Filipos era una ciudad importante de la región occidental de Macedonia. Pero es más importante para los cristianos a causa de la carta inspirada que el apóstol dirigió a los creyentes de esta ciudad cuando estaba preso en Roma. A Pablo se le nota un afecto especial hacia la iglesia que había en Filipos y en cuya fundación había sido él mismo el medio escogido por Dios para plantarla; en atención a esto, sentía una ternura paternal muy particular hacia ella, así como una preocupación especial por sus problemas.
Habiéndoles engendrado mediante el Evangelio, estaba deseoso de criarlos y nutrirlos con el mismo Evangelio. I. Recordemos que fue llamado de forma extraordinaria a predicar el Evangelio en la ciudad de Filipos. Tuvo en la noche una visión: Un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos (Hch. 16:9). Vio, pues, que Dios marchaba delante de él. II. En Filipos sufrió graves aflicciones; con todo, no perdió por eso su afecto hacia dicha ciudad. Nunca debemos amar menos a nuestros amigos por el hecho de que nuestros enemigos nos traten peor. III. Los comienzos de dicha iglesia fueron muy pequeños; pero eso no le desanimó. Si no se ve mucho fruto al principio, quizás está madurando para rendir después más. IV. Parece ser que esta iglesia de Filipos creció después hasta llegar a ser una floreciente comunidad; en particular, los hermanos de allí se portaron muy amablemente con Pablo, pues él expresa su reconocimiento por un presente que le habían enviado (4:18), y esto fue cuando ninguna otra iglesia comunicaba así con él con respecto al dar y recibir (4:15b).
En cuanto a la división de la Epístola, seguiremos los epígrafes de la Ryrie Study Bible:
I. Saludos y expresiones de gratitud (1:1–11).
II. Circunstancias personales de Pablo: la predicación de Cristo (1:12–30).
III. El modelo de la vida cristiana: la humillación de Cristo (2:1–30).
IV. La meta de la vida cristiana: el conocimiento de Cristo (3:1–21).
V. La paz de la vida cristiana: la presencia de Cristo (4:1–23).
I. Tenemos primero la inscripción y la bendición (vv. 1, 2). II. Pablo da gracias a Dios por los creyentes de Filipos (vv. 3–6). III. Habla, 1. del gran afecto que les tiene (vv. 7, 8); 2. de las oraciones que eleva por ellos (vv. 9–11); y 3. de su preocupación por impedir que hallen algún tropiezo en los sufrimientos que él padece (vv. 12–20). IV. Expresa su disposición a glorificar a Cristo, ya sea por vida o por muerte (vv. 21–26). V. Concluye este capítulo con una doble exhortación a la seriedad y a la constancia (vv. 27–30).
Versículos 1–2
1. Las personas que dirigen la Carta: Pablo y Timoteo, siervos (gr. doúloi, esclavos) de Jesucristo. El más alto honor del más grande apóstol y de los más eminentes ministros de Dios es ser los siervos de Jesucristo; no los amos de las iglesias, sino los esclavos de Cristo.
2. Los destinatarios de la Carta: (A) «A todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos». Menciona a la congregación antes que a sus líderes, porque los ministros están puestos para la congregación, no las congregaciones para los ministros; éstos son, no sólo los siervos de Cristo, sino también los siervos de la iglesia en atención a Cristo. Va dirigida a todos los santos, al uno lo mismo que al otro y al de más allá, incluso a los más débiles, a los más pobres y a los de menores dones. Cristo no hace diferencia; el rico y el pobre se encuentran por igual en Él: «santos en Cristo Jesús». Fuera de Cristo, los mayores santos aparecerían como los más perdidos pecadores, indignos de comparecer ante la presencia de Dios. (B) «Con los supervisores (gr. episkópois, que también suele traducirse por «obispos», pero es preferible evitarlo por la idea que comporta de «dignatario eclesiástico») y diáconos». Para ver la identificación de supervisores u obispos con ancianos o presbíteros, véase Hechos 20:17, 18. Las funciones de supervisores y diáconos y las cualidades que respectivamente en ellos se requieren serán estudiadas en el comentario a 1 Timoteo 3:1–13.
3. La bendición que a continuación del saludo profieren el apóstol y Timoteo, su asistente (v. 2):
«Gracia y paz a vosotros, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo». Esta bendición, que viene repitiéndose en todas las Epístolas de Pablo, con ligeras variantes en Gálatas 1:3, fue comentada en Romanos 1:7b, adonde remitimos al lector.
Versículos 3–6
El apóstol procede a continuación a dar gracias a Dios por los santos que hay en Filipos. Vemos:
1. Pablo los tenía constantemente en la memoria, como se echa de ver por las expresiones que emplea en los versículos 3, 4, 7 y 8. Dice literalmente en el versículo 3: «Doy continuamente gracias a mi Dios en todo el recuerdo de vosotros»; es decir, «siempre que me acuerdo de vosotros». Tan frecuente era la gratitud que expresaba a Dios por ellos, como frecuente era el recuerdo que tenía de ellos. Gran consuelo era para los fieles de Filipos saber que el gran apóstol les tenía constantemente en su memoria.
2. Los recordaba con gozo (v. 4). A pesar de los malos tratos que en Filipos había recibido, recuerda con gozo la ciudad de Filipos. Tan lejos estaba de avergonzarse de ellos o de aborrecer el recuerdo del escenario de sus padecimientos, que lo recuerda con gozo.
3. Los recordaba en oración: «Siempre, en toda petición mía por todos vosotros, con gozo la súplica haciendo (participio de presente)» (lit). Nótese ese «siempre», colocado por énfasis a la cabeza del versículo, y el «toda» (gr. páse): toda clase de oración y toda ocasión en que ora por ellos. La mejor memoria que podemos hacer de nuestros amigos es recordarlos ante el Trono de la gracia. Observa A. Segovia que el gozo «es la nota dominante de la carta: 1:18, 25: 2:2, 17, 18, 28, 29; 3:1; 4:1, 4, 10. No siempre el recuerdo de los fieles alegraba a Pablo».
4. Expresa a continuación el motivo principal que tenía para gozarse en el recuerdo y en la oración por ellos (vv. 5, 6): «A causa de (epí con dativo) vuestra comunión en (lit. hacia) el Evangelio desde el primer día hasta ahora» (v. 5). Con esto, da a entender el apóstol que los fieles de Filipos habían cooperado con él, responsabilizándose en la obra de extender el Evangelio de Cristo. El «compañerismo» (lit. comunión) de los fieles de Filipos «con respecto al Evangelio» no puede entenderse meramente de la participación en el dar y recibir (4:15), sino que da a entender su cooperación en todo lo que atañía a la extensión del Evangelio que Pablo proclamaba. Esta disposición de ellos se había manifestado ya «desde el principio», como puede verse, por ejemplo, en Hechos 16:40. La frase «desde el primer día», dice A. Segovia, «se entiende obviamente de actos repetidos».
5. Esta fidelidad, mostrada desde el primer día por los fieles de Filipos, llenaba de optimismo el corazón de Pablo en cuanto al porvenir espiritual de ellos, pues añade (v. 6): «estando persuadido (el verbo está en participio de pretérito perfecto, e indica una persuasión que comenzó tiempo atrás y continúa hasta el presente) de esto mismo, que el iniciador de (esta) buena obra, la irá llevando a feliz término hasta el día de Cristo Jesús» (lit.). La fraseología del apóstol en este versículo merece un análisis detallado:
(A) El apóstol no expresa una mera conjetura al decir que está persuadido de la perseverancia de los filipenses en el bien. El mismo verbo, y en el mismo tiempo (pretérito perfecto), ocurre frecuentemente en las epístolas de Pablo y, especialmente, en ésta (v. 1:14, 25; 2:24; 3:3, 4, además de 2 Ts. 3:4; 2 Ti. 1:5, 12 y Flm. v. 21). Pablo estaba tan seguro de la perseverancia de los filipenses como de la suya (2 Ti. 1:12).
(B) Esta seguridad estaba basada en que «el que había comenzado» (el iniciador de) «esta buena obra en los filipenses, la había de llevar a su completa perfección (según la fuerza que al verbo epitelései le da el prefijo epí) hasta el día de Cristo Jesús», esto es, hasta el día de rendir cuentas ante su santo tribunal. De la misma manera que el inicio de nuestra salvación fue obra exclusiva de la soberana y libre iniciativa divina, así también la consumación de la salvación es obra de la gracia y del poder de Dios (v. Jn. 10:28, 29). La perseverancia de los santos se debe enteramente, no al esfuerzo de ellos, sino a la preservación de Dios.
(C) El día de Cristo Jesús (v. 6b, como en el v. 10; 2:16 y 1 Co. 1:8) NO es el día del Juicio Universal, sino el día en que el Señor vendrá por los suyos (1 Ts. 4:15, 16). Es una grave equivocación confundir el tribunal (gr. bema) de recompensas de Cristo (v. Ro. 14:10; 2 Co. 5:10, comp. con 1 Co. 3:13–15), con el thrónos del Juicio Final (v. Ap. 20:11).
Versículos 7–11
En esta porción, el apóstol expresa su afecto hacia los fieles de Filipos, y les ruega que el amor que ellos manifiestan crezca y abunde en conocimiento y percepción espiritual.
1. Expresa primero (vv. 7, 8) el ardiente afecto que les tiene. «Os llevo en mi corazón», les dice (recuérdese el comentario a Gá. 6:2). Y declara a continuación por qué es justo que sienta así de ellos (v. 7a):
(A) «Porque (v. 7b) ya sea que esté encadenado o defendiendo y confirmando el evangelio, todos vosotros participáis conmigo de la gracia de Dios» (NVI). A esta «comunión» o «compañerismo», se había referido el apóstol ya en el versículo 5. Les amaba porque habían estado a su lado en las crudas y en las maduras, como suele decirse; en las persecuciones que había sufrido y en las consolaciones que había sentido al ver los frutos de la gracia de Dios en su predicación del Evangelio.
(B) Este compañerismo o participación de los filipenses en los sufrimientos y en los gozosos momentos de Pablo era tan evidente, que al apóstol le parecía justo, un deber y una cosa puesta en razón, el sentir (gr. phronéin, el mismo verbo de 2:5, entre otros lugares) así de ellos, pues, dice, os llevo en mi corazón. Comenta Lenski: «Pues si no hubiera recordado y tenido en cuenta estas cosas, su propio corazón le condenaría». Las buenas personas tienden siempre a pensar bien (comp. con 1 Co. 13:7 «todo lo cree»).
(C) Pablo apela a Dios, y le pone por testigo del amor que les tiene (v. 8): «Porque Dios me es testigo de cómo os añoro a todos vosotros con el entrañable amor (lit. en las entrañas) de Cristo Jesús». Pablo anhelaba la presencia de los fieles de Filipos con un anhelo sobrenatural, superior a todo anhelo, a todo afecto, meramente humano. Como explica Tillmann: «los anhelos del apóstol brotan del intenso amor con que Cristo ama a los suyos; son deseos acrisolados y santificados en el amor de Cristo».
2. Pasa luego a hacerles un ruego (vv. 9–11). Vemos:
(A) Lo que ruega (v. 9): «Y éste es mi ruego: que vuestro amor abunde más y más en conocimiento (epignósei, conocimiento pleno, como en Efesios 4:13, por ejemplo) y profundidad de percepción» (NVI), «y en toda percepción» (lit.). El vocablo griego aísthesis, de donde procede el castellano «estética», significa la capacidad de captar bien el sentido de las cosas; de ahí su relación con el arte en sus múltiples facetas: literatura, pintura, música, etc. Afecta, pues, al sentimiento, que es una de las tres facultades espirituales del hombre (las otras dos son la inteligencia y la voluntad). Las tres quedan aludidas aquí, pues, además del pleno conocimiento y de la percepción (relacionada con el sentimiento), Pablo ha mencionado (v. 7) el corazón, vocablo que, como advierte Lenski, «significa mucho más en el griego que en nuestro propio idioma; para el griego el corazón no es el lugar de las emociones; éstas están situadas en las entrañas (v. 8). El corazón es el centro de la personalidad … es decir, de la mente, el sentimiento y la voluntad, especialmente de estas últimas».
(B) El fin próximo de este ruego (v. 10): «A fin de que aquilatéis vosotros (gr. eis to dokimázein humás, la misma frase de Ro. 12:2b), es decir, discernáis o descubráis (con vuestra percepción) lo mejor, lo que más vale (gr. ta diaphéronta: las cosas que llevan una diferencia; ventajosa, se entiende), para que seáis sinceros (lit. sin mezcla) e intachables (lit. sin tropiezo) para el día de Cristo» (lit.). Lenski explica así la diferencia entre eilikrinéis, usado aquí por «sincero» y katharós, que también comporta la idea de pureza: «La otra etimología (la más probable de eilikrinéis) se refiere al agitar un cedazo para separar todas las sustancias inútiles. La diferencia entre esta clase de limpieza y la expresada por katharós (ambas palabras se hallan a menudo unidas) es la de que la mixtura ensucia, y que de nuevo la mancha o suciedad se adhiere a algo». Al comparar este versículo con Efesios 5:27, puede notarse el sentido escatológico también aquí.
(C) El fin último es (v. 11) la gloria y la alabanza de Dios, en la que, al fin y al cabo, redundan todas las obras buenas de los creyentes; sobre todo, cuando están llenos de fruto (lit.) de justicia, del que (es) por medio de Jesucristo, esto es, del fruto que se produce en virtud de la unión vital con el Señor (Jn. 15:1, 4, 5, 8, 16). Solamente por medio de la unión con Cristo, puede el fruto de la rectitud moral, de la justicia cumplida, brotar, crecer y madurar.
Versículos 12–20
Pablo estaba preso en Roma cuando escribía esta Epístola. Esto podía ser un tropiezo para quienes habían recibido el Evangelio por ministerio de él, ya que sentirían la tentación de avergonzarse por compartir sus ideas religiosas, no fuese que también ellos se viesen implicados en la misma aflicción que él padecía. Para que nadie se eche atrás ante «el escándalo de la Cruz», Pablo va a declarar las maravillas de la química divina al extraer de un mal como era su propio confinamiento un bien tan grande como la extensión del Evangelio.
1. Es cierto que padecía a manos de los enemigos jurados del Evangelio, pero esto no debía servir de ningún tropiezo a los creyentes (v. 12): «Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido (lit. las cosas concernientes a mí) han redundado más bien para el progreso del evangelio». En ese «quiero (gr. boúlomai, el verbo fuerte para expresar voluntad decidida) que sepáis», se nota el interés del apóstol por quitar a sus lectores toda preocupación por la situación en que él se hallaba; como diciéndoles: «Mirad, lo que me ha ocurrido, lejos de impedir el progreso del Evangelio, lo ha promovido y acelerado». De dos maneras había obtenido su encarcelamiento este resultado favorable:
(A) Primero, hacia los de fuera (v. 13): «hasta el punto de que mis cadenas se han hecho manifiestas en Cristo en todo el pretorio y a todos los demás» (lit.). No cabe duda de que habría en Roma otros prisioneros que habrían apelado al César, pero el caso de Pablo era único: él no se hallaba allí por ningún motivo político, ni por ningún crimen ni por alterar la paz del Imperio; era manifiesto, evidente a todos, que sus cadenas se debían a su condición de fiel seguidor de Cristo y de valiente proclamador del misterio. Esto se sabía, no sólo en todo el pretorio, es decir, entre los oficiales del cuartel general de la guardia pretoriana y del ejército (no del palacio del César), sino también entre todos los demás que, en la capital del Imperio, se enteraban del caso del apóstol. Sus mismas cadenas eran el mensaje más elocuente.
