Nada se sabe de la persona misma de Habacuc. Por la frase final de su profecía (3:19), hay quienes han querido ver en él un miembro de la casta sacerdotal, pero esa opinión se basa en un fundamento muy débil, inseguro. Su nombre propio se deriva del verbo jabáq, abrazar, en una forma especial (que Buck llama Qatallul—Jabaqquq—), pero el mismo Buck da como más probable la relación de dicho nombre «con el nombre neobabilónico jambaqu y con la palabra asiria jambaq, nombre de una planta de jardín», que podría ser la albahaca.
Se discute mucho sobre el tiempo en que profetizó. No se indica en el texto sagrado ni el reinado durante el que ejercitó su ministerio ni el reino (¿del norte o del sur?) en que lo hizo. Por eso, hay que tratar de deducirlo, de algún modo, del contenido mismo de su profecía. Hay quienes le han hecho coincidir con el reinado de Manasés o de Josías, pero lo más probable es que lo hiciese en tiempo de Joacim. Así piensa Feinberg. Buck, sin embargo, asegura que fue en el reinado de Josías, entre el 626 a. de C. (los caldeos entran en escena) y el 621, año de la reforma religiosa llevada a cabo por el mismo Josías. Según Feinberg, la descripción de los pecados de Israel y del talante de los caldeos situaría a Habacuc en un tiempo cercano a la deportación a Babilonia, con lo que este profeta sería contemporáneo de Jeremías.
La diferencia más notable entre Habacuc y la mayor parte de los profetas está—según el mismo Feinberg—en que su profecía es un relato de su propia experiencia espiritual con Dios. Los demás profetas hablaron a los hombres de parte de Dios, mientras que Habacuc habla con Dios acerca de la forma en que se comporta Dios con los hombres. En este sentido nos recuerda a Jonás entre los libros proféticos, y a Job entre los poéticos. Lo más notable es que «primaria y esencialmente es el profeta de la FE» (Feinberg). La clave de todo el libro está en 2:4b («mas el justo por su fe vivirá»—comp. con Ro. 1:17b; Gá. 3:11; He. 10:38—). Su tema dominante (como el del Sal. 73) es la aflicción de los buenos y la prosperidad de los malos, para terminar justificando el proceder de Dios. «Así—dice Ryrie—el libro es una teodicea, una defensa de la bondad y del poder de Dios a la vista de la existencia del mal.»
El estilo de Habacuc es elegante, con gran riqueza de vocabulario. El capítulo 3 alcanza las cotas más altas de la poesía hebrea. Todo su lenguaje es hermoso. La comunión con Dios queda muy bien expresada y adornada con estos arreos literarios.
El libro puede dividirse en tres partes, una para cada capítulo:
I. Invasión de los caldeos (cap. 1).
II. Juicio de Dios contra los caldeos (cap. 2).
III. Venida del Señor y destrucción de los poderes hostiles del mundo (cap. 3).
En este capítulo, el profeta se queja a Dios de la violencia que se pone por obra con el abuso de la justicia en el pueblo y las dificultades y problemas que, por ello, sufren las personas buenas (vv. 1–4). II. Dios responde, por medio de Él, y predice el castigo de los que así abusan de su poder (vv. 5–11). III. El profeta está aún apesadumbrado por los triunfos que los caldeos están consiguiendo (vv. 12–17), a lo que responderá Dios en el capítulo siguiente.
Versículos 1–4
1. La profecía es, como la de Nahúm, «carga» (v. 1), pero aquí lleva artículo: «la carga», esto es, el vaticinio punitivo, puesto que predice castigos, no sólo contra los enemigos de Israel, sino también contra el propio Israel, pues todos ellos son culpables de muchos pecados. El profeta se lamenta ante Dios de la perversidad, violencia e injusticia que campan por sus respetos en Israel, mientras Dios parece no oír ni darse cuenta; al menos, no hace nada para evitarlo. Habacuc se siente celoso de la gloria de Dios, y representa así a los más piadosos del país. El mismo lenguaje se repetirá en los versículos 9 y 13, pero allí lo hace con referencia a los caldeos.
2. El reinado de Joaquín se caracterizó por la injusticia y la violencia (v. Jer. 22:3, 13–17—para una queja parecida, véanse Job 19:7; Jer. 12:1; 20:8—). El profeta no puede hacer nada, y Dios, al parecer, no quiere. Por eso, pregunta Habacuc: «¿Hasta cuándo …?» (v. 2). «¿Por qué me haces ver iniquidad …?» (v. 3). Siempre ha sido difícil de entender el silencio de Dios en tales o similares circunstancias. ¿Hay respuesta? ¡Sí, la hay! Pero, entretanto, la ley (v. 4) es debilitada, está sin fuerzas, como paralizada, ya que los jueces injustos la reducen a la impotencia. Tanto la vida como la hacienda de los mejores están inseguras. La impunidad envalentona—como siempre—a los malos (Ec. 8:11).
