© 2017 – Juan José Asín
Todos derechos reservados –
Reproducción prohibida sin la autorización del autor
Fotos de: Juan José Asín
PERALTALAYA
AUTO EDICIONES
“Oh! L’absence! Le moins clément de tous les maux”
Paul Verlaine – ‘La bonne chanson – X’
Mi traducción :
!Oh! ¡La ausencia ! De todos los males el menos
clemente.
Notas para una biografía
«On n’est jamais si bien servi que par soi-même »
Comenzaré con este proverbio francés, que aunque parezca una evidencia no lo es tanto.
Quiero, además, empezando con una frase en francés, alegar que llevo estas dos culturas muy ahondadas en mi ser; soy español porque nací en España, me crié en España y las bases de mi cultura las saco de la enseñanza española que la escuela pública en mi niñez y un colegio de religiosos en mi mocedad me inculcaron; porque tengo DNI y pasaporte español; y soy también francés (tengo CNI francesa), pues el roce con la vida de adulto me ha enseñado la dura realidad de construir una familia, ganarse la vida y comprender el mundo que nos rodea.
Hubiera podido decir que soy español y que fui, en Francia, un mero exilado económico, pero no es tan sencillo; llevo también en mi, este espíritu francés de la libre conciencia, de la ciudadanía responsable y participativa y tengo mucho agradecimiento a este pueblo por lo que he podido conseguir con mi trabajo, par mí y para mis hijos.
Aunque ahora, que el tiempo que la vida me ha impartido ya va mermando, siento también una inmensa desgarradura de haber estado ‘obligado’ (nunca el hombre libre está obligado de hacer lo que no quiere, eso se dice…) de vivir (no diré sin España pero sí) fuera de España.
Nací en Peralta (Navarra) en 1948 en una familia humilde. Niño en Peralta, por aquellos tiempos era ir a la escuela y pasar el resto en las calles, el monte y el río, con bandas de compañeros de barrio. Me gustaba leer, y de mis lecturas (aunque fuesen los tebeos) aprendí algunas palabras que todavía me vienen a mi mente. También tocaba “ir al campo”, a cosechar lo poco que mi padre producía: algunas verduras, un poco de trigo, entrar la paja en el granero, desgranar pinochas (mazorcas) de maíz con una maquinilla de a mano que tenía mi abuelo. Días felices bajo “ese sol de la infancia” (Machado).
Un día pasó un fraile (siempre llevo en mi corazón al Padre Carlos) y como yo tenía la edad de ir al colegio (10 años) me llevó consigo; así me encontré en un colegio de pasionistas en Zuera (Zaragoza) donde hice mis estudios segundarios que naturalmente conducían al noviciado para comenzar una vida de misionero. Pero la adolescencia acarrea cosas que uno se imagina imprescindibles y que deben cambiar el rumbo de la vida. Con 18 años me salí del convento y yo, que quería ser poeta, periodista y escritor, me encontré en Francia donde mis padres –emigrantes- residían. Sin saber la lengua (cuatro palabras sueltas de francés que un Padre belga nos había enseñado en el colegio) qué otro remedio que echarse a trabajar donde fuera. Así fui obrero en metalurgia trabajando a turno (mañana, tarde y noche); aprendí el oficio de electricista y trabajé como mandrinador en la fábrica donde trabajaba mi padre de peón. Con el futbol, en el cual era algo bueno (a nivel de pueblo), entré en relación con la juventud francesa y con las chicas que admiraban a los jóvenes futbolistas. Naturalmente, toda la enseñanza católica que había insuflado mi mocedad, continuaba en mí y la misa de los domingos era una obligación. La misa y el futbol, ambos, me llevaron a encontrar una chica adorable que quiso ser mi mujer. Del Norte donde vivíamos, nos trasladamos a Paris. Llegaron los hijos. Trabajé para mejorar mi condición con estudios de informática, oficio que luego ejercí durante más de 30 años. Retorno al Norte (1980). Me apasiona la pintura y sigo cursos en la Escuela de Bellas Artes de Valenciennes (1990) y luego en la Escuela de Arte de Denain donde un duende del grabado (con nombre Patrick Vernet) me acapara y hechiza. Desde entonces el grabado y la pintura han sido y son mis compañeros de ricas horas. También la poesía (ya en el colegio había tenido inicios balbucientes) era compañera mía, pero como se dice, en diletante. En grabado descubro los “Libros de Artista” y esa aventura de crear bellos libros de grabado y poesía me acaparan de nuevo, lo que despierta a la poesía (¡poltrona!) de las cenizas donde se encontraba para complementar mis grabados. Naturalmente, en la colisión con el francés, mi castellano se va desmoronando ya que sólo llevaba en mi mochila las palabras de mis 20 años. Llega la hora de la jubilación. La poesía, resurge con palabras más escarbadas con intención de mantener una dicción clara pero más elaborada. Son palabras que quieren emprender el arriesgado viaje de la publicación; yo les digo que llegan a deshora, que no interesan a nadie; que hoy ya no se lee poesía…
Ellas me dicen que una palabra en el viento ¿quién sabe donde irá parar? Así va la cosa.
Introducción
Este libro "Ausencia" es un canto
que yo dedico a mi tierra;
es el canto de un navarro que la vida llevó,
en su mocedad, a otras tierras;
canto de añoranza que, a lo largo de mi vida,
ha estado susurrando en mí,
cual agua subterránea
que socava la roca de mi ser.
Necesidad de una vida
(A modo de prólogo)
“Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.”
Luis García Montero
-I-
Solo va, con viejos sueños
desteñidos y casi olvidados
por un camino extranjero,
el vientre agarrotado y roto
el cuello de tornar la mirada
a la tierra de su infancia.
Lleva en su alforja viejas palabras
-secos mendrugos en su juventud
horneados-.
-II-
En la dura ausencia donde vierte
la noche su terso centelleo
de palabras custodiadas
– alhajas que fueran su tesoro –
hilando está un camino incierto
de una vivencia solitaria
esperando la refulgencia
de una dulce y glauca aurora.
