aparente casualidad el hilo de acontecimientos por los que empecé a trabajar en un hospital psiquiátrico tan peculiar. Desde la perspectiva que ahora me dan los 25 años de desempeño en este Centro, ahora sé que la casualidad fue solo aparente, porque ayudar a estos pacientes en concreto, doblemente necesitados de soporte, resulta ser una auténtica vocación personal, a la manera en que José Luis Martín Descalzo me ha enseñado a entender el cristianismo. He tenido posibilidades de trabajos más sencillos y con menos desgaste, pero las he rechazado. Porque estos son mis pacientes, y esforzarme en ayudar y acompañar a aquellos que, no solo estuvieron enfermos sino que además estuvieron presos, es mi auténtica razón de ser. Llegaremos tan lejos como podamos, pero lo haremos juntos. Y, como enseñaba Martín Descalzo, tampoco puedo esperar el Cielo como premio, porque la enorme gratitud y cariño que recibo por parte de la mayoría de mis pacientes y de sus familias ya me llena plenamente. Recibo más de lo que doy, y soy consciente de ello.
Pero, como he dicho, José Luis Martín Descalzo no solo supuso una inspiración para mi adolescencia, sino una forja para el resto de mi vida. Porque cuando más necesité las enseñanzas de José Luis tuvo lugar en los momentos en los que experimenté sufrimiento y dolor. Hay situaciones en la vida que un hombre no puede afrontar solo. El mundo entero se derrumba delante de ti. En estas situaciones, ha sido el propio Jesús, el Maestro de mi maestro, ese Jesús que José Luis Martín Descalzo nos ha mostrado como un Dios cercano y amoroso, quien me ha tendido la mano y me ha sacado adelante. Porque lo que para los hombres es imposible, resulta posible para Dios.
A mí no me cabe duda de que José Luis Martín Descalzo es un hombre santo, porque un santo es un hombre bueno que refleja la imagen de Jesucristo y supone un ejemplo para los demás, y José Luis es todo eso. Me pregunto si José Luis pertenece al tipo de santo que describe en ¨Las clases medias de la santidad¨, de Razones para el amor. Parece que nadie se ha planteado en serio canonizarlo. Y, desde luego, los milagros en los que parece haber intercedido en mi vida no desafían las leyes de la física o de la medicina. Porque levantar del suelo a alguien que se siente muerto por dentro no es una resurrección en toda regla, como la de Lázaro. O trabajar por cuatro ayudando a personas con trastorno mental grave durante algunos años, tampoco es como multiplicar panes y peces. En todo caso, su intercesión ha concurrido en ¨milagros de clase media¨. Y, como ya advertía en su artículo que se imaginaba ridículos a sus padres portando ¨el arito¨ de santos, no lo haremos pasar por el mismo ridículo a él. Porque José Luis Martín Descalzo es y seguirá siendo el santo de clase media que, antes o después, todos necesitamos en nuestras vidas; inspirando milagros de clase media de los que construyen, calladamente, una humanidad mejor, y una Iglesia mejor y más cercana. José Luis ya llegó al final de su escalada, “al último repechón que conduce al abrazo con Dios en la muerte”. Nos mostró el camino después de recorrerlo el mismo, y nos ha dejado su obra por si nos perdemos y necesitamos un mapa.
Y, si también necesitamos un espejo, recomiendo la lectura de Vida y misterio de Jesús de Nazaret, porque en este libro encontraremos el mayor esfuerzo de José Luis Martín Descalzo en mostrarnos una imagen fiel de Jesús. Y, como ya sabemos, quien le haya visto a Él, habrá visto también al Padre.
Pedro
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MIS SEIS DESCUBRIMIENTOS
DE JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO
Inspirándome en el título del pregón de Semana Santa que José Luis pronunció en Astorga (León), la ciudad de su infancia, el sábado 11 de abril de 1987: “Mis seis descubrimientos astorganos”, quiero dejar testimonio de cómo descubrí progresivamente a Martín Descalzo hasta convertirse para mí en un ‘maestro del alma’, como a él le gustaba llamar a los autores que de una u otra manera habían influido en su vida y en su pensamiento.
Mi primer descubrimiento fue televisivo. Allá por mediados de los años ochenta, siendo yo entonces un seminarista, en el seminario mayor de Burgos nos dejaban ver en televisión española el programa religioso ‘Pueblo de Dios’, que dirigía y presentaba José Luis Martín Descalzo. Programa que echaban por la pequeña pantalla un día entre semana a última hora de la tarde. Yo creo que fue la primera vez que vi su rostro y que le escuché hablar con esa forma tan particular con que comunicaba.
Mi segundo descubrimiento fue periodístico. Por esa misma época recuerdo haber leído los primeros textos de José Luis en las páginas del periódico ‘ABC’ que diariamente compraban en el seminario, y los domingos la columna de ‘Cuaderno de apuntes’ que publicaba en el suplemento ‘Blanco y Negro’. También recuerdo cómo uno de los formadores a veces nos leía, en alguna de las charlas de formación, uno de esos hermosos textos que luego recopiló en sus ‘Razones’.