Versículos 5–11
1. Ahora, Dios responde a esta queja de Habacuc; y le dice que Él no es un espectador indiferente ante lo que está sucediendo. Podemos estar seguros de que Dios está más atento que nosotros a cuanto ocurre. Dios hace que Habacuc y todo Judá vuelvan la mirada al entorno de las naciones. La entrada de los caldeos en escena no es una mera coincidencia. El imperio asirio (con Nínive, su capital) ha sido destruido por Nabopolasar; este mismo, con su hijo Nabucodonosor, ha derrotado a Egipto, después de fundar el nuevo imperio babilónico. Es como para quedar estupefactos (v. 5, al final). Pablo cita dicha frase en Hechos 13:41, en forma de seria advertencia a sus oyentes.
2. El nuevo imperio caldeo va a caer sobre Judá, pero es Dios (v. 6) quien va preparando los acontecimientos. Es probable que, cuando el profeta decía esto, los caldeos se mostrasen aún amistosos (v. 2 R. 20:12–19), pero luego vendría la invasión en tres oleadas sucesivas: los tres asedios que Jerusalén había de sufrir, respectivamente, bajo Joacim, Joaquín y Sedequías. Habacuc ve ya venir a los caldeos.
3. ¿Quiénes eran los caldeos? Eran descendientes de algunos parientes próximos de los patriarcas de Israel, como puede verse por el cuadro genealógico siguiente:
Habacuc (v. 6) describe a los caldeos (hebr. kesidim, de Kesed) por medio de tres pinceladas: crueles, rápidos, de gran capacidad para maniobrar. De ahí (v. 7) que impongan horrible terror: «formidable y terrible». Es un pueblo que impone en todas partes (v. 7b) su ley y autoridad. Sus jinetes (v. 8) se lanzan al ataque como bestias y como veloces aves de presa (se cumple así la amonestación de Moisés en Dt. 28:49).
4. Los versículos 9 y 10 están claros y no necesitan comentario. El versículo 11 está muy claro en la RV 1977 y recoge el sentido que Feinberg recomienda, haciéndonos recordar el dicho de «el derecho de la fuerza, en vez de la fuerza del derecho», que es el tácito lema de todos los dictadores y usurpadores. Lo mismo habían hecho los asirios (Is. 10:13, 14). Y Nabucodonosor no se iba a quedar atrás en esto (v. Dn. 4:30). Dice Feinberg: «Hacer de la fuerza un dios es cometer suicidio del alma».
Versículos 12–17
1. Una nueva perplejidad y una nueva queja de Habacuc, pues Judá va a ser castigado por medio de una nación que es más perversa que el pueblo de Dios. Los apelativos (v. 12) hablan por sí solos: Jehová (el YO SOY), Santo (que no puede hacer injusticias), Roca (refugio y sostén de Israel), parece sostener al impío (v. 13) caldeo. Con una fe tremenda, Habacuc asegura que el pueblo de Dios no morirá (v. 12b):
«No moriremos» (comp. con Sal. 118:17), porque Dios es fiel a Su pacto. El profeta se apoya (v. 12) en dos bases: (A) Jehová ha sido desde el principio mi Dios, el Dios de Israel. (B) También es mi Santo— dice—, el Santo de Israel, que no deja impunes los pecados, ni los de Su pueblo ni los de los enemigos de Su pueblo. Por tanto (v. 12, al final), se comporta así para disciplinar a Israel. Pero (v. 13) ¿por medio de un pueblo más inicuo? ¡Gente que trata a los hombres (v. 14) como a peces sin defensa ni derechos, y como a gusanos y reptiles que no tienen príncipe que los proteja!
2. El versículo 15 nos presenta una vívida imagen, y continua con la figura de la pesca, de la invasión caldea, «que copa a los pueblos como peces indefensos» (Buck). El versículo 16 parece dar a entender que los caldeos ofrecían sacrificios a sus armas victoriosas, pero es más probable que haya de entenderse en sentido figurado: «los caldeos se glorifican a sí mismos, rinden culto a su propia fuerza y armas» (Buck). Es otra manera de decir que hacen de su fuerza un dios (v. 11, al final). ¿Continuará (v. 17) el caldeo su obra sin que nadie le pare los pies? Jehová dará su respuesta en el capítulo siguiente. Mientras tanto, resuena todavía el optimista grito de Habacuc (v. 12b): «¡NO MORIREMOS!» (comp. con Ef. 2:1– 10).
