Los gálatas eran tribus celtas que, establecidas primeramente junto al Danubio, se diseminaron después en varias direcciones. Aquellos a quienes dirige el apóstol Pablo la presente Epístola residían en el centro del Asia Menor. Divididos en dos subprovincias, no es fácil dictaminar a cuál de ellas pertenecían las iglesias de Galacia a las que Pablo se dirige en 1:2, pero la mayoría de los autores modernos opinan, con buenas razones, que se trata de los residentes en la parte septentrional. Si ello es así, estas iglesias fueron fundadas en el segundo viaje misionero del apóstol, y la Epístola habría sido escrita en el tercero entre los años 53 y 55 de nuestra era.
El punto clave de la Epístola es la justificación por la fe sin las obras de la Ley, con la subsiguiente libertad del Espíritu con la cual Cristo nos ha hecho libres y que ha de usarse en servicio de nuestro prójimo y en obediencia al Señor.
En la Epístola, Pablo hace frente a unos adversarios concretos: los judaizantes, quienes habían conseguido embaucar a los gálatas (3:1) hasta el punto de ponerlos en peligro de retroceder, desde el régimen de la gracia (5:4, comp. con Ro. 7:6), al régimen de la Ley. ¿Quiénes eran los judaizantes? Eran judíos convertidos al Evangelio, que veían en Jesús al Mesías de Israel, pero pensaban que la única vía de salvación era llegar a Cristo a través del judaísmo, haciéndose prosélitos de Israel por medio de la circuncisión. El peligro era muy grave, puesto que, si para salvarse era necesario el cumplimiento de la Ley, la Cruz de Cristo había perdido su eficacia y su «escándalo» (5:11) y el Evangelio dejaba de ser lo que era (1:6–9): Buena Noticia.
Para la división de la Epístola, adoptamos la del Dr. Ryrie:
I. Introducción: No hay otro Evangelio (1:1–10).
II. Defensa de la justificación por la fe sola (1:11–2:21).
III. Explicación de la justificación por la fe (3:1–4:31).
IV. Aplicación de la justificación por la fe (5:1–6:10).
V. Conclusión: Compendio de las instrucciones de Pablo (6:11–18).
Después de una especie de prefacio (vv. 1–5), el apóstol reprende severamente a los gálatas (vv. 6–9) y pasa a establecer su autoridad apostólica, I. con base en su predicación del Evangelio (v. 10); II. con base en haberlo recibido por revelación directa (vv. 11, 12). Para probar lo cual, les hace a la memoria, 1. lo que él mismo era antes de su conversión (vv. 13, 14), 2. cómo se convirtió (vv. 15, 16) y, 3. cómo se había comportado desde su conversión (vv. 17–24).
Versículos 1–5
1. La persona que envía la Epístola es Pablo (v. 1), único nombre que se le da desde Hechos 13:9, Apóstol. Aunque no pertenecía al número cerrado de los Doce, Pablo era «Enviado» especial, no de parte de hombres, pues era embajador de Cristo (v. 2 Co. 5:20) ni por medio de ningún hombre, ya que la comisión de predicar el Evangelio no la había recibido por medio de otro líder de la Iglesia, ni siquiera de alguno de los Doce, sino directamente de Dios, por revelación y comisión de Jesucristo (v. 1b, comp. con v. 11). Al decir de Dios Padre que lo resucitó (a Cristo) de los muertos, no sólo establece un dato cronológico que sitúa el llamamiento del apóstol en una fecha posterior a la resurrección del Señor, sino un fundamento teológico, pues presenta a Pablo como el gran heraldo del Resucitado y, con él, de la nueva creación (2 Co. 5:17). En el versículo 2, asocia consigo, en la dirección de la Epístola, a todos los hermanos que estaban con Él, ya se incluyan ahí a todos los miembros de la iglesia desde la que escribe, ya solamente a los que más de cerca colaboraban con él en aquel momento. Con ello da a entender claramente que todos ellos compartían plenamente las ideas que el apóstol expone en la Epístola.
2. A quiénes es enviada la Epístola: «A las iglesias de Galacia» (v. 2b), es decir, a las distintas comunidades locales existentes en la región. Extraña un saludo tan general y tan escueto, pero sirve para darnos a conocer que el mal era también general y que todas las iglesias de Galacia estaban más o menos «seducidas» por las malas artes de los judaizantes que se habían infiltrado entre los miembros de las aludidas congregaciones.
3. La bendición del apóstol (vv. 3–5) no falta por eso; más aún, así como el saludo era excesivamente breve, la bendición es copiosamente larga, para que en ella quepa precisamente un compendio de la tesis que el apóstol va a sostener a lo largo de la Epístola:
(A) La primera parte de la bendición (v. 3) repite exactamente las frases de Romanos 1:7; 1 Corintios 1:3 y 2 Corintios 1:2, por lo que no necesita ulterior comentario (v. el comentario a Ro. 1:7).
(B) Aprovecha (v. 4) la mención que acaba de hacer del Señor Jesucristo para poner de relieve la solución radical del problema que el pecado de la humanidad presentaba. Llama al «presente siglo», esto es, al «mundo», malo (gr. poneroú, maligno, malvado). El mal era, pues, además de profundo, universal y no podía curarse con los emplastos que los legalistas judaizantes querían aplicarle. Fue necesaria la entrega que de sí mismo hizo el Señor por nuestros pecados para librarnos de tal mal.
(C) Esa entrega la hizo Jesús conforme a la voluntad (gr. to thélema, lo que quería) de nuestro Dios y Padre, de un Dios nuestro que fue para nosotros verdadero Padre al engendrarnos al precio de la sangre de su Hijo Unigénito, a quien entregó a la muerte por nosotros (Jn. 3:16; 10:18; Hch. 2:23, 20:28; 2 Co. 5:21; Gá. 3:13, etc.). Así como es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (2 Co. 1:3; Ef. 1:3), así también, en Él y por Él, es el Padre de todos los verdaderos creyentes (comp. con Fil. 4:20).
(D) Para que mejor se destaque la soberana iniciativa de nuestro Dios y Padre en la obra de nuestra redención, es a éste a quien Pablo dirige, ampliada, la misma doxología que en Romanos 11:36, lo cual nos da idea de la solemnidad que Pablo confiere a esta bendición (v. 5). Dice Leal: «La gloria: aquí tiene un sentido helénico de conocimiento y alabanza de Dios y de sus planes».
Versículos 6–9
1. La preocupación del apóstol se hace patente en estos versículos, ya que los fieles de Galacia, seducidos por los judaizantes, estaban desertando del que los llamó (v. 6), es decir, del Dios verdadero que les había dispensado tal favor como es la gracia de Cristo (aunque «de Cristo» falta en muchos y muy importantes MSS). Pablo se asombra de que hayan desertado tan rápidamente (lit.), es decir, de que la obra destructora de los judaizantes haya penetrado tan aprisa en los ánimos de los gálatas. ¿A qué punto habían desertado con tanta prisa? A un evangelio diferente (gr. héteron, otro de distinta especie), pues no hay más que un Evangelio, el que Pablo predicaba. Por eso añade (v. 7) enseguida que tal seudoevangelio no es otro (gr. állo, otro de la misma serie) de la misma especie que el verdadero, sino que con sus falsas doctrinas, los judaizantes, les estaban perturbando (gr. tarássontes, agitando) lo que de Pablo habían aprendido, a la vez que pervertían, «cambiaban en sentido distinto y contrario» (J. Leal), el Evangelio de Cristo, esto es, que tiene por centro la obra redentora del Salvador.
2. Llevado de esta preocupación y lleno de angustia por el tremendo peligro en que se hallaban las iglesias de Galacia, el apóstol, bajo la inspiración de Dios, pronuncia un tremendo anatema (vv. 8, 9), imprecando la destrucción (conforme al sentido del hebr. jérem y del gr. anáthema) de cualquiera que se atreviese a anunciar un evangelio que corriese paralelo, pero contrapuesto (gr. par’hó) al que él les había predicado. El énfasis que en ello pone, le lleva al apóstol a incluir el caso hipotético, y aun imposible, de que él mismo o un ángel del cielo, esto es, de los ángeles buenos, no caídos, llegase a predicar un evangelio diferente del que habían recibido por transmisión del apóstol. Por aquí se echa de ver que el Evangelio de Cristo es uno, puro y simple; que no admite añadiduras ni sustracciones (comp. con Ap. 22:18, 19). El Evangelio de Cristo se pervierte, tanto por parte de menos, quitándole, según hace, por ejemplo, el modernismo bíblico, como por parte de más, añadiéndole, como hacía el legalismo judaizante y hacen, por ejemplo, la Iglesia de Roma y la Ortodoxia disidente de Roma. De ahí la necesidad de un constante «careo» de nuestras opiniones vengan del lado que vengan, con el mensaje puro y simple de la Palabra de Dios.
Versículos 10–24
1. Partiendo de lo que acaba de decir en los versículos 8 y 9, Pablo pone de relieve que, con ello, con esa especie de intransigencia que muestra, sólo busca agradar a Dios, no a los hombres, porque si fuese esto último lo que buscase, dejaría de ser siervo (lit. esclavo) de Cristo (v. 10). Efectivamente, nadie puede servir simultáneamente a dos señores (Mt. 6:24) que exigen un servicio a tiempo completo; y, por consiguiente, no va a permitirse a sí mismo halagar a los hombres a expensas de ser infiel al Señor. El gran objetivo de los ministros del Evangelio ha de ser llevar los hombres a Dios, no el agradar a los hombres a costa de lo que es perjudicial a los propios hombres.
2. Demuestra lo mismo basado en la forma en que recibió el Evangelio que viene anunciando (vv. 11, 12). Una característica peculiar del apóstol de Cristo es haber sido llamado a su ministerio directamente por Dios y comisionado para ello por Cristo mismo. Tanto el conocimiento que tenía del Evangelio como la autoridad para proclamarlo le venían directamente del Señor Jesús (comp. con 1:1).
3. A continuación, les hace un breve relato de la forma en que se había comportado antes, en, y después de su conversión:
(A) «Porque oísteis (lit.), les dice, mi conducta de antaño en el judaísmo …» (v. 13). Algo verdaderamente extraordinario hubo de ocurrirle para que se efectuase en él un cambio de tal envergadura y llevarle, no sólo a recibir, sino también a proclamar con todo ardor, aquella doctrina a la que con tanta vehemencia se había opuesto.
(B) Pasa a referir luego (vv. 15, 16) la forma asombrosa en que llegó al conocimiento de Cristo y a la fe en Él, y cómo fue destinado al ministerio apostólico. Hubo algo extraordinariamente peculiar en el caso de Pablo, tanto en lo repentino de su conversión como en la grandeza y profundidad del cambio que en él se operó y en la forma en que todo ello se llevó a cabo. Dios tuvo a bien revelarle la persona y la obra de Su Hijo. Y no sólo lo reveló a él, sino que es probable que la construcción «en mí» signifique también que, como dice Trenchard: «Desde aquel día Pablo “llevaba a Cristo dentro de sí”, y por eso pudo anunciar tan eficazmente las buenas nuevas acerca de Él a los gentiles, sin excluir a los judíos que querían escuchar».
(C) Cómo se comportó a partir de entonces (vv. 16b–24). No consultó con nadie de este mundo («con carne y sangre») lo que tenía que hacer y predicar, ni siquiera (v. 17) con los Doce, para que no se pensase que de ellos había recibido el mensaje o la comisión de predicar, sino que se marchó a Arabia, para retirarse (lo más probable) a meditar y recibir nuevas revelaciones, más bien que a predicar (según sugiere Leal). Lo de «pasados tres años» (v. 18) ha de contarse a partir de su conversión. Y aun así, ha de recordarse la forma de contar por años (o días) enteros los fragmentos del primero y del tercero. Tras de su segunda estancia en Damasco (v. 17b), subió a Jerusalén para hacer una visita a Cefas (lit.), es decir, a Pedro en calidad de portavoz de los demás apóstoles (comp. con Mt. 16:18) en cuanto al testimonio de la resurrección del Señor. La frase «sino a Jacobo el hermano del Señor» (v. 19b) no significa que éste fuese uno de los Doce, sino que, en tal visita, aparte de Pedro, sólo se entrevistó con Jacobo (o Santiago), hermano del Señor y autor humano de la Epístola que lleva su nombre (v. 1 Co. 15:7; Gá. 2:9).
(D) Intercala (v. 20) una aseveración solemne de que, en todo ello, está diciendo la pura verdad. Y, a continuación, refiere que sus primeras labores apostólicas las llevó a cabo en su patria chica (v. 21): «en las regiones de Siria y de Cilicia», donde Tarso, su ciudad natal, estaba ubicada. Añade que, en cambio, las comunidades cristianas de Judea no le conocían personalmente (v. 22). Como muy bien hace notar Lenski, esto no incluye a Jerusalén (v. Hch. 9:28, 29). Pero el informe que las iglesias de Judea recibieron del cambio radical que se había operado en Pablo (v. 23), las llenó de gozo y las incitó a glorificar a Dios por ello (v. 24).
En este capítulo, I. vemos que la autoridad apostólica de Pablo es reconocida en la iglesia de Jerusalén (vv. 1–10). II. Vemos también que su autoridad apostólica se echa de ver, todavía mejor, en la forma en que se atrevió a reprender justamente a Cefas mismo en Antioquía (vv. 11–21).
Versículos 1–10
En estos versículos el apóstol nos da cuenta de otro viaje que hizo a Jerusalén.
1. Lo llevó a cabo (v. 11) catorce años después del mencionado en 1:18. Una señal evidente de que no dependía de los Doce era el que, a pesar de haber estado ausente, por tanto tiempo, de ellos, continuaba ocupado todo el tiempo en predicar el Evangelio, sin que ninguno de ellos le llamara la atención. Subió con Bernabé, llevando también consigo a Tito (v. 1b). La opinión más probable es que este viaje es el mismo que se menciona en Hechos 15. Pablo añade que subió según una revelación (v. 2). Comenta J. Leal: «Pablo no sube por propia cuenta ni porque lo reclamen los apóstoles de Jerusalén. Sube por impulso divino».
2. Un relato de su comportamiento durante su estancia en Jerusalén.
(A) A los dirigentes de la iglesia de Jerusalén les expuso en privado (v. 2) el Evangelio que predicaba. Obsérvese: (a) la fidelidad del gran apóstol: Les expuso, sin ambages ni reticencias, el Evangelio puro y simple que predicaba entre los gentiles. (b) Su gran prudencia: Lo hizo en privado, a fin de no suscitar entre los hermanos de Jerusalén ninguna oposición contra sí mismo y contra la doctrina que predicaba. La última parte del versículo 2 se presta a confusiones si no se interpreta de acuerdo con todo el contexto y a la vista del capítulo 15 de Hechos. Pablo no duda ni teme estar corriendo, ni haber corrido, en vano. Como bien explica Lenski, estas frases dan a entender la acusación de los judaizantes contra él. Ellos eran los que decían: «Pablo corre en vano, porque no predica el Evangelio en forma ortodoxa». Nótese el contexto posterior.
(B) La exposición que el apóstol hizo a los dirigentes de Jerusalén acerca del Evangelio que predicaba fue tan convincente que Tito, aun siendo gentil, no fue obligado a circuncidarse (v. 3), a pesar de toda la oposición que habían montado los falsos hermanos (v. 4) infiltrados solapadamente, es decir, los judaizantes, quienes hacían todo lo posible por espiar, es decir, coartar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, a fin de reducirnos a esclavitud, como es la observancia de la Ley de Moisés, según el tenor de toda la Epístola. Pablo declara enérgicamente que ni por un momento (v. 5) se sometió a las exigencias de tales falsos hermanos, «a fin de que la verdad del evangelio pueda continuar firme entre vosotros» (NVI). Comenta Trenchard: «El transcurso del llamado Consejo de Jerusalén, tal como Lucas lo narra en Hechos, capítulo 15, evidencia que había ganado (Pablo) la batalla en privado antes de que la cuestión de los gentiles se debatiera en público. Tito quedó como el símbolo de la libertad de los convertidos de entre los gentiles, quienes entraban en la iglesia sobre la única base de la Obra perfecta de Cristo que habían recibido con sumisión y fe».
(C) Aunque conversó con Jacobo (el mencionado en 1:19), Cefas y Juan, los considerados como columnas de la iglesia (v. 9), los mismos que parecían personas importantes (v. 6), «cualquiera que fuera la autoridad que se les diera» (J. Leal), a Pablo no le dieron nada nuevo (v. 6b), es decir, «ellos no añadieron nada a mi mensaje» (NVI). Lo que le dijeron era lo mismo que él había recibido por revelación del Señor, y no pudieron poner reparos a la exposición que él les había hecho del Evangelio que predicaba entre los gentiles.
