LA GENERACIÓN POSTALFABETA QUE APLAUDE EL SILENCIO DE LAS BIBLIOTECAS
En pleno auge de la información digital y el consumo efímero, emerge una realidad inquietante: una generación postalfabeta que, lejos de lamentar el cierre de las bibliotecas, lo celebra. Estos jóvenes y adultos, aunque saben leer y escribir, no han interiorizado la lectura como hábito cultural ni el espacio de las bibliotecas como un bien colectivo. Para ellos, el fin de estos templos del saber representa la confirmación de un modelo de entretenimiento ligero y una forma de distanciarse de lo que consideran “viejas estructuras”.
El surgimiento de la generación postalfabeta
Nacen en un contexto donde la alfabetización técnica, la capacidad de decodificar símbolos escritos, coexiste con un desinterés profundo hacia la lectura prolongada. Crecieron con pantallas táctiles, mensajes de textos que poseen una dinámica de alta velocidad y contenidos diseñados para ser consumidos en segundos. Para muchos de ellos, la biblioteca ya es un espacio anacrónico: no hay Wi-Fi, las estanterías lucen polvorientas y cada libro demanda un nivel de compromiso que choca con la inmediatez a la que están habituados.
A esta apatía se suma una visión pragmática: leer es un trámite para aprobar exámenes o entender instrucciones, no un camino hacia el descubrimiento personal o la reflexión colectiva. Cuando las bibliotecas comienzan a cerrar sus puertas, lo reciben como un síntoma más de un mundo que abandona las obligaciones intelectuales para abrazar lo instantáneo.
Motivos para celebrar el cierre de las Bibliotecas
Varias razones explican por qué esta generación ve con buenos ojos el desmantelamiento de las bibliotecas:
Consumo digital e inmediatez: Prefieren videos, redes sociales y resúmenes en línea que proporcionan información en fragmentos rápidos, sin la necesidad de recorrer pasillos ni hojear volúmenes pesados.
Desconfianza en saberes tradicionales: Perciben las bibliotecas como mausoleos de un conocimiento anticuado, asociado a élites académicas o a discursos militares de la cultura oficial.
Individualismo cultural: Ven las bibliotecas comunitarias como espacios de interacción obligada, celebrando el cierre de cada espacio informativo para reafirmar la autonomía de acceso a contenidos personalizables.
Efecto reactivo ante la autoridad: El desprecio por las bibliotecas se alimenta de una resistencia generalizada a normas y horarios; su clausura se equipara con la liberación de un control social.
Consecuencias de esta euforia
La celebración del apagón bibliotecario no es un acto inofensivo. A medio y largo plazo, sus efectos permeabilizan la esfera individual y colectiva:
Degradación lingüística: El vocabulario se empobrece y la habilidad para interpretar textos complejos se ve severamente limitada.
Aislamiento cultural: Se reduce el intercambio de ideas en espacios compartidos y se pierde el sentido de pertenencia a una tradición letrada.
Fragmentación social: Sin lugares neutrales para la discusión, las opiniones se radicalizan en entornos cerrados y polarizados.
Vulnerabilidad ante la desinformación: La falta de referencias impresas y la costumbre de no contrastar fuentes facilita la propagación de noticias falsas.
Una mirada crítica
Celebrar el cierre de bibliotecas es manifestar un desprecio por la cultura escrita que trasciende lo simbólico. Nadie cuestiona una sala de cine por ofrecer ficción en un solo formato, ni un parque por su diseño anticuado. Pero la biblioteca conjuga lo material (el libro) con lo comunitario (la sala de estudio) y lo simbólico (el saber compartido). Su clausura voluntaria empobrece no solo la experiencia individual de lectura, sino también el paisaje intelectual de la sociedad.
Para comprender la postura de quienes aplauden estos cierres, debe reconocerse la erosión de la confianza en las instituciones y la preferencia por el consumo individualizado. Sin embargo, la solución no pasa por validar ese rechazo, sino por presentarle alternativas que revaloricen la lectura como acto social y personal transformador.
Propuestas de reconexión con la cultura escrita
Para desactivar la euforia postbibliotecaria y reconstruir el vínculo con el libro, pueden implementarse estrategias integrales:
Bibliotecas pop-up en entornos digitales: Espacios virtuales interactivos donde la comunidad comparta reseñas, debates en vivo y retos de lectura colaborativa.
Gamificación de la lectura: Plataformas que otorguen recompensas por metas alcanzadas, fusionando diversión y disciplina intelectual.
Intervenciones artísticas en espacios urbanos: Murales de citas literarias, cajas de “libros libres” y lecturas públicas improvisadas que devuelvan visibilidad al libro.
Alianzas con influencers culturales: Creación de contenidos atractivos en redes para mostrar el valor narrativo, crítico y estético del libro más allá del utilitarismo.
Programas de mentoría lectora: Pareo entre lectores apasionados y postalfabetas para experiencias de descubrimiento guiado y narración compartida.
Conclusión
La generación que aplaude el cierre de bibliotecas revela una herida profunda en la percepción del saber: un desencuentro entre la alfabetización técnica y el compromiso con la cultura escrita. Celebrar el silencio de las estanterías es, en última instancia, renunciar a la profundidad del diálogo y a la posibilidad de imaginar futuros distintos. La reconstrucción de ese vínculo exige creatividad, tecnología y una apuesta decidida por revalorizar al libro como espacio de libertad, comunidad y asombro. Solo así dejaremos de aplaudir el final de un capítulo y comenzaremos uno nuevo, escrito con la tinta de la curiosidad compartida.
Fernando Salas
11-8-2025