(B) Después, hacia los de dentro (v. 14): «y (hasta el punto de que) la mayoría de los hermanos, alentados (gr. pepoithótas, el mismo vocablo con que comienza el v. 6, aunque ahora en plural y en acusativo) en el Señor por mis cadenas, se atreven más abundantemente a hablar sin miedo la palabra» (lit.). La mayoría de los creyentes que se hallaban en Roma, al ver la forma en que Pablo llevaba aquellas cadenas por amor a Cristo y por la causa del Evangelio, en lugar de avergonzarse, de cesar en la proclamación del Evangelio y en las alabanzas al Señor, se mostraban mucho más valientes y atrevidos para dar a conocer constantemente (el verbo hablar está en presente) el mensaje cristiano. El gozo de Pablo en circunstancias externas tan poco propicias para la alegría les alentaba a ellos a sufrir por el mismo Maestro que tales consuelos otorga a los que padecen por Él. Si llegaba a ocurrir que les llevaban del púlpito a la cárcel, de buena gana irían, pues allí habrían de hallarse en tan buena compañía.
2. También padecía por parte de falsos amigos, lo cual era más triste, pero tampoco esto le arredraba (vv. 15–18). Estos versículos son prueba evidente de la extraordinaria magnanimidad y pureza de intención del apóstol.
(A) Entre los que, durante el encarcelamiento de Pablo, se dedicaban a la predicación del Evangelio, no todos obraban con la misma pureza de intención que el apóstol. Dice Lenski: «Todo ese oro que suponía el hablar intrépidamente de la Palabra en Roma no estaba libre de escoria. Ahora debemos recordar el versículo 10, la oración de Pablo para que los filipenses pudieran ser “puros y sin ofensa”». Comoquiera que Pablo no podía extender mucho el ámbito de su predicación, al estar encarcelado, otros («hermanos»,—v. 14—) suplían de algún modo la ausencia del apóstol, incluso en Roma, al proclamar también el Evangelio. Pero no todos predicaban con la misma pureza de intención; la NVI da el orden correcto de los versículos 16, 17.
(a) «Cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad» (v. 15). Detalla un poco más el motivo de éstos en el versículo 17: «Los primeros predican a Cristo por ambición egoísta, no sinceramente, pensando que aumentan mis dificultades mientras estoy encadenado». Éste es un fenómeno que se ha dado en todas las épocas de la Iglesia. Estos predicadores se aprovechaban de la situación de Pablo para tratar de brillar ellos mismos con el intento de mostrar que Pablo no era el único predicador dotado de las mejores cualidades para ese ministerio. Dice Lenski: «Muchos individuos de este tipo han aparecido en la Iglesia, llenos de envidia porque Dios ha dado a otros mayores dones y puestos de mayor influencia. Sienten como una estocada en su interior, al ver reducirse su autoridad y el número de sus seguidores, y por tanto critican, encuentran fallas y levantan polémicas. No es maravilla que hubiera algunos de ésos en Roma».
(b) «Pero otros de buena voluntad. Estos últimos lo hacen en amor sabiendo que estoy puesto aquí para defensa del Evangelio» (vv. 15b, 16). No todos predicaban llevados de la ambición personal y de la envidia. Había también quienes predicaban el Evangelio de buena voluntad, con rectitud de intención y de buen grado, por amor a Cristo y por amor, también, al apóstol, sintiéndose santamente orgullosos de ser sus colaboradores en la misma viña del Señor (1 Co. 3:5–9). Éstos se percataban de que Pablo estaba puesto por Dios para defensa (gr. apologuían, el mismo vocablo de 1 P. 3:15) del Evangelio. Hay quienes opinan que «puesto» indica «puesto en cadenas» (comp. con el v. 7, que reúne ambos aspectos), pero es más probable la primera interpretación.
(B) La reacción de Pablo es digna del gran apóstol (vv. 18–20). Los que predicaban a Cristo por envidia se equivocaban de puerta, como solemos decir. «Comprendían mal al hombre que intentaban afligir» (Lenski). Veamos esos tres versículos en la NVI: «Pero, ¿qué importa? Lo importante es que en cualquier caso, ya sea por motivos falsos o verdaderos, Cristo es predicado, y yo me regocijo a causa de esto. Sí, seguiré regocijándome, porque sé que por vuestras oraciones y la ayuda del Espíritu de Jesucristo, lo que me ha ocurrido desembocará en mi libertad. Anhelantemente espero que en ninguna manera seré avergonzado, sino que tendré el valor suficiente para que, ahora como siempre, Cristo sea exaltado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte». La reacción de Pablo muestra la grandeza de su alma. Varios detalles son dignos de análisis:
(a) A Pablo le interesa únicamente que Cristo sea predicado y, por lo que él insinúa, se ve que los que predicaban por envidia, predicaban, no obstante, de forma correcta el Evangelio. Al apóstol le tienen sin cuidado las intenciones en comparación con el resultado, no en sí mismas (¡no lo entendamos mal!)
(b) A. Segovia halla una «fina ironía» en las frases del versículo 18b. «Y yo me regocijo a causa de esto. Sí, seguiré regocijándome …». Los que predicaban el Evangelio por envidia y ambición, pensaban aumentar la aflicción (gr. thlipsin) de Pablo. ¡Y lo que estaban aumentando era su regocijo! De donde el áspid saca veneno, la abeja saca miel.
(c) El apóstol abriga la esperanza (v. 19) de que «esto», la prisión que está sufriendo (Lenski), no la predicación de sus émulos (Segovia) resultará (tendrá como resultado, cuando ante el tribunal de César se compruebe su inocencia) en su liberación. Éste es, aquí, el significado de sotería. Pablo parece aludir a Job 13:16. Pablo tiene de esto una esperanza segura, pues dice: «Porque sé (gr. óida) …». Esta seguridad se funda en dos motivos complementarios: primero, la eficacia de la oración de los buenos hermanos de Filipos (v. Stg. 5:16b); segundo, la suministración (el mismo vocablo de Ef. 4:16) del auxilio divino mediante la agencia del Espíritu Santo (comp. con Ro. 8:26, 27).
(d) En todo caso, el apóstol se somete a la voluntad de Dios, pues su interés último está cifrado en que Cristo sea glorificado en su cuerpo, ya sea por vida o por muerte, como lo va a explicar a continuación. Lo mismo si la sentencia es de liberación como de condenación, Cristo será magnificado (gr. megalunthésetai) en Pablo, si Pablo magnifica a Cristo, no sintiéndose avergonzado de sufrir por Él, sino lleno de santa audacia (gr. en páse parrhesía) para confesarle delante de los hombres. Mediante esta santa osadía, y no mediante cobardes subterfugios, espera obtener el resultado que mejor glorifique al Señor. Lenski hace a este propósito una consideración muy práctica para todos los predicadores del Evangelio:
«Suponed que tuvierais que presentaros como predicadores delante de la Corte Suprema de vuestro país, y suponed que esta corte estuviera compuesta enteramente de gentes paganas. ¿Sería fácil para vosotros hablar con perfecta libertad, “como siempre” en vuestro púlpito en vuestra propia parroquia?»
Versículos 21–26
En estos versículos el apóstol expresa más en detalle la magnífica disposición en que se halla para que Cristo sea glorificado, tanto en su vida como en su muerte. Nótense bien los matices.
1. «Porque para mí, el vivir es Cristo; y el morir, ganancia» (v 21). La construcción difiere algún tanto de la de Gálatas 2:20 (por lo que la referencia no debería figurar en el margen o columna, o pie de página, de nuestras versiones). Pablo no dice aquí que Cristo es su vida, sino que, para él, el vivir es Cristo. Con este intercambio de sujeto y predicado, Pablo da a entender que toda su vida en la tierra se cifra y se resuelve en Cristo. Sin embargo, el morir era para él una ganancia (gr. kérdos, el lucro que se obtiene, especialmente en un negocio). La ganancia en el morir era obvia, pues eso comportaba (v. 23b) «partir y estar con Cristo, (lo cual es) mucho más mejor» (lit.). De manera parecida se había expresado ya en 2 Corintios 5:8. Que Pablo no pensaba en el llamado «estado intermedio» se ve, no sólo por 3:10, 11, sino también por 2 Corintios 5:4.
2. Sin embargo, esta ganancia que para él suponía estar cara a cara con el Señor se veía contrarrestada por otro motivo de su vivir en la carne es decir, en esta vida terrenal (vv. 22, 24). Este motivo muestra, una vez más, la grandeza de alma de Pablo (v. 22): «Si he de seguir viviendo en el cuerpo, esto significa para mí una labor fructífera» (NVI). Este «fruto del trabajo» (lit.) no significa para Pablo una ganancia personal, ni siquiera espiritual; de lo contrario, no preferiría el morir; la ganancia espiritual que Pablo tiene en mente es la de sus hijos en la fe, como se ve por el versículo 24: «pero es más necesario para vosotros que permanezca en el cuerpo» (NVI).
3. Puestas ambas alternativas en la balanza, resulta difícil observar de qué parte cae el platillo: «no sé qué escoger», dice (v. 22b), porque se siente apremiado de ambos lados (v. 23a), del deseo de partir, que, personalmente le traería mejor ventaja, y del deseo de quedarse, lo cual es más conveniente para los demás. El verbo sunékhomai, que traducimos por «me siento apremiado» no significa que se sienta apretado por dos fuerzas opuestas que le estrechan el paso, sino que hay dos cosas que le retienen, que «tiran de él», como traduce la Nueva Biblia Española.
4. No hace falta que él escoja; Dios escogerá por él. Pero Pablo está persuadido (v. 25, lit. como en los demás lugares en que aparece el participio de pretérito pepoithós), hasta el punto de que lo sabe, de que «permaneceré, dice, y continuaré con vosotros para vuestro progreso y gozo en la fe» (NVI). Pablo tenía el presentimiento (no habla de revelación) seguro de que, por el bien espiritual de sus lectores, Dios le permitiría todavía algunos años más de vida en este mundo (nótese la forma tan diferente en que se expresa en 2 Ti. 4:6–8).
5. Este progreso y gozo en la fe, que Pablo ve como un objetivo de suficiente valor como para desear continuar con vida en este mundo, tiene un objetivo todavía más importante, como se ve por la conjunción final hína, que encabeza el versículo 26, difícil de traducir por su densa estructura sintáctica. La mejor versión, a mi juicio, es la que ofrece aquí la Biblia de Jerusalén: «a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús cuando yo vuelva a estar entre vosotros». El hecho de tener entre ellos de nuevo a Pablo será para los fieles de Filipos un nuevo motivo de santo orgullo por ser cristianos, al ver que Dios ha conservado incólume al apóstol, precisamente en atención al beneficio espiritual de ellos.
Versículos 27–30
El apóstol termina el capítulo con una exhortación a la perseverancia, bien fundados en la unidad eclesial, en la humildad personal y en el denuedo para pelear conjuntamente y con fidelidad el buen combate.
1. «Solamente, dice (v. 27), que os comportéis como es digno del Evangelio de Cristo». «La conducta debe reflejar lo que el Evangelio y sus riquezas han hecho de la congregación filipense» (Lenski). Pablo no usa aquí el verbo griego peripatéin, caminar, sino politeúomai, vivir conforme a la ciudadanía. Que Pablo tiene en mente la ciudadanía celestial, se ve por 3:20, donde lo expresa de forma explícita.
2. Con tal de que ellos se comporten como ciudadanos de los cielos, el que Pablo vaya a verles o que permanezca ausente (v. 27b) es algo secundario. Lo que importa (y lo va a subrayar en la primera mitad del cap. 2) es: (A) «que oiga de vuestras cosas» (gr. ta perí humón), esto es, cómo marchan vuestros asuntos espirituales; (B) «(que sepa) que estáis firmes en un solo espíritu (el mismo talante cristiano en todos), con una sola alma (comp. con Hch. 4:32)—con el mismo aliento vital—, combatiendo juntamente por la fe (fe objetiva o “creencia”) del Evangelio» (lit.). Es, pues, una solemne exhortación a la unidad de talante, de impulso y de objetivo dentro de la comunidad eclesial.
3. Como bien observa Lenski, el participio de presente sunathloúntes, combatiendo juntamente, ha de leerse unido al «y no intimidados (también participio de presente) en nada» del versículo 28. El combate ha de ser conjunto y sin miedo; el verbo ptúro significa asustar especialmente a un animal. ¿Quién podía asustarles? Pablo menciona a los que están en contra (gr. antikeiménon) o adversarios. No sabemos quiénes eran estos adversarios, pues no hay en el Nuevo Testamento indicios de que, después de la estancia de Pablo y Silas en Filipos, sufriesen los fieles allí ninguna persecución. «Tal vez, alusión a las burlas que hacían los gentiles de la religión cristiana», dice A. Segovia.
4. Los versículos 28, 29 y 30 sólo adquieren su verdadero sentido en la Nueva Biblia Española y en la Biblia de las Buenas Nuevas, ya que ambas han captado bien todo el contexto de lucha de la porción. A la Nueva Biblia Española se le han escapado dos detalles textuales, por lo que ofrecemos la versión de las Buenas Nuevas (traduzco del inglés por no poseer la edición castellana):
«No tengáis miedo de vuestros enemigos; sed siempre valientes, y esto les demostrará que ellos van a perder y que vosotros vais a ganar, porque es Dios quien os da la victoria. Pues a vosotros se os ha concedido el privilegio de servir a Cristo, no sólo creyendo en Él, sino también padeciendo por Él.
Podéis ahora tomar parte conmigo en la batalla. Es la misma batalla que me visteis pelear en el pasado y, según oís, la que estoy peleando todavía». Si los versículos 28 y 29 se enmarcan en su contexto, tanto anterior como posterior, se percibirá bien el estupendo acierto de dicha versión, con lo que el sentido de toda la porción queda para los lectores clarísimo como el agua cristalina. El versículo 27 terminaba diciendo: «… combatiendo juntamente por la fe del Evangelio»; y el versículo 30 comienza así:
«sosteniendo el mismo combate …». Con esto, queda ya anticipada la correcta interpretación de dos detalles que necesitaban especial atención:
(A) Los vocablos griegos apoléias y soterías (v. 28) que, en su sentido general, significan respectivamente «perdición» y «salvación», han de ajustarse aquí al contexto en el sentido respectivo de
«pérdida» y «ganancia», como han visto bien la Nueva Biblia Española y la Biblia de las Buenas Nuevas. No se trata, pues, directamente de la condenación y de la salvación eternas, según interpretan los exegetas.