El profeta espera pacientemente la respuesta de Dios (v. 1), y, efectivamente, Dios se la da, y le dice:
I. Que, después que haya llevado a cabo sus propósitos por medio de los caldeos, humillará y abatirá, no sólo al orgulloso monarca caldeo (Nabucodonosor), sino a la monarquía misma caldea (vv. 2–8). II. Que no sólo los caldeos habían de perecer, sino también todos los demás pecadores como ellos: 1. Los codiciosos de riquezas y honores (vv. 9–11). 2. Los opresores y los que se apoderan de lo ajeno por la fuerza (vv. 12–14). 3. Los que embriagan a sus prójimos para exponerlos a la vergüenza pública (vv. 15– 17); y 4. Los que adoran y sirven a los ídolos (vv. 18–20).
Versículos 1–5
1. Como el centinela que vigila el exterior desde su puesto de guardia (v. 1), el profeta vela en espíritu, y aguarda la respuesta de Dios. No significa, pues, que Habacuc estuviese literalmente haciendo guardia en las almenas de Jerusalén. Los profetas son siempre «atalayas» (v. Is. 21:8, 11; Jer. 6:17; Ez. 3:17; 33:2, 3).
2. Mientras estaba así esperando, Habacuc recibe (v. 2), por revelación, la respuesta de Jehová: primero, en su mente y en su corazón; luego, de forma que la comunique al pueblo. Dios (v. 2) le manda grabar la visión en tablas, cosa corriente en aquellos tiempos (comp. con Is. 8:1). Así se hacían los anuncios en los mercados. La escritura ha de estar bien visible para poder leerla deprisa (lit. para que pueda correr el que lea). En efecto, el que lo lea correrá a comunicarlo con júbilo, porque es un mensaje de liberación, aun cuando tarde en cumplirse (comp. con He. 10:37, 38). Se cumplirá puntualmente a su tiempo. Dice Feinberg: «La demora está solamente en el corazón del hombre. Dios prepara los detalles de acuerdo con Su plan». «La paciencia os es necesaria»—dice el autor de la epístola a los hebreos (He. 10:36)—. No se trata aquí (v. 3) del final de los tiempos de los gentiles, sino del cumplimiento de la profecía en el curso de la historia, aunque en Hebreos 10:37 la última referencia es a la Segunda Venida, que debemos aguardar …
3. El versículo 4, «contraseña posterior del cristianismo» (Feinberg), es la clave del libro y el tema central de la Biblia. No se ponen aquí frente a frente dos clases de judíos, sino el orgulloso caldeo frente al piadoso y humilde «resto» (v. Sof. 3:12). Más bien que de «fidelidad» (Ryrie), se trata aquí de la fe, no como acto, sino como actitud constante: una confianza inconmovible en Dios. Dice Feinberg: «Frente a frente, muerte y vida: el orgullo lleva a la muerte (v. 5), porque no recibe por fe la gracia de Dios». Frente al humilde contentamiento y la espera en la providencia de Dios (v. Mt. 6:33), el orgullo es insaciable en su ambición, «ensancha su alma como el Seol» (v. 5b): no se queda nunca satisfecho, sino que es como el Seol, que se traga a todos los que van muriendo. El Talmud asegura que en lo «el justo por su fe vivirá» se contienen todos los 613 preceptos dados en el Sinaí por Dios a Moisés. En Romanos 1:17 vemos que, de principio a fin, el justo se sostiene por la fe; el griego dice ek písteos, como reserva de donde saca todas sus fuerzas. Por cierto, la única interpretación posible de la frase de Habacuc no es que «el que es justo por la fe, vivirá», sino que el justo vivirá, es decir, se salvará de la ruina, etc., por su fe (hebr. beemunató; en virtud de, apoyado en, su fe). Dice Trenchard: «El israelita fiel podía poner su mano en la de Dios y pasar vivo por en medio de la tempestad». Así es como se salvaron los que, al obedecer a Dios y confiar en Él, marcharon al exilio: Daniel, Ezequiel, etc.