(D) Así que los más notables de los Doce, plenamente convencidos (v. 7) de la comisión y autoridad apostólicas que Pablo había recibido le reconocieron como colega en el ministerio que tanto a Pedro como a Pablo había sido encomendado por la misma mano (vv. 7, 8), «y reconociendo, añade (v. 9) la gracia que me había sido dada» (comp. con Ro. 1:5), «nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo» (lit. comunión). Nótese que son las columnas, los líderes de Jerusalén, los que prestan su acuerdo con ese gesto a Pablo y a Bernabé, no viceversa, ya que los primeros no les habían dicho nada nuevo, sino que habían quedado convencidos de que la predicación de Pablo se ajustaba en todo a la verdad del Evangelio. «Chocar la mano» (lit.) en el hebreo del Antiguo Testamento es precisamente (a partir de Esd. 10:19) la frase que se emplea para indicar que un pacto o convenio queda cerrado entre dos personas. La división de campos de apostolado (v. 9: «a los gentiles … a los de la circuncisión») tiene, sin duda, un sentido geográfico, más bien que racial, puesto que vemos a Pablo que entra primero en la sinagoga, donde la había, para predicar el Evangelio a los de su raza (comp. con Ro. 1:16, 2:10). Esta misma armonía debería existir entre todos los que comparten la fe en el mismo Evangelio de Jesucristo, aunque haya discrepancias de opinión en cuanto a detalles que no son fundamentales.
(E) Finalmente, el apóstol menciona (v. 10) que los líderes de la iglesia de Jerusalén les pidieron (a Pablo y a Bernabé) que se acordasen de los pobres. Petición que Pablo no echó en saco roto: «lo cual, dice, yo también procuré hacerlo con diligencia» (comp. con Hch. 11:30; 24:17; Ro. 15:25–28; 2 Co. caps. 8 y 9). La frecuente mención de los pobres, de los santos necesitados de Jerusalén, parece chocar, a primera vista, con lo que leemos en Hechos 4:34: «Así que no había entre ellos ningún necesitado», pero hay que tener en cuenta que esto ocurría antes de la persecución en la que precisamente Pablo había jugado un papel principal (v. Hch. 8:3). A raíz de esta persecución, muchos de los fieles de Jerusalén fueron encarcelados y desposeídos de sus cargos y de sus bienes, con lo que la congregación quedó en una situación económica extremadamente precaria.
Versículos 11–21
Esta porción contiene el llamado «incidente de Antioquia», cuando Pablo tuvo que enfrentarse con Pedro, porque éste se había hecho digno de reprensión (v. 11). El incidente en cuestión se contiene en los versículos 11–14. Los versículos 15–19, según la opinión más probable, describen la argumentación que Pablo esgrime ante Pedro a fin de razonar su reproche. Es también probable, que en los versículos 20 y 21, continúe Pablo en su argumentación con Pedro.
1. Vemos primero (vv. 11–14) la falta cometida por Pedro y el reproche que Pablo le hizo. El incidente es posterior a Hechos 15.
(A) ¿En qué consistió la falta de Pedro? En una de sus correrías apostólicas (comp. con Hch. 9:32), había llegado a visitar a los fieles de Antioquía de Siria (v. 11). Y al estar él allí, vinieron algunos (v. 12) de parte de Jacobo, como indica la preposición griega apó. No se nos dice con qué fin llegaron allá, pero desde luego no vinieron a espiar a Pedro o a otro cualquiera. Antes de que viniesen estos judíos, Pedro no tenía reparo en comer con los gentiles, esto es, con cristianos convertidos del paganismo. Lo había hecho otras veces, y él mismo había defendido la legitimidad de esta conducta (v. Hch. 10:28; 11:3). «Pero después que vinieron, se retraía y se separaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión» (v. 12b), es decir, de los cristianos procedentes del judaísmo. Nótense bien los siguientes detalles:
(a) Estos judíos que habían venido de Jerusalén no cometían ninguna falta al comer en grupo, pues nadie les imponía mezclarse con otros grupos.
(b) Pedro no cometió ningún error de tipo doctrinal, pues sabía, tan bien como lo sabía Pablo, que la fe en Jesucristo basta para la salvación de toda persona, tanto de extracción hebrea como pagana (v. Hch. 10:43; 11:17).
(c) Al haber comido antes con los gentiles, daba a entender que esa práctica era legítima. ¿Por qué, pues, se retrajo y se separó al llegar los de la circuncisión? La respuesta está en el mismo versículo:
«Porque tenía miedo de los de la circuncisión» ¿Era este miedo fruto de cobardía personal? No es probable, después de la llenura de Pentecostés. La explicación más congruente es que, como dice Trenchard, «quería ganar a los recalcitrantes por consideraciones de tipo práctico, y esperaba que se reconciliasen así con la idea de la extensión del Evangelio entre los gentiles, sin que sufrieran demasiado por la aparente violación de sus escrúpulos en cuanto a las leyes alimentarias». Era, en el fondo, una incorrecta aplicación de lo que Pablo dice en 1 Corintios 9:20 de «hacerse a los judíos como judío, para ganar a los judíos».
(d) Lo que en realidad hacía era una simulación (v. 14, lit. hipocresía), no de intento, sino por miedo, al pensar que así podría congraciarse mejor con los circuncisos a favor de los de la incircuncisión.
(B) Aun así, la gravedad de la falta se echa de ver en el efecto que produjo en los judíos que le acompañaban (v. 13). El ejemplo de un apóstol que, además, era una de las tres columnas mencionadas en el versículo 9, tuvo tal fuerza que arrastró consigo nada menos que a Bernabé, que hasta entonces había dado pruebas de una irreprochable lealtad. Nótese el dolor del corazón de Pablo en ese «hasta el punto de que también Bernabé, etc.» (lit.).
(C) No es extraño, ante este complejo de circunstancias, que Pablo se sintiese obligado a resistirle en su cara (v. 11): «Cuando vi, dice el apóstol (v. 14), que sus pies no iban derechos en relación con la verdad del evangelio (lit.), le dije a Pedro enfrente de todos ellos (NVI), ya que el pecado había sido público y necesitaba pública reprensión: «Si tú, que eres judío, vives a la manera de los paganos que se convierten y no a la manera judía, ¿cómo es que quieres obligar a los paganos convertidos a que se atengan a las costumbres judías?» (NVI). Como si dijera: «Tú eres judío de raza y, sin embargo, te portas (y lo has hecho hasta hace unos momentos) como pagano en cuanto a las prácticas alimentarias, ¿cómo quieres obligar, con tu ejemplo posterior, a los convertidos del paganismo a que adopten las prácticas judías, ¡a judaizar!?» (lit.). Ruego, de paso, a los lectores, que corrijan, en la primera edición de la RV. 1977 (última línea del v. 14), el vocablo «judíos», sustituyéndolo por «gentiles». Es errata de imprenta.
2. Continúa el apóstol con su argumentación, de la que puede verse una iluminadora paráfrasis en el comentario del Profesor Trenchard. Con la mayor probabilidad, se dirige todavía a Pedro, como parece indicarlo ese «Nosotros» con que encabeza el versículo 15 y en el que engloba a todos los judíos conversos, pero en especial a Pedro y a sí mismo, pues son los dos interlocutores en esta ocasión. La argumentación de Pablo es la siguiente:
(A) «Nosotros (tú y yo) somos judíos de nacimiento; no pertenecemos al grupo de los que despectivamente llaman “paganos pecadores” (NVI) los inconversos de nuestra raza» (v. 15).
(B) Sin embargo, «sabedores de que ningún ser humano alcanza a estar en correcta relación con Dios por medio de la observancia de la Ley, sino por fe en Jesucristo, TAMBIÉN NOSOTROS pusimos nuestra fe en Cristo Jesús, a fin de quedar en correcta relación con Dios en virtud de la fe que se pone en Cristo, y no en virtud de la observancia de la Ley, ya que por la observancia de la Ley ningún ser humano puede alcanzar la correcta relación con Dios» (paráfrasis personal del v. 16). Los judíos inconversos creían que, por el hecho de poseer la Ley y cumplir externamente sus demandas, ya eran santos, aceptos a Dios, mientras que los paganos que no disponían de la Torah, eran, por eso mismo, inmundos pecadores, incapaces de salvación, a no ser que se hiciesen prosélitos de Israel. Pablo establece, pues, aquí, como en Romanos 3:28, la doctrina que constituye el núcleo del Evangelio: La justificación, es decir, la posición legal de aceptos a Dios, en correcta relación moral y espiritual con Él, se obtiene por la fe sola, aparte de las obras (de la observancia) de la Ley.
(C) Puesto este principio general (que Pedro aceptaba), el apóstol se lanza a fondo con un argumento que esgrime con singular maestría en el versículo 17, donde viene a decir lo siguiente: «Pero, si al tratar de alcanzar esa correcta relación con Dios y de serle aceptos en Cristo y por medio de su obra redentora, resulta que aun nosotros mismos seguimos perteneciendo al grupo de pecadores AL DAR DE LADO LA OBSERVANCIA DE LA LEY, ¿Va a resultar entonces que Cristo es ministro de pecado?» Como si dijese: «¿Para eso nos ha servido entonces Cristo? ¿Para dejarnos al nivel común de los “pecadores” que no poseen la Ley (v. Ro. 2:14) y, por tanto, tener que volver a nuestra situación anterior de observantes de la Ley, si es que la fe en Cristo no basta para la justificación? ¡EN NINGUNA MANERA! ¡Eso no puede ser!»
(D) En el versículo 18, Pablo muestra que el volver a las costumbres judías, abolidas por la Obra del Calvario (eso era prácticamente lo que Pedro había hecho con su simulación) equivalía a volver a edificar lo ya derribado. Y, si lo derribado no tenía fuerza para salvar y, al volverlo a edificar, se derribaba lo edificado mediante la Obra de la Cruz, ¿no era eso una transgresión manifiesta de la voluntad salvífica de Dios? El apóstol da a entender aquí a Pedro que lo que la conducta de éste, al retraerse de los gentiles, insinuaba era algo mucho más grave de lo que Pedro suponía: Vana era la fe (Ro. 4:14), vana era la cruz de Cristo (v. 21), en vano corría Pablo (v. 2) al predicar el Evangelio de la justificación por la fe sola.
(E) Con admirable concisión, Pablo concluye su argumentación directa contra Pedro con una sentencia densa, profunda (nótese el enlace de los versículos 17–19 por medio de los repetidos
«Porque»): «Porque por medio de la Ley, yo he muerto para la Ley, a fin de vivir para Dios» (v. 19).
¿Cómo puede alguien morir a la Ley por medio de la Ley? ¿Qué paradoja es ésa? La explicación es la siguiente: La ley exigía la muerte del pecador. En la Cruz Cristo murió como pecador (2 Co. 5:21; Gá. 3:13), bajo la maldición de la Ley. Todo el que cree en Cristo es incorporado a Él en su muerte y en su nueva vida (Ro. 6:3–11). Así que, al morir con Cristo, se cumple la sentencia que la Ley pronunciaba contra el pecador y, una vez muerto, queda libre de la observancia de la Ley, la cual sólo tiene vigencia en los que viven por ella (comp. con Ro. 7:4). Pero el creyente no queda muerto para siempre, sino que, en Cristo y con Cristo, vive una nueva vida, vida eterna, para Dios (comp. con Ro. 6:10, 11).
3. Los dos últimos versículos (20 y 21) de este capítulo, también dirigidos personalmente a Pedro (probablemente), guardan íntima conexión con todo lo que Pablo acaba de expresar. El versículo 20 queda muy claro en la NVI, que dice así: «He quedado crucificado (pretérito perfecto: acción pasada, de efecto continuo) con Cristo, y ya no es mi “yo” el que vive, sino que es Cristo el que vive en mí. Y esta vida mortal que actualmente vivo, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». Pablo se siente crucificado, muerto, con Cristo, ¡pero vive! El hombre viejo, el «yo» pecador, egoísta, autosuficiente, está legalmente muerto, pero el hombre nuevo, la nueva creación (2 Co. 5:17), vive. En la medida en que el creyente está muerto al pecado, en la misma medida está vivo por la gracia (comp. con Ro. 8:13). Vive en la carne (lit), pero vive por fe. En cuanto a las apariencias exteriores (lo que se ve), vive y muere con las mismas miserias y enfermedades de los demás seres humanos, pero disfruta de una vida interior en Cristo, de un manantial que brota para vida eterna (Jn. 4:14).
Nótese el afecto cálido que late en las últimas expresiones del versículo 20, donde, al mencionar la fe en el Hijo de Dios, añade el apóstol: «el cual me amó y se entregó por mí». Una entrega que no es por amor, de nada vale (v. 1 Co. 13:3); por otro lado, al verdadero amor siempre sigue la entrega total (comp. con Jn. 3:16 y Ef. 5:25. Siempre el «amó» delante de el «se entregó»). Este mismo fervor de Pablo, como se muestra en estas expresiones, nos da a entender que el apóstol no se limitaba a exponer secamente, intelectualmente, verdades doctrinales, sino que las vivía intensa, profunda y totalmente. No hacían brotar en él solamente grandes sistemas doctrinales, ni siquiera febriles actividades de apostolado, sino que significaban toda una vida; nada menos que eso.
El versículo 21 viene a compendiar el núcleo doctrinal del capítulo 2: «Yo no quiero apartar a un lado (no desecho por inútil o inválida) esta gracia de Dios, porque si la justificación se puede alcanzar mediante la Ley, entonces eso significa que Cristo ha muerto en vano» (NVI). En efecto, «no era Pablo, sino los gálatas quienes hacían nula la gracia de Dios al tratar de conservar la Ley. Si Dios deseaba ser obedecido mediante la Ley, ¿por qué había de enviar a Su Hijo a sufrir y morir en una cruz?» (Ryrie).
Aquí, el apóstol, I. reprende a los gálatas por su insensatez al permitir que les desviasen de la verdad del Evangelio (vv. 1–5). II. Demuestra la doctrina de la justificación mediante la fe sin las obras de la Ley, 1. con el ejemplo de Abraham (vv. 6–9). 2. Basado en la naturaleza misma de la Ley (vv. 10–14). 3. Basado en las exigencias de la promesa de herencia hecha a Abraham (vv. 15–18). 4. Basado en la misión de la Ley (vv. 19–29).
Versículos 1–5
El apóstol se dirige, con frases duras, a quienes, después de abrazar la fe de Cristo, continuaban buscando la justificación por medio de la observancia de la Ley mosaica.
1. «¡Oh insensatos gálatas!, comienza diciendo (v. 1), ¿quién os ha embrujado? Ante vuestros propios ojos ha sido gráficamente presentado Cristo como crucificado» (NVI). La inconsecuencia de los fieles de Galacia era tan grave y tan extraña, que solamente la fascinación de algún hechicero pudo ser la causa de que desviasen la mirada de la Cruz de Cristo, cuya obra les había dado Pablo a conocer con claridad tan diáfana como si la exhibiese gráficamente ante sus ojos o por medio de grandes cartelones que todos pudiesen fácilmente leer y entender.
2. A continuación (v. 2), les hace una seria pregunta: «Una sola cosa deseo que me enseñéis (lit. aprender de vosotros): ¿Recibisteis (aoristo; se refiere al momento de la conversión; comp. con Ef. 1:13) el Espíritu por las obras de la Ley (esto es, mediante la observancia de los preceptos y estatutos de la Ley), o por el oír de fe?» (lit.), es decir, por la fe con que recibisteis el mensaje que se os predicó. ¿De dónde emanaba el poder santificador del Espíritu Santo que actuaba en las experiencias que hasta entonces habían tenido? ¿Acaso procedía de la perfección con que habían cumplido las exigencias de la Ley? ¿No era más bien un efecto de la fe que habían puesto en el mensaje del Evangelio?
3. Nótese, en el versículo 3, la tremenda fuerza del contraste que establece el apóstol entre el «espíritu» (de acuerdo con Lenski, opino que no se trata aquí del Espíritu Santo, sino de la fe) y la «carne», la cual significa aquí los ritos externos, al fin corporales, como eran la circuncisión, los alimentos inmundos, etc., no precisamente la naturaleza pecaminosa, carnal, del hombre. El apóstol, pues, viene a decirles: «¿Tan tontos sois como para tratar de llevar a completa perfección con la carne lo que comenzasteis con el espíritu?» Nótese que el verbo «comenzar» está en aoristo y significaba primordialmente «empezar a ofrecer un sacrificio». En cambio, el verbo griego epiteleísthe (lit. estáis perfeccionándoos completamente) está en presente, lo que da a entender que el mal todavía tenía remedio, y con la esperanza de que se remediase era por lo que el apóstol les había escrito esta Carta.
4. Esta misma esperanza de Pablo late en el versículo 4: «¿Habrá sido en vano haber sufrido tantas cosas, si es que realmente fue en vano?» (NVI). J. Leal, con otros, piensa que el verbo páskhein ha de traducirse aquí por experimentar gozo, ya que, dice, «de sufrimientos no se ha hablado en esta iglesia». Es cierto que sólo de las iglesias del sur de Galacia se nos dice, en Hechos 14:22, que Pablo y Bernabé animaban a los creyentes diciéndoles: «Es menester que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios», lo cual no podría explicarse si la insinuación estuviese fuera de lugar. Pero, como comenta Trenchard: «Las circunstancias eran análogas en todas las ciudades donde se hallaban sinagogas de los judíos, y lo más natural es que los gálatas, tan entusiastas en la recepción del apóstol y su mensaje (Gál. 4; 14 y 15), hubiesen compartido con Pablo y sus compañeros los penosos resultados de la oposición de los judíos recalcitrantes, quienes obrarían o por medio de las autoridades o por medio de soliviantar a las multitudes».