(B) Las frases literales «pues se os otorgó, en cuanto a estar por (gr. hupér) Cristo, no sólo el creer en Él, sino también el padecer por (gr. hupér) Él», parecen indicar a primera vista que, tanto la fe como el sufrimiento les es dado de fuera, no es algo que salga de ellos; pero si nos damos cuenta de que el que les otorga eso es Dios, se verá que el favor que Dios hace a los fieles de Filipos no es aquí el creer, como tampoco el padecer. Lo que Pablo quiere significar es que, en lo que respecta a estar del lado de Cristo, Dios les ha concedido el privilegio, no sólo de creer en Cristo, sino también de tener la oportunidad de padecer por Él. El «monergismo» calvinista está aquí fuera de lugar.
I. Insiste el apóstol en su exhortación a los filipenses a que mantengan la unidad de pareceres y sentimientos y, especialmente, a que sean humildes y generosos, a imitación del Señor Jesucristo (vv. 1– 11). II. También les exhorta a la diligencia en llevar una conducta digna de la profesión cristiana (vv. 12– 18). III. Termina el capítulo con una recomendación a favor de Timoteo y de Epafrodito, a quienes ha decidido enviar a Filipos (vv. 19–30).
Versículos 1–11
Esta sección comprende tres porciones estrechamente conectadas entre sí. En los versículo 1–4, el apóstol exhorta a los filipenses a mantener la unidad de pareceres y sentimientos, en humildad y movidos por el amor. En los versículos 5–8, les pone delante el ejemplo de Cristo con su humillación sin par. En los versículos 9–11, describe cómo Dios le exaltó hasta lo sumo tras haberse humillado Él hasta lo más bajo.
1. Después de exhortar a los filipenses a luchar valientemente frente a los de fuera (1:27–30), el apóstol pasa a exhortarles a que promuevan la unidad fraternal dentro de la congregación. Lo hace en forma de una especie de adjuración solemne en cuatro sentencias que muestran el gran interés de Pablo por el tema que lleva entre manos. Conviene leer estos versículos en la NVI, que dice así:
«Si tenéis algún estímulo por estar unidos a Cristo, si algún consuelo de su amor, si algún compañerismo con el Espíritu, si alguna ternura y compasión, entonces, completad mi gozo siendo de un mismo pensar, teniendo el mismo amor, siendo uno en espíritu y propósito. No hagáis nada por ambición egoísta o vanagloria, sino en humildad considerad a los demás como superiores a vosotros mismos.
Cada uno de vosotros debe velar, no sólo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás». Analicemos en detalle estos versículos:
(A) El apóstol no duda de que, en alguna medida, existen en los fieles de Filipos todas esas cosas que él menciona. Así lo da a entender la propia construcción griega que usa («ei tis») y que en otros lugares hemos visto como suposición de que, efectivamente, era un hecho lo que con ella se enunciaba, no como una duda. Dice Lenski: «Se supone que todas las condiciones sean realidades, porque de otra manera habrían de tener diferente forma en griego».
(B) Como el apóstol da por sentado que tales cualidades están presentes en la comunidad cristiana de Filipos, eso le da pie para insistir en la unidad eclesial, la cual, por lo que vemos en 4:2, no era perfecta.
«Completad, dice, mi gozo …» (v. 2). Parafrasea A. Segovia: «Ya estoy alegre por las buenas noticias de vosotros (cf. 1:4, 5); llenad ahora mi gozo». El apóstol espera que lo hagan de inmediato (gr. plerósate; el verbo está en imperativo de aoristo), como algo no sólo importante, sino también urgente. Les pide: (a) que sean de un mismo sentir (el mismo verbo del v. 5), esto es, que tengan unanimidad de pareceres y de sentimientos (mentalidad y sentimiento van incluidos en el verbo griego phronéte. (b) Esta unidad de pareceres y sentimientos aparece detallada como «un solo amor», esto es, un mismo objeto de interés, de preocupación amorosa; «una sola alma» (expresión no igual, pero parecida a la de Hch. 4:32), es decir, unánimes, vibrando juntos al son de unos mismos ideales e impulsados por las mismas motivaciones; «y con unidad de propósito» (el mismo verbo, pero en participio de presente—phronoúntes—, en el sentido específico de Colosenses 3:2 «poned la mira …»); «las mismas aspiraciones» (A. Segovia).
(C) En los versículos 3 y 4, propone las virtudes básicas que facilitan esa actitud cristiana de múltiple unanimidad; humildad (v. 3) y generosidad (v. 4). Contrapone a la humildad la rivalidad y la vanagloria; y a la generosidad, el mirar exclusivamente por lo de uno mismo (v. 21). Para entender bien, y aplicar correctamente en la práctica, lo que el apóstol entiende por humildad y generosidad, observemos de cerca las dos frases que las cualifican y especifican respectivamente:
(a) En cuanto la humildad, dice: «teniendo (consideración mezclada de estima,—el mismo verbo del v. 6—) cada uno a los demás como superiores a sí mismo» (lit.). Esto no va contra las normas que el mismo apóstol propone en Romanos 12:3 y 2 Corintios 10:12, 13. En Filipenses 2:3, no se trata de vencer el complejo de inferioridad ni el de superioridad, sino de prestar respeto, consideración y honor a los demás, sin requerir para nosotros ese honor, ese respeto y esa consideración. Cada uno, por gratitud a Dios y por responsabilidad en el desempeño de sus respectivas funciones, ha de ser consciente de sus propios dones y de la capacidad y facultades que Dios le ha otorgado; la humildad no está reñida con la verdad; pero aquí no se trata de eso.
(b) En cuanto a la generosidad, el apóstol no exige que cada uno no mire por sus propios intereses, sino que no mire únicamente por lo suyo propio, sino también por lo de los otros. Como único ejemplo en todo el Nuevo Testamento, el pronombre indefinido ékastos, cada uno, aparece aquí en plural en segundo miembro de la frase. Algunos MSS tardíos lo cambiaron por el singular. Algún copista lo enmendó, a fin de obtener la simetría con el primero.
2. Viene a continuación el ejemplo de la humildad y generosidad que nos dio el Señor Jesucristo (vv. 5–8). Ésta es una de las porciones más importantes doctrinalmente de todo el Nuevo Testamento. Vale la pena traducirla del original literalmente, antes de comentarla:
«Esto sentid (gr. phroneíte, presente continuativo) en (o entre) vosotros, lo cual también (hubo) en Cristo Jesús; el cual, existiendo (gr. hupárkhon, presente de participio) en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como cosa a la que aferrarse, sino que se vació (esto es, se anonadó) a sí mismo, tomando forma de esclavo, venido a ser (gr. guenómenos, aoristo, como en Gá. 4:4b—dos veces—) en semejanza de hombres (contraste con Gn. 1:26), y hallado en su porte exterior (gr. skhémati. Véase el verbo—compuesto—correspondiente en Ro. 12:2) como hombre, se abatió (se empequeñeció) a sí mismo, hecho obediente hasta (la) muerte; muerte, por cierto (gr. de; aquí, en sentido de énfasis), de cruz». Las especulaciones teológicas previas al estudio cuidadoso de este pasaje han hecho que la mayoría de los autores pierdan la perspectiva de las verdades bíblicas aquí implicadas.
(A) En primer lugar, ha de tenerse en cuenta que el apóstol no contrapone la naturaleza (phúsis) divina de Cristo, anterior a la encarnación (de la que no trata aquí), a la naturaleza humana que asumió en el tiempo, sino la forma de Dios a la forma de esclavo. La «forma» (gr. morphé) es algo que se deriva, de suyo (del interior), de la «naturaleza» (gr. phúsis), pero no se identifica con ella. Alguien puede despojarse de su «forma», pero no de su «naturaleza». ¿Cuál es esta «forma de Dios»? La majestad imponente, soberana, que de su infinita trascendencia divina emana. A esta «forma» gloriosa renunció el Señor de la gloria (1 Co. 2:8, comp. con Jn. 17:5). Bien mirado, no fue un «milagro» el que Jesucristo apareciese glorioso, durante unos pocos minutos, en su Transfiguración, sino el que apareciese sencillamente como un hombre que dice la verdad (Jn. 8:40), durante más de treinta años de su vida mortal, sin la majestad imponente del Dios del Sinaí.
(B) De esta «forma», de esta majestad imponente, es de lo que Cristo se despojó al tomar la «forma de esclavo»; del infinito de la majestad suprema, al cero de la ínfima servidumbre. No es la distancia entre Dios y el hombre lo que Pablo tiene aquí en mente, aun cuando esta distancia sea ya infinita, sino la distancia entre la majestad y la esclavitud sumisa, no impuesta, sino voluntariamente asumida. Téngase esto en cuenta, a fin de no perder la perspectiva de toda la porción.
(C) Dice el apóstol que Cristo tomó esta resolución «no teniendo el ser igual a Dios como algo a que aferrarse». Que el vocablo harpagmón (botín o presa) ha de tomarse en este sentido, no como «cosa robada o arrebatada», está claro por la conjunción adversativa fuerte (gr. allá) con que comienza el versículo 7, la cual estaría completamente fuera de lugar si se tradujese de ese otro modo. Ser igual a Dios (gr. to éinai ísa Theó) equivale literalmente a «ser las mismas cosas que Dios es», en consonancia con lo que el mismo Señor dijo en Juan 14:9: «el que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Dos consideraciones de enorme importancia, tanto doctrinal como práctica, se desprenden del versículo 6:
(a) Ése (Cristo) que, desde antes de la fundación del mundo (Jn. 17:5), existía en forma de Dios, con una gloria igual a la del Padre, es igual a Dios, al Padre. Esto ofrece una doble vertiente de gran relieve para lo devocional: Primero, en Jesucristo habita la plenitud de la Deidad (Col. 2:9): todo lo que hay en Dios, lo hay en Cristo. El trono es de Dios y del Cordero (Ap. 22:1). Jesucristo se merece el mismo amor, el mismo respeto, la misma obediencia que Dios. Segundo, en Dios no hay absolutamente nada que no esté en Cristo. Como escribe A. M. Ramsey, no hay en Dios ninguna cualidad «no-crística». Así que, al ver al Jesús humilde, tierno, amoroso, siempre «el hombre para los demás», estamos contemplando a Dios. EN NADA ES DIOS DE OTRA MANERA QUE JESUCRISTO.
(b) Al despojarse de su majestad divina, Cristo mostró que no tenía intención de aferrarse a su condición, única y exclusiva de Él, de ser igual a Dios en esa majestad infinita, inaccesible. Ahora bien, esto no puede menos de traernos a las mientes la conducta totalmente opuesta del más alto querubín y del primer ser humano, el Primer Adán. Si el personaje simbolizado por el rey de Tiro en Ezequiel 28 es Satanás, como opinan los mejores exegetas, su deseo de ser como Dios y escalar el trono de Dios (Ez. 28:2. Véase también Is. 14:13, para expresiones similares), está en total contraposición al sentir de Jesucristo. Lo mismo decimos de nuestros primeros padres, quienes sucumbieron a la tentación de Satanás de «ser como Dios» (Gn. 3:5), por su propio camino, contra la voluntad de Dios. Frente a estas actitudes de «rebeldía» orgullosa y autosuficiente, tenemos la actitud de «sumisión» absoluta, propia del esclavo, de Jesucristo, quien, siendo igual a Dios, se despoja del manto regio de la divina majestad para vestirse la librea del esclavo servidor (comp. con Jn. 13:3–17). Quien deja «la forma de Dios» y al vestirse «la forma de esclavo», le dice a su Dios y Padre: «Padre mío, yo no aspiro a escalar tu trono y ser el dominador del Universo, yo sólo quiero ser un esclavo tuyo. ¡Aquí me tienes para hacer tu voluntad! (He. 10:7). Quiero hacer, sólo y siempre, lo que te agrada (v. Jn. 8:29).» ¡Cómo disfrutaría el corazón del Padre, al ver que su Hijo Unigénito se ofrecía a desagraviarle de la rebeldía de Satanás y de Adán! El Postrer Adán iba a ser así «espíritu vivificante» para todos los que, por Él, se acercan a Dios, pues con su obediencia iba a rectificar lo que, con su desobediencia, había echado a perder el Primer Adán (Ro. 5:19).
(D) Por cierto, al tomar voluntariamente la «forma de esclavo», el Señor Jesucristo se vació de su majestad aterradora, pero no de su naturaleza divina; así lo insinúa ya (sin recurrir a la «analogía de la fe») la frase final del versículo 7: «venido a ser semejante a los hombres» (lit. en semejanza de hombres). El «venido a ser» (gr. guenómenos) es algo que contrasta con el hupárkhon («existiendo», condición estable) del versículo 6. «En semejanza de hombres» no significa que no llegase a ser hombre verdadero, pero sí da a entender una diferencia: «que Cristo no era puramente hombre» (A. Segovia). También en 8:3, dice que «Dios envió a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, para dar a entender que, aunque su carne era verdaderamente carne humana, tenía una diferencia: su naturaleza humana era sin pecado, aunque en su exterior parecía como los demás hombres, cuya naturaleza lleva dentro el pecado. Por una de las paradojas divinas, no era el Dios majestuoso, sino el Cristo hecho esclavo, el que había de destruir, por medio de la muerte, el poder del diablo» (He. 2:14b).
(E) La construcción gramatical sigue (v. 8) su curso minuciosamente ordenado en su avance, hasta el punto de que son muchos los autores que ven, en 2:5–11, vestigios de un himno que ya se cantaba en las iglesias en el tiempo en que Pablo escribe la Epístola, y que el apóstol incorpora aquí por ser una ocasión propicia para insertarlo. Lo cierto es que el «llegado (o venido) a ser en semejanza de hombres», con que termina el versículo 7, halla su explanación natural en el versículo 8, como se ve por la conjunción copulativa griega kai con que empieza este versículo: «y como fue hallado en su porte exterior como hombre, se abatió (lit. se empequeñeció) a sí mismo, hecho (de nuevo, guenómenos) obediente hasta la muerte; y, por cierto, muerte de cruz». Analicemos de cerca este versículo 8.
(a) «Y como fue hallado (o, al ser hallado) en su porte exterior como hombre …». La frase, en su misma construcción gramatical, muestra que el hecho mismo de presentarse en público como un hombre cualquiera ya era un despojo evidente de su gloria. Por lo que se veía al exterior, Jesucristo nació, creció, trabajó, comió y bebió, se fatigó, tuvo que dormir para reponer energías, etc., como cualquier otro ser humano. Compartió todas las debilidades humanas, excepto el pecado, que es el verdadero mal del hombre (Jn. 8:46; He. 4:15; 7:26).
(b) Pero no es en esto donde carga Pablo el abatimiento de Cristo, sino (consecuente con lo que ha dicho sobre «la forma de esclavo») en su obediencia total, de todo corazón, a la voluntad del Padre, aunque al Padre no se le mencione explícitamente aquí. Esta obediencia comportaba, y Jesús lo sabía muy bien desde su entrada en el mundo (He. 10:7), ir a la muerte por el áspero camino del Calvario (Jn. 10:18b). Dice Segovia: «La muerte en cruz, escandalosa y afrentosa para los judíos, suma necedad para los gentiles, es el ejemplo más sublime de renunciamiento y humildad, virtudes a las que exhorta Pablo como condiciones de la unión (cf. 2:3)».