Insolente esquife en aguas
tumultuosas, ensimismado va
en los sueños de su ordinaria vida,
mas acepta su penoso derrotero,
– intrépido marinero, tal se cree –
y firme tiene su timón
con propio rumbo de alta mar.
Fue empeñoso, fue capaz;
sus logros supo, sus carencias,
rompió sus manos en ingenuo
intento de volar.
-III-
Lo que yo quiero
“Denso, denso” así tu verso
mas también “míralo al sesgo”…
Sabios consejos…
Es chopo solitario, el verso mío,
en galas tierras velado,
lejos del castellano campo;
es recuerdo el verso mío
de juveniles años.
El verso mío es palabra,
vestigio sagrado
de mi tierra amada..
Sea mi verso canto sencillo,
sin sibilinos abismos,
sin sesgada acepción
¡Quiero mi verso limpio,
mi verso lo quiero claro!
Canto de ausencia [cernuda]
“si yo soy español, lo soy
a la manera de aquellos que no pueden
ser otra cosa;…”
Luis Cernuda - Díptico Español
Nunca así gritaré yo
la congoja de mi ausencia.
Fueron tiempos de sangre
fanática y venialmente derramada.
Al pronto, mi sangre está helada;
de aquellos largos años de silencio
que advinieron, hijo soy.
La vida se los ha llevado
con el paso de nuestros padres.
Nada se ha olvidado; la vida pasa.
Yo soy español, hijo de Navarra,
y desde una tierra extranjera
entono este canto de ausencia
es canto grave para la vida,
es canto ligero de alegría,
es canto de fe,
es canto de súplica.
Dilatado [dalí]
Ni de allá, completamente,
ni tampoco de aquí;
siempre vivas sus raíces
en su nativa tierra.
Estirado, descuartizado
– daliniana premonición –
mas siempre vivo.
Sin duda le espanta
su propia resiliencia.
Volver es imposible:
¿cortar su linaje?
Quedarse no podrá
si de donde viene olvida.
Arraiga sus pies
en la tierra de sus padres,
alas son sus manos,
que abarcan otros cielos
que nunca serán suyos
– aunque él se lo imagine –.
Este es su canto,
estas son sus palabras.
Ofrenda [navarra]
Si vengo aquí es
para gritar mi desgarradura.
Guardé mi tesoro:
– mis juveniles palabras inocentes –
en mi corazón navarro.
El tiempo – largo tiempo,
tiempo infinito fuera de la tierra madre –
me las hizo naufragar.
Si vengo aquí es
para emprender su rescate;
aventarlas al aire de la vida
y recoger los granos buenos,
ese mi paupérrimo tesoro.
No riáis de mí
vosotros de colmados graneros.
Yo vengo temblando,
mis granos en el cuenco de la mano,
ofrenda expiatoria de mi culpa
por una vida lejos de ti
–lejos de ti, mas nunca sin ti –
tierra mía.
Veinte años [maestría]
Siempre tengo veinte años en mi mente.
Enjauladas las llevo, las palabras
de mis veinte años
– tenazmente amaestradas –
y soy todo un orgulloso domador
de este minúsculo rebaño.
Mis días con ellas aletean,
en ellas me zambullo;
– candorosas – ellas me brindan
el sueño de creerme de nuevo
ese joven que fui en ti
tierra querida.
Destino [capricornio]
Me has prendido el aliento
que recibí
en el instante de mi primer respiro.
Siempre lleno estuve
de cárdenas colinas, odorantes
pinos, cielos nítidos,
aguas azogadas del Arga.
Lleno estoy ahora
de horizontes azulados
que siempre mi mirada guían
hacia el perfil de yacente
del lejano Moncayo.
Lleno estoy de ti, mi tierra,
yo que de ti lejos he vivido.
A mi Navarra
I [nafarroa]
Otra vez vuelvo, tierra bienquerida,
y en Bera, ya cruzado el Bidasoa,
¡Patria! – que aquí llaman Nafarroa –
ya estoy viviendo en ti, tierra nodriza.
Aprecio de estas sierras la espesura,
el agua en la angostura de sus valles;
mas va mi corazón hacia mis lares,
donde termina el Arga, en la llanura
ubérrima; aquí tiene mi pueblo
Peralta, – antigua villa – su recinto;
allá tengo los aires que yo sueño
allá mis colinas, allá el tañido
de campanas; la voz que dentro llevo,
las gentes que me aman que nunca olvido.
y II [castilla]
Decirle a mi tierra ese "Tú me levantas..."
– con rabia altanera – del tan gran Maestro
Miguel de Unamuno; yo también deseo
izarme en tu palma, tierra de Navarra.
Subir a las sierras donde nace el Arga
que riega los campos en su paso lento;
la ofrenda, en Javier, levantarla hasta el cielo
y al cabo ser polvo en la Bardena blanca.
Ya saben tus gentes que todo en ti es vida,
que fluye en tus venas el vino y la sangre,
el pan y el sudor para el ara divina.
Que grite mi canto y que mi voz se alce:
"Navarra viejo Reyno, al par que Castilla,
nodriza de gentes bravas, admirables".
Mi vega
-I-
Vosotros, los de casa, todo
tenéis al alcance de la mano;
ya nada os sorprende :
“ni el Arga, nuestro río,
“que pasa sosegado
“bajo el monte acantilado,
“donde la altanera Atalaya
“tiene sus restos arruinados;
“ni esta vega, inmensa y rica,
“con sus ubérrimos campos,
“promesa de logradas cosechas;
“ni este nuevo porvenir
“de industrias, de artesanado”.
Yo siempre os veo admirables,
con ese carácter navarro:
hombre agudos, ingeniosos,
hombres cabales y francos...
"Ni esos aires nítidos,
“ni esos cielos claros
“que corta la cigüeña
“en su vuelo acompasado;
“ni el horizonte, hacia el norte,
“con eólicos molinos lejanos
“en tierras de Tafalla,
“ni los montes azulados,
“que miran hacia el sur,
“apuntando al Moncayo,
“ni tampoco, hacia el oeste,
“los crepúsculos dorados”.
A tierras de Galia,
Peralta, te he llevado
y mi recuerdo te anida
en mi corazón navarro.