Mi tercer descubrimiento fue literario. Y ocurrió durante las vacaciones de uno de esos veranos de finales de la década de los ochenta. Yo, que siempre he sido un ávido lector, encontré en la biblioteca municipal que visitaba con frecuencia la novela “La frontera de Dios” que leí con gusto. Y poco tiempo después ‘Perros, lobos y corderos’.
Antes de mi siguiente descubrimiento aconteció un periodo de desierto. Aunque tres semanas antes de ser ordenado sacerdote, en 1991, falleció José Luis en Madrid, yo por un tiempo le olvidé completamente.
Mi cuarto descubrimiento, el más importante, fue el teológico y espiritual. En el año 2000 había sido enviado por mi obispo a realizar el doctorado en la Universidad Gregoriana de Roma, en la especialidad de Teología espiritual. En la misma universidad donde cincuenta años antes había estudiado José Luis. También residía en el Colegio Español, pero desde los años sesenta, el edificio ya no era el Palazzo Altemps en piazza Navona, aunque sí conservaba su biblioteca. En el primer año de estudios me hallaba en la típica crisis de encontrar un tema sobre el que hacer la Tesis. Un día, husmeando en las estanterías de la biblioteca tropecé con un ejemplar de ‘Un cura se confiesa’ que Martín Descalzo había regalado y en el que había escrito una dedicatoria. Lo pedí prestado y comencé a leerlo y mientras lo hacía dentro de mí iba surgiendo un interrogante: ¿Por qué no hacer la tesis doctoral sobre la espiritualidad sacerdotal de Martín Descalzo? Cuando lo terminé de leer, ya estaba convencido. Busqué un director, al que me costó convencer, y comencé a trabajar. Tenía por delante una ardua tarea: recopilar todas las obras del autor y la mayor parte de sus escritos. Lo cual, desde Roma, era una tarea casi imposible. Por circunstancias que no vienen al caso no pude finalizar la tesis en Roma y volví a mi diócesis con el compromiso de terminarla, para lo que me enviaron a un monasterio de clausura y unos pueblos de montaña. Fueron unos años apasionantes de búsqueda de material, visita de bibliotecas por toda España, contacto con personas que le habían conocido, cartas a periódicos, etc. Finalmente, tras un doloroso, y a la vez hermoso, proceso de gestación y escritura, la tesis fue defendida en la Facultad de Teología de Burgos, providencialmente, el día de Jesucristo Sumo y Eterno sacerdote del año 2009 con el título: ‘La figura del sacerdote y su espiritualidad en los escritos de José Luis Martín Descalzo. Entre el asombro y el entusiasmo del sacerdocio’. Fruto de ese trabajo, al año siguiente, Año Sacerdotal, publiqué mi primer libro: ‘José Luis Martín Descalzo. El asombro de ser cura’.
Mi quinto descubrimiento fue familiar. Defendida la tesis, empezó mi contacto con Crucita Martín Descalzo, a la que ya había visitado junto a su hermana Angelines, tiempo atrás. Durante varios años viajé con cierta periodicidad a Valladolid. Crucita siempre me recibía con una gran hospitalidad, tomábamos un café con pastas, charlábamos un rato y luego me permitía investigar en el archivo de José Luis y fotocopiar muchos artículos que no había recopilado en ninguna obra. Fruto de ellos fueron varias obras en los que recogí cuentos que permanecían inéditos, textos dispersos de Navidad y Semana Santa… Cuánta admiración y amor descubrí en su hermana, a la que siempre estaré agradecido.
Finalmente, mi sexto descubrimiento fue el de la amistad. Lo comprobé durante el período que investigaba. Siempre que pedía algo en nombre de Martín Descalzo, se me abrían todas las puertas. Y últimamente, por medio del doctor José Luis Martín Lorente, un sobrino suyo, pude contactar con un grupo de jóvenes argentinos entusiastas de los escritos y del pensamiento martíndescalziano, que con gran creatividad están difundiendo su mensaje utilizando todos los medios que la tecnología permite. El número de amigos crece cada día y se universaliza sin parar.
Cuando releo lo que he escrito me doy cuenta de que puede que me haya quedado en lo anecdótico de mi relación con José Luis Martín Descalzo, pero les puedo asegurar que desde que comencé a leerle para la tesis me fui empapando de su pensamiento y caló en mí, sobre todo, su inmenso amor por el sacerdocio (lo que yo llamo ‘asombro y entusiasmo’) y su afán por comunicar la buena noticia de la salvación al hombre de hoy con el lenguaje de hoy. Ya les he dicho que José Luis es para mí un maestro del alma, y es también un modelo sacerdotal a imitar, y un amigo que sigue vivo en sus escritos siempre actuales. He tenido mucha suerte de encontrarlo y mientras viva no dejaré de difundir su figura y su obra. Se lo merece.
Antonio Martínez Serrano.
Sacerdote y profesor de teología.
Burgos. España.
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