(c) Por eso, se advierte un énfasis especial en la última frase del versículo 8: «muerte, por cierto, de cruz». Escribe Teodoro de Mopsuestia (350–428) acerca de este punto: «La muerte es humillación para Dios, no para el hombre; otra cosa es la muerte en cruz». Tanto es así que sólo con la ayuda de un extraordinario poder celestial (v. Lc. 22:43; He. 9:14), pudo Jesús vencer la repugnancia que la naturaleza humana tiene hacia una muerte tan cruel y dolorosa. Pensar que, por ser el Hijo de Dios, tal tormento fue más llevadero para Él que para otros hombres, es puro y grosero monofisismo. Precisamente por ser el Hijo de Dios, su psicología humana percibía mejor que la de cualquier otro ser humano la suma fealdad del pecado, la suma santidad de Dios, el sumo horror de verse cargado con el pecado de la humanidad al ser totalmente inocente y lo extremo de aquellos inimaginables tormentos de su agonía, de su proceso y de su crucifixión, sufridos en una naturaleza humana que, precisamente por ser sin pecado, era más sensible que ninguna otra a los estímulos físicos que producen el dolor. El que a tantos había curado, tenía poder más que suficiente para ahorrarse a sí mismo la muerte (Jn. 10:17, 18) y, puesto que había de morir en cruz, podía, al menos, haberse ahorrado el dolor, con mayor facilidad que los gurús hindúes que caminan impasibles sobre ascuas y aguantan, sin derramar una gota de sangre, el peso de media tonelada sobre una gran plancha recubierta de largos clavos que penetran hondamente en sus carnes; pero ¿cómo habría podido Jesús ofrecerse en sacrificio a Dios sin derramamiento de sangre? (He. 9:22). Lo sufrió todo, y lo sufrió sin impedir en lo mínimo los tremendos dolores, a fin de que su sacrificio fuese tan cruento como lo exigía la sustitución que llevaba a cabo por el pecado de nosotros, los miserables pecadores.
3. Si el abatimiento de sí mismo que Cristo aceptó voluntariamente y se impuso a sí mismo cordialmente fue tan absoluto que ya no cabía más (v. Ef. 4:9b: «a las partes más bajas de la tierra»), la exaltación que Dios le otorgó fue tan excelsa que tampoco cabía más (vv. 9–11).
(A) «Por lo cual también …» (v. 9), dice Pablo; es decir, por haberse abatido hasta obedecer … hasta la muerte … hasta la muerte de cruz, Dios le superexaltó (lit.) hasta el punto de partida: no sólo al de su igualdad con Dios, sino al de «la forma gloriosa de Dios», de la que voluntariamente se había despojado para tomar «la forma anonadante de esclavo». La idea del verbo griego huperúpsosen, como dice Lenski, «no es comparativa, sino superlativa»; es decir, no cabía mayor exaltación (comp. con Ef. 1:20–22).
(B) En esta exaltación va incluido lo que leemos en la segunda parte del mismo versículo: «Y le otorgó el nombre que (está) sobre todo nombre» (lit.). El artículo determinativo aparece en todos los MSS, por lo que es incorrecto silenciarlo como hace la RV anterior a la 1977. «El nombre» no puede ser más que uno. ¿A qué nombre se refiere Pablo? El contexto posterior da la respuesta. Ese nombre es el de Jesús (v. 10) en su pleno significado del hebreo Yeshúa: ¡Dios salva! Es cierto que este nombre le fue impuesto antes de ser concebido (Mt. 1:21; Lc. 1:31), pero sólo después de llevar a cabo la obra de la redención de la humanidad, obtuvo tal nombre su pleno sentido soteriológico.
(C) La mención del epíteto «Señor» (v. 11, comp. con Hch. 2:36; 1 Co. 12:3) ha hecho pensar a muchos exegetas que ése es el nombre (equivalente al hebreo Adonay) al que se refiere el apóstol. Sin embargo, hay dos razones, a mi juicio, para preferir el de «Jesús»: (a) Es el más próximo en el contexto posterior del versículo 9; (b) Cristo es manifestado como el «Señor», precisamente por haber actuado como «Jesús», no viceversa. En todo caso, nos basta con saber que, a causa de esa «superexaltación» que le ha otorgado el Padre, toda rodilla (v. 10) creada se ha de doblar delante de Él en señal de vasallaje (al final de los tiempos,—comp. con Ap. 5:12–14—), y toda lengua (v. 11) ha de confesar que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Esta sumisión universal tiene alcance escatológico (comp. con Sal. 2:12), pues ahora todavía no vemos que todas las cosas le estén sometidas (He. 2:8). Sólo los creyentes que, en virtud del Espíritu Santo, confiesan al Señor con todo denuedo (1 Co. 12:3), frente a toda clase de presiones procedentes del diablo, del mundo y de la carne, cumplen ahora ya con este merecido tributo de homenaje y pleitesía. Como siempre (comp. con 1 Co. 15:28), el fin último de todo es «la gloria de Dios Padre» (v. 11b).
Versículos 12–18
La presente porción, en evidente conexión con algo anterior, como lo muestra la conjunción consecutiva Hóste («así que», «de tal modo que»), plantea dos problemas sobre cuya solución no se ponen de acuerdo los exegetas: Primero, ¿dónde se halla la conexión indicada por la partícula mencionada? Opina Ryrie que «Pablo se vuelve ahora a las obligaciones que el ejemplo de Cristo impone a los cristianos filipenses». Pero es más probable que la conexión se halle en 1:27 (Lenski, Segovia).
Segundo, ¿cuál es el núcleo, el punto central, de la exhortación contenida en los versículos 12–18? Los títulos que los autores (y las versiones mismas) ponen como epígrafe de la porción, varían mucho.
Mientras A. Segovia ve aquí un «Nuevo llamamiento a la unión mutua», la Biblia de las Américas ve una «Exhortación a la obediencia»; la Ryrie Study Bible, el «Ejercicio de la humildad»; la Biblia de Jerusalén, «Trabajar en la salvación». A mi juicio, la idea nuclear se halla en el versículo 15, por lo que juzgo como más acertado el epígrafe de «Luminares en el mundo» (Reina-Valera) que, con ligeras variantes, aparece también en la NVI y en las Buenas Nuevas. Podemos subdividir la porción en tres secciones:
I. En la primera (vv. 12, 13), el apóstol pide a los filipenses que le obedezcan, como siempre lo han hecho, en un punto particular.
1. Dice (v. 12b): «Llevad a cabo continuamente (gr. katergázesthe, en presente de imperativo) vuestra propia salvación con temor y temblor». Es la cuarta y última vez que Pablo usa esa última expresión (v. el comentario a 1 Co. 2:3). Es, pues, algo en lo que se pide a los fieles de Filipos (y a todos nosotros) comportarse con sentido de respeto y de responsabilidad. Que no se trata de la «salvación eterna» (contra A. Segovia) es claro por dos detalles: (A) Es algo que los filipenses deben llevar a cabo, mientras que la salvación eterna no es por obras (Ef. 2:9); (B) es algo que debe llevarse a cabo continuamente, lo cual pugna también con lo que de la salvación eterna leemos, por ejemplo, en Ef. 2:8 (pretérito perfecto). Lenski (luterano) se equivoca miserablemente al pensar que se trata de conservar la salvación adquirida, al ser así que la preservación está en las mismas manos del que dio la salvación (comp. Jn. 10:28–30; Ro. 8:29–39; Fil. 1:6).
2. No queda, pues, otra alternativa sino la de que Pablo se refiere aquí a la salvación en su etapa progresiva o santificación personal, en la que sí hay cooperación por parte del hombre (comp. con 1 Co. 15:10). Si hay que llevarla a cabo con temor y temblor es por ser conscientes de nuestra propia debilidad, en virtud de la cual podemos caer (1 Co. 10:12), pero no perder la salvación adquirida, si es que somos genuinamente salvos. Lo que sí es cierto, y ha de preocupar a los creyentes carnales e indolentes, es que se puede perder la certeza subjetiva (aunque no la seguridad objetiva) de dicha salvación. De ahí la exhortación de Pedro (2 P. 1:10, 11) a consolidar nuestro llamamiento y nuestra elección, para obtener, no simplemente entrada, sino amplia entrada en el reino.
3. Esto mismo se pone de relieve en el versículo 13, estrechamente conectado con el versículo 12:
«Porque es Dios quien obra (el ya conocido verbo energuéin) en vosotros el desear y hacer lo que a Él le place» (NVI). Este versículo incluye una doble razón del «respeto y sentido de la responsabilidad» que hemos de ejercitar en la práctica de nuestra santificación: (A) El saber que estamos cooperando con Dios en una obra en la que Él lleva la iniciativa. (B) El saber, para consuelo nuestro, que, detrás de nuestro querer y hacer y sosteniendo nuestra debilidad, está Dios con su influjo eficaz (previo, simultáneo y consiguiente), pero de tal naturaleza que no fuerza nuestro albedrío ni nos exime de la responsabilidad personal.
II. En la segunda sección (vv. 14–16), Pablo les exhorta a vivir una vida santa, de forma que brillen como luminarias en un mundo que odia la luz.
1. La mejor versión del versículo 14 es: «Hacedlo todo sin refunfuñar ni poner objeciones». El griego parece dar a entender que se trata de quejas contra la providencia de Dios; y acerca de ello, Pablo les previene a fin de que no caigan en esta tentación. Lenski ha captado bien aquí el sentido (él traduce
«murmuraciones y razonamientos») al comentar: «En esta generación torcida y distorsionada los lectores de Pablo tendrán que padecer mucho. Han de continuar haciendo todo lo que es requerido para su salvación sin murmurar ni quejarse de lo que su bien hacer les granjee del mundo, y sin razonamientos errados en cuanto a por qué esta maldad del mundo viene sobre ellos, y de cómo al hacer menos que esto, podrían posiblemente escapar de esta maldad».
2. De esta forma, si se someten humilde y amorosamente a los designios de la providencia divina, sin quejas ni discusiones, se habrá conseguido gloria, luz, brillo, en tres direcciones:
(A) Será para gloria de Dios, pues, al ser irreprensibles (v. 15) y puros (lit. sin mezcla), se mostrarán como hijos de Dios, sin mancha (el mismo vocablo de Ef. 5:27), en medio de una generación torcida y perversa (lit. descarriada). Esta primera parte del versículo 15 ofrece una similaridad extraordinaria (con marcados contrastes) con Deuteronomio 32:5 (v. también Mt. 17:17 y Hch. 2:40), lugar que, a no dudar, tenía en mente el apóstol cuando escribía esto. La gloria que los filipenses habían de dar a Dios con una conducta santa contrasta así con el mal pago (Dt. 32:6) que los hijos de Israel daban a su Dios.
(B) Había de ser también para gloria de ellos mismos, por lo que continúa Pablo (vv. 15b, 16a): «en medio de los cuales (lit., eso es, los de la generación) resplandecéis como luminares en el mundo, manteniendo en alto la palabra de vida». El vocablo griego para «luminares» (phosterés) ocurre únicamente aquí y en Apocalipsis 21:11 (donde va ligado a «la gloria de Dios»). Una expresión semejante se halla en Daniel 12:3, según la versión de los LXX: «brillarán como luminares (gr. phosterés) del cielo». El parecido con Daniel 12:3 es tanto mayor cuanto que allí se habla de «los que enseñaron a muchos la justicia», y aquí dice Pablo «manteniendo en alto la palabra de vida». El verbo griego epékhontes (participio de presente) significa literalmente «presentando continuamente, firmemente asida», dicha palabra viva, y vivificante, del Evangelio. Como bien hacen notar Lenski y Segovia, no se trata de la obra misionera de la iglesia de Filipos, no se trata de predicar oralmente la Palabra, sino de «ofrecer a los demás la doctrina del Evangelio en toda su fuerza vivificante y luminosa» (Segovia), mediante la irradiación que tal Palabra lleva a cabo a través de una conducta irreprensible y pura.
(C) Finalmente, había de repercutir en gloria para el propio apóstol (v. 16b): «para que en el día de Cristo (v. el comentario a 1:6), yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano ni he trabajado en vano». La metáfora de «correr en vano» (comp. con Gá. 2:2; «a la ventura»,—1 Co. 9:26—) está tomada de las carreras atléticas. Lo de «trabajar con fatiga (el verbo es kopiáo) en vano» no entraña ninguna metáfora (comp. con 1 Co. 15:10, donde sale el mismo verbo, en el mismo tiempo, modo y persona). La gloria de Pablo consiste para él en que su esfuerzo en la proclamación del Evangelio no haya caído en el vacío, sino que haya obtenido el fruto apetecido en los oyentes. Eso será para él parte de la corona de justicia que le dará el Señor (Cristo, véase 2 Ti. 4:8).
III. En la tercera sección (vv. 17, 18), Pablo aprovecha la referencia que ha hecho a su propia persona, referencia únicamente hecha como estímulo para que los filipenses se comporten como fieles hijos de Dios, para aludir a su posible martirio en los mismos términos que en 2 Timoteo 4:6 (cuando el martirio se veía ya como cosa segura). Dicen así los versículos 17 y 18 en la NVI: «Pero aun si soy derramado como libación sobre el sacrificio y servicio (gr. leitourguía, servicio público religioso) de vuestra fe, estoy alegre y me regocijo con todos vosotros. Así también vosotros estad alegres y regocijaos conmigo». Acerca de esta referencia, dice Lenski: «… dejaría de ser Pablo si terminara con una referencia egocéntrica; terminará uniendo a los filipenses con él, no en tristeza, sino en el gozo más exaltado si, en verdad, todos sus trabajos han de ser coronados por el martirio». Para que el sentido de esta sección quede claro, hemos de responder a dos preguntas:
1. Los autores están de acuerdo en que el verbo griego spéndomai está en la voz pasiva, no en la voz media. Así aparece también en todas las versiones que poseo. Un detalle que no debe pasar desapercibido es que el verbo está en tiempo presente, lo que da cierta probabilidad a la opinión de J. M. González Ruiz de que Pablo se refiere a «toda clase de peripecias que forman la necrosis (cf. 2 Co. 4:10)». Sin embargo, la mayoría de los exegetas lo entienden del martirio propiamente dicho, con lo que el presente adquiere la forma de un futuro proléptico sin matiz estrictamente temporal. La pregunta, en cualquier caso, es la siguiente: Si Pablo es pasivo en este sacrificio de libación, ¿quién asume la función sacerdotal, activa, de derramar el sacrificio? La respuesta es muy sencilla, según lo vimos en el comentario a Hechos 2:23, compárese con Juan 10:18. Tampoco Jesucristo se mató a sí mismo para derramar su propia sangre. Fueron los verdugos («por manos de inicuos») quienes crucificaron al Señor, e hicieron así que saliera su sangre, pero fue Cristo mismo (nadie más, ni tampoco el Padre) quien se ofreció a sí mismo (Jn. 10:17, 18; He. 9:14; 10:12), se inmoló al aceptar voluntariamente el derramamiento de su sangre. De la misma manera, Pablo mismo, al aceptar de buena gana su martirio, es, a un mismo tiempo, el sacerdote y la víctima de la libación de su sangre.