-II-
Calles de Peralta y el río:
horas indolentes de mi infancia.
Mocedad aragonesa
en el colegio. Fui feliz.
La mirada en la lejanía
– sin rumbo planeado –
en el Norte[1] me encontré.
Bajo el brazo me llevé
a Machado y Juan Ramón,
últimas reliquias
de esa España mía.
¡Han pasado tantos años…!
El barro, el sol, la lluvia
– que aquí tanto repiquetea –
no lograron deshacer esta añoranza.
¿Volveré a ti, Peralta, sosegado,
a devolver a tu tierra el polvo
que me dio la vida ?
-III-
Tan ligero me fui, me fui sin pensarlo…
Baladas, romances, sonetos…
y en los versos de Machado
los fríos aires de Soria,
y el contorno del Moncayo
– azul confín en días claros –
en mis ojos deslumbrados.
Mi ligera ropilla castellana
ya casi se me ha caído, carcomida.
A medias, me he vestido
con ropas de la Galia
– también tienen su música
y hay, como en los nuestros,
sangre entre sus versos –.
Vivir entre ambos, dilatado:
¿será premonición de nueva Europa ?
Asiento mis pies – como raíces –
en tierras de Navarra
y en cielos galos mis manos como alas.
¡Mas yo sé, dónde va mi corazón!
¿Tan ligero me fui…?
Hoy – latente – en mí resurge
la quintaesencia del ánima navarra.
-IV-
He subido al monte – tarde de octubre –
montes de Peralta.
De aquí tiene el Moncayo
perfil de obispo yacente, con mitra,
en ataúd eterno.
Adentro, la imagen – blanco, frío –
de mi padre, muerto.
En torno, este sol, que me atraviesa
– ya casi tumbado en el poniente –.
El oro del sol que se vierte
no puede con la casulla azul
del lejano Moncayo.
Peralta, ubérrima ribera,
receptáculo de los oros
últimos de octubre,
en mi ya viejo naufragar
por otra tierra,
un vínculo más, – frío y rígido –
acaba de romperse.
Mi corazón está oprimido
y sangra – oro y frío –
del dolor de los ocasos.
-V-
Moncayo - Machado
A ti, mi Maestro, andador de alcores,
que en campos de Soria, árida y fría
la faz veías del Moncayo – umbría –,
alzando a Aragón tus ojos azores
quisiera decirte que de los montes
morados de mi ribera querida,
ambos compartimos la mole erguida
que atrae los ojos al horizonte.
Yo me lo imagino como un yacente
de obispo con mitra en su sueño eterno;
tú ves, en abril, la nieve aparente
en su blanca espalda al fin del invierno.
Moncayo… Machado… Eternamente
conmigo perduraréis en mi sueño.
-VI-
Esto es vida
Estaba yo sentado en la montaña
envuelto en un tapiz de flores nuevas
que –alegre – me ofrecía primavera
en viva, anual y sempiterna hazaña.
Veía yo del alto, en la Atalaya,
la verde pincelada de la vega
volando por la llanura risueña
cortada par la curva del río Arga.
El pueblo, en su letargo, sonreía;
el viejo y altanero campanario
las horas relucientes esparcía.
Pensé que este momento solitario
debiera ser un hito de mi vida,
tesoro que ahondar en mi santuario.
-VII-
Iglesia de San Juan Evangelista
Peralta, cuando en tu iglesia
de San Juan penetro, siento
– alta bóveda, barroco altar –
un apacible sosiego.
Allí están mis años niños,
allí mis ojos pequeños
que inmensa la veían.
¿Comprendí yo algún día
ese San Juan hirviendo
en su caldera del altar mayor
que mi razón desconocía?
Y ese San Blas ondulante
en pose estrafalaria
remedando de Teresa la postura
que el Bernino esculpiera.
Y ese Cristo crucificado
con su reluciente pie de plata
que, al paso, todos besábamos.
La triste Madre Dolorosa
junto a su Hijo con morada capa,
de negro y dorado encaje vestida
– paso de Semana Santa –.
En mí guardaré el recuerdo
de ese atávico enlace
a este mi pueblo amado.
Y siempre será mi placer
sentarme en tus bancos
iglesia de San Juan
– celeste bóveda, barroco altar –
y de mi infancia revivir los sueños.
-VIII-
Canción
Los otros, que canten ardientes estíos,
perfumes errantes, amores perdidos.
Yo canto a mi tierra —mi tierra de niño—
la tierra que siempre llevé yo conmigo,
la tierra que espera la ofrenda al destino
donde muere el cuerpo cual grano de trigo.
De joven me fui, este es mi castigo:
llevarte en mi pecho terruño querido
sin poder pisar tus montes batidos,
sin poder oler la flor de tus pinos.
-IX-
Mi melancolía
Yo, que nací en un vergel,
imprevisible destino
me llevó por un camino
donde solo me encontré,
lejos de la tierra mía.
Ya sólo cantar podré
mi vieja melancolía.
-X-
Esa tierra
En mi alma, moraba
una bendita esperanza,
un poquito de esa tierra
que era la mía,
donde mis pies arraigaban;
esa tierra que mi cuerpo
apelaba para el descanso postrero;
esa tierra que me hacía
heredero de los Sanchos,
de los Mosen Pierre,
de los Francisco Javier;
esa tierra donde yo me sabía
querido de muchos y
desconocido de la mayoría;
esa tierra que yo cantaba,
esa tierra que yo quería.
¡Hoy, cuatro de mayo
del año dos mil quince,
hoy, esa tierra ya no es la mía!
Ya nada poseo en esa tierra
de mi Navarra querida.
¿Quién puede saber el dolor
de una desgarradura?
-XI-
Un temblor permanente
Un temblor permanente
de aquel que vive lejos
de su tierra es su canto.
Morirse lejos teme
y teme aún más retornar
con la manos vacías;
le enseñaron que aportar
debe algún regalo, de vuelta.
Trae sólo palabras,
viejas palabras
en su mocedad aprendidas.