5. Al dar un giro nuevo a lo que dijo en el versículo 2, declara ahora Pablo (v. 5) que el Dios que les proveyó abundantemente del Espíritu Santo y realizó entre ellos «poderes» (lit.), es decir, milagros que manifestaban un poder sobrenatural, no hacía todo esto a través de hombres que se afanaban por cumplir las costumbres judaicas, sino que «el Espíritu se manifestaba con abundancia por medio de instrumentos sumisos a la voluntad de Dios, en la medida de su fe» (Trenchard).
Lenski hace notar que el verbo griego epikhoreguéo (no epicoréo, según aparece en la edición castellana) significa «pagar el costo de presentar un coro» en algún festival público. «El patrocinador, dice, paga todos los gastos de representación, los vestidos y la escenificación del coro, lo que exige mucha generosidad. Así Dios derramó su Espíritu sobre los gálatas abundantemente».
Versículos 6–9
El apóstol pasa ahora a probar la doctrina acerca de la cual él ha desaprobado a los gálatas por rechazarla. Y comienza, en estos versículos, por presentar el ejemplo de Abraham, de quien tanto les hablarían los judaizantes, como dice Trenchard.
1. Como en Romanos 4:3, también aquí (v. 6) Pablo cita de Génesis 15:6, donde el hebreo dice literalmente: «Y creyó en Jehová y le fue computado (como) justicia» (V. el comentario a Ro. 4:3). Su fe se cimentó en la promesa de Dios y, en virtud de esa fe, Dios le reconoció y le aceptó como hombre justo, en correcta relación con el Dios santo y justo.
2. La consecuencia es clara (v. 7): «Comprended, pues, que los que creen (gr. hoi ek písteos, los de la fe; es decir, los que se comportan con base en el principio de la fe), ésos son hijos de Abraham» (NVI).
Así como, no por ser descendiente de Jacob según la carne se es verdadero israelita, ni por ser descendiente de Abraham según la carne, ya se es hijo de Abraham (comp. con Ro. 9:6, 7 y Jn. 8:37–40), así también todo verdadero creyente es hijo espiritual de Abraham, sin depender de las obras de la Ley ni de los ritos externos.
3. Al citar luego de Génesis 12:3; 18:18, Pablo incluye en la bendición que recibió Abraham (vv. 8, 9) a todos los que se comportan conforme al principio de la fe (v. 9. En gr., hoi ek písteos, lo mismo que en el v. 7), sin barreras de raza ni nación, etc., pues especifica precisamente a los gentiles como incluidos en la bendición dada al creyente Abraham, ya que fue por su fe en Dios por lo que Abraham alcanzó bendición. Dice M. Henry: «Dios quería justificar al mundo pagano por la vía de la fe; y, por consiguiente, en Abraham, esto es, en la simiente de Abraham, que es Cristo, no sólo los judíos, sino también los gentiles, habían de ser bendecidos como lo fue Abraham, al ser justificados como él lo fue. Fue por fe en la promesa de Dios como fue bendecido, y es únicamente de ese mismo modo como otros obtienen ese privilegio». Dos detalles son dignos de especial mención en el versículo 8:
(A) El apóstol habla de la Escritura como previendo que Dios, etc. Éste es uno de los lugares en que se hace patente la inspiración divina de la Biblia, pues no es la letra de la Biblia la que preveía, sino el Espíritu de Dios que actuaba en los escritores sagrados y podía llegar con visión divina al más distante futuro como al más remoto pasado.
(B) También dice literalmente en dicho versículo 8 que Dios anunció de antemano el evangelio («preevangelizó») a Abraham, etc. En efecto, el creyente Abraham había de ser bendición para todas las naciones y familias de la tierra, judíos y gentiles, precisamente por medio de su descendiente según la carne, Jesucristo, y por fe en el que le resucitó de entre los muertos es como judíos y gentiles habían de hallar la salvación, la correcta relación con Dios, la completa aceptación de Dios en pie de igualdad. Éste es el Evangelio: la Buena Noticia de que Dios está dispuesto a perdonar los pecados y aceptar como justo a todo el que cree, sea judío o gentil de raza sin depender de la observancia de la Ley de Moisés.
Versículos 10–14
El apóstol refuerza su argumentación al pasar del aspecto positivo (la bendición por la fe) al negativo (la maldición por la Ley), antes de explicar en detalle cuál era la función de la Ley.
1. Una razón poderosa por la que no podemos ser justificados de otro modo que asiendo del Evangelio por medio de la fe es que, si nos apoyamos en la Ley, estamos perdidos, puesto que la Ley misma nos condena (v. 10): «Porque todos cuantos confían en la observancia de la Ley se hallan bajo maldición» (NVI). Pablo prueba esa afirmación tan dura apoyándose en Deuteronomio 27:26, donde leemos: «Maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el rollo de la Ley para ponerlas por obra» (v. 10b, lit.). Cuando se lee atentamente todo el contexto de Deuteronomio 27:11 y ss., se advierte un dato extraño: Se pronuncian doce maldiciones contra los transgresores de la Ley, pero no se pronuncia ninguna bendición sobre los que la cumplen. Dice J. Leal: «Esta omisión de las bendiciones favorece la argumentación de Pablo. En el régimen de la Ley no hay más que maldición».
¿A qué se debe esta aparente anomalía? La explicación es muy sencilla: Nadie podía cumplir toda la Ley al nivel de perfección que requería la santidad y la justicia de Dios. Por otra parte, la Ley forma todo un conjunto enlazado como los anillos de una cadena; si se rompe uno, la cadena se ha roto. Por eso dice Jacobo en su Epístola (Stg. 2:10): «Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero ofende en un punto, se hace culpable de todos». Dado que alguien cumpliese perfectamente todos los aspectos externos de la Ley, ¿quién podría tenerse por inocente frente a las exigencias del décimo mandamiento del Decálogo? Llegó un día en que el irreprochable fariseo Pablo se percató de que no había cumplido ese mandamiento («No codiciarás»… v. Ro. 7:7 y ss.), por lo que su conflicto con la concupiscencia habría sido insuperable si no hubiese sido por la gracia de Dios, quien vino en su auxilio por medio de la Obra del Calvario y el poder del Espíritu Santo (v. Ro. 7:24–8:4).
2. En los versículos 11 y 12, resume lo que había dicho en Romanos 10:1–13: Si alguna persona pudiese presentarse como perfecta cumplidora de la Ley delante de Dios, con ello tendría la vida, mientras que la Escritura asegura (Hab. 2:4, repetido tres veces en el Nuevo Testamento: aquí, en Ro. 1:17 y He. 10:38): «El justo por la fe vivirá». No cabe vida espiritual sin la fe: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que desobedece (no cree, porque no se deja persuadir) al Hijo no verá vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (lit. Jn. 3:36). Para obtener la vida por medio de la observancia de la Ley, sera necesario cumplirla entera y perfectamente (v. 12), porque la Ley «no es de fe» (lit.), es decir, no se cumple en virtud de la fe, sino por obras.
3. En los versículos 13 y 14, el apóstol explica el remedio que Dios usó (comp. con 2 Co. 5:21) a fin de que la bendición del creyente Abraham pudiese ser transmitida a todos, tanto judíos como gentiles, puesto que la Ley de Moisés sólo ofrecía maldición: «Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, hecho maldición por (gr. hypér) nosotros, (pues está escrito: “Maldito todo el que está colgado en un madero”), a fin de que la bendición de Abraham llegase en Cristo Jesús hasta los paganos (gr. ta éthne, las gentes, las naciones que no son de raza israelita), para que recibiésemos por medio de la fe la promesa del Espíritu» (lit.). Son de notar los siguientes detalles:
(A) El verbo para «redimir» (v. 13) es exagorázo, que significa «comprar un esclavo en el mercado público y sacarlo (ex) de la esclavitud a la libertad». Ocurre cuatro veces en todo el Nuevo Testamento e indica siempre el buen resultado de la transacción, en contraste con el verbo agorázo, el cual no siempre indica el buen resultado de la transacción (v. el comentario a 2 P. 2:1).
(B) Pablo no dice que Cristo fue hecho maldito, sino maldición. Como en 2 Corintios 5:21 («pecado»), el epíteto es menos profundo, pero es más universal; en otras palabras, no era maldito por pecado personal suyo, sino por ser sustituto universal, aunque virtual. Comenta Lenski: «No es que una parte de nuestra maldición le afectó con su contacto con nosotros; sino que toda nuestra maldición fue sobre Él, así que Él fue completamente maldición».
(C) La cita (v. 13b) de Deuteronomio 21:23 no significa que el estar colgado del madero fuese la maldición, sino que el hecho de ser exhibido pendiente de un madero, colgado de un árbol, era una señal, visible a todos, de que el ajusticiado había muerto (por lapidación) bajo la sentencia condenatoria de la Ley.
(D) El aoristo lábomen («recibiésemos», v. 14b) da a entender que la promesa del Espíritu, es decir, el Espíritu Santo prometido, tuvo ya efecto al creer (comp. con Ef. 1:13), aunque es una promesa que ya no se pierde una vez que se ha cumplido en el creyente (aoristo ingresivo). El apóstol dice «recibiésemos», incluyéndose a sí mismo, judío de raza, para que se entendiese bien que la promesa hecha a Abraham alcanzaba también a los creyentes que no fuesen descendientes de Abraham según la carne; con mayor razón (v. Ro. 11:24), había de alcanzar a los creyentes de raza judía. La bendición de Abraham había de alcanzar a «todas las familias de la tierra» (Gn. 12:3).
Versículos 15–18
1. Como hace notar Trenchard, al comienzo del versículo 15, Pablo «al dejar el tono un tanto duro de la sección 3:1–6, se dirige a los gálatas con ternura, llamándoles hermanos, y pasar a recordarles un simple hecho de la experiencia de toda nación civilizada». Esto es lo que significa la frase: «Pablo en términos humanos». Como si dijera: «Pongamos un ejemplo de la vida humana ordinaria», ya que «hasta ahora había argüido de la Escritura» (Leal).
2. A continuación, y con gran maestría, Pablo demuestra que la herencia (v. He. 11:8–10) de la vida eterna que habían de recibir en Cristo los creyentes no pudo ser invalidada al ser promulgada la Ley en el Sinaí (vv. 15–18), por lo que la justificación por fe en la promesa tiene validez perpetua y universal. En efecto, como asegura el apóstol:
(A) «Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade» (v. 15). Esto es especialmente cierto de Dios, no sólo por la inmutabilidad de sus designios (v. por ej. 1 S. 15:29), sino también porque acompañó con juramento la promesa que hizo a Abraham. Por eso leemos en Hebreos 6:17, 18: «Y como Dios quería mostrar con la mayor claridad a los herederos de la promesa la naturaleza inmutable de su designio, lo confirmó con un juramento. Dios obró de este modo a fin de que, mediante dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos más ánimos nosotros, los que en busca de refugio nos hemos asido fuertemente a la esperanza que tenemos ante nosotros» (NVI).
(B) Esta promesa, añade el apóstol, fue hecha a Abraham y a su simiente (v. 16). Y, con una acomodación de corte rabínico (ya que «simiente» quiere decir, sin lugar a dudas, «descendencia»), arguye Pablo que ese singular «simiente» alude claramente a Cristo. No tiene muchas probabilidades la opinión que ve aquí en «Cristo» al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia y podemos asegurar que Pablo pensaba en la persona de Jesucristo, pero como centro de recepción y de irradiación universal de la promesa hecha a Abraham. El plural «promesas», que hallamos en este versículo 16, es probable que se refiera a «las diversas seguridades que Dios dio al patriarca en el curso de los incidentes que ocupan los capítulos 12 a 22 del Génesis» (Trenchard).
(C) Al dar un paso más, el apóstol muestra (vv. 17, 18) que el pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, es decir, el pacto abrahámico (v. el contexto anterior), no pudo ser abrogado por la Ley, es decir, por el pacto sinaítico y, por consiguiente, la promesa hecha a Abraham conserva toda su validez y vigencia. Esto lo demuestra de dos maneras:
(a) El pacto abrahámico fue ratificado 430 años antes de promulgarse la Ley en el Sinaí (v. 17b), es decir, 30 años antes del nacimiento de Isaac, con quien comenzaba la descendencia de Abraham (v. Gn. 15:13, en donde hallamos descontados 30 años). La promesa era, pues, cronológicamente anterior a la Ley, por lo cual no podía ser invalidada por el pacto sinaítico.
(b) La herencia en Cristo de todos los creyentes no depende de la Ley, sino de la promesa (v. 18). Si dependiera de la Ley, ya no sería en virtud de la promesa. Pero cabe una objeción: «¿No era el pacto sinaítico obra de Dios y, por tanto válido e inmutable como el pacto abrahámico?» A esto hay que responder que, efectivamente, el pacto sinaítico era obra de Dios, pero, con la particularidad de que era un pacto sin promesa firme, porque, al revés de los demás pactos, era bilateral (entre Dios y el pueblo) y condicional: Dios se obligaba a bendecir al pueblo con tal de que el pueblo cumpliese la Ley (condición no cumplida), por lo que la justificación por la fe sola es principio permanente (desde Adán hasta el final del mundo), SIN EXCLUIR EL TIEMPO DE LA DISPENSACIÓN DE LA LEY. Como digo en mi libro Escatología II, página 255, al hablar del pacto sinaítico:
«A la vista de la fraseología que recorre todo el libro del Deuteronomio, y que puede resumirse en la frase de Jesús, tras de citar los dos mandamientos en que se resume toda la Ley, «haz esto y vivirás» (Lc. 10:28), parecería que el elemento condicional de este pacto deja completamente en la sombra al elemento incondicional, pero es preciso recordar, una vez más, que la salvación es siempre «por gracia … mediante la fe». De ahí que el ejercicio de la fe se le pidiese al pueblo de Israel antes de salir de Egipto, mediante la sangre del Cordero Pascual, aplicada a los dinteles y a los postes de las casas (v. Éx. 12:13), mientras que la Ley les fue dada varios meses después de la salida de Egipto. En efecto, las frases del Deuteronomio, como la de Jesús en Lucas 10:28, no significan que la salvación eterna dependa de las obras de la Ley (comp. con Ro. 10:15; Gá. 3:12, como un eco de Lv. 18:5), sino que hablan de una comunión de vida con Dios mediante el ejercicio de la justicia, pero a sabiendas de que sólo por fe puede obtenerse una justicia que suba al nivel que Dios requiere para declarar justa a una persona».
Versículos 19–29
Visto todo lo que antecede, podríamos preguntarnos: Si no hay otra forma de alcanzar la herencia que por medio de la fe en la promesa, ¿para qué dio Dios la Ley por medio de Moisés? «¿Para qué sirve la Ley?» (v. 19). A esta pregunta responde el apóstol en esta porción.
1. La Ley fue añadida a causa de las transgresiones (v. 19b). Los israelitas eran tan pecadores como los demás hombres y, por tanto, la Ley fue dada con el fin de (así el «a causa de» podría traducirse mejor, como hace Leal, por «en orden a» como en Ro. 4:25) convencer de pecado a los transgresores y, mediante esta misma convicción en sus conciencias, poner un freno a la inclinación al pecado, hasta que, en el cumplimiento del tiempo (4:4), viniese la simiente a quien estaba destinada la promesa, es decir, el Mesías Salvador, Cristo Jesús. Pero cuando la plenitud de la gracia y de la verdad se manifestó por medio de Jesucristo (Jn. 1:14, 17), cesó la vigencia de la Ley dada por medio de Moisés. Nótese lo de «fue añadida», con lo que da a entender que la Ley era como un suplemento circunstancial que en nada alteraba la validez y vigencia de la promesa. Nótese también la construcción (v. 19b): «y fue promulgada (la Ley) POR MEDIO de ángeles EN MANO de un mediador». A pesar del plural, opino que Pablo se refiere al «Ángel de Jehová», según da como posible el Profesor Trenchard. En cuanto al «mediador», se refiere a Moisés, pero no en el sentido de alguien que interviene para que se reconcilien dos personas enemistadas, sino como «transmisor» de la Ley de manos de Dios (o del Ángel de Jehová) a las manos del pueblo (comp. con 1 Jn. 1:17), del cual era representante.
2. El versículo 20 no debe llamarnos a engaño. Según J. Leal, «en el siglo pasado se contaban cuatrocientas treinta sentencias (esto es, opiniones) en la exposición de este verso». Lenski da la cifra de 250 interpretaciones, «no obstante su sencillez», añade. En efecto, lo que el versículo 20 (traducido con mejor o peor fortuna en las versiones) quiere decir es que, al recibir la Ley de mano de Dios para transmitirla al pueblo, Moisés actuó como representante del pueblo en obediencia a la comisión que de Dios había recibido. Pero, a fin de dejar bien claro que la promulgación de la Ley no fue una transacción para reconciliar a dos partidos, añade que «Dios (con artículo; es decir, Jehová) es uno solo» (lit.). Dice Lenski: «Al ser una persona, Dios actuó por sí mismo y no necesitó representante cuando otorgaba la Ley». En fin de cuentas, es más que probable (en mi opinión) que aquí tengamos uno más de los casos en que la teofanía es expresada, por respeto a la suma trascendencia de Dios, en forma de angelofanía.