2. Está claro, y no hay sobre esto desacuerdo entre los exegetas, que Pablo es el que hace la libación, pero ¿quién ofrece el sacrificio, en forma de servicio cultual, al que se refiere Pablo a continuación? De paso, quedará también aclarado el sentido de la fe de los filipenses: ¿se trata de la fe subjetiva, activa, de los fieles de Filipos, o de la fe objetiva, el contenido de la fe, según había sido predicado por Pablo? En respuesta a esta pregunta, Lenski defiende, con gran aparato de argumentación, la singular idea de que es Pablo mismo quien realiza también ese sacrificio sobre la fe objetiva que los filipenses habían recibido al convertirse. Sin embargo, la respuesta casi unánime de los exegetas es que Pablo se refiere aquí al holocausto que de su vida han de hacer todos los cristianos (v. Ro. 12:1), inspirado por la fe (no el contenido de la fe, sino la actitud de fe del cristiano). Dice A. Segovia: «Los fieles mismos son los oferentes de esta ofrenda espiritual, a la que Pablo, si llega el caso, está dispuesto a juntar, como complemento, la libación de su sangre». Con respecto a los casos señalados en la Ley, véase Números 15:10; 28:7. Con esta clase de respuesta, se entiende mejor la forma recíproca con que se expresa el apóstol en el versículo 18, como si dijese: «Ya que yo estoy alegre y me regocijo con vosotros, ofreciéndome a esa libación, también vosotros debéis estar alegres y regocijaros conmigo al ofrecer vuestro sacrificio».
Versículos 19–30
En esta última porción del capítulo 2, el apóstol hace una recomendación de Timoteo y Epafrodito a los fieles de Filipos, a fin de que los reciban con tanto mayor afecto cuanto que ambos tienen una limpia hoja de servicios al Señor, lo mismo que al propio Pablo.
1. Menciona primero a Timoteo (vv. 19–24), a quien espera en el Señor Jesús, esto es, según lo disponga el Señor en la coyuntura en que se halla el apóstol, enviarles pronto, no sólo para saber, por medio de él, noticias de ellos (v. 19b), sino también para que ellos sepan de Pablo (v. 23b), como lo insinúa eso de «tan pronto vea (yo) cómo van mis asuntos». Los puntos en los que apoya Pablo la recomendación de Timoteo son los siguientes:
(A) «A ninguno tengo del mismo estado de ánimo» (v. 20). El griego isópsukhon significa literalmente «de igual alma», es decir, de iguales sentimientos, de igual disposición de ánimo, de igual mentalidad, que Timoteo. Dice Lenski: «Si Pablo tuviera un sustituto igual a Timoteo, habría planeado enviar a aquél, reteniendo a Timoteo a su lado».
(B) «Y que tan genuinamente (gr. gnesíos, con una nobleza como congénita, de nacimiento) se interese por vosotros». Ésta era una cualidad cristiana y, por cierto, rara aun en aquellos primeros años de la Iglesia, por lo que, con indudable tristeza, apostilla Pablo a continuación (v. 21): «Porque todos buscan lo suyo propio (comp. con v. 4; 1 Co. 10:24), no lo que es de Cristo Jesús». Comenta Médebielle «Lamenta (Pablo) no encontrar en los demás suficiente amor a Cristo para emprender, en favor de los filipenses, un largo y penoso viaje, cuyas fatigas habían tal vez ocasionado la enfermedad mortal de Epafrodito».
(C) «Pero ya conocéis, continúa el apóstol (v. 22), sus bien probadas cualidades (gr. dokimén autoú, lit. su prueba)». «Dokimé es la palabra usada para probar los metales y las monedas, y es igual al verbo que tantas veces se halla en los escritos de Pablo. Los filipenses no sólo saben esto, sino que lo saben de una forma personal y experimental (guinóskete); en tres ocasiones ha estado Timoteo con ellos (Hch. 16:13; 19:22; 20:3, etc.)» (Lenski).
(D) Entre las bien probadas cualidades de Timoteo, singulariza Pablo el que (v. 22b) «como un hijo a su padre ha servido conmigo en la obra del Evangelio». No se puede negar que la construcción gramatical del versículo, en el original, resulta un poco extraña. Si tenemos en cuenta (a) que edoúleuse es un aoristo ingresivo (se puso a servir como esclavo) y (b) que, muy probablemente, hay una elipsis delante de «a su padre», donde habría de suplirse la preposición griega sun (con, en sentido de unión, no de compañía), la mejor versión de este versículo es la que ofrece la Nueva Biblia Española: «De Timoteo, en cambio (gr. de), conocéis la calidad, pues se puso conmigo al servicio del Evangelio como un hijo con su padre». Todos los matices indicados quedan así perfectamente marcados.
(E) Pablo termina esta sección acerca de Timoteo, y dice (vv. 23, 24) que les enviará a Timoteo, tan pronto como vea con claridad (gr. aphído) en qué para la situación en que se halla de momento; y, en la confianza de que saldrá absuelto en esta primera presentación ante el César, confía o, mejor, está persuadido (gr. pépoitha, el tan conocido verbo) de que él mismo podrá girarles una visita personalmente. Como ya vimos en la frase que encabeza el versículo 19, también la del versículo 24 («y confío en el Señor», comp. con 1:25) da a entender que su confianza se somete a lo que la divina providencia tenga a bien disponer acerca de él.
2. Pasa luego a mencionar y recomendar a Epafrodito, por medio de quien les va a enviar la Epístola, como ya insinúa el aoristo «tuve por (el mismo verbo del v. 5) necesario», pues, aun cuando lo piensa en el momento en que está escribiendo, será ya tiempo pasado cuando la Carta sea leída a los destinatarios. Vuelve a mencionar a Epafrodito en 4:18. Ahora (vv. 25–30) hace de él la recomendación siguiente:
(A) Lo llama primero (v. 25b) «mi hermano (en la fe cristiana), y colaborador (gr. sunergón, como en 1 Co. 3:9), y compañero de milicia», como suele llamar Pablo metafóricamente a quienes se aprestan a luchar por la extensión del Evangelio. Es una metáfora que Pablo ha usado repetidamente en 1:27–30
(B) A continuación dice de él (v. 25c): «el cual es también enviado (gr. apóstolon) vuestro y servidor (gr. leitourgón, ministrador, como en un servicio religioso) de mi necesidad» (lit.). Dice Staab: «Con esta expresión sacra, quiere indicar que en el donativo, más que una ayuda a su persona, ve Pablo un obsequio ofrecido a Dios», esto es, a Pablo por amor de Dios y por considerarle como a especial siervo de Dios. Contra la opinión de Lenski, me parece lo más probable, con Segovia, que la última frase significa:
«encargado oficialmente por vosotros de traerme vuestra limosna para aliviar mi necesidad» (nótese la similaridad con los conceptos expresados en 4:18).
(C) Todo lo que sigue (vv. 26–30) es un elogio especial de Epafrodito por la forma en que se había comportado recientemente (v. 30): «que, a causa de la obra de Cristo (esto es, por colaborar en la obra de dar a conocer a Cristo), casi se acercó a la muerte, tras de arriesgar la vida a fin de compensar (o suplir) vuestra carencia del servicio (gr. leitourguías) que dice relación a mí» (lit.). El sentido que mejor expresa la fuerza del original es, a mi juicio, el que ofrece la Nueva Biblia Española: «que por la causa de Cristo ha estado a punto de morir, exponiendo su vida para prestarme en lugar vuestro el servicio que vosotros no podíais».
Antes de pasar adelante, queremos únicamente llamar la atención acerca de dos vocablos que tienen un matiz especial en la pluma de Pablo: para «arriesgando» (lit. tras de arriesgar; o tras de exponer) usa el participio de aoristo de un verbo (paraboleúomai) que no se halla en los clásicos y, como dice Lenski, es una «rarísima palabra». El verbo es, en realidad, una intencionada variante del verbo parabállo,
«arrojar a un lado», lo que nos da el concepto muy expresivo de «jugar con la vida, como echándola a la cuneta, considerándola de poca importancia en relación con algo mucho más relevante». Así lo da a entender el dativo instrumental te psukhé, «con la vida». La otra expresión digna de notarse es to hustérema, «aquello en que uno se queda atrás» (Lenski). De esta manera Pablo expresa la ausencia de los filipenses en el servicio prestado a Pablo; pero esta ausencia, este echarles en falta, era algo meramente físico, a causa de la distancia, pues había sido suplida (gr. anapleróse, donde el prefijo aná tiene el sentido de suplir, completar, devolver, etc.) por la presencia de Epafrodito, quien, como comisionado de la iglesia (v. 25c), había presentado a Pablo el donativo de parte de todos los miembros de la congregación. Veamos ahora:
(a) Cómo expuso Epafrodito su vida. El texto sólo dice (v. 27a) que «estuvo enfermo, al borde de la muerte». ¿Le sentó mal el largo viaje? ¿Contrajo alguna enfermedad a bordo, o en Roma? ¿Fue «por exceso de trabajo», como apunta Ryrie?
(b) Cuál era la disposición de ánimo de Epafrodito al recobrarse de su enfermedad. Pablo no menciona ningún milagro en la recuperación rápida de Epafrodito, tras de estar al borde del sepulcro, pero no cabe duda de que se elevaron muchas y fervientes oraciones a favor de él, como lo da a entender Pablo (v. 27b): «pero Dios tuvo misericordia de él, y no solamente de él, sino también de mí, para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza, esto es, tristeza por la muerte, añadida a la tristeza ya existente por su enfermedad». No cabe duda de que Epafrodito estaba sumamente agradecido a Dios, y a los hermanos que por él habrían orado con fervor e insistencia; pero con un temple parecido al del apóstol y al de Timoteo, el sentimiento que en él predominaba era altruista (v. 26): «tenía gran deseo de veros (lit. Os deseaba con gran nostalgia, conforme lo da a entender el imperfecto perifrástico epipothón en: estaba echando muchísimo de menos), y gravemente se angustió porque habíais oído que había enfermado».
(c) Por aquí vemos también la disposición de ánimo de los fieles de Filipos, donde Epafrodito era, a no dudar, uno de los líderes. Se hallaban gravemente entristecidos, como insinúan los versículos 26, 28 y
29. ¿Y cómo se habían enterado de la grave enfermedad de Epafrodito los fieles de Filipos? «La más simple respuesta, dice Lenski, es la de que Epafrodito no había sido enviado solo, sino acompañado por unos cuantos más. Estos compañeros regresaron después de descansar en Roma. Epafrodito se enfermó antes de que ellos salieran de regreso. Así los filipenses “oyeron” esto, y Epafrodito y Pablo sabían que lo habían oído». Acerca de esto último, de que Epafrodito y Pablo sabían que lo habían oído, me permito opinar que «lo suponían de cierto», seguros de que los otros comisionados habían sido fieles en la transmisión de la noticia, pues es muy poco probable que algunos de ellos emprendiesen de nuevo un largo viaje, únicamente para decirles a Pablo y a Epafrodito que los demás miembros de la iglesia de Filipos estaban enterados de la enfermedad y angustiados por no saber el resultado.
(d) Cuál es la disposición de ánimo de Pablo. Como podía esperarse de su grandeza de alma y corazón, junto a la gratitud hacia Dios por la recuperación del hermano enfermo hasta el borde de la muerte, está su solicitud (v. 28) en enviarle, a fin de que le reciban con el mismo gozo (v. 29) que él mismo rebosa (vv. 27, 28).
(e) Queda una pregunta: ¿A qué se debe esa insistencia del apóstol para que los filipenses, no sólo se gocen con la presencia de Epafrodito que, al fin y al cabo, era bien conocido de ellos, sino también lo reciban en el Señor, como conviene a un buen hermano en la fe de Cristo? Dice A. Segovia: «A más de uno le resulta chocante la insistencia de Pablo en que Epafrodito tenga buena acogida entre los filipenses, así como el empeño en motivar tan rápido regreso; quizá pretende el apóstol alejar de los fieles cualquier posible sospecha de que el enviado de éstos no había cumplido fielmente su cometido». Esta explicación se ve confirmada por la insinuación con que comienza el versículo 27: «Porque de cierto …» (gr. kai gar), que el mismo A. Segovia parafrasea: «Y lo que oísteis no era un rumor sin fundamento, porque de hecho cayó enfermo, y de gravedad».
En este capítulo, I. Pablo amonesta a los fieles de Filipos contra los judaizantes (vv. 1–4). II. Presenta su propio ejemplo (vv. 5–14) y, III. exhorta a todos a imitarle (vv. 15–21).
Versículos 1–4
Ese «Por lo demás», con que Pablo comienza esta porción, ha hecho pensar a algunos que el apóstol pensaba cerrar aquí su Epístola, pero le vinieron a la mente algunos otros pensamientos y, por eso, continuó. La misma expresión se halla en 4:8 y, tanto en un lugar como en el otro, no tiene el significado de casi «una posdata», sino como fórmula de introducción a un nuevo tema.
1. Empieza el capítulo con la ya frecuente exhortación al gozo. Y, como excusándose de dirigir con insistencia las mismas exhortaciones, añade (v. 1b): «A mí no me es molesto el escribiros las mismas cosas, y para vosotros es salvaguardia». Es muy improbable la opinión de Lenski, de que «“Las mismas cosas” se refiere al capítulo 1:27–30». Segovia habla de «posible alusión a una carta perdida, sobre el tema de los judaizantes». «Policarpo alude a varias epístolas paulinas a estos fieles de Filipos.» Ryrie, por su parte, opina que se refiere (vv. 2, 3) a «una lección básica que Pablo, como maestro de ellos, había repetido, sin duda, muchas veces cuando estaba con ellos». Sin embargo, Lightfoot hace notar que «la palabra escribiros parece insinuar una previa comunicación escrita»; por lo que merece crédito el testimonio de Policarpo, quien escribía a primeros del siglo II, muy poco después de la muerte del apóstol Juan, en carta a los fieles de Filipos, capítulo 3, párrafo 2: «Porque ni yo ni otro alguno semejante a mí puede competir con la sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo, quien, al morar entre vosotros, a presencia de los hombres de entonces, enseñó puntual y firmemente la Palabra de la verdad; y ausente luego, os escribió cartas (nótese el plural), con cuya lectura, si sabéis ahondar en ellas, podréis edificaros en orden a la fe que os ha sido dada».
