Una vez que el proyecto ha sido implementado en la institución, conlleva una revisión constante de la calidad y el impacto de los productos desarrollados. En caso de detectarse una disminución en su utilidad, es esencial realizar un análisis exhaustivo para identificar las áreas de mejora necesarias que permitan abordar las nuevas necesidades que surgen. El éxito de un proyecto reside precisamente en la utilidad de sus resultados para la comunidad, su uso continuo y su adaptación a las nuevas situaciones o problemáticas que se descubren en el trabajo diario.
Por ejemplo, en el ámbito de la digitalización, surgen a diario necesidades para mejorar la funcionalidad de las aplicaciones, adaptarlas a los avances tecnológicos y automatizar procesos que anteriormente se realizaban manualmente. Aquí, es crucial prestar especial atención al punto de partida de las personas que utilizarán estas herramientas, garantizando que el diseño se enfoque en facilitar de manera ágil y sencilla las tareas que se pretenden automatizar. El objetivo principal deberá ser reducir la carga de trabajo, disminuir errores humanos derivados de procesos manuales, mejorar la eficiencia y proporcionar un mayor nivel de satisfacción y precisión. En el ámbito educativo, además de facilitar la realización de actividades más interactivas y motivadoras para el aprendizaje, es fundamental que generen un impacto en la mejora, como una mayor retención del conocimiento y habilidades para resolver problemas cotidianos.
En este sentido, un proceso continuo de evaluación y rediseño se convierte en la clave (evaluación continua). Las nuevas necesidades y actualizaciones, especialmente si son sustanciales, implican la formulación de nuevos proyectos para implementar las mejoras requeridas. En proyectos como Erasmus+, es una práctica común solicitar subvenciones para nuevos proyectos con el propósito de llevar a cabo las adaptaciones que las instituciones identifican como necesarias.