3. Es evidente, por lo que lleva dicho el apóstol, que la Ley no invalida la promesa, sino que es una «añadidura» en orden a convencer de pecado la conciencia de los transgresores. Pero queda una duda:
«¿Es contraria la Ley a las promesas de Dios?» (v. 21). En otras palabras, al promulgar la Ley, ¿se contradice Dios a sí mismo en lo que prometió? «¡En ninguna manera!», responde el apóstol con la misma energía de siempre. No hay ninguna oposición entre la Ley y la promesa: «La oposición existiría si se hubiese dado una Ley capaz de vivificar, porque entonces la justicia dependería realmente de la Ley». En efecto, la justicia sólo puede obtenerse por fe en la promesa, mientras que la Ley carece de poder para dar la vida; tenía otras funciones que cumplir. Se mueven, pues, a distinto nivel, por lo que no pueden chocar la una con la otra. En realidad, «la Escritura (esto es, Dios, como en el v. 8), con la promulgación de la Ley, lo encerró todo bajo pecado (v. 22, comp. con Ro. 3:20–23), para que la promesa fuese dada a los creyentes a base de la fe en Jesucristo». Comenta Trenchard: «La figura es la de una cárcel en la que el preso gime, y busca en vano alguna salida a la libertad. La salida existe, y es la de la promesa que se centra en Cristo, otorgada mucho antes de la data de la Ley. Pero el que busca la salida tendrá que dejar sus esfuerzos legales, y darse cuenta de que la salvación se halla en Jesucristo, en quien se cumple la promesa a favor de los que creen».
4. Los versículos 23–25 nos describen las dos funciones que la Ley ejercía hasta que vino la Simiente que es Cristo: (A) Era una especie de carcelero (v. 23), que nos vigilaba encerrados bajo pecado, como dice el versículo 22, para aquella fe que iba a ser revelada, es decir, para que los prisioneros se diesen cuenta de que no podían escapar, sino por fe en la promesa que había de cumplirse en Cristo (4:4, 5). La fe que había de ser revelada no es la fe subjetiva, pues esa actuaba ya desde el mismo momento posterior a la caída original (v. Gn. 3:15, con la primera promesa del Redentor), sino la fe objetiva, el mensaje del Evangelio de Cristo, poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (Ro. 1:16).
(B) Era también (v. 24) un ayo (gr. paidagogós). El «pedagogo» no era entonces un maestro, sino el esclavo encargado de llevar al niño a la escuela y enseñarle buenas maneras, etc. Viene, pues, a decir que la Ley conducía al israelita a la escuela de Cristo, puesto que todos los ritos ceremoniales eran tipos y figuras de las gloriosas realidades que en Cristo habían de tener su plena revelación y cumplimiento.
«Pero venida la fe (esto es, el cumplimiento de la promesa en Cristo), ya no estamos bajo ayo, ya no necesitamos quien nos lleve a la escuela, pues hemos llegado a la mayoría de edad (vv. 26, 27; 4:5–7) y, guiados por el Espíritu de Dios, podemos aprender ya por cuenta propia (1 Jn. 2:20, 27).
5. Los versículos 26–28 describen, bajo múltiples facetas, esta condición de los creyentes llegados a su mayoría de edad.
(A) Mediante la fe en Cristo Jesús (v. 26) todos los creyentes, de cualquier raza, nacionalidad, sexo, clase social, etc., somos hijos de Dios. El apóstol no emplea aquí el vocablo tékna que indica simplemente el haber nacido espiritualmente de Dios (v. por ej. Jn. 1:12), sino huiói, vocablo conectado con la adopción (v. Ro. 8:14, 15), más bien que con el nacimiento mismo. Esta adopción denota la mayoría de edad, lo que los romanos llamaban «la toga viril», como la «puesta de largo» de la hija y del hijo, para su presentación en sociedad.
(B) De ahí, el revestimiento de Cristo (comp. con Ro. 6:3) que Pablo aplica (v. 27) a todos los que hemos sido bautizados en Cristo. Aunque es cierto que, desde el momento en que nos entregamos al Señor por fe en su Obra a favor nuestro personal (no general), ya comenzamos a ser hijos de Dios y revestidos de Cristo, la metáfora adquiere su sentido pleno al dar testimonio de nuestra fe en las aguas del bautismo, pues entonces aparecemos ante los demás como el soldado que, no sólo ha sido llamado a filas, sino que lleva también ya el uniforme que le distingue como a tal. El Nuevo Testamento no suele hacer distinción entre el bautismo interior por la fe y el bautismo de agua, por la sencilla razón de que, en la primitiva iglesia, el de agua seguía de inmediato al interior (v. por ej. Hch. 2:41; 8:12, 13, 36–38). Por eso, creo (contra la opinión de L. S. Chafer y otros) que Romanos 6:3 y ss. incluye a los dos. «Revestido de Cristo», de su gracia, de su justicia, de su hermosura, es algo muy distinto de los «trapos de inmundicia» (Is. 64:6) que, como dice Trenchard, «representan la única indumentaria que puede proveer para sí el que obra en sentido legalista».
(C) Vestidos todos con el mismo uniforme, aderezados todos con la misma justicia de Cristo, «ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros, dice Pablo (v. 28), sin excluirse a sí mismo en ese pronombre, sois uno (masculino singular, a diferencia del neutro de Jn. 10:30) en Cristo Jesús. En efecto, la unión con Cristo mediante la fe no sólo hace que los creyentes sean uno en Cristo (v. 1 Co. 12:13), sino también que, en sentido místico (espiritual oculto), sean Cristo (comp. con 1 Co. 12:12b). Es menester advertir que el apóstol no quiere decir aquí que se hayan borrado las diferencias en cuanto a dones, capacidades, servicios, etc., porque entonces, ¿con qué autoridad podría prohibir a las mujeres enseñar, orar con la cabeza descubierta, someterse al marido, etc.? Las únicas diferencias que se han borrado son las que afectan al modo de salvarse, no a los demás aspectos personales, tanto naturales como espirituales. Véanse, por ejemplo, los dos niveles en 1 Pedro 3:7: «… tratando a la mujer como a vaso más frágil (¡he ahí una diferencia!), y dándoles honor también como a coherederas de la gracia de la vida (¡he ahí la igualdad!) Por tanto, este versículo no puede tomarse como argumento contra el dispensacionalismo. Ni el judío deja de ser judío al hacerse cristiano, ni el esclavo se convierte en amo al creer en el Señor.
Finalmente, el versículo 29 viene a ser un resumen de toda la doctrina desarrollada desde el versículo 6: «Si pertenecéis a Cristo, entonces ya sois descendencia de Abraham, y herederos de acuerdo con la promesa» (NVI). Apenas necesita comentario, pues queda claro que todos los que, por la fe, están complantados con Cristo (Ro. 6:5), que es la Simiente en la que se centraban, y a la que tendían, todas las promesas hechas al patriarca Abraham, en esa Simiente adquieren el derecho a la herencia de la vida eterna conforme a la promesa hecha al patriarca y a su Simiente, a su descendencia espiritual.
En este capítulo, el apóstol, I. continúa describiendo las ventajas que el Evangelio tiene sobre la Ley (vv. 1–7). II. Alude al cambio que los propios gálatas experimentaron cuando se convirtieron a la fe de Jesucristo (vv. 8–11). III. Menciona el gran afecto que anteriormente le habían mostrado a él mismo (vv. 12–16). IV. Describe el carácter de los falsos maestros (vv. 17, 18), y la ternura del amor que él les había mostrado y les tenía a pesar de todo (vv. 19, 20). V. Sigue argumentando con base en una alegoría tomada de la historia bíblica de Ismael e Isaac (vv. 21–31).
Versículos 1–7
En esta porción, el apóstol les hace ver a los fieles de Galacia la gran ventaja que el régimen de la gracia lleva al régimen de la Ley.
1. Bajo la Ley, los israelitas eran herederos de las promesas, pero, aun cuando tuviesen derecho a la herencia si ponían fe en la promesa, no disfrutaban de hecho de tal herencia, por cuanto estaban bajo la tutela de la Ley (3:24), de la misma manera que un niño pequeño (gr. népios, como en Ef. 4:14), a pesar de tener derecho a la herencia de su padre (v. 1), «está sujeto a tutores y administradores hasta el tiempo prefijado por su padre» (v. 2, NVI), ya que no tiene capacidad legal ni mental para disponer de la hacienda; por lo que, en este aspecto, «no se diferencia de un esclavo» (v. 1b), pues también él tiene que hacer lo que le mandan y recibir la ración alimenticia y el cuidado necesario de parte de los administradores, como si fuese un criado más. Está, pues, en servidumbre. De ahí, la expresión «bajo la Ley» (4:4b), como bajo un peso que oprime.
2. «Así también nosotros (v. 3), continúa diciendo Pablo, cuando éramos niños (es decir, bajo la dispensación de la Ley), estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo». El vocablo griego stoikheía, si se compara con Colosenses 2:8 (donde ocurre la misma frase), significa efectivamente «los principios básicos o elementales de una enseñanza» (comp. con He. 5:12, donde se repite también el término). Si se compara, pues, con Colosenses 2:8, la frase stoikheía tou kósmou de los versículos 3 y 9 y a la vista del contexto posterior (v. 10), significa, con la mayor probabilidad (hay gran variedad de opiniones), todo el conjunto de prescripciones judaicas (circuncisión, observancia del sábado, novilunios, fiestas solemnes anuales), que se regían por la variación que sobre los quehaceres del hombre impone el movimiento de los elementos estelares. Es cierto que los gálatas no tenían la Ley de Moisés, pero no por eso dejaban de estar, en sus costumbres idolátricas, bajo esos «rudimentos del mundo» (v. el v. 8).
3. Pero llegó la plenitud o cumplimiento del tiempo (v. 4), es decir la hora precisa (khrónos) en que Dios había determinado que se llevase a cabo la redención por mano del Mesías (comp. con Mr. 1:15, donde en lugar de khrónos aparece kairós, la sazón, la oportunidad). Al cumplirse el tiempo, Dios envió una doble embajada:
(A) «Envió a Su Hijo, engendrado de una mujer, sujeto a la Ley por nacimiento, a fin de redimir a los que estaban bajo la Ley y para que recibiésemos la adopción de hijos» (vv. 4, 5, NVI). El verbo que se traduce por «envió» (aoristo), tanto en el versículo 4 como en el 6, tiene el significado de «despedir», ya sea por enfado o en sentido de embajada como es el caso en los versículos 4 y 6. «Engendrado de una mujer» significa que se hizo hombre real y verdaderamente, para ser de la misma naturaleza que nosotros (comp. con Job 14:1 y He. 2:14); de lo contrario, no habría podido ser nuestro representante y sustituto. Al decir «de una mujer», el apóstol alude a una mujer concreta, María de Nazaret, pero nótese el cuidado que Pablo tiene en omitir su nombre personal, lo cual sería muy extraño si María desempeñase en la Obra de la redención el alto papel que la Iglesia de Roma le ha asignado. «Redimir» (gr. exagorazo) es el mismo verbo que hemos visto en 3:13. Vino a redimir, a dar libertad, a los que estaban prisioneros bajo la Ley (v. 3:22, 23), y lo hizo sujetándose Él mismo a la Ley desde su nacimiento, como lo mostró ya a los ocho días de edad al pasar por el sangriento rito de la circuncisión.
(B) Esta embajada del Hijo de Dios hecho hombre tenía otra finalidad complementaria: no sólo sacarnos de la cárcel, de la esclavitud, sino también hacer que Dios nos adoptase por hijos (v. 5b, comp. con 3:26). Para esto, se necesitó otra embajada (v. 6), la del Espíritu Santo: «Y, pues sois hijos (gr. huioí), envió Dios el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones (comp. con Ro. 5:5), clamando (presente continuo): ¡Abbá, Padre!» (lit.). El hecho de que «Padre» lleve artículo en el original («el Padre»), se debe, como hace notar Lenski, a que es una peculiar combinación aramaico-griega. (Véase ya en Mr. 14:36). Varios detalles necesitan aquí un análisis especial:
(a) La doble embajada del Hijo y del Espíritu tienen su paralelo en Pascua y en Pentecostés. La razón por la que era necesaria la embajada del Espíritu Santo es que, solamente al tener dentro de nuestro corazón el Espíritu de Cristo, podíamos clamar a Dios con el afectuoso, tierno nombre, de «Abbá», con que los niños pequeños llamaban a sus «papás» (nótese, de paso, la similaridad lingüística). Se dice aquí que el Espíritu mismo está clamando, en el sentido de que sólo bajo su poder e influencia estamos capacitados para dirigirnos al Padre de ese modo. En Romanos 8:15 leemos que «en Él (el Espíritu) clamamos» (lit.), esto es, Él nos hace exclamar «¡Abbá, Padre!», lo cual se entiende mejor si leemos también los versículos 26, 27 del mismo capítulos 8 de Romanos.
(b) La constante referencia a la adopción hace que Pablo use al comienzo de este versículo 6 el vocablo huioí, en lugar de tékna que usó en Romanos 8:16 y 17, con referencia a la herencia (comp. con Gá. 4:1). El orden en que están construidas las frases en el original: «Y, pues sois hijos, envió Dios el Espíritu, etc.», ha dado tanto que pensar y hablar a los comentaristas que, como dice Leal, «este verso ha merecido un libro». Les extraña a muchos el ver «hijos» (¡huioí!) antes del envío del Espíritu, como si Pablo estableciese aquí un orden cronológico en el que primero se establece la filiación adoptiva y después viene la embajada del Espíritu. Lo que Pablo quiere decir, sin duda, es que el hecho de ser hijos se explica por haber enviado Dios el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones.
4. El apóstol resume y concluye en el versículo 7 todo el tema que le ha ocupado desde 3:19, a saber, el argumento a favor de la justificación por la fe con base en el designio mismo de la Ley de Moisés: «Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo». Tenemos la misma secuencia que ya vimos en Romanos 8:14–17: liberación, adopción, derecho a la herencia. «De la presencia del Espíritu se sigue que somos hijos, y del hecho de que somos hijos se sigue que somos herederos» (J. Leal). Esta porción de 4:4–6, le ha llevado al apóstol a «calar más hondo» (Trenchard) que en 3:29, ya que, en 3:29 se especificaba que, al ser de Cristo (¡de la Simiente!), éramos herederos de las promesas hechas a Abraham, mientras que 4:7 alcanza a la salvación integral que nos ha sido conseguida por la gracia de Dios en Cristo y mediante la cual hemos adquirido el derecho a la herencia celestial, y aun cósmica, al ser coherederos con el Hijo (comp. con Ro. 8:17).
Versículos 8–11
En estos versículos el apóstol les hace a la memoria a los fieles de Galacia la condición en que se hallaban antes de convertirse al Evangelio, a la vez que les advierte que, por la forma en que se portan ahora, no muestran ser herederos de Dios.
1. La construcción gramatical de los versículos 8 y 9 nos hace ver que el gr. tote, entonces (v. 8), se opone al nun, ahora (v. 9). Entonces, es decir, en el tiempo anterior a su conversión, no conocían al verdadero Dios, sino que servían a los que no eran dioses por naturaleza, es decir, nada tenían en sí mismos como para que se les sirviese y adorase. Eran mera obra de las manos de los hombres: imágenes que, por mucho que las pintasen y adornasen con oro y plata, eran algo totalmente inerte: «Como espantapájaros en un huerto de pepinos» (Jer. 10:5).
2. En cambio, ahora, conocían a Dios, tenían un conocimiento, no sólo mental, sino experimental, del Dios verdadero, aunque, más bien, añade el apóstol (como corrigiéndose), eran conocidos por Dios (comp. con 1 Co. 8:3; 1 Jn. 4:19). Nuestro conocimiento y nuestro amor de Dios son una consecuencia (no un mérito ni una disposición favorable del preconocimiento amoroso (v. Ro. 8:29) que Dios tuvo de nosotros.
3. Sin embargo (v. 9b), después de haber tenido esta experiencia del Dios verdadero, en la cual se incluía la herencia, no sólo de la promesa hecha a Abraham, sino de toda la obra de gracia llevada a cabo mediante la redención que les había libertado de la esclavitud de la Ley (v. 5), y la donación del Espíritu para tener conciencia de su filiación divina (v. 6), de nuevo se volvían a los débiles (por su insuficiencia) y pobres (por su inopia) rudimentos de los que habló en el versículo 3, como queriendo volver a ser esclavos de nuevo.
4. Es cierto que ahora no volvían a los ritos nefandos de la idolatría ni al servicio de las imágenes que no ven ni oyen, sino que se volvían a los rudimentos judaicos: los días (v. 10), esto es, los sábados ordinarios, los meses (por ej. los novilunios), las estaciones, es decir, las fiestas correspondientes: Pascua, Pentecostés, Tabernáculos, Día de la Expiación, y los años: principio de año, año sabático, año jubilar. Pero, en cierto modo, la vuelta a los rudimentos judaicos era peor que la vuelta a los rudimentos idolátricos. «El estado de esclavitud espiritual era tanto más inicuo por cuanto pervertía una verdadera revelación original» (Trenchard). De ahí el temor del apóstol (v. 11) de haber trabajado en vano por ellos. En los versículos siguientes se entrevén el esfuerzo y las difíciles circunstancias que habían acompañado al ministerio de predicación del apóstol en las ciudades de Galacia. Como a todo fiel ministro de Dios, le resultaba deprimente ver que todas aquellas arduas labores suyas estaban en peligro de venirse completamente abajo.