2. Del peligro que los judaizantes constituían para las comunidades cristianas, es un testimonio fehaciente la forma dura y acerada con que los califica, con tres epítetos deshonrosos, precedidos respectivamente de ese blépete, presente de imperativo del verbo blépein, mirar u observar, pero con el matiz de «velar diligentemente para guardarse de algo». Llama a los judaizantes: «perros», epíteto judío para designar a los gentiles, con lo que el apóstol devuelve a los judaizantes el epíteto deshonroso, metáfora para designar precisamente a «los inicuos», a los «sin Ley», ¡ellos que tanto se aferraban a la Ley, como para querer imponerla a todos los gentiles! También les llama «malos obreros», no porque trabajaran poco, sino porque trabajaban para el mal. El tercer epíteto que les dirige es «la mutilación» (lit.). Como el término griego para circuncisión es peritomé (corte en derredor), Pablo juega con la palabra cambiándola en katatomé (corte total). Recuérdese lo que dice en Gálatas 5:12: «¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!», refiriéndose a estos mismos judaizantes.
3. Al abundar en la idea que ya había expresado en Romanos 2:29; 9:6 y Gálatas 6:15, Pablo dice a continuación (v. 3): «Porque nosotros somos la circuncisión (la interior del corazón, no la de la carne), los que adoramos en el Espíritu de Dios (v. Ro. 12:1, donde sale el sustantivo—adoración—, de la misma raíz que el verbo de aquí) y nos gloriamos en Cristo Jesús (comp. con 1 Co. 1:31 y Jer. 9:24) y no hemos puesto nuestra confianza en la carne» (lit.). Dice Segovia: «nosotros aplicamos a Cristo el mandato de gloriarse en Jehová». Con esto da a entender Pablo que todo nuestro culto a Dios está inspirado por el Espíritu Santo, no por normas que tengan que ver con ritos exteriores; y que hemos puesto en Cristo, en la Obra de la Cruz, no en un corte hecho en el cuerpo, toda nuestra confianza (el verbo está en pretérito perfecto, decisión antigua, con efecto continuo) en orden a la eterna salvación y a la santificación progresiva en esta vida. De todo esto, nada parecen saber (o no quieren saber) los «perros», los «malos obreros», los de «la mutilación», del versículo 2.
4. Para que los judaizantes no puedan decir que el apóstol está despreciando e insultando lo que no conoce ni tiene, añade de inmediato (v. 4): «aunque yo tengo motivos (mejor, datos personales) para confiar también en la carne. Si algún otro cree poder confiar en la carne, yo más» (Biblia de Jerusalén). Como dirá después (vv. 7, 8), todo lo que antes de su conversión era para él motivo de legítimo orgullo, ahora lo tenía por pérdida y aun como basura, en comparación con el conocimiento que había recibido del Señor Jesucristo; pero incluso desde el punto de vista de los judaizantes, «incluso en la carne» (ése es el sentido del original), tendría Pablo de qué gloriarse más que ninguno de todos ellos. A continuación (vv. 5 y ss.) va a exponer en detalle los datos personales en los que podría confiar más que ninguno de sus oponentes, por lo que este versículo 4 sirve de puente entre la sección anterior y la que sigue.
Versículos 5–14
En esta sección, el apóstol comienza y dice cuáles son los puntos en los que podría gloriarse más que ninguno de los judaizantes; expresa después su desprecio de todas esas cosas, y concluye al declarar cuál es su verdadera ambición como cristiano.
1. ¿Quién puede exhibir mayores y mejores títulos que Pablo para gloriarse en la carne? (vv. 5 y 6):
(A) «Circuncidado al octavo día» (lit. En cuanto a la circuncisión, nacido de ocho días), según mandaba la Ley, ya desde Génesis 17:12. No tuvo que esperar como los prosélitos. Dice Lenski: «Se pone primero la circuncisión, porque ella era el asunto principal por el cual luchaban los judaizantes». (B) «Del linaje de Israel» (como si dijese: «No soy griego de raza, ni siquiera idumeo, sino del Pueblo escogido por Jehová»). (C) «De la tribu de Benjamín». Éste es un dato muy notable: La tribu de Benjamín estaba unida a la de Judá y, por eso, era parte de la raza judía «pura» (comp. con Jn. 8:41b. Véase el comentario a dicho lugar) que no había perdido su identidad después de la deportación; no era un residuo de las diez tribus del norte. Su padre le había puesto por nombre precisamente el del primer rey de Israel, de la tribu de Benjamín como él. (D) «Hebreo de hebreos», esto es, judío por parte de padre y madre. (E) «En cuanto a la ley, esto es, por lo que respecta a la observancia de la Ley, fariseo», «la secta judía más estricta que abogaba por la más completa observancia de la Ley (Hechos 26:5) y era reverenciado como tal por todos los judíos» (Lenski). (F) «En cuanto al celo» (v. 6), si se le medía por el fervor con que se adhería a la Ley y la defendía contra toda intrusión «heterodoxa» (comp. con Gá. 1:14), ¿quién podía igualarse a él, pues, llevado de ese celo, había perseguido sañudamente a la iglesia, a aquel grupo
«innovador» de seguidores de un supuesto malhechor, maldito según expresa mención de la misma Ley (Dt. 21:23; Gá. 3:13)? (G) Finalmente (y van siete, número de perfección), «en cuanto a justicia, la que (proviene de la observancia) de la ley, irreprensible» (el mismo vocablo de 2:15).
Nótense, acerca de este último, y más importante, punto los siguientes detalles: (a) Pablo no tiene por «justificante» la justicia de la Ley (v. 9, comp. con Gá. 2:16; 3:11); (b) el original no dice «la justicia que es (o hay) en la ley», sino «la justicia que es de (gr. ek, que proviene de) la ley». (c) Pablo no dice que, en cuanto a esa justicia, él era inculpable, sin pecado ante Dios, sino irreprensible, irreprochable ante los hombres, quienes pueden observar el cumplimiento exterior de la ley, pero no pueden ver el corazón donde se fragua el pecado.
2. A continuación (vv. 7, 8), el apóstol pasa a declarar el poco aprecio que ahora le merecen esos siete puntos en los que podía gloriarse según la carne y aun como sincero, aunque equivocado, adorador del Dios verdadero (comp. con Ro. 10:2): «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo». Examinemos de cerca lo que aquí expresa el apóstol:
(A) Dice que todas esas cosas, las que ha enumerado en los versículos 5 y 6, eran, antes de ser ganado por Cristo, ganancia; así las consideraba él antes; así las consideraban aún los judaizantes. Ahora ya no son tenidas por Pablo como ganancia, sino como pérdida (gr. zemían, perjuicio); es decir, no las considera cosa indiferente, sino perjudicial. Como dice Heinzelmann: «Al usar de una imagen popular entre los rabinos, afirma Pablo que cuanto antes constaba en la columna de las ganancias, ahora lo transfiere a la de sus pérdidas».
(B) Más aún, la pérdida de todas esas cosas se ha convertido para él en ganancia superabundante. Antes (Gá. 1:14), se abría paso por delante (lit.) de sus contemporáneos en el judaísmo; les llevaba la misma ventaja que un pionero a sus seguidores; ahora, no va por delante, sino por encima, a causa de lo eminente (lit. gr. dia ton huperékhon), esto es, lo que sobrepasa de forma insuperable a todo lo que pueda ser tenido alguna vez por ganancia.
(C) Las cosas en las que antes se gloriaba las estima, no sólo como pérdida ante lo insuperable del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor (no falta ningún título en esta ardiente confesión del apóstol), sino como algo que, por amor a Cristo, ha de abandonarse, y por eso lo ha perdido Pablo, lo ha puesto en la cuenta de las pérdidas y lejos de sí, pues lo tiene por basura (gr. skúbala, desperdicios podridos o excrementos), maloliente y contaminadora.
3. En los versículos 8c–14, Pablo expresa la gran ambición que en él ha producido lo insuperable del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor. Dice así en la NVI: «para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia que procede de la Ley, sino la que viene por fe en Cristo, la justicia que viene de Dios y es por la fe. Quiero conocer a Cristo y el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos, llegando a ser semejante a Él en su muerte y, así, de alguna forma, alcanzar la resurrección de los muertos. No es que haya alcanzado ya todo esto, o que haya alcanzado la perfección, pero voy corriendo tras ella, por si logro alcanzar aquello para lo cual me alcanzó Cristo Jesús. Hermanos, no considero que yo mismo lo haya alcanzado. Pero hago una cosa: olvidando lo que ya queda atrás y lanzándome a lo que está delante, voy corriendo hacia la meta, para ganar el premio para el que Dios me ha llamado al cielo en Cristo Jesús». La porción encierra gran cantidad de importante enseñanza, doctrinas y práctica y, en una primera lectura, no carece de dificultades; por ello, merece un cuidadoso análisis.
(A) Pablo comienza diciendo que ha dado completamente de lado, como algo perjudicial, maloliente y contaminador, a todo lo que antes suponía para él ganancia y ventaja. Lo ha hecho para ganar a Cristo (aoristo de subjuntivo, no futuro de indicativo como piensa Segovia). Ésta frase nos da la clave para todo lo que sigue.
(a) «Ganar a Cristo» no significa aquí simplemente «tener a Cristo», ya que todo creyente lo tiene desde el momento en que lo recibe como Salvador, sino apropiarse a Cristo, hacerse del todo con Él y (v. 9) ser hallado en Él, como en el elemento en que vive y se mueve, hasta el punto de que no se pueda hallar a Pablo en ningún otro lugar sino en Cristo (en sentido espiritual, no en sentido físico espacial). Esta vivencia no se obtiene de una vez por todas, como ocurre en la justificación, sino que requiere una carrera, un progreso continuo hacia la meta (v. 13), olvidando lo que queda atrás (no lo del judaísmo, pues eso estaba fuera de camino), el trecho recorrido desde la infancia en la fe cristiana, y extendiéndome a lo que está delante. El verbo griego expresa gráficamente la forma en que los atletas se extendían, como en violento escorzo, lanzándose de cabeza, hacia la meta de la carrera.
(b) Como esta carrera, el progreso en la santificación, hasta llegar a la completa semejanza con Cristo (1:21, comp. con 1 Jn. 3:2b), no llega a su culminación sino después de la muerte, Pablo anhela experimentar el poder de la resurrección de Cristo (v. 10), Al saber que esto comporta la participación en los sufrimientos de Cristo (comp. con Hch. 9:16; Ro. 8:17) y ser hecho semejante a su muerte (comp. con Ro. 6:5; Gá. 6:17). Al escribir esta Epístola, ya admitía con gozo y regocijo (2:17) la posibilidad, después (2 Ti. 4:6) seguridad, de ser derramado en libación.
(c) Que la culminación de esta carrera sólo se obtiene en el día de la resurrección, lo enfatiza de forma singular el apóstol en el versículo 11: «por si llego a la resurrección, la de entre los muertos» (lit.). Varias cosas son de notar aquí:
Primera, el verbo llegar es, en griego, el mismo de Efesios 4:13, por lo que indica, también aquí, la
«estación de término».
Segunda, el vocablo para resurrección es único en todo el Nuevo Testamento. Lleva dos prefijos: ex y aná, como si Pablo desease poner de relieve el gran anhelo que tenía de llegar a la resurrección.
Tercera, «… la resurrección, la de entre los muertos» (lit.) no es una redundancia, pues el griego del Nuevo Testamento distingue entre anástasis nekrón, resurrección de los muertos en general, y anástasis ek nekrón, resurrección de entre los muertos, expresión que sólo se aplica a los creyentes, como para representar gráficamente que salen gloriosos de sus sepulcros, al dejar atrás a los que murieron en su impenitencia e incredulidad.
Cuarta, lo de «por si llego» (lit. si como llegue) no significa que Pablo dude si llegará, pues eso equivaldría a dudar de su salvación. Se equivoca Knabenbauer, citado por Segovia, cuando escribe: «Esta expresión, más bien humilde que dubitativa, no sólo insinúa la dificultad de alcanzar la bienaventuranza, sino que excluye la certeza de obtener la salvación». No hay tal cosa. Pablo no duda de que llegará a la meta; lo único que aquí le preocupa es hallar el modo; o siguiendo con la misma metáfora de la carrera, dar con el estilo atlético más puro, rápido y elegante, de alcanzar el primer premio, la corona de laurel, al llegar a la meta.
(d) Nótese el delicioso retruécano que se percibe en el versículo 12b: «pero voy corriendo tras ella (lit. voy persiguiendo), por si logro ALCANZAR AQUELLO PARA LO CUAL ME ALCANZÓ Cristo Jesús» (NVI). El verbo griego katalambáno tiene aquí el matiz de «agarrar» o «asir» el premio que se obtiene en la meta. Así que Pablo da a entender aquí lo siguiente: «En el camino de Damasco, yo fui agarrado, prendido, cazado, por Cristo; ahora, yo quiero prenderle a Él, asirme de Él, hacerme enteramente con Él, pues para eso me alcanzó y me asió Él». En el momento de su conversión (esto tiene aplicación a cada uno de los creyentes), Cristo tomó posesión de Pablo, mientras Pablo obtenía su posición en Cristo; pero cuando el apóstol acabe la carrera que aquí menciona, se cambiarán los papeles: Pablo habrá tomado posesión de Cristo, mientras que será perfecta la posición de Cristo en Pablo. En esta vida, Pablo siempre va persiguiendo a Cristo: doce veces se le menciona en el Nuevo Testamento persiguiendo a Cristo para destruir el cristianismo; pero ahora persigue a Cristo ¡para identificarse con Él!
(B) El apóstol deja bien claro que no ha conseguido todavía su objetivo, que no ha llegado aún a la meta: «no es que haya alcanzado ya todo esto, dice (v. 12a), o que esté ya perfeccionado» (lit. consumado, pues es el mismo verbo, y también en perfecto, de Jn. 19:30). Pablo, pues, no se refiere aquí a la madurez espiritual, ya que ésta la afirma en el versículo 15, sino a la perfección final, que sólo puede conseguirse en la resurrección. Para que a nadie le quede duda de que no se tiene a sí mismo como consumado en la perfección, repite (v. 13): «Hermanos, yo no me hago la cuenta de haberlo alcanzado yo mismo» (lit.). Comenta Lenski: «“Hermanos” suena como si el apóstol quisiera dar a entender: “Por favor, hermanos, no penséis de mí que yo tenga tan alta opinión de mí mismo”».
(C) El versículo 14 dice literalmente: «En dirección a la meta, prosigo para (obtener) el premio (gr. brabéion, el mismo vocablo de 1 Co. 9:24) del llamamiento celestial (lit. de arriba) de Dios en Cristo Jesús». El llamamiento que Pablo como todo creyente (v. Ro. 8:28, 30), había recibido, era de arriba, celeste, más bien por el estado celestial al que somos llamados (v. por ej. Ef. 1:3, 20; 2:6) que por el lugar de donde procede el llamamiento, pues eso ya está claro al decir que viene de Dios. Este llamamiento es en Cristo Jesús, porque en Él fuimos escogidos (Ef. 1:4) y en Él se apoya toda nuestra vida espiritual de punta a cabo. Dice Lenski: «El excelso llamamiento del verdadero cristiano viene a él “en relación con Cristo Jesús”, y por esta causa es completamente opuesto a todos los esquemas judíos y judaizantes basados sobre la ley y las obras. Nuestro llamamiento se une a Aquel que murió y resucitó, a Aquel que es la fuente de la gracia evangélica, lo opuesto a las obras y la ley».