-XII-
Sé que al final
Sé que al final, aunque lejos,
estaré con vosotros – sombra
entre cipreses, enhiestos
cipreses del cementerio –
en la tarde arrebolada,
y miraré tranquilamente,
– duende por los caminos –
si en vuestro nicho queda un hueco;
y hablaremos
de todo lo que no contasteis,
de las palabras nunca dichas,
que siempre originaron la sequía
en mi pecho.
Yo vendré de lejos, liberado
por fin, de la dolorosa ausencia
de mi tierra para fundirme
– padre, madre – con vosotros
en la que siempre fue la tierra
de mi anhelo.
- XIII -
Jota para Navarra
Yo quise con mi canto
los Aires de Navarra entonar
como otros alzaron los Campos
de Castilla en insigne altar.
Aires de temple sano
que mis gentes saben cantar,
mujeres y hombres honrados
valientes para luchar.
Yo nací por estos campos
que nunca podré olvidar
aunque muera solitario
en tierras de otro lugar.
- XIV -
Mi canto
Ni siquiera cantaré
para la inmensa minoría;
sólo será mi canto
– en tierra extranjera –
ese llenar mi ausencia
y la soledad mía.
- XIV -
Endechas.
¡ Al monte me subiré,
al monte y a la Atalaya!
¡ Al monte me subiré
y, al sol de abril, miraré
la ribera de Peralta !
¡ Nostalgia tengo de ti,
tierra donde yo nací !
Yo no sé por qué el destino
me dio tan pesada carga ;
yo no sé por qué el destino
puso a mis pies un camino
que me alejó de Peralta.
¡ Nostalgia tengo de ti,
tierra donde yo nací !
Que mis padres me llevaron
por vecinas tierras galas ;
que mis padres me llevaron
y la vida me ha alejado
de la tierra de Peralta.
¡ Nostalgia tengo de ti,
tierra donde yo nací !
Del altivo campanario
no más oiré las campanas ;
del altivo campanario
olvidé el tañido claro
en los aires de Peralta.
¡ Nostalgia tengo de ti,
tierra donde yo nací !
Estación postrera
Llega la hora cobriza y mi pasado
perdido inútilmente, a toda prisa
se va. Hubiera podido ser…
¡Ahora es la cita!
La quiero, la necesito.
Hay cielos libres, hay ramas
donde me pudiera esparcir.
Pero de mí debe surgir sin demora:
extirparlo todo
– ex-triparlo todo –.
Estoy llegando a mi llegada
y es mi único amparo.
Nadie tras la blanca gasa
me espera, en ese arcano
estar, sin señales ni marcas;
ni la luz me espera, ni el tirano.
Dejar una huella es… ilusión.
Lo sé y me apresuro;
y muero porque muero
sin expulsar la agarrotada
esencia que me anima,
me corroe, me mantiene,
que manantializa esa tenue agua
transparente que de mi fuente
irresistible brota.
Vendimias tardías
Hoy, en mis horas de doradas armonías
cuando la mirada echo de mí en pos
siento con Manrique – hombre sensato –
que mi viejo corazón declamaría
“cualquier tiempo pasado fue mejor”.
Es un tiempo ido lo que añoro
donde yo pudiera los ojos levantar
al horizonte y decir esperanzador:
“ante ti mira el camino largo
“que aún queda por descubrir,
“las mil cosas que hacer podrías
“mil anhelos que compartirías
“mil mundos para cautivar…”
Un elfo dadivoso me susurra:
“ ¡ánimo!, hay vendimias tardías
“de mejor catar que tempranillos vinos”,
“hay volcanes apagados que en los aires
“su ardiente fuego estallan,
“y donan abarrotadas mieses
“los campos abrasados por el fuego.
“Haz tu verso, día a día,
“como echa el sembrador su grano
“y que Fortuna haga su trabajo.
Una senda tardía
Llegaba yo –sienes plateadas–
y era ya cobre dorado el cielo
asomándose al umbral de la noche.
todo era luz –mi mirada–
todo era ofrenda –mi corazón–
todo eran flores –mis manos–
¡qué extraño, nadie me veía!
tal vez me hundía en el bosque,
oscuro y solitario,
tal vez fuera mi camino extraviado,
ese camino único que yo conocía.
Un concierto era de armonías,
la certeza de una belleza ofrecida
que a todos cielos se esparcía.
¡qué pobre ilusión postergada…!
quería erguirse como joven virgen
que los años habían marchitado
su primaveral inocencia
Alto vuelo
¿Es el águila?
Su vuelo acompasado,
casi inmóvil, me fascina.
Y yo como ella,
inmóvil, desplegado
en el inmenso azul.
Yo no busco presa.
Estar sólo suspendido,
en levitación mecerme
con mis palabras en mis aires,
con mis sueños en mis cielos
¡Qué placer!
Sueño
Ingenuo fue el pasado
y por caminos anduvo
nunca calculados;
los caminos obligados
nunca fue mi desvelo,
"...se hace camino al andar"[2].
Así llego desnudo y solo
sin quererlo, sin saberlo.
¿Quién querrá de mí?
¿Quién dirá : "Entra y ve,
te esperábamos.
Aquí tu laurel, aquí tu túnica"?
Desperté.
Azul el cielo,
el aire diáfano,
el día estaba nítido.
Pugna
Fuera de mi ventana abierta,
palabras en tropel
se arremolinaban.
Las había indecisas,
triunfadoras, azules,
baladíes, escabrosas …
Yo las veía
y me amedrentaban.
¿Cómo esparcir – ingenuas y tardías –
mis custodiadas palabras,
lejos del castizo lar amamantadas
que en mi seno ardían?
Eran – las otras – batallones
en caóticas ringleras
llenando el universo...
Amen.
Como del ser amado se vierten
las cenizas – dolorosamente –
en el aire vespertino, que se alcen
también mis palabras
hacia su alto vuelo.
Al fin lo creo,
descansaré en paz.
Parto
Por fin, del seno liberada,
¡qué alegre – en el azul puro –
se eleva mi palabra
hacia su decidido rumbo!
Fatalidad
¿Quién robó mi tiempo?
Sardónico tributo a una vida
–¿confortable? ni siquiera –.