Versículos 12–16
A continuación, el apóstol muestra una vez más la grandeza de su corazón en la forma afectuosa con que se dirige a ellos.
1. La interpretación obvia del versículo 12 es que, así como Pablo se había hecho como gentil, a fin de ganar a los gálatas, que eran gentiles, ellos, a su vez, debían hacerse como él, esto es, como alguien que, a pesar de ser judío de raza, no estaba ya bajo la esclavitud de la Ley (comp. con 1 Co. 9:20, 21).
2. La última frase del versículo 12 («En nada me habéis ofendido», NVI) no guarda conexión con lo que antecede, sino con lo que sigue. En este momento, Pablo quiere dejar bien claro que lo que les dice no se debe a ningún resentimiento de su parte, pues ellos se habían portado estupendamente con él (vv. 14, 15) la primera vez que estuvo en Galacia predicándoles el Evangelio.
3. Los versículos 13 y 14 quedan más claros en la NVI: «Como sabéis, fue debido a una enfermedad corporal mía el que os predicase por primera vez el evangelio. Y aun cuando mi enfermedad fue para vosotros un problema, no me tratasteis con desprecio o escarnio, sino que, por el contrario, me acogisteis como a un ángel de Dios, como si fuese el mismo Cristo Jesús en persona». El versículo 15, así como 6:11, parecen insinuar que la enfermedad a que se refiere aquí Pablo es un recrudecimiento de la oftalmía crónica que padecía. Téngase, no obstante, en cuenta que la expresión «arrancarse los ojos por alguien» se tomaba en la antigüedad metafóricamente para dar a entender que una persona estaba dispuesta a desprenderse de todo lo que fuese necesario para aliviar una necesidad ajena.
Otros opinan que la enfermedad o «debilidad de la carne» (lit.) alude al «estado físico de huido y maltratado en que venía Pablo (en el que había motivo para escandalizarse por parte de los gálatas)»
(Leal). Piensa J. Leal que «una enfermedad no explica que Pablo fuera a Galacia por primera vez, al no tener allí discípulos que lo atendieran».
Hay, en fin, famosos exegetas como Ramsay y el jesuita Prat, quienes opinan que dicha enfermedad fue la malaria. Ésta es también la opinión de Lenski, quien dice lo siguiente: «Hechos 13:13, 14 dice que desembarcó en Perge y, en lugar de predicar allí, siguió a Antioquía y a otras ciudades gálatas. La suposición errónea es la de que la enfermedad impidió al apóstol ir más allá de Antioquía; la conclusión acertada es la de que su enfermedad le obligó a dejar Perge de inmediato y seguir apresuradamente a Antioquía. No podía permanecer y trabajar en Perge, que se halla en las tierras bajas, y tuvo que buscar tierras altas. Antioquía y la región gálata están situadas a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar.
Aquí Pablo tenía la esperanza de trabajar, aun estando enfermo; podía allí gradualmente recuperarse y luego ir a evangelizar a Perge, cosa que en realidad hizo».
En aquella ocasión, les dice Pablo, a pesar de su pobre estado físico (añadido a su siempre débil presencia corporal, 2 Co. 10:10), los gálatas le habían recibido como si fuese un ángel de Dios, como a Cristo Jesús (v. 14), cuyo embajador era realmente (2 Co. 5:20, comp. con Mt. 10:40; Lc. 10:16). No sólo no le despreciaron ni le escarnecieron, a pesar del pobre estado físico en que se encontraba, sino que recibieron su mensaje con profundo agradecimiento y entera sumisión, como «llovido del Cielo».
4. ¿Qué había pasado, pues? (v. 15): «¿Qué ha sido de todo aquel júbilo vuestro? Porque yo puedo atestiguar, dice el apóstol, que, si os hubiera sido posible, os habríais arrancado vuestros propios ojos para dármelos» (NVI). Y añade (v. 16): «¿Acaso me he vuelto ahora vuestro enemigo por deciros la verdad?» (NVI). «Enemigo» (gr. ekhthrós) ha de tomarse en sentido activo. Es como si Pablo se hubiese convertido de repente en una persona perjudicial para los gálatas, por decirles la verdad. El verbo para «decir la verdad» es una sola palabra en el original, y es el mismo vocablo de Efesios 4:15, y son estas dos las únicas porciones donde sale tal verbo en todo el Nuevo Testamento. Por aquí vemos, como dice M. Henry (e.d., sus sucesores) «cuán inciertos son los cumplimientos de la gente y cuán prestos están los hombres a cambiar de opinión, hasta el punto de querer (por decirlo así) sacar los ojos de aquellos mismos por quienes anteriormente se habrían sacado los suyos propios». Sin llegar a tanto (pues M. Henry entiende en sentido pasivo el vocablo «enemigo»), lo cierto es que los ánimos de la gente, aun los de los creyentes, están siempre en peligro (a no ser que hayan alcanzado la madurez necesaria) de cambiar de dirección, como las veletas, ante el soplo de los diferentes «vientos de doctrina» (Ef. 4:14), especialmente cuando viene algún predicador que les halaga la curiosidad o contemporiza con los deseos de la carne. Dice Trenchard: «La verdad produce malestar cuando los corazones de los hermanos están empeñados en seguir caminos propios y carnales, pero Pablo nunca admitió la posibilidad de «aguar» la verdad con el fin de tener a los hermanos contentos». «No es algo fuera de lo ordinario el que los hombres tengan por enemigos a quienes, en realidad, son sus mejores amigos; pues tales son, sin duda, los que les dicen la verdad» (M. Henry).
Versículos 17–18
Estos dos versículos no son fáciles de traducir inteligiblemente a causa de los distintos matices que adquiere el verbo griego zelóo en las tres veces que ocurre aquí (dos, en la voz activa—v. 17—; una, en la voz media-pasiva). Aunque algunas versiones como la de Las Buenas Nuevas, la Biblia de Jerusalén y la Nueva Biblia Española dan una excelente traducción, ninguna como la NVI da el perfecto sentido de la porción: «Esas gentes (los judaizantes) están interesadas en vosotros, pero no por vuestro bien; lo que quieren es secuestraros de mí, a fin de ganaros para su causa. Es estupendo ser objeto de cariño, con tal que el fin sea bueno, y serlo en todo tiempo, y no sólo cuando estoy presente entre vosotros».
En otras palabras, el apóstol da a enteder que los judaizantes usaban halagos y palabras seductoras (comp. con 3:1; 5:7, 8) para atraer a su causa a los fieles de Galacia. El fin principal que perseguían era separarlos de Pablo, presentar a éste como a predicador de un Evangelio «incompleto», con lo que los separaban, en realidad, del verdadero Evangelio (v. 1:6–9) y, por tanto, del propio Jesucristo. Y los gálatas, al sentirse halagados, se inclinaban a favor de los falsos predicadores, así con su interés correspondían al interés aparente que los judaizantes sentían hacia ellos. El apóstol les hace ver que es bueno sentir celo, «cortejar», como dice Lenski, cuando esto se hace honorablemente y en una causa honorable. Así es como Pablo celaba siempre (comp. con 2 Co. 11:2 «con celo de Dios»), pero los motivos del celo de los judaizantes eran muy diferentes; «sólo invadían a las jóvenes iglesias que acababan de ser fundadas para apropiárselas» (Lenski).
Versículos 19–20
Pero el celo del apóstol no se limitaba a «cortejar» honorablemente a las iglesias de Galacia. Su amor a esos hermanos le llevaba muchísimo más lejos. Así como a los fieles de Corinto les recuerda que él ha sido su padre espiritual porque él los engendró en Cristo mediante la predicación del Evangelio (v. 1 Co. 4:15), al dirigirse a estos hermanos de Galacia se compara a sí mismo a una madre que, al verse defraudada en su esperanza de tener un hijo normal y bien formado, desearía volverlo a su seno maternal hasta que adquiriese la forma de hijo normal, sin defectos avergonzadores, más dignos de lamentación que de gozo (comp. con Jn. 16:21). Pablo desea que Cristo sea formado en ellos, esto es, que los gálatas adquieran la forma de Cristo, según el designio de Dios (v. Ro. 8:29 y Fil. 3:21), y muestren así que son verdaderos cristianos, que están injertados en Cristo y crecen en Él. No basta la figura, la apariencia exterior (v. el contraste entre los vocablos griegos morphé, forma, y skhéma, figura, en Ro. 12:2; Fil. 2:7), sino que se hace necesaria una realidad interna sobrenatural. Al apóstol le duele tener que hablar de esta manera (v. 20) y desearía estar junto a ellos en ese momento, para poder cambiar de tono, es decir, acomodar sus palabras a una información más detallada y de primera mano, pues al estar lejos de ellos, el
«parto» resulta mucho más laborioso: «Estoy perplejo, no sé qué camino tomar (gr. aporoúmai), dice, en cuanto a vosotros». No es que Pablo careciese del discernimiento necesario para calar hondo en el problema que las iglesias de Galacia presentaban; su perplejidad afectaba únicamente al método que debía adoptar con ellas. Él, como buen padre, sufría enormemente cuando tenía que actuar con severidad. Lo único que puede hacer a distancia es insistir en la anterior argumentación, como veremos enseguida.
Versículos 21–31
Para ilustrar la diferencia que existe entre los sinceros creyentes que se apoyan únicamente en la Obra de Cristo y los judaizantes que se apoyaban también en la Ley, el apóstol echa mano de una alegoría de corte rabínico, basada en la historia de Isaac e Ismael.
1. «Decidme (v. 21), los que queréis estar bajo la Ley: ¿no oís la Ley? (lit.), esto es, ¿es que no os percatáis de lo que dice la Ley?» (NVI). Pablo va a citar del libro del Génesis, pero hemos de tener en cuenta que todo el Pentateuco era comúnmente admitido como «Ley».
2. Enseguida les presenta la historia bien conocida de los dos hijos que tuvo Abraham. Tuvo más, pero éstos son los que a Pablo le interesan para la argumentación que sigue. Uno (v. 22), es decir, Ismael, le nació de Agar, la esclava; el otro, Isaac, le nació de la libre, esto es, de la señora, de la verdadera esposa, Sara. La diferencia fundamental entre los dos hijos no radica, sin embargo, en el carácter de las respectivas madres, sino en que «el de la esclava (v. 23) nació según la carne, es decir, según las leyes naturales y sin intervención especial de Dios para el cumplimiento de una promesa (en realidad, fue una contravención de la promesa), mientras que el de la libre nació por medio de una promesa». Pablo no dice que Isaac naciera conforme a una promesa, sino por medio de una promesa, ya que Sara, no sólo era estéril de siempre, sino que cuando concibió a Isaac (¡a los 89 años!) había sobrepasado con mucho la edad apta para concebir; por lo que, en el nacimiento de Isaac, además de cumplirse la promesa de Dios, hubo una intervención doblemente milagrosa de Dios.
3. «Las cuales cosas, añade Pablo (v. 24), son expresiones alegóricas (gr. allegoroúmena)». Con esto, no quiere decir el apóstol que lo que acaba de decir sea pura alegoría, sin fondo histórico, sino que dicha historia sirve de trasfondo alegórico para tipificar respectivamente el papel de la Ley, con las obras que demandaba, y el de la promesa, la cual se obtiene por medio de la fe.
4. La alegoría, convertida en doble tipo, consiste en que estas dos mujeres representan dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual (el pacto) engendra hijos para esclavitud; éste es Agar (v. 24b). Y continúa el apóstol (vv. 25, 26): «Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud. Mas la Jerusalén de arriba, la cual es la madre de todos nosotros, es libre». Estos versículos necesitan un análisis detallado.
(A) Comencemos por percibir bien los contrastes: (a) Agar, la esclava, representa el pacto que se promulgó en el Sinaí y corresponde a la Jerusalén actual (en tiempo de Pablo, esto es, antes de su destrucción el año 70 de nuestra era), y engendra hijos para esclavitud, pues la Ley hace esclavos (v. 3);
(b) Sara (aunque no se la menciona por su nombre), la libre, representa el pacto de gracia, incluido en la promesa hecha a Abraham, y corresponde al monte Sion, tipo de la Jerusalén de arriba, libre y madre de hijos libres.
(B) El monte Sinaí estaba, y está, efectivamente, en Arabia; por lo que la Ley se dio en un lugar no incluido en la Tierra Prometida y, por tanto sin espacio para libertad. Pero, ¿qué tiene que ver Agar con el monte Sinaí? La respuesta es sencilla. Dice J. Leal: «La Ley se dio en un monte que es de Arabia, y Agar caminó desterrada por el desierto de Arabia». Todavía más: En el Salmo 83:6, hallamos ya a los
«agarenos», epíteto con el que tambien hoy se describe a los árabes. Estos agarenos, descendientes de Agar, habitaban (1 Cr. 5:10) en el territorio que hoy corresponde precisamente al reino árabe de Jordania.
(C) A pesar de que la Jerusalén del tiempo de Pablo estaba ya dentro de la Tierra Prometida, el apóstol dice de ella que, junto con sus hijos (judíos inconversos y judaizantes), está en esclavitud. ¿Por qué? La respuesta a esta pregunta es también sencilla: POR AFERRARSE TODAVÍA A LA LEY, LA CUAL SÓLO PROPORCIONA MALDICIÓN (3:10), PRISIÓN (3:23) Y ESCLAVITUD (4:3). ¡Qué
dirían los judíos inconversos y los judaizantes al verse comparados a los agarenos! No es extraño que todavía hoy odien fanáticamente al apóstol Pablo. «Jesús, decía Ben Gurión a mediados de este siglo, todavía estaba en la línea de los profetas, pero ¡ese Pablo fue el que corrompió el judaísmo!»
(D) ¿Quién es esa otra madre, la Jerusalén de arriba, tipificada en Sara, la libre. madre de todos nosotros? Es incomprensible que un autor tan experto, luterano él, como Lenski, vea en esta Jerusalén de arriba a la Iglesia, lo cual ha de causar gran contentamiento a los catolicorromanos, que tanto énfasis ponen en la «Madre Iglesia». Que no se trata de la Iglesia, sino de la Sion celestial, es claro para todo el que compare este lugar con Filipenses 3:20; Hebreos 12:22; Apocalipsis 3:12; 21:2, 10 y la propia cita de Isaías 54:1, que el apóstol menciona a continuación.
(E) En efecto, el versículo 27 está tomado de Isaías 54:1. El profeta, después del capítulo 53 sobre el Mesías Sufriente y Redentor, prorrumpe en gritos de júbilo ante la visión profética del regreso de los deportados a Babilonia y, en un nivel más alto, en el distante horizonte del reino mesiánico, atisba la gloria de la futura Sion, desde donde reinará el Cordero (Ap. 14:1). De ésa somos hijos todos los creyentes, de cualquier raza y nacionalidad, hijos de la promesa (v. 28).
(F) La estéril madre, a la que alude Pablo (v. 27) al citar de Isaías 54:1, era la despoblada Jerusalén adonde volvían los deportados; no tenía hijos, mientras que los pueblos paganos que la rodeaban rebosaban de habitantes, de hijos, como la que tiene marido. También Israel tenía Marido: el propio Jehová (Is. 54:5). Últimamente, se había enojado de tal manera con su adúltera Esposa (Israel), que había consentido en que sus enemigos paganos la sometiesen a esclavitud, pero había de llegar un día en que sus hijos fuesen innumerables (comp. con Ap. 7:9). En un instante, como por ensalmo, brotaría una nación bien poblada (algo de esto ya se ha cumplido, ante nuestros ojos, en 1948), como profetizó también Isaías (Is. 66:8, 9), y llegará un día en que de todos los países vendrán a inscribirse en el padrón de esa ciudad como nativos de ella (v. Sal. 87, en su totalidad).
5. Al continuar con la alegoría (vv. 29–31) y tomar ocasión de un incidente insinuado en Génesis 21:9 y ampliado en la exégesis talmúdica, el apóstol afirma que, así como Ismael, el que había nacido según la carne (v. 29), de la esclava Agar, perseguía a Isaac, al que había nacido según el espíritu (esto es, por fe en la promesa; «espíritu» se opone aquí a «carne», y no puede significar el Espíritu Santo), así también ahora. El apóstol no es más explícito; ni hacía falta; la persecución de los creyentes por parte de los judíos no convertidos estaba a la vista de todos: los de la Ley, los de Agar, seguían persiguiendo a los de la fe, los de Sara. Pero son éstos, los de la fe, los que heredan las promesas, como hijos de la libre (v. 31); por lo que los de la Ley, los que se aferran a las prescripciones judaicas, los hijos de la esclava, no pueden tener parte en las bendiciones de los creyentes verdaderos. Como Agar y su hijo Ismael, quedan fuera «de casa», de la Jerusalén de arriba, según arguye Pablo al citar (v. 30) de Génesis 21:10.
En este capítulo, y tras de una exhortación general (v. 1), el apóstol aplica la doctrina que ha venido exponiendo e invita a sus lectores, I. a no dar oídos a los que les urgen a circuncidarse (vv. 2–12), II. a ejercitar su libertad en el amor al prójimo (vv. 13–15), y III. a caminar guiados por el Espíritu (vv. 16– 26).