Versículos 6–20
1. Como hace notar Feinberg, los cinco ayes (vv. 6, 9, 12, 15, 18) contra el opresor caldeo se presentan simétricamente en cinco estrofas de tres versículos cada una. Estos ayes los pronuncian las naciones oprimidas que han sido mencionadas en el versículo 5 y, según explica el versículo 6, son «refrán» o «proverbio» (hebr. mashál), «sarcasmos» o «sátiras mordientes» (hebr. melitsáh jidóth). Dice Buck que el término jidáh (singular de jidóth) «designa los enigmas o juegos de ingenio con que la reina de Sabá puso a prueba a Salomón (1 R. 10:1); es sinónimo de mashál en Salmos 49:5; 78:2, y denota dichos oscuros e irrisorios».
2. Tenemos luego (v. 6b y ss.) una maldición contra la codicia. Los caldeos se han hecho con las riquezas de las naciones («prenda tras prenda»—v. 6, al final—), como el usurero contra el que habla Deuteronomio 24:10. Pero (v. 7) de repente se va a levantar quien le hará devolver lo mal adquirido. En efecto, los medopersas atacaron de repente a los caldeos. «Te harán temblar»—añade (v. 7b)—. Los sacudirán, como el acreedor de Mateo 18:28. El vocablo hebreo para «deudores» (mejor, acreedores) es noshekhey, participio del verbo nashak, que significa «morder», y se aplica siempre a la mordedura de las serpientes, como hace notar Buck. Por eso, a estos infames y violentos mordedores les será aplicada (v. 8) la ley del talión.
3. Viene ahora el segundo ay: Maldición contra las ganancias ilícitas (vv. 9–11). Como dice Feinberg, la raíz del vocablo para «injusta ganancia» es «romper», como «es costumbre oriental con las piezas de plata u otros metales en las transacciones monetarias». Con esa comparación se ilustra lo de ganancia ilícita. «Poner en alto el nido» (v. 9b) es una imagen tomada del águila, la cual lo hace así como medida de seguridad contra el ataque de cualquier enemigo (comp. con Job 39:27; Jer. 49:16; Abd. v. 4). Pero quedará avergonzado (v. 10) y causará su propia ruina; «habrá pecado» (v. 10, hacia el final), lit. estará pecando; hebr. jotéh, en participio y, según el sentido del verbo jatáh, está errando el blanco y perjudicando a su propia alma (comp. con Mt. 16:26; Mr. 8:36). La casa (v. 9a), esto es, el imperio caldeo, ha sido construido con injusticias. Por eso, el «edificio» mismo (v. 11 clamará, como la sangre de Abel (Gn. 4:10) y las piedras de Lucas 19:40.
4. Estamos ya ante el tercer ay (vv. 12–14), que podemos titular: «maldición contra la política de violencia» (Buck). Las ciudades caldeas habían sido construidas mediante conquistas injustas, matanzas masivas, deportaciones y trabajos forzados. Este es el sentido que, lo mismo que en Jeremías 22:13, tiene aquí (v. 12b) el vocablo hebreo awlá, que las versiones traducen por injusticia. No obstante, en este lugar, el sentido de tal vocablo es más genérico. De nada le va a servir (v. 13), pues Dios va a consumir con fuego todo eso (comp. con Jer. 51:58). La conexión con el versículo 14 sugiere una alusión a la escatología, ya que «esta gran profecía (la contenida en el v. 14), que ha de cumplirse en el reino milenario, es dada cinco veces en el Antiguo Testamento: Números 14:21; Salmos 72:19; Isaías 6:3; 11:9 y aquí» (Ryrie). Apocalipsis 11:15 entra aquí para marcar el final definitivo de Babilonia, como se ve por la cita de Isaías 11:9 en este versículo 14: Para que el conocimiento de la gloria de Jehová se extienda, es menester que los reinos del Maligno sean destruidos previamente.
5. El cuarto ay (vv. 15–17) puede llevar por título: «maldición contra la crueldad cínica del conquistador» (Buck). Los versículos 15 y 16 han de tomarse en sentido figurado. En Nahúm 3:11 la embriaguez era símbolo de la conquista de una nación mediante un ataque súbito. Los caldeos han seducido a otros pueblos con el señuelo del despojo, a fin de animarles a que se lancen a campañas de destrucción—de este modo, les dan a beber del odre (lit.) del furor de Jehová, dejándolos avergonzados—. Lo de «muestra tu prepucio» (v. 16b) equivale a decirle «¡incircunciso!», insulto corriente contra los filisteos (v., por ej., 1 S. 14:6). Dice Buck: «La incircuncisión de los paganos es considerada por los hebreos como un oprobio». La copa de retribución caerá sobre el caldeo con tal abundancia de «vino» que le hará vomitar (frase final del v. 16), o, como se dice en España, ¡devolver! Eso será para los caldeos una gran deshonra o afrenta.
