José Luis aclara el contenido de la obra con las siguientes TRES NOTAS:
«1°) Los poemas que componen este libro fueron escritos en Roma y Valladolid entre los años 1951 y 1955.
2°) Espero no sea necesario advertir que este es un libro de poesía y no de teología. Sus frases han de entenderse, pues, desde un ángulo exclusivamente poético. [...]
3°) Los poemas que forman la tercera parte del libro fueron escritos en los meses anteriores a mi ordenación. Son, pues, algo así como mi diario de aquellas fechas. Esto explica el tono coloquial.
Para satisfacción del lector curioso, añadiré que todas las vivencias que primeramente escribí en este poema fueron luego reelaboradas para las páginas de mi libro «Un cura se confiesa». El verdadero diario de mi ordenación es el que ahora publico, no el insertado en la obra antes citada».
«Ah, Cristo, Cristo, veo
tu cabeza inclinarse, defendiendo
los últimos minutos de la vida,
agarrando los ojos al ocre de la tierra,
sujetando tus temblores al trigo.
Ahora entiendo mucho más esa muerte no suicida:
nunca quisiste irte, te encontrabas
bien en el mundo. No te fuiste
de golpe, más desangrando el tiempo.
¡Hermoso Dios, hermoso
Dios-hermano! ¡Qué celeste
delicia
conocer que tu cielo habrá salvado
cuanto amaste: las cosas
que los demás amamos! ¡Ah, no un cielo
químicamente puro! Ya reposo
dulcemente la pluma, tras la muerte
cotidiana y humilde en cada línea».
«Una tarde, de pronto, me desperté en el mundo.
Tendí la mano. ¡Había
cosas! Cosas: manzanas, pájaros, montañas,
música, aire. Fieles criaturas de carne y alborozo,
vivas, humanas, esperando
en todas las esquina.
Yo -el borrico delante- había estado hablando
con, de, en, por, sin, sobre mí
años y años, buscando
ecos de mí, espejos, con los ojos
vendados, y vendida
mi alma a mi propio, diminuto demonio.
Pero terco es el mundo. Tercamente
esperó. Y una tarde -yo no supe evitarlo-
abrí los ojos. Y estaba allí -hermoso, terrible-
como un tigre, acechándome».
«Más el Halcón amaba aquella inexistencia.
Hubiera podido enamorarse del prodigioso viento de esmeraldas,
pero amaba aquel pobre corazón corroído.
No Le hacía feliz el canto de los astros
y mendigaba el torpe gimoteo del hombre.
A la noche,
cuando toda la belleza dormía,
el Halcón se asomaba a las cunas oscuras
y lloraba de amor como un pobre muchacho.
Y lloró tanto y tanto
que un día se dio cuenta de que ya no era Halcón, ni de oro;
era uno más, tenía
dos manos y dos pies, y, allá en el fondo
del pecho, un instrumento de amar. Y se sentía
feliz.
No es que hubiera dejado de ser Dios,
es que ya era un Dios tamborilero y saltarín,
un dulce-querido-misterioso Dios
que cambiaba la página celeste
por la aventura de amar y morir.
Aquella tarde comenzó la fiesta».
(Fragmento de “El Halcón de oro”)
Apócrifo del domingo, Col. Adonais 399, Rialp, Madrid 1982, 66 pp.
En su libro de poesía anterior Apócrifo (1975), le surgió la idea a Martín Descalzo de narrar poéticamente la vida de Jesús. Quería acercar a los lectores a la realidad del evangelio desde la fantasía, la ternura y el asombro, manejando los símbolos y los versos como camino hacia la trascendencia. De los cinco ‘apócrifos’ que escribió este es el más arriesgado pues está dedicado a la resurrección de Cristo. El domingo del título es el de Pascua.
Mediante unos poemas transidos por la fe y el gozo, recrea teológica y místicamente la experiencia del Resucitado, apasionadamente humano y asombrosamente divino, que regresa a los lugares donde había vivido y se reencuentra con las personas que conoció cuando andaba por las tierras de Galilea y Judea.
Es una poesía que no sólo quiere contagiar emociones, sino también interpretar verdades. Una poesía rigurosa y valiente, donde las palabras están en función de las ideas, pues el sacerdote-teólogo alimenta al poeta.
El autor trata de profundizar en la adolescencia de Cristo y, a la vez, en toda adolescencia y misterio. La entrada de Jesús en la vida, su descubrimiento del gozo y del dolor de vivir, resumen y profundizan el asombro de toda juventud.
Formalmente, el libro apuesta por la sencillez y el misterio. Es mucho más lo que se sugiere que lo que se dice en esta serie de pequeños poemas, todos ellos abiertos hacia algún misterio, inquietantes en muchos casos, chorreando la nostalgia de esa adolescencia fugitiva, apoyándose y completándose los unos a los otros hasta construir -en realidad- un único largo poema, construido de fragmentos, de apuntes puramente sugeridos y festoneado con leves cancioncillas.
«[...] al mismo tiempo que escribía con la cabeza y el corazón mi “Vida y misterio de Jesús de Nazaret” y al mismo tiempo que preparo, con los mismos instrumentos, una posible “Vida y misterio de María de Nazaret”, he querido ir componiendo, pero esta vez con la fantasía y la intuición, lo que yo llamo “mis apócrifos” que quieren ser “la otra vida de Jesús y de María” desde el esfuerzo poético.
[...]
Yo espero que estos “Apócrifos” míos respondan a la devoción de la primera clase y no a los escarceos de los herejes. Y que sirvan, no para sustituir a los evangelios auténticos, sino para ayudar a entenderlos un poco mejor a la luz de la imaginación y la ternura amorosa.
Por eso, si en las páginas que siguen consigo alguna vez rozar el ala de la belleza y, a través de mis versos y coplillas, logro que alguien ame un poquito más a quien, a imitación de Dios, fue la Buena, la Bella y la Verdadera, a María, me daré por muy satisfecho».
«Pero quiero precipitarme a decir al lector que cuando hablo de alma y autobiografía, no aludo a las "mías" únicamente, porque mi sueño sería que en estas páginas encontrara cada lector las historias de su propia alma, su autobiografía personal. En rigor, todos somos hermanos de todos, padres de todos, hijos los unos de los otros, y por donde pasa un alma, pasan las de los demás. Por eso, cuando yo desnudo mi corazón en estos versos, espero que sean muchos otros los que se vean sangrar o sonreír».