Versículos 1–12
Comienza aquí la parte práctica de la Epístola. Al conectar con lo que acababa de decir (4:31), Pablo exhorta a los gálatas a poner por obra esa doctrina: Una vez que han sido justificados por fe en el Señor, y no por las obras de la Ley, les exhorta a mantenerse firmes en la libertad con que Cristo los hizo libres y no volver a someterse al yugo de esclavitud. El original dice así, según los mejores MSS (v. 1): «Para la libertad nos hizo libres Cristo; manteneos, pues, firmes y no os sujetéis de nuevo al yugo de esclavitud» (lit.). ¿Quién, después de ser sacado de una cárcel, desearía volver a la prisión? ¿Quién, después de haber sido esclavo de un mal amo, sería tan insensato como para abandonar su nuevo estado de amo y señor, para volver a convertirse en esclavo? A esta exhortación general, añade Pablo razones muy serias.
1. Someterse de nuevo a la esclavitud, al recibir la circuncisión, equivale a renunciar del todo a la obra salvadora de Cristo (v. 2), ya que el que se circuncida, se obliga con ese rito a la observancia de toda la Ley (v. 3) y, al intentar justificarse mediante el régimen de la Ley (v. 4), cae automáticamente del régimen de la gracia, pues se desliga de Cristo. Ley y gracia, obras y fe, circuncisión y Cristo son realidades incompatibles; «no se pueden mezclar», dice Ryrie. Que estas aseveraciones van en serio se ve por el énfasis del «Yo Pablo os digo» (v. 2) y del «Y otra vez testifico a todo hombre» (v. 3). Aquí conviene hacer algunas aclaraciones:
(A) También Cristo impone su yugo (Mt. 11:29, 30, comp. con 1 Jn. 5:3–5), pero ¡qué diferencia! Como atinadamente observa Trenchard, «la figura en las palabras del Maestro es diferente, refiriéndose a dos bueyes que trabajan bajo un yugo común. El Señor se digna hablar de una vida y de una obra en las cuales Él mismo se asocia íntimamente con los suyos, al participar tanto Él como ellos en la labor que resta por hacer en este mundo hasta que Él venga».
(B) Estas observaciones acerca de la circuncisión afectan de lleno a los gentiles o paganos que quieren hacerse, o seguir, cristianos por la vía del judaísmo; no afectan a los judíos de raza (v. Hch. 16:3; 1 Co. 7:18), aunque de nada les sirva para la salvación (v. 1 Co. 7:19; Gá. 5:6).
(C) «Caer de la gracia» y «desligarse de Cristo» son frases que no indican la pérdida de la salvación ya adquirida. La primera significa que el que se somete al régimen de la Ley «se traslada a otro terreno», como dice Trenchard, se desvía del único camino por el que podría adelantar (v. 25), avanzar, por el Espíritu. El verbo para «desligarse» es el ya conocido katarguéo, anular, dejar sin fuerza o sin valor: Está dejando sin fuerza su unión con Cristo todo el que intenta justificarse por la Ley (v. 4). Ese presente continuo indica lo que Leal llama «conato (esfuerzo) hipotético», esto es, irreal, ya que esa justificación es imposible. Es en esos puntos donde de nada aprovecha Cristo (v. 2) al que se circuncida.
2. A continuación, el apóstol resume, en frases magistrales y bien conocidas (vv. 5, 6) el camino y la meta que persigue la fe cristiana. Veámoslos en la espléndida traducción de la NVI: «Porque por fe aguardamos con anhelo, siguiendo el impulso del Espíritu, los esperados bienes en que culminará nuestra justificación. Porque en Cristo Jesús, ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen ningún valor. Lo único que cuenta es la fe activada por el amor» (comp. con 6:15). Notemos:
(A) Que la justicia esperada (sentido objetivo de esperanza; comp. con Ro. 8:19–25) es una culminación de todo el proceso de la vida cristiana (comp. también con 2 Ti. 4:7, 8). «Justicia», «santidad», «salvación» son conceptos de triple significado: comienzo, en la conversión; progreso, en la santificación; culminación, en la Segunda Venida del Señor (v. He. 9:28b).
(B) Que, «en Cristo Jesús», esto es, en los que son de Cristo (v. 24), en los que están injertados en Cristo, coimplantados con Él (Ro. 6:5), la circunstancia externa de conservar el prepucio o de estar circuncidado no cuenta nada, no tiene ninguna fuerza (lit. El verbo griego es iskhúei), Lo único que cuenta, lo único que vale, lo único que da salvación y provecho espirituales, es la fe activa. Dice M. Henry: «La fe, cuando es verdadera, es una gracia operante; actúa por medio del amor, amor a Dios y amor a nuestros hermanos; y esta fe, que así actúa por amor, lo es todo en nuestro cristianismo». No se habla aquí de dos «manos» ni de «dos elementos», sino de una sola fe, que, para ser verdadera, «viva, no muerta en sí misma» (v. el comentario a Stg. 2:14), necesita demostrarlo mediante obras de amor. El participio griego energouméne está en la voz media-pasiva y en presente; no significa literalmente «que obra», sino que «recibe su energía» o «se reactiva», mediante el amor. En otras palabras, sólo el amor hace que la fe sea de veras activa, operante. Pablo no habla aquí de la fe en el momento de justificar, sino en el proceso constante de actuar. No se trata de un acto, sino de una actitud. Por eso, está completamente fuera de lugar el cáustico comentario del jesuita J. Leal a la última frase del versículo 6: «Frase, dice, muy enojosa para la teoría protestante de la justificación por sola la fe, sin obras». Cita además 1 Corintios 13:2, sin advertir que la fe de la que allí se habla no es la fe que justifica, sino la que traslada montañas.
3. La emoción, el temor del peligro al que los gálatas se están exponiendo, no se le va de la mente al apóstol, por lo que algunas de las expresiones que siguen (vv. 7–12) son sumamente fuertes. «Corríais bien, dice; ¿quién os impidió obedecer a la verdad?». (v. 7). La vida cristiana es una carrera (v. 2:2; Hch. 13:25; 20:24; 2 Ti. 4:7; He. 12:1b). Los gálatas corrían antes bien, porque obedecían a la verdad, esto es, seguían por el camino que les había trazado la predicación del Evangelio de labios de Pablo. «¿Quién os impidió …?» Como si dijese: «¿Quién os estorbó, quién os detuvo, quién os puso un obstáculo en el camino, para que no siguieseis corriendo al mismo ritmo que llevabais?» «Hay muchos, dice M. Henry, que se ponen en marcha con buen pie en la religión y corren bien por algún tiempo, pero por un medio u otro son estorbados en su progreso o desviados de su camino … Los recién convertidos han de esperar el que Satanás vaya a hacer cuanto pueda para desviarlos del curso en que se hallan … El Evangelio que él (Pablo) les había predicado era la verdad. Necesitaban obedecerlo, a fin de continuar gobernando su vida y su esperanza de acuerdo con sus instrucciones (del Evangelio). La verdad no sólo ha de ser creída, sino obedecida; ha de ser recibida no sólo en la luz que ofrece, sino en el amor y el poder que suministra. No obedecen de veras a la verdad quienes no se adhieren firmemente a ella».
«Esta persuasión, añade Pablo (v. 8), es decir (probablemente), esta presión persuasiva que se ha ejercido sobre vosotros (más bien que «la persuasión que tenéis») no procede de aquel que os llama (comp. 1:6), es decir, de Dios, sino de los falsos predicadores, de los judaizantes. Y, como en el caso del incestuoso de Corinto (v. 1 Co. 5:6), les amonesta (v. 9): «Un poco de levadura hace fermentar toda la masa». Quizás eran todavía pocos los que se habían dejado «embrujar» (3:1), pero el peligro de contagio era evidente y tanto más de temer cuanto que aquí se trataba de un punto doctrinal vital, no de un punto moral como era el caso de Corinto.
4. El tiempo presente («os llama», del v. 8b) da a entender, no sólo el amor infatigable de Dios a sus hijos, sino también la esperanza que el apóstol abrigaba de que el peligro se desvaneciera pronto, cuando esta Carta llegase a manos de los interesados. La misma esperanza aparece explícita en el versículo 10:
«Confío en el Señor respecto de vosotros que no pensaréis de otra manera. El que está introduciendo la confusión entre vosotros cargará con su condena, quienquiera que sea» (NVI). El verbo phronéo, que aquí usa Pablo, significa, como en otros lugares (v. Fil. 2:5; Col. 3:2), «sentir, poner el interés, poner la mira, etc»., por lo que la traducción de J. Leal se acerca mejor todavía al sentido del original: «Yo confío en vosotros, por el Señor, de que no cambiaréis de sentir». El griego pépoitha (perfecto, con sentido presente), indica algo más que una vaga confianza. Como en la versión Septuaginta (los LXX) de los salmos, el apóstol expresa «la confianza que pone el justo en Dios en situaciones difíciles» (Leal). Al mismo tiempo, está seguro de que «el perturbador» (quizás el principal promotor de todo el desvío era una sola persona, que había ganado a otros para su partido) cargará con la sentencia judicial (gr. kríma, no tan fuerte como katákrima, que es el vocablo para condenación) de Dios, el día que sea llamado a rendir cuentas (2 Co. 5:10), por muy distinguido que fuese en su propio círculo o aun en la iglesia.
5. Al comparar el versículo 11 con 4:29 y 6:12, se ve mejor aún el énfasis: «Hermanos, si yo continúo predicando la circuncisión todavía, ¿cómo es que se me sigue persiguiendo? En ese caso, la ofensa que produce la predicación de la Cruz queda abolida». Esta espléndida traducción de la NVI deja el sentido del versículo tan claro como el agua cristalina. Los judaizantes querían forzar a los gentiles convertidos a que se circuncidaran por dos razones principales (6:12, 13): (A) Para escapar de la persecución que sufrían los judíos conversos que predicaban el puro Evangelio, (B) Para gloriarse en la carne de los que se dejaban seducir por ellos, puesto que, así, los nuevos convertidos aparecían como buenos prosélitos del judaísmo, gracias al «éxito» de tales seductores. Dice Trenchard: «El odio contra él (Pablo) surgió precisamente del “escándalo de la Cruz”, o sea, la predicación universal del Evangelio, que colocaba a judíos y gentiles sobre el mismo plano en cuanto a su salvación, lo que suponía la nulidad de la circuncisión como base de una bendición especial».
6. El ánimo del apóstol está tan cargado de emoción, que pronuncia una tremenda imprecación contra los que de esta manera perturbaban a los gálatas (v. 12): «En cuanto a esos perturbadores, ¡ojalá acabaran por castrarse del todo!» (NVI). Como si dijese: «Ya que esos seductores le dan tanta importancia a un corte periférico, ¡que corten del todo!» Precisamente en Pesinonte, ciudad gálata, la castración era un rito religioso pagano. Comenta Lenski: «Este asunto de la castración era muy efectivo en el caso de los gálatas, que entre ellos mismos tenían a los sacerdotes castrados de Cibeles, una diosa de los frigios, que para los griegos era más o menos identificada con Rea, la madre de los dioses. La castración también aparece en varios otros cultos paganos. Así es que estos judaizantes, lanzándose a la castración, ¡serían verdaderos paganos! Sobre la posición de los eunucos entre los judíos, compárense Deuteronomio 23:1 e Isaías 56:3».
Versículos 13–15
En estos versículos, tenemos bien condensada la descripción de la genuina libertad cristiana.
1. El apóstol, después de hacer hincapié, una vez más, en la libertad a que fuimos llamados por Dios, y que fue obtenida mediante la Obra de Cristo (v. 1), hace la advertencia de que esta libertad por la cual no estamos ya bajo la Ley no debe confundirse con el libertinaje (v. 13): «Solamente, añade, que no uséis la libertad como pretexto para la carne, sino servíos por medio del amor los unos a los otros». El vocablo que se traduce aquí por «pretexto» es aphormé que, en su sentido original, indica una «base de operaciones o de abastecimiento»; por lo que Pablo amonesta a no usar de nuestra libertad en tal forma que nuestra «carne», nuestras inclinaciones pecaminosas, se aproveche de tal libertad como si le hubiese sido dada para servir de pábulo, incentivo y salida franca a toda clase de concupiscencias.
2. El correctivo y la medicina eficaz contra este peligro está en el verdadero amor al prójimo (v. 13c), el cual se manifiesta, no en meras palabras, sino en obras de amor, especificadas aquí en el constante servicio (comp. con Mt. 20:28) mutuo, por el que hemos de someternos a todos los demás hermanos en todo, ya que el verbo indica esclavitud y está en presente de imperativo. Cuando la «esclavitud» se ejerce con amor, lejos de ser un obstáculo a la libertad, es el remedio que la defiende, la protege y la perfecciona.
3. En efecto, ¿cómo se cumple el mandamiento del amor al prójimo, ya condensado en Levítico 19:18? Cumpliendo de corazón todos los mandamientos del Decálogo. Pero el que ama de veras, los cumple todos (v. 14, comp. con Ro. 13:9), no como obligación, sino como «devoción», es decir, por dedicación amorosa. Al citar de Levítico 19:18, como dice Lenski, Pablo muestra que «El Antiguo Testamento tenía el Evangelio tal como nosotros lo tenemos ahora; solamente la forma difería: entonces estaba en forma de promesa; ahora tal promesa ha quedado cumplida en Cristo». Nadie mejor que Agustín de Hipona ha resumido esta doctrina: «Ama y haz lo que quieras, porque de esta buena raíz del amor es imposible que brote ningún fruto malo». Sólo hay que preguntarse a sí mismo: ¿Es verdadero amor el que me impulsa a hacer esto? Siendo el amor lo más precioso que hay en el cielo y en la tierra, no es extraño que el diablo y el propio egoísmo traten de disfrazar con capa de «amor» lo que no es otra cosa que bastardo interés o corrompida concupiscencia.
4. En el versículo 15, Pablo presenta el rostro feo del egoísmo, con su secuela de envidias, contiendas, etc.; y ¡todo eso ocurría en Galacia a propósito de la defensa que del legalismo hacían algunos! «Pero, si continuáis mordiéndoos y devorándoos (los verbos están en presente) mutuamente, tened cuidado no sea que acabéis destruyéndoos (este verbo está en aoristo: de una vez y sin remedio) unos a otros» (NVI).
«La figura, dice Lenski, está tomada de la selva y el bosque donde campean los animales con sus respectivos colmillos y garras y sus habitantes se devoran unos a otros». Se ve que la infiltración de los judaizantes en las iglesias de Galacia había ocasionado divisiones, disensiones y toda clase de contiendas entre los hermanos. Dice M. Henry: «Las contiendas mutuas entre hermanos, si persisten, es lo más probable que desemboquen en común ruina. Las iglesias cristianas sólo pueden ser arruinadas por sus propias manos; si los cristianos se portan como brutos animales, mordiéndose y devorándose unos a otros,
¿qué se puede esperar, sino que el Dios de amor les niegue su gracia, que el Espíritu de amor se marche de ellos y que prevalezca el espíritu maligno?
Versículos 16–26
Termina Pablo este capítulo aplicando la doctrina de la libertad cristiana a la lucha entre la carne y el espíritu.
1. «Digo, pues»… (v. 16). Esto muestra que lo que va a expresar se halla en línea de consecuencia con los versículos anteriores, especialmente con el versículo 13. «Andad, prosigue, por el espíritu, y de ningún modo satisfagáis los deseos de la carne» (lit.). La oposición es entre nuestro «espíritu» (lo que en nosotros está santificado) y nuestra «carne» (nuestra naturaleza pecaminosa), por lo que «espíritu» ha de escribirse así, con minúscula, pues en este versículo no entra explícitamente el Espíritu Santo. El verbo griego telésete (terminar, perfeccionar), que traducimos por «satisfagáis» está, efectivamente, en aoristo de subjuntivo, no en futuro de indicativo como se suele traducir. Es cierto que se trata de un «resultado lógico» (Trenchard), pero el paralelismo antitético es una figura de dicción muy usada en la Biblia.
«Andar por el espíritu» (dativo instrumental) significa «andar como nueva criatura en Cristo», sin seguir las inclinaciones de la carne, como hacíamos antes de nuestra conversión al Señor.
Esta interpretación se ve corroborada por el versículo 17. La lucha entre lo que, en nosotros, hay del nuevo hombre y del viejo es tremenda, pero, mientras caminemos por el espíritu, la carne no prevalecerá: no haremos lo que nuestras malas inclinaciones querrían; éste es el sentido de la última frase del versículo 17 (la conjunción no es hóste, de modo que, sino hína, a fin de que), por lo que el resultado es el contrario de la lucha que vemos en Romanos 7:15, 19, 23, pues allí no se contrapone el hombre nuevo al viejo, sino el hombre apoyado en sus propias fuerzas frente a las demandas de la Ley.
Por eso añade Pablo (v. 18): «Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley». Todavía podría escribirse «espíritu» con minúscula, con tal que aquí se incluya que nuestro espíritu obra bajo la acción del Espíritu Santo (comp. con Ro. 8:14, donde ocurre el mismo verbo griego). Dice Trenchard:
«La Ley no tiene nada que hacer allí donde el fruto de la Obra de Cristo se vivifica plenamente en la vida del creyente por la operación del Santo Espíritu».
2. A continuación, el apóstol especifica una larga lista de obras de la carne, que son: (A) Obras (érga), o sea, la carne trabaja para llevarlas a cabo (comp. Ro. 6:23); (B) manifiestar (gr. phanerá, están a la vista de todos): (c) muchas, pues, tras una lista de quince (vv. 19–21), añade Pablo: «y cosas semejantes a éstas». Como si dijese: «y la lista no se agota aquí». La lista, según la opinión más probable, consta de cinco grupos.