6. El versículo 17 describe la desolación llevada a cabo en Palestina: Han cortado los árboles porque les estorbaban en su campaña militar y para maderamen de construcción; han matado a los animales y, sobre todo, han destruido las ciudades y han hecho una gran matanza en sus habitantes (comp. con Is. 14:8). En el versículo 8 la frase se refería a todas las naciones, pero en el versículo 17 se refiere a Judá y Jerusalén.
7. En los versículos 18–20 tenemos el quinto y último ay del capítulo. Buck lo titula: «maldición contra el idólatra», el mayor pecado de todos. Para dar a entender la total inutilidad de los ídolos, pregunta Habacuc: «¿De qué sirve …?» Como si dijese: «¿Es útil para algo?» ¡De nada sirve! ¡Para ninguna cosa es útil! (comp. con Is. 44:9, 10; Jer. 2:11–13). El profeta dice (v. 18b) de la estatua de fundición «que enseña mentira» (lit. maestro de mentiras; hebr. móreh shéquer). De cierto eran «maestros de mentiras» los ídolos, por cuanto los oráculos que daban sus sacerdotes eran falsos o amañados de tal forma que, por su misma ambigüedad, no servían para nada. Permítaseme relatar uno de los que fueron dados en Delfos: Un joven que marchaba a la guerra pidió al dios Apolo que le declarase su suerte. Por medio de la sibila délfica le fue comunicada su suerte en una frase griega ambigua, que tanto él como sus padres entendieron del modo siguiente: «Irás, volverás, no morirás en la batalla». El joven, no obstante, murió en la guerra. Cuando los padres del muchacho fueron a quejarse a la sibila, recibieron la respuesta siguiente: Habéis leído mal; el oráculo decía «Irás, volverás no, morirás en la batalla».
8. Dichos oráculos, como acabamos de decir, eran pronunciados por los sacerdotes (o las sacerdotisas) de los ídolos, pero las estatuas mismas, como dice Habacuc (v. 19b), eran mudas, inertes y, por mucho que las recubriesen de oro y plata, «no hay absolutamente ningún aliento (hebr. ruaj, esto es, hálito de vida) en medio de él» (lit.), esto es, son cosa muerta, sin vida alguna. Lo del «¡despiértate!» del versículo 19a no puede menos de traernos a la memoria aquello de Elías (1 R. 18:27): «tal vez duerme, y hay que despertarle».
9. En contraste con estos falsos dioses, cubiertos de oro y plata, pero muertos, está el Dios vivo y verdadero (v. 20), que todo lo ve y controla. No está escondido bajo oro ni plata, sino en su santo templo, en el cielo—presto a ayudar y salvar—. Ante Él, individuos y naciones han de callar, esto es, aguardar expectantes a que Él hable, sometiéndose todos en silencio a sus justos juicios (v. Sof. 1:7; Zac. 2:17). Dice Buck: «El profeta pide silencio, un silencio de reverencia y de pasmo, porque Jehová está para bajar».
En este capítulo: I. Habacuc ruega a Dios con vehemencia que socorra al pueblo en su aflicción, que se apresure a libertarlos y, entretanto, que los consuele (vv. 1, 2). II. Hace memoria de las experiencias que Israel había tenido de las gloriosas manifestaciones de Dios a favor de Su pueblo (vv. 3–15). III. El profeta muestra su santa preocupación por la presente condición de Israel, pero se anima a sí mismo y a otros a esperar que el resultado sea, en fin de cuentas, glorioso, aun cuando fracasen todos los medios visibles (vv. 16–19).
Versículos 1–10
1. Poema de oración (hebr. tefilláh) y alabanza; aun cuando la oración propiamente dicha ocupa únicamente el versículo 2. El profeta ora por la rápida liberación del pueblo de Dios, y después expresa su firme confianza en un Dios que no cambia. Tenemos ideas semejantes en Deuteronomio 33:25; Jueces 5:4, 5; Salmos 68:7, 8; 77:13–20; 114 (todo él); Isaías 63:11–14. El comienzo, el final y los intercalados Selah (vv. 3, 9 y 13) nos dicen que fue compuesto para el culto público. Otros detalles que corroboran esa afirmación son: (A) El vocablo mismo tefilláh, que es el singular de tefillim, bajo el que figuran en la Biblia Hebrea los Salmos. (B) La última expresión del versículo 1 es, en el hebreo, shigyonoth, cuyo singular, shiggayón, aparece como título del salmo 7. La raíz de ese vocablo es el verbo shagá, que significa «extraviarse», pero también «serpear» o «hacer eses» (como decimos de los borrachos), por lo que su significado podría ser, a mi juicio, tonadillas variantes, cantadas «con gran excitación, en tono triunfal» (Feinberg). Habacuc lo siente íntimamente, no como espectador, sino como actor.