Fue más mi nativa indolencia,
mi delicuescente voluntad.
Están sonando las últimas notas
desparramadas en eco
de la inminente evanescencia.
Merodea la tentación
de volver la vista atrás.
Aquí, delante, da los pasos
últimos y vierte tu quintaesencia.
¿Se puede que algo perdure
El tronco viejo
Un sueño despierto que me obnubila:
como el olmo aquel,
ya quemado y seco
que su savia, hasta ahora reprimida,
le empuja a retoñar
la hoja nueva – tierno jade inverosímil –
que es promesa de sazón
de un pasado evaporado.
Nadie adivinará la audacia
de la humilde verde hoja
en el otoñal concierto.
Un hombre solitario
notará en su corazón
la gracia vaporosa – ¿galardón? –
del viejo tronco.
Pronto el leñador vendrá por el.
Dejadle verdear sus últimos retoños.
Una vida
Algún día - nunca lo haremos –
tendríamos que preguntarnos…
Venimos, nos amamos y nos vamos.
Se terminó, e – incomprensible –
este brevísimo instante regalado
– ¿a quien darle las gracias? –
nos lo regañamos vorazmente
–mortalmente— por naderías
que nada duran,
por “verdades verdaderas ”
que sólo son vanidades.
Hoy yo soy,
mañana ya no seré,
nunca jamás.
Este que viene
Este que viene con su alforja
vieja, empapada del sudor
de un largo viaje,
lleva sus mendrugos que lo alimentaron,
pan pobre que él mismo
horneara en su juventud.
A este que viene con su alforja
vieja, la gente lo mira con desdén.
No lleva, como ellos,
el marchamo que entre sí
se sellan los contertulios :
“este no es de nuestro círculo…”
Este que viene con su alforja
vieja dice: “Soy de los vuestros,
“es mi pan el mismo pan
“que comisteis,
“es mi voz una voz que se crió
“entre vuestras voces…”
A este que viene con su alforja
vieja nadie lo conoce;
ha pasado su vida lejos
del materno lar, es ya viejo
y sus palabras llevan
sonidos olvidados.
Ultimo impulso
Ya se va el aliento de la vida.
Cielos cárdenos, rientes primaveras,
gris monotonía de tantos días inútiles…
Han brotado nuevas vidas
que llevarán su vida,
cuando él se evapore
en la cercana evanescencia:
estas serán su única victoria.
Sólo por su deleite,
intentará – un instante – estallar
su rutinario ronroneo.
Entonar un canto inaudible,
– glauco instante de boreal fulgor –
en su crepúsculo ya violeta;
último canto arrancado
en puro esfuerzo
a su recóndito manantial.
Flores para el olvido
Fecundas semillas
para fecunda tierra
en el duro y largo invierno mío
sembradas con ternura.
Yo, así las esparcía.
Brotarían flores
-rosas, malvas, azucenas-
con la primavera nueva;
el sutil perfume, por doquier,
embriagaría.
Yo, así las amaba.
En el oro vespertino,
que en violeta pronto tornaría,
un fugaz instante, mi luz,
el cielo esplendería.
Yo, así las soñaba.
¡Cándido de mí!
Tan sólo fueron lacios pétalos
– en el azul a penas esparcidos –
que el viento arrebataba
en su lejano seno del olvido.
Así fueron mis palabras.
Todo lo que puedo ofrecer
No se es nunca del gusto del otro.
Pero las palabras venteadas
al aire de la vida serán
vivas palabras.
Tal vez queden tendidas
en ramas de algún árbol;
tal vez el viento las disipe
y, para siempre, desparezcan.
No son meritorias las palabras
sólo son … palabras.
Miles de días de mi vida
« llega un momento en la vida
cuando el tiempo nos alcanza »
Luis Cernuda – Ocnos – El tiempo
Miles de días de mi vida
los he vivido sin tiempo.
Las cosas, los eventos se presentaban
sin que nadie lo ordenara.
Así fui niño, corriendo
el río y el monte; en la foto
de la escuela, una mirada triste,
los codos de mi jersey remendados.
Llegó la adolescencia – colegio
de los frailes – fui estudiante;
primeros versos inocentes,
futbol, piscina, vendimias
y como los negros de América
(eso lo supe más tarde)
cosechador de algodón – ¡qué bonitos
esos cálices abiertos con cálida
y dulce nieve dentro! –.
“Estos días azules y este sol
de la infancia” … me hablaba Machado…
que no había camino; Juan Ramón
me susurraba que con el momento
se me iba la eternidad; yo nada entendía.
Y Cristo, entonces, era mi hermano.
A los veinte años me presenté
delante de la vida y le dije:
Heme aquí, ¿qué debo hacer?
No respondió. Entonces, ¡adelante!
En un país extranjero tuve que ganarme
la vida; me casé; tuve hijos.
Emigrado, creo que no me salió mal.
Alguna tarde, algún jilguero,
la luna, me decían cosas
que yo apuntaba en mi libreta.
Era ese momento mi vida que pasaba,
pasaba y yo no la veía pasar.
Detrás veía yo como una sombra
que a distancia me seguía,
Que poco a poco se acercaba.
Ya me alcanzó;
era el tiempo de la vida.
Con ojos atónitos me miró al ver
que yo había vivido tantos años.
La vida me decía: “ya no seré
esa vida activa que hasta ahora
te he ido acompañando,
otros me están esperando.
Ve sin mí que aún tienes camino
por delante”… y se alejaba.
Perdido, como un niño, tenía
que correr en pos de ella,
decirle que yo no sabía que el tiempo,
un día, me alcanzaría; que tantas
cosas tenía yo que hacer,
que llevaba en mi cabeza plena
mil proyectos, mil libros, mil canciones…
Creo que ya no me oía.
Creo que yo no me lo creía.
¿Cómo podría el árbol viejo
dar nuevos retoños de tiernas
verdes hojas en un concierto
otoñal que no era el suyo?
Como Virila
Absorto estaba yo,
en la melopea inmerso
del glu-glu machadiano,
del ramoniano jilguero
– estatua inmóvil – como aquel
monje Virila que tres siglos
el alma tuvo suspendida
del polifónico deleite
de un hechicero ruiseñor.
