Esas personas que en algún momento fueron especiales en nuestras vidas y ahora no están ocupan un lugar en nuestros corazones. Pero hay ausencias que siguen siendo pozos profundos de dolor en la memoria. Lo que sucede es que algunas ausencias no tuvieron una buena despedida, no nos dieron la oportunidad de decir “adiós” o un “lo siento”. Es una angustia que hace más difícil la superación de una pérdida.
La muerte debería disponer al menos de un intervalo de tiempo para tener una última conversación, darse un abrazo largo por todo lo que pasaron juntos y decir adiós; aunque sea triste, despedirse ayuda a sanar. Debería ser como una despedida de antaño cuando tu amado se aleja a la partida de un tren con la esperanza de algún día volver a verle. Pero eso solo es una fantasía.
La escritora Anne Morrow Lindberg de principios del siglo XX explica que el dolor de la pérdida de un ser querido no es universal, todos creen que para todos es igual. Pero lo cierto es que el sufrimiento es algo muy personal y profundo que solo la persona que lo siente lo puede comprender. Eliminar ese dolor es un proceso lento y difícil en el que se hace una reconstrucción interior.
La muerte no sabe de despedidas y es algo que tarde o temprano tenemos que asumir. Pero aunque lo reflexionemos una y otra vez, el dolor sigue estando presente.
A los que nos dejaron sin decir adiós
Muchos creen que la parte “positiva” de una enfermedad terminal es que te prepara para la despedida. Sin embargo, perder a alguien cercano en el instante que su alma se desprende de su cuerpo es demasiado doloroso. Lejos de sentirse aliviados porque ya no viven en sufrimiento se siente un dolor desgarrador por esa ausencia sin importar qué tan preparadas estén las personas.
Ahora bien, la situación puede tornarse más profunda cuando alguien simplemente deja este mundo sin pedir permiso, sin despedirse. Esas son las ausencias que más nos hieren y son muy difíciles de superar. Para conseguir un poco de alivio necesitamos iniciar un proceso de duelo.
Tenemos que evitar mantener los sentimientos atrapados en el pecho con la incredulidad y la negación porque puede derivar en una desorganización total de nuestras vidas. Nos adentramos en la ira crónica y la depresión. La muerte inesperada de un ser querido tiene un impacto emocional muy intenso en todas nuestras emociones y nuestro mundo.
La pérdida deja cabos sueltos, asuntos sin resolver, conversaciones por terminar, frases por confesar, arrepentimientos y la necesidad desesperada de una despedida. La respuesta a ese alivio está en nuestro interior, el tiempo nos hará encontrar la calma, el alivio y la aceptación.
¿Cómo afrontar la pérdida?
Jim Morrison, cantautor y poeta estadounidense, decía que las personas le tenemos más miedo al dolor que a la muerte, cuando la verdad es que es la muerte quien finalmente alivia cualquier dolor. Lo que no sabía él es que después de la muerte viene un dolor de vida irreparable, el que sienten los familiares, los amigos y las parejas.
Todas las personas viven su duelo de forma diferente. No hay un tiempo específico en que te empieces a sentir mejor ni ninguna estrategia exitosa para simplemente olvidar. La pérdida de un ser querido es un dolor que te paraliza al inicio, te roba el aire de los pulmones y hasta te quita el alma los primeros días, semanas, meses y hasta años. Pero luego el dolor se va suavizando.
Aunque parezca demasiado difícil de superar, sí consigues sobrevivir. Evita centrar tus pensamientos en el día en que esa persona se fue de este mundo y escribe una carta confesando todo lo que deseabas decirle; es una estrategia que puede ayudarte.
El dolor siempre será fuerte; sin embargo, los buenos recuerdos serán los que más queden en tu memoria y te permitirán no olvidar si no aprender a vivir con esa ausencia.