2. Ante la obra de Dios, una persona temerosa de Dios siente pavor. Por eso, el profeta pide (v. 2) que Jehová se manifieste como es. «He oído—dice—lo que tú haces oír» (lit.). Por eso, ruega: «¡Aviva tu obra …!», es decir, «el programa de juicio sobre Judá y, después, sobre Babilonia, que Dios mismo ha declarado» (Ryrie). Pide que, en medio de esos tiempos calamitosos, castigue a los enemigos (y a Judá), pero que aun en medio de Su ira, se acuerde de tener compasión con Su pueblo.
3. Temán (v. 3), capital de Edom, estaba al sur; y Parán, al otro lado, estaba separada de Temán por el valle de Gor. 1 Reyes 11:18 indica que estaba entre Madián y Egipto. Como Parán designa, en realidad, toda la región montañosa entre Edom y el Sinaí, Habacuc alude aquí a la salida de Egipto y a la promulgación de la Ley en el Sinaí. Lo confirma el versículo 4 con sus imágenes tomadas de las tormentas durante las cuales tienen lugar las teofanías. La luz es como el vestido de Jehová (v. Sal. 104:2). Peste y fuego (v. 5) nos recuerdan las plagas de Egipto, así como la forma en que Dios purifica a los Suyos (1 Co. 3:13–15; He. 12:29).
4. Como en todas las porciones apocalípticas (comp. con Ap. 6:12 y ss.), se describen aquí muchos fenómenos cósmicos. La última frase del versículo 6, «Son sus caminos de siempre», puede significar:
(A) que ése es siempre el modo de obrar de Dios; (B) que siempre camina por collados humillados (de la frase anterior—v. 6d—), lo que nos proporcionaría base para una interesante consideración devocional (comp. con Lc. 3:5b). El versículo 7 nos presenta consternados, en sus tiendas de nómadas, a los etíopes (Cusán) y los madianitas.
5. En el versículo 8, Jehová aparece marchando «montado» sobre los elementos (nubes y vientos— comp. con Sal. 104:4—), para secar el mar Rojo y el río Jordán. En el versículo 9 le vemos sacando («se descubrió») de su funda el arco y lanza los rayos como flechas de su aljaba. La segunda frase del versículo 9 dice lacónicamente en el hebreo: shebuoth matthoth omér; lit. «juramentos de las varas de palabra». Tanto Hertz como Feinberg citan Deuteronomio 32:40–42; no veo con qué objeto. Se han dado hasta unas cien versiones de tan difícil frase. Feinberg traduce: «Jurados estaban los castigos de tu palabra». Hertz: «castigos jurados de acuerdo con la promesa». Buck acepta la lectura que siguieron los LXX: «De saetas sacias su cuerda (la del arco)». Reina y Valera tomaron lo de «varas» como símbolo de las respectivas tribus de Israel; de ahí la traducción que aparece en nuestras versiones: «Los juramentos a las tribus fueron palabra segura» (que, por cierto, hace muy buen sentido en el contexto). La última frase del versículo 9, «Hendiste la tierra con ríos», indica que «la tormenta se descarga con una lluvia torrencial» (Buck). La poesía del pasaje llega en el versículo 10 a una belleza fabulosa: «Te vieron y se retorcieron de dolor los montes. Se desbordó la tormenta de las aguas. Dio el abismo (hebr. tehom) su voz y levantó en alto sus manos» (lit.). Se contempla el terremoto, el rugido del mar y el subir y bajar de las olas de un mar embravecido.
Versículos 11–15
1. Dios interviene a favor de Su pueblo como lo hizo en tiempo de Josué (comp. v. 11a con Jos. 10:12). Las saetas y la lanza del versículo 11b designan, respectivamente, los rayos y los relámpagos de la tempestad. En el versículo 12 el poeta-profeta cambia de imágenes: la figura es de aplastar a las naciones trillándolas, pues «el verbo significa trillar con animales, haciéndolos pasar por encima del cereal» (Buck). ¿Quién es el ungido del versículo 13b? ¿El rey, el pueblo escogido o el Mesías? Lo más probable, como opinan Feinberg y Hertz (comp. con Sal. 105:15), es que se trate del pueblo escogido, Israel. La «cabeza» se refiere al rey; la «casa» es la dinastía; «el impío» es el opresor, y la frase final del versículo 13, «para descubrir el cimiento hasta el cuello» (lit.), con lo que se designa una destrucción total, puede ser una imagen de la vergüenza de una mujer al levantarle las faldas hasta el rostro. Dice «hasta el cuello», porque el techado, o cabeza que cubría y protegía, ha sido previamente desmontado y destruido; ahora, pues, se lleva a cabo la demolición de lo que aún quedaba.