El arrullo milenario
del reír de la alameda,
y el trinar del verderol,
mi razón embelesaban.
¿Triste despertar?
Si en horas vesperales
me llegan artificiosos cantos,
monótonos renglones de palabras
abstrusas y no amadas,
me agradece el corazón las dulces
armonías de mis horas juveniles.
Y alegre, mi voz espera,
ya sin turbación alguna,
la cercana evanescencia,
la certeza de un camino
libre, solitario con elegido
rumbo de alta mar.
Tengo suerte
Tomar al natural Ponge y Verlaine
con sorbos del Inclán y de Neruda
en tardes que el vendaval apresura
y que tempera el sol con su vaivén
de nube en nube saltando. Pues bien,
amar dos lenguas nunca fue locura;
yo pienso que es riqueza y apertura,
deleite sutil y orgullo también.
Diréis de mí que llevo lengua rara
que “quien se fue a Madrid perdió el sentil”
– decíamos de niños en Peralta –
haciéndome entender que yo me fui
a tierras extranjeras, que la plaza
no está libre, que nadie piensa en mí.
Si no te tuviera
Si no te tuviera,
aunque seas pobre y mal aliñada
aunque seas ignota y solitaria,
aunque ingenua seas ostentando
talante de fastuosa flor, tú,
que no eres más que simple,
humilde malva pordiosera,
si no te tuviera
llenando mi diminuto, cansado y viejo corazón,
yo moriría,
poesía.
No tan lejos
Tal vez pensó, saliendo
de un largo sueño, – lento
mirar con ojos vagos –
que estaba la jornada
en horas juveniles.
Se dijo: aún tengo tiempo…
Mas era ya la tarde
y lejos, –no tan lejos –
marcando la frontera
del último combate
veíase el jalón
del término donado.
Y vio que estaba solo
en un camino extraño
sin árboles, sin voces,
con yertos horizontes,
que el viento se tragaba
su grito estrepitoso.
Y no pudo llorar,
– él nunca había llorado –.
Tal vez pensó que invierno,
en sus glaciales horas,
su aliento vespertino
helara en sueño eterno.
Yo rey
No busquéis en mí horas
con otros compartidas;
es mi vuelo solitario,
vagar, a mis anchas,
en tiempos de semillas
y cárdenos ocasos
– en forzosa simultaneidad –
que algún fruto llevan no vano.
(si sigues tu voluntad,
un día podrás reinarte
solo en medio de tu mundo)[3]
Así sea. Yo rey,
en mi tardío solitario mundo.
El balcón
Es Reus villa de pasos,
de toda clase de pasos:
vagabundos, afanosos,
modernistas, cómplices.
El sol esplende las plazas
y en las mesas de las terrazas
revolotean los “Vermut”
– carmesí fruición – con olivas
y patatas fritas.
Son las doce. Yo alzo
la mirada, que no repele
a las palomas de la plaza.
La joven está sentada
en el balcón, tras la baranda; lee,
ausente a la peatonal alharaca.
Si me alzara a su altura,
pudiera decir que sus ojos,
– ojos castaños claros – deletrean
historias; tal vez ella vuela al níveo
Taj Mahal soñando con su maharajá;
tal vez corre asustada en las noches
asesinas de Nueva York; tal vez
en París vive elíseas sensaciones.
Está, de todos modos, en otro mundo,
indiferente al ajetreo de la plaza y lejos
de imaginar que en este momento
está conmigo; que pudiera llevarla
a donde yo quisiera…
Médano
Qué bonita palabra – médano –
que en el soplar del viento
se lleva las arenas doraditas
de las palabras mías
en ondas movedizas
– por acá, por allá –
hasta anegarse en el mar
Joya mía
Acaso esperas una chispa
para – vehemencia – arrebolarte,
voz mía.
Acaso advenga un impulso
para – justo rescate – liberarte,
voz mía.
Siempre, advenga o no advenga
lo que esperas – recóndito centelleo –
eres, palabra, oro mío.
Obtención
¡Extraordinaria rosaleda!
Han conjugado miles de expertos
polen, colores, pistilos, formas
para obtener sublimes rosas
de pálidos o vistosos colores
aterciopelados, brillantes,
nunca jamás vistos; han cortado
cadenas de ADN, han hecho injertos
imposibles, invocando a Fausto
vendedor de su alma
por una eterna belleza.
Se pasman los atónitos paseantes.
Entre sí se vanaglorian los expertos.
Y de esta creación sublime
se siente como una ausencia
de algo sutil que los peritos
no han logrado obtener : el perfume.
En un rincón, ya fuera de la rosaleda,
El huertecillo de un abuelo; a su nieto
le muestra un antiguo rosal; sus rosas
son las rosas de siempre, bellas,
naturalmente bellas; no son
como las rosas de la rosaleda
artificiales, afectadas, de altivo porte;
y le dice: hijo mío, siempre
guardarás mi consejo : para nada vale
una rosa si solo es forma, color, porte,
mas de lo esencial carece, el perfume.
Así la poesía: que sea tu aliento
tu soplo de vida, el alma
de tu poesía; desconfía
de la engañosa metáfora,
en sí lleva el germen del artificio,
enseguida torna a hermetismo
y ornamentación
pero si le falta la fragancia…
Soliloquio
-I-
Hoja seca al viento ...
Mas arrebatad esa palabra,
surtidor de suave fragancia,
clamor de grises nubes,
leve son de voz lejana.
-II-
Un árbol en el camino, solitario.
Nadie sabe si da frutos,
si trinan sus hojas sonidos de aves,
o metálicas estridencias. Nadie
de él sabe nada; invisible es.
Embelesado en su propio rumor vive,
no tiene etiquetas ni medallas;
ajeno a las horas que pasan,
(las muchas que han pasado ya);
ajeno al envejecimiento de sus ramas,
al término del camino que se avecina
también ajeno.
-III-
De vez en cuando sacude su corteza
y al firmamento intenta
lanzar todas sus hojas.
