I. El Tiempo del Xhandu
Se dice que durante los días del Xhandu, desde mediados de octubre hasta principios de noviembre, las almas de los difuntos reciben permiso para regresar a sus hogares. En el Istmo de Tehuantepec, la gente se prepara con gran devoción para recibir a los que ya partieron, erigiendo altares en sus casas. Estos altares, conocidos como "mesas de santos", se adornan con las fotos de los abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que dejaron este mundo. Las flores de cempasúchil, cresta de gallo, y albahaca acompañan los dulces, las bebidas y las comidas favoritas de los difuntos.
Los días de muertos están divididos: el 31 de octubre y el 1 de noviembre es para los niños y jóvenes, mientras que el 2 de noviembre es para los adultos y ancianos. Cada familia prepara su altar con esmero, creyendo que las almas visitarán sus antiguos hogares y que, al partir, las velas encendidas en sus ofrendas guiarán su camino de regreso al inframundo.
II. La Madre de Fulgencio y su Tradición
Doña María, una mujer anciana y devota, no fallaba un solo año en preparar su altar. A pesar de su pobreza, con humildad colocaba una sencilla mesa con un mantel blanco, flores y los platos favoritos de su difunto esposo, Don Ricardo. Ella sabía que, aunque humilde, su altar serviría para que su esposo pudiera regresar cada año a visitarla y, cuando ella también partiera, esperaba que su hijo, Fulgencio, continuara con la tradición.
Un 1 de noviembre, mientras preparaba tamales, Doña María llamó a su hijo: —Fulgencio, cuando yo falte, debes poner un plato para mí y para tu padre, unas flores humildes y unos dulces de calabaza. Es todo lo que pido.
Pero Fulgencio, un hombre amargado y reacio a las creencias de su madre, respondió de mala manera: —No pondré nada. Haré una calabaza, pero seca, para que se la lleven si es que vienen.
Doña María, con tristeza en el corazón, solo le advirtió: —No seas así, hijo. El día que faltes a la tradición, los muertos caminarán tristes sin ofrenda y sin luz, y se perderán en su regreso al más allá.
III. La Muerte de Doña María y el Desprecio de Fulgencio
Pasaron los años y Doña María falleció. Fulgencio, fiel a su desprecio por las creencias de su madre, no preparó el altar con la devoción que ella había pedido. En su lugar, colocó una calabaza seca sobre la mesa, sin flores, sin dulces y sin velas. Se burlaba de las costumbres, sin imaginar lo que el destino le deparaba.
Llegado el 2 de noviembre, mientras la mayoría de los pueblos iluminaban sus hogares con velas para guiar a los difuntos, Fulgencio decidió quedarse despierto para "comprobar" si los muertos, como decía su madre, regresaban del inframundo.
IV. El Encuentro con las Almas Tristes
En la oscuridad de la noche, Fulgencio vio una procesión espectral en la lejanía. Entre las sombras, distinguió a su madre y a su padre. Iban tristes, cabizbajos, sin luz que los guiara. Su madre llevaba la calabaza seca que él había puesto en el altar, como única ofrenda.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Fulgencio. Su corazón, tan duro como la piedra, comenzó a latir con una angustia que jamás había sentido. En lo profundo, extrañaba a su madre, aunque nunca lo hubiera admitido.
Pero la curiosidad le jugó una mala pasada. Al acercarse más a la procesión, un alma en pena se separó del grupo. Enfurecida, le golpeó la cabeza con dos grandes velas y le dijo: —Guarda estas velas. Mañana vendré por ellas.
Aturdido, Fulgencio tomó las velas y las guardó en un baúl.
V. El Castigo de los Muertos
Al amanecer, Fulgencio despertó agitado y recordó las velas. Fue al baúl y lo abrió, pero en lugar de encontrar las velas, halló dos huesos de piernas humanas. El terror invadió su cuerpo. Comprendió entonces que había sido golpeado por la muerte misma, y que el alma que le había entregado las velas, en realidad, venía a cobrar su vida.
Desesperado y sin salida, Fulgencio cayó al suelo muerto, sabiendo que su alma no encontraría descanso. Su desprecio por la tradición había sellado su destino.
VI. El Destino de los Incrédulos
La leyenda cuenta que quienes mueren en días de muertos, sin haber mostrado respeto por las almas que regresan, no logran ascender ni llegar al inframundo. En lugar de ello, sus almas quedan atrapadas, sirviendo como alimento para los caminantes que regresan al más allá. Así fue el destino de Fulgencio, quien en su incredulidad se convirtió en presa de los muertos que tanto despreció.
Esta historia enseña que la falta de respeto hacia las tradiciones y las almas de los difuntos puede traer consecuencias terribles. El Día de Muertos no es solo una festividad, sino una manifestación del vínculo sagrado entre los vivos y los muertos. La leyenda de Fulgencio nos recuerda la importancia de honrar a quienes ya no están y de mantener viva la llama de la tradición.