2. En el versículo 14 Habacuc se identifica con el pueblo y se considera a sí mismo como una oveja acosada por el lobo, el cual, después de atrapar a la oveja, «se la lleva a su guarida para devorarla allí (comp. Sal. 10:9)» (Buck). La «oveja», el «pobre» (v. 14c), es Israel, con quien el profeta se está identificando. Pero vemos en la primera frase de ese versículo 14 que los enemigos se destruyen a sí mismos con las armas con que acometen a Israel (comp. con 1 S. 14:20 y 2 Cr. 20:23, 24, donde ocurrió algo parecido). El versículo 15 puede entenderse de dos maneras: (A) Como refiriéndose a las victorias que Dios consiguió para Israel en la ocupación de Canaán, al leer: «Caminaste HASTA el mar (Mediterráneo) con tus caballos». Así lo entiende M. Henry. (B) Como refiriéndose al paso del mar Rojo (Éx. cap. 14). Así lo entienden todos los autores modernos.
Versículos 16–19
Se describe la impresión que todo esto hace en Habacuc, con lo que el versículo 16 empalma con el versículo 2, como una respuesta a la oración de allí.
1. Cuando el profeta (v. 16) oye el bramido de las olas y el crepitar de los truenos en la tormenta en la que Jehová se revela, experimenta en su interior una convulsión similar a la de la naturaleza. Como dice Driver, «su corazón acelera sus palpitaciones, sus dientes rechinan y se siente próximo al colapso. El temblar de los labios se expresa con un verbo que significa zumbar (retiñir los oídos, en 1 S. 3:11; Jer. 19:3)—ingl. quiver, vibrar, temblar, estremecerse—». La «pudrición» («caries», en la RV 1977) indica que los huesos, a causa del miedo, son incapaces de sostener el cuerpo. El hebreo raqáb es traducido por Buck como escalofrío en este versículo, pero él mismo lo traduce por carcoma en Oseas 5:12. En este mismo sentido de carcoma («carcoma de los huesos») aparece en Proverbios 12:4 (referido a la mujer mala) y 14:30 (referido a la envidia).
2. La última parte de este versículo les resulta difícil a los autores, incluso a los más expertos rabinos como Hertz, quien recomienda la interpretación, en forma de paráfrasis, de Driver: «Para que yo descanse, esperando tranquilo el día de la angustia …», esto es, el día del juicio descrito en los versículos anteriores. Este día aparece personificado al final del versículo en un ejército invasor (comp. con Ap. 16:14–16; 17:14; 19:14–21). Ryrie sugiere como más probable la siguiente versión de las dos últimas frases del versículo 16: «Para que yo descanse tranquilamente en el día de la angustia cuando Él suba contra el pueblo que nos invadirá». Si comparamos la frase «el día de la angustia» con Jeremías 30:7 (¡cuán grande es aquel día … tiempo de angustia para Jacob!), vemos aquí una clara alusión a la Gran Tribulación, y todo apunta a la final liberación en la que desemboca la batalla de Armagedón—Ap. 16:16—). Ese temor de Jehová que es gozo en Jehová (v. 18) para los que en confían Dios, siempre culmina en una paz y un regocijo como el de Habacuc, y sirve de modelo y aliento para nosotros, pues muestra que los que siembran con lágrimas, cosechan con regocijo.
3. El profeta (v. 17) piensa en las serias consecuencias de una batalla de tal calibre, librada en Palestina, aunque tal batalla tenga por feliz resultado la destrucción del enemigo: Higueras, vides, olivos y mieses … todo ha quedado completamente destruido; el hambre hace morir el ganado, con lo que cesan los sacrificios. Toda la tierra ha quedado completamente devastada. Nótese la destrucción de los tres principales símbolos de Israel: la higuera (Lc. 13), la vid (Jn. 15) y el olivo (Zac. 4). El contraste de este panorama de destrucción con la reacción del profeta en el versículo 18 es fabuloso: «Pero, en cuanto a mí (lit. Y yo—enfático en el original—), en Jehová me regocijaré, y exultaré en el Dios de mi salvación» (comp. con Mi. 7:7, «espero al Dios de mi salvación»). Aunque todo se hunda, al profeta no le falta la confianza, y todo lo da por bien perdido, con tal que brille la gloria de Dios en la salvación de su pueblo, con el que Habacuc se identifica.