Se las llevará el viento;
piensa que al cabo serán limo;
trasformarán las bacterias –se dice –
el limo en vida; así, sosegado,
se adormece.
No sabe si está dormido.
Tal vez nunca despertó…
-IV-
Convencido está
que él mismo es su propia startup,
creadora de una necesidad
que hasta hoy, nadie conocía
y que nadie necesitaba.
Tal vez sea eso la poesía:
intentar crear un fútil soplo
que nadie necesita…
-V-
Y si la diestra mano del experto
rastreador del hondo bosque
no quiere recogerla
para siempre desaparecerá.
-VI-
Trazó su camino y fiel
mantuvo el rumbo.
Ninguna razón de arrepentirse.
“En votre âme et conscience”
Este hombre fue ola y fue espuma
estallido que nace
en el umbral de la muerte
Vamos a dejarlo ir sin ataúd
Manuel Rivas – El pueblo de la noche – Entroido
Nadie suplicará:
¿Vais a dejarlo irse sin ataúd?
En su pasaje ignorado, solo,
mantuvo fuerte la esperanza
de forjar propio camino
– su verdad de hombre libre –
¿Debe, su clamor inaudible,
su ronco grito, diluirse en el lejano
horizonte donde cielo y mar
línea azul indefinida son,
que el pintor traza de un gesto
rápido y libre, ya seguro de su arte?
Hombre de espuma
que su desesperación grita
– sabe la nave en rumbo del postrer destino –
¿no tendrá gaviota compañera,
blanca gaviota, que le acompañe?
Grito, grito, grito, ronco grito
–¡fiuuuu! – … ya el silencio.
Perder algo cada día
Perder algo cada día
de los nombres, de las horas
y aceptarlo.
Mirar sorprendido el agua
del mismo río que fluye,
– ya perdido el manantial
cristalino –
corre, se ensucia, se calma
y lentamente camina
a ese mar que todo engulle
en su abismo.
Dejar huir la eternidad
gastando el breve minuto
del presente
en vano dejando huellas
en la blanda arena
del recuerdo.
Mirar el paso del tiempo:
el verdor de primavera,
del estío la abundancia,
y en otoño la hojarasca
aletear
al viento que se la lleva
al infinito rincón
del olvido.
Perder algo cada día
y al fin desaparecer;
es la vida.
Un poco de tu sombra
Yo estoy… !no! yo quisiera
sentirme inmerso en esa
‘inmensa minoría’ [4] a quien ofreces
tu surtidor de Belleza,
que el aire y el minuto efímero
– tú lo dices – irá borrando;
mas, siendo tu palabra de mármol
eterno – ¡ sólo humana eternidad! –
largo tiempo esplenderá
tu aura en el vértice.
De blando barro mi condición,
mas no impide la ilusión
albergar una pizca de esperanza
de un instante eterno…
o ¿tal vez sea un sueño?
Súplica
Dame, corazón, el nombre
olvidado de las cosas;
sea mi palabra resurgencia
de los aires de mi tierra,
de los cielos con cigüeñas
de mi infancia,
de los rebotes de las llanas piedras
en el azogue del Arga.
Tráeme, corazón, a esta tierra
(ya mi tierra) donde sueño,
ese vivir olvidado que se vive
tras el blanco Pirineo.
Y que un día placentero
lleve el olvido al rincón
de algún jardín, mi corazón.
Dedicatoria
Hay mil Españas en el corazón
de estos hombres, de estas mujeres
que siguen palpitando;
mil Españas verdaderas;
cada instante bulle la sangre
de sus vidas, manando
el aliento de su primer respiro
en su oriunda España.
Y saben todo de esa actual España:
“sus políticos corruptos, sus rapaces bancos,
“sus tercos adalides
“sus mentirosos líderes
"independentistas que inoculan
“falsas aspiraciones a su pueblo,
“rompiendo laboriosa tierra
“que a todos nos hizo grandes.
“Y saben todo del pueblo roto,
“humillado, desahuciado
“pero siempre firme
“y trabajador y valiente…
Saben también que los de esa España
les han olvidado.
Son estos hombres, estas mujeres,
de una “Casa de España”
como puede haber tantas por el mundo.
Es esta Casa de España de Castres,
en esta tierra Occitana del sur de Francia.
Aunque socio, soy un pasante,
y miro al refilón, con ternura, el fervor
que mueve esos corazones
expatriados que llevan en lo más hondo
la chispa, siempre refulgente,
de esa España que les vio nacer,
y también los amigos, aquí nacidos,
pregoneros amantes del sabor
de vivir español.
¡Que viva España!
Obituario [5]
¡El mundo, – su mundo – se termina
el 29 de mayo de 1958!
Este mismo día, también
muere dios,
– dios deseante , dios deseado –,
y ya el momento
para siempre se fijó.
Mira al cielo el campo
y en Moguer blanco
se enciende la estrella
para siempre bella
en la sombra
para siempre fría.
Horas en Cambrils marzo 2016
Para la Semana Santa
los chiringuitos en alta;
bicis, vianants y gente
en la playa.
22 de marzo 2016.
Un día de tragedia. En la noche
la luna llena de Cambrils
es la misma luna llena de Paris.
Paris y la Tour Eiffel
en rojo y gualda y negro
en pésame con Bruxelles.
Malditos sean los hombres
fanáticos que matan la vida
en nombre de un dios
que dicen grande.
A Paquita 10/04/2016
Somos grandes y pensamos
saber todo de la vida…
Me voy en primavera
– todos nos iremos –.
Yo vi el mar
y juntos compartimos
ricas horas de la tarde,
últimos destellos
que nunca olvidaré.
Ya visteis el brillo
en mi pupila dilatada.
Yo vi vuestros corazones,
blancas gaviotas, volar
sobre las olas del mar
en la tarde bermeja.
Yo vi el mar y emprendo
ruta de caminante
que su estela va dejando
sobre la onda,
fugaz estela brillante.
Os digo : bebed
mis lágrimas y mirad
al cielo de la noche :
hacia la vida, allí
tenéis una nueva estrella.
Luna.