(A) En el primero, tenemos tres pecados: «inmoralidad sexual, impureza, lascivia insolente» (NVI).
«Adulterio» no figura en el original y es, sin duda añadidura de un copista conforme a Mateo 15:19; Marcos 7:21 (Lenski). Pablo comienza por lo más asqueroso, por lo que es doblemente «carne» (comp. con 1 Co. 6:15–20). El griego porneía no se limita a la común fornicación, sino que incluye el concubinato, la unión en grado prohibido por las leyes, etc.
(B) En el segundo, hay dos pecados que van directamente contra Dios: «idolatría y brujería» (NVI). La idolatría sustituye el culto a Dios por el de una figura (gr. eidos). No es cosa pasada de moda, ni aun entre los creyentes carnales, quienes ponen su afecto en otras cosas, hasta el punto de relegar a Dios, en la práctica, a segundo plano. La brujería o hechicería está expresada, en el original, en un vocablo del que procede el castellano «farmacia» y consistía, en su mayor parte, en el uso de drogas dañinas que entraban como ingredientes en las artes mágicas de aquella época y han subsistido incluso hasta nuestros días.
(C) El tercer grupo incluye «cuatro tipos de animosidad personal» (Lenski): «odio, discordia, celos, arrebatos de ira» (NVI). El griego ékhthrai, enemistades, indica aquí más bien un estado subjetivo, presto a inclinarse malamente contra el prójimo, por lo que la NVI ha captado bien el sentido al traducirlo por
«odio». El griego thumós (raíz muy frecuente en vocablos pertenecientes a la Psiquiatría, véase el comentario a Col. 3:21) indica el estado de ánimo, el temple o humor de la persona. Aquí, en plural, indica los arrebatos o explosiones del mal humor, frecuentes en quienes carecen de dominio propio, y a los que están expuestos hasta los caballeros más refinados y del más alto copete.
(D) El cuarto grupo comprende «cuatro tipos de separatismo» (Lenski): «ambición egoísta, disensiones, partidismos y envidia» (NVI). El griego eritheía significa «rivalidad o ambición, engendrada por motivos egoístas», mientras que dikhostasía indica un permanente estado de disensión en una comunidad. La versión de hairéseis por «herejías» es desorientadora, puesto que, aun cuando el vocablo
«herejía» se deriva precisamente de ahí, con el tiempo pasó a significar toda enseñanza heterodoxa que rompe la unidad de la fe, pero su sentido primordial es «partidos», por lo que su verdadera traducción es
«partidismos» o «sectarismos». Algunos MSS importantes añaden «asesinatos», pero los mejores MSS excluyen este vocablo, ya que es muy probable que algún copista se dejase llevar por la semejanza entre phthónoi, envidias, y phónoi, asesinatos y, en caso de duda, optó por «pecar» por parte de más, antes que por parte de menos.
(E) El quinto y último grupo contiene dos vicios: «borracheras y orgías». El griego kómoi (de kóme, aldea) significa la juerga, frecuentemente terminada en orgía, que se pasaban los grupos de aldeanos en festivales del pueblo. Dicen Liddell y Scott, en su Gran Diccionario Griego-Inglés: «Terminaba con una parada por las calles, en que el grupo iba con coronas en la cabeza, llevaba antorchas, cantaba, danzaba y armaba jarana».
3. Después de esta larga lista de vicios «y otras cosas semejantes», el apóstol lanza esta severa advertencia (v. 21b): «Acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he hecho antes (comp. con 1 Co. 6:9) que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios». Nótese ese «practican», que indica, no un pecado pasajero, sino un hábito, un vicio (comp. con el contraste, en 1 Juan, entre los dos aoristos de 2:1 y los frecuentes presentes continuos de 3:4–10). Sobre este verbo «practican», comenta Trenchard: «La práctica continua de las obras de la carne revela profundas actitudes de rebeldía contra Dios, que son incompatibles con el Reino … Por el fruto se conocerá el árbol (Mt. 7:15–23). El que profesa haber entrado en el Reino es avisado por el apóstol que examine la realidad de su vida interior para ver si está «en la Fe» o no (2 Co. 13:5), pues no quiere que nadie se engañe a sí mismo o a otros, que crea que está en el Reino de Dios mientras se dedica a prácticas que caracterizan al reino de las tinieblas».
4. En contraste con las «obras de la carne», Pablo describe ahora (vv. 22, 23) el «fruto del Espíritu». Aquí no hay obra, sino actuación de nuestro espíritu regenerado e impulsado por el Espíritu Santo, por lo que Pablo lo llama fruto, pura consecuencia del «estar en Cristo» (comp. con Jn. 15:1–5). Además, las obras de la carne eran muchas porque, al ser efecto de nuestro extravío por multitud de caminos (Is. 53:6), son desintegradoras, mientras que el fruto es uno solo, como un racimo de santas disposiciones que brotan y se desarrollan al mismo nivel; en otras palabras, al crecer el amor, crecen también el gozo, la paz, etc. Esta especie de racimo que es el fruto del Espíritu contiene tres grupos de tres virtudes cada uno:
(A) El primer grupo contiene tres virtudes que, dentro de su expansión general, en las tres dimensiones hacia Dios, hacia el prójimo y hacia sí mismo, dicen especial relación a Dios, pues capacitan especialmente para una santa comunión con Él: «Amor a Dios, Gozo en Dios, Paz con Dios». El amor es como el primogénito entre todas las virtudes del fruto (comp. con 1 Co. 13:13). Para el creyente genuino, que de veras ama al Señor, el gozo es, no sólo una consecuencia necesaria del amor, sino hasta un deber (v. Fil. 3:1; 4:4). «Un santo triste, decía Teresa de Ávila (más conocida como Santa Teresa de Jesús), es un triste santo». Y todo el que ha aceptado la reconciliación con Dios (2 Co. 5:19, 20), ¿cómo no va a gozar de entera paz, sabiendo a quién ha creído? (2 Ti. 1:12).
(B) El segundo grupo abarca tres virtudes que guardan especial relación con nuestro prójimo:
«Longanimidad» (lit. largura de ánimo) es la paciencia que se ejercita en relación con personas, y ayuda a soportar, sin rencor vengativo, la conducta perversa de parte de otras personas hacia nosotros.
«Benignidad» (gr. khrestótes) viene de una raíz que significa ser útil y servicial; se muestra en particular en la bondad práctica que se ejercita en el trato con las personas necesitadas (pobres, enfermos, niños, drogadictos y caídos—muchas veces, por culpa de otros—, en vicios degradantes). El vocablo agathosúne, bondad, sale cuatro veces en todo el Nuevo Testamento, siempre de la pluma de Pablo, y comporta la idea de nobleza de carácter (v. Ro. 5:7) y es como una combinación de justicia y amor.
(C) El tercer grupo contiene tres virtudes que dicen especial relación hacia sí mismo, y son como un broche de oro en la calidad del carácter del cristiano: «Fe» tiene aquí el sentido de «fidelidad», por la que una persona es digna de crédito y de fiar, pues se ejercita tanto en lo que se declara como en lo que se promete a otros. «Mansedumbre» es una virtud difícil por la tensión psicológica que supone entre los dos extremos de la impulsividad y la cobardía. No tiene nada que ver con la debilidad, pues es una cualidad viril por excelencia; se manifiesta especialmente en la disposición a ceder de los propios derechos por amor a los demás, en provecho de otros (v. por ej. 1 Co. 9:18). Romanos 14 es toda una disertación del apóstol sobre esta virtud. Cerrando toda la serie está el dominio propio (gr. enkráteia, como en 2 P. 1:6). El vocablo «templanza» es ambiguo a este respecto y no refleja bien lo que el vocablo griego significa.
(D) Al final de esta lista, Pablo hace la siguiente observación (v. 23b): «contra las tales cosas no hay ley» (lit.). Como explico en otro lugar (Ética Cristiana, pág. 167): «Como si dijese (Pablo): Quien tiene este fruto del Espíritu, tiene la verdadera libertad, no necesita ninguna ley, puesto que la función de la ley es restringir, mientras que este fruto surge incontenible de la misma acción del Espíritu y se desborda desde el amor, al cumplir de sobra y rebasar todas las obligaciones que la Ley pueda imponer».
5. El apóstol menciona en esta Epístola las tres crucifixiones del genuino creyente: en relación con el Señor (2:20), en relación consigo mismo (5:24) y en relación con el mundo (6:14). Toda crucifixión es como un «borrón y cuenta nueva». Con una cruz en forma de aspa, borramos una palabra, una línea, una página, mal escritas o equivocadas. En la crucifixión con Cristo, borramos nuestro «ego», lo más íntimo del hombre viejo autosuficiente y egocéntrico, para vivir la vida de Cristo y para que Cristo viva plenamente en nosotros. Por la crucifixión de nuestra carne con sus pasiones y deseos (v. 24), borramos las referidas «obras de la carne». En la recíproca crucifixión con el mundo (6:14b, v. el comentario a dicho versículo), borramos de nuestra vida lo «mundano» y, a la recíproca, el mundo nos borra como ajenos a su mentalidad (comp. con 1 P. 4:4: «A ellos les parece extraño, etc.»).
Por cierto, contra la opinión de muchos exegetas y siguiendo la certera explicación de Lenski, hemos de advertir que el tiempo del verbo en este versículo 24 no es presente ni perfecto, sino aoristo, por lo que la versión literal «crucificaron», es así más fuerte que el ir dando muerte de Romanos 8:13. Por otra parte, el verbo no está en pasiva, a diferencia del perfecto pasivo de 2:20, sino en activa: somos nosotros los que, bajo el impulso y con el poder del Espíritu de Dios, hemos de crucificar nuestra carne. Dice Lenski: «En la conversión aceptamos a Cristo crucificado, “la cruz” (5:11), para siempre gloriarnos sólo en esta cruz (6:14) como nuestra liberación. Desde entonces crucificamos la carne en esta cruz divina, para dejarla pendiente de ella. Pablo recuerda a los gálatas este acto decisivo, y la tercera persona declara que todos los que son de Cristo han hecho esto. El acto fue radical, porque con la carne fueron crucificadas todas sus pasiones y deseos desorbitados (singular en el v. 16). El hecho de que la carne nos moleste no cambia en nada esto. En la conversión hicimos un radical rompimiento, que aquí se indica con una fuerte expresión figurativa».
6. Pablo termina esta sección (v. 25) como la comenzó (v. 16), pero, a la vista del contexto anterior (vv. 18–24), hace la siguiente exhortación, como aplicación práctica de todo lo dicho en la porción: «Si estamos viviendo por el espíritu, avancemos también codo con codo (en correcta formación) por el espíritu» (paráfrasis personal). Es una llamada a la unidad de ideas y sentimientos (comp. con Fil. 2:2, 3). El verbo griego significa avanzar conjuntamente, como en formación militar, con lo que no sólo se obtiene la unidad de pensamiento y de acción, sino que así es como se alcanza la victoria contra las divisiones que en la iglesia habían ocasionado los legalistas. Esa unidad, como en Efesios 4:3, es la unidad del Espíritu, es decir, la unidad que el Espíritu Santo produce (v. 1 Co. 12:13); así se logra vivir por lo que es espíritu y avanzar unidos por lo que es espíritu, como hemos de andar con lo que es espíritu (v. 16), ya que todo lo que en nosotros es espiritual es producido mediante la operación del Espíritu Santo (comp. con Jn. 3:8).
7. El versículo 26 podría considerarse como el comienzo de la porción 1–5 del capítulo 6, aunque el
«Hermanos» con que ésta comienza da motivo para pensar que se trata de un nueva sección. No obstante, sirve de prefacio a dicha porción, más bien que de epílogo a la que antecede. Lenski opina que este «Hermanos» debe, en efecto, leerse al final de 5:26, lo mismo que al final de 6:17 el «Hermanos» del versículo 18, ya que no hay entre los versículos citados ninguna partícula que sirva de conexión. Minucias aparte, el apóstol exhorta a los gálatas a no dejarse llevar de la vanagloria (el adjetivo kenódoxos vanaglorioso, es aquí la única vez que sale en todo el Nuevo Testamento y el sustantivo kenodoxía, vanagloria, ocurre únicamente en Fil. 2:3). El peligro acecha, sobre todo, a los líderes; por lo que Pablo habla en primera persona de plural: «No nos hagamos vanagloriosos»…, porque la vanagloria (sobre todo, la espiritual; comp. con Is. 65:5) es causa de provocaciones y envidias; todo lo contrario del servicio amoroso de 5:13b y de la humildad y mansedumbre de 6:1, 2.
Este capítulo consta de tres partes: I. En la primera, Pablo exhorta a los gálatas a mostrar su temple espiritual en el difícil ministerio de la corrección fraterna (vv. 1–5). II. Lo mismo hace con respecto a la generosidad en el dar y hacer el bien (vv. 6–10). III. Termina la carta con una diatriba contra la falsa jactancia de los judaizantes (vv. 11–13) y con una declaración a favor de la verdadera jactancia que es la de gloriarse en la cruz del Señor (vv. 14–17). No falta, por supuesto, la bendición final (v. 18).
Versículos 1–5
1. Aquí (v. 1) se nos exhorta a tratar con mansedumbre y humildad a cualquier hermano que sea sorprendido en alguna falta, es decir, que caiga por debilidad en algún pecado del que se consideraba preservado. El vocablo griego es paráptoma, caída, la cual puede ser inesperada, y se distingue de parábasis, transgresión, que supone intención deliberada. La exhortación va dirigida a los que son espirituales, es decir a los creyentes que, conforme a lo que el apóstol ha repetido en el capítulo 5, caminan por el espíritu, no por la carne. A estos creyentes espirituales se les dice aquí:
(A) El deber que tienen de restaurar al hermano a quien la tentación de caer le ha tomado por sorpresa, lo cual no significa que tal deber se limite a los que caen sorprendidos por la tentación, pues también abarca a todo pecado conocido que se cometa en la comunidad. El verbo griego (katartizo) es el mismo que se empleaba para designar la colocación en su debido sitio de un hueso que se había dislocado. Puesto que todos los creyentes somos miembros del Cuerpo de Cristo, no pudo Pablo usar mejor verbo para indicar la función que se ejerce en la corrección fraterna.
(B) La forma en que esta corrección debe ser llevada a cabo: «Con espíritu de mansedumbre». La mansedumbre es fruto del Espíritu (5:23) y consecuencia necesaria de una genuina humildad (Ef. 4:2). La corrección, pues, no debe hacerse con ira y apasionamiento, como quienes se sienten superiores e incólumes ante la caída de un hermano. Muchas correcciones pierden su eficacia por ser dadas con ira, mientras que las que se dan con ternura y muestran claramente que se hacen por el propio bien de aquellos que las necesitan tienen mayor probabilidad de éxito. Este ministerio, tan necesario y tan poco frecuente, de la corrección del hermano resulta en extremo difícil, no sólo por la mansedumbre y el amor que requiere en el que hace la corrección, sino también por la humildad y la buena disposición que exige en el que la recibe, pues la mayoría de tales hermanos, precisamente por carecer del necesario nivel de espiritualidad, reciben con resentimiento las correcciones que se les hacen y tienden a excusarse en lugar de confesar humildemente su carnalidad.
(C) Una razón apropiada de la necesidad de ejercer con mansedumbre este ministerio:
«considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado». Nótese el paso del plural al singular, para presentar de forma más concreta el caso. El que hace la corrección ha de vigilarse a sí mismo, no debe perderse de vista a sí mismo (ése es el sentido del original), pues él mismo no está inmunizado contra las tentaciones y podría, en otra ocasión, hallarse en la misma situación en que se halla aquel a quien corrige. Esto mismo ha de inducirle, con mayor motivo, a conducirse con humildad y mansedumbre al corregir a otros. Es frecuente el caso de que quienes critican con dureza los pecados ajenos, suelen caer, sin tardar mucho, en los mismos pecados o en otros más graves.
2. En este mismo contexto de espiritualidad práctica (comp. con 5:13b), el apóstol pasa a otra exhortación (v. 2): «Sobrellevad, esto es, ayudad a llevar en vilo, los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo». Estas «cargas» son las dificultades, los trabajos y problemas que cada miembro padece, más bien que las molestias que algunos hermanos pueden ocasionar (por lo que se les suele denominar con el epíteto de «cargantes»). El vocablo para «cargas» es báre, pesos. No es extraño que Pablo diga «y cumplid así la ley de Cristo», pues la ley de Cristo es el amor (Jn. 13:34, 35; Gá. 5:14) y solamente el amor alivia el peso, tanto propio como ajeno. Aquí entran en juego las matemáticas de Dios. Una carga de esta clase, compartida por otro hermano con amor, no supone la mitad del peso para cada uno, sino la pérdida total de peso, por cuanto ya no se lleva sobre los hombros, sino en el corazón que aligera todos los pesos. Una niña de ocho años contemplaba un largo desfile con un niño de dos añitos en sus brazos. Un señor que estaba a su lado le dijo después de un largo rato de verla así: «¿No te cansa ese niño?» «¡No, señor!», respondió ella, «¡si es mi hermanito!»