Versículos 15–21
Del informe que acaba de dar de sí mismo, el apóstol pasa ahora a exhortar a los filipenses (y a todos nosotros) «a imitarle en el modo de enfocar el ideal cristiano, expuesto en los versículos 13, 14» (Segovia).
1. «Así que, dice (v. 15), todos los que somos perfectos, es decir, espiritualmente maduros, adultos, a diferencia de los que no han pasado de las primeras nociones de la fe, esto mismo sintamos (el mismo verbo de 2:5, etc.), tomemos esta actitud, sigamos esta misma pauta. Añade: «y si en algo sentís de modo diferente, también esto os lo revelará Dios». ¿Qué quiere decir con esto? ¿Hay otras alternativas laudables? Opina A. Segovia que está hablando con «fina ironía», como si Pablo se dirigiese a los que no piensan como él y les dijese: «si alguno, adicto todavía en parte a criterios mundanos, juzga no ser necesarios tantos esfuerzos, o cree que mi juicio sobre los judaizantes es demasiado fuerte, espero que Dios le ilumine para que sienta como yo». En mi opinión, no existe tal ironía, sino que el apóstol no quiere imponer su punto de vista en detalles de importancia secundaria, sobre los que cualquier otra persona, también enseñada por Dios (Jn. 6:45; Ef. 1:17), podría discrepar de él. Dice Lenski: «Pablo dice que así (por el Espíritu que obra por medio de la palabra de la Escritura,—el Antiguo Testamento en este caso) Dios iluminará a los filipenses aun sobre cualquier punto de menor importancia en que discrepen todavía, y que no esté muy claro tanto por su significado como por su valor para ellos».
2. La forma en que habla a continuación (v. 16) excluye también la posibilidad de que, en el versículo 15b, se pueda suponer ironía por parte del apóstol. Dice: «Sin embargo, en aquello a que hayamos llegado, avancemos (el mismo verbo de Gá. 5:25; 6:16) por lo mismo» (lit., según la versión más probable, y en conformidad con los mejores MSS). Si los filipenses avanzaban unidos, «firmes en todo lo que por la gracia y la revelación de Dios habían hasta ahora obtenido, por este mismo medio obtendrían también una misma mente en asuntos pequeños sobre los cuales todavía pudieran discrepar … El esfuerzo de Pablo tiende hacia la formación de un completo frente unido contra los partidarios del error de su época» (Lenski).
3. En esta misma línea, el apóstol exhorta de nuevo (vv. 17–21) a los filipenses a comportarse como lo hacen Pablo y sus colaboradores, en lugar de imitar a quienes sólo piensan en lo terrenal, puesto que nuestra verdadera y eterna ciudadanía es celestial, y de los cielos esperamos al Señor para que nos haga como Él y nos lleve al lugar donde Él está.
(A) «Hermanos, dice (v. 17), haceos imitadores míos conjuntamente y observad a los que así caminan (se comportan), como nos tenéis a nosotros por modelo» (lit.). Aunque el texto está suficientemente claro, resultará instructivo el análisis de tres vocablos griegos: (a) El término summimetái, imitadores conjuntamente, es compuesto de mimetés, imitador, usado por Aristóteles para describir al actor que sabía representar bien en escena a diversos personajes. De ahí procede el castellano «mímica». El gesto y el porte de una persona hablan más alto y más claro que todas las palabras, pues penetran directamente en otras personas sin tener que ser traducidos mediante el diccionario de los propios conceptos. Por eso, no dice Pablo «escuchadme», sino «imitadme». (b) Para «observad» tenemos aquí el verbo skopéo, de donde procede epískopos, el que observa desde una posición superior, el «supervisor». (c) Por «modelo», usa Pablo túpon (o typon), que significa algo así como el patrón que se emplea para cortar un traje o vestido. «Tener a alguien por modelo» es, pues, ajustarse al patrón de su conducta.
(B) El apóstol menciona con gran tristeza a ciertas personas que no deben ser imitadas, pues el ejemplo que dan es terrible y el fin que les aguarda (v. 19a) es perdición, esto es, la condenación eterna. Pablo dice que son muchos y que son enemigos de la cruz de Cristo; por lo cual, repite llorando lo que ya les ha dicho a los filipenses muchas veces (v. 18). La descripción que hace de ellos está diseñada (v. 19) con tres pinceladas: (a) «cuyo dios es el vientre». Contra la opinión de Ryrie y de Segovia, quienes ven aquí a epicúreos entregados al libertinaje sensual, Lenski documenta muy bien su opinión de que tales enemigos están aquí totalmente fuera de contexto, y de que Pablo se refiere, como en toda la Epístola, a los judaizantes, quienes servían como esclavos al vientre imponiéndose a sí mismos y queriendo imponer a los demás, entre otras cosas de la Ley, alimentos que fuesen kosher, limpios, de acuerdo con la misma Ley; (b) «cuya gloria es su vergüenza»; se gloriaban en cosas externas como la circuncisión y, en general, en todo lo que su naturaleza meramente carnal les dictaba, lo cual «no es otra cosa, sino vergüenza y desgracia» (Lenski); (c) «que sólo piensan (el mismo verbo de 2:5 “sienten y piensan”) en lo terrenal». Les importan precisamente las cosas que para el apóstol se habían convertido en basura maloliente y contaminadora (v. 8c). La descripción, pues, cuadra bien a los judaizantes, sin tener que buscar otros «enemigos» que no han sido previamente presentados en ningún otro lugar de la Epístola.
(C) En este último punto («que sólo piensan en lo terrenal»), se apoya Pablo (v. 20) para recordar a los filipenses que «nuestra ciudadanía (gr. políteuma, el derecho a residir como ciudadano en un lugar) está en los cielos, por lo que debemos poner la mira en las cosas de arriba (Col. 3:1–3), no en las de la tierra como hacen los enemigos arriba aludidos. A. Segovia cita de Cornelio a Lápide la frase siguiente:
«El alma está más donde ama que donde anima». Esto ya sería suficiente para no poner la mira en las cosas de la tierra; pero el apóstol añade explícitamente otros dos motivos para mirar hacia arriba, sin tener en cuenta las cosas materiales de abajo:
(a) «De donde también (del cielo) estamos aguardando con anhelo (como) Salvador al Señor Jesucristo» (v. 20b, lit.). «Único pasaje paulino, dice Segovia, con la conexión sotér-Kúrios» (Salvador- Señor). Como es obvio (comp. con He. 9:28b), el apóstol se refiere a la salvación final, escatológica.
(b) La Segunda Venida del Salvador para recoger a los suyos (comp. con 1 Ts. 4:16, 17), tendrá como efecto lo que Pablo describe en el versículo 21: «el cual (Jesucristo) transfigurará el cuerpo de nuestro estado de humillación (lit. de nuestra pequeñez), conformándolo (lit. hecho de la misma forma) al cuerpo de la gloria suya (esto es, a su cuerpo glorioso), en virtud del poder que tiene también para someter a sí mismo todas las cosas» (comp. con 1 Co. 15:28). La frase final dice así al pie de la letra: «conforme a la energía (la fuerza activa) para poder Él someter todas las cosas a Él mismo». Nótese:
Primero, que nuestro cuerpo pequeño, es decir, miserable, vil, mortal (1 Co. 15:42–44) cambiará de figura (skhéma) cuando el Señor vuelva; pero este cambio de figura no se limitará a una apariencia exterior, superficial, sino que será efecto de una transformación (morphé) interior.
Segundo, con esta transformación, nuestro cuerpo, ahora mortal, vil, corruptible, será hecho semejante al cuerpo glorioso de Cristo, según el designio eterno de Dios (Ro. 8:29, comp. con 1 Jn. 3:2) acerca de los elegidos, pues para eso tomó el Hijo de Dios una naturaleza semejante a la nuestra (He.
2:10, 14).
Tercero, Jesucristo llevará a cabo esta transformación nuestra por medio de la fuerza activa, comunicada por el Padre mediante el poder del Espíritu, ya que para eso le fue conferida la suprema autoridad sobre todo lo creado (2:9–11, comp. con Dn. 7:14; Mt. 28:18b; 26:64; Ro. 14:9; Ef. 1:20–22; Col. 2:10).
Después del versículo 1 que, en realidad, pertenece al capítulo anterior como conclusión de lo que acaba de decir en 3:20, 21, el apóstol urge a los miembros de la iglesia de Filipos, I. a guardar la paz dentro de la comunidad (vv. 2–4); II. a guardar la paz en el interior de cada uno (vv. 5–9) y III. a guardar la paz frente a toda clase de circunstancias (vv. 10–23).
Versículo 1
«Por lo tanto, hermanos míos a quienes amo y añoro, mi gozo y mi corona; estad firmes en el Señor, amados amigos» (NVI). La conjunción griega hóste es, como en 2:12, primordialmente consecutiva.
Como puede observarse por los epítetos (sin artículo) que Pablo dirige a los fieles de Filipos, esa iglesia ocupaba en el corazón del apóstol un lugar muy especial (comp. con el v. 15). Dice Lenski: «A ninguna otra congregación se dirige Pablo como lo hace a los filipenses en este versículo … “Corona mía” recuerda al capítulo 2:16. No había corrido en vano; ellos le habían sido dados como la corona del vencedor». La «corona» (gr. stéphanos, de donde viene «Esteban») era «la guirnalda reservada al rey en sus visitas a las ciudades, al sacerdote (pagano) en el sacrificio, al vencedor en los juegos, al huésped en el banquete» (Segovia). Por eso, les incita de nuevo (comp. con 1:27) a permanecer firmes en el Señor, en unión con Él y dentro de la atmósfera vital que el «Salvador-Señor» de 3:20 irradia sobre los que son suyos.
Versículos 2–4
1. En el versículo 2, el apóstol dirige nominalmente, y aun distributivamente («A Evodia exhorto y a Síntique exhorto», lit.), su exhortación. Por el versículo 3, vemos que estas dos mujeres eran miembros importantes de la iglesia de Filipos; por lo que la disensión que existía entre ellas era un mal ejemplo para toda la comunidad. Pablo las exhorta a que se pongan de acuerdo (lit. a sentir—de nuevo, el verbo de 2:5—lo mismo). No cabe duda de que se trataba de discrepancias sobre métodos de obrar, no sobre puntos de doctrina. «Cada una de estas mujeres consideraba un método, el suyo propio, como el mejor para la obra de la iglesia» (Lenski).
2. Esta discrepancia se debía a factores temperamentales, como es corriente entre mujeres. Por esto, el apóstol pide que se les ayude como se merecen personas que habían trabajado arduamente con él en la obra del Evangelio (v. 3): «Y a ti, compañero fiel, te ruego que ayudes a estas mujeres que han luchado a mi lado por la causa del Evangelio, juntamente con Clemente y mis demás colaboradores, cuyos nombres están en el libro de la vida» (NVI). Este versículo, junto con detalles fáciles de interpretar, contiene un quebradero de cabeza para los intérpretes.
(A) Los detalles fáciles de comentar son: (a) La mención implícita de las mujeres descritas por sus nombres en el versículo 2, juntamente con los demás colaboradores de Pablo, todos los cuales combatieron al lado de Pablo por la causa del Evangelio. La metáfora del combate, indicadora de la resistencia que se opone al Evangelio, ya salió en 1:30. (b) Del libro de la vida ya se hace mención en el Antiguo Testamento (Éx. 32:32; Sal. 69:28; Jer. 17:13; Dn. 12:1) y, más explícitamente, en Lucas 10:20; Apocalipsis 3:5; 13:8; 17:8 y, según MSS menos importantes, 22:19. Contra la opinión general en la Iglesia de Roma, las alusiones negativas a dicho libro no significan que se pueda perder la salvación adquirida (v. el comentario a Ap. 3:5). Pablo, pues, asegura que tales personas eran salvas para siempre.
(B) El detalle que constituye un quebradero de cabeza para los exegetas es la expresión «compañero fiel» (gr. gnésie súzugue, genuino compañero de yugo). El adjetivo gnésios significa primordialmente, como puede verse por los otros tres únicos lugares en que ocurre (2 Co. 8:8; 1 Ti. 1:2; Tit. 1:4) «genuino, verdadero, legítimo». Esto da una enorme probabilidad a la opinión, bien documentada, de Lenski (tenida como probable por Segovia) de que Súzugos es un nombre propio (en castellano sería Sícigo). Aparte del argumento por exclusión, ya que ningún otro de los personajes que se han inventado para suplirlo encaja bien en el texto, está la razón contundente de que, tras nombrar explícitamente a las mujeres y a Clemente, no se concibe que Pablo se callase el nombre del destinatario principal de la carta. Por otra parte, como Súzugos significa en griego «compañero de yugo», ¿qué mejor oportunidad para usar tal nombre propio, a la usanza semita, a fin de recalcar que tal persona se comportaba de manera que cuadraba genuinamente con el nombre que le habían impuesto en la niñez, pues era ahora fiel en la tarea de tirar juntamente del mismo arado, uncido al mismo yugo con el apóstol?
3. Después de esta digresión, ocasionada por la actitud de las dos hermanas mencionadas en el versículo 2, el apóstol prorrumpe en una apasionada exhortación a los fieles de Filipos para que se regocijen en el Señor, puesto que esto del gozo es una de las notas dominantes en esta Epístola (comp. con 3:1, así como el v. 10 de este mismo capítulo). El original dice literalmente: «Alegraos en el Señor siempre; de nuevo diré: Alegraos». Que se trata de un gozo santo, no de una juerga mundana, se ve claramente por la añadidura «en el Señor», por lo que Él ha hecho a favor nuestro, por nuestra unión con Él, porque a Él le ha sido dado todo poder (3:21b). El adverbio pántote (siempre), tiene cierto matiz circunstancial: en toda clase de circunstancias. Como bien comenta Lenski: «Aquí añade (Pablo) que este gozo debe manifestarse “siempre”, no importa cuáles puedan ser las condiciones de nuestra vida. Nuestro sol de gracia está “siempre” brillando».
Versículos 5–9
En estos versículos tenemos un maravilloso programa de psicología práctica y hasta de psiquiatría.
1. El apóstol comienza recomendando una actitud generosa hacia los demás con un vocablo griego que no tiene traducción exacta en castellano ni aun en latín, con lo que las versiones andan a la caza de lo que más se le parece sin dar jamás con el sentido preciso. Digamos que el griego epiéikeia no equivale a «modestia» ni «bondad» ni «amabilidad». Lo que más se le parece es «mesura» (RV 1977). Así que to epieikés (v. 5, que es el adjetivo correspondiente) equivale a «lo mesurado», como traduje en mi Interlineal Griego-Español. Para tener una idea aproximada del significado preciso del vocablo griego, diremos que se aplica en jurisprudencia para indicar una interpretación moderada y equitativa de la ley en casos en que las circunstancias piden una rebaja de la sentencia que se impondría en estricta justicia si no se tuviesen en consideración las circunstancias aludidas. Lenski cita el conocido adagio latino: «summum ius, summa iniuria», que podemos traducir un poco libremente, pero de forma esclarecedora: «la justicia estricta es una estricta injusticia». Lo que Pablo, pues, recomienda aquí es una actitud cristiana de condescendencia con los demás, mezcla de compasión y comprensión (aunque sin lenidad en lo moral ni transigencia en las doctrinas fundamentales), precisamente en vista de que ¡el Señor está cerca!, no en sentido espacial («junto a nosotros»), sino escatológico («a punto de venir»), y desea que esta actitud sea notoria a todos.