¡Ay ! Cuántos poetas, de ti enamorados,
en vanos alardes de rimas nocturnas,
su lírica musa, por ti consumieron…
De cuántos amantes, en la noche oscura,
tu fuiste testigo de amores eternos
que el tiempo —sin prisa— borró la locura.
Cuál es tu poder, cuál tu sortilegio,
luna lejana. Mas yo sé lo que eres:
« Eres una masa, un conglomerado
de rocas y polvo —estéril desierto—
que el sol acaricia de pálida luz ;
granito sin vida, rocalla, eres tú ».
Y el pobre humano que en la noche fría,
a ti su mirada eleva sereno
no ve tu engañoso ente material.
¡Ay ! Ve sus anhelos, sus íntimos sueños,
– quimeras lejanas – que, tal vez, un día,
si suerte dispone, podría alcanzar.
Del mundo inhumano, que me está ahogando,
que, cual un tren loco, me va atropellando,
eres tú, luna mi escapatoria,
un sitio recóndito, donde yo puedo,
a solas, mirar mi tranquilo reflejo,
entrar en mí mismo, llenar mi memoria.
Tan sólo un instante — juego pervertido—
quisiera olvidar tus minerales reglas ;
hablarte y mirar tu luz artificial.
Pues sé que la aurora, que viene sin ruido,
mi sueño interrumpe y, al fin, me recuerda
que yo soy un breve ser existencial
La poesía.
La poesía es guijarro,
senda abrupta, chillido
que estalla en las entrañas,
eco inaudible,
espejismo boreal
en el antro de sí mismo,
para sí mismo.
No es voz sentenciosa,
ni maravillosa imagen
ni augusta canción.
Es una voz tenue,
es brizna de hierba,
es fulgor sorprendente,
es la mano de un niño,
es un suspiro,
una mirada,
una palabra que el viento llevó.
Utopía
Soy libre —pensé—
y del azul inmenso
al cenit me elevaré,
y del instante terso
el ámbito guardaré.
Pero la vida no es
lo que uno se piensa…
cuántas ligaduras
prisioneros nos dejan…
y en cada ventana
su inamovible reja.
Al Cristo mío
Tuvo El Cristo de Velázquez su poeta
en la persona de Miguel de Unamuno.
¿Por qué el Cristo mío no tendría también su poeta?
Tú tienes también, mi Cristo, melena
negra y abundosa de Nazareno
hundida sobre tu cuerpo violáceo,
frío color que te ha dado la muerte
que voluntariamente has aceptado:
es de esta testigo el sol que oscurece
tras el oscuro velo ensangrentado.
Se ha llevado tu último respiro
la llaga sangrienta de tu costado.
Yo soy tu pintor, yo soy tu poeta:
he querido ponerte en primer plano,
y soy yo ese hombre que a Ti clama
en el cual mis cabellos he plasmado.
De todos los hombres, quise hasta Ti
levantar los ruegos desesperados
porque Tú lo prometiste: hacernos
a tu diestra, un lugar en tu Reinado.
Es por eso que yo manché mis manos
y con rabia las puse en este lienzo
sobre la negra montaña, implorando
para todos los hombres tu sosiego.
“¿En qué piensas, muerto, Cristo mío?”
dijo Unamuno en su sentido ruego.
Me gustaría preguntarte Cristo,
¿dónde hallar ese reino que dijiste,
dónde ver el amor que predicaste,
para qué puñetas sirvió tu muerte?
Una ofrenda fue tu vida, un camino
que diera a la vida, al hombre, un sentido
al paso por este valle de lágrimas.
Dijiste que el pan se rompiera siempre
y que entre todos nos lo repartiéramos,
pues somos hermanos, Tú lo decías,
hermanos tuyos en el Padre eterno.
Yo nada te rezaré, pues has visto
lo que han hecho aquellos que debieran
con su vida, dar y vivir tu ejemplo;
dijiste que nunca será tu Reino
de este mundo y crearon un imperio
que siempre con el poder ha lindado.
¿Has visto lo que hacen estos rapaces
financieros? ¿Estos bancos cabrones
que en vez de servir para el bien del pueblo
al pobre timan y roban su techo
so ardides para ganar más dinero?
Nunca ha sido, tu palabra, ni una vez,
tomada en serio;... ¿que fuera imposible
al rico entrar en tu celeste Reino?...
Naciste, pobre Cristo, con un sueño:
“que todos fuéramos hombres de bien,
todos hermanos gozando en tu Reino”.
¿Dónde fuiste a buscar esos delirios?
¿No sabías Tú la honda perfidia
que acarrea el corazón de los hombres?
¿Que la atávica condición los lleva
siempre, sí, siempre a proclamar la guerra
por defender un puñado de tierra,
una bandera, una lengua, una raza…
que en la azul magnitud del universo
importan no más que un grano de arena?
Nada te pediré. Te equivocaste.
A punto estoy de decir que Tú, Cristo,
llamado “El Ungido”, nos engañaste.
Pero no lo diré. Fue tu palabra
un destino, un camino, una verdad.
Fueron los otros, los que convirtieron
tu Verbo, en terrena organización;
fueron los otros los que entronizaron
el poder del dinero como regla;
otros no supieron que hay un solo Padre
para los creyentes del universo,
y que pudiera haber también un Ente
creador para los que en nada creen.
Tu negra melena de Nazareno,
hundida sobre tu cuerpo morado,
ese color que te ha dado la muerte
que voluntariamente has aceptado.
Mucho lo siento que tus enseñanzas
para siempre se hayan desvirtuado
por la tozuda insensatez del hombre.
=============================================================
Este y otros libros míos,
están en venta en AMAZON.
Se pueden encontrar poniendo
'asín orduña' en el buscador.
[1] Norte de Francia : Departamento Nord
[2] A. Machado
[3] J.R.J. en La estación total – 17 El creador sin escape - 1 El ejemplo
[4] Juan Ramón Jiménez - Libros de Poesía. La dedicatoria del libro “Belleza” en la colección Biblioteca Premios Nobel
(Aguilar)
[5] A Juan Ramón Jiménez, recordando el día de su fallecimiento