3. El apóstol añade a continuación (v. 3): «Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo». La conjunción gar, porque, indica una clara conexión con lo anterior. Lenski ha captado estupendamente tal conexión al comentar: «El que está satisfecho de sí mismo, el que piensa que es algo, y no necesita la ayuda de sus hermanos en algunas cargas que pueda tener, y cree que él mismo es lo suficientemente capaz para hacerlo todo, ése tampoco tendrá corazón para sus hermanos agobiados. Porque lo que nos hace que seamos tiernos y ayudadores, humildes y amables con los otros, es el darnos cuenta de que no somos nada, y de que también necesitamos a nuestros hermanos». Así que estos
«autosuficientes» se engañan a sí mismos, pues la opinión exagerada que tienen de sí mismos (v. el comentario a Ro. 12:3) les conduce al error con que se engañan a sí mismos, llevados de su necia fantasía, conforme al sentido del verbo griego phrenapatáo (única vez que tal verbo sale en todo el Nuevo Testamento. Véase el sustantivo phrenapatés en Tit. 1:10).
4. En contraste con esta necia fantasía, Pablo hace (v. 4) una llamada al sano «realismo» (como en Ro. 12:3). El árbol se conoce por sus frutos; el creyente se conoce por sus buenas obras (Ef. 2:10; Stg. 2:14 y ss.). El apóstol exhorta a estos que se creen ser algo (v. 3) a que examinen su propia conducía, para que, si hay algo de que jactarse, lo hagan «solamente con respecto a ellos mismos, y no con respecto al prójimo». Dice Leal: «Este verso se dirige contra los malpensados, que fácilmente enjuician malamente a los demás para satisfacerse de sí propios». Por supuesto, que aun esa jactancia es relativa, de acuerdo con el contexto, ya que delante de Dios toda jactancia es sin valor ni base. La razón por la que nadie puede jactarse con respecto a otro es (v. 5) que «cada uno llevará su propia carga». El vocablo para
«carga» no es aquí báros como en el versículo 2, sino phortíon, que significa el bagaje personal de cada individuo, algo que no puede compartirse con otros, ya que es de la responsabilidad exclusiva de cada uno (comp. con Ro. 14:10; 2 Co. 5:10); por eso aplica Jenofonte dicho vocablo al feto en el vientre de la madre, ¡sólo ella lo puede llevar!
Versículos 6–10
En esta porción hallamos una exhortación a hacer el bien, en un contexto que habla de la siembra y la siega, en conexión indudable con el versículo 5.
1. El versículo 6 dice literalmente: «Mas el que está siendo instruido en la palabra comparta (gr. koinonéito) todas las cosas buenas con el que (le) instruye». El verbo griego para instruir es aquí katekhéo, del que procede el castellano catequizar, así como el sustantivo catecúmeno. Este versículo suele entenderse en el sentido de que el enseñado debe hacer partícipe al que le enseña; «las cosas buenas» serían las cosas materiales, en paralelismo con 1 Corintios 9:11, 14. Pero a esta opinión se oponen varias objeciones (el contexto es distinto del de 1 Co. 9:11, 14):
(A) En todo el Nuevo Testamento, koinonéo significa «participar» (en el sentido ya explicado en 1 Co. 10:16), no «hacer partícipe»; y las cosas buenas a las que alude aquí Pablo han de ser las cosas buenas que traen salvación; la contribución material del alumno al maestro está fuera de contexto. Dice Lenski: «El que instruye tiene esas cosas buenas; el que es instruido participa de ellas, en todas ellas. Las riquezas están en poder del maestro de la Palabra; la pobreza está con el alumno, y el alumno ha de practicar «compañerismo» con el maestro para enriquecerse. Ciertamente, no hay solamente cargas en las cuales debemos mostrar compañerismo, y ayudar a quienes las llevan, sino que también hay buenas cosas, cosas benéficas espiritual y moralmente, en las cuales nos podemos deleitar siendo compañeros de quienes las poseen. ¿Quiénes tendrán más que nuestros maestros? Las cargas penosas y las cosas buenas conducen a salvación, a deleitarse en ellas. Con los que tienen cargas y con los que tienen estas cosas buenas hemos de guardar compañerismo, hacer nosotros mismos compañerismo con ellos».
(B) Sería ésta muy mala oportunidad para que el apóstol trajese aquí, fuera de contexto, lo de que los enseñados en la Palabra hagan partícipes de sus bienes materiales a quienes les ofrecen los bienes espirituales, ya que, como apunta A. Kenneth S. Wuest (citado por Trenchard, aunque éste no opina como Wuest), sería «extraño que Pablo mencionara la comunión práctica de los hermanos con sus enseñadores en esta ocasión, cuando los judaizantes podrían aprovecharse de la exhortación para hacer ver que Pablo buscaba ganancias materiales». La misma objeción presenta Lenski en los siguiente términos: «Cuando tales sujetos codiciosos estuvieron trabajando en Galacia, Pablo difícilmente podía escribir a los gálatas en cuanto a compartir en todas las cosas materiales con sus maestros. Aparte de que esto le implicaba a él mismo, tal amonestación se referiría a los verdaderos maestros en Galacia, y vendría a sugerir que ellos también eran hombres que debían ser pagados».
2. La frase «No os llaméis a engaño» (NVI), o «no os dejéis engañar» (RV 1977), según que el griego planásthe se tome en la voz media o en la pasiva, es un aviso solemne, como se ve (v. 7) por la frase siguiente: «de Dios nadie se mofa», es decir, nadie se burla impunemente de Dios. La razón es la siguiente (v. 7b): «Porque lo que haya sembrado un hombre, eso también cosechará» (lit.). Por el contexto anterior, es evidente que lo cosechará de manos de Dios. Toda la argumentación de los amigos de Job contra él, ya desde Job 4:8, se fundaba en esta ley de la siembra y la siega; la aplicación al caso de Job era falsa, según él mismo (aprobado después por Dios en eso) les mostró, ya que allí la siega se consideraba en términos materiales y durante la vida presente, mientras que aquí Pablo habla de una siembra y una siega muy diferentes, como vemos por el versículo siguiente.
3. En efecto, el versículo 8 dice literalmente: «Pues el que siembra para (lit. hacia) la propia carne, de la carne cosechará corrupción, mas el que siembra para (lit. hacia) el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (comp. con Ro. 6:23). Es un error escribir «Espíritu» con mayúscula, como hacen todas nuestras versiones, excepto la RV 1977, pues no se trata directamente del Espíritu Santo (aun cuando es Él quien nos infunde la vida espiritual). La antítesis es, como en toda la Epístola, entre «carne» y
«espíritu», esto es, «la vieja naturaleza» y «la nueva naturaleza» del creyente (v. especialmente todo el cap. 5). Es cierto que Pablo habla de «la propia carne», pero no dice «del propio espíritu». Ello, empero, se debe, como dice Lenski, a que «Pablo quiere decir que la carne es siempre muy nuestra, mientras que el espíritu es la nueva naturaleza que ha nacido en nosotros por operación divina, es dádiva de la gracia de Dios». Cada uno de los dos terrenos produce algo de la misma especie que lo que se sembró: la carne corrupta da corrupción; el espíritu regenerado da vida eterna. Pero aquí, Pablo no culpa (al contrario que Jesús en Mt. 13:3 y ss.) al terreno, sino al sembrador. Dice Lenski: «La fuerza de la figura está en los sembradores y en lo que su labor consigue. Ni la semilla ni el terreno se mencionan, porque ninguno puede sembrar sin éstos».
4. Basado en el principio del versículo 8, el apóstol prosigue (v. 9): «No nos cansemos de practicar el bien, porque a su debido tiempo recogeremos una magnífica cosecha si no desfallecemos» (NVI). Hay, pues, aquí una exhortación a la perseverancia en el bien, pues hay quienes comienzan bien, pero no perseveran. Este había sido precisamente el fallo de los fieles de Galacia, como les dice el propio apóstol (5:7): «Empezabais a correr excelentemente. ¿Quién os cortó el paso, impidiéndoos obedecer a la verdad?» (NVI). La exhortación está muy adecuadamente colocada en el contexto de la siembra. Dice Trenchard: «A veces el labrador sufre a causa de los fríos del invierno y los calores del verano, que le producen molestias físicas y el natural cansancio del esfuerzo sostenido; pero no ha de acobardarse frente a las dificultades, ya que su experiencia le enseña que tras de la siembra vendrá la siega». «Hay en reserva una recompensa, dice M. Henry, para todos los que se dedican sinceramente a hacer el bien. Aunque nuestra recompensa se demore, de seguro llegará.»
5. «Por consiguiente, viene a concluir Pablo (v. 10), según tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, y mayormente a nuestros familiares en la fe.» El apóstol no dice «tiempo» (gr. khrónos), sino «oportunidad» (gr. kairós). Mientras tenemos vida terrena, tenemos tiempo, pero no siempre tenemos las «oportunidades» de hacer el bien, por lo que no deberíamos dejar escapar ninguna de esas oportunidades, las cuales nunca vuelven; podrán venir otras, ya similares ya diferentes, pero las que pasaron sin ser aprovechadas, nunca más volverán; y de ellas se nos pedirán cuentas, conforme dice Jacobo (Stg. 4:17):
«Todo el que conoce el bien que debería hacer, y no lo hace, tiene pecado» (NVI). Finalmente, nótense los dos círculos concéntricos: Hay que hacer el bien a todos, pero en especial a nuestros hermanos en la fe, pues ellos son, para todo fiel creyente, los más «prójimos». Como se ve, Pablo no era de la opinión de quienes dicen: «¡No se preocupe usted de ésos, porque no son del Señor!»
Versículos 11–18
El apóstol ha escrito la Epístola, como solía, dictándola a un amanuense. Pero esta porción final la va a escribir de su puño y letra (v. 11). El verbo está en aoristo, «porque el autor se pone en el tiempo en que ha de ser leída» (J. Leal). Lo de las «grandes letras» es un indicio más de que Pablo padecía de la vista.
1. Refiriéndose una vez más a los judaizantes, pues éste ha sido el tema general de la Epístola, apunta ahora (vv. 12 y 13) el apóstol los verdaderos motivos que les impulsan a ganarse seguidores entre los fieles de Galacia. Estos motivos son dos: (A) Escapar de la persecución que acecha a todos los que toman su cruz en seguimiento del Crucificado (v. 12). No les importaba naufragar en la fe con tal de salvar el pellejo. (B) Deseaban jactarse en los adeptos que conseguían para su causa (v. 13): «para gloriarse en vuestra carne», esto es, en la circuncisión del prepucio, no en la del corazón. Su hipocresía se echaba de ver en que, aun cuando mediante la circuncisión quedaban obligados a guardar toda la ley (5:3), ellos mismos, aunque estaban circuncidados, no guardaban la ley.
2. Pablo, en cambio, no desea ninguna otra gloria, ni en su vida ni en su predicación, sino la que procede de la cruz de Cristo (v. 14). Ni tiene miedo a la persecución ni le impulsa, en la predicación del Evangelio, otro motivo que el amor al Señor y a las almas. Dice Leal: «La conducta cobarde y vana de los judaizantes contrasta con la valentía y el desinterés de Pablo». El mero pensamiento de cualquier otro motivo está tan lejos de su mente y de su corazón que exclama: «En cuanto a mí, que no se me ocurra (gr. me guénoito, por decimotercera y última vez, si no he contado mal) jamás gloriarme en otra cosa que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, mediante quien el mundo ha quedado crucificado para mí, y yo para el mundo» (NVI). Al estar crucificado con Cristo (2:20), Pablo quedaba crucificado, borrado, separado, para el mundo, es decir, para todos los enemigos de Cristo y del Evangelio, ya sean de extracción judía o pagana. Y la misma separación que él observaba hacia el mundo (en su sentido peyorativo), este mundo malvado, enemigo de Dios, de Cristo y del Evangelio, la observaba también hacia él (comp. con 1 P. 4:4). Por eso, la crucifixión, la separación, entre Pablo y el mundo era recíproca.
3. El versículo 15 repite la enseñanza de 5:6, con la diferencia de que aquí hallamos «sino una nueva creación» (comp. con 2 Co. 5:17), en lugar de «la fe que cobra energías mediante el amor» de 5:6 (lit.). Lo mismo que en 2 Corintios 5:17, el apóstol usa el vocablo ktísis, creación, en lugar de ktíma, criatura (el producto de la creación). «El pensamiento de Pablo, dice Trenchard, abarca los dos conceptos, pues si bien la persona que cree en Cristo llega a ser una nueva criatura, lo es porque ha entrado en la esfera de una Nueva Creación; o sea, en la de la Obra de Dios en Cristo que tiene por base la Cruz y la Resurrección». Leal hace notar que ésa era la «expresión usada por los judíos cuando un pagano se circuncidaba». Comoquiera que una persona entra en esa esfera por medio de la fe, las expresiones de 6:15b y 5:5b son equivalentes.
4. En relación con las consideraciones que anteceden, Pablo añade (v. 16) «Paz y misericordia sobre todos los que sigan esta norma (gr. kánon), y también sobre el Israel de Dios». La «norma» evidentemente es la que él mismo observa y la que todo buen cristiano debe observar; «consiste en la fe en la eficacia de la cruz y en la confesión valiente de esta fe» (Leal). ¿Por qué añade Pablo «y sobre el Israel de Dios»? ¿No entran los israelitas a la par con los gentiles en la salvación, de gracia mediante la fe (Ef. 2:8), como fruto de una única redención obtenida en el Calvario? (comp. 1 Co. 1:13; 2 Co. 5:17; Gá. 3:28; Ef. 2:11–22; Col. 3:11). La respuesta de los antidispensacionalistas es: «El Israel de Dios coincide con el nuevo pueblo cristiano» (Leal). Pero entonces, ¿por qué añadir este nuevo elemento a «todos los que sigan esta norma»? El luterano Lenski es más cauto al decir: «El apóstol tiene una razón especial y notable para añadir esta aposición explicativa. Es un último disparo contra los judaizantes, su triunfo final sobre ellos y sobre su disputa. Todos los que se conserven alineados con esta regla, ellos y ellos solos, constituyen el Israel de Dios, desde ahora no importa que todos los judaizantes estén en contra».
Sin embargo, hay una objeción muy seria contra este punto de vista: Nunca es llamada la Iglesia de Cristo «el Israel de Dios». Aunque la Iglesia se compone de judíos y gentiles, a la par (según los muchos textos arriba citados) en cuanto a la salvación mediante la Obra de la Cruz y en cuanto a la vida eterna consiguiente, Israel sigue siendo el heredero de las promesas y de las bendiciones temporales dadas a los patriarcas (v. Hch. 26:7 y Ro. caps. 9–11). En cambio, de 1 Corintios 10:32 no se puede sacar argumento alguno a favor de una distribución tripartita de «grupos» de salvación, por cuanto los «judíos y griegos» (lit.) que allí se mencionan no son convertidos.
5. Antes de pronunciar la bendición final, dice Pablo (v. 17): «En adelante (gr. tou loipoú, en genitivo, caso en el que nunca significa «por lo demás»), nadie me cause molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús» (lit.). «Pablo pide que en adelante no le proporcionen más preocupaciones, como las que ahora le han proporcionado los gálatas. Que nadie diga que él no es siervo de Cristo, pues lleva en su cuerpo la señal de su dependencia y de su fidelidad a Cristo … Pablo llevaba en su carne muchas cicatrices, efecto de los azotes sufridos por Jesús» (Leal). Éste es, en efecto, el sentido de dicha frase. Ya desde Francisco de Asís, se han dado casos de «estigmas» (del griego stígmata, que es el vocablo usado aquí por Pablo), esto es, heridas en las manos y en los pies, hasta con derramamiento de sangre. Los más recientes casos han sido los de la alemana Teresa Neumann y el capuchino italiano P. Pío. Se han tenido por «sobrenaturales», ya que la ciencia no ofrecía ninguna explicación satisfactoria de este fenómeno. Aparte de la falsa interpretación de este texto de Gálatas 6:17 (como si Pablo hubiese sido el primer «estigmatizado», a ejemplo de Jesús), está hoy el hecho evidente, bien comprobado, de que la mente humana tiene el poder suficiente para producir, por fuerte autosugestión, tal fenómeno en circunstancias especiales de temperamento, exaltación emocional, constante meditación en las llagas del Señor, etc.
6. El apóstol concluye su Epístola con la bendición apostólica (v. 18). Les llama «hermanos», mostrándoles así, una vez más, el afecto con el que les ha escrito, a pesar de su vehemente reprimenda. Les desea la gracia de Cristo, esto es, el favor del Señor y el poder de esa gracia necesaria para mantenerlos firmes en el curso de la vida cristiana sin ceder a los embrujos de los judaizantes, y para confortarles y animarles en medio de las pruebas comunes de la vida cristiana y aun de la perspectiva de una muerte violenta a la que siempre están expuestos los creyentes fieles a la causa de Cristo. Aunque estas iglesias de Galacia se habían portado hasta ahora de manera indigna de dicha gracia (v. por ej., 5:4), el apóstol espera que, desde ahora, cesarán de poner su confianza en la ley y en la carne. Por eso dice que esa gracia sea con vuestro espíritu, con lo que en ellos hay de nueva creación, de personalidad regenerada por el Espíritu de Dios. La carta se cierra con un «amén» que, al contrario de otros finales, no falta en ninguno de los MSS.