2. A esta actitud hacia los demás, añade el apóstol (v. 6) otra actitud hacia nuestro propio interior:
«Por nada os inquietéis (comp. con Sal. 37:5; Mt. 6:25; 1 P. 5:7), sino que sean presentadas vuestras peticiones delante de Dios mediante oración y ruego con acción de gracias». Pablo nos asegura aquí que nuestras oraciones a Dios serán atendidas (v. Ef. 3:20). Es cierto que Dios sabe lo que necesitamos; no oramos para informar a Dios de nuestra necesidad, sino de la conciencia que tenemos de nuestra necesidad, pues para bien recibir es menester confesar nuestra mendicidad. ¡Qué gran lección de psicoterapia! ¡Y cómo está este elemento interior unido a nuestra actitud hacia los demás! Dice Lenski:
«Ciertamente, a menos que podamos en forma constante desembarazarnos de nuestras preocupaciones antes de que ellas nos perturben, nuestro gozo cesará y esta condescendencia noble y bondadosa habrá de desaparecer».
3. De este modo (v. 7), la paz de Dios, esto es, la que Dios da (comp. con Jn. 14:17), al ser el fruto de la condescendencia con los demás y de nuestra oración confiada a Dios, no sólo calmará todos nuestros temores sobre el futuro, sino que también contribuirá a desvanecer las disensiones que puedan surgir en la comunidad cristiana (v. 2). Esta paz, dice el apóstol, sobrepasa a todo entendimiento, no en el sentido de que el cristiano no la pueda comprender, sino en el de que supera todos los esfuerzos, cálculos y preocupaciones que el entendimiento pueda imaginar e intentar poner en práctica para poner en paz el corazón y el propio pensamiento. Lenski ve un ejemplo de esto en el Salmo 73: «Ahí está la mente que trata de guardarse y protegerse a sí misma. “¿Por qué permite Dios que yo sufra así? ¿Por qué permite Él que el impío florezca y prospere?” En los versículos 16 y 22, el salmista confiesa la incapacidad de su propia mente para protegerle en contra de los asaltos de tales pensamientos. En los versículos 23 y 24, hace que la paz de Dios sea su refugio, donde todos sus pensamientos atormentadores son contestados y apaciguados».
4. «Por lo demás (v. el comentario a 3:1), hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buena reputación; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad (lit. tened en cuenta estas cosas)». El verbo logízomai ocurre 40 veces en el Nuevo Testamento y siempre indica una consideración en que se valora convenientemente algo en favor o en contra. Es, por tanto, algo más que un simple «pensar»; es acoger con nuestra mente, dándole el valor que se merece, a todo eso que Pablo enumera en esa lista de seis cosas, cerrada por ese epifonema de «si hay algo excelente o digno de alabanza» (NVI). Para el sentido del griego areté, que no concuerda exactamente con lo que hoy entendemos por «virtud», véase el comentario a 1 Pedro 2:9. Las seis cosas que Pablo enumera y en las que exhorta a tener puesto el pensamiento son las siguientes:
(A) «Todo lo que es verdadero», lo real, lo que tiene sustancia, lo que no es producto de la fantasía, ni suena a ficción e hipocresía.
(B) «Todo lo respetable», todo lo noble, lo decoroso, serio y recomendable.
(C) «Todo lo justo», lo que puede ser aprobado por Dios, por ser cumplimiento fiel de las obligaciones que tenemos hacia Él, hacia el prójimo y hacia nosotros mismos.
(D) «Todo lo puro», lo moralmente limpio en todo sentido, no sólo en el de castidad (comp. con 2 Co. 6:6; 7:11; 11:2; 1 Ti. 5:22; Tit. 2:5).
(E) «Todo lo amable», como da a entender el vocablo griego prosphilé (única vez que sale en todo el Nuevo Testamento), es todo lo verdadero y bueno en cuanto atrae los afectos puros, no corrompidos por el vicio.
(F) «Todo lo que es de buena reputación» (gr. eúphemon, único en el Nuevo Testamento) es lo que merece buena fama, que se hable bien de ello. Pablo usa un vocablo de la misma raíz (euphemía), junto con su contrario (dusphemía) en 2 Corintios 6:8: «a través … de calumnia y de buena fama», como si dijese: «Los malvados se burlan de nosotros y de nuestra doctrina y de nuestra vida; pero esto no nos mancha, sino que los mancha a ellos» (Lenski).
De la misma manera que la salud física depende, en buena parte, de la dieta alimentaria que una persona se impone (o a la que se somete con gusto), así también nuestra salud mental y espiritual depende, en mayor proporción todavía que la corporal, de lo que nutre a nuestra mente. De ahí la importancia tremenda de nutrir la mente de los niños con esa serie de vitaminas espirituales que el apóstol enumera. Por desgracia, lo que los medios de comunicación, especialmente la televisión, les suministran, más contribuye a dañarles la salud espiritual que a fomentarla.
5. Y así como la dieta es insuficiente sin el ejercicio, también eso que el apóstol recomienda se necesita ponerlo por obra (v. 9). En realidad, quien les de a esas cosas que Pablo enumera el valor que tienen y se merecen en la estima de los hombres, no podrá menos de llevarlas a la práctica. Pero hay un nuevo estímulo: al imitar al apóstol (comp. con 3:17) lo conseguirán: «lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra». Los dos primeros verbos, como observa Lightfoot, tienen que ver con lo que Pablo les enseñó; los dos últimos, con lo que Pablo mismo practicaba de palabra («oísteis») y de obra («visteis»). En el versículo 7 había mencionado la paz de Dios; ahora (v. 9b) menciona al Dios de paz. Con esto último, parece poner de relieve el apóstol que esa paz que pone fin a todas las ansiedades porque procede de Dios, tiene una realidad sólida, «tan objetiva como Dios mismo lo es» (Lenski).
Versículos 10–20
En estos versículos finales (antes de los saludos), el apóstol viene a exhortar, con su propio ejemplo, a guardar la paz interior frente a toda clase de circunstancias.
1. Pablo comienza esta sección (v. 10) y dice: «Me alegré mucho en el Señor de que ya al fin hayan florecido vuestros buenos sentimientos para conmigo. Ya los teníais, sólo que os faltaba ocasión de manifestarlos» (Biblia de Jerusalén). En el versículo 18 expresa la manera práctica en que los fieles de Filipos habían mostrado sus buenos sentimientos hacia él en esta ocasión. Ya lo habían hecho en otras dos ocasiones (v. 16), cuando el apóstol se hallaba en Tesalónica. Esta vez, su alegría estuvo a punto de ser gravemente empañada por la enfermedad de Epafrodito (2:25–30). Nótese de qué manera tan fina les excusa por no haberlo hecho antes: «os faltaba ocasión de manifestar vuestros buenos sentimientos». Hay quienes ven un asomo de reprensión en ese «al fin», como si Pablo hubiese estado esperando con impaciencia esa ofrenda de la iglesia de Filipos que tanto tardaba en llegar. Este punto de vista es erróneo, como se ve por lo que sigue, ya que Pablo afirma que siempre habían tenido esos buenos sentimientos hacia él; lo único que les había faltado era la ocasión de manifestarlos de esta manera. Dice Segovia:
«Esta falta de oportunidad pudo ocurrir, o por carencia de medios, o por no hallar un portador a propósito». Es muy probable que la causa fuese lo primero, y 2 Corintios 8:1–3 puede darnos la clave, pues allí vemos la penuria por la que habían pasado las iglesias de Macedonia. Parece ser que ahora había mejorado la situación económica, al menos, en Filipos.
2. A continuación (vv. 11–13), el apóstol aclara que no habla así como si esperase con ansia este alivio, pues había aprendido (v. 11, aoristo ingresivo) a contentarse (lit. a ser autarca, a valérselas él solito) con cualquier situación económica: a pasar escasez y a vivir en abundancia (v. 12). Por «haber aprendido el secreto», el original dice literalmente: he sido iniciado, y pide prestado el verbo (memúemai) al léxico de las religiones mistéricas, donde sólo los iniciados conocían los secretos de la religión. Pero Pablo no necesita acudir a métodos secretos para aprender a contentarse con lo que en cada situación tiene, sea mucho o poco; su misterio es un secreto a voces (v. 13): «Para todo tengo fuerzas en el que me da el poder» (ésta es la versión literal). Pablo no dice esto para envanecerse, pues entonces su gratitud hacia los filipenses resultaría forzada o hipócrita. Por otra parte, «la mente espiritual se mueve en un plano más elevado» (Lenski). En efecto, la alegría en el Señor que Pablo expresa no se debe tanto al donativo que le han enviado, cuanto al florecimiento que ello supone en los mismos donantes, según aclara en el versículo 17: «No es que ande buscando el donativo, sino que estoy buscando el fruto que vaya creciendo a vuestra cuenta» (lit.).
3. Por esto de la «cuenta» (gr. lógon) que menciona en el versículo 17, y lo de «ninguna iglesia tuvo comunión conmigo (lit.) en razón (también lógon) de dar y recibir, sino vosotros solos» (v. 15b), han llegado a pensar algunos que Pablo, o la iglesia de Filipos o ambos, llevaban una cuenta que habían abierto con las dos consabidas columnas del HABER y el DEBE. Justamente comenta Lenski que jamás habría pensado Pablo en llevar un libro de cuentas de tal clase. «Lo más que dijo sobre esto, añade, se halla en 1 Corintios 9:11; en el versículo 12 añade que no usó tal poder, y en el versículo 18, que él predicó el Evangelio en forma gratuita. Un hombre que trabaja gratis no lleva libro alguno de cuentas, porque no tiene entradas para asentarlas en él».
4. Notemos (v. 18) que, al donativo que ha recibido ahora de los fieles de Filipos por manos de Epafrodito, lo llama «olor de buena fragancia, sacrificio acepto, agradable a Dios» (esta última frase está al pie de la letra en Ro. 12:1b). No debe extrañarnos el que Pablo compare tal donativo a un sacrificio, pues Hebreos 13:16 habla de la beneficencia como de sacrificios de los que se agrada Dios. Esta clase de sacrificio es aceptable a Dios porque, en el amor que se muestra hacia los hermanos, Dios ve como una especie de «acto de culto público» a Él mismo. Entra dentro de la «liturgia» cristiana, como se ve por el apelativo que, a este respecto, dio a Epafrodito en 2:25b: «ministrador (gr. leitourgón) de mi necesidad» (lit.). Lo de «olor de buena fragancia» (comp. con 2 Co. 2:14–16, para una terminología similar) empalma con Levítico 3, donde se habla del sacrificio de paz, esto es, de comunión, en cuya categoría entran los sacrificios de beneficencia. Se llaman de buena fragancia porque en ellos no hay expiación por el pecado, ya que el pecado (como la levadura) es lo único que suministraba a los sacrificios del Levítico su carácter de olor no grato. Si se comparan por ejemplo, Levítico 1:9b; 2:2b y 3:16b con 5:12b (sacrificio por el pecado), se notará que en los tres primeros ejemplos, el texto añade lo de «olor grato»; en cambio, en 5:12b se limita a decir: «… es expiación».
5. Y como con Dios nunca se pierde, el apóstol asegura a los fieles de Filipos (v. 19) que Dios les recompensará con creces: «Y mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús». Nótense los siguientes detalles:
(A) Dice «mi Dios», no porque sea Dios exclusivamente de él (pues lo es de todos,—1 Ti. 2:5—), sino «a causa de que Pablo era quien recibía el regalo, que era en realidad un sacrificio agradable a Dios» (Lenski).
(B) «Conforme a sus riquezas» da a entender que la recompensa, la provisión con que Dios proveerá a todas las necesidades de los filipenses, será como conviene a tan gran Señor. El regalo de un rey es ya grande por parte de quien lo da; mayor todavía si el regalo es cuantioso; con todo, siempre será limitado de acuerdo con la cuantía de las riquezas de que pueda disponer para desprenderse de ellas en favor de alguien. Pero Dios no solamente es el Supremo Señor y Dueño del Universo entero, sino que sus riquezas son inagotables por cuanto es Él mismo quien se da, en toda la infinitud de su persona y de su amor. Lo de «en gloria» puede unirse ya sea con lo anterior («riquezas gloriosas») ya sea con lo que sigue («gloriosamente en Cristo Jesús»). De ambas maneras, concuerda con lo que dijo en Efesios 1:6, 7; 3:16, 17.
6. El apóstol termina, con una doxología semejante a la de Gálatas 1:4b, 5: «A nuestro Dios y Padre sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén». Dice Segovia: «Esta doxología brota espontáneamente ante el pensamiento de la liberalidad divina, que colma de gozo el corazón de Pablo». Algo parecido ocurre en Romanos 16:27; Gálatas 1:5; Efesios 3:20, 21.
Versículos 21–23
1. La expresión «en Cristo Jesús» (v. 21), como puede verse al compararlo con 1:1, no va conectada con «saludad», sino con «todos los santos». En otras palabras, Pablo no intenta decir: «Saludad en Cristo Jesús a todos los santos», sino «Saludad a todos los (que) son santos en (conexión con) Cristo Jesús», pues sólo en unión con el Señor Jesucristo tenemos cuanto pertenece a la santidad, tanto posicional como interior. Saludos especiales les envía de parte de los hermanos que acompañaban al apóstol; no sabemos quiénes eran. Luego amplía el círculo de los que les envían saludos (v. 22): «Todos los santos (los que vivían en Roma) os saludan, y especialmente los de la casa del César». El hecho de que perteneciesen a la casa del Emperador quienes enviaban esos saludos les daba la categoría de «especiales». No debe pensarse que Pablo aluda aquí a miembros de la familia del César, sino a esclavos imperiales, «funcionarios inferiores de la casa de Nerón» (A. Segovia). Comenta Ryrie: «No hay evidencia de la conversión de algún miembro de la familia imperial hasta una generación más tarde».
2. Lectura mejor atestiguada de la bendición final (v. 23) es la siguiente: «La gracia del Señor Jesucristo (sea) con vuestro espíritu (comp. con 2 Ti. 4:22), aunque son muchos los MSS (no tan importantes) que cambian lo de «con vuestro espíritu» por lo de «con todos vosotros» y añaden «Amén». En cuanto a la conexión de «gracia» con «el Señor Jesucristo» (v. también Ro. 16:20; 1 Co. 13:13—o 14, según la división que hacen muchas versiones—; Gál. 1:6; 6:18; 1 Ts. 5:28; 2 Ts. 3:18; Fil. 25; Ap. 22:21.).