4. ¿A qué se debe esa actitud santa, generosa, abnegada, de Habacuc? A que (v. 19) Jehová Adonay es su fuerza. Dios es la fuente inagotable de confianza para Su pueblo y el que capacita a Israel para que soporte impávido todas las persecuciones y todos los sufrimientos hasta que venga el día de la gran liberación. Este versículo 19 nos trae a la memoria aquello del Salmo 18:34: «Quien adiestra mis manos para la batalla, para entesar con mis brazos el arco de bronce». Y continúa el salmista en el versículo siguiente: «Me diste asimismo el ESCUDO de tu salvación». Los dardos venían de frente; ahora apuntan más arriba, por lo que Pablo (Ef. 6:16, 17, cita de Is. 59:17, en un contexto de «justicia de Dios») habla de «escudo de la fe» y «yelmo de la salvación».
5. Hay un detalle muy interesante en la segunda frase del versículo 19. Dice el profeta de Jehová Adonay: «El cual hace mis pies como los de las ciervas». Igual que en el Salmo 18:33 (v. 34 en la Biblia Hebrea), el nombre está en femenino. La razón es que los pies de las ciervas, las hembras, son más derechos y firmes, según afirma Jarchi, que los de los ciervos. La figura, pues, parece indicar primordialmente agilidad, pero Davidson hace notar que «aquí, la comparación indica la frescura de vida, el poder y la confianza en la acción, que se sienten como sacados de Dios». Las «alturas» a las que alude la frase final son las montañas de Judá, por las que marcharán los hombres del país en triunfo y sin oposición de ningún enemigo. Dice Buck: «Para triunfar sobre todos los enemigos se necesita fuerza militar, rapidez guerrera y supremacía; y el profeta espera confiadamente que Jehová le conceda a él y a su pueblo todos estos dones».
6. Al final del capítulo hay dos palabras hebreas: lamnatséaj binguinotay, «para el músico principal, con mis instrumentos de cuerda» (lit.). El músico principal era el maestro del canto o «director del coro», como diríamos hoy. Este final, que aparece en letra más pequeña en nuestra Reina Valera, parece dar a entender—como el versículo 1—que esta especie de oda formaba parte de la colección de oraciones usadas en el templo, puestas en polifonía por el director del coro. Recuérdese que el canto era antifonal, conducido por los sacerdotes y respondido por los levitas con instrumentos musicales. Dice Hertz: «La afirmación de fe con que termina el libro se ha entretejido con las características del pueblo de Israel y es una de las principales causas de su supervivencia».
7. Ya que, oficialmente, el comentario es de M. Henry, queremos que él diga las últimas palabras. Termina así su comentario a los dos últimos versículos (18 y 19): «Los que, cuando se sentían llenos, se regocijaban en Dios por todo, cuando se sienten vacíos se pueden regocijar por todo en Dios y, sentados sobre un montón de ruinas, cantar alabanzas a la gloria de Dios. Ésta es la base principal de nuestro gozo en el Señor, que éÉl es el Dios de nuestra eterna salvación y, al ser así, podemos regocijarnos en Él en medio de nuestros mayores apuros, puesto que esos apuros no pueden impedir nuestra salvación, sino, por el contrario, ayudar a ella y promoverla. El gozo en Dios nunca está fuera de tiempo ni lugar, más aún, nunca está en mejor sazón que cuando en el mundo nos encontramos con pérdidas y cruces, pues es entonces cuando se muestra que nuestro corazón no está puesto en las cosas de este mundo, ni ligada a ellas nuestra felicidad. El que es el Dios de nuestra salvación en el mundo de arriba, será nuestra fuerza en este mundo de abajo, para llevarnos allá en nuestro caminar y ayudarnos a remontar las dificultades y la oposición que nos salgan al encuentro en nuestro viaje. Por eso, el profeta, que había comenzado su oración con temor y temblor, la concluye con gozo triunfal, puesto que, para un alma buena, la oración es el alivio del corazón. Comenzó con Sigyonoth, tonos diversos, tonos de lamentación, y termina con Neguinoth, instrumentos de cuerda. Quien está afligido y ha orado correctamente, puede entonces sentirse tan cómodo, puede entonces estar tan alegre como para entonar salmos».