En este sitio estuvo la Cárcel Real, y en ella preso Miguel de Cervantes. Mediada la calle, en la misma acera se encuentra el edificio del Círculo Mercantil e Industrial, en cuya fachada encontramos un nuevo panel cervantino, con motivo de ser citada esta famosa calle sevillana, la Cárcel Real y la casa de Pierres Papin.
Existen varias teorías sobre el curioso nombre de la calle. Una de las leyendas más extendidas es la que sigue:
Terminaba ya el siglo XV cuando en los alrededores de la calle de Espaderos comenzaron a desaparecer niños de corta edad misteriosamente. No se descubrió rastro alguno, ni los sucesos tenían lugar a hora determinada. Como la cosa continuaba y los pequeños seguían esfumándose, ya fuese de día o de noche, se le comunicaron los sucesos al Comendador de León, Alfonso de Cárdenas, regente de la ciudad durante aquella época.
Unos días después se recibe un recado de un hombre que no quiso identificarse y que prometió la captura del culpable y la aclaración de las sorprendentes desapariciones, si se cumplía una sola condición que comunicaría tras entregar al culpable. El Comendador aceptó la petición y envía a su escribano con el fin de formalizar la petición.
Entonces se descubre que el anónimo informante es Melchor de Quintana y Argüeso, un Bachiller de Letras por la Universidad de Osuna (en aquella época tercera de España tras Salamanca y Sevilla), preso en la Cárcel Real situada en la calle de la que hablamos, por participar en una rebelión contra el rey inspirada por el duque de Arcos. Allí, en prisión, el preso cuenta al escribano los hechos que le llevaron a dar con el secuestrador.
El de Quintana había excavado un túnel, con el fin de huir de su cauteverio, que le llevó a unas galerías subterráneas que databan de épocas romanas y musulmanas. Dio con ellas por casualidad, pero no dudó en aprovechar lo que había descubierto para escapar de allí.
En su recorrido, se topó con el ladrón de niños a quien, aseguró, dio muerte, y luego regresó a la cárcel. Con esta declaración, tan solo fue necesario guiar al Comendador y su grupo de hombres al lugar donde se encontraba el culpable, ya muerto.
Y efectivamente, encontraron al raptor, con una daga clavada hasta el puño que confirmaba su muerte, así como los restos de huesos humanos a su lado que le señalaban como responsable. El asesino era una enorme serpiente cuyo tamaño era del grosor de un hombre, que luego fue expuesta al público en la calle Espaderos, la cual, a partir de entonces, fue también conocida como “Calle de la Sierpe“. De todos los barrios y pueblos vecinos venían las gentes a verla y, de tanto nombrarla, perduró el actual título de “Calle de la Sierpe”.
El autor del heroico hecho comunicó su petición, que no era otra que obtener la libertad, siéndole concedida inmediatamente. Se afincó en la ciudad y llegó a casarse con la hija del Comendador